miércoles, 8 de abril de 2015

Fútbol, ética y tecnología (Jornada)



El fútbol es uno de los fenómenos masivos por excelencia del siglo XXI, y para muchos, con condimentos que lo hacen acercarse cada vez más a una nueva religión, y si bien hay cantidad de símbolos que así lo indican (los cánticos con unción en los estadios, los trofeos como fetiches y las banderas como mantos sagrados), acaso haya uno fundamental que lo distingue de los demás deportes y que sus dirigentes se encargan de seguir cuidando: la resistencia al uso de la tecnología, librando toda decisión a la “buena fe” de los que imparten justicia.

No hay fin de semana, en casi todas partes del mundo, en el que no ocurra algún hecho polémico, pero los capitostes de la FIFA, en especial los veteranos (con gran mayoría europea) que conforman el International Board (IB) que decide los cambios reglamentarios, se resisten a los avances de la tecnología y prefieren conceder hasta cinco árbitros, que el día de mañana pueden ser siete, nueve, once por partido, pero jamás, que la ciencia pueda ayudar finalmente para determinar para qué lado cobrar un fallo.

También en esto, masivo y apasionante, el fútbol, desde sus estructuras, es conservador. No quiere cambios, por el pánico que genera en quienes mandan que se derrumbe el castillo de cristal y que tal vez los poderosos dejen de serlo un poquito, por unos minutos, y que las enormes diferencias entre unos y otros puedan disminuir por un rato. Nada. La duda en los fallos sigue favoreciendo siempre a los mismos.

Hasta la final del Mundial 2006 entre Italia y Francia, en Alemania, tuvo un fallo, precisamente de un árbitro argentino, Horacio Elizondo, nada menos que la decisiva expulsión de Zinedine Zidane (en el último partido de su carrera profesional), porque aunque lo nieguen todos, fue avisado por el cuarto árbitro, el español Luis Medina Cantalejo, del cabezazo del crack francés a Marco Materazzi. La FIFA niega que todo haya comenzado en la tecnología antes de llegar a los jueces, aunque un archivo rigurosamente guardado en la sede de Zurich así lo  atestiguaría.

Entre tantos ejemplos, el fútbol argentino vivió el pasado sábado un caso con muchos elementos ricos para el análisis. Y no sólo desde la necesidad urgente del uso de la tecnología, sino de cómo se cruza la ética con cada una de las acciones.

Por un lado, el delantero de Vélez Sársfield Mariano Pavone había puesto sutilmente su mano al lado de la cabeza de su marcador, Dany Rosero Valencia, de Arsenal, algo que desde su posición, el árbitro Germán Delfino no sólo no pudo ver sino que cobró exactamente al revés, con el consiguiente penal y expulsión del defensor.

Lo notable de lo ocurrido se explica por la forma en que todo fue girando, desde la lógica protesta de los integrantes del banco de Arsenal por la injusticia, hasta allí razonable, hasta el airado reclamo posterior de gran parte de los jugadores de Vélez, y del banco de suplentes local, con el director técnico Miguel Russo a la cabeza, cuando supieron del fallo revertido, especialmente tomándose del frío reglamento que, retrógrado, no admite el uso de la tecnología, argumentando que fue a partir de ella, y del comentario de un miembro de “Fútbol Para Todos” al cuarto árbitro, Lucas Comesaña.

El asunto es rico por donde se lo mire para entender por qué tantos  argentinos tienen un concepto tan laxo de la ética y un desapego tan grande a las reglas.

Desde el autor de la mano, Pavone, que en ningún momento pensó en apaciguar los ánimos reconociendo su mano, lo que hubiera terminado con toda polémica, pero ¿quién está en condiciones de reclamarle algo al delantero cuando tantos millones festejaron el gol de “La mano de Dios” en 1986 como parte de la viveza criolla?

O desde Martín Palermo, director técnico de Arsenal, o Roberto Abbondanzieri, su ayudante, o los jugadores del equipo visitante, que aunque sabían que se trataba de una injusticia, se aferraban a la verdad antes que al reglamento. O desde sus rivales, que se aferraban al reglamento, y no a la verdad.  Cada uno, queriendo sacar provecho, forzando de todos los modos posibles un fallo a su favor.

Pero también desde los propios jueces, porque no dejan de ser argentinos. Porque tanto Delfino como sus colaboradores, y luego sus supervisores como Miguel Scime, director arbitral, como los dirigentes de los dos sindicatos de árbitros, Federico Beligoy (Asociación Argentina) y Guillermo Marconi (SADRA), ocultaron la verdad, y es que el fallo revertido por el que finalmente no fue penal y Valencia volvió al partido sí se basó en la tecnología, como profusa e ingenuamente mostraron las imágenes de la televisión en el momento que, parapetado detrás de una carpeta roja, se le contaba al cuarto árbitro lo que había mostrado la pantalla de TV.

Con hipocresía, a Delfino lo pararon por una fecha y no dirigirá en la próxima, pero puede decirse que se trata de una sanción del sistema, del mismo perverso sistema conservador de la FIFA sumado a la laxitud institucional con códigos mafiosos del fútbol argentino, que buscó tapar por todos los modos posibles que se haya “vulnerado” el reglamento para fallar aplicando la tecnología, algo así como guiñando el ojo al entorno, buscando complicidad, diciendo “ustedes saben que sí, pero entenderán que no lo puedo decir. Que no salga de acá, ¿OK?”

Hasta en el fallo de Delfino, del pasado Vélez-Arsenal, aún con un mandato que viene desde Zurich, tuvimos el condimento argentino. No se puede usar la tecnología en el siglo XXI, apuestan por el atraso. Nosotros somos vivos, hacemos goles con la mano y nos ocultamos detrás de la pared, luego fallamos por lo que se vio en la TV, pero acá no pasó nada.

Lo paradójico es que cuando por fin se falla buscando más la verdad que la legitimidad, se nos intente mostrar que importó más la legitimidad que la verdad, por esa relación tan extraña con la ética.


Y la pelota seguirá rodando, como si nada pasara. Yo, argentino.

lunes, 6 de abril de 2015

El final de un ciclo brillante (Yahoo)


Quedan apenas nueve jornadas para que finalice la Liga Española, que serán ocho a mitad de semana, y de a poco, nos vamos dando cuenta de que se nos escapa de las manos, como el agua, la posibilidad de contemplar, aunque ya no sea lo mismo que lo que fue, los restos de aquel fútbol espectacular que a muchos de nosotros nos marcó para siempre.

Y no sólo nos referimos al Barcelona que tuvo su germen con Frank Rikjaard y explotó desde 2008 con Josep Guardiola, sino hasta la influencia que llegó a tener en el sistema de juego en la selección española bicampeona de Europa y campeona del Mundo de manera consecutiva, porque abrevó de esta forma de entender el juego, al que se rescató después de años de ostracismo y debates estériles sobre la conveniencia de “ganar” como si eso fuera todo.

Ese Barcelona ganó todos los títulos imaginados. Fue una máquina de ganar y aún pudo llevarse mucho más si no fuera porque algunos equipos ultra conservadores pudieron sacar rédito de la honradez de su rival y sólo apelaron a defenderse y contragolpear, pero en líneas generales, se acaba un ciclo brillante,  mágico, único.

Y se acaba, aunque su genio máximo continúe en activo y en una edad como para mucho más en el fútbol, como el argentino Lionel Messi, porque la mayoría de los actores fundamentales ya no pueden desarrollar aquello, por el lógico paso de los años, y porque, lamentablemente para el fútbol español, no han aparecido sucesores que puedan ejecutar con el mismo talento.

En el Barcelona, y especialmente se puede hacer énfasis en el último partido en Vigo ante el Celta, independientemente del resultado, pudo comprobarse una vez más como a lo largo de toda la temporada, que el entrenador (y ex compañero suyo en el pasado), Luis Enrique, ya casi no cuenta con Xavi Hernández –próximo a irse a Qatar cuando acabe la temporada, con contrato ya firmado-, que en los pocos minutos que ingresa al campo demuestra que de momento es mucho más que los que puedan reemplazarlo en su puesto, como Rafinha Alcántara o Iván Rakitic.

Xavi llegó a ser utilizado por el entrenador anterior, Gerardo Martino, hasta donde pudo, pero ya antes de comenzar esta temporada, Luis Enrique había manifestado que con el veterano volante “nos tenemos que sentar a conversar”, lo que significaba un evidente cambio que luego se vio plasmado en las decisiones de dejarlo muchas veces afuera del once titular y en especial, en varios partidos decisivos.

Si la ida de uno de los mejores y más claros jugadores de la historia del fútbol español es fundamental, tampoco hay que dejar de lado un dato medular de esta misma temporada: Andrés Iniesta, que ha alternado por el Balón de oro ante el propio Xavi y el genio de Messi, no lleva convertidos goles ni tiene ninguna asistencia en las treinta jornadas de Liga.

Este dato es demasiado contundente como para agregarle comentarios al desempeño de Iniesta en los últimos tiempos, sumado a que si el Barcelona se debate sobre si renovarle o no el contrato al brasileño Daniel Alves, es sólo porque está imposibilitado de fichar hasta 2016 y debería conformarse con reemplazarlo dentro de lo que hay en casa.

Las consecuencias de estos cambios (ya salidos Víctor Valdés, actualmente en el Manchester United y Carles Puyol, retirado) pueden notarse en el juego. Este Barcelona es un equipo que ya no siente que el toque y la posesión del balón sea su filosofía, sino que por momentos apela a ellos como resabios de la memoria, como los últimos restos de lo que alguna vez supo ser un fútbol precioso.

Hoy, el fuerte del Barcelona sin dudas está en su trío atacante (con los altibajos que pueda tener) y en la solidez de los centrales con el lierazgo de Gerard Piqué y Javier Mascherano, pero ya no en el centro del campo, además, por haberse permitido traspasar al posible sucesor de Xavi, Thiago Alcántara, al Bayern Munich de Guardiola.

Pero no sólo el Barcelona va sintiendo el cambio, sino la selección española, que no sólo se basó en estos años en el sistema de juego de los blaugranas, sino que llegó a ganar el Mundial 2010 con ocho jugadores del equipo, como claro símbolo de una época.

Por estas horas, la selección española de Vicente Del Bosque recibe algunas críticas, todas válidas, debido a que su juego ya no luce, ni garantiza ese estilo precioso del pasado, pero es que esto no es fácil de conseguir cuando una generación tan importante comienza a retirarse.

Si bien La Roja conserva la idea de un estilo con muy buenos jugadores como David Silva, Cesc, el propio Sergio Busquets, Koke, o defensores de la talla de Sergio Ramos o el mismo Piqué, resulta complicado mantener aquel nivel porque para eso, no alcanza con el trabajo ni la idea, sino que se necesita del talento de aquellos y eso, no puede ser inventado cuando no aparece.

No significa esto que la selección española no pueda tener un buen funcionamiento ni que perder aspiraciones. Tampoco que el Barcelona no pueda ganar la Liga y de vez en cuando, regalarnos un muy buen espectáculo, especialmente en el Camp Nou.

Pero será difícil, en estas horas, que regresemos a los tiempos en los que esperábamos con tanta ansiedad la salida de los equipos, con una garantía casi absoluta de que disfrutaríamos con enorme placer de un gran espectáculo.


Esas garantías ya no están y si aquél sueño va terminando, será cuestión de bucear en aquel tiempo para tratar de emular todo lo bueno que se hizo para que aquello sucediera tratando de que con otros cracks, podamos volver a tener aquella picazón en el estómago antes de los partidos.

jueves, 2 de abril de 2015

Un seleccionado cada vez más argentino



Este tipo de partidos amistosos, como ante Ecuador y El Salvador, son de una medida relativa. El segundo rival no es lo exigente que necesita un seleccionado como el argentino, y es más a lo que se expone, ante un posible mal resultado, que lo que puede sacar de rédito. Contra el seleccionado ecuatoriano, en cambio, la experiencia puede tener utilidad por la cercanía con la Copa América de Chile para la que faltan dos meses.

Sin embargo, siempre hay conclusiones que sacar de estos dos partidos del seleccionado argentino, sin interesar tanto los triunfos, sino el funcionamiento colectivo e individual.

Un elemento que ya había comenzado a aparecer y el que nos parece medular, es el cambio de sistema. Desde la llegada de Gerardo “Tata” Martino a la dirección técnica, el equipo albiceleste comenzó a parecerse mucho más a lo que tradicionalmente fue la forma de pararse, unos metros más adelante que durante el buen ciclo de Alejandro Sabella, y dándole mucha más importancia a la posesión de la pelota.

Estos dos conceptos son muy importantes. En este blog hemos reiterado, hasta días antes del Mundial, la inquietud acerca de jugar verticalmente, en un ida y vuelta, por más que se tuviera una de las mejores (sino la mejor) delantera del mundo.

Porque jugar de manera vertical implica, en buena medida, depender de lo que haga el rival especialmente en cuanto a la creatividad. Nos preguntábamos qué haría el equipo argentino en el caso de un posible rival con jugadores que tuvieran buen pie y que retuviesen mucho el balón sin que los atacantes nacionales pudiesen participar en el juego por no poder ser habilitados. Debían bajar a buscarlo o bien resignarse a confiar en que los volantes lo recuperaran ante rivales muy hábiles.

Si bien esto no terminó ocurriendo mucho durante el Mundial, sí aparecieron dos elementos: como primero, rivales débiles en la primera fase (y aún así, el equipo argentino padeció ante Irán, salvado por el genio de Lionel Messi, ante Suiza en octavos de final, y ante Holanda en semifinales) y que recién en la final, en la que tuvo claras oportunidades ante Alemania, dio contra un conjunto de gran pie y contra el que acabó sucumbiendo en el tiempo suplementario. Y como segundo, que por lesiones diversas, ocurrió lo impensado: que el punto fuerte ya no lo fue tal y hubo que recurrir al armado de una estructura defensiva.

Es decir, de alguna manera aquella preparación de tantos meses para el “toma y daca” en el Mundial, acabó sin poder efectuarse, debiendo recurrir, a último momento, a un recurso que no era la base del trabajo y que apareció durante el torneo cuando justamente antes no daba ninguna seguridad.

Con Martino, esos aspectos se revirtieron porque el concepto de intentar tener la pelota genera una dependencia mucho mayor de lo propio que de los rivales. El hecho de contar siempre con un organizador de juego, como Javier Pastore, ayuda mucho en esa búsqueda y más allá de la intermitencia, como en buena parte del primer tiempo ante Ecuador, en el segundo el dominio fue claro, nítido, y la diferencia en el marcador pudo ser mayor.

El otro hecho importante de cambio es que este seleccionado argentino arriesga mucho más y se adelanta unos cuantos metros en el campo, con un claro 4-3-3, que deja lugar para un delantero más y reserva para Javier Mascherano y Lucas Biglia la tarea defensiva en el medio, para apostar mucho más al ataque como ambición.

Claro que esto, como sucede en el fútbol y en la famosa idea de la “manta corta”, requiere de una defensa sólida, de jugadores de buen pie, en lo posible, un arquero (no es casual la convocatoria de Nauhel Guzmán) que tenga buen juego por abajo, y una línea de fondo que pretenda salir jugando hasta conectar con los volantes.

Claro que falta lo que más desean los entrenadores, que es contar muchos días con el plantel como posiblemente ocurra antes de la Copa América, y que algunos recuperen su nivel perdido, como Angel Di María, mientras que sigue la incógnita sobre el aporte de los jugadores del torneo local (Mancuello no convenció demasiado ante Ecuador, más allá de clavar un lindo tiro libre ante El Salvador).

Pero ya se observan algunas señales saludables de este equipo que pese a que viene de jugar una final de un Mundial, ha decidido arriesgar y buscar acercarse a una identidad que mantuvo durante gran parte de su historia.


No es poco. Parece muy saludable, en principio.

lunes, 30 de marzo de 2015

El Valencia busca retornar al primer nivel (Yahoo)



Ya parecen lejanos los títulos de Liga Española de las temporadas 2001/02 y 2003/04, y las dos finales de Champions League consecutivas (2000 y 2001) perdidas contra Real Madrid y Bayern Munich.

Sin embargo, los simpatizantes del Valencia FC recuerdan los datos de las dos ligas ganadas y ya hacen números con la calculadora: en aquellas dos ocasiones, a la misma altura de la Liga (jornada 28), el equipo, que luego fue campeón, reunía 50 puntos en 2002 y 57 puntos en 2004, en ambos casos, menos que ahora, que ocupa el tercer lugar (60).

El Valencia se encuentra, a diez jornadas del final, a ocho puntos del líder, Barcelona, a cuatro del segundo, Real Madrid, pero también es cierto que como tercero, le lleva un punto al Atlético Madrid y 5 al quinto de la tabla, Sevilla.

La gran diferencia con respecto a aquellas dos ligas ganadas pasa por sus grandes rivales de la parte superior de la tabla. En aquellos tiempos de principios del siglo XXI, es cierto que Barcelona y Real Madrid también eran muy poderosos, pero la Liga Española era muy fuerte y mucho más competitiva, con varios equipos en condiciones de ganarle varios partidos a los mejores.

Muchos seguidores del Valencia parecen haber olvidado rápidamente los muy malos años vividos recientemente por el club “Che”, que estuvo navegando al borde de la quiebra con deudas que no podía afrontar, y lejos de aquellos años de éxitos, teniendo que desprenderse de muchos cracks (David Villa, David Silva, Roberto Soldado y tantos más), para calcular si aún es posible ser campeón.

Claro, para eso, en las diez jornadas que quedan, el Valencia aún debe visitar la Catedral de San Mamés, el Camp Nou y el Santiago Bernabeu, nada menos. Por esta misma razón, todo indica que un cálculo medianamente optimista coloca al equipo peleando directamente con el Atlético Madrid por el tercer lugar para ingresar directamente en la fase de grupos de la Champions League 2015/16, algo que hoy, con mucho esfuerzo y basado en una gran campaña de local, está consiguiendo aunque en el próximo fin de semana espera nada menos que otro de los buenos equipos, el vecino Villarreal.

Este Valencia que viene entonado por un muy buen resultado, con el 0-4 ante el Elche en la jornada pasada, recién ahora, en el último semestre, fue encontrando su punto justo, luego de muchos cambios institucionales.

Desde lo futbolístico, hace poco más de un año era despedido el director deportivo Braulio Vázquez y el entrenador Miroslav Djukic y eran reemplazados por Rufete y el argentino Juan Antonio Pizzi, respectivamente. Tampoco funcionó, Rufete pasó a ser manager general deportivo, Roberto Ayala, un emblema de los primeros años del siglo XXI como jugador, como director deportivo, y de la mano del agente portugués Jorge Mendes , el caso desconocido entrenador luso, Nuno Espírito Santo.

Muy pronto, Nuno demostró muy buenas condiciones de entrenador, aunque nadie duda de que el origen pasó mucho más por la muy buena relación que existe entre Mendes, que tiene un amplio dominio de la Liga en cuanto a la cantidad de jugadores que representa y la llegada a las comisiones directivas de los clubes más importantes, y el nuevo dueño de la sociedad, Peter Lim Eng Hock, un multimillonario de Singapur, que en 2010 fue calificado como el octavo más rico de su país, con una fortuna equivalente a los 2500 millones de dólares.

Lim, que así abrió una nueva etapa en el Valencia, en la que se terminó de hablar de deudas con la estatizada Bankia, ya había intentado adquirir el Liverpool aunque su oferta fue rechazada, y también tiene en Asia una red de bares vinculada al Manchester United y hasta el “Hotel Football” junto a los ex jugadores de los “Red Devils” Gary Neville y Ryan Giggs en las inmediaciones de Old Trafford.

Lim tiene el 70,4 por ciento de las acciones del Valencia y colocó como presidenta de la sociedad a su mano derecha, la señora Lay Hoon, quien junto a otro alto directivo, el ex presidente Amadeo Salvo, ya comenzaron a estudiar el marketing ligado al Manchester United al tiempo que analizan los cambios que se propone la Liga de Fútbol Profesional (LFP) en cuanto a los derechos de televisión negociados en conjunto para todos los clubes desde la temporada 2015/16, que llevaría desde los 800 a los 1000 millones de euros desde la próxima temporada.

Esto significaría un salto importante de divisas para el Valencia, que pasaría a cobrar 60 millones desde los 48 que cobra ahora. Una situación muy parecida, en lo deportivo y en lo económico, a uno de sus grandes rivales de la actualidad en la Liga, el Atlético Madrid, en constante crecimiento.

En lo deportivo, esta nueva situación sin problemas económicos también terminó con la etapa de pérdida de jugadores, como Canales, Banega, Pabón, Postiga o Guardado y en la última temporada, se fueron veinte cracks para una renovación total con la llegada de otros quince, como el alemán Mustafi, los argentinos Orban, Otamendi, Enzo Pérez y De Paul o el español Alvaro Negredo.

El Valencia se hace fuerte de local, en un torneo en el que en Mestalla ganó casi todos los puntos, y los buenos resultados generaron que el equipo tomara confianza en sus fuerzas y que ahora todavía suspire por terminar entre los tres mejores, para regresar a la élite del fútbol español y europeo.

Hasta aquella promesa que parecía trunca, como el Nuevo Mestalla, ahora parece que puede ser realidad en no más de tres a cuatro años.


El Valencia lucha por regresar a los primeros años, y soñar no cuesta nada.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Un Barça utilitario, con algunos cracks (Jornada)


El Camp Nou suspiró aliviado con el pitido final. Lo que un mes atrás parecía una quimera, acaba siendo realidad en los números. El Barcelona, que llegó a estar a siete puntos del Real Madrid, ahora al ganarle 2-1 quedaba cuatro puntos arriba a sólo diez fechas del final de la Liga Española y sus chances de ser campeón son altas, aunque todos saben bien que no significa ninguna certeza.

El partido parecía, a priori, una mesa servida para los azulgranas: los blancos llegaban muy cuestionados, de capa caída por los flojos rendimientos de muchos de sus jugadores claves (Cristiano Ronaldo, de un mal 2015 hasta ahora, Gareth Bale, Toni Kroos), la ausencia de James Rodríguez en la creación, y las recientes vueltas de Sergio Ramos y Luka Modric, luego de sendas largas lesiones.

Por si todo esto fuera poco, la pérdida de fuelle en la Liga, en la que el Barcelona primero le dio alcance y luego superaba por un punto, y la inesperada derrota como local ante un flojo Schalke 04 alemán 3-4, por la Champions League, luego de ganar con comodidad en la ida de octavos de final 0-2, encendieron todas las alarmas y nadie pagaba dos pesos para el clásico.

Pero como decía el búlgaro Vujadin Boskov, “fútbol es fútbol” y cracks como Modric en el medio, o Ramos, atrás, no necesitaron mucho tiempo ni varios partidos para ordenar al equipo y sacarlo adelante al punto de terminar el primer tiempo empatados 1-1 pero demostrando absoluta superioridad y teniendo mucho más la pelota, y muy bien administrada.

¿Y el Barcelona? Ya todos aceptan que no es lo que fue, y que muy posiblemente aquellos años de esplendor que comenzaron con Frank Rikjaard y siguieron con Josep Guardiola y duraron un año más con Tito Vilanova como entrenadores, ya no existe más.

El director técnico Luis Enrique Martínez, a quien muchos respaldan por lo que fue como volante temperamental en los años noventa, optó por contar poco y nada con Xavi Hernández, uno de esos jugadores irrepetibles por su cintura, inteligencia, pegada y visión de juego, quien seguramente emigre en julio a otra liga menor, mientras que aunque cuenta con él. 

Andrés Iniesta, uno de sus socios en los años de esplendor, ya no rinde en los noventa minutos ni tampoco aparece tan decisivo como en sus primeros años. Apenas deslumbra en cuentagotas. Si le sumamos que en este caso no pudo entrar como titular Sergio Busquets,  que regresa de una lesión, puede decirse que este Barcelona tiene poco y nada que ver con aquél que tanto gustara en todo el planeta.

Hoy, el Barcelona tiene su fuerte en el tridente atacante del Mercosur, el MSN compuesto por Lionel Messi, Luis Suárez y Neymar, pero el mediocampo no los abastece ya con la misma fuerza que en el pasado, con Javier Mascherano en el lugar ocasional de Busquets, con un Rakitic de gran despliegue pero menos cintura que Xavi, y con un lateral derecho como Daniel Alves que conserva su talento pero que cada año va bajando en su rendimiento físico y ya nunca más pudo concretar aquél 2-1 a su rival de la banda al que desbordaba hasta el fondo auxiliando a Messi.

Ya que estamos en Messi, el genio argentino siempre tiene alguna pincelada pero aún en un año de grandes números y algunas jugadas para el asombro, no apareció mucho en el clásico, bien contenido por Ramos y el lujoso lateral brasileño Marcelo.

Messi, insistimos en esta columna, siempre puede darnos un toque (o varios) genial, como los tres soberbios túneles en una semana, dos al Manchester City y uno al Real Madrid, pero en esa competencia que sólo puede tener con sí mismo, porque es incomparable a todos, tampoco es el que era, y una parte de lo que le ocurre al Barça también pasa por el rosarino, que ya no tiene (o no usa) aquella quinta velocidad de play station y que no suele utilizar más la gambeta desequilibrante y todo se remite a engañar en la posición inicial de ataque, ese estatismo que hace confiar al rival que lo rodea para aparecer en segundos cerca del área.

Este Messi tampoco tiene el mismo porcentaje de aciertos en los tiros libres ni en los penales incluso, pero aún así sigue siendo, lejos, el mejor jugador del mundo, aunque puede tener partidos como los del domingo.

Y si Gerard Piqué no hubiese vuelto al gran nivel como marcador central que tuvo en sus mejores tiempos de Guardiola y en la selección española, acaso el Barcelona tampoco habría resistido los ataques del Real Madrid y en especial, a partir del gran delantero que tienen los blancos, Karim Benzema (de soberbio Mundial en Brasil),  que siempre tuvo que luchar para ganar la consideración de su gente en comparación con Cristiano Ronaldo, Bale, o el muy querido por el Santiago Bernabeu, Isco.

Real Madrid jugó mejor que el Barcelona porque viene jugando mejor desde hace tiempo. Precisamente, desde que el italiano Carlo Ancelotti llegó como director técnico y terminó con la rigidez y los malos humores de José Mourinho, pero otra vez lo mató una circunstancia, que fue el excelente gol de Suárez, un delantero fenomenal que aparece en los grandes acontecimientos.

Desde ese momento, como viene sucediendo con la ciclotimia, el Real Madrid se cayó, como si intuyera que hay un sino fatal para esta temporada y que “no toca”, mientras que al contrario, el Barcelona, de andar inseguro, sin ser nunca un equipo sólido, se fue dando cuenta de que los hados le sonreían y hasta terminó tocando corto (ya con Busquets en el campo) rememorando viejos tiempos, aunque haya sido sólo por un cuarto de hora.


Los hinchas del Barcelona festejaron mucho esta victoria que los puede llevar a la Liga, pero no deberían engañarse. Este equipo no es el que era y muy bien lo resumió Mascherano, con su sabiduría, al borde del campo de juego, acaso recordando el tango “Naranjo en Flor”: “También hay que saber sufrir para ganar”. De eso se trata en esta etapa, tan lejana de aquella magia que alguna vez, no hace tanto tiempo, pudimos disfrutar.

lunes, 23 de marzo de 2015

Suárez definió un clásico para el que menos lo merecía (Yahoo)



Hay jugadores que claramente son para los momentos importantes. Uno de ellos, sin dudas, es el uruguayo Luis Suárez. Tras una larga suspensión, por los conocidos hechos del Mundial de Brasil, regresó jugando para el Barcelona pero parecía que no encontraba su mejor forma, e incluso el sistema táctico del equipo sigue sin favorecerlo demasiado porque no tiene los espacios suficientes.

Sin embargo, no sólo definió el clásico ante Real Madrid, sino que hasta el cambio en el segundo tiempo de Raphael Varane por Pepe se debió a la amenaza que el delantero uruguayo constituía ante un recio defensor que estaba amonestado y corría serios riesgos de irse expulsado.

El Barcelona ganó el partido 2-1 y alargó a cuatro puntos su ventaja sobre el Real Madrid en la recta final de la Liga y todo indica que para los blancos será muy difícil acortarlo. Sin embargo, fueron éstos los que demostraron superioridad en el juego y los que estuvieron en la mayor parte del tiempo más cerca del gol y administraron mucho mejor la pelota.

Es que el Real Madrid es otro cuando todos sus jugadores salen concentrados, están en una buena noche, y cuenta con su equipo de gala, como ocurrió en el Camp Nou.
Sorprendió que tan pronto los blancos pudieran recomponerse luego de un mal mes, y con sólo un partido en ascenso, que fue el anterior por la Liga ante el Levante, pero así son los cracks y ya las presencias de Sergio Ramos atrás y de Luka Modric en el medio, cambian mucho el panorama.

Enfrente, el Barcelona no cambió y fue el mismo de siempre, con lo bueno y lo malo de serlo. Sin un andar sólido, especialmente porque Luis Enrique no cuenta ya casi con un Xavi que debe ser el estratega, el que maneja los hilos, y porque además no contaba de entrada con un Sergio Busquets lesionado y en el banco.

Este Barcelona no tiene una conducción clara porque Rakitic no está para eso sino para acompañar, mientras que este Andrés Iniesta no tiene ni el peso ni la continuidad del pasado y aunque comience bien, al poco tiempo se va desinflando, y si todo el peso ahora reside en el tridente ofensivo, tuvo éxito la estrategia de Carlo Ancelotti de aislar a Lionel Messi entre Ramos y Marcelo, mientras que Neymar sigue peleado con el gol.

Fue un partido intenso, con muchas ocasiones de gol (aunque pocas intervenciones de los porteros, en proporción a las llegadas) y con un hecho que marca un cambio de tendencia de los últimos años: la posesión estuvo a cargo del Real Madrid, y el Barcelona tuvo que correr detrás de la pelota, algo que no sucedía desde hacía años.

Y esto no sólo ocurrió porque el Real Madrid haya ganado la disputa de la pelota sino porque este Barcelona ya no se siente tan cómodo con ella, salvo lapsos en los que, para retener por un triunfo parcial, sus jugadores tocan corto para que el tiempo pase.
Real Madrid también se encontró con una defensa azulgrana que no estaba bien plantada porque en verdad en toda la temporada no lo está en la marca y sólo un muy buen momento de Gerard Piqué ayudó a mostrar cierta firmeza.

En cambio, el Barcelona sí chocó contra una sólida defensa blanca que hasta se dio el gusto de algunas exhibiciones de lujo como las del lateral brasileño Marcelo, con movimientos de auténtico crack.

Pero los goles que perdió el Real Madrid, que no concretó porque el fútbol es impredecible y los palos juegan, y a veces los remates se desvían, los hizo el Barcelona del otro lado porque tiene a Luis Suárez, un jugador acostumbrado a definir los grandes partidos y que en este clásico del Camp Nou pudo demostrar por qué fue fichado como una estrella.

Lo que vendrá es difícil de pronosticar pero parece difícil para el Real Madrid remontar la diferencia. Para conseguirlo, debe apelar más a la memoria de los muy buenos noventa minutos en el Camp Nou, o al menos el gran primer tiempo jugado ante su máximo rival, cuando muy pocos lo imaginaban.

El Barcelona sigue vivo en las tres competencias, mucho más por la genialidad de Messi y a algunos momentos puntuales de algunos de sus cracks, que por su sistema colectivo que sigue en deuda, más aún cuando muchos de sus simpatizantes insisten en que hay una filosofía de juego que no debe cambiarse por nada del mundo.
Sólo cuando ingresa Xavi, al que se le da demasiado poco tiempo, el Barcelona  tiene alguna similitud, algún atisbo, de lo que fue. 


Hoy, Real Madrid, en un buen día, es capaz de brindarnos un espectáculo  espléndido. El Barcelona tiene jugadores que también. Su desafío, más allá de los puntos y los resultados, está en lo colectivo, en tratar de retornar a aquella filosofía que hizo feliz a tanta gente que ama el fútbol en el planeta..

sábado, 21 de marzo de 2015

Un Clásico que puede marcar la temporada



Cada vez que se acerca un Barcelona-Real Madrid, o un Real Madrid-Barcelona, se suele decir, en los últimos años, que se trata del “Partido del siglo”. Hay una necesidad de marketing que es la consecuencia de que los dos colosos de la Liga Española, por poderío económico y futbolístico, aún en un entorno de crisis social y organizativa, se convirtieron en el epicentro, sumado a la enorme rivalidad política que se fue construyendo ante la amenaza constante de la independencia catalana y aún más, alimentado por la tremenda rivalidad individual que los medios y algunas estadísticas forzaron entre Lionel Messi y Cristiano Ronaldo.

¿Este clásico del Camp Nou es definitorio? En principio, no. Porque aún luego del mismo quedará mucha Liga para jugar y matemáticamente no hay tanta diferencia entre uno y otro. De hecho, un empate dejaría la definición del torneo más abierta que en otras oportunidades y el Real Madrid podría irse fortalecido al no caer en campo rival y podría dejar algo tocado al Barcelona, que indudablemente llega al partido como candidato.

¿Por qué es candidato el Barcelona? Porque llega mejor anímica y futbolísticamente que su rival. El Real Madrid fue puntero de la Liga por una rueda entera, pero se fue desinflando entre lesiones, suspensiones y algún problema extra futbolístico de Cristiano Ronaldo, hasta dar con un equipo desganado, tibio,  sin ritmo, soso, con menos presión arriba, menos convicciones y todo eso le fue llegando a la tribuna hasta ir estableciendo una distancia con los protagonistas.

La pérdida del liderato a manos del Barcelona hace dos jornadas y la derrota de 3-4 ante el Schalke 04 en el Santiago Bernabeu iban tirando cada vez más hacia abajo al equipo, pero su entrenador, el italiano Carlo Ancelotti, había diseñado todo un programa para llegar al Camp Nou de la mejor manera y hubo en estos días una esperable reacción desde el juego y la postura con el importantísimo retorno de Sergio Ramos, fundamental en la transmisión de confianza, y de Luka Modric, para darle otra dinámica al mediocampo. Habrá que ver si esto alcanza para jugar en un Camp Nou hostil y que sabe que un triunfo azulgrana aleja a los suyos del alcance de su perseguidor.

¿Lleva mucha ventaja el Barcelona? No tanta como se cree. Sí llega mejor, sin dudas, con un Lionel Messi con algunos momentos brillantes, deslumbrantes, y con tranquilidad para definir con una eficacia tremenda, aunque, insistimos, no es el Messi de 2012. Aquél tenía otra velocidad, regate (que ahora casi no utiliza) y era casi infalible en los libres directos, muy a diferencia de hoy.

Pero sí es un gran Messi, de todos modos, capaz de definir los partidos en cualquier momento y se sabe que está lo suficientemente motivado y que tener al Real Madrid enfrente le da un plus a su rendimiento.

Seguimos creyendo que aunque los triunfos mejoran en lo anímico y fortalecen y dan seguridad a los equipos, este Barcelona no tiene el andar de aquél de 2012 y varios de sus jugadores no son lo que eran. No sólo Messi, sino tampoco Andrés Iniesta (quien conserva, claro, su excelsa técnica, pero participa mucho menos del juego decisivo), y mucho menos Xavi Hernández, a quien el entrenador Luis Enrique Martínez le va quitando paulatinamente el protagonismo en el equipo, hasta depositarlo, casi seguramente en julio, en otra liga menor para ir dando los últimos pasos de su carrera.

Lo cierto es que el punto clave del Barça se trasladó del mágico toque del medio hacia el tridente de ataque, el tío del Mercosur, con un Messi recostado a la derecha aunque con libertad para retrasarse por el medio a buscar el balón o sumarse por “sorpresa” (porque todos saben que lo hará pero nadie logra adelantársele en el campo) en los últimos metros para definir o ayudar a otros a que lo hagan.

Lo acompañan Neymar, algo peleado con el gol en los últimos partidos, y al contrario, el uruguayo Luis Suárez que recién ahora parece irle tomando la mano al juego y al esquema, aunque necesita de mayores espacios para moverse y ser el que brilló en el Liverpool o lo hace en la selección uruguaya.

Daniel Alves alterna buenas con malas, Gerard Piqué y Javier Mascherano dan seguridad a la zona e Iván Rakitic parece retomar su nivel del Sevilla aunque nunca será Xavi, el que mueve los hilos del equipo, el del pase justo o el manejador de los tiempos. Ese lugar parece vacío hoy, y el Barcelona juega a otra cosa, a veces muy buena, otras, no tanto, pero ya no es aquél que deslumbraba sino otro capaz de ofrecer buenos espectáculos que llegan a un clímax en determinados movimientos del genio, Messi.

¿Cuánto influye lo anímico? Mucho. Cada vez más, en el fútbol. Los dos vienen de clasificarse a cuartos de final en la Champions y los dos saben que les tocarán rivales duros en la fase siguiente, tal vez algo peor el Real Madrid aunque en un nivel parejo, y los catalanes remontaron las posiciones en la Liga y acaban de eliminar al Manchester City en un gran partido, apenas cuatro días atrás y en el mismo escenario. No es poco como para llegar a una gala con el mejor vestuario.

Los blancos no llegan tan bien, aunque ya mejorados de aquellos insulsos partidos de Liga y de su muy mala imagen ante el Sckalke. Pero es un clásico.

Y en los Clásicos, es muy difícil basarse en la lógica. Por suerte es fútbol, dinámica de lo impensado, como diría Dante Panzeri. Y esa picazón que sentimos todos los que amamos este deporte cuando está por comenzar el partido, es lo mejor que nos puede pasar.


¿Puede marcar la temporada este Clásico? Claro que sí, pero sólo si alguno de los dos triunfa de modo contundente, porque seguramente desatará una mini crisis (o algo más) en el otro. En el resto de los casos, habrá que esperar más tiempo hasta la definición.