lunes, 15 de julio de 2019

La continuidad de Scaloni en la Selección y el problema de la institucionalidad (Jornada)




Imagínese, lector, por un instante, una escena en un hospital público en cualquier ciudad de la Argentina. Llega un conocido del director, acompañado de un muchacho muy joven, para recomendarlo como médico de la institución. No tiene título aún, pero “sabe un montón y va a solucionar muchos problemas de salud”, lo justifica. El director del hospital dialoga con el joven, que acaba de terminar el Bachillerato, y evidentemente, maneja algunos conceptos y podría llegar a ser bueno en lo suyo, a futuro. ¿Pero qué sucede si el allegado lo propone como jefe del turno mañana o tarde?

Lo más probable es que el director indique que lo que corresponde es que ese muchacho ingrese primero a la universidad, estudie mucho, se gradúe, y con el título en la mano regrese, concurse y en ese caso, si gana, tenga un primer espacio como residente en ese hospital.

Algo parecido ocurre con la selección argentina. Lionel Scaloni no sólo nunca dirigió antes un equipo (ya no es que salió campeón o no de algún torneo) y se encontró al frente de un equipo que tiene como antecedentes históricos 2 Mundiales ganados, 3 finales de Mundiales perdidas, 14 Copas América, 6 Mundiales sub-20, 2 medallas doradas olímpicas y tantos otros títulos y partidos decisivos. ¿Puede este director técnico, con estos antecedentes, dirigir a una de las cuatro o cinco mayores potencias mundiales de fútbol?

El propio Scaloni, que en la Copa América tuvo que enfrentarse a entrenadores de la talla de Oscar Tabárez, Reinaldo Rueda, Tité, Carlos Queiroz o Ricardo Gareca (es decir, toda gente con el doctorado terminado, siguiendo con la analogía), admitió en una de las conferencias de prensa durante el torneo, que n la Copa América hizo un curso acelerado, que incluso pudo haber terminado aceptablemente, o mejor que lo que originalmente se vaticinaba, pero…¿alcanza con eso?

¿Es posible justificar a Scaloni, como lo hizo un ausente director de Selecciones Nacionales en Brasil, César Luis Menotti, quien dijo tras la Copa América, cuando pasó a respaldar al mismo DT al que antes quería reemplazar, que él mismo, en 1974, cuando asumió en la selección argentina “no tenía experiencia porque sólo había ganado un torneo con Huracán”? ¿Es lo mismo ganar un torneo con Huracán, y de manera brillante (por otra parte, el único título liguero del Globo en el Profesionalismo desde 1931), que no haber dirigido nunca a nadie?

Todo indica que Scaloni sigue, primero que nada, porque no hay otro DT de cierto renombre, que quiera asumir. Esta AFA de Claudio “Chiqui” Tapia, enfrentada con la Conmebol, con el presidente del Comité Arbitral de la entidad, con El Vaticano, con Israel, con River, con San Lorenzo, con la Superliga, con la CBF, con Jair Bolsonaro, con muchos clubes de todo el país por lo sucedido con la definición de los ascensos federales, y con otros del conurbano bonaerense por la de los ascensos de esa zona, no parece estar en condiciones de dar ninguna certeza a un entrenador de jerarquía, y mucho menos, garantía de tranquilidad en un trabajo a mediano plazo.

Pero a este primer factor, hay que agregar que Scaloni también sigue porque en la AFA, la palabra de Lionel Messi sigue pesando demasiado, y si se quejó tras la Copa América de la corrupción en la Conmebol –un argumento atendible- o si sostuvo con pulso firme al DT, en buena parte fue porque ningún dirigente de la AFA tiene la mínima capacidad de anteponerle un marco de institucionalidad, el director deportivo se llamó a silencio absoluto a distancia, y el crack del Barcelona ya no es un joven tímido y con algunos granitos en la cara sino un muchacho de 32 años, padre de familia, y uno de los cuatro más veteranos del plantel, y no tiene a quién consultar, ni cree necesitarlo.

Se entiende la buena voluntad y la lucidez de Marcelo Gallardo, el DT de River Plate, cuando sostiene que a Messi “no lo supieron cuidar”, pero a los 32 años y con tres hijos, una fortuna y con más de tres decenas de títulos y 15 años de profesional y 5 Balones de Oro, Messi se sabe cuidar muy bien solito.

El problema es de institucionalidad, algo que suele costarle demasiado al argentino medio. Scaloni no debe estar en este lugar no porque sea mejor o peor, sino porque aún no reúne los requisitos. Y entonces no importa caerle bien al crack, o cebar buen mate en la concentración, o contar buenos chistes, o que Menotti (por dar un ejemplo) tenga excelente línea directa con uno de sus ayudantes, Pablo Aimar. Scaloni no puede estar allí porque no corresponde, y punto.

Pero si el presidente de la AFA en vez de reclamar antes de los partidos por malas designaciones arbitrales, o antes del sorteo de los grupos por la irregular distribución de los equipos en los copones para favorecer (como casi siempre) al local, se calza el buzo y se sienta a mirar en la platea cómo le patean a los arqueros, o firma una carta incendiaria a la Conmebol (por si fuera poco, refrendada al día siguiente por el director de la Escuela de Árbitros, Federico Beligoy), y olvida que la Argentina será coorganizadora de la Copa América en apenas un año, y genera un clima que expone al propio Messi a una larga suspensión, ¿cómo el mejor jugador del mundo no va a creer que en esa anarquía y falta mínima de ideas, la AFA es él mismo?

Se supone que en todo orden, un dirigente es aquel que tiene una mirada más profunda que la masa, alguien que puede ver más allá en el futuro, que puede parar la pelota para pensar, con mayor temple que la mayoría, en las acciones a seguir, para beneficio de todos. Cuando esto no ocurre (como en el caso de la AFA), son otros los que toman la bandera, aunque no sea lo que corresponda. Y Messi crece en roles que no les son propios desde la falta de alguien que aporte ideas y sentido común, a partir de su liderazgo futbolístico y desde épocas pasadas en las que comenzaron las irregularidades que fueron determinando que cada palabra suya fuese santa.

¿Acaso puede hacerlo contra la Conmebol la dirigencia que utilizó las mismas herramientas en el ascenso local? ¿Acaso puede hacerse con el antecedente de la Mano de Dios, el Bidón de Branco, o el 6-0 a Perú? Calavera no debería chillar.

Mientras no haya un marco institucional serio (como por ejemplo, que cualquier medio nacional de comunicación –que no haya pagado derechos-, que hizo un enorme esfuerzo por cubrir el torneo, se haya ido de Brasil tras un mes, sin una sola entrevista exclusiva con jugadores argentinos porque estos no tienen intenciones de hablar), la AFA seguirá exponiendo al fútbol argentino a cómo sople el viento y a pagar las consecuencias de tantos desatinos.

jueves, 11 de julio de 2019

¿Es demasiado alto el precio pagado por el Real Madrid para fichar a Hazard? (Interia)




El Real Madrid lleva gastados 303 millones de euros en fichajes en lo que transcurre del verano europeo, y cuando todavía no ha cerrado sus puertas a traer más jugadores, con la idea de cambiar radicalmente la cara de un plantel que a todas luces se ha estancado en la temporada pasada, y que, para la dirigencia, es imposible repetir otra vez en la que viene.

Pero cuando se realiza el desglose de esta enorme inversión, que todo indica que será mayor en un mercado de mucho movimiento porque también el Barcelona y el Atlético Madrid se están moviendo mucho para renovar sus planteles, se puede observar que si bien el Real Madrid ha apostado por rejuvenecer el equipo, apostando por jugadores como Luca Jovic (21 años), Edson Militao (21), Ferland Mendy (24), y Rodrygo (18), para los que pagó 203 millones, aparece nítidamente diferenciada la figura de Eden Hazard, de 28 años, por quien el club blanco pagó 100 millones de euros al Chelsea.
¿Es justo que si el Real Madrid pagó al Eintracht Frankfurt 60 millones de euros por Luka Jovic,  50 al Porto por Eder Militao, 48 al Olympique de Lyon por Ferland Mendy y 45 al Santos por Rodrygo, haya invertido 100 por Hazard?

¿Podría colocarse a Hazard entre las apuestas jóvenes del Real Madrid o es excesivo lo que se pagó por él? Todo indica que el fichaje del belga del Chelsea ha sido beneficioso para el club. Hay pocos jugadores en el mundo con capacidad de ganar partidos ellos solos, y los blancos saben lo que eso significa porque han tenido un jugador así hasta hace poco tiempo, y no sólo lo han perdido, sino que no han pagado por él lo que realmente vale, y es el portugués Cristiano Ronaldo.

Con Cristiano Ronaldo no sólo la Juventus ha ganado a un crack y ha potenciado a su equipo (él fue el claro factótum de la clasificación a la ronda siguiente de la Champions cuando venció en la revancha de Turín al Atlético Madrid con tres goles suyos, por dar un ejemplo), sino que desde su salida, el Real Madrid tuvo graves problemas ofensivos que no conocía desde hacía una década o más tiempo, porque nadie pudo reemplazar al portugués, pero al que no le podía negar la pretensión de cambio de aires después de todo lo que dio hasta convertirse en el Alfredo Di Stéfano del Siglo XXI.

Si bien no es similar, el caso de Hazard con el Chelsea es parecido. Se trata de uno de los jugadores más mágicos del planeta (de hecho, un programa de la TV catalana mostró una máquina que mide parecidos físicos y técnicos y resultó el más parecido del mundo a Lionel Messi en todos los parámetros) pero también, como le ocurrió a Cristiano Ronaldo cuando emigró a la Juventus, poco pudo hacer su club londinense cuando el jugador ya iba a quedar en libertad de acción y por lo menos pudo sacar una buena suma por su transferencia.

La gran pregunta, a partir de todos estos fichajes, es qué hará Zinedine Zidane con tantos jugadores, porque el Real Madrid se ha desprendido de muy pocos de los que participaron (y a muy bajo nivel) en la temporada pasada, y en cambio, ha decidido prescindir de otros que han mostrado muy buena técnica como Dani Ceballos (una de las grandes figuras del Europeo sub-21) o Marcos Llorente (el mejor jugador, a mi criterio, del pasado Mundial de Clubes en Emiratos Árabes Unidos).

En cambio, cuando todo hacía prever lo contrario, Zidane prefirió redoblar su apuesta por la vieja guardia, los jugadores que  en su momento le han respondido con tres Champions Leagues y dos Mundiales de Clubes, si bien resulta inexplicable que se haya desprendido de un portero como el costarricense Keylor Navas, en una medida más cerca de haber sido tomada por la dirigencia que por el entrenador.

Lo contrario sería una contradicción para el francés, que prefirió quedarse con el belga Thibaut Courtois, que si bien es un gran portero, no ha rendido en el Real Madrid como para dejar atrás a Navas, quien no sólo ganó muchos títulos sino que en varios de ellos ha sido fundamental, y es muy duro que por razones de marketing un día le caigan con otro competidor que se queda con el puesto sin haber hecho los méritos deportivos suficientes.

Habrá que ver cómo se las arregla Zidane entre tanto jugador de su etapa anterior, que no ha rendido en la pasada temporada, como para no darle lugar a los nuevos, muchos de ellos jóvenes que necesitan partidos para ganar experiencia, como ya ha ocurrido en 2018/19 como Vinicius Junior, un delantero de alta capacidad, que simplemente necesita un punto más de madurez.

¿Veremos a un Real Madrid con el equipo del pasado, a uno renovado por completo con los jugadores jóvenes fichados, o un mix de ambos con una renovación a medias? ¿En qué posición colocará Zidane a Hazard? ¿Cómo extremo por las bandas, o como asistidor del ataque?

Para saberlo, tendremos que esperar unos días más.

Brasil, un campeón eficiente, con algunos destellos de calidad, en una Copa América polémica y discreta (Jornada)




                                         Desde Río de Janeiro



La alegría fue toda brasileña, en el final. El público no tuvo que sufrir demasiado, esta vez, cuando su selección conquistó su octava Copa América (Uruguay tiene 15, Argentina 14), y pudo prolongar su récord de seguir ganando todos los torneos continentales disputados como local en la historia (5) al vencer merecidamente a Perú por 3-1 en el mítico estadio Maracaná.

El equipo brasileño, sin la magia de otros tiempos, especialmente desde la ausencia de Neymar por lesión, terminó teniendo como estandarte de creatividad y buen juego a su veterano lateral derecho Daniel Alves, ganador del trofeo al mejor jugador del campeonato, y a un delantero que no era tenido demasiado en cuenta al inicio, “Cebollinha” Everton, del Gremio de Porto Alegre, imparable como extremo izquierdo.

Este Brasil fue una mezcla de solidez defensiva (recibió un solo gol, y fue de penal, en la final, a través del peruano Paolo Guerrero, que juega en el fútbol brasileño), un arquero serio como Alisson Becker (reciente campeón de la Champions League con el Liverpool), dos volantes dúctiles y bien distintos como Casemiro (más defensivo) y Arthur (/más distributivo), y correctos delanteros como el señalado Everton, Gabriel Jesús, Roberto Firmino, y en menor medida Willian, con el enlace de Philippe Coutinho.

Ninguno brilló especialmente, pero Brasil se asemejó a un noqueador: apareció siempre en el momento justo para definir, y si quedó alguna duda fue porque ante Argentina en semifinales fue muy beneficiado por un muy mal arbitraje, pero en el resto de los casos, aún con varios partidos deslucidos en la fase de grupos, porque no pudo salir del cero ante Venezuela y Paraguay, y tampoco pudo vencer a Bolivia hasta la segunda parte, aunque luego fue creciendo.

No fue casualidad que en el momento de la premiación haya subido al podio el presidente Jair Bolsonaro, y acompañado del paraguayo Alejandro Domínguez, titular de la Conmebol, que en todo el certamen jamás se refirió a ninguna situación del mismo y se mantuvo en un extraño silencio.

El nivel futbolístico de la Copa fue solamente discreto y repuntó un poco en las fases finales, y con polémicas importantes como el uso de la tecnología (a veces parecía que el VAR era necesario hasta en jugadas que no importaban a nadie, y otras, no se lo usaba ante faltas flagrantes), o el estado de los terrenos de juego, que dieron lugar a fuertes protestas.

Desde lo deportivo, no sólo para Brasil hay balance positivo. Perú terminó redondeando un muy buen certamen, en el que se consolidó el trabajo de Ricardo Gareca como director técnico, tras llegar una vez más a los puestos de privilegio (finalista ahora, semifinalista en Chile 2015, clasificado al Mundial de Rusia), mientras que el colombiano Reinaldo Rueda pudo levantar en Chile a algunos jugadores que venían de temporadas discretas (Alexis Sánchez, Gary Medel, Eduardo Vargas) y todo indica que hay futuro, al menos en los próximos meses.

Uruguay, pese a quedar sorpresivamente eliminado en cuartos de final por penales ante Perú, mostró la misma solidez de siempre con el largo y serio trabajo del Maestro Oscar Tabárez, y el portugués Carlos Queiroz parece haber adelantado unos metros en la cancha el juego preciosista y de posición de pelota de Colombia, mientras que Venezuela resulta cada vez más competitiva.

En cuanto a la selección argentina, aún jugando por momentos buen fútbol en el final ante Brasil (cuando fue perjudicada netamente) y ante Chile (algo parecido), no deja de cerrar un enorme signo de pregunta. Su entrenador, Lionel Scaloni, no tuvo empacho en decir que hizo “un curso acelerado” durante la Copa, que no parece ser el ámbito adecuado, mientras que su dirigencia se vio enfrascada, como un toro bravío, en una inconducente polémica con la Conmebol, dejando solo a su gran estrella, Lionel Messi, quien terminó pareciéndose, más que nunca, a un rebelde Diego Maradona, cuando en las fases finales presentó un nivel futbolístico de alto nivel pero quedó enmarañado en la queja.

La gran pregunta de la selección argentina es si a su regreso de la Copa, por fin, habrá cambios o todo seguirá igual que siempre.

lunes, 8 de julio de 2019

Brasil, un merecido campeón, con juego discreto y algunos destellos de calidad (Interia)



                                                          Desde Río de Janeiro


Nadie podría decir que no esperaba un triunfo de Brasil, en una final como local, cuando ha ganado todas las Copas América jugadas en su casa, y ante un rival como Perú, al que le había ganado 5-0 apenas dos semanas atrás por la fase de grupos. Esta vez fue 3-1.

De ganar Perú, habría sido peor que aquel “Maracanazo” de Uruguay en el Mundial de 1950 porque sus chances eran escasísimas, pero terminó redondeando un partido digno, incluso parejo por muchos momentos en cuanto a dominio de balón, aunque la gran diferencia, como casi siempre marcó Brasil, estuvo en esos destellos de calidad en los momentos decisivos.

Este Brasil se caracterizó por eso como equipo: solidez defensiva, desde uno de los mejores arqueros del mundo como Alisson Becker (reciente campeón de la Champions League con el Liverpool), un gran lateral derecho como Daniel Alves, reconocido como mejor jugador del torneo, dos centrales de jerarquía como Thiago Silva y Marquinhos, compañeros del PSG, y aún dio la ventaja de no contar con un tremendo marcador izquierdo como Marcelo, gran figura del Real Madrid, que no tuvo una buena temporada y no fue convocado por el entrenador Tité.

A esa solidez defensiva hay que agregarle que sus volantes son de alta calidad, con uno más centrado en el aspecto defensivo como Casemiro, otro más distributivo como Arthur, y desde allí, la maquinaria ofensiva con juego correcto desde Philippe Coutinho hasta sus finalizadores como Roberto Firmino y Gabriel Jesús.

El gran problema de este equipo pasó, durante buena parte del torneo, con un inicio dubitativo por  la falta de gol, por la carencia de creatividad en el momento de la definición. Este Brasil no tiene un jugador desequilibrante, con magia, que cambie la velocidad del balón o quiebre el juego de un lado hacia otro de la cancha, como bien pudo ser Neymar, de no haberse lesionado, pero no le encontró reemplazante.

La calidad provino desde el lugar menos inesperado, cuando Tité se animó, por fin, a colocar por la izquierda a Everton, un futbolista que aún participa en su liga local, en el Gremio de Porto Alegre. Desde ese costado vino la solución a partir de un juego atrevido, veloz, pícaro, que era algo que últimamente no encontraba Brasil, demasiado europeizado, en vez de mantener su esencia sudamericana.

Fue entonces Everton el que conectó mejor con sus compañeros de ataque desde los cuartos de final, especialmente, y con los aportes de los ingresos de Willian por la derecha, y siempre con el resto de jugadores de pases correctos, aunque sin magia, Brasil se encontró en semifinales contra una Argentina ascendente, que bien le pudo haber ganado con otro arbitraje y en otro contexto (dos tiros en los palos, dos penaltis ni cobrados ni consultados al VAR).

Pero pasada Argentina, ante Perú, en la final, la selección brasileña volvió a aparecer en los momentos justos. Al cumplirse el cuarto de hora, cuando Perú tenía casi siempre el balón, ante el primer descuido y el gol de Everton, y tras el empate de Paolo Guerrero de penal. casi al finalizar el primer tiempo, justo antes del descanso, por Gabriel Jesús.

Ya asentado en el segundo tiempo, dejó venir un poco a Perú pero ya estaba aplomado, mejor parado, cuando Gabriel Jesús recibió la tarjeta roja por doble amarilla, y con su expulsión, Tité hizo cambios para que el equipo retrocediera unos metros, pero otra vez fue oportunista, y Zambrano terminó haciéndole otro penalti a Everton, que convirtió el recientemente ingresado Richarlison, y así, Brasil conquistó su novena Copa América (Uruguay tiene 15, Argentina 14), y la quinta en su país, donde jamás perdió una.

En el balance, exceptuando el muy polémico partido ante Argentina en semifinales, Brasil fue el mejor. Sólo recibió un gol (de penalti) y tuvo la virtud de acertar en los momentos justos, en el contexto de un torneo de nivel muy discreto, y con muy pobre organización, en líneas generales.

Perú hizo lo que pudo y de hecho, fue mucho más que hace escasos días ante el mismo rival. Es la tercera vez que esta selección llega entre las tres primeras en las últimas cuatro ediciones, y si se tiene en cuenta que pudo clasificarse al Mundial de Rusia después de 36 años de ausencia de la máxima cita, y en semifinales venció 3-0 a Chile, el anterior bicampeón, el saldo es altamente positivo, y el trabajo del entrenador argentino Ricardo Gareca podría proyectarlo a dirigir al equipo nacional de su país en 2020, pero eso se decidirá con más tranquilidad, y tras el regreso de todos a casa.


domingo, 7 de julio de 2019

Ricardo Gareca, el de los goles memorables, el pase “de la traición” de Boca a River, el ídolo en Talleres y Vélez que está más allá del bien y del mal en la selección peruana y que sólo le teme a la calvicie (Infobae)




                                                    Desde Río de Janeiro



El 24 de agosto de 1983, Ricardo Gareca convirtió en el Monumental de Núñez el único gol del Clásico con el que, por fin, la selección argentina le ganó a Brasil tras 13 años sin conseguirlo, terminando con el embrujo, y en el contexto de la Copa América. Casi dos años más tarde, el 30 de junio de 1985, y en el mismo escenario, también el mismo delantero marcó un agónico gol ante Perú que le dio la sufrida clasificación para el Mundial de México 1986 al equipo nacional, al empatar 2-2, que luego serviría para ganar el título mundial.

Gareca, que convirtió 6 goles en 20 partidos con la selección argentina, dos de ellos memorables, sin embargo, no estuvo en la máxima cita en la que los albicelestes se coronaron campeones del mundo y Diego Maradona fue entronizado como rey del fútbol mundial. Sin embargo, nunca se quejó, aunque le dolió no formar parte de la élite de los campeones del mundo, pero lo tuvo siempre claro. Reconoce que fue “el trago más amargo como jugador” pero que sobre el final de las clasificatorias “yo no estaba en un buen nivel. No estaba bien anímicamente. Tenía expectativas muy importantes en la Selección y no se me cumplieron. Fue un golpe muy duro no ir al Mundial”.

La vida de Gareca podría ser una película, y hasta una miniserie, por la cantidad y calidad de etapas que vivió, con una enorme capacidad de resiliencia, para transformar aspectos negativos en positivos, para encontrar siempre una razón para aferrarse y seguir el camino hasta encontrar el punto de equilibrio.

“El Tigre” o “El Flaco” Gareca nació en Tapiales el 10 de febrero de 1958. Hincha confeso de Vélez, hizo las divisiones inferiores en Boca donde alcanzó a debutar en 1978 en medio de la enorme cantidad de partidos que jugaba el equipo de Juan Carlos Lorenzo, pero su gran destape fue en el Metropolitano de 1981, justo cuando a Boca llegaron Diego Maradona y Miguel Brindisi. Eso lo obligó a buscar un club donde jugar y tener una continuidad, y fue entonces a préstamo al ascendido Sarmiento de Junín, y no desaprovechó su oportunidad, como centrodelantero entre el “Toti” Iglesias y Sergio Apolo Robles. Convirtió 13 goles en 33 partidos, pero mucho más que eso, mostró un alto nivel, buena técnica, y enorme potencia en ese torneo.

Tanto fue así, que Silvio Marzolini, el director técnico de Boca, pensó en su inmediato retorno para el Nacional de ese mismo año, y le hizo un lugar entre los mismos cracks que antes le habían sacado su lugar, Maradona y Brindisi.  Se convirtió rápidamente en ídolo, marcó goles en el Superclásico, y Víctor Hugo Morales, haciendo juego con la película de comedia, lo llamó “Alto, rubio y con un zapato negro” en sus relatos.

Llegó a ser incuestionable en Boca, más aún cuando Maradona emigró en 1982 y Brindisi, a finales de 1983, al punto de que la revista “El Gráfico”, en 1984, publicó un artículo llamado “Los intocables” en el que aparecía nada menos que con Gatti, representando a Boca, Norberto Alonso (River), Ricardo Bochini (Independiente) y Jorge Rinaldi (San Lorenzo) –Racing jugaba en Primera B-. Todos estaban vestidos como aquellos personajes de la banda de Eliot Ness.

Carlos Bilardo comenzó a convocarlo a la selección argentina, tras un breve paso en la anterior etapa de César Luis Menotti, y Gareca atravesaba días felices que muy poco tiempo después, se convertirían en un serio problema. Boca había quedado muy dañado en su economía por la fortuna pagada por el pase de Maradona tres años atrás y por la “Tablita” de Martínez de Hoz y la mala administración de sus dirigentes, y de a poco, fue perdiendo la localía en una Bombonera clausurada, había sido intervenido por el Estado, y sus equipos usaban una camiseta blanca con números pintados de negro con marcador, que se desdibujaban con la transpiración.

Con su inseparable amigo de las divisiones inferiores, Oscar Ruggeri, comenzó a tener dificultades para el cobro, ambos habían arreglado el aumento mínimo del 20 por ciento por dos temporadas, y durante 1984, la relación con el club fue un calvario. Ambos reclamaban la libertad de acción, Boca lo negaba aduciendo que les había hecho otro aumento en sus cobros, el plantel comenzó a resquebrajarse y la situación explotó a principios de 1985, cuando tras arduas reuniones, tomó la posta Futbolistas Argentinos Agremiados y para no quedarse sin dinero con la pérdida de los jugadores, apareció River y se los llevó a cambio de una suma de dinero, y los pases de Julio Olarticoechea y Carlos Tapia.

De repente, Gareca pasaba de ídolo a traidor. De Boca a River sin escalas, y en el primer Superclásico, apareció todo el rencor de la hinchada de Boca y un tremendo patadón de Roberto Pasucci a Ruggeri, a modo de bienvenida, pero el paso de Gareca por River fue fugaz, y a los seis meses ya estaba vistiendo la camiseta de América de Cali.

En Colombia vivió una etapa intensa, en tiempos en los que los principales equipos eran vinculados al narcotráfico. En el libro “El hijo del ajedrecista”, de Fernando Rodríguez Mondragón, el autor se refiere a la figura de su padre, uno de los principales líderes de uno de los cárteles, Gilberto Rodríguez Orejuela, y cuenta de los vínculos con el América de Cali y lo que significaba jugar a mediados de los años Ochenta en la liga colombiana, y cómo siendo futbolista, como Gareca, resultaba muy complicado escapar de esas molestas compañías.

Gareca coincidió en el América de Cali con jugadores como su compatriota Julio César Falcioni y Carlos Ischia, los paraguayos Roberto Cabañas, Juan Battaglia y Gerardo González Aquino, el uruguayo Sergio Santín, el peruano Julio Uribe,  y los delanteros colombianos Antony De Avila y Willington Ortiz, dirigidos por el doctor Gabriel Ochoa Uribe. Arañaron tres veces el título de Copa Libertadores, pero en todos los casos, fueron postergados. En 1985, perdieron la final ante Argentinos Juniors, en 1986 ante el River del Bambino Héctor Veira (cuando fue marcado por su amigo Ruggeri y tras ser provocado, Gareca fue expulsado), y la peor, en 1987, cuando a diez segundos de coronarse ante Peñarol en Chile, llegó el gol de Diego Aguirre para los uruguayos. “El Tigre” fue el goleador del torneo con 7 goles, a modo de consuelo.

A su regreso a la Argentina, en 1989, jugó para el equipo de sus amores, Vélez, aunque ya en el final de su carrera, fue convocado por Brindisi para jugar en Independiente y ganó el Torneo Clausura 1994 y se dio cuenta de que no había mejor forma de retirarse que con ese título. Llegó a marcar 208 goles en su carrera.

Rápidamente le llegó la oportunidad de ser director técnico cuando fue convocado en 1995 por San Martín de Tucumán, aunque el paso siguiente lo marcaría mucho más, cuando asumió en Talleres de Córdoba en 1996, en reemplazo de Osvaldo “Chiche” Sosa.  Estaba en la B Nacional, y el equipo comenzó a tomar confianza de a poco, hasta que llegó el 16 de noviembre, cuando goleó a Belgrano por 5-0 en el clásico cordobés, el más abultado de la historia en partidos oficiales. Pero el gran salto a la Primera A lo daría en la temporada 1997/98, luego de haber estado dos veces cerca del ascenso, cuando por fin lo consiguió, tras una sufrida final otra vez ante Belgrano, por penales, en una dramática definición. Talleres se había impuesto 1-0 en la ida, ganaba también 1-0 en la vuelta, Belgrano se lo dio vuelta, y cuando tuvieron que ir a penales, Gareca había reemplazado ya a sus mejores jugadores (Diego Garay, Rodrigo Astudillo y Daniel Albornós).  La etapa se coronaría con el título de la Copa Sudamericana en 1999, lo máximo en el nivel internacional conseguido hasta ahora por “La T”.

Gareca –muy querido en Talleres- dice que de esa experiencia aprendió mucho. Volvería al club en 2001 y 2007 aunque sin aquellos resultados de su primera etapa y apenas ganó un partido entre los dos ciclos cortos, pero con un legado: hizo debutar a los 17 años en Primera a Javier Pastore, por el que el club se recuperaría un poco en lo económico.

Pasó por Colón, Quilmes y Argentinos Juniors sin dejar demasiada huella hasta que en 2005 viajó a Colombia para dirigir al América de Cali, con buenos resultados pero inconvenientes con los dirigentes y se fue en 2006 al Independiente Santa Fe de Medellín, pero otra vez no le fue bien.

En setiembre de 2007 fue contratado por Universitario de Deportes, de Perú, con el que consiguió escalar posiciones y consiguió el pase a la Copa Sudamericana, y fue campeón del Apertura 2008 clasificándose para la Libertadores 2009 (llevaba 7 años sin títulos).

A su regreso a la Argentina, por fin, recalaría en Vélez. Enseguida que asumió quiso aclarar que por más que sea hincha del club “llego como entrenador, desde otro lugar” y agradeció las recomendaciones de Christian Bassedas y Carlos Bianchi, dos grandes figuras de la entidad de Liniers. Allí desarrollaría uno de los mejores trabajos de su carrera.

En 2009 ganó el Torneo Clausura tras un muy polémico partido ante el Huracán de Angel Cappa, que llegaba a Liniers en la primera posición en la tabla y sólo Vélez lo podía alcanzar en la última fecha, por lo que adquirió ribetes de final. El “Globo” resistió el empate hasta cerca del final cuando Maxi Moralez aprovechó un choque entre el delantero Joaquín Larrivey y el arquero Gastón Monzón (Huracán reclamó falta, no cobrada) y con ese gol, Vélez fue campeón. Cappa siguió diciendo hasta hoy que se trató de “un robo” mientras que el árbitro Gabriel Brazenas nunca más volvió a dirigir profesionalmente.

El ciclo exitoso de Vélez con Gareca se extendió hasta 2013 con gran protagonismo en casi todos los torneos de la época y varios títulos, cuando ya no era habitual que un entrenador durara tanto en el cargo. En 2011 logró ser protagonista al mismo tiempo del campeonato y la Copa Libertadores (llegó a semifinales tras 17 años, en los tiempos de Bianchi) y ganó el Clausura, en el que fue puntero desde la segunda mitad de la disputa. Un año y medio después, en diciembre de 2012, obtuvo el título de campeón del Torneo Inicial, y medio año más tarde, en junio de 2013, se coronó Supercampeón argentino al vencer a NOB (ganador del Torneo Final) en Mendoza.

Fueron años gloriosos para Vélez porque además de los 4 títulos entre 2009 y 2013, fue semifinalista de la Libertadores 2011 y de la Sudamericana 2011, subcampeón del Apertura 2010, y tercero en Apertura 2011, Clausura 12 e Inicial 13 hasta que en mayo de 2014 fue contratado por el Palmeiras, aunque no le fue bien y le criticaron mucho la contratación de los argentinos Fernando Tobio, Agustín Allione, Pablo Mouche y Jonathan Cristaldo.

En marzo de 2015 se hizo cargo de la selección peruana,  uno de sus períodos más fructíferos. Sin embargo, el ciclo no comenzó nada bien. Perdió 2-0 ante Colombia por las clasificatorias al Mundial 2018 y en 7 partidos, su campaña era peor que la anterior para 2010 con el Chemo Del Solar: 4 puntos sobre 28. Sin embargo, lo ayudó el hecho de llegar a semifinales con la Copa América de Chile en ese mismo año, cuando cayó ante los locales 2-1 pero acabó con 10 jugadores por la expulsión de Carlos Zambrano y luego consiguió ser tercer lugar al vencer 2-0 a Paraguay.

Entonces, optó por hacer un cambio radical en el equipo, quitando a experimentados  como Claudio Pizarro, Carlos Zambrano y Juan Manuel Vargas y optando por los jóvenes. Desde esa fecha 7 Perú solo perdió 2 partidos más y sacó 26 puntos para llegar al quinto lugar (sacó un 0-0 en la Bombonera ante Argentina) y se clasificó para el repechaje ante Nueva Zelanda para el Mundial de Rusia.

En el Mundial no tuvo suerte: le tocó primero contra Dinamarca y Francia y en los dos perdió por la mínima diferencia y luego ganó a Australia 2-0. Tuvo que lidiar con una larguísima suspensión de la FIFA a Paolo Guerrero por un caso de doping ante Argentina en Buenos Aires, y fue autorizado provisionalmente, pero no encajaba con el equipo por falta de futbol.

Renovó por otros 4 años en agosto de 2018 -su amigo Ruggeri dijo días pasados que tardó en hacerlo porque por un mes esperó en vano el llamado desde la AFA para asumir en la selección argentina- y es el DT con más partidos en la historia de la selección peruana, incluso más que Marcos Calderón, quien la dirigió en el Mundial 1978.

Su trabajo en la selección peruana (con la que llegó a una semifinal y a una final de Copa América y la clasificó para el Mundial de Rusia) se basa en una buena sinergia grupal como sus colaboradores Sergio Santín (ex compañero suyo en el América de Cali), el ex jugador de Boca e internacional peruano Norberto Solano y que cuenta con participaciones de Esteban González como “espía” de los rivales.

“Creo que una de las claves en mi trabajo en la selección peruana fue enfocarme en la autoestima de los jugadores. Yo lo entiendo así. Si les trabajáramos sus defectos a nuestros hijos, esos chicos van a crecer llenos de dudas, y nosotros nos centramos mucho más en las fortalezas cuando acá, antes, se hablaba mucho de la debilidad, de lo psicológico, de la indisciplina”, comentó Gareca en una entrevista con la TV peruana.

Gran parte de este enfoque proviene de uno de sus ex colaboradores que ya no trabaja con él desde principios de 2019, el psicólogo rosarino Marcelo Márquez. Gareca intentó reemplazarlo  por el coach Giacomo Scerpella, que venía trabajando en los seleccionados juveniles, y también convocó al ex jugador peruano de Estudiantes de La Plata, Juan Comíngez (también con estudios de coaching) pero quien terminó siendo determinante en esta Copa América, especialmente tras la dura derrota en la fase de grupos ante Brasil (5-0) fue Juan Carlos Oblitas, director de Selecciones Nacionales e ídolo del fútbol peruano.

Oblitas, muy respetado por su condición de dos veces mundialista y de gran prestigio, terminó dejando de lado su condición de dirigente y pasó a tener un rol privado de acercamiento a los jugadores. Les dio charlas, habló con ellos en privado. Despúes de la goleada ante Brasil hubo, una reunión extensa y por eso, en la última conferencia de prensa, Gareca le dedicó el triunfo ante Chile (3-0) en semifinales. Oblitas había preferido quedarse en Brasil apoyando al equipo pese a que en Lima se había muerto un primo hermano suyo en un accidente.

Gareca tiene un profundo agradecimiento a Oblitas, por toda su colaboración. “Fue determinante. Él me recomendó, me vino a ver a Bs As, en 2015 y me dijo que me quería hasta Qatar 2022. Yo le dije que pensemos en el ahora y en clasificarnos para Rusia 2018. Siempre te piden más de dos años y a mí eso no me va, yo no quiero comprometerme por tanto”.

“El Tigre” también reconoce que quien le dio el último empujón para tomar el cargo de director técnico de Perú fue su ex compañero en Boca, Carlos “Cacho” Córdoba. “Me dijo que le gustaba, que le pintaba bien y que por la forma de ser de los peruanos, ese trabajo era ideal para mí. Yo estaba evaluando una oferta para dirigir a la selección de Costa Rica pero no conocía mucho de ese fútbol y por suerte, hice caso a los consejos”, reveló en una entrevista con el programa “Simplemente Fútbol”, por ESPN.

Gareca, literalmente, no puede caminar tranquilo por Lima. Vive en la zona acomodada del Malecón Cisneros, en el distinguido barrio de Miraflores, frente al mar. Es un ídolo absoluto y goza del reconocimiento general, al punto de que muchos creen que si se presentara para una elección presidencial en el país, la ganaría sin dificultades.

“Me genera vergüenza que puedan decir que yo ganaría una elección presidencial en Perú. Hay que ponerlo en un contexto de que hacía 36 años que no se iba al Mundial y se trata de un pueblo agradecido, afectuoso. Con los jugadores no quiero ser un padre, soy su entrenador pero eso no significa que la relación no pueda ser amena, de respeto”, respondió ante la pregunta de la TV peruana.

Su vínculo con la resiliencia, la capacidad de adaptación a todo tipo de circunstancias para rescatar lo positivo y seguir adelante, puede resumirse en esta frase sobre sí mismo: “Hay entrenadores con más y menos paciencia con los jugadores, y yo soy un entrenador de, acaso, excesiva paciencia, y yo veía en ellos buen pie. Y además, el peruano juega en césped sintético, en el frío, en el calor, en la altura y se adapta. A mí me gustó aunque no había una buena opinión porque estaba acostumbrado a las decepciones”.

Casado con Gladys Hartintegui en 1985, tiene dos hijos, Milton y Robertino, uno preparador físico y el otro, DT, y tiene dos nietos. “Duré tanto en mi matrimonio pero eso no significa que siempre todo haya estado bien. Todos cometemos nuestros errores pero lo importante es sopesar la gravedad o no de esos errores y el crecimiento que eso implica en la relación y reconozco que por mi tipo de trabajo, es mi esposa la que llevó el peso del hogar y en la relación con mis hijos, aunque siempre trato de estar presente, en lo que pueda”, reconoció en una entrevista.

Dice no temer “ni al paspo del tiempo, ni a la vejez, ni a las arrugas, ni a la acumulación de grasa” pero que tiene su kryptonita verde, “la calvicie”. “Me cuido mucho el pelo, me lo hago tratar cuantas veces puedo y me cargan con que si logramos algún objetivo me lo van a cortar”, advierte.

Daniel Albornós, promovido por Gareca a la Primera de Talleres, sostuvo años más tarde que el Tigre “se convirtió en estratega. Descubre cada vez con más precisión qué es lo que necesita el equipo, interpretando adecuadamente los partidos. Creció desde ese lugar, por eso se acomodó. No le teme a los escenarios complicados, y en Perú lo pudo demostrar”.

Ante Brasil, por la final de la Copa América, Gareca tendrá otro capítulo más de resiliencia en su vida, aunque ya nada parece que cambie su relación con la sociedad peruana, que le ha levantado un monumento en el Parque Argentina, en la localidad de San Miguel, inaugurado a poco de lograr la clasificación al Mundial de Rusia 2018. Aparece posando junto a Paolo Guerrero con el título “Monumento a los Hombres del Mundial”.






jueves, 4 de julio de 2019

Un clásico Brasil-Argentina con escándalo que muestra el nivel de la Conmebol (Interia)




                                                  Desde Río de Janeiro



“Lamentablemente, lo sucedido ayer entre nuestra selección y su similar de Brasil merece una profunda reflexión que pone en duda que se hayan observado los principios de ética, lealtad y transparencia que usted recurrentemente invoca, y esta reflexión encuentra sustento en todas las irregularidades advertidas antes y durante el mencionado partido donde ha quedado evidenciado que la selección nacional ha sido claramente perjudicada por el cuerpo arbitral encabezado por Roddy Zambrano durante todo el desarrollo del partido y en particular, por la no utilización del VAR en dos jugadas concretas que hubiesen, sin dudas, revertido el resultado final”.

Así comienza la durísima carta que la Federación Argentina (AFA), con la firma de su presidente, Claudio Tapia, le envió en las últimas horas al presidente de la Conmebol, el paraguayo Alejandro Domínguez, en la que también hace referencia “a la imprudencia en la designación arbitral, agravado por la presencia del presidente del Brasil, Jair Bolsonaro, en el estadio Mineirao, que no pasó inadvertida para jugadores, dirigentes y público en general, ya que fueron evidentes sus manifestaciones políticas, durante el desarrollo del juego”, en referencia a “los principios de injerencia política en FIFA y en Conmebol” y  hasta critica al presidente del Comité Arbitral de la Conmebol, el brasileño Wilson Seneme, porque alberga en su organismo a un ex árbitro argentino, Héctor Baldassi, “que no representa a la AFA y que al ser diputado nacional,  puede generar conflictos de intereses”.

La carta termina señalando que muchos jugadores de la selección argentina en la Copa América “lo hicieron por primera vez y regresan decepcionados y descreídos” con este sistema y con las irregularidades en el uso (o no) del VAR.

El escándalo en las decisiones arbitrales del ecuatoriano Zambrano y el VAR, a cargo del uruguayo Leodán González está creciendo, al punto de que esta carta podría ser el punto de inflexión en la siempre compleja relación entre la AFA, la Conmebol y la Confederación Brasileña (CBF), que ya era difícil por lo ocurrido en la pasada Copa Libertadores de 2018, cuando en los octavos de final, el tratamiento no fue el mismo para dos jugadores que no debieron ser alineados por estar suspendidos.

La Conmebol no sancionó a River Plate pese a que fue convocado en el equipo el volante Fernando Zuculini, que arrastraba una suspensión, y este equipo eliminó a Racing Club y se clasificó a cuartos de final, mientras que Carlos Sánchez, tampoco podía jugar para el Santos, fue incluido, y el club brasileño fue sancionado y acabó siendo eliminado por Independiente (Argentina).

En ese momento, Santos protestó ante la Conmebol acompañado por todos los clubes brasileños, que volvieron a hacer lo mismo ante Conmebol en cuartos de final, tras lo sucedido entre Boca Juniors y el Cruzeiro, cuando el defensor del Cruzeiro Dedé chocó contra el arquero de Boca Juniors, Esteban Andrada, le lesionó la mandíbula (en cuartos de final) y fue expulsado, aunque el choque pudo ser involuntario (si bien, el defensor fue con mucha violencia).

El respaldar desde otros clubes brasileños al “perjudicado” era una forma de mostrarse juntos ante lo que creían, era un intento de las autoridades de Conmebol de venganza porque meses antes, durante el Mundial de Rusia, la Conmebol había acordado una alianza con la Concacaf para apoyar su candidatura para organizar el Mundial 2026 en Canadá, México y estados Unidos, a cambio de su voto para apoyar a los países de Conmebol para organizar en 2030 un Mundial en Argentina, Uruguay, Chile y Paraguay, pero Brasil, sorpresivamente, votó por Marruecos en la FIFA y pocos días después, el presidente de la AFA, Tapia, habló ante la prensa de “traición, porque no hay peor traición que la de un amigo”.

Este de ahora, en la Copa América, parece ser un nuevo capítulo de esa batalla entre AFA y CBF, que además, parece encerrar una advertencia: que en 2020 habrá otra Copa América y Argentina será, junto con Colombia, uno de los países organizadores.

La historia continuará, y parece una bola de nieve, que no se sabe hasta dónde llegará.

La escandalosa clasificación de Brasil no puede tapar los graves errores de la selección argentina, que lleva 26 años sin títulos (Interia)


                 

                                           Desde Belo Horizonte



Los argentinos aficionados al fútbol recordarán por mucho tiempo al árbitro ecuatoriano Roddy Zambrano. Le reclaman gran parte de la responsabilidad en el extraño partido vivido el martes pasado por la noche en el estadio Mineirao (el mismo en el que cinco años atrás, Brasil perdía 7-1 ante Alemania en la semifinal del Mundial), cuando no se utilizó siquiera el VAR para determinar por dos claros penales para Argentina en la clasificación de los locales para la final de la Copa América del domingo.

La selección de Brasil venció a la argentina por 2-0 en la semifinal de la Copa América, en un partido repleto de polémicas y de situaciones deportivas y extra deportivas, como que antes de comenzar, el VAR sufrió interferencias porque el canal estaba utilizado en el seguimiento del presidente del país, Jair Bolsonaro, presente en el estadio, los dos penales no cobrados, una expulsión que debió ser para Daniel Alves pero no fue, y dos tiros en los palos por parte del equipo argentino, que dominó gran parte de las acciones, sin réditos finales.

De todos modos, aún habiendo jugado, como mínimo, el mejor partido de los últimos cinco años (este periodista recuerda que el día que debutó Gerardo Martino como entrenador, en un momento le ganaba 0-4 a Alemania en un amistoso en tierras germanas, luego terminó 2-4), la selección argentina tiene muchas cosas que mejorar, y que comienzan en la propia institución, la AFA, para seguir en el entrenador, y luego, en los jugadores.

Podría decirse, como resumen, que Argentina mereció clasificarse a la final si es por el partido ante Brasil, pero no en el balance general del torneo, en el que fue de menos a más y tiene cierta lógica, porque como venimos señalando, no es serio que un entrenador que dirige a una selección de este calibre, no haya dirigido jamás a un equipo para sentarse y darle indicaciones a un jugador como Lionel Messi, y entonces fue aprendiendo el cargo como si fuera un curso acelerado durante la Copa. Eso no es serio ni es culpa suya, sino del presidente de la AFA, Claudio Tapia, quien le dio esa responsabilidad.

En este punto, Lionel Scaloni (que jugó 21 años al fútbol profesional) hizo lo que pudo y parece que algo aprendió pero esa no es la cuestión, sino que la selección argentina debería tener un entrenador acorde a su rica historia, y continuidad en el trabajo.

Ante Brasil, el equipo argentino sorprendió por su valentía, por la fuerza de cada jugador trabando cada pelota y ganando muchos duelos individuales ante rivales de muy buena técnica, pero los albicelestes arrastraban falencias estructurales, que un entrenador experimentado (al revés que Scaloni) como Tité, aprovechó muy bien, como dijo en la conferencia de prensa. Manifestó que él sabía que Brasil podría aprovechar la banda izquierda del ataque porque Juan Foyth, el joven zaguero argentino del Tottenham, es central y no lateral y que además, es muy lento allí.

Los otros dos problemas argentinos pasan por la falta de un volante central de marca al estilo de lo que fueron hasta Rusia 2018 (aunque allí ya en decadencia) Javier Mascherano y Lucas Biglia, y entonces Scaloni optó por colocar allí a Leandro Paredes (PSG), de muy buena técnica pero que no siente la marca. Entonces se dio cuenta, con el correr del torneo, que tenía que ayudarlo en el medio con dos jugadores de mayor despliegue, Rodrigo De Paul (Udinese) por la derecha y Marcos Acuña (Sporting Lisboa) por la izquierda.

El dilema (ya sabemos cómo terminó) era cómo hacer para que Acuña ayudara a Paredes cerrándose y al mismo tiempo, bloqueara a Daniel Alves en sus ataques. Pudo más lo primero, menos lo segundo, y así el gran lateral derecho brasileño realizó una monumental jugada personal para que terminara en el primer gol de Gabriel Jesús.

Con esa ventaja en el primer tiempo, un equipo como Brasil, que no ha recibido goles en toda la Copa, parecía que iba a estar muy cómodo esperando a Argentina para salir al contragolpe, pero no fue lo que ocurrió. Los albicelestes, en una prueba de carácter, se plantaron en campo rival, dominaron el partido, y de repente, Lionel Messi, que deambulaba por las canchas, como en todos los partidos anteriores, se rebeló y empezó a ser el del Barcelona, bien acompañado por Sergio Agüero y por Lautaro Martínez.

Pudo ser gol un cabezazo de Agüero que terminó con la pelota en el travesaño y nadie para alcanzar el balón en el rebote, un remate de Paredes al lado del palo, un tiro de Messi en el otro palo, una estirada de Alisson en un muy buen tiro libre de Messi.
Brasil estaba cada vez más atrás y sin elaboración de juego, porque se trata de un equipo pragmático, eficiente, correcto, de buen pase, pero no le pidan magia. Eso, sólo lo pueden aportar Alves, Marcelo (que no fue convocado) o Neymar (lesionado) pero nadie más.

Alves debió ser expulsado por una dura falta, y hubo en el final dos penales (uno a Nicolás Otamendi y otro a Sergio Agüero) que ni siquiera fueron al VAR, cuando en este torneo, la tecnología se utilizó para cualquier detalle, por más burdo que fuera.

La selección argentina queda eliminada de otro torneo, justo o no, y van 26 años sin títulos oficiales, desde la Copa América 1993 en Ecuador. Messi merece mucho más aunque la AFA, no. Pero, al menos, hay una buena noticia para el fútbol albiceleste:; hay futuro, hay una cantidad importante de jugadores que si tienen continuidad, un buen DT y regularidad en el trabajo, las convocatorias y una idea de lo que se quiere, pueden funcionar.

Franco Armani, Juan Foyth (siempre como central), Germán Pezzella, Nicolás Tagliafico, Rodrigo De Paul, Leabdro Paredes, Giovani Lo Celso, Marcos Acuña, Lautaro Martínez y Paulo Dybala (aunque Scaloni no contó nunca con él), aparecen como los jugadores para seguir vistiendo la camiseta argentina para acompañar a Messi en la Copa América 2020, en la que serán locales compartiendo la organización con Colombia.

En cambio, parece ya el final de la generación de Messi (que es la excepción). Especialmente Ángel Di María, y en menor medida Agüero y Otamendi, parecen llegar a su fin y a lo sumo, los dos últimos, podrían despedirse en 2020 en la Copa América.

Brasil, en cambio, tuvo la contundencia, ante Argentina, que no tuvo en el resto de la Copa (excepto el 5-0 ante el débil Perú). Su déficit está en tres cuartos, cuando se necesita creatividad para cortar la pelota hacia los definidores, aunque posiblemente le alcance como local, aunque es claro que jugando así, tiene pocas chances en un Mundial, como le viene ocurriendo desde 2002.

Su defensa no tiene goles en contra pero tampoco tuvo que enfrentar a grandes ataques. En la primera ocasión que tuvo, ante Argentina, le remataron dos veces a los palos y hubo dos penales no cobrados, signo de que algo no termina de cerrar.

Pero de local, con una Conmebol que le facilitó todo (un grupo inicial demasiado fácil, como si a las bolillas del sorteo se les ocurrió que lo mejor sería pasar a cuartos sin dificultades, el no uso del VAR en instancias decisivas), acaso pueda festejar su décima Copa América. En el contexto del Realismo Mágico sudamericano que tanto nos describieron los brillantes literatos como Gabriel García Márquez, Miguel Ángel Asturias o Mario Vargas Llosa, todo es posible.