miércoles, 14 de enero de 2015

Cristiano Ronaldo y la reiterada polémica del Balón de Oro (Jornada)




Mientras Cristiano Ronaldo desafía a Lionel Messi con el sueño de alcanzarlo al situarse, con tres, a un solo Balón de Oro del crack argentino del Barcelona, cabe preguntarse cuánto de justicia hay en este nuevo premio para el delantero portugués del Real Madrid, que lo consagra oficialmente como el mejor jugador del mundo de 2014.

El Balón de Oro FIFA World Player da lugar a polémicas cada vez mayores y entrecruzadas, desde que la FIFA y la tradicional revista francesa France Football unificaron el premio, cuando antes votaban los capitanes y entrenadores de cada seleccionado nacional votaban por el galardón de la FIFA, y los periodistas (con amplia mayoría europea) hacían lo propio con el Balón de Oro, que antes se concedía al mejor jugador europeo, y por esta razón nunca lo recibió Diego Maradona.

Uno de los mayores motivos de polémica pasa por determinarse, definitivamente, cuál es el criterio que se toma en cuenta a la hora de evaluar a cada uno de los jugadores votados. ¿Prima lo individual, como parecería, al ser un premio al jugador y no al equipo, o prima lo colectivo, es decir, lo hecho por el equipo en el que se desempeña el futbolista? Y en un año de Mundial, ¿influye o no en la decisión, y cuánto influye en la decisión final? Y aún en lo colectivo, ¿tiene o no tiene influencia el hecho de que la selección en la que el futbolista se desempeñe sea fuerte o no?

Un año atrás, este cronista tuvo un apasionado debate sobre este premio con el prestigioso periodista del diario italiano “Tuttosport”, de Turín, Massimo Franchi, quien habitualmente vota y sostiene una visión europeísta con un criterio válido.
Franchi sostiene que si fuera un premio “solo” individual, basado en la calidad o en la técnica, “Lionel  Messi lo ganaría cada año hasta su retiro o su baja física por veteranía, y salvo una lesión o alguna situación accidental, el premio ni siquiera estaría en juego”, y que entonces hay que contemplar lo que estrictamente ocurrió en el año y que el hecho de ganar títulos le da ventaja a un jugador sobre otro.

La pregunta de un periodista nacido del otro lado del Océano Atlántico, como quien esto escribe, fue acerca de la calidad del equipo que rodea a cada jugador, porque pasaría a depender de una estructura colectiva, y si siguiendo el razonamiento del colega, no estaríamos premiando un desempeño colectivo y no individual.

Un buen ejemplo de un jugador perjudicado por el criterio de Franchi es el sueco Zlatan Ibrahimovic, eliminado del Mundial de Brasil ante Portugal, aún siendo uno de los mejores del mundo, por no contar con una selección de las más fuertes, o el brillante volante marfileño Yaya Touré, gran figura en el Manchester City campeón de la Premier League, pero cuya selección nacional tampoco es una gran potencia mundial (sumado a que en el propio Mundial de Brasil supo de la muerte de uno de sus hermanos, con el consiguiente bajón anímico).

Si este criterio no está claro entre los organismos que entregan los premios, menos aún, para establecer si un jugador de campo merece más el premio que un arquero, para tomar el caso del alemán Manuel Neuer, tercero en la votación aunque no sólo ganó el Mundial sino que con el Bayern Munich ganó la Bundesliga, la Copa de Alemania y la Supercopa europea en 2014.

Si todo indica que entre Cristiano Ronaldo y Messi la diferencia fueron los títulos conseguidos, o los goles, ¿cómo compararlos con Neuer y en base a qué? Y el hecho de que Cristiano Ronaldo no haya tenido una participación más que testimonial en el pasado Mundial, ¿debió contar o no?

Y si nos referimos a los votos por lo individual y lo colectivo, ¿qué hay de los periodistas que votan? ¿Con qué criterio se los elige y en todo caso quiénes son los encargados de decidirlo? ¿Y si hay varios directores técnicos de una misma nacionalidad en distintas selecciones, no juega eso a favor de los votos a uno u otro jugador?

Otro de los puntos polémicos pasa por el hecho de que exista algún tipo de favoritismo por algún club a la hora de la votación. Semanas antes de renunciar como votante representando a España, el prestigioso periodista del diario deportivo catalán “El Mundo Deportivo”, el periodista Francesc Aguilar afirmó en una columna que ya no compartía algunos criterios con la organización y advirtió cierta tendencia (confirmada en estos dos últimos años) al “madridismo” de la revista France Football.

Este cronista también tuvo una experiencia interesante en la “alfombra roja” del Congresshaus, en Zurich, en la fiesta del Balón de Oro 2005, cuando al coincidir con el ya entonces presidente de la Unión Europea de Fútbol (UEFA); Michel Platini, le consultó por qué Carlos Tévez no figuraba entre los elegidos, ni siquiera para el equipo ideal, habiendo ganado el Brasileirao con el Corinthians, siendo elegido por tercer año consecutivo como el mejor jugador de Sudamérica, y habiendo sido capitán y goleador del certamen en Brasil.

“Tevéz, Tevéz, sí, me suena”, respondió Platini a este cronista, que le recordó que seguramente le sonaría porque fue campeón olímpico en Atenas 2004 siendo el máximo goleador, campeón de la Copa Sudamericana con Boca Juniors, y campeón de América e intercontinental con este equipo argentino en 2003, pero el francés respondió que “seguramente no figura porque no juega en Europa, y en Europa están los mejores”.

Tévez siguió ganando títulos y prestigio desde 2006 en la Premier League hasta ahora en la Juventus, pero el preconcepto europeísta necesitaba de su ratificación en territorio propio.

El Balón de Oro FIFA World Player sigue siendo, más allá de todo, un premio individual en el contexto de un deporte colectivo, y es el marketing la mejor herramienta para hacernos creer que se trata de una carrera personal cuando es una competencia de equipo, y mientras Cristiano  Ronaldo se juramente ante un micrófono hacia todo el mundo que buscará alcanzar a Messi, el argentino se limita a decir que su objetivo es ganar todos los títulos que pueda.


Dos visiones opuestas. Dos mundos diferentes.

domingo, 11 de enero de 2015

Sólo Messi conoce su destino (Yahoo)



Varios medios europeos, especialmente los de Madrid y los sensacionalistas ingleses, a los que rápidamente se sumaron algunos argentinos, a bastante distancia de los hechos, han instalado ya que Lionel Messi cuenta con una importante chance de cambiar de aires cuando finalice la actual temporada y que la historia con el Barcelona, donde juega desde 2000 en sus distintas categorías, está llegando al final.

Messi, formalmente, se ha encargado de desmentir el domingo, tras el muy buen partido que el Barcelona le ganó 3-1 al Atlético Madrid por la Liga Española, cualquier salida, ya sea al Chelsea o al Manchester City, pero lo más llamativo del caso es que esta vez atribuyó las versiones claramente al propio entorno del Barça y no a Madrid, por lo que pidió que haya un cambio para no perjudicar al equipo.

Si siempre hubo demasiados intereses alrededor del Barcelona, nunca como ahora. Con el anuncio de esta semana pasada del adelanto de las elecciones presidenciales en el club, desde una comisión directiva acorralada por tantos traspiés en todos los órdenes, cada vez más versiones y más invectivas comenzarán a rodar hasta junio, mientras llega la etapa de las definiciones futbolísticas en todos los frentes.

El Barcelona deberá enfrentarse en cuartos de final de la Copa del Rey contra el ganador de la serie entre el Real Madrid y el Atlético (que parece bastante inclinada para los segundos), en Liga no puede perderle pisada al Real Madrid, y a fines de febrero, espera el Manchester City por los octavos de final de la Champions League.

Messi también desmintió en la entrevista citada que tenga algún problema con su entrenador Luis Enrique, si bien esto sí parece quedar en seria duda. Sin saberlo, y días antes de que ocurriera, un veterano jugador como Xavi Hernández, cuya claridad en sus manifestaciones es indiscutible, llegó a decir en un programa de TV de Xavier Sardá (uno de los de mayor audiencia en Cataluña) que no hay más burda excusa para no entrenarse que una gastroenteritis, que fue justamente lo que esgrimió el propio club para justificar la ausencia del crack al día siguiente de que su DT lo excluyó de la titularidad por considerar que había llegado tarde desde sus vacaciones en Sudamérica.

Es llamativo, también, que Luis Enrique y Messi, según la prensa que sigue a diario los movimientos del Barcelona, nunca hayan tenido una reunión a solas, algo que no suele promover el jugador (salvo alguna inquietud especial) sino el entrenador.

Más allá de todo eso, es claro que Messi, con todo lo que ganó, y por más voracidad deportiva que pueda tener, necesita motivaciones y este Barcelona parece ser la última etapa deportiva, al menos con esta estructura, antes de algún cambio interno que genere una nueva motivación en el crack.

Si bien el propio Messi acaba de desmentir cualquier intento de salida del Barcelona (a esta altura, manifestar lo contrario sería un auténtico suicidio deportivo), no se puede negar que sus hechos no son casuales y que haya comenzado a seguir al Chelsea en una red social de fotografías, y a su amigo Cesc Fábregas, cuya novia es íntima amiga de la del argentino, al día siguiente de un posible conflicto, no parece mera coincidencia.
Esto, desde ya, no significa que cuando termine la temporada se vaya a ir, sino que hasta esos movimientos pueden ser una expresión momentánea de enojo o de hartazgo con una situación.

Pero tal como ya dijo el propio entrenador del Chelsea, José Mourinho, refrendado luego por otros miembros de su cuerpo técnico, hoy la situación económica del Chelsea parece lejos de las posibilidades de ficharlo por el Fair Play Financiero de la UEFA, que exije que los clubes tengan deudas bajas y no se trata sólo de pagar la cláusula de rescisión, hoy en los 250 millones de euros, sino también lo referente al contrato con el jugador, lo que podría significar en total una erogación de cerca de 650 millones de euros.

Acaso el Manchester City, donde juegan sus amigos Sergio Agüero y Pablo Zabaleta, y sus viejos conocidos Martín Demichelis y Yaya Touré, represente otra posibilidad, dada la saludable situación económica de la entidad, y también podría anotarse el PSG en esa carrera.

Sin embargo, falta demasiado recorrido en la temporada como para afirmar como lo hacen ciertos medios, que Messi se irá del Barça o que la historia con este club está acabada.

De hecho, las propias elecciones presidenciales del Barcelona pueden marcar un cambio. Se sabe que Messi tiene una excelente relación con dos de los posibles candidatos. A través de algún familiar con Agustín Benedito, y personalmente con Laporta y con algunos ex miembros de su anterior comisión directiva, por lo que tampoco resultaría descabellado que esperara, tal vez, a saber cómo se desarrollarán los comicios azulgranas.

Otro cambio podría marcarlo la obtención de algún título importante con el Barcelona en esta temporada. Se sabe que los títulos operan como bálsamo y por ejemplo una cuarta Champions podría generarle el deseo de alcanzar a Alfredo Di Stéfano con las cinco (o quién sabe, a Francisco Gento con las seis).

Sí es clarísimo que Messi ha tenido un gran desgaste en estos años. Los problemas en la Justicia que lo acosó con el tema impositivo, los permanentes conflictos que en muchos casos nacen en Madrid y el diseño de una personalidad que se pretende manipuladora, fueron generando cerrazón en su entorno y una constante búsqueda de privacidad en sus actos.


Pero asegurar cuál será el destino de Messi, en enero, suena complicado y sólo él (y en todo caso su entorno) lo sabe.

viernes, 9 de enero de 2015

Fútbol: El juego del arte o el arte del juego (Por Marcelo Wío)




 “¿Cómo es posible que la especie que inventó el sistema decimal, de tanto contarse los dedos, se apasione con un juego donde sólo el portero tiene dispensa para usar las extremidades prohibidas? […] ¿Qué significa este retroceso en el tiempo? Que el domingo podemos recuperar lo que aún tenemos de tribu encandilada por el fuego, del griego que confunde a los dioses con los mortales, del niño convencido de que los héroes duran 90 minutos. […] Lo decisivo, a fin de cuentas, es que el fútbol se percibe como cosa mental. Nadie puede jugarlo ni verlo sin imaginación. Se los digo yo, que una vez gané la Copa del Mundo, y no tuve necesidad de despertarme”. Juan Villoro (El arte y el fútbol)





El hombre, pesado, transitado de años, sigue una mosca imaginaria en una travesía por el cafetín y dice – un poco con una voz que no le pertenece; que le hurtó algún domingo a la radio: Hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse-

Qué dice, don Hipólito, pregunta el mozo que espanta tedios como moscas apoyado en la barra del bar.

Digo juego. Digo fútbol. Y podría decir, Diego. Ése Diego, dice Hipólito.


Frente a Hipólito, asiente el gringo Nietzsche, viejo tertuliano del café La Humedad, en una esquina de barro y pampa sin número, amparada por lunas suburbanas, mitologías y posibilidades ilimitadas. En la esquina, como no queriendo comprometerse del todo, Johan Huizinga repasa la formación holandesa del 74 y el 78 y se pregunta cómo o por qué, o ambas cosas a la vez. Un televisor disimulado por la grasa anuncia el inicio de lo que todos esperan: el Argentinos Juniors del 1985 contra el Independiente de 1973.





Ese jogo bonito

“El juego no es la vida ‘corriente’ o la vida ‘propiamente dicha’. Más bien consiste en escaparse de ella a una esfera temporera de actividad que posee su tendencia propia. […] ¿Cuál es la manera justa [de llevar la vida de paz de la mejor manera] Hay que vivirla jugando, ‘jugando ciertos juegos, hay que sacrificar, cantar y danzar para poder congraciarse con los dioses, defenderse de los enemigos y conseguir la victoria’”, Johan Huizinga, Homo ludens


Aseveraba el historiador y teórico de la cultura holandés Johan Huizinga (Homo Ludens) que el juego, el acto de jugar, es anterior a la cultura, ya que la cultura, aunque insuficientemente definida, siempre presupone una sociedad humana, y los animales no han esperado a que el hombre les ensañara a jugar. “Podemos incluso afirmar con seguridad que la civilización humana no ha añadido ninguna característica esencial a la idea general del juego”.

“…incluso en sus formas más simples a nivel animal, [el juego] es más que un mero fenómeno fisiológico o un reflejo psicológico. Va más allá de los límites de la actividad puramente física o puramente biológica. Es una función significativa - es decir, hay un sentido. En juego hay algo ‘en juego’ que trasciende las necesidades inmediatas de la vida y da significado a la acción. Todo juego significa algo. [...] el hecho de que el juego tenga un significado implica una cualidad no materialista en la naturaleza de la cosa misma”, dice Huizinga.

Después nos cuenta, Huizinga; ahora empieza el partido, corta el ritmo verbal del pensamiento del holandés, Nietzsche. Hipólito le guiña el ojo en un gesto indefinido – aunque quizás sólo lo haya picado el humo del cigarrillo – y dice: sí, compadre, todo juego implica algo más que el juego, lo trasciende – a veces como metáfora, otras, con entidad propia.

¿Usted también, Hipólito?, reprende Nietzsche señalando el televisor con enfado.

Los niños, los no tan niños, los que descreen haber sido alguna vez niños cada vez que el espejo constata los despojos que dejaron las horas, todos juegan a ese juego único. Incluso lo juegan en la tribuna, creándose papeles pertinentes. De hecho, el Dr. en Filosofía Mauricio Navia A. (Filosofía, estética y fútbol) afirmaba que, sobre todo y en su esencia misma, el fútbol es un juego y solo se realiza cuando se juega, y se juega jugando fútbol como el niño y el artista.

Juegan con rigor. Porque, como decía Cortázar en el Último Round de una pelea en la que cualquier lector se presta a recibir esos sopapos benévolos, no hay “nada más riguroso que un juego; los niños respetan las leyes del barrilete o las esquinitas con un ahínco que no ponen en las de la gramática”. Y los que dejamos de ser niños, respetamos esas leyes que nos permiten volver a la infancia en que una pelota medio desinflada, unos amigos incansables y dos piedras y dos cúmulos de ropa se erigían en porterías a las que no hacía falta ni imaginación para completarle las fronteras de los logros. Un descampado con topografía capciosa y un sol que siempre parecía aferrado a la verticalidad más absoluta – salvo cuando huía, conchabado con el grito de las madres llamando a cenar y a lavar morros, rodillas y cansancios desatendidos.

Y, así, el niño aprende a dibujar, a bailar, a tararear astucias en el potrero. Luego, vendrán las técnicas en óleo, el assemblé, la armonía: la gambeta, el regate, quedarán enmarcados por los límites precisos de las reglas, por el mapa rectangular del territorio; pero allí dentro, en el lienzo, en el tablao, en la caverna de la voz, el niño indefectiblemente vuelve a aparecer – no me diga que no ha visto la cara pícara y feliz de Messi cuando se divierte en campo de juego -, lúdico, borroneando las fronteras entre realidad y juego, entre campo y tribuna; las normas mismas desteñidas, apenas visibles. El niño jugador, el niño hincha/crítico/técnico.

Cada vez que el balón rueda, todos juegan. Incluso los que no juegan. Porque uno juega a ser técnico y experto en cuestiones del ánimo en un bar; alrededor de una radio con amigos, en las tribunas de una cancha cualquiera. Todos jugamos mirando y, mirando, jugamos.

Las reglas de las que hablaba Cortázar… Bueno, de las que hablo yo en voz de ese “jugón” habilidoso, un “enganche” de las letras, son unas reglas que no  excluyen la creación, ni mucho menos, sino que la desafían con unos límites que pueden parecer infinitos o, al menos, laxos como una sustancia que cede ante la genialidad. ¿Acaso usted no vio alguna vez la línea de banda doblarse para que Garrincha transitara bailando esa danza tan propia? O, ¿no vio combarse como una súper cuerda la línea del área grande para que Messi se hamaque de camino a un gol? No me puede decir que vio esas imposibilidades euclidianas, amigo.

Y es que hay ciertas perspectivas que sólo algunos jugadores tienen; y le aseguro que ni Piero della Francesa las entrevió, dice el hombre, apoyado sobre imágenes remotas y recientes de pases que siguen curvas cartesianas precisas y otras que son imposibles de calcular mediante ecuaciones geométricas.

Laura Pinto Araújo, docente en el Colegio de Filosofía de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México (Aproximaciones fenomenológicas al fenómeno lúdico del fútbol) aseguraba: “El juego es creación y producción, su producto es el mundo lúdico: una esfera de apariencia en la que vivimos mientras jugamos. Pero, “tal apariencia tiene a veces una realidad y un poder sugestivo más fuertes y vivenciales que las pesadas cosas habituales en su gastada cotidianidad” (Fink, 1996). En él nos sentimos parte del gran juego del nacimiento y de la muerte, y también en él se revela nuestro estar-en-el-mundo. El juego abre el mundo y nos ayuda a comprender el tiempo que nosotros mismos somos, pero las proezas y las derrotas que caben en 90 minutos… ¡esas son inimaginables!”. 

Por su parte, Santiago Díaz, de la Universidad de Mar del Plata (Juego, arte y belleza. Deleuze y la “Ludosofía”), decía que es posible establecer el concepto de juego, en su dimensión filosófica como el espacio ordenado que permite temporalmente suspender el caos para dar una posibilidad creativa al jugador que establezca sus propias leyes y caminos de juego.

Plántese usted en un campo de juego - dice el hombre golpeando el índice sobre la mesa de fórmica – y haga lo que hacen los artistas. Plántese, paleta en mano, sobre un lienzo, y haga lo que hacen los maestros. Conoce las reglas amigo, y aún así, no puede hacer nada. Porque esas reglas no son como las de tráfico. Son unas reglas embusteras: le hacen creer al desprevenido que con ellas basta… Si usted no sabe jugar, querido… no hay tu tía.

“El juego tiene su finalidad en la misma esencia del jugar, es su propia finalidad. Es actividad creadora, incondicionada, es una libre expresión de los deseos del jugador sin filtros ni coladores. Roger Caillois dibuja al juego como una libertad en incertidumbres, cubierta de pura expresividad incondicionada, una placentera inutilidad productiva. (Roger Caillois, Teoría de los juegos)...

“El juego y el arte conviven en los bordes de la realidad, confeccionan una ficticia instancia alterna que divisa los horizontes futuros del saber ‘epocal’ en el caso del arte y que establece, en el caso del juego, un estadio de libertad y emancipación pura de la esencia vital del ser humano…”, explicaba Díaz.

Sin desviar la mirada del televisor, atusándose los bigotes, Friederich Nietzsche (Ecce Homo) luego de un silencio largo, de eremita – algunos dicen que por esa época andaba rumiando las palabras de su Zaratustra -, comentó: “Sabe, compadre, yo ni siquiera ‘conozco ningún otro modo de tratar con tareas grandes que el juego: éste es, como indicio de la grandeza, un presupuesto esencial,”, y con el índice de su mano derecha pateó una pelotita hecha con una servilleta de papel que se coló entre la traza del hombre y el cenicero.

Haz lo que yo digo…, lanzó Huizinga, que aún conservaba hilachas de agravio.

Tiene usted razón, pero, a mi favor, debo decir que es culpa del redactor que me hace hablar incluso cuando no quiero, dijo Nietzsche.


El Dr. Navia A., justamente comentaba que el propio Nietzsche subrayaba que el juego es una necesidad, y es una necesidad imperativa que obliga al niño y al artista que somos a jugar con total libertad e inocencia sin preocupaciones morales ni prácticas (por el resultado) pues todo juego contiene el “cielo azar”, “el cielo acaso”, “el cielo inocencia”.

El juego, el arte…

“El juego, encontramos, era tan innato en la poesía, y todas las formas de expresión poética tan íntimamente ligadas con la estructura del juego, que el lazo entre ellos fue considerado indisoluble. Lo mismo es cierto, y en mayor grado, del vínculo entre el juego y la música”, escribió Huizinga.
 “Un partido de fútbol puede ser una gran coreografía de danza. En ella, cada bailarín toma una decisión en cada instante, de forma espontánea. ¿Quién no ha visto bailar a Xavi, Iniesta, Zidane o Pirlo?”, se preguntaba Jorge A. Astiaso (Diálogos con la danza)

El jugador de fútbol – más allá de su edad, del escenario sobre el que despliega sus coreografías y astucias - es un creador momentáneo, su obra, efímera; es un puro presente que ya se está convirtiendo en carne de palabras, de vitrinas, de recuerdo. ¿Cuántas veces, y cuánta gente, recorre la historia de imágenes grabadas? El fútbol es un puro instante presente; una obra que se evapora al momento de concebirse.

Quizás la relación inmediata entre el arte y el juego sea su carácter “innecesario”, desde el punto de vista práctico, pragmático. Debajo de esa capa de sedimentación equívoca, yacen otras arqueologías que sugieren una identidad común: ficción, imaginación, estocástica creativa, subversión de la realidad que es apenas la superficie de los días – esa seriedad que nos es requerida para lavarnos los dientes, fingir cumplidos, acatar órdenes (por peregrinas que sean), hacer cola para poner un sello en un papel que dice quiénes somos, etcétera.

El arte y el juego son, en definitiva, una manera de observar y comprender el mundo: toda esa secuencia de eventos, gestos y relaciones que nos “contienen”. Una weltanschauung que impone sus propias reglas de interpretación y expresión: así, ofrece un mayor número de grados de libertad para realizar observaciones del espacio en el que vamos siendo aquello que creemos ser; incluso, para imaginarlas, inventarlas y validarlas.

No es extraño, entonces, que el fútbol sirva – y haya servido – como inspiración a artistas varios; de la misma manera que diversas expresiones artísticas han servido como tales, unas de otras. El escritor Juan Villoro (El arte y el fútbol) enumeraba algunos casos de estas simbiosis productivas y estéticas:
“En la pintura, Max Beckmann llevó el expresionismo al área chica, Robert Delaunay inmortalizó un lance del “equipo de Cardiff”, Nicolas De Staël creó un paisaje perfectamente abstracto al que por soberano capricho tituló “Los futbolistas”, Pablo Picasso dibujó a tres fantasmones regordetes que flotan en pos de un sol hecho pelota y el mexicano Ángel Zárraga logró una sutil y perturbadora transexualidad con sus mujeres futbolistas.

Los escritores se dedican, con variada intensidad, a rendir testimonio de lo que miran en el césped: Vinicius de Moraes retrató a Garrincha, Umberto Saba a un equipo sin gloria, Samuel Becket al hombre acorralado, ansioso de que el destino le brinde un “juego de vuelta”, Günter Grass a un arquero en un estadio nocturno, Pier Paolo Pasolini a los que corren en prosa y a los que corren en poesía y Luis Miguel Aguilar a un virtuoso con tan buen toque que se electrocuta.

El futbol ha sido la más peculiar factoría de artistas: Joan Manuel Serrat aprendió a cantar en los campos del Barcelona, Chillida se dedicó a la escultura cuando una lesión lo alejó para siempre del Athletic de Bilbao y Jorge Valdano adquirió su buena prosa en las concentraciones del Real Madrid y la selección argentina”.

Huizinga: “El juego… se encuentra fuera de la racionalidad de la vida práctica; no tiene nada que ver con la necesidad o la utilidad, con el deber o la verdad. Todo esto es igualmente cierto para la música… Todo verdadero ritual es cantado, bailado y jugado. Modernos hemos perdido el sentido para el juego ritual y sagrado”.

Tiene usted mucha razón, Huizinga, sentenció Nietzsche.
¿No me va a amonestar por hablar?
No se me ofenda, amigo; ya sabe que me pongo un tanto nervioso cuando está por empezar un partido… No me lo tenga en cuenta.
No se preocupe, no suelo tener mucho en cuenta sus palabras…
Es usted vengativo…
Una revancha minúscula.

Un juego no sólo para los “jugadores”…

Quizás busquemos una suspensión de la realidad o, al menos, de los criterios mediante los que nos adentramos en la misma; un aplazamiento coordinado entre unos pocos en un potrero, entre miles de personas. Uno entra en el territorio de césped o yuyos  y tierra, o en el estadio o enciende la televisión, y es como tirar la piedrita en la primera casilla de la rayuela y que sea lo que Dios o Ronaldinho o Xavi Hernández, o quien sea, quieran. Y uno es muchos – no todos, porque cada miembro de ese convenio inconsciente, tiene sus propias idiosincrasias y necesidades dispuestas a encontrar unas respuestas (aunque transitorias, efímeras) particulares.

Y es que, como decía Villoro, en una charla en la Biblioteca José Vasconcelos de la capital mexicana, el fútbol está asociado también a la palabra. Uno puede jugar a través de los verbos relatados por una voz metálica que sale de la radio como un empellón que obliga a imaginar los movimientos lejanos y, a la vez, tan inmediato, metidos allí donde uno esté.

“Las palabras pueden evocar imágenes cuando son eficaces si representan lo que queremos transmitir. (Todavía) veo la jugada que nos dejó (a la selección mexicana) fuera, del jugador español Paco Gento: pude ver su jugada gracias al poder de las palabras”, contaba el escritor.
Como sea, Pinto Araújo, se preguntaba si acaso el ir al estadio los domingos, y ser espectador del partido, también nos “pone en juego”:

“¿Qué sucede cuando el juego se convierte en juego “escénico”? A este respecto comenta Gadamer, el espectador ocupa el lugar del jugador…. es claro que el juego posee un contenido de sentido que tiene que ser comprendido y que, por lo tanto, puede aislarse de la conducta de los jugadores. Aquí queda superada en el fondo la distinción entre jugador y espectador. El requisito de referirse al juego mismo en su contenido de sentido es para ambos el mismo. Como espectadores, estamos en el juego en la medida en que estamos referidos al mismo contenido de sentido que el de los propios jugadores. Somos jugadores y, como tales, vivimos en el juego.

En este sentido, podemos decir que el juego forma parte, al igual que el trabajo, el amor o la muerte, del complejo tensor básico de la existencia. Es por ello que, a decir de Fink, la determinación óntico-conceptual del juego nos ubica justo frente a las preguntas fundamentales de la filosofía, dejando en evidencia la cuestión del ser y la nada, y de la apariencia y el devenir”.

Tal vez por eso Bill Shankly, uno de los grandes entrenadores británicos, dijo que algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte, pero que en realidad es algo mucho más importante que eso.

A fin de cuentas, el filósofo y escritor Albert Camus (Lo que le debo al fútbol) llegó a afirmar: “… después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol… Después de todo, era por eso que quería tanto a mi equipo, no solo por la alegría de la victoria cuando estaba combinada con la fatiga que sigue al esfuerzo, sino también por el estúpido deseo de llorar en las noches luego de cada derrota”.

En esta misma línea (del fútbol-arte; del fútbol-existencia) escribía el gran Osvaldo Soriano (Centrofóbal): “Me acuerdo del tiempo en que empezamos a rodar juntos, la pelota y yo. Fue en un baldío en Río Cuarto de Córdoba [Argentina]… Para ser referí bastaba ser mayor. Eso solo ya daba autoridad, y me acuerdo que uno de los partidos más memorables que jugué lo arbitró mi padre [que detestaba el fútbol]… [En el transcurso del partido] un morochito pelado a la cero me quitó la pelota en el área con la elegancia de una niña que toma clases de piano. Yo grité como si me hubiera quebrado y empecé a revolcarme en el suelo. Ahí nomás mi padre cobró penal y expulsó de mal modo al morocho. Confieso que rematé con un deleite perverso. Sabía que coronaba una injusticia, pero al mismo tiempo intuía que esa aberración provocada por la ignorancia de mi padre nos metía de lleno en las miserias de la vida”.

Por qué no, dice el hombre, apurando un cigarrillo que parecía violar las leyes de la duración del tabaco – y la ceniza, las de la gravedad -; decía, por qué no también el fútbol-ética…
Eso, ¿por qué no? A fin de cuentas, no es sólo un “juego”, responde el mozo, ahuyentando, por reflejo, algo con el repasador.

Nietzsche asintió, y Huizinga pidió: Ponga el canal 4, van a pasar el Brasil-Francia del mundial 1986.
Benavídez – llamó Hipólito al mozo -, subile el volumen a la radio, que eso que suene le va mejor al partido que los comentarios de los relatores.

Benítez, murmurando “acá todos piden pero nadie concede”, subió el volumen. La voz de Zitarrosa llenó el espacio y el tiempo: “Los niños en las esquinas forman la ronda catonga, rueda de todas las manos que rondan la rueda ronda”. En eso andaban, sin saberlo, los tres sentados a la mesa y los otros, en la pantalla.

lunes, 5 de enero de 2015

Estalla el Barça, y Messi enciende motores (Jornada)



El Barcelona no tiene paz. Vive, otra vez, días de furia, que en verdad forman parte de una cadena ascendente y conforman un magma complicado, que va minando cada día aquel ciclo brillante hasta 2012 y que ahora oficialmente va tocando su fin.

Lo último de lo último llegó en una semana, como para no poder cerrar tranquilos ni siquiera el año calendario. El TAS, la última instancia judicial en el ámbito del deporte mundial, falló en contra del Barcelona y a favor de la FIFA en la decisión de impedirle fichar jugadores hasta 2016 por infligir el reglamento de fichaje de menores extranjeros.

El presidente del Barcelona, Josep María Bartomeu, se mantiene de un hilito, porque no sólo no fue el votado en las elecciones (asumió siendo el vice por la renuncia de Sandro Rosell, a su vez involucrado en hechos de corrupción en el fichaje del brasileño Neymar), sino que también podría ser citado a la Justicia, y ayer tuvo que decidir la salida de su director deportivo, el ex arquero Andoni Zubizarreta, que se va tras una pésima gestión, especialmente a lo referente al plantel.

Zubizarreta quedó con un pie afuera tras el domingo negro del Barça en Anoeta, cuando no sólo perdió la chance de colocarse momentáneamente por encima del Real Madrid en la Liga (los blancos tienen un partido menos y habían perdido un rato antes en Mestalla ante el Valencia) sino que su ahora muy discutido DT, Luis Enrique Martínez, tomó otra extraña decisión coherente con lo que fue toda la primera parte de esta temporada: no colocó ni a Lionel Messi, ni a Neymar ni a Daniel Alves entre los titulares, supuestamente por haber llegado de Sudamérica, de sus cortas vacaciones, a muy pocos días del partido.

Consultado Zubizarreta por la periodista Mónica Marchante del Canal Plus, que tiene los derechos de transmisión de la Liga, en una entrevista que ve muchísima gente, el directivo dijo que en cuanto a la sanción del TAS que impide fichar jugadores al Barcelona, “es responsabilidad de Bartomeu, no mía, pero pongo mi cargo a su disposición”.

Zubizarreta duró horas. Era despedido en la mañana de ayer, con un escueto comunicado, y al rato también se fue su colaborador inmediato, el ex defensor Carles Puyol, que apenas su duró un trimestre en funciones, aunque abrió la puerta para regresar en el futuro.

El Barcelona es un hervidero,  y si se suele decir que para ser campeón hace falta que las tres patas del proyecto funcionen (dirigentes, DT y jugadores), en este caso, no funciona ninguna.

El diario deportivo catalán “Mundo Deportivo”, dio a conocer el domingo que en el entrenamiento del viernes, Messi había discutido con Luis Enrique en lo que comenzó por algunos fallos en un partidito de cinco contra cinco, y se fue ampliando, pero ayer el periódico insistió en que en la propia Jornada del partido en San Sebastián ante la Real Sociedad, volvieron a discutir.

En la cancha, el Barcelona no sólo perdió 1-0 sino que en la propia salida, ya se había metido un gol en contra por intermedio de Jordi Alba y como sucede en los últimos tiempos, ya no lo pudo remontar, primero sin sus tres estrellas, y luego, en el segundo tiempo, con ellas.

Messi, con muy mala cara desde el banco, aportó algo, Alves terminó tirando centros a la cabeza de nadie, y Neymar acabó desdibujado, pero de fondo, este Barcelona no tiene nada que ver con aquél que nos deslumbrara en el pasado. No hay una idea madre, no hay un sistema táctico firme y el DT Luis Enrique sigue con cambios estrambóticos y figuras poco claras que ya no cuentan con el consenso de casi nadie, ni siquiera de los que lo pedían cuando Gerardo Martino se inmoló y salió un año antes de que finalizara su contrato.

Es al día de hoy que el DT de la selección argentina se cuestiona el haber aceptado tan pronto los requerimientos del Barça, por aquello de que el tren no pasa dos veces y parecía una oportunidad única, pero en una autocrítica feroz, cree que no siguió lo que sus instintos le indicaban: que no era el momento propicio. Después, ya era tarde y prefirió regresar con los suyos, afirmando cuantas veces pudo que fue él quien falló en la temporada pasada, como si todo lo demás (dirigencia en todos los niveles, algunos jugadores importantes) no tuvieran nada que ver.

Luis Enrique demuestra día a día que lo de Martino era exagerado. Hay medios que llegaron a decir que el argentino utilizaba métodos anticuados para su trabajo y que no le daba lugar a los modernos mecanismos que el club le ponía a su disposición. Falso. Su sucesor se encarga de ponerlo en evidencia día a día.  El “Tata” no contó con fichajes como los de esta temporada (Rakitic, Mathieu, Vermaelen, Suárez, Ter Stegen, Bravo) y debió contentarse con un plantel desgastado.

Este Barcelona ya no asusta, ni sorprende. Se repite una y otra vez, sin ideas, sin cambio de ritmo, con mal uso de muchas de sus estrellas o sin uso, casi, en algunos casos (Rakitic), con Mathieu a veces en un inexplicable lateral, con Javier Mascherano, bajo en estatura, salvando atrás como central cuando se venía hablando de la necesidad de fichar en ese lugar a jugadores de categoría, con Suárez apretado en un costado, sin los espacios como en Liverpool o la selección uruguaya, y con Messi que, a veces, tiene que ir a buscar la pelota muy atrás, alejándose del arco rival y acabando como asistente más que como goleador.

Todo indica que Messi comienza a cansarse de Luis Enrique, como muchos otros en el vestuario. Lo que ocurrió este domingo no parece gratis y si ya existían habladurías sobre su posible marcha (harto ya de estar harto) en julio, el hecho de que haya comenzado a seguir, justo ayer, al Chelsea por su cuenta de Instagram, contribuye al aumento de los rumores.

En el Chelsea juega Cesc Fábregas, cuya novia es íntima amiga de Antonella Roccuzzo, la novia de Messi, aunque días pasados el entrenador, José Mourinho, afirmó que no hay chances de contratarlo porque el club no podría pasar el Fair Play Financiero de la UEFA, que exige un determinado estado de cuentas con deudas muy bajas, a menos que venda jugadores.

Espera también el Manchester City, donde juegan Pablo Zabaleta, Sergio Agüero, dos muy amigos de Messi, su compatriota Martín Demichelis y hasta su ex compañero Yaya Touré. Y se trata de un club en desahogada situación financiera. Y aún espera, agazapado, el PSG francés.

Aún quedan más capítulos en este Barcelona. El domingo se juega bastante como local ante el Atlético Madrid de Diego Simeone por la Liga, y no vaya a ser que caiga Luis Enrique. Y otros esperan que mañana, en la anunciada reunión de Comisión Directiva, se llame a elecciones, aunque no parece posible.


El Barcelona no tiene paz y los días de aquel ciclo de gloria con Josep Guardiola ya terminaron. El DT sigue su gran trabajo en el Bayern Munich, en Alemania, aunque algunos lo proponen como director deportivo y hasta presidente de proyectos futuros. ¿Con o sin Messi? 

Luis Enrique se complica en el Barcelona (Yahoo)




Cuando finalizó la temporada pasada, la primera en varios años con sequía de títulos para el Barcelona, buena parte de la prensa catalana sostuvo que el entrenador argentino Gerardo Martino, actualmente en la selección nacional de su país, no reunía las condiciones técnicas para el puesto y se esperaba como maná del cielo la llegada de Luis Enrique, ex jugador del club e identificado con la institución.

Un año antes, cuando Martino fue contratado de apuro ante los problemas de salud de Tito Vilanova (el argentino manifestó en la semana que se arrepintió de no haberse tomado más tiempo para pensar en dar este paso en su carrera), ya cierta parte de la prensa catalana había instalado el nombre de Luis Enrique, de un aceptable paso por el Celta de Vigo, sin que su trayectoria como entrenador justificara su contratación.

En algún momento, se llegó a identificar a Luis Enrique con la línea de Josep Guardiola, aunque sus pasos por la Roma y por el Celta desdibujaron la idea. En todo caso, puede tener la misma pretensión de juego, pero no ha conseguido plasmarlo, de lleno, en ninguno de sus equipos.

Pero no sólo eso: Luis Enrique, a diferencia de Guardiola, siempre ha tenido como prioridad mostrar un gran control de los vestuarios. Como si allí se jugara el nudo de la cuestión.

Tal vez por eso, y porque en el pasado verano llegó con la fuerza de un camino despejado por la falta de títulos del Barcelona y por las duras críticas recibidas por su antecesor (entre otras, una supuesta falta de uso de los adelantos tecnológicos que el propio club estaba dispuesto a suministrarle, dando a entender que utilizaba métodos antiguos y precarios, según un diario español de tirada nacional), Luis Enrique pisó fuerte.

Lo cierto es que al asturiano, el Barcelona le trajo la mayoría de los fichajes que no tuvo Martino: Rakitic, Mathieu, Vermaelen (cuyas lesiones le impidieron jugar en la temporada), Bravo, Ter Stegen y Luis Suárez significaron refuerzos muy importantes, y finalmente, Xavi Hernández decidió quedarse otra temporada, con lo cual las opciones para disposición de jugadores, aumentaron.

Se presumía que ahora sí, Messi estaría rodeado de cracks en todas las posiciones y que el Barcelona tendría un plantel completo y dirigido por alguien que conocía cada uno de los recovecos de la entidad.

Sin embargo, nada de eso ocurrió. Aunque matemáticamente queda mucha Liga y el Barcelona sigue a un punto de distancia del líder Real Madrid, aunque con un partido más (ahora fue alcanzado por el Atlético Madrid, próximo rival en el Camp Nou), el equipo no ha conseguido una regularidad y en la mayoría de los partidos, en esta competencia y en la Champions League, no sólo no ha conseguido buenos resultados, sino lo que es peor, el rendimiento no ha sido el esperado.

En muchas ocasiones, fueron Messi y Neymar los que consiguieron quebrar las defensas rivales en base a su talento, en otras ha contribuido un Xavi que lentamente se fue apropiando del puesto de Rakitic, y desde que volvió de la larga suspensión que le impuso la FIFA tras el Mundial, Suárez no ha logrado encontrar la posición justa y no se acerca ni de lejos al goleador temible del Liverpool.

El Barcelona no acaba de aclararse tampoco en cuanto al juego. El dibujo puede ser un 4-3-3 pero ya aquello que tanto entusiasmó a los seguidores de todo el mundo parece haber quedado en la historia y hoy, salvo algún destello de alguno de sus cracks, parece un equipo más, con algunas fortalezas pero sin un rumbo concreto.

Atrás, aunque le llegan poco, el Barcelona no sólo no da garantías sino que tras larga búsqueda de fichar centrales de categoría, Javier Mascherano, siendo bajo de estatura, parece el único fijo.

En el medio, si bien hay jugadores de gran talento, algunos no parecen estar rindiendo como en tiempos pasados y se nota un cierto desgaste. Xavi, por veteranía. Iniesta no termina las jugadas y llega poco al área rival y su desgaste físico parece sensiblemente menor, mientras que Pedro no ha recuperado su nivel alcanzado hasta 2012, con Guardiola de entrenador.

En cuanto al triplete ofensivo titular, si bien es muy impactante saber que saltará un tridente con Suárez, Messi y Neymar, lo cierto es que el uruguayo necesita de más espacios, como en su selección o el Liverpool, y en cambio en el Barcelona parece más limitado en sus movimientos, reducidos porque hay lugares que ocupan, naturalmente, los otros dos atacantes.

Eso no es todo: Por la derecha, Daniel Alves tampoco es ya aquel lateral que llegó con fuerza desde el Sevilla y que desbordaba hasta el fondo, sino que hoy finaliza casi siempre sus excursiones más cerradas con centros altos cuando el equipo no tiene cabeceadores sino más bien delanteros bajos en estatura, y al no tener llegadas claras, obliga muchas veces a Messi a retrasarse hasta el medio para buscar la pelota y eso lo suele alejar del área rival para pasar a ser asistentes.

En resumen, es un Barcelona con menos vistosidad, menos garantías atrás, poco juego aéreo, y menos finalización de las jugadas, que hoy, puede perder cualquier partido sin que ello constituya una sorpresa.

Pero queda un dato que ya no es un mero detalle: que Luis Enrique no haya contado con Messi y Neymar en la primera parte del partido del domingo en Anoeta ante la Real Sociedad, aduciendo un supuesto cansancio de ambos por su viaje largo desde Sudamérica al terminar sus cortas vacaciones, suena, como mínimo, llamativo.

El diario “Mundo Deportivo” de Barcelona sostuvo minutos antes del partido ante la Real Sociedad que en el entrenamiento del viernes, Luis Enrique discutió con Messi por un fallo en un partidillo de cinco contra cinco y que el tono fue subiendo.

Sea o no este hecho el desencadenante, lo cierto es que el Barcelona tiró una gran oportunidad de acercarse al Real Madrid aprovechando su derrota en Mestalla ante el Valencia, y tras el rápido gol en contra de Jordi Alba, no fue capaz (una vez más) de revertir el marcador.

La cara y los gestos de Messi y Neymar en el banquillo eran más claros que cualquier declaración.

En el excelente libro “Messi”, de Guillem Balagué, Guardiola cuenta que aprendió del gran entrenador argentino de voleibol, Pedro Velasco, que “no hay jugadores iguales ni se los puede tratar igual. Es una de las grandes mentiras del deporte creer que todos son iguales” y entendió que a Messi “no hay que sacarlo nunca”. El propio Messi lo dice en el mismo libro: “No me gusta salir. No me gusta ver lo que sucede en el campo y no estar. Quiero jugar siempre”.


Parece que Luis Enrique sigue sin entender estas cuestiones, como tampoco que los tiempos en el fútbol son tiranos y que no alcanza con haber sido un jugador emblemático. Hay que tener una idea, saber transmitirla, y tener el vestuario a favor.  ¿Podrá con todo esto? En un mes, llega el momento crucial de la temporada, y lo sabremos.

domingo, 4 de enero de 2015

La Muda (Un cuento de Marcelo Wío)



“Portero: 1. adj. Dicho de un ladrillo: Que no se ha cocido bastante”. Diccionario de la Real Academia Española
“Pero ¿qué ocurriría si toda la tranquilidad, todo el bienestar, toda la satisfacción, llegase ahora a un terrible final?”. La Metamorfosis, Franz Kafka



El tacto de la alfombra velluda en la planta de sus pies fue como una recriminación, cuando siempre había sentido la recepción acolchada, como la del césped en la homenajeada zona de la media luna del área rival – exenta de los gastados olvidos de tierra que dejan los pasos reiterados y solitarios del portero en el área chica. Fue esta frialdad, este rechazo el que sintió en la planta de sus pies cuando bajó de la cama.

Un  terror desconocido – iba a decir ajeno; mas lo sintió en lo más íntimo, en el territorio en el que lo foráneo no tiene la fuerza necesaria para subsistir – invadió a Gregor Bloch. Miró la habitación, exactamente igual que la noche anterior. Sobre la mesa de luz, la foto de sus padres abrazando a un niño que era él, con calcetines caídos sobre unos tobillos flacos y diestros, una camiseta de un verde desteñido, demasiado larga; un balón pesado, transido, de gajos descosidos bajo la planta del pie izquierdo; una mirada pícara, llena de gambetas pasadas y futuras, la sonrisa de dientes de terracota y, al fondo, una cancha de tierra irregular, difícil; el polvo aún suspendido en una admiración obstinada. Una foto que desde el presente podía interpretarse fácilmente como una premonición de una carrera de goles y ovaciones admiradas.

Su vista huyó sin saber bien por qué de esa imagen y se topó con sus manos: unos guantes de portero las cubrían. Con horror intentó quitárselos, pero la empresa resultó inviable. Apuró su mirada hacia el espejo de cuerpo entero que ocupaba una sección de la pared izquierda: llevaba una casaca anodina que conocía muy bien, pero que nunca había sido suya ni se había probado jamás. Se giró para constatar lo indudable: un número 1 desamparado, terrible, ominoso.

Gregor intentó quitarse la casaca con el mismo resultado que con los guantes. Su inspección reiterativa de su habitación se encontraba con los testimonios de un pasado de goleador – ese ser libre, libertino - que ahora le parecían inverosímiles, lejanos, ajenos – y ahora sí, esta palabra era pertinente -… Observaba las fotos como quien mira la luz de una estrella extinguida que aún sigue llegando con un retraso de distancia y nostalgia.

Como si necesitara redundar sobre lo evidente, corrió al inmenso jardín trasero – una larga y ancha prolijidad de césped bien cuidado y una portería contra la que suele… ¿solía?... pasarse horas pateando soberbias. Intentó algunas destrezas y astucias con uno de los tantos balones que tenía por allí esperando sus aptitudes, pero lo que hasta hacía tan sólo unas horas había sido una esencia, una idiosincrasia de sus piernas (especialmente de la zurda, la más hábil), ahora era una torpeza temblona, un reflejo a rechazar el balón lejos, como si temiera una cercanía que antes había deseado, en la que se había esmerado.

Cada fracción infinitamente elemental de tiempo que transcurría, la muda era más completa: las sensaciones iban modificándose taxativamente, ajustándose a la nueva realidad; una nueva psiquis se iba erigiendo, un nuevo ánimo: desamparo; una tristeza esquiva, aislamiento… soledad.
Mezclado con ese temperamento… esa personalidad reciente, se reveló una intuición que, supo, siempre había estado allí, acallada, interpretada – y ejecutada - como algo diferente, como algún trauma o impresión infantil: un destino, un sino…

Ser portero no es una vocación, es una fatalidad del destino y la obstinación, el empecinamiento de estar en el campo de juego a toda costa, de creer que se es un semejante entre los jugadores, de que se es parte del equipo aunque no se esté realmente dentro del conjunto, sino que se permanece en esa entidad unitaria y desamparada (otra vez esta palabra, definición, sensación), aislada. El propio atuendo refuta la ensoñación de pertenencia; incluso la caridad chueca de permitirle utilizar las manos es una constatación de una lástima y de un escrúpulo perverso en el que se asienta la convicción de su impericia, de su torpeza; de su… disimilitud.

El tiempo, el destino, habían decidido domesticar al goleador que había sido Gregor, reconducirlo a su suerte estipulada, prefijada: al constreñimiento existencial a una región reducida, de límites precisos e inhóspitos; a interpretar su obligado papel de culpable de las derrotas, de ignorado de las victorias.

Aislamiento… Condenado al terror particular y solitario ante el avance rival – su error es definitivo -, a esperarlo en ese patíbulo del área sin posibilidad de huida, donde también se oficia esa ceremonia macabra del penal: el portero abandonado por los suyos ante el pelotón unitario… pagando por una culpa ajena (directa o indirectamente).

Gregor vuelve a su habitación. Se recuesta. Quizás, piensa, asiéndose a una última esperanza que sabe de antemano ilusoria, el sueño reacomode las piezas y al despertar se haya restaurado la normalidad. Mas, Gregor Bloch sabe que fue este reordenamiento, esta metamorfosis la que reparó el error, la que restableció la marcha del destino.

De pronto, a la comprensión de la nueva realidad, que implicaba advertir sus consecuencias – principalmente, la soledad, esa inmensidad de silencios y de voces propias -, vino a sumarse otra derivación (al menos, tal como lo vio Gregor): la imposibilidad inherente del portero a la gloria. Esta depende del triunfo, pensó; es decir, del delantero… Y las excepciones de esporádicas tandas de penales o penales atajados a última hora, no refutan esa imposibilidad (lo puntual no trasciende, no llega a conformarse, a ser, en definitiva).

 Inquieto, Gregor volvió a levantarse y se dirigió otra vez hacia el jardín trasero. Atravesó la meseta de césped, caminando cabizbajo, hacia la portería. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra uno de los postes.

Levantó la vista e imaginó el campo de juego, las tribunas, desde su nueva posición, y sintió que se había convertido en un detalle que afea la coreografía, una presencia que, a pesar de ser inevitable, tiene mucho de… incómodo a la vista y al devenir fluido del juego: el portero detiene el rodar de la pelota… interrumpe…


Gregor Bloch murió apoyado a ese poste, olvidado de sí, en esa soberanía escueta del área que había trazado con talco. El cuerpo reseco, los restos de las prendas mudadas a su alrededor; la mirada vacía, como si su último objetivo hubiese sido descubrir un delantero contrario, esa amenaza latente que ocupó sus últimos momentos, y que susurraba en su desierto sin tártaros que se extiende hasta la portería rival.


Al destino nadie lo engaña, ni siquiera vistiendo la casaca número 7, o la 9, la 11, la 11… Al final, se impone la inevitabilidad del hado sobre las falsificaciones vocacionales, sobre los remedos de habilidad – mera técnica ensayada.