miércoles, 4 de febrero de 2015

Suárez al psicólogo, Bartomeu a la Justicia (Jornada)



“Tic Tac, Tic Tac”. El clásico sonido de las manecillas del reloj, que se convirtieron en grito desafiante en las manifestaciones de “Podemos”, la fuerza en ascenso que está disputando palmo a palmo una chance en el próximo gobierno español, bien podría utilizarse para describir lo que era un secreto a voces: la citación a la Justicia del actual presidente del Fútbol Club Barcelona, Josep María Bartomeu, por el Caso Neymar.

Tal como antes con el presidente saliente Sandro Rosell, y como se venía anunciando que podía ocurrir con los otros dirigentes de peso de la comisión directiva (y a lo que varias vemos nos hemos referido en esta columna), el juez de la Audiencia Nacional, Pablo Ruz imputó a Bartomeu por presunto fraude fiscal en el fichaje del brasileño Neymar, y lo citó a declarar el próximo 13 de febrero.

La Fiscalía había pedido imputar a Bartomeu por un presunto delito fiscal cometido en el ejercicio de 2014, en el que Hacienda calculó un fraude de 2,8 millones de euros por parte del presidente y del club, al que se le imputan tres delitos fiscales, según un informe de la Agencia Tributaria.

Esta Agencia sostiene que el Barcelona debió pagar a Hacienda 2,6 millones sobre los 5 de un contrato “de reconocimiento de incumplimiento del contrato de 2011 por el FC Barcelona”, 234.000 euros más de los 900.000 por temporada de un contrato de imagen, y otros 11.700 euros por los 22.500 que debe abonar el agente del jugador, que en este caso es su padre.

Todo comenzó con una querella del socio del Barcelona Jordi Cases, presentada sugestivamente en Madrid, que puso en duda las cifras que el Barcelona dio a conocer por el fichaje de Neymar y que determinó la imputación de Rosell, presidente electo, y su posterior renuncia intempestiva al cargo, si bien con el transcurrir de los meses, el caso entró en una confusión cuando cerca de fines de 2014 el propio Cases se inhibió de esa querella admitiendo que su reclamación era infundada.

La cuestión es que el Barcelona vuelve a verse sacudido por otro hecho extradeportivo y ligado a la Justicia, luego de la renuncia de Rosell, su pleito con la FIFA por el fichaje de jugadores menores de edad, que acabó dirimiendo el Tribunal Superior Deportivo Internacional (TAS) en contra del club, la sanción que le impide fichar jugadores hasta 2016, el despido de su director deportivo Andoni Zubizarreta y ahora, como cereza de la torta, la imputación a Bartomeu, que podría costarle una salida precipitada que descabezaría al club y que obligaría al actual presidente (que ni siquiera fue el ganador de las elecciones pasadas) a renunciar y que la entidad anticipe aún más, acaso, las elecciones convocadas para cuando termine esta temporada, a mediados de año.

Bartomeu estuvo anoche en el programa “8 al día”, en el Canal 8TV de Cataluña y aseguró al reconocido periodista Josep Cuní que en el Caso Neymar ve “facturas deportivas y facturas políticas”, dando a entender que el Real Madrid (al que no mencionó) está detrás de este caso por haber perdido el fichaje del brasileño en la competencia con su club, y que la entidad azulgrana está pagando caro su adhesión al proceso soberanista catalán ante la Justicia española.

“Diría que alguien ha traspasado una línea roja. Y eso tenemos que pararlo diciendo ‘basta’. Seguimos sosteniendo que el fichaje de Neymar costó 57 millones de euros y sí es cierto que hay otros contratos con el padre de Neymar por los trabajos que hace. Lo importante no son las cantidades, sino que había otras ofertas mayores de clubes que lo querían fichar y no lo consiguieron y alguien ha hecho unos movimientos”, sostuvo Bartomeu.

El presidente del Barcelona indicó que el pago a la empresa “N&N”, ligada al padre de Neymar, fue de 40 millones de euros pero que según él todo está en regla en cuanto a los pagos fiscales.

Si la situación de Bartomeu se suma a todo lo que institucionalmente vive el Barcelona, sin paz, el que la busca, pero en el campo de juego, es el uruguayo Luis Suárez, que por ahora no consigue reencontrarse y comienza a inquietar a los seguidores del equipo.

Algunos ya se preguntan cuánto tiempo más debe sostener el entrenador Luis Enrique al crack uruguayo, que tras el Mundial atravesó una larga etapa de suspensión por su recordado mordiscón al italiano Giorgio Chiellini en el Mundial de Brasil.

Tras el torneo, Suárez fue traspasado del Liverpool al Barcelona en lo que fue un fichaje resonante y muchos comenzaron a ilusionarse con el triplete de ataque entre Lionel Messi, Suárez y Neymar, pero todavía le falta que funcione la nueva pieza mientras sus dos compañeros se lucen en la temporada.

Ayer, el diario deportivo Sport tituló en su tapa que Suárez está ahora bajo tratamiento psicológico, por lo que se espera que lentamente mejore, aunque el periodista uruguayo Javier De León, de larga trayectoria en su país y con muchos torneos internacionales a cuestas advierte que el delantero del Barcelona “llegó a ser quien es con todos los aditamentos, los buenos y los malos. No vaya a ser que por mejorar en algunos aspectos, pierda la agresividad que fue fundamental, en lo deportivo, para llegar a donde llegó”.

Mientras tanto, el equipo encadenó ocho triunfos consecutivos entre la Liga y la Copa del Rey y el conflicto entre Lionel Messi y Luis Enrique parece esfumarse, aunque sí existió. Si bien nadie en el plantel lo ventiló por semanas, al defensor Jeremy Mathieu se le escapó ante la prensa francesa. Luego tuvo que pedir disculpas a sus compañeros.


domingo, 1 de febrero de 2015

La cuesta de enero del Barcelona (Yahoo)



Los españoles suelen llamar “La cuesta de enero” al período inmediatamente posterior al día de Reyes, cuando se acaban las fiestas comenzadas a fines de diciembre con Navidad y todo vuelve a la normalidad y espera un largo mes de enero en el que además, queda poco presupuesto por todos los gastos anteriores y se espera entonces con ansias la llegada de febrero.

Para el fútbol, especialmente para los equipos que participan en las fases finales de la Champions League y que deben jugar mientras tanto las finales de la Copa del Rey y pelean los primeros lugares de la Liga, podría decirse que los dos meses sin la competencia europea, constituyen su propia “cuesta de enero futbolística”.

De los tres equipos de élite de la Liga Española, sólo uno permanece en las tres competiciones, y es el Barcelona, que acaba de eliminar al Atlético Madrid en dos durísimos partidos de cuartos de final de la Copa del Rey, aunque desde la semana próxima le esperarán otros dos durísimos por semifinales ante un Villarreal que le plantó cara por la Liga en el Camp Nou.

Además, de los tres equipos de la Liga, es justamente el Barcelona el que tiene el compromiso más duro, cuando a fines de febrero regrese la Champions. Nada menos que el Manchester City, rival que ya tuvo y que ya eliminó en otras circunstancias.

Pero, ¿en qué momento se encuentra el Barcelona? Si bien ha conseguido muchos mejores resultados desde que se apaciguó (al menos hacia el público) el conflicto suscitado entre Luis Enrique y Lionel Messi, reconfirmado por Jeremy Mathieu a un medio francés en la semana, no parece ser lo mismo el funcionamiento del equipo, que sigue siendo errático y muy dependiente del genio argentino.

De momento, este Barcelona sigue estando muy lejos, demasiado, de aquel que nos deslumbrara hasta hace dos años y medio. No tiene ese andar, y muchos jugadores-emblema de aquel tiempo tienen escasa continuidad o no tienen aquella brillantez, en parte por el inexorable paso del tiempo, y en parte por diferentes problemas individuales.

Con la discontinuidad de Xavi Hernández, un jugador clave en el control y el abastecimiento del balón, con un Andrés Iniesta salvado por el talento pero desconocido respecto del que deslumbrara en tiempos de Pep Guardiola o de Tito Vilanova, y con Luis Suárez sin poder acomodarse como centrodelantero entre Messi y Neymar, el Barcelona tampoco ofrece seguridad en la marca.

Una frase de Guardiola podría explicarlo todo: “Si no presionamos arriba, tampoco ofreceremos seguridad abajo” y es lo que le pasa a este equipo, que por ejemplo tuvo muchísimo más la pelota que el Villarreal el pasado domingo, pero las veces que el “Submarino Amarillo” pasó la mitad de la cancha en velocidad, desnudó las carencias defensivas azulgranas.

El Barcelona sigue retrocediendo mal, y ya no importa si los dos centrales son Javier Mascherano y Gerard Piqué, o si luego ingresa Mathieu, con la idea de transmitir mayor solidez. El problema no es individual, sino colectivo, y Luis Enrique parece apostar a cambiar hombres con la idea de que cualquiera de ellos puede ser la solución. Pero no pasa por ahí.

Lo que sucede en el Barcelona es que no tiene esa presión arriba, ni ese andar en el medio, ni retrocede bien en defensa. Lo que sí conserva este equipo es el talento de varios de sus componentes, comenzando por un Messi que gradúa los momentos y sabe aparecer y golpear en el momento justo, así como asistir de manera notable al resto de sus compañeros cuando la situación lo requiere.

También el brasileño Neymar está cumpliendo dos funciones clave en el ataque: es el jugador encargado de romper las abroqueladas defensas rivales y a su vez, es el del toque preciso para el remate final que abre los partidos o los resuelve, cuando no puede hacerlo el genio de Messi.

Sin embargo, aún queda una tercera punta en el ataque y es el desconcertante momento de Suárez, que más allá de no estar en buena racha, no parece estar adaptado a los movimientos porque no encuentra los espacios necesarios, como sí los tuvo en el Liverpool o en el Ajax, donde se destacó tanto que ameritó su llegada como estrella al club blaugrana.

Suárez no se siente cómodo en este sistema porque juega apretado entre Messi, Neymar y los volantes y laterales que llegan, algo que no le pasó en el resto de los equipos, porque se trata de un jugador que tiene que arrancar más atrás para utilizar esos espacios en sus movimientos, y no los encuentra aquí.

De todos modos, los resultados pueden ser engañosos pero a su vez, Luis Enrique aún dispone de tiempo para algunos ajustes, para terminar de encontrar el equipo con el que arremeterá la parte final de la temporada, cuando deba afrontar la semifinal de la Copa del Rey, enfrentar a un Manchester City con el que definirá en casa en la revancha en marzo, por la Champions League, o jugarse el tramo final de la Liga ante un Real Madrid que no sólo no parece ceder sino que es una máquina de golear, aún cuando Cristiano Ronaldo no juega.


Es en ese momento, cuando acabe la “cuesta de enero”, cuando se lo juegue todo, cuando los hechos cantarán y sabremos si este Barcelona puede convertirse en un gran equipo, en un equipo para el recuerdo, o si sólo morirá en el intento.

jueves, 29 de enero de 2015

Aclaración sobre Agronómico y la Liga del Noroeste (Un cuento de Marcelo Wío)



Decían que había sido porque la hinchada era pesada, que de la cancha, o el pueblo, no salía nadie en una pieza si el equipo local no ganaba. Decían muchas cosas sobre Atlético Agronómico. Otras tantas se decía de la gente del pueblo, Independencia de la Patria: que su bravura y fuerza provenía de pactos con el innombrable, que los hombres podían amar a una mujer durante días (y hasta meses, si no tenían otra cosa que hacer); que los niños asustaban a los pumas, que las mujeres parían sin dolor ni sangre a las cinco semanas de concebir.

La verdad suele ser más corriente; o menos fabulosa. Más cotidiana.

Es un hecho verídico que en los años 1940-50, Atlético Agronómico no perdió jamás un partido de local. Es cierto que el árbitro visitaba el vestuario (unas cuantas chapas sostenidas contra todas las leyes físicas por unos postes chuecos) del equipo visitante a concordar la derrota de manera disimulada para salvaguardar la dignidad de los rivales y su público. Es completamente verdadero que todos los equipos convenían sin problema en conceder (donar, incluso) la victoria al local.

Hasta aquí, la parte real de la historia.

Entre los papeles de la desaparecida Liga de Noroeste encontré actas arbitrales, acuerdos entre clubes (préstamos de jugadores, de mesas de bar, venta de alambrados y redes de arcos, acuerdos sociales – arreglos de partidos), crónicas periodísticas, semblanzas, aguafuertes, actas de reuniones varias. Entre ese material, encontré, despojada de mitologías, el motivo del pacto o acuerdo para entregar los puntos ante Atlético Agronómico en los partidos disputados en su cancha. En un folio con membrete del Café del Club Social Dadores de Sangre, y con la firma de los presidentes o representantes de todos los equipos (15) de la Liga del Noroeste, se acordaba escuetamente ceder los puntos al Atlético Agronómico – al menos en diez de los partidos, en forma de victorias para el local – con el fin de asegurar su permanencia en la Liga.

Ese era el quid del asunto, el intríngulis del por qué: había que asegurar su permanencia en la Liga. Pero, a uno, que anda buscándole por qués a la vida desde que no quiere buscárselos a la suya propia, le aparecen los interrogantes por todas partes: ¿Por qué había que evitar el descenso de ese equipo? ¿Qué lo hacía tan susceptible de descender (evidentemente, no sólo al momento de la firma de aquel acuerdo, sino con visos de un futuro más bien elongado en un futuro inconcreto)?

No encontré nada entre los papeles aquellos que explicara el por qué a la respuesta al por qué inicial. Indagué aquí y allá por diversas localidades cuyos equipos ya no existen (salvo tres: uno juega en primera división nacional, otro en la segunda, y el tercero, en el llamado Nacional de Ascenso, que ofrece plazas para la segunda división) y cuyos dirigentes no recuerdan nada de aquellos tiempos de amateurismo itinerante.

Ya me marchaba a la capital para tomar un avión para volver a Madrid, cuando, justamente en la estación de autobús del pueblo de Porvenir, mientras huía del calor en la cafetería a la espera de un autobús, bebiendo una cerveza fría y con poco gusto, vi a un viejo sentado a una mesa cercana y, siguiendo una intuición (o, para ser sincero, la necesidad de conjurar algunas palabras que venían siguiendo desde Madrid), le pregunté por el Atlético Agronómico y el acuerdo pretérito.

Ah, sí, el pacto…

¿Por qué motivo se le regalaban los puntos al Agronómico? Sé que se quería evitar que descendiera; pero, ¿por qué? – le pedí con un gesto si podía sentarme a su mesa. Con otro gesto asintió. Pedí un par de cervezas más y le ofrecí un cigarrillo, un protocolo que suele ayudar a crear una intimidad que anima a las confidencias.

En Independencia de la Patria fueron siempre medio finolis… todos profesionales, tipos estudiados que le querían ganar la partida a la naturaleza: sacarle un triunfo a la tierra mezquina, digamos. Hicieron mucho por la región… Porque los tipos laburaban de sol a sol, en el campo y en los galpones, creando ingenios para hacer las labores más fáciles, para acostumbrar a los tallos a arreglarse con poca agua, y todo eso, lo compartían sin pedirle nada a nadie.

Pero, en todo ese frenesí de adelantos, de imaginerías e inteligencias, se olvidaron de algo: el fútbol: distracción para las tertulias del cafetín, el programa del fin de semana. 

Una profunda superficialidad para que las profundidades no terminen por tragarlo a uno. No sé quién les habrá dicho a la gente de Independencia que armaran un equipo, o si fue la propia necesidad la que los condujo a la fundación de Atlético Agronómico. 

Levantaron la cancha en un visto y no visto. Evidentemente, fue la única cancha con césped de la Liga. En fin, todo estaba listo: unas tribunas precarias de cinco filas de tablones, un bar,  y unos vestuarios detrás de una tribuna (unos tinglados para dar sombra, poco más, realmente).

Hasta ahí, todo muy bien. Pero había un problema. No tenían jugadores. Todo hombre mayor de diez años tenía alguna función en esa estructura de producción agraria.
¿Entonces? ¿Buscaron gente de fuera del pueblo?

Nooo, en esa época, y por acá, eso no se hacía. Cada pueblo surtía a su equipo con los hijos de sus límites geográficos. Ahí residía el prestigio del equipo, del pueblo.
¿Entonces?

Entonces, a uno se le ocurrió que jugaran las mujeres. Sí, no me mire así, no es un cuento de viejo. Mujeres. Ahora mismo sería un escándalo, imagínese en 1940. Pero, sabe qué, no fue tan escandaloso. Se juntaron todos los equipos y los directivos de la liga a discutir el asunto. Le hago corto el cuento: comprendieron que, si se querían seguir beneficiando de los avances de los de Independencia, convenía tenerlos contentos… que era preciso que tuvieran distracciones, que no se hartaran de andar engañando a la aridez. La única condición, que eligieran mujeres… poco agraciadas, que disimularan melenas… geometrías corporales… Ya me entiende. Así, todo quedó finiquitado, y Agronómicos comenzó a jugar la Liga.

Pero…
Exacto, pero les metían unas goleadas de antología. Los hinchas se desanimaban antes de comenzar a entusiasmarse.

De ahí, el documento. Había que evitar que descendieran. Pero, lo que no dice el documento, y que sí se acordó en esa reunión, es que Agronómico no debía perder por mucho afuera…

Pero, si la gente de Agronómico sabía todo esto, ¿qué pasión podía despertar el equipo? Quiero decir, que la función que pretendía que el equipo tuviera, era una impostura demasiado evidente como para que funcionara como distracción colectiva… No sé si me entiende.

Yo te entiendo, pibe, pero vos no entendés cómo funcionan las cosas. A todos nos gusta creer. No sé si “gustar” es la palabra… todos necesitamos creer. Ellos terminaron creyendo en lo que veían, no en lo que antes se había trazado. Incluso los rivales olvidaron ese acuerdo, y terminaron explicándose la derrota como un hecho que tenía que ver con la hinchada, el factor cancha, y otros mejunjes para la propia dignidad. Es más, después de la primera temporada, le aseguro que nadie veía mujeres en Atlético Agronómico, simplemente jugadores flojos, muy flojos. Aunque, tuvieron una 10 en 1951 que madre mía… Fue la que supuso el fin del club… Cuando un equipo de la capital provincial la quiso fichar, y se dio cuenta de que era ella y no él, y ofendidos, como si se hubiesen querido burlar de su buena fe, recurrieron a la federación provincial y Atlético Agronómico, por falta de jugadores, pasó a ser un recuerdo, y ni siquiera eso, una leyenda que se terminó por olvidar.

Ahí está su autobús.

Cuando ya estaba en el autobús, sentado, pensando aún en lo que me acababa de contar aquel viejo, esperando que arrancara de una vez, un golpe en el cristal de mi ventanilla me hizo girar sobresaltado. El viejo había tirado un zapato contra el cristal –se lo estaba calzando cuando giré para ver qué había sido el estruendo -, me hacía señas para que abriera la ventanilla. Así lo hice.

La jugadora aquella, la 10, se llamaba Bruna Lamadeo. Un fenómeno la piba. Y ahora hablan de Maradona y Pelé… Tendría que haberla visto… La Bruna, le decían… ¡Buen viaje!

El viejo se alejó del autobús, que ya se ponía en marcha, haciendo gestos de asentimiento, de admiración, de asombro recuperado del fondo del tiempo.




miércoles, 28 de enero de 2015

Pelota, vas a llorar (Jornada)



En tiempos de fútbol obediente, de escasa iniciativa, declaraciones armadas para la ocasión, gente que corre y que piensa poco, el adiós de Juan Román Riquelme como jugador representa para todos los amantes de este hermoso deporte, un dejo de orfandad.

Aún repiquetean en los oídos de este cronista las declaraciones recientes de Ricardo Lavolpe  acerca de que “el táctico” (como él llama con su particular dosis de conflictividad innata) “ya no se usa más” con el disquito reiterado de los números, como el “moderno” 4-4-2 que, claro, no necesita de un armador de juego, de un director de orquesta, del crack que maneje al equipo desde su elegancia y creatividad.

Riquelme fue un crack de aquellos. Un jugador que hizo época pero que no deja de ser un clásico, que pudo jugar en cualquier momento, porque fue un virtuoso con la pelota, desde sus pies, pero también con el movimiento de sus brazos como pocos en el mundo, con un remate preciso y a donde quiso, con una especial plasticidad, y con ese lujo que no se consigue ya salvo contadas excepciones.

Acaso como otro “diez” de tres décadas atrás, Ricardo Bochini, aunque diferente en algunos aspectos del juego (el crack de Independiente era más veloz, más de gambeta frontal, más cercano al ataque, especialmente si tomamos al último tramo del ex jugador de Boca y Argentinos Juniors), Riquelme también fue contracultural.

Desde aquel festejo con el Topo Gigio, parado frente al palco de Mauricio Macri, entonces presidente de Boca, hasta su postura de estrella (que lo fue), su desaire a los preguntadores de micrófono en los campos de juego, su negativa a bancar a los violentos de las barras bravas, que generaron que su nombre fuera coreado puramente por el hincha que siente los colores, hasta su negativa a jugar en la selección argentina de Diego Maradona, Riquelme fue diferente al resto.

Tan diferente, que en una historia de Boca de 110 años, Riquelme fue incluso más que el propio Maradona, con más títulos, más continuidad, más incidencia, más identificación con los hinchas, al punto de que en aquella negativa a la selección, que generó el enfrentamiento entre ambos, el público de la Bombonera se volcó a su favor.
Si Maradona llegó al altar popular con el símbolo de aquellos dos goles a los ingleses en México 1986, Riquelme lo consiguió más que nunca con aquella brillante exhibición contra un lujoso Real Madrid por la Copa Intercontinental en aquella noche de noviembre de 2000 en el Estadio Nacional de Tokio, cuando hizo lo que quiso con su amiga de siempre, la pelota, y motivó que Michel, aquel gran jugador blanco de los noventa, luego comentarista de la TV (y ahora director técnico), dijera a este cronista, “Ese muchacho es, hoy, el mejor jugador del mundo”, con admiración.

Riquelme consagró a muchos delanteros, hizo goles fabulosos, colocó tiros libres en los lugares más increíbles, hizo túneles gloriosos (como al colombiano Mario Yepes en un clásico ante River Plate por la Copa Libertadores), ganó títulos de todos los colores y hasta llevó al modesto Villarreal a la semifinal de la Champions League, y si no fue a la mismísima final de París, en 2006, fue porque el propio Riquelme perdió un penal, atajado por el alemán Jens Lehman, arquero del Arsenal inglés.

Dueño de sus silencios, poco gustoso de hablar con la prensa, y por lo general serio (“No entiendo por qué debo estar riéndome. Zidane no se ríe y se divierte en la cancha”, solía decir), Fue siempre partidario del asado con sus amigos, y nunca entendió aquello de ser políticamente correcto. Estuvo con los que quiso, y respetó, aunque tomó distancia, de los que no quiso. Sin muchas vueltas.

Riquelme fue un jugador con convicciones. Siempre fue partidario de pensar, lo que contrariamente a lo que pareció, lo hizo más rápido que el resto, porque siempre sabía qué hacer con la pelota antes de recibirla, y que es el balón el que debe correr y no los jugadores, algo que hoy podría ser visto como blasfemia por un fútbol argentino chato, de golpes, choques y corredores que miran al banco hasta para patear un tiro libre.

Bochini también fue contracultural y con la misma idea. Partidario de que el fútbol argentino tiene un sistema propio de juego, nunca estuvo de acuerdo con el macaneo tacticista, vacío de contenido, y con ideas de importación hacia un país que siempre fue temido por lo que generó solito.

Consultado “el Bocha”, sobre Johan Cruyff, antes del partido que Independiente debía jugar ante el Ajax holandés por la Copa Intercontinental, afirmó con simpleza que “corre mucho, pero juega bien”. Una magistral respuesta, absolutamente conceptual, desde su sentido común.

Riquelme también dio siempre este tipo de respuestas cuando tuvo la oportunidad, cuando se sintió cómodo, cuando se daba cuenta de que podía rodearse de fútbol puro y no envuelto en un envase marketinero e interesado.

Por eso siempre sintió la Bombonera como el patio de su casa y por eso, el fútbol pierde a uno de sus últimos grandes exponentes en todo el mundo. Cuando se van acabando los “diez” (en Europa, porque los nuevos sistemas tácticos no lo usan y en Argentina, porque desde hace décadas se mira lo que hace el viejo continente y nadie se anima demasiado a recuperar las fuentes), Riquelme, uno de los más grandes, dice adiós.

Sus detractores, especialmente del resultadismo o desde los defensores de los velocistas (alguna vez alguien dijo que si fuera tan simple lo de correr para ganar, con once Ben Johnson alcanzaría, el detalle es que en el fútbol hace falta una pelotita), lo persiguieron hasta el final de su carrera y sostuvieron que en Argentinos Juniors no haría nada, pero acabó ascendiendo y un veterano Riquelme fue fundamental en el logro.

Otros se tomaron de su discontinuidad en el Barcelona de Louis Van Gaal cuando en verdad, y lo reconoce el propio Riquelme, el holandés le explicó que él nunca había pedido su fichaje (un dirigente del club se enamoró de su juego en Boca), que jugaba con otro sistema y que entonces o se adaptaba o no podía colocarlo en el equipo. Por eso acabó yéndose al Villarreal, donde se lo considera hasta hoy como el mejor jugador de la historia del club.

Si Alfredo Di Stéfano, otro crack de todos los tiempos, tenía en la puerta de su casa en Madrid un monumento a la pelita que decía “Gracias, vieja”, a Riquelme habrá que decirle entonces “Gracias, viejo”.



lunes, 26 de enero de 2015

Se retira Riquelme, uno de los últimos grandes “10” (Yahoo)



Para los argentinos, amantes apasionados del fútbol, especialmente para los de mediana edad o más, la camiseta número diez es mítica. La vistieron jugadores especiales, los considerados diferentes, aquellos que son capaces, en un consenso general, de inventar con la pelota, cosas que ningún otro podría con la misma calidad.
Además de Diego Maradona (como si esto fuera poco), han vestido la camiseta número diez de la selección argentina, y de muchos equipos trascendentes, jugadores como Ricardo Bochini (en los años setenta y ochenta) o Enrique Omar Sívori (gloria de River Plate, Nápoles y Juventus en los cincuenta), o Mario Kempes, por citar a tres muy emblemáticos.

Este domingo pasado, a los 36 años de edad (nació el 24 de junio de 1978, el día anterior a la final del Mundial de Argentina, como no queriendo perderse el ser parte de la gran historia de su fútbol), uno de los más grandes jugadores de los últimos veinte años, Juan Román Riquelme, anunció su retiro como jugador profesional tras diecinueve años de una brillante carrera, que incluyó toda clase de títulos pero más importante aún, momentos gloriosos e inolvidables para todos los que creen que el fútbol encierra también arte y que no sólo son fríos números, táctica y estadísticas.

A Riquelme no le tocó un tiempo fácil. Pese a su brillantez como armador de juego (no enganche, sino quien se dedica a generar el juego de su equipo y es el encargado de distribuir el balón entre sus compañeros como un director de orquesta, un reggista, como llaman los italianos), coincidió en su propio país con el inicio de una absurda polémica sobre si resulta más importante ganar que jugar bien, como si esos dos conceptos fueran opuestos, imposibles de amalgamar.

Riquelme fue un jugador contracultural como pocos, un emblema del fútbol-arte y del fútbol pensado. Un defensor de la idea, aún persistente, aunque tambaleante en este tiempo de los fríos números y las computadoras y los “polifuncionalismos” que acaban con los roles técnicos, específicos y sabios, de que es más importante que corra la pelota que los hombres. Que pensar es una función primordial para anticiparse a los rivales en la próxima jugada, y facilitadora de la elección de la mejor opción. Es como los automóviles: a una mayor velocidad, menos chances de tiempo para pensar opciones.

Riquelme, tanto en Boca Juniors, al que llegó desde los juveniles de Argentinos Juniors en 1996 cuando Carlos Bilardo era el entrenador y aún permanecían en la plantilla Diego Maradona, Juan Sebastián Verón, Cristian “Kily” González o Claudio Caniggia, en la selección argentina, en el Barcelona, el Villarreal o nuevamente en Argentinos Juniors, donde terminó su carrera, siempre tuvo una excelsa técnica.

Este columnista cree que su andar, su elegancia, tiene su mayor parecido en el brasileño Pelé, mucho más que en alguno de sus muchos compatriotas con los genes de cracks, y como pocos, supo mover los brazos, para mantener a distancia a los rivales, o para acomodarse a la hora de sacar remates desde distintos ángulos y distancias al arco contrario.

Riquelme nunca fue un jugador como todos. No fue políticamente correcto y no comulgó con los ultras, como la mayoría de sus colegas argentinos, muchas veces obligados, es verdad, por un sistema al que el diez nunca terminó de pertenecer por completo, incluso, sin aceptar tampoco a la prensa tonta de la pregunta fácil, a la que detestaba y se notaba en la pantalla televisiva.

Si bien fue campeón mundial juvenil con la selección argentina de José Pekerman, junto a Pablo Aimar, Esteban Cambiasso y Walter Samuel, en Malasia 1997, su gran escaparate llegó cuando se produjo el arribo del entrenador Carlos Bianchi, a Boca Juniors en 1998. 

Boca no sólo logró el récord de 40 partidos oficiales sin perder en torneos locales argentinos, sino que fue bicampeón en la temporada 1998/99, y ganó las Copas Libertadores de 2000 y 2001, el torneo Apertura 2000 y en uno de los mejores partidos de su carrera, la Copa Intercontinental de 2000 ante Real Madrid (con Casillas, Figo, Roberto Carlos, Raúl, Morientes y Hierro), cuando el mundo se asombró de sus condiciones y lo proyectó poco después al Barcelona.

En el Barça, a su llegada en 2001, se encontró con que su entrenador Louis Van Gaal, prefería un sistema táctico sin un jugador de sus características, lo que lo fue marginando de muchos partidos, hasta que recaló en el Villarreal, su mejor momento en Europa, y al que llevó nada menos que a la semifinal de la Champions League. 

Tuvo la chance de ir a la mismísima final de París ante el Barcelona en 2006, pero el propio Riquelme falló el penal, sobre la hora, ante el Arsenal, lo que para muchos de sus detractores sirvió como buena excusa para caerle encima.

Riquelme persistió en sus ideas, mucho más profundas que las que puedan estar influidas por un momento en un partido, y poco más de un mes más tarde participó en su único Mundial, el de Alemania 2006, en el que llegó a cuartos de final y cayó ante los locales por penales, aunque él, extrañamente, ya había salido reemplazado, aunque era el símbolo de ese equipo.

También tenía la ilusión de jugar el Mundial de Sudáfrica 2010, ya en Boca, de regreso en 2007, y siendo otra vez fundamental para ganar la Copa Libertadores aunque por una cuestión burocrática no pudo estar en el Mundial de Clubes, ante el Milan, en Japón. Sin embargo, en uno de sus reiterados enojos, se enfrentó al entonces entrenador Diego Maradona y decidió no participar en el máximo torneo de selecciones.

De a poco, sus problemas físicos lo fueron marginando de algunos partidos con Boca, y sus desacuerdos con la comisión directiva, con la que nunca se sintió representado, produjo alejamientos reiterados. Uno de ellos, acaso el más profundo, fue justo el día de la final de la Copa Libertadores 2012 ante Corinthians, en Brasil, cuando horas antes, su hermano twitteó que habría un anuncio tras el decisivo partido, dando a entender que Riquelme se alejaría del club de sus amores, y estuvo meses sin jugar hasta que volvió cuando Bianchi regresó a su segunda etapa como entrenador, ya sin el éxito de tiempos pasados.

Acabó jugando en el club que lo tuvo en tiempos juveniles, Argentinos Juniors, en el torneo de Segunda. Muchos auguraban que sería un estorbo y que jugaría poco y nada. Pero Riquelme fue figura y llevó al equipo a un sufrido ascenso a Primera. Allí, consideró que su misión en el fútbol , como jugador, había terminado.

Con Riquelme se va uno de los últimos “diez” del fútbol mundial, uno de los grandes pensadores y técnicos de la pelota, y grandes recuerdos de momentos increíbles, de gestos técnicos extraordinarios, como cuando en la Bombonera y ante su público, le hizo un glorioso túnel (pasar la pelota entre las piernas) al defensor colombiano de River Mario Yepes, en 2001.

El fútbol lo va a extrañar.

miércoles, 21 de enero de 2015

Barcelona-Atletico, dos estilos, dos filosofías (Jornada)



Cuando Barcelona reciba hoy a las 22 horas (18 de la Argentina) al Atlético Madrid, por la ida de los cuartos de final de la Copa del Rey, se pondrá en juego una gran serie entre dos estilos de juego, dos filosofías, y también enfrentará la solidez de un equipo que conduce con mucho éxito Diego Simeone, contra otro que tiene altibajos pero que cuenta desde hace algunos días con la evidente subida en su nivel de Lionel Messi, con lo que eso significa.

Se trata de uno de los choques más esperados, no sólo porque el Atlético ya ha logrado entreverarse entre los dos grandes de siempre del fútbol español, ganando la Liga en la temporada pasada y la Supercopa nacional al inicio de ésta, sino que acaba de eliminar al multimillonario y actual campeón mundial, Real Madrid, en la serie de octavos de final, y con bastante claridad (2-0  y 2-2).

El Barcelona no muestra esa solidez y de hecho, algunos siguen creyendo que el entrenador asturiano Luis Enrique Martínez se podría incluso hasta estar jugándose su puesto, debido a que su equipo no logró la continuidad ni el juego esperado, pero extrañamente desde que comenzaron los rumores crecientes de su posible enfrentamiento con Messi desde el inicio de 2015, bastó una desmentida formal de éste ante “Barça TV”, el canal oficial del club para que el rendimiento del equipo comenzara a subir y por la Liga, hace dos semanas, el propio Atlético fue víctima del tridente del Mercosur (Messi, el uruguayo Luis Suárez y el brasileño Neymar).

Hoy el Barcelona es un equipo que no da garantías y que no tiene continuidad, y que tampoco, salvo algunos pocos pasajes, consiguió aquella brillantez del pasado, con un Xavi intermitente por una veteranía que empieza a notarse en lo físico, un Andrés Iniesta que no consiguió todavía ser aquel jugador desequilibrante de otros tiempos, mientras que Suárez, todavía errático, va tratando de encontrar su mejor forma luego de una suspensión de la FIFA por aquella mordida a Chiellini en el Mundial, que lo dejó por meses fuera de las canchas.

Aún así, el Barcelona ya probó que es temible si sus tres atacantes consiguen espacios, aunque no se sabe cómo reaccionará una defensa cuestionada (por ahora, aunque llegaron Vermaelen y Mathieu, sigue siendo Javier Mascherano el que da las mejores garantías) y especialmente, cómo contrarrestará las jugadas preparadas del Atlético en las “pelotas detenidas”, que los de Simeone explotan tan bien, más todavía en el juego aéreo, con la altura de Diego Godín, Fernando Torres o Raúl García.

El Atlético se fue convirtiendo, en estos tres años con Simeone al frente, en un equipo copero y esta clase de partidos son su salsa y es en los que más cómodo se siente y ya lo pagó hasta Real Madrid, sumado a que el regreso de uno de sus ídolos, como Fernando Torres, autor de los dos goles en el Santiago Bernabeu , termina siendo otro factor extra de motivación.

De hecho, el partido de Liga citado más arriba, jugado hace dos semanas en el Camp Nou (3-1 para el Barcelona) puede servir de mucho antecedente porque ya se jugó como si fuera de Copa y aunque los locales ganaban holgadamente 2-0, bastó un inusual penal (por ser quien fue el autor y por la sutileza de la falta) de Messi a Jesús Gámez, para meterse en el partido y preocupar a su rival.

Messi llega en un gran momento, con un muy buen partido ante Atlético, y con un gran triplete, el pasado domingo, ante el Deportivo La Coruña como visitante en Riazor (0-4) y cuando el supercrack está bien (19 goles en 18 partidos de Liga, 27 en la temporada que todavía está en la mitad), cualquier cosa puede pasar.

También es cierto que con el Atlético, no se puede dar por ganado ningún partido de antemano.


Por todo esto, la mesa está servida para uno de los mejores partidos del año, y en el que el Barcelona sabe que luego hay que definir dentro de una semana en Madrid, en el Vicente Calderón, donde los “colchoneros” suelen ser inexpugnables. Muchos ingredientes. Para no perdérselo.

domingo, 18 de enero de 2015

El Cholismo sólo conjuga el verbo “ganar” (Yahoo)




Parecía imposible, para los argentinos, que apareciera otra figura semejante a la de Carlos Bilardo, el ahora muy veterano obsesivo ex entrenador (él mismo dice que su tiempo en el fútbol ya pasó) que terminó enojado la final del Mundial de México 1986, que ganó, porque su equipo tuvo que soportar dos goles a balón parado.

Sin embargo, alguien que fue jugador (muy joven, por cierto) de Bilardo, y que luego desarrollaría una larga carrera entre Argentina, Italia y España, parece haber heredado algunos genes suyos, aunque con características propias, y que sólo entiende una cosa: que en el fútbol lo que vale es ganar y que la actitud cuenta como nada.

Simeone ha empleado algunas premisas interesantes para este fin, como ir paso a paso, jamás adelantarse a los objetivos, entender claramente cuál es el rival, sacar el mayor potencial a sus propios jugadores, desarrollar un sistema táctico ideal para el elemento con que cuenta en cada plantel, armar grupos sólidos y casi familiares, y no venderse humo a sí mismo: conocer si entra a cada partido en condición previa de superioridad, igualdad o inferioridad.

Ese pragmatismo es el que le vino dando seguridad como entrenador desde que a mediados de la primera década de este siglo dejara intempestivamente su rol de jugador en su amado Racing Club para convertirse de un día para el otro en el responsable de un equipo con mayoría de ex compañeros que días atrás compartía en el campo de juego.

Esa experiencia fue corta pero importante, para saltar al Estudiantes de La Plata de Juan Verón en 2006 y remontar un campeonato casi imposible ante un Boca Juniors que era bicampeón hasta entonces y que a falta de cuatro jornadas le llevaba seis puntos de ventaja. Acabaron iguales, jugaron un partido desempate en el que su rival ganaba 0-1 pero su equipo, con mucho carácter, acabó ganando 2-1 y llevándose el título del Torneo Apertura.

Simeone siempre supo que todo tiene su momento. Sabía que alguna vez dirigiría otro de sus equipos amados, el Atlético Madrid, donde fue feliz de jugador, de joven y de veterano, donde ganó títulos, como sabe, y repite, que no ahora pero sí alguna vez (“es para cuando uno es un abuelo del fútbol”, suele decir) dirigirá a la selección argentina.
Y tras los títulos de Estudiantes y River Plate (2008), con el que también tuvo el sinsabor de un último puesto en el campeonato siguiente, y un paso sin mucho que comentar por San Lorenzo, por fin apareció la chance del Catania, al que salvó del descenso en la Serie A, y el salto, hace poco más de tres años, al Atlético.

Simeone fue moldeando a su grupo. Lo fue jerarquizando, sabiendo que éste es su lugar en el mundo, hasta transformarlo en un equipo sólido, capaz de todo, como ahora, de ser la bestia negra del Real Madrid, y haberlo sido, durante los seis partidos de la temporada pasada, del Barcelona, al que ahora debe enfrentar, por la Copa del Rey, a dos durísimos partidos por los cuartos de final.

Ya no puede decirse que es sorpresa que el Atlético Madrid, cierto que ya bastante jerarquizado y ahora con el aporte de la vuelta de un ídolo como Fernando Torres, pueda eliminar a su rival de ciudad, al Real Madrid multimillonario y campeón mundial, en los octavos de final de la Copa del Rey.

El Atlético lo ha vencido en demasiadas ocasiones en este tiempo, pero más aún: lo ha complicado siempre, hasta perdiendo. Porque la propia final de lña pasada Champions League en Oporto, también fue muy dificultosa para los blancos, que recién consiguieron el empate con un soberbio cabezazo de Sergio Ramos cuando el partido expiraba.

El Atlético tiene ahora un gran desafío, el de tratar de eliminar también al Barcelona, siguiendo la tendencia de la pasada temporada, en la que acabó invicto ante este rival en seis partidos, pero no pudo mantenerlo en el Camp Nou por la Liga, cuando fue claramente derrotado 3-1 hace escasos días.

Queda la duda sobre si ese Atlético estaba desdoblado mentalmente por dos objetivos diferentes como son la Liga y la Copa, y al llegar al Camp Nou sabía que al promediar la semana debía ir al Santiago Bernabeu a tratar de mantener la ventaja de 2-0 conseguida en el Vicente Calderón, pero sí es cierto que por primera vez en dos temporadas, se vio desbordado por el tridente de Lionel Messi, Luis Suárez y Neymar, y por un Barcelona muy superior al del andar mostrado en buena parte de esta media temporada 2014/15.

Ahora la serie a doble partido es al revés, y el Atlético, de mentalidad copera, debe primero viajar a Barcelona para cerrar como local, aunque para Simeone, no hay desafío que no se pueda cumplir y ya lo ha demostrado la pasada temporada, cuando necesitaba de un empate en el Camp Nou para ganar la Liga, estaba perdiendo y pudo lograr el resultado buscado.

Simeone fue claro en sus declaraciones tras el gran éxito ante el Real Madrid. Sólo se trata de un partido importante, pero de octavos de final. Nada menos, pero nada más. Hay que seguir y esto es paso a paso, etapa por etapa, y así cimentó su carrera.
Desde Maldonado, Uruguay, a Simeone le llegan las imágenes de su hijo Giovanni, ya en la primera división en River Plate (a punto de ser cedido a préstamo a Bánfield), autor de 4 goles en 3 partidos en la fase de grupos del Torneo Sudamericano sub-20 que clasifica al Mundial de la categoría.

Los jugadores suelen cuidarse en sus declaraciones y máxime, siendo jóvenes, pero “Gio” no se ha cortado: “quiero ser el goleador del torneo”, afirmó. Por lo pronto, su padre, desde el otro lado del océano, ya va cambiando sus fotos en las redes sociales, por la de su hijo, con la camiseta argentina, gritando un gol.


No es para menos: es la comprobación de que en esos genes sólo se conjugan un verbo: “ganar”. Sin preciosismos, sin una línea estética, mucho más cerca del esfuerzo y la garra, pero con efectividad.