Se presumía que el de ayer en Munich sería un
partido muy duro para el Barcelona. La gran prueba de fuego de esta temporada
para saber si entre algunas irregularidades en el juego, los continuos cambios
en la alineación titular, y especialmente el estado físico de Lionel Messi, a
partir de una incómoda lesión, pasaba por sacar un resultado ante el Bayer que
le permitiera, en la vuelta en el Camp Nou, obtener el ansiado pase a la final
de Wembley buscando la quinta Champions League.
Pero el Barcelona tropezó en el eufórico Allianz
Arena de Munich y se estrelló contra un equipo imperial, armado con una enorme
paciencia con la eterna eficacia de los alemanes, trabajando al mínimo detalle
cada zona de la cancha para corregir los errores de la temporada pasada en la
que cayó en su propia casa en una ajustada final ante el ultradefensivo Chelsea
de Di Matteo, que hace tiempo que ya ni siquiera sigue en su cargo.








