miércoles, 8 de julio de 2020

Hostilidad, euforia y resignación final, la cobertura de Italia 90



“Scuzi, scuzi”. Los camareros pedían disculpas para poder pasar con sus bandejas en el bar de un silencioso estadio San Paolo entre el puñado de periodistas argentinos abrazados cayéndose al suelo. Pocos minutos antes, la selección italiana había quedado eliminada de la final del Mundial de 1990 sin perder un solo partido y apenas con un gol en contra, el que le había marcado Claudio Paul Caniggia esa misma noche.

Cuando Sergio Goycochea le contuvo el decisivo penal a Aldo Serena, que desató los festejos de los jugadores argentinos, los jugadores “azzurros” se quedaron sentados en el césped, sin poder creerlo, y no había manera de levantarlos.

Quienes cubríamos el Mundial para medios argentinos, y los hinchas albicelestes que se acercaron a alentar al equipo, habíamos vivido intensamente ese mes que duró el torneo y era el momento de la descarga: la espera en los restaurantes mientras atendían otras mesas sólo por nuestro acento, los papeles por debajo de la puerta de la habitación del hotel y la inscripción de “domani 5-0”, los insultos a Diego Maradona desde el mismísimo partido inaugural ante Camerún en el San Siro de Milán, donde comenzó a explotar la rivalidad que el norte tenía con el astro argentino del Nápoli y que venía ya de varias temporadas en la Liga Italiana, porque los del sur, por primera vez, les habían arrebatado dos scudettos.

Era evidente que esa selección argentina no llegaba de la mejor forma al Mundial. La prensa discutía a varios de los que integraban la lista de los veintidós definitivos y había presionado para que estuvieran Ernesto Corti, Alberto Márcico, Juan Gilberto Funes y especialmente, Ramón Díaz, aunque en una multitudinaria conferencia de prensa, el presidente Carlos Menem admitió que pese a haber hecho gestiones para que estuviera su coterráneo de La Rioja, “Maradona le bajó el pulgar”. Por si faltara poco, a último momento se cayeron José Luis Brown (por lesión) y Jorge Valdano (a quien Bilardo le había sugerido que regresara a la actividad cuando ya se había retirado, pero terminó viéndolo fuera de forma física).

La selección argentina se estableció en el centro de entrenamiento “Fulvio Bernardini” de la Roma, en Trigoria, 25 kilómetros al sur de la capital y este entonces joven cronista definió con sus amigos que habían alquilado un coche (una “macchina”), un camino regular: iría a buscarlos desde su hotel en la vía Barberini (centro) en el metro hasta el de ellos en la vía Salaria, para seguir por la vía Nomentana, tomar el Grand Raccordo Annullare (una circunvalación que podría compararse con nuestra aveni8da General Paz), tomar la salida (“uscita”) 80, vía Trigoria, y allí podíamos encontrar el tremendo movimiento de cámaras, micrófonos, trípodes y libretas de todo el periodismo que cubría todo lo referido a los entonces campeones del mundo.



Tras el último entrenamiento antes de viajar a Milán para el partido ante Camerún, se produjo este diálogo con Carlos Bilardo cuando ya los jugadores se dirigían al vestuario.
-         Psssst Carlos, Carlos
-         Ah sí, sí, ¿qué necesitan?
-         Carlos, juegan mañana contra Camerún, son los campeones del mundo, queremos saber oficialmente el equipo.
-         Está bien, ahí va: Pumpido, Simón, Lorenzo, Sensini, Fabbri, Sensini…
-         Perdoname, pero ya dijiste a Sensini
-         Ah bueno, entonces había dicho Lorenzo, Fabbri, Ruggeri, Basualdo, Sensini
-         Perdoname Carlos, pero ya habías dicho Sensini otra vez
-         ¿Pero cuántos jugadores dije?
-         A ver….
-         Bueno, ¿empezamos de nuevo?
Bilardo estuvo repitiendo varias veces el nombre de los jugadores y siguió repitiendo siempre alguno hasta que por fin aparecieron Batista, Burruchaga y Maradona.
-         Bueno, me voy al vestuario…
-         No, pará Carlos, falta uno, yo tengo anotados diez
-         ¿Cómo diez?
-         Sí, falta alguien arriba. Vos terminaste la  formación con Maradona, pero…¿de punta, quién?
-         Ah, sí, faltaba el punta:  va Balbo

El impacto fue brutal. Todo el mundo esperaba a Claudio Caniggia como titular y muchos nos metimos raudamente en el salón de gimnasia donde un despreocupado Maradona hacía ejercicios, hasta que se enteró de la alineación y bramó, aunque luego todo se solucionó.

Ya en Milán, el trabajo fue intenso desde la llegada. El día anterior al partido inaugural, Menem le entregó un pasaporte diplomático a Maradona en una ceremonia con varios funcionarios presentes, algo que el gobierno argentino de entonces reforzó con una solicitada en la mayoría de los diarios italianos con la frase “Argentina, un mundo de oportunidades” y otras como “La calidad no es producto de la casualidad”, y ”Los argentinos trabajan con placer hasta en domingo”.

Después llegó el partido y el aliento de los milaneses con el atronador “Forza, Camerún”, la derrota inesperada y aquella frase d Bilardo a los jugadores acerca de que si el equipo queda eliminado “nos tenemos que disfrazar de árabes” y que “prefiero que se caiga el avión”.

Este joven cronista cubría su segundo Mundial, esta vez para un diario de la Patagonia y una lujosa revista de una tarjeta de crédito y comenzaba a acostumbrarse a la rutina romana de Trigoria y del Centro de Prensa “Gaetano Scirea” en el Foro Itálico, a metros del Estadio Olímpico, que sería sede de la final, y se iría adaptando a las comidas rápidas de los panini o tramezzini (sándwiches), el suco di Pommodoro (jugo de tomate), o las porciones de pizza, en tiempos sin telefonía celular ni internet y en el que asomaban, por primera vez en un torneo como éste, computadoras fijas, con el sistema Word, aunque la modalidad era escribir los artículos, imprimirlos y llevarlos al escritorio técnico para poder enviarlos vía fax a la Argentina.


En una de las tantas caminatas por el Centro de Prensa, conversando con un colega y compatriota, un señor bastante robusto nos detuvo al escuchar nuestro acento y tras confirmar nuestra nacionalidad, nos preguntó si nos podía hacer una consulta futbolera: “¿por qué no está Marcicó aquí?”, en un tono evidentemente francés. Luego remató: “Yo vivo en Toulouse y cada fin de semana es un festival allí. No comprendo cómo no juega este Mundial”. Tras ensayar alguna explicación, nos dio su tarjeta de presentación: Just Fontaine, el máximo goleador de un torneo Mundial, el de 1958.

La selección argentina había pasado a duras penas a los octavos de final, al punto tal de que Maradona llegó a manifestar en Trigoria que “sólo un milagro” podía salvar al equipo, cuando como tercero de grupo, debía enfrentar a Brasil, primero del suyo, en Turín. Y hacia allí fuimos en tren, con unas comodidades que nos parecía deslumbrantes: simplemente había que trasladarse hasta la estación central de Roma Términi (muy cerca de nuestro hotel), buscar la llamada Sala “Disco Verde”, mostrar la acreditación al Mundial, y nos alojaban en la “Carroza Stampa” (vagón de prensa), que contaba con aire acondicionado (en pleno verano), teléfonos fijos sin costo para llamar al exterior, camareras, todo tipo de comidas, y pantallas gigantes para ver todos los partidos del torneo en videocasettes. Hasta el final del torneo, hubo más de un colega que ante nuestra sugerencia, pensó que estábamos delirando. Pero fue cierto. Tanto, que al eufórico regreso de Turín pudimos ver el gran clásico Alemania-Holanda (que además, significaba un pequeño Inter-Milan porque tres de los primeros jugaban para los germanos, y tres de los segundos, para los oranges), con el arbitraje de Juan Carlos Loustau, que expulsó a Frank Rikjaard y a Rudi Vöeller, por agresión mutua.

Italia también avanzaba, y a paso firme, aunque habíamos estado en el Olímpico de Roma, en una noche en la que nos invadieron bichos de toda laya que casi nos impedían ver el partido ante el Uruguay del Maestro Oscar Tabárez, que le opuso tenaz resistencia, aunque el arbitraje fue tan localista que un diario argentino tituló al día siguiente “Italia 90 Uruguay 0”. Italia y Argentina ya estaban a un partido de verse las caras, y el clima se iba poniendo espeso.

Este cronista perdió sus documentos en el metro, cuando en el lleno del vagón alguna mano rápida se deslizó por su bolsillo trasero, y a los pocos días, caminando por la ciudad, recibió un golpe en la cabeza con un diario cerrado desde una moto que se acercó a la acera, seguramente al divisar una remera que decía “Vamos Argentina” y que nos habían regalado durante el Mundial, y que hacía referencia al ya muy cercano Mundial de basquetbol que se organizaría en julio y que ganarían los yugoslavos en el Luna Park.



Pero aquellos pequeños sinsabores se compensaron con otro hecho: fue en el sector de las cabinas telefónicas de la compañía estatal italiana del centro de prensa que varios periodistas argentinos conocimos a una señora empleada allí, Giusseppina, con la que congeniamos tanto, que terminó alojándonos en una planta más abajo en su casa. Ella fue una excepcional anfitriona, nos llevó a conocer el bohemio barrio del Transtévere y nos presentó a intelectuales y artistas, como el genial tunecino Giorgio de Canino, que pintó una caricatura de cada uno de nosotros, a modo de regalo.

El partido de cuartos de final ante Yugoslavia nos permitió deslumbrarnos con Florencia, sus palacios, sus monumentos,  el río Arno, el Ponte Vecchio, y nos dio el tiempo justo para sorprendernos con la genialidad del David, de Michelángelo, aunque también hubo oportunidad para distendernos de lo que nos esperaría con los penales cuando desde atrás, una voz argentina advirtió que la célebre escultura acaso vendría bien en la defensa para aportar en el juego aéreo.

Sergio Goycochea aparecía para salvar al equipo argentino y certificar el pase a semifinales. Ya había certezas: tocaría, por fin, Italia y en el San Paolo de Nápoles, y un exultante Maradona sostenía aquello de que “se olvidan por 364 días de que los napolitanos son italianos y querrán que lo sean contra nosotros”, lo que desataría un terremoto.

Desde la tapa de la tradicional “La Gazzetta dello Sport”, Cándido Cannavo se preguntaba si Maradona se creía Garibaldi, y el gran líbero del Milan, Franco Baresi, sostenía que el crack argentino “nunca fue un hábil declarante”. Uno de los pocos que defendía al astro del Nápoli era Gianni Miná, el gran periodista de la RAI estatal. Era la guerra desde los medios, preparando el clima para la semifinal.

Franco Domenico, del Corriere dello Sport, sostenía desde su columna titulada “Señores, prohibido burlarse”: “La última especulación de Maradona es la más indigna. Pretende imaginarnos incapaces de apoyar a la selección azzurra contra Argentina como consecuencia de la esclavitud moral impuesta por Diego a todos los napolitanos. Nosotros soñamos con un Maradona humillado. Cuando falló su penal contra Yugoslavia, un grito de satisfacción y de desprecio se alzó de todos lados. El deporte es noble competencia. Pero si se seca la vena de la ironía aún pesada que la recorre, el deporte no sobrevive. Pretender involucrar a los napolitanos en esta cruzada ideológica sobre Diego Maradona puede representar una crueldad: ciertamente, es una estupidez. Pero estupidez aún más grande es sospechar que los napolitanos sean incapaces de sostener y dar su aliento a Italia”.

El clima no podía ser más caliente y tanto entre los jugadores como en el resto de los argentinos que nos encontrábamos allí crecía el sentimiento de que “ahora sí que no nos ganan de ninguna manera”, pero no más fue pisar Nápoles y que llegara la alegría y la distensión. Bastaba decir la palabra “Argentina” para que todo fuera positivo. Los autobuses se desviaban para facilitarnos el camino, con la aprobación de todos los pasajeros. En los restaurantes, nos atendían antes que al resto.

Tratar de salir del Centro de Prensa del “Castello del Uovo” para llegar al estadio San Paolo fue una auténtica locura de tránsito. Por momentos, temimos no llegar a tiempo. Una vez que ingresamos y encontramos nuestra ubicación, apareció la respuesta al dilema: ¿qué harían los tifosi napolitanos? Pero las tribunas estaban divididas. Banderas que decían “Perdón Diego, te amamos pero hoy hincharemos por Italia”, pero a la salida de los equipos, el “Diego, Diego” atronó y Argentina parecía jugar en la Bombonera.

Hasta que llegaron los penales, las atajadas de Goycochea a Roberto Donadoni y a Aldo Serena, el festejo en soledad, y ya de regreso, en la madrugada, nos preguntábamos con Pablo, mi compañero de cobertura, cuál sería la tapa de “La Gazzetta dello Sport”, qué diría ahora Cándido Cannavo. Ni bien bajamos del tren, fuimos al primer kiosco que encontramos y enseguida, el reconocimiento del diario de color rosa a la figura de Maradona. Cuando atravesamos la puerta del hotel, escuchamos inmediatamente el “Uy, ahí vienen”. Los trabajadores del lugar sabían que se habían excedido con cargadas y temían lo peor.



Pero el Mundial había terminado para los italianos esa misma noche de la semifinal. Nada tenía sentido. Mientras escribíamos en el cetro de prensa, a nuestro lado y en todas las mesas iban desmontando las computadoras y las metían en cajas y aún faltaban tres días para que finalizara el torneo. Pero todo daba lo mismo. En el primer entrenamiento de la selección argentina previo a la final, se acercaron varios periodistas italianos. Uno de ellos dijo “pobres Maradona y Caniggia, esto de anoche lo pagarán en la liga italiana que viene”. Los medios calculaban que las pérdidas del negocio por la eliminación eran de alrededor de 1000 millones de dólares.

Se acercaba la final y el clima contra la selección argentina se fue complicando cada vez más. Tuve la chance de presenciar el ensayo de “Los Tres Tenores” (Plácido Domingo, Luciano Pavarotti y Josep Carreras) en las termas de Caracalla, una experiencia inolvidable, como para distender y respirar un poco. Lo que venía sería estresante.

Todo valía. Los medios explotaron día y noche que Raúl, el hermano de Maradona, había salido de la concentración conduciendo un coche pero sin carnet, fue retenido y Diego tuvo que acudir raudamente para pagar una multa. El coche fue secuestrado por la fiscal Lucía Lotti y las imágenes inundaban la TV. Tuvo que intervenir el agregado turístico de la embajada argentina, Luis Ruzzi, designado como encargado de Relaciones Públicas de la delegación. “Pagué la multa y no hay nada más que hablar del tema”, dijo un Maradona desgastado.

Desde la delegación argentina partió otro enojo: la bandera que ondeaba en el mástil de Trigoria había sido estrujada. El presidente de la Roma, Dino Viola, se acercó entonces a la concentración. “Vino a controlar el estado de los platos, de los vasos, de las sillas, del campo de juego. Parece que nosotros también tenemos casas y sabemos comportarnos. Debe pensar que somos  indios, que nos sentamos en el suelo. Aquí ha habido una falta total de respeto. Debe haber algo contra mí, pero ¿qué tiene que ver mi bandera? Quieren hacernos mal pero esto nos estimulará para llevarla lo más alto el próximo domingo”. La sensación entre los argentinos era que la guerra era total justo antes de la final contra Alemania.

Massimo Tecca, corresponsal de una radio argentina, describió crudamente al equipo argentino que llegaba diezmado al partido decisivo del domingo en el Olímpico. “Un desocupado que no ve la hora de escaparse de Colombia (Goycochea), un “repudiado” del Real Madrid (Ruggeri), tres jugadores en retroceso (Balbo, Sesnsini, Dezotti), un anónimo del Bari (Lorenzo), un jugador que la Lazio no quiere ver más, ni siquiera en fotos (Troglio) y otro que fue ofrecido al Betis y que a cambio recibió silbidos (Calderón), pero tienen a Maradona”.

El fallecido periodista rosarino Osvaldo Yorlano, parte de mi grupo, nos sorprendía eufórico luego de uno de sus tantos llamados a la radio de su ciudad. “Me dicen que en este momento hay una manifestación al Monumento de la Bandera contra mí, como anti-Bilardo. Que hablen mal, ¡pero que hablen!”.

En las horas previas a la final, los medios mostraban los sondeos con hinchas romanos sobre su favoritismo para la final. Las mujeres preferían hablar de la pinta de los alemanes, muchos otros, hinchas de la Roma, sostenían que preferían que ganen los germanos “porque Hassler, Völler y Berthold juegan en nuestro equipo”. Lo cierto es que casi nadie estaba con Argentina.

Me tocó sentarme entre el tenor Carreras y sus hijas, y el colega Elio Rossi, y recuerdo haber intercambiado impresiones, café en mano y durante todo el entretiempo, con Osvaldo Soriano, de quien los colegas del diario “Il Manifesto” me contaron, varios años más tarde en la vieja redacción de Piazza Spagna, que murió “de tristeza por la Argentina”.

Al llegar a mi hotel me enteré de que al día siguiente, el lunes 9 de julio, la embajada argentina a cargo de Carlos Ruckauf preparaba un acto para la prensa. Saboreando por fin empanadas, pudimos escuchar como desagravio a una cantante argentina el tango de Eladia Blázquez “El corazón mirando al sur”. Era el momento de volver a casa.








martes, 9 de junio de 2020

Entrevista exclusiva con José Luis Chilavert, que no se calla nada: “Mi juicio con la Corrupbol es parte de la lucha de clases, Domínguez es el jet-set y yo soy pueblo” (Jornada)




El ex gran arquero paraguayo de Vélez Sársfield, San Lorenzo y su selección nacional, José Luis Félix Chilavert, nunca tuvo pelos en la lengua, y tampoco ahora. En esta larga y exclusiva entrevista con “Jornada”, no dejó tema sin tocar en referencia a la Conmebol: las fortunas que ganan los dirigentes en desmedro de los jugadores, el rol del sindicato de futbolistas, la AFA y su presidente, Claudio “Chiqui” Tapia, las quejas de Messi por las irregularidades en los arbitrajes en la pasada Copa América y hasta el caso de River y sus dos jugadores suspendidos por doping en 2017. Chilavert fue querellado por el presidente de la Conmebol, Alejandro Domínguez, y denuncia que fue amenazado de muerte en los últimos días.



-         ¿Cómo estás llevando la cuarentena, José Luis?
-         Tranquilo, acá en mi departamento de Buenos Aires, leyendo mucho online, y contento, porque estoy presentando pruebas contra esta conducción de la “Corrupbol” porque no puede ser que el fútbol sudamericano siga aceptando estas cosas que pasan. Hay que poner un límite. Y creo que estoy en el camino correcto.
-         Alejandro Domínguez, el presidente de la Conmebol, te hizo una querella por calumnias e injurias por tus acusaciones contra él y su conducción por corrupción.
-         Presentaremos la defensa. Yo estoy dispuesto a ir hasta el final. Y mis abogados (Alejandro Sánchez Kalbermatten en Argentina, Pedro Wilson Marinoni en Paraguay) dicen que Domínguez puede terminar en prisión con las pruebas que tenemos (la audiencia de conciliación es el próximo 16 de junio en Asunción). Yo estaba esperando que me denunciase. Pensaba que era más inteligente, pero no. Hasta sus tweets son pruebas. Él basa todo en calumnias e injurias pero no tiene argumentos sólidos para presentar.
-         También recibiste amenazas…
-         Así es, en el buzón de voz de mi teléfono, así que presentamos una denuncia por amenazas, que llegaron dos días después de la querella
-         ¿Qué te dijeron, si se puede saber?
-         “Che, paraguayo, dejá de hacerte el boludo de hablar de la Conmebol. Te vamos a hacer mierda a vos y a los tuyos. ¿Clarito, paragua?”. Mis abogados creen tener identificada la voz. De todos modos, si me llega a pasar algo a mí o a mi familia, culpo directamente a Domínguez. En la Justicia de Estados Unidos, Paraguay y Argentina saben perfectamente quién puede ser el responsable.
-         Siempre te quise preguntar. ¿No temés que con el poder que tiene la Conmebol, la Justicia no falle a tu favor aunque tuvieras razón?
-         No, para nada, Ellos serán la Conmebol pero yo soy José Luis Chilavert y confío en mis pruebas y en mis abogados y además, ahora, esta querella me abre las puertas porque ahora estos dirigentes estarán forzados a presentar los números de sus ganancias, de los balances y vamos a ver qué pasa, pero por algún lado esto tienen que saltar, porque hay algo muy importante…
-         A ver…
-         La Justicia y el Comité Ejecutivo tienen más poder que el presidente y si éste no va con la verdad, los que lo tienen que sacar de su lugar son los presidentes de cada federación y si no lo hacen, son cómplices.
-         ¿Y cómo está ahora la situación internacional de Alejandro Domínguez?
-         Ahora Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, está peleado con Domínguez porque lo dejó mal parado cuando llegó a acuerdos con la UEFA. Fijate que después de esa reunión “de trabajo” UEFA-Conmebol, Infantino no fue a Paraguay, a la sede de la Conmebol porque sabe que so le genera inestabilidad.
-         Ahora aparece una serie sobre el FIFA-Gate…
-         Siempre que está en juego el dólar interviene la Justicia norteamericana.  Estoy seguro de que la serie le va a encantar a muchos y muchos deben estar asustados. Todavía no la vi pero la voy a ver.  Ellos hacen desde siempre lo que quieren y hacen fortuna cuando los clubes no se pueden sostener, pero ellos se llenan los bolsillos. Tanto hacen lo que quieren que  fijate lo que fue el escándalo en la final de la Copa Libertadores 2018 entre Boca y River.
-         ¿hacia dónde apuntás?
-         Lo de Infantino y Domínguez ese sábado en la segunda final del Monumental que se suspendió, diciendo que el partido se tenía que jugar igual cuando había jugadores de Boca que no estaban en condiciones de hacerlo, no fue otra cosa que una patoteada. Osvaldo Pangrazio, que sigue siendo jefe médico de la Conmebol, y que es familiar muy cercano a José Napout (dirigente paraguayo que llegó  ser presidente de la Conmebol e involucrado en el FIFA-Gate), presentó un certificado médico que habilitaba para jugar cuando él no es oftalmólogo y varios jugadores tenían lesiones en la vista. Eso es un escándalo, pero todos siguen ahí, como si nada pasara y no puede ser. Y Domínguez trabajó con Napout. Además, te hago una pregunta.
-         Dale
-         ¿Cuánto se recaudó en la final de Madrid? Nunca se supo exactamente cuál fue la recaudación de ese partido, y es la final de la Copa Libertadores. ¿Cómo puede ser que estas cosas pasen? Tengo todos los papeles que hablan por sí solos. La Conmebol es una entidad sin fines de lucro y Domínguez cobra una fortuna,  cada presidente de federación cobra 44.000 dólares por mes y los empleados por debajo de Domínguez cobran 30.000 dólares,  y se les pagan bonos de 100.000 dólares anuales, además de sus salarios, cuando la ley paraguaya no acepta que se pagan bonos en una entidad sin fines de lucro como la Conmebol. Pero me enteraré de muchas más cosas cuando se vean obligados a presentar las pruebas.  Además, si tienen tanto éxito, tan buenos balances, ¿por qué no soñar con estadios lujosos como los que tienen en Europa? Y resulta que la mayoría de mis compañeros están mal, y ellos, llenos de dinero. No cierran esas cuentas.
-         Otro tema controversial de esta Conmebol es el tema de las intervenciones en las federaciones.
-         Es terrible eso. Intervienen en Uruguay, pero no lo hacen en Ecuador o Perú, con situaciones mucho más graves. Ni hablar en el caso de Edwin Oviedo, ex presidente de la Federación Peruana, involucrado en casos en os que intervino la Justicia (detenido con prisión preventiva por los casos “Los Wachiturros de Tumán” y “Los Cuellos Blancos del Puerto”) pero ni así ameritaba una intervención. Hacen lo que quieren y nadie dice nada. Por ejemplo, Infantino y Domínguez fueron muchas veces a Brasil para reunirse con el ex presidente de la Confederación Brasileña (CBF), Marco Polo del Nero, que era la única manera de verlo porque él no puede salir de su país porque lo agarra Interpol por el FIFA-Gate. Y ellos sabían todo eso y sin embargo, viajaban a verlo. O sea que eran cómplices.
-         El único Marco Polo que no viaja
-         Exactamente
-         Y ni hablar en el caso de los dos jugadores de River con doping en la Copa Libertadores (Lucas Martínez Quarta ante Emelec de Ecuador, y Camilo Mayada ante Melgar de Perú, por la fase de grupos en 2017)  que todavía no se sabe qué fue lo que consumieron, porque se sabe que los jugadores ingirieron un diurético que sirve para tapar el doping. y mis abogados siguen esta causa, pero nos tratan de tontos y hacen la vista gorda. Y esto lo saben el presidente del club, el médico…pero no pasa nada. Me imagino que la Conmebol debe tener los informes del laboratorio y espero que nos de alguna respuesta
-         Es muy duro lo que decís…
-         Pero es sí. En el fútbol, los únicos sanos son los jugadores y fijate que en la pasada Copa América de Brasil, Messi dijo lo que sentía. Cuando Messi dijo lo que dijo, me extraña que no lo hayan defendido. Quedó comprobado que todos los dirigentes son cómplices y que hacen lo que se les da la gana. La Conmebol se maneja como una dictadura, que oculta los salarios que ganan y se llevan fortunas, mientras hay muchos clubes en todo el continente que no se pueden sostener económicamente.
-         ¿Y por qué pensás que los sindicatos de los futbolistas no dicen nada ni se quejan?
-         Habrá que preguntarles a los sindicalistas. Yo estoy orgulloso porque debo ser el último dinosaurio o guerrero vivo que se mete en el antro de la corrupta Conmebol. Pero parece mentira que los dirigentes ganen cientos de miles de dólares y yo conozco chicos que juegan en Primera y que tuvieron que vender empanadas para sobrevivir. Yo lucho por defender los derechos del jugador.
-         También hay controversia por lo del spray de los tiros libres. El inventor de ese spray, el argentino Pablo Silva, está en un juicio millonario contra la Conmebol y la FIFA.
-         Los que inventaron el spray tienen que pedir una indemnización millonaria por lo que les hicieron. ¿Cómo no les van a pagar? Es penoso que se esté usando en todo el mundo y que ellos no reciban lo que merecen. Me solidarizo con ellos.
-         Nadie se atreve a decir estas cosas…
-         Y bueno. Muchos dicen que callado ganaría millones pero en la vida hay que ser leal y honesto y no se puede quedarse callado con el amaño del doping en el fútbol o con la corrupción. Hay que denunciarlo. Hay que defender el fútbol limpio, transparente, normal, sin doping. Esto que pasa con Domínguez es parte de la lucha de clases. Por un lado, él pertenece al jet-set y yo, al campo popular. Yo nací pobre y conseguí todo en mi vida con educación y trabajo. Yo pude demostrar en 25 años de trayectoria todo mi patrimonio cuando él quebró todas las empresas y es un inepto. Además, su familia colaboró con la dictadura de Stroessner y se beneficiaron en ese tiempo.
-         Y entrando ya en el fútbol argentino, ¿cómo ves lo que pasa en la AFA?
-         Por un lado, no entiendo al presidente Tapia porque después de lo que le hicieron a la selección argentina en la Copa América pasada, me citó dos veces al predio de Ezeiza para conversar y hablaba muy mal de Domínguez, y  ahora es íntimo de él, pero además, congelaron los descensos para beneficiar a los clubes amigos, y tampoco entiendo por qué decidieron tan pronto las plazas a la Copa Libertadores de 2021.
-          

lunes, 1 de junio de 2020

A 35 años de Heysel, un hito en la historia de la violencia en el fútbol (Jornada)




Todo estaba preparado en Heysel, el estadio belga de Bruselas, para otra fiesta del fútbol europeo y mundial: Liverpool y Juventus iban a enfrentarse por la final de la Copa de Campeones de Europa (hoy Liga de Campeones), cuando una hora antes de iniciarse el partido, los hooligans ingleses comenzaron a atacar a los tifosi italianos, que quedaron apretujados contra las vallas y el muro en el final de las gradas en su tribuna, tratando de escapar, con un luctuoso saldo de 39 muertos (32 de ellos, italianos).

Esa tragedia, ocurrida el 29 de mayo de 1985, marcaría, para gran parte del fútbol del mundo, un antes y un después. Los equipos ingleses serían descalificados por años para participar de competencias europeas, pero las autoridades decidieron, por fin, no quedarse sólo con las sanciones y por una vez en la vida, apostaron a la investigación social para tratar de averiguar qué sucedía, por lo que acordaron con la Universidad belga de Lovaina, y algunos de los resultados fueron sorprendentes.

En esa final, en la que la victoria de la Juventus sobre el Liverpool (con gol de Michel Platini) fue sólo anecdótica, se llegaron a contar 600 heridos de gravedad, al borde de la asfixia, que fue la principal causa de los 39 fallecimientos.

Se trataba, a priori, de un gran acontecimiento deportivo porque esa final lo tenía todo: dos clubes de renombre como Liverpool y Juventus, y grandes cracks como Michel Platini, el polaco Zbigniew Boniek, el danés Michael Laudrup o los italianos Paolo Rossi, Gaetano Scirea y Antonio Cabrini para los blanquinegros, así como Kenny Dalglish (una gloria “red”) o el temible goleador Ian Rush para los ingleses, que iban por el doblete consecutivo en Europa, y que habían caído en Japón, ante Independiente, por la Copa Intercontinental en diciembre de 1984. A fines de 1985, la “Vecchia Signora” le ganaría a Argentinos Juniors una memorable final intercontinental en Tokio, por la vía de los penales.

La cuestión es que tratando de escapar del acoso de hooligans en estado de ebriedad y con palos, no sólo generaron que muchos hinchas italianos saltaran al césped, sino que enardecieron a otros desde distintos sectores de la cancha que también ingresaron al campo de juego, munidos de lo que podían encontrar para enfrentarse, hasta que las fuerzas del orden fueron apaciguando una situación completamente irregular.

Sin embargo, hubo otro problema adicional: se determinó el cierre de los accesos a las tribunas para evitar que ingresaran más agentes, por lo cual éstas acabaron siendo jaulas en las que muchos, desesperados, quedaron atrapados y el resultado no pudo ser peor y la TV se encontró con imágenes que jamás había previsto, con cadáveres tendidos en el césped y que recorrieron el mundo.-

Parecía imposible que se jugara en esas condiciones y el acuerdo entre los clubes y los futbolistas era muy claro: se negaban a jugar pero todos entendieron que la situación se complicaría más aún de no hacerlo, con tanta gente enardecida que había viajado muchos kilómetros para asistir a la final, que, entonces, comenzó una hora y media después del horario convenido.

Tras esa tragedia, los clubes ingleses fueron condenados por la UEFA a no disputar por cinco años las competencias europeas, y el Liverpool, a diez (aunque luego la sanción quedó fija en seis), aunque la violencia no paró en Inglaterra y apenas cuatro años más tarde, el fútbol de ese país estremeció otra vez a la sociedad con otro hecho terrible, la masacre de Hillsborrough, con 96 muertos y 766 heridos en 1989, en el contexto del enfrentamiento entre Nottingham Forest y el Liverpool, a partido único, por la semifinal de la Copa, en el estadio de Sheffield Wednesday, y que dio lugar al llamado “Informe Taylor”, en 1990, por el cual, el juez Taylor hizo caso al informe que recibió y llegó a la conclusión de que la historia que justificaba la violencia, acerca de la supuesta embriaguez de los hinchas del Liverpool eran falsas y que la Federación Inglesa (FA) no verificó la validez del certificado de seguridad del estadio sede de aquel partido, y consideró que el accionar de la Policía fue “la causa fundamental” del desastre.

Ese informe de 174 páginas terminaba con algunas recomendaciones que coincidirían con lo investigado por la Universidad Lovaina tras los trágicos episodios de Heysel: 1) Todos los espectadores deben estar sentados, 2) Remodelación de estadios sin rejas entre tribunas para evitar asfixias, 3) los clubes deben ser responsables de la seguridad y de la recepción de los aficionados, por lo cual deben contar con personal de orientación (stewards), 4) establecimiento de una unidad de coordinación para comunicaciones e informaciones referidas a los hooligans, e instalación de cámaras de vigilancia en circuitos cerrados, 5) Debe haber un registro nacional del perfil del aficionado, 6) establecer una coordinación de los servicios de asistencia médica y de emergencia, 7) Generar un marco de sanciones para todo tipo de agresión u ofensa en espectáculos deportivos.

La tragedia de Heysel, entonces, fue un antes y un después para la violencia en el fútbol europeo. Por lo pronto, significó el final de una era futbolística porque impedidos de jugar por sanción, los clubes ingleses perdieron aquella preponderancia que venía de los finales de los años Setenta cundo desde 1978 ganaron seis de las siete Copas de Campeones hasta 1984, y el hooliganismo fue aprovechado por el thatcherismo neoliberal en el gobierno británico entre 1979 y 1990 para cambiar muchas de las reglas de asistencia a los estadios, y el fútbol pasó a ser un espectáculo de clase media, elevando demasiado el precio de entradas y abonos anuales a plateas hasta convertirlo en un show de élite, especialmente desde el inicio de la Premier League en 1992.

Pero lejos de allí, del otro lado del Océano Atlántico, el fútbol argentino no parece haber aprendido la lección, sin investigar el fenómeno de la violencia en los estadios ni desde los organismos estatales ni demasiado seriamente desde las universidades y mucho menos la AFA, al punto de que como en tantos otros órdenes fue una ONG, Salvemos Al Fútbol, conducida por el ex juez Mariano Bergés, la que lleva la delantera en todos los datos estadísticos y en las principales denuncias de los casos.
Por otra parte, no se suele hacer demasiado distingo entre “hooliganismo” y “barrabravismo”, como si todo fuera lo mismo, cuando hay notables diferencias entre unos y otros. Por empezar, los ingleses se caracterizan por ser violentos “par time”, y los argentinos, “full time”, es decir que hasta pueden ser contratados, en sus momentos “ociosos” por dirigencias de otros clubes, o ligadas a la política o hasta de las agrupaciones universitarias, con el propósito de pintadas en paredes callejeras, represión en manifestaciones, o hasta delitos que cuentan con la vista gorda de supuestas fuerzas del orden público.

En una oportunidad, a principios de este siglo, funcionarios argentinos de seguridad pagaron la visita a Buenos Aires de un investigador inglés con la supuesta voluntad de tratar de solucionar, por fin, el problema de la violencia en el fútbol argentino. A los pocos días de estadía, el británico fue crudo y sostuvo que no podía hacer nada. Les explicó que era imposible pensar en un cambio de situación cuando no encontraba el principal motivo para trabajar: voluntad real. Y se marchó con las manos vacías, con escepticismo total.

La ONG “Salvemos Al Fútbol” detalla que en el fútbol argentino hay contabilizadas hasta el momento 334 víctimas fatales (http://salvemosalfutbol.org/lista-de-victimas-de-incidentes-de-violencia-en-el-futbol/),  de las cuales 232 lo fueron desde que Julio Grondona asumiera como presidente de la AFA en 1979.

También la ONG sostiene en sus últimos informes, con lo que coincidimos, que en los últimos años apareció en la Argentina un nuevo fenómeno, la llamada “Violencia intra-barras” que suplantó en gran medida a la “Violencia Inter-Barras”, es decir, hechos de violencia ocurridos en el seno de una misma barra brava de un equipo, a partir de distintas facciones que pelean por el botín de los distintos negocios del fútbol (droga, reventa de entradas, viajes con el equipo y a los torneos internacionales con la selección argentina, estacionamiento con trapitos, etc). Pese a este fenómeno, siguen sin estar permitidos, en muchos casos y desde 2013, el ingreso de los hinchas visitantes a los estadios, o en la mayoría de ellos se constituyeron “pulmones” entre las tribunas, que es lo mismo que tratar de tapar el cielo con un pañuelo.

Y cuando por fin apareció algún dirigente valiente que enfrentó a los violentos, como el ex presidente de Independiente, Javier Cantero, no tuvo el apoyo que necesitaba y más bien al contrario, el propio sistema lo fue separando, avergonzado por quedar señalado ante su inacción, sino complicidad.

Ya se lo resume muy bien el líder de la barra brava de Boca, “Rafa” Di Zeo, al asombrado periodista de Canal Plus de España, Jon Sistiaga, enviado a la Argentina para un documental sobre la violencia en el fútbol (https://www.youtube.com/watch?v=VXg4_7eR2_c&t=16s),  cuando marca el teléfono de un conocido fiscal, que estaba a cargo de la seguridad del club, y que había sido invitado a su casamiento: “Es que tener poder, es tener el teléfono de los que tienen poder”.


miércoles, 27 de mayo de 2020

Necesidad de fe (Un cuento de Marcelo Wío)




Había hecho el esfuerzo sincero de creer. Lo había intentado varias veces, persuadido de que la concentrada y franca repetición de ritos y sus gestos asociados, equivalían a la fe. Incluso, un verano, llegó a concebir la idea de ingresar en el seminario para aprender la capacidad de creer. Al final de ese mismo verano se dio por vencido. Sin lamentarlo mucho, ciertamente. Con esa indiferencia que uno termina por aplicarle a ciertos proyectos fallidos, a ciertos fracasos, para hacer de cuenta que así se desactiva la cuota de aflicción, de descalabro anímico que ello supone. Pero en su caso, fue más o menos sincero ese desapego: un amor breve e intenso vino a ocupar sus preocupaciones emocionales más inmediatas.

Ahora, años después – tantos que ya no vale la pena contarlos; después de todo, lo único que conservan es una dudosa memoria que ha ido perdiendo mucho de su sustancia original y suplantándolo por elementos exóticos -, pensaba que acaso le hubiese venido bien esa conveniente credulidad que columbraba entre consuelo y pragmático artilugio para menoscabar las responsabilidades o la culpa derivada de estas. Ahora pensaba eso y muchas otras cosas. Demasiadas. Es lo que sucede cuando sobreviene lo que, por esperado, no deja de ser trágico, traumático: se realiza el catastro de todo aquello que uno dejó de hacer y todo aquello que, evidentemente, uno hizo y que no debería haber hecho – la cola de la superstición siempre moviéndose en los momentos débiles y tirando algún jarrón atesorado, algún retrato. Lo que sobreviene para auxiliar al arrepentimiento, al abatimiento y a la culpa; para erigir la auto denigración.

Habría sido tan fácil creer. Bastaba con que sus padres tomaran la pueril y corriente decisión – si como tal computan ciertas subordinaciones a la costumbre – de mencionar una fe, de superficialmente evocar unos ritos, o unos dogmas: elementos fundamentales para una credulidad temprana y que difícilmente podrían ser abolidos en su totalidad por el ímpetu intelectual que sobreviene a algunos en esa edad donde la vida parece una meseta con límite tendiendo a infinito.

Y había pronunciado las fórmulas. Pero sólo le salían palomas que se iban derechito a posarse sobre la estatua verdosa de vaya a saber qué desgraciado postergado a cagar sus escépticas insidias corrosivas sobre los grises seres que iban siendo olvido en vida – o eso que ejercían o ejecutaban más como una obligación que como una insólita suerte. Pero sólo en contadísimas ocasiones llegó a recitarlas con sinceridad – o, al menos, con concentración. En general se perdía en las divagaciones más peregrinas. O en pronunciar una palabra o un nombre sin cesar, casi uniendo principio y final, hasta que comenzaban a desprenderse de esa costra de costumbre. Algunas veces sucedía – sucede, porque es una debilidad que sigue practicando– que perdían totalmente su sentido, hasta parecer piezas rotas e inútiles de un proyecto igualmente vano. Otras, en cambio, ganaban una suerte de musicalidad, era posible descubrirles una autenticidad u originalidad que se había hallado oculta debajo de su pronunciación rutinaria y vulgar. 

Quizás esa forma de ceremonia lo mantenía alejado de la otra que adoctrinaba en una obediencia, en una fe. Le faltaba a su ritual, equívoco y volátil, precisamente un objetivo y, claro, una promesa – es decir, una culpa trascendental que expiar; y el pobre tenía culpas de andar por casa.

Pero apenas si incorporó algunas convenciones lacias, algunos actos reflejos de Perogrullo que, como tales, eran inexorablemente superficiales – alguna vez, acaso levemente espiritual (si no un hiperbólico sentimentalismo mal interpretado). Es decir, un conjunto de ademanes sin teología: vacío donde le crecieron varias supercherías que resultaron, por su escepticismo involuntario, igualmente ineficaces. Qué no sacrificaría ahora por un credo, por un sentido de trascendencia – es decir, por un sentido que lo desarraigara de las infamias de las mediocres rutinas telúricas.

Sabía, mientras miraba el fondo de la tacita de café con esa borra que a otros les ofrecía la posibilidad de una mentida adivinación, que ya era tarde para elaborar o incorporar de manera sincera un convencimiento auténtico. Era aquello, pensaba o se resignaba muy laplaceanamente, una hipótesis que no cabía en ninguno de sus muchos y enclenques teoremas espirituales.

Al lado del pocillo vacío, el periódico abierto en la sección deportiva. En la página de la izquierda: “Danilo Scolpito, lesionado”, decía el titular que ocupaba la parte superior de la página. Debajo, destacado: “Estará tres meses de baja; se le complica la temporada a F.C. Forcejeo”.

El gesto contrariado, casi derramado sobre el periódico. Qué formulita, Laplace, qué formulita de mierda me sirve a mí ahora, decía en voz baja, como si el papel basto del diario fuese un interlocutor, una corte o un altar.