lunes, 21 de mayo de 2018

Una lista que apunta a la polifuncionalidad y sin gran atractivo (Jornada Online)





Los aficionados del fútbol de todo el mundo conocen, por fin, la lista definitiva de 23 jugadores de la selección argentina que irán al Mundial de Rusia y que comenzarán a trabajar desde ahora mismo en el predio de Ezeiza, y no se puede decir que al recitar los nombres, salvo el de Lionel Messi, la piel de nadie se vaya a erizar.

Todo lo contrario: no hubo grandes sorpresas y las escasas que aparecieron a último momento son una mezcla de cierta lógica (como en el caso del arquero Franco Armani, de grandes rendimientos en River Plate), como de algunas dudas en el caso de Cristian Ansaldi (seguramente el menos esperado) o en el de Maximiliano Meza.

Claramente, esta selección argentina tiene como punto fuerte el ataque, aún sin que Mauro Icardi tenga un lugar pese a haber finalizado la temporada como uno de los dos máximos goleadores de la Serie A italiana y otra vez, como en los tres casos anteriores, con el director técnico confiando en Gonzalo Higuaín pese a que éste sigue sin tener fortuna con la camiseta celeste y blanca pese a su formidable carrera europea.

Como en la mayoría de las selecciones que son potencias futbolísticas, caso España, Brasil o Alemania, el equipo argentino se mantuvo en el parámetro de la cantidad de jugadores que se mantuvieron desde el pasado Mundial de Brasil, hace cuatro años. En este caso son ocho (Sergio Romero, Marcos Rojo, Javier Mascherano, Lucas Biglia, Angel Di María, Lionel Messi, Sergio Agüero y Gonzalo Higuaín), prácticamente un tercio del total, y de ellos, tanto el arquero como el defensor, del mismo equipo (Manchester United) no han tenido continuidad en estos años, mientras que un tercero, Mascherano, perdió el puesto en el Barcelona, se fue a jugar a la mucho menos competitiva liga china, y pasó de volante a defensor y de defensor a volante.

Si sumamos a este panorama que Biglia debe andar entre algodones por su lesión vertebral, llegaremos a la conclusión de que apenas los cuatro de arriba llegan en un buen nivel de expectativas, en tanto que Sampaoli ha insistido, en el medio, con jugadores para la salida como Giovani Lo Celso o Ever Banega (éste último había sido descartado por Alejandro Sabella justamente cuando entregó la anterior lista de 23) que por ahora no han rendido en el equipo nacional.

Los dos problemas más serios que entonces se le presentan a la selección argentina, ahora más nítidamente desde que se conoce la lista definitiva de los jugadores que irán al Mundial pasa por una defensa de escasas garantías por los laterales, poco recambio en los centrales (fuera de los titulares Nicolás Otamendi y Federico Fazio aparecen un inactivo Rojo, un lento Mascherano y un Nicolás Tagliafico ahora otra vez reconvertido en lateral en el Ajax), y grandes dudas en la fuerza del medio por el lado de Banega y Lo Celso, con lo cual la gran duda es cómo llega la pelota a los que saben para que estos definan.

Desde el punto de vista táctico, todo indica que desde el medio hacia atrás, la gran preocupación de Sampaoli, el eje será la polifuncionalidad y en este eje es que fueron elegidos esos jugadores y no otros. Esto implica que probablemente en Rusia, veremos una selección argentina que no será la misma de un partido al siguiente, y acaso tampoco tendrá la misma disposición en distintos pasajes de un mismo cotejo.

Esto significa que si por ejemplo la selección argentina pueda partir con dos laterales-volantes como por ejemplo Gabriel Mercado y Marcos Acuña pensando en atacar a un rival en un esquema que podría  partir con tres defensores más fijos, ante otro de mayor calibre se incline más por una línea con dos laterales puros que compongan una línea de cuatro mucho más clara.

Una de las claves, entonces, será la salida. ¿Estos son los jugadores más aptos que tiene Argentina para salir con pelota dominada? ¿Es Lo Celso un jugador para participar del juego tan retrasado, cuando no pareció que se sentía cómodo en el Real Madrid-PSG de la Champions League en el Santiago Bernabeu, que fue lo más parecido a un escenario mundialista? ¿Resistirá Banega, con su físico endeble, la presión alta que pueda ejercerle un rival físicamente potente, cuando varios de los goles que padeció el Sevilla en el final de la Liga vinieron por sus fallas en ese espacio?

Del medio para arriba, en cambio, hay poco por decir y la elección de los acompañantes de Messi y compañía es, como todo, subjetiva. Meza conformó en la gira por Europa y tiene buenas condiciones, y Manuel Lanzini hizo una muy buena temporada en el West Ham. Cristian Pavón se fue superando y terminó la temporada en Boca Juniors mucho mejor de como la comenzó, más allá de que tuvo continuidad, pero la sensación es que faltaron jugadores desequilibrantes desde la habilidad, como Ricardo Centurión o Angel Correa, capaces de gambetear en el uno contra uno, un recurso casi perdido en el fútbol argentino. También faltó un puntero más. Sólo Di María cumple cada tanto esa función, pero bien pudieron estar Diego Perotti o el propio Centurión. El fútbol argentino sigue sin aprovechar del todo sus posibilidades.

En cuanto al arco, si bien la convocatoria de Armani parece justa por sus últimos rendimientos, al mismo tiempo es poco clara la salida de Nahuel Guzmán, que no se pudo mostrar en los amistosos y al que casi no se tiene acceso desde el fútbol mexicano, pero que ya formaba parte de este plantel y se había adaptado al mismo.
Romero sigue generando inquietud por la falta de partidos, aunque ya ha demostrado que puede rendir pese a eso, mientras que Willy Caballero se ganó un lugar por mantener su categoría durante años en los mejores equipos de la Premier League y por más que esta temporada fue suplente de Thibaut Courtois en el Chelsea, tuvo chances de jugar varios partidos y respondió.

Finalmente, como en tantas otras oportunidades, la lista de 23 jugadores vuelve a demostrar una alarmante carencia de proyecto. No se nota, si es que lo hubo, ningún intento de generar una idea de continuidad pensando en los Mundiales siguientes, teniendo en cuenta que varios de los actuales jugadores, por edad, acaban su periplo con el equipo nacional en este Mundial.

Hasta en tiempos confusos como en Alemania 1974, un joven Ubaldo Fillol fue el tercer arquero por detrás de los experimentados Daniel Carnevali y Miguel Angel Santoro, y también fueron convocados un tal René Houseman y un tal Mario Kempes. En España 1982, el tercer arquero era Nery Pumpido, y con César Menotti de director técnico, para luego ser campeón mundial con Carlos Bilardo.

Pero esta convocatoria deja en claro que en juveniles, todo se rompió tras el Mundial sub 20 de Canadá en 2007, cuando la selección argentina ganó su último título. Pasó más de una década, no hubo proyecto, y ahora hay lo que puede haber. Es una selección con lo que se pudo, y se nota.


domingo, 20 de mayo de 2018

El final de una generación de referentes (Yahoo)





Fue un final de Liga española muy especial, y muy extraña. Sij casi nada en juego, como pocas veces ocurre, con el campeón decidido varias ornadas antes, con todos los clasificados a las copas europeas, y los descendidos a Segunda, la ocasión fue propicia para algunas despedidas que dejaron una marca muy importante en los aficionados, y no solo los de sus clubes sino para todos los amantes del fútbol en general.

El principal hecho, por lo que significa para el fútbol español (algunos hasta lo consideran el mejor jugador de la historia nacido en tierras ibéricas) y el mundial, ha sido la despedida del Fútbol Club Barcelona de Andrés Iniesta, a sus 34 años, y tras 22 años en la entidad, con 32 títulos, un comportamiento ejemplar (nunca fue expulsado) y una ética poco común pero además, con un estilo elegante, preciso, de gran riqueza técnica que lo hacen inigualable.

Iniesta ha decidido por su propia voluntad alejarse del Barcelona para terminar su carrera seguramente en el fútbol japonés, y plantea un desafío para el Barcelona de ahora en más debido a que su tipo de juego, al espacio y milimétrico, de pausa y creatividad, no es fácil de encontrar ni en su país ni en ninguna otra parte.

El Barcelona, previendo su salida, fichó al brasileño Philippe Coutinho, de excelente remate de media distancia aunque se trata mucho más de un delantero que de un armador de juego, y con la anterior salida de Xavi Hernández en 2015 y la de Iniesta ahora, se queda sin ese jugador que fue fundamental para llevar a cabo un sistema que deslumbró al undo pero que ahora no parece tener un sucesor, lo que no significa que el equipo vaya a perder poder de fuego en ataque o solidez defensiva, pero faltará esa magia en la creación, salvo que a partir de la próxima temporada, Lionel Messi, su nuevo capitán, haga esta tarea y se recueste unos metros más atrás, aunque tal vez esto le haga perder llegada.

En el mismo Camp Nou en el que se despidió Iniesta del Barcelona, en un espectáculo conmovedor, también se produjo el retiro, esta vez de la práctica del fútbol, de un gran jugador como lo fue Xabi Prieto, en la Real Sociedad, quien, con justicia, recibió una cerrada ovación del Camp Nou.

Apenas horas antes, en el Wanda Metropolitano del Atlético Madrid se despedía del equipo otro símbolo, “El Niño” Fernando Torres, quien efectivamente comenzó demasiado joven en el club, en tiempos mucho más complicados que el sólido de la actualidad, justo cuando acaba de ganar en Lyon una nueva Europa League, la tercera en los últimos nueve años, mientras que gracias al empate del Real Madrid ante el Villarreal, se aseguró el subcampeonato por encima de los blancos.

Torres, al igual que Iniesta con el Barcelona, siempre se identificó con el Atlético y no sólo así se lo hizo saber su público en el estadio, sino que apareció muy emocionado en los festejos de la copa europea en la fuente de Neptuno, con los hinchas, y con un discurso muy sentido, al borde de las lágrimas.

Torres había debido marcharse a la Premier League debido a que el Atlético, en aquel momento, necesitaba de un gran ingreso, pero se juramentó volver y lo hizo en una época dorada, si bien siempre había manifestado que el día que sintiera que no contaba mucho para el entrenador, no seguiría, y es lo que ocurrió en esta temporada con Diego Simeone, quien no contó demasiado con  su aporte.

También en el Leganés se produjo el adiós como jugador del capitán y símbolo del equipo, el argentino Martín Mantovani, quien era el único que quedaba del plantel que logró dos ascensos desde segunda B a la Primera división, al igual que el entrenador Asier Garitano.

Si sumamos el caso de Gianluiggi Buffon en la Juventus, puede decirse que en este pasado fin de semana comenzó a terminarse una etapa de jugadores muy identificados con sus clubes, en tiempos en los que muchos se tientan con cambiar de aires por excesivas ofertas de mercado, cuando parecían estar vinculados a sus entidades anteriores.

En este sentido, hay dos jugadores ligados a la Liga Española, que parecen la contracara de los casos que enumeramos en esta columna: el brasileño Neymar, quien coquetea con el Real Madrid luego de haber sido fichado por el Barcelona en una operación con tintes mediáticos, ha desatado distintas reacciones y no es casual que Lionel Messi, otro que siempre se puso la camiseta del Barcelona, haya declarado que “sería terrible” ver a Neymar vestido de blanco.

A Neymar se le suma el francés Antoine Griezmann, autor de dos deliciosos goles en la final de la Europa League en Lyon para el Atlético Madrid ante el Olympique de Marsella, pero que, todo indica, tendría todo arreglado para jugar en el Barcelona en la próxima temporada. El Atlético Madrid trata por todos los medios de convencerlo pero no parece fácil, y ni los títulos conseguidos bajo la conducción de Diego Simeone, ni el clima casi familiar de su actual club han logrado modificar su probable decisión de cambiar de aire.

Todo indica entonces que la generación anterior, con jugadores que por años vistieron la misma camiseta y no se plantearon otra, al menos para competir con sus antiguos clubes, va dejando lugar a una nueva con otra concepción de las cosas.




jueves, 17 de mayo de 2018

Un método (Un cuento de Marcelo Wío)





Casi toda su vida creyó que sólo los contratiempos construyen carácter; que sólo éstos desarrollan habilidad – o, como decía él, “mutación” -. Quizás porque su propia vida podía narrarse como una inmisericorde secuencia de reveses, y pretendía pensarse por encima de esas circunstancias tacañas, sañudas, y no su víctima predilecta, fácil. O tal vez porque  realmente creía en la adversidad como única fuerza motriz para la transformación vital, para la perfección de las propias capacidades.

Quizás, sólo era su manera de justificar el curso de las acciones de las que pretendía desentenderse; su manera de otorgarse una impunidad: el devenir lo llevaba, y el, como mucho, acataba. A saber qué misterios terminan por gobernar aquello que reconocemos como conciencia, como voluntad.

Como fuere, aquella fe fue la que hizo que su metodología de entrenamiento futbolístico difiriera tan drásticamente de las de la época. Estaba convencido de que esos métodos no eran más que meras pachangas, inanes jaranas que debilitaban el carácter y el físico del jugador. “El entrenamiento no es un espacio para la risa, para la broma imbécil, que tanto se ve por todas partes, como si fueran encuentros de amiguitos lerdos; no señor, es un lugar para endurecer la mente y el espíritu, para fortalecer el cuerpo. El sitio para el disfrute, para la distensión es el domingo en el campo de juego”. El partido, efectivamente, era para él una tregua que se le concedía al jugador.

Alejado de la ortodoxia de aquel tiempo – y de la de este y de los venideros, podría aventurarse sin temor a pifiarle por mucho -, sometía a sus pupilos a unos entrenamientos, digamos, rígidos. O muy rígidos. Incluso, atroces. Llevados a cabo en terrenos de un césped reseco, irregular, bacheado, sembrado de pedruscos ladinos, trozos de vidrio, hojas de afeitar, charcos purulentos, etc. 

Enormes campos, de unos 400 por 200 metros, cuyos espacios los jugadores debían cubrir como si se tratara de un campo de medidas reglamentarias, so pena de recibir en la espalda la cantidad de “entre 5 y 30 fustazos según la infracción” – según cuentan, tenía codificadas hasta ciento diecisiete “faltas” -. O canchas de hielo de 30 por 30 metros, donde los veintidós debían elaborar regates y breves carreras explosivas. O campos de juego de arena ubicados en empinadas laderas. Incluso hacía jugar a sus  dirigidos en canchas enrejadas, entre feroces perros de pelea. Y los balones eran pelotas de madera maciza revestidas de recio cuero, o amasijos de retazos de telas y cordeles que apenas si mantenían una  forma levemente esférica. A veces, refieren, tenía a los suyos corriendo durante un par de días sobre esa arena de granos gruesos que parece que le disminuyera a uno la estatura de tanta acción lijadora.

Siempre llevó a cabo su labor en pequeños equipos regionales. De esos que flotan al fondo de la tabla de clasificación únicamente porque por debajo no hay más categorías a las que caer. Cuentan que los jugadores llegaban al domingo exhaustos, destrozados, cuando no directamente malheridos, o severamente afectados psicológicamente. Evidentemente, no eran rival para nadie.

Anduvo arruinando jugadores por las ligas regionales del extenso sur del país durante años. A saber si no habrá truncado a algún Di Stéfano o algún Perfumo. Llegaba a los pueblos, se dice, con esa seguridad que se les supone a los que saben, a los que han visto mucho, a los que tienen un pacto con el triunfo, el favor de la fortuna. La mirada como si no la tuviera en el presente, sino en el festejo inexorable al final de la temporada. Decía unas ideas que embriagaban a las gentes sencillas de esa geografía que aún parece un descuido de Dios, como si la pintura se le hubiese salido del dibujo que coloreaba. Así caían los directivos de esos clubes chicos, de amigos y vecinos. Eventualmente veían que algo no funcionaba, pero él les decía que el asunto llevaba su tiempo, lógicamente, que tenían que acostumbrarse a sus planteamientos.

 Y para cuando ya se daban cuenta de que aquello era una macana mayúscula, la liga estaba muy avanzada como para andar buscando técnicos, que por lo demás, allí, precisamente, no abundaban – los conocidos eran pocos, y los otros, solían llegar a finales de temporada de la liga nacional (fracasos, descartes; pequeñas migraciones laborales de la ciudad al campo), y no todos los años, para irse luego de una o dos campañas con la esperanza de volver a dirigir en primera. La mayoría de estos se encontraban, con suerte, con el olvido. De éstos, algunos volvían al sur – también por olvido, o porque creían que debían expiar alguna culpa, o tentados por la autocompasión -; otros, los más, se iban al norte, donde el clima es más cálido, y las tentaciones más numerosas y variadas.

Por fortuna - esas cosas que tiene el destino, que a veces se digna en enderezar los desaguisados de la estocástica -, un sargento primero del regimiento Nº 5 de Infantería se enteró de sus métodos y terminó convenciéndolo para entrenar a los nuevos conscriptos. La idea del militar no estaba relacionada con un interés castrense, con un fervor patrio. Andaba envuelto en una conspiración que no terminaba de entender –  mas, estaba convencido de que vendría a asignarle una consideración y una posición que creía que le correspondían por un privilegio que no llegaba a discernir del todo, pero que podía sentir como una inquietud física, como un cosquilleo inguinal - , y que esperaba de él una tarea de espionaje y debilitamiento en el seno militar.

Pero, tan bueno resultó el sistema aplicado al encallecimiento del coraje y de las vocaciones violentas, que pronto estuvo adiestrando tropas a lo largo y ancho del país. Fue el padre de lo que hoy en día se conocen como fuerzas especiales. Poco más puede decirse, pues aún restan siete años para que se desclasifiquen los documentos sobre el aludido. Hasta entonces, su nombre debe permanecer en el anonimato (las penas por incumplirlo son onerosas – acaso, no tanto como esa lista con ciento diecisiete “faltas” que decían que llevaba en el bolsillo derecho de su camisa a cuadros marrones y beige).

El sargento primero, arrastrado por semejante éxito, ascendió rápidamente, hasta alcanzar finalmente el rango de General. De más está decir que mucho antes de alcanzar este escalafón, abandonó la conspiración que evidentemente ya no le servía y que no tuvo ningún inconveniente en olvidar – aunque en ciertos momentos de debilidad etílica la recordaba levemente, y temía haberla imaginado; entonces un temblor en el cuerpo como de funesto presagio lo obligaba a beber hasta caer noqueado.

Quizás, comentó un hombre que entonces regentaba el bar de uno de los clubes en los que dirigió el referido, si hubiese morigerado lo que sus dirigidos denominaban, no sin cierto acierto, sadismo, su método hubiese sido útil – siendo complementario del tradicional y acorde a los derechos humanos más básicos, claro está. Pero eso son sólo suposiciones, esos jueguitos que hacemos los que ya les conocemos todas las mañanas a las horas.


“Cholo” Simeone: símbolo del Atlético y de la Selección que sólo concibe ganar y que cree que hay que jugar “con el cuchillo entre los dientes” (Infobae)




“Se murió, Argentina, se murió”, gritaban a ambos costados de la fila india que llegaba para realizar los trámites en el aeropuerto Ernesto Cortissoz de Barranquilla. La delegación de la selección argentina y algunos periodistas enviados especiales regresaban tras la primera caída del equipo nacional que dirigía Alfio Basile, ante Colombia, luego de 33 partidos invicto, por la clasificación para el Mundial 1994, y los ánimos estaban caldeados.

En la escala de Bogotá, alguien volvió a burlarse de la selección argentina y Diego Pablo Simeone, en aquel momento con 23 años, y temperamental como siempre fue, no pudo aguantar y quiso irse a las manos. Este cronista y Leo Rodríguez intercedieron y lo fueron calmando en el vuelo a Buenos Aires.

Simeone (28-4-1970) siempre fue así, un cabeza dura, como él mismo se suele autodefinir, y cree que se debe a la crianza de sus primeros doce años de vida –hasta que su madre dejó de trabajar- con su abuela de origen italiano, nacida en un pueblito cercano a Nápoles llamado Garófali, y que solía repetir términos como “Mamma mía” o “Mannaggia”, que fue la que le transmitió un orden y un carácter fuerte.

Simeone caracteriza a sus familiares como “contestatarios, rebeldes e inquietos, siempre tratando de resolver situaciones, y en movimiento, de personalidad fuerte”. “Había que poner la mesa y ordenar los juguetes luego de jugar en el único lugar permitido, el piso, pero esas situaciones menores van construyendo la personalidad”.
No recuerda nada sin una pelota, al punto de que cuando le regalaron un fuerte con indios y soldados, los dividió en dos equipos de once jugadores.

Además de jugar en el colegio, lo hizo en el club Villa Malcolm, en la avenida Córdoba, de Buenos Aires. “Entre mis 8 y mis 9 años elegí la posición neurálgica de 5, y eso me dio la posibilidad de intuir que se trataba de un deporte de ataque y de defensa”, recuerda.

Jugaba al Baby fútbol en el Estrella de Oro, con 9 años, y ensayaban jugadas de estrategia. “Desde muy chico intuí que jugar al fútbol consistía en que en esos minutos que se juega sin pelota, hay que ocupar bien los espacios, entonces, el juego del que todos nos enamoramos por la pelota, es sin la pelota”, aunque su ídolo de chico era Paulo Roberto Falcao, de la Roma, “un tipo elegante y con mucho juego” o José Berta, pero más que nada porque jugaba de 5 en Racing, club del que siempre fue hincha.

Todo fue muy vertiginoso en su vida. A los 17 años ya había debutado en Primera, y a los 18, en la selección nacional. Tanto es así que con 14 años estaba en la Octava de Vélez Sársfield, en un entrenamiento contra una categoría mayor, y Victorio Spinetto, que tenía 70 años y el mismo que lo bautizó como “Cholo” porque también había tenido al marcador de punta Carmelo en los años sesenta, al que apodaban así, lo llamó un día, le preguntó la edad, y le dijo: “en dos años, usted está jugando en Primera”, y acertó.

Simeone siempre se consideró “un volante de llegada, no defensivo” y que siempre fue “tremendamente competitivo”  al punto de no hablarle al compañero que venía a competir por el mismo puesto, y se enojaba con sus amigos si le dirigían la palabra.

“En la competencia, hay que ser más fuerte que el otro. En Primera, la línea entre titulares y suplentes no es tan grande. Gana el que es más fuerte mentalmente, el que tiene más personalidad, aunque sea algo menos técnicamente. La primera materia de un futbolista es la personalidad, porque talento tienen todos. No todo es jugar bien. Si no, muchos de los que juegan en las plazas o los barrios llegarían a Primera. La diferencia con el futbolista profesional es que éste logra sostener los diferentes momentos críticos que tiene el fútbol”, sostiene Simeone, quien utiliza mucho en sus discursos la palabra “supervivencia”.

A los 12 años era alcanza pelotas en Vélez y el árbitro lo expulsó en un partido de Primera contra Boca. Gatti cortó un avance como marcador central, quedó lejos de su arco, tiró la pelota lejos, al lateral, y él se la pasó rápido a Mario Vanemerak para que sacara partido de la situación. El árbitro paró la jugada y lo echó. “A los 12 años yo ya no estaba alcanzando pelotas sino jugando al fútbol. El partido estaba 1-1 y tal vez Vanemerak pudo haberlo definido con mi “jugada”, rememora.

Esos genes parecían venir desde muy temprana edad: “Cuando jugábamos con mi hermana Natalia a Titanes en el Ring, yo quería ser Martín Karadagián, el campeón del mundo, el dueño del circo, cuando todos los chicos querían ser La Momia o Caballero Rojo”.

Aquellos preceptos de “jugar al espacio”, ganar y tener temperamento, serían vitales en su carrera. El primero de ellos aparecería en su primer gol profesional ante Deportivo Español: “El Turco García vino gambeteando desde la derecha hacia el medio y el equipo salió. Yo rompí el offside y pasé de 5 a 9, él metió la pelota en el espacio y cuando salió Catalano lo gambeteé para afuera y le pegué de zurda”.

Los asuntos relacionados con el carácter, siempre fueron claros para él, al punto de que en su debut ante Gimnasia, en la Plata (13-9-87), cuando Vélez perdió 2-1,  cuando tuvo que reemplazar a Claudio Cabrera y marcar a Charly Carrió, “no sentí nada. Para mí, no había nadie en las tribunas. Lo único que quería era anular al tipo y demostrar que estaba para jugar en Primera”.

En uno de sus primeros partidos con Vélez lo echaron ante Newell’s Old Boys en Rosario cuando quiso hacerlo entrar a Gerardo Martino en un choque, y reaccionó, Ricardo Calabria echó al Tata y a él lo amonestó pero en la jugada siguiente se tiró a los pies de un rival y Calabria le sacó la tarjeta roja. Le pidió que no lo expulsara porque iba a perder el puesto, pero el árbitro no le hizo caso. Lo echaron ocho veces en toda su carrera, pero nunca en los últimos 9 años de futbolista. Y como DT sostiene que “siempre invito a mis jugadores a tratar de jugar sin amarillas”, y en los primeros 4 años en el Atlético Madrid no llegó a los 10 expulsados.

Sin embargo. Simeone estuvo siempre rodeado de cuestiones relacionadas con meter fuerte, como aquellos tapones contra la pierna sangrante de Julen Guerrero del Athletic de Bilbao, o cuando hizo reaccionar a Romario, que fue expulsado por darle un puñetazo en un Sevilla-Barcelona, o, la de mayor repercusión, cuando exageró una caída en un roce ante David Beckham en el Argentina-Inglaterra del Mundial de Francia 1998.

 “Yo cometo una infracción normal, sin violencia, y entonces intuyo algo, me dejo caer y me quedo un tiempo tirado. Eso es lo que provoca a él porque el contacto irrita. Evidentemente saqué partido de la situación porque estaba concentrado en un tipo de incidente que parece insignificante pero por el que se puede ganar o perder un partido. Sin embargo, en ningún momento fui deshonesto o violento”, sostuvo en su momento, con estas polémicas declaraciones, a las que sumó otra: “Yo aprendí a jugar al filo del reglamento y a leer la característica del árbitro que dirigía cada partido”.

De todos modos, Simeone se resiste a que lo llamen líder. “No hay competencia para liderar. Al líder lo eligen los que lo rodean. Hay escuelas de liderazgo y gente que lo estudia, pero si no es un liderazgo natural, se nota, y yo no le tenía miedo a nada. Para llegar a un lugar determinado en cualquier faceta de la vida, no hay que tener miedo y prepararse para lo que se planteó como objetivo y yo siempre supe lo que quería, hasta por detalles”.

Lo define con un ejemplo claro: “Entrar en el túnel que conduce a la cancha es uno de los mejores momentos del fútbol. Es como un viaje al futuro. Siempre digo que puede explotar una bomba a 100 metros que yo no la escucho. Algunos suelen hacer chistes. Yo no, estoy concentrado. Para mí, el partido era una guerra y tenía que matar al rival, ambas palabras, claro, en sentido figurado. La del futbolista no es una inteligencia clásica. No se cuenta con mucho tiempo para pensar. Yo la entiendo como una inteligencia física, biológica, de supervivencia”.

A los 20 años emigró al Pisa en tiempos de sólo tres extranjeros por equipo europeo y tras desechar al Verona antes. Estaba de pretemporada con Vélez, parando en casa de una tía, sus padres de vacaciones y le dieron una hora para pensarlo. “Estaba solo en una oficina y me dije “me voy”. Fue un martes y el domingo estaba viajando, y el lunes, entrenándome. Cuando se enteraron mis padres, se sorprendieron. Llegaba a un mundo distinto en aquellas ligas italianas de oro, y en el primer año ganó la Copa Italia y hasta enfrentó a Maradona con el Nápoli. “Me saludó antes del partido y me insultó en la cancha por una falta que le hice”.

Maradona no sólo sería compañero suyo desde 1992, cuando Carlos Bilardo, que ya lo tenía en la selección argentina desde hacía cuatro años. Lo convocó para el Sevilla, sino que ambos estarían al borde de la rescisión de contrato y del escándalo cuando se llegaron a enfrentar duramente al presidente del club, Luis Cuervas, para jugar en el equipo argentino que dirigía Alfio Basile. “En una oportunidad, jugamos contra Brasil, volvimos a España en avión, de allí nos alquilamos un coche a Logroño, donde teníamos que jugar por la Liga, dormimos cuatro horas, jugamos, y la Selección jugaba en Mar del Plata ante Dinamarca por la Copa Artemio Franchi y Maradona me dijo ‘yo voy a volver a Argentina, no sé vos’. Los dos quisimos regresar al coche pero el presidente del Sevilla nos lo había quitado, nos tomamos un taxi hasta el aeropuerto, luego un micro a Mar del Plata que se nos quedó y nos arreglamos para llegar y jugar igual”.

Para Simeone, la Selección, en la que jugó entre los 16 y los 32 años desde 1988, no fue nunca un esfuerzo, sino lo más preciado, aunque no pudo ganar la Copa del Mundo aunque sí dos Copas América: “Yo iba en el avión y pensaba que era King Kong. Nunca estaba cansado porque la motivación me alejaba del agotamiento y las dificultades. Para mí, cada convocatoria era la vida”.

A fines de 2001, jugando para Lazio ante el PSV Eindhoven, se lesionó el menisco y el ligamento cruzado y parecía que se perdía el Mundial de Japón-Corea 2002, pero llegó,  Pudo haber estado, muy joven, en Italia 1990 y de hecho formó parte de aquel equipo con los campeones del mundo de 1986, pero Bilardo lo dejó afuera sobre el final, aunque estuvo en Estados Unidos 1994 (“después del palo del doping de Maradona, jugamos un gran partido ante Rumania pero perdimos”), y en Francia 1998 (“La prensa me mató con aquello del comunicado después de las versiones de lo de Verón”).  Y en las dos Copas América ganadas con Basile tuvo enorme participación. 

En 1991, un gol suyo ante Colombia le dio el título, y en 1993, de un rápido lateral suyo llegó el gol de Gabriel Batistuta ante México. También fue medalla plateada en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, cuando tuvo sus idas y vueltas con el DT Daniel Passarella.

Tras dos años en el Sevilla, el segundo de ellos con una figura emblemática como Luis Aragonés, con quien simpatizó pronto, pasó a un Atlético Madrid que peleaba por no descender, aunque al comenzar la temporada siguiente llegaron jugadores como el arquero José Francisco Molina, el delantero búlgaro Luboslav Penev y consiguieron el Doblete (Liga y Copa del Rey), postergando al Real Madrid y al Barcelona, y es cuando se gestó la idolatría de la hinchada rojiblanca, que propiciaría dos reencuentros. En el Atlético 95-96 del Doblete. “Yo llegaba por la izquierda porque nuestro juego se desarrollaba por la derecha, y así marqué 12 goles”.

De allí al Inter, donde coincidió en dos temporadas con el brasileño Ronaldo, ganó la Copa UEFA y perdió la Liga en la última fecha tras un escándalo en el que su club se quejó por ayudas arbitrales a la Juventus. Quería quedarse en Milán pero la poderosa Lazio de la épica, que venía de perder la Liga en el final, le vendió al Inter a Christian Vieri y Simeone fue como parte de pago y se quedó cuatro años y ganó la Liga, la Supercopoa de Italia y de Europa en un equipo con muchas figuras (Nedved, Boksic, Verón, Salas, Nesta), dirigido por el sueco Sven Göran Erickson.

La segunda Liga italiana de su historia (la anterior, 26 años atrás) la ganó la Lazio con una remontada que parecía única. Llegó a la última fecha por debajo de la Juventus, que jugaba en Peruggia. Lazio acabó ganando 1-0 el primer tiempo ante Udinese y en el otro partido estaban empatando cuando una lluvia torrencial obligó a parar ese partido, mientras la Lazio ganó el suyo. Los nervios le hicieron perder a los de Turín, que perdieron 1-0. Lazio había estado seis puntos abajo pero llegó a quedar a tres cuando ganó el duelo directo gracias a un gol de Simeone.

Simeone vivió otra remontada increíble en 2006 pero ya como director técnico de Estudiantes, cuando estaba a cuatro puntos del Boca bicampeón en el Apertura 2006. “Quedaban dos fechas, Boca perdió en Córdoba, nosotros remontamos a Argentinos Juniors de 0-1 a 2-1 y en el descuento nos empató Gonzalo Choy. Nuestro vestuario estaba muerto y entonces pregunté a mis jugadores si no hubieran querido llegar a la última fecha con chances de campeonato y dije a la gente que quien no crea que vamos a salir campeones que no venga a la cancha. Se creó una energía especial, y llegamos a la final con Boca y la ganamos y desde 1967 que Estudiantes no ganaba un torneo local”.

El final de su carrera como jugador lo encontró como líbero en su reencuentro con el Atlético Madrid, para regresar a retirarse al club de sus amores, Racing, en 2005. “Cuando salí del Atlético en la segunda etapa intuí que el DT dejaba de tenerme en cuenta, pero yo me sentía bien y de hecho, jugué un año y medio más en la Argentina. Pero sospechaba que tenerme era un problema para el DT y para el equipo. Entonces, tomé la decisión de irme pensando en que quería volver al Atlético Madrid algún día. 

Y para volver al lugar que uno quiere, hay que partir de la mejor manera. Cuesta saber irse. Pero es una determinación que hay que tomar en el momento justo”.
Dice que una de las peores situaciones las vivió como DT de Racing porque un jueves era jugador y el domingo estaba dirigiendo y que al sexto partido se jugaban el descenso y los hizo concentrar en un hotel hasta que salieran de la situación “porque hay que sufrir y nadie nos va a venir a rescatar, hay que nadar”. El siente el trabajo en Racing como un fracaso, pero su hermana Natalia (su representante) le dice que debe tomarlo como un  aprendizaje. Para pasar de jugador a DT de Racing no hubo transición “como cuando pasé de Vélez al Pisa”.

Es el día de hoy que sigue considerando que en Racing “me jugué mi futuro como DT”. Empezaron perdiendo 2-0 el clásico de Avellaneda con 2 goles del Kun Agüero y perdieron 3-0 con Olimpo y 3-0 con Estudiantes “pero yo estaba convencidísimo de sacar a al equipo de esa situación”. Encima se fueron dos jugadores de peso como Rubén Capria y Claudio Úbeda, pero terminaron jugando con tres pibes, Matías Sánchez, Diego Menghi y Juan Manuel Chaco Torres, “a los que les transmitimos el sentimiento de identidad” y ganó 4 partidos seguidos y no siguió la dinámica de River o Independiente o el Atletico Madrid cuando descendieron por no poder manejar la situación de desesperación.

La vida de Simeone se parece a una remontada. Dejó Racing, desgastado, para hacerse cargo de un buen Estudiantes, en 2006, que dejaba Jorge Burruchaga con un triunfo de 1-0 ante el San Pablo por los cuartos de final de la Copa Libertadores, pero que fue eliminado por penales en la revancha en Brasil. “En el vestuario les dije a mis jugadores “¡vamos a salir campeones de Argentina!” Cuando desde 1970 que no ganaba un campeonato”. No sólo salió campeón sino que incluyo la histórica goleada de 7-0 a Gimnasia.

Se fue de Estudiantes y enseguida ingresó como DT de River en noviembre de 2007 y fue campeón de Clausura 2008 aunque se fue cuando era último en el Apertura de ese mismo año, cuando Chivas lo eliminó de la Copa Sudamericana, y aunque considera que tiene una cuenta pendiente, no se siente parte del descenso de 2011: “con nosotros, jugó 14 partidos de un campeonato sobre seis. Siempre me hago cargo de la responsabilidad pero acá, me cuesta verla”.

Tras una mediocre campaña en San Lorenzo en 2009, se tomó por fin un tiempo como para visitar entrenamientos y pudo charlar con Pep Guardiola y José Mourinho hasta que fue convocado para dirigir al Catania, al que llegó con tres puntos por encima del descenso y en el decimoquinto puesto, terminó a diez y en el decimotercer lugar, la mejor ubicación de la historia en la serie A italiana hasta entonces. Pero prefirió volver a dirigir a Racing, ya más calmo que la primera vez, y quedó subcampeón del Apertura 2011 detrás de Boca, hasta que llegó la gran oferta que estaba esperando, la del Atlético de Madrid. El 23 de diciembre estaba firmando su contrato.

El Atlético era un caos. La comisión directiva había cesado a Gregorio Manzano por los bajos resultados: estaban a 15 puntos del cuarto puesto, el último para entrar a la Champions League de la temporada siguiente, y competía sin mucho futuro en la Europa League. Le dijeron que continuaría si alcanzaba la cuarta posición, “una locura”, reconoce. Pero al “Cholo” le gusta esta clase de desafíos.

“Para ser DT del Atlético se dieron las circunstancias a mi favor: el equipo estaba en una mala situación y me fueron a buscar más por mi condición de ídolo futbolístico que por la de entrenador, y yo aproveché las circunstancias, lo que está más allá de uno”, asevera, y cuenta cómo fue trasformando la mentalidad del club:

 “Cuando llegué, empecé a hablar con los acomodadores de coches, los utileros, el que está en la puerta de servicio, porque históricamente al Atlético se le decía “´pupas” (mufa), aunque me parecía raro porque en lo personal no me había tocado, pero es una cuestión de energía., de ambiente. Fui creando un sistema. Cuando llueve y llegamos a un estadio y alguien dice que la cancha está mala, lo peleo: “¡la cancha está perfecta! No hay calor, no hay barro, no hay lluvia, porque cuando éramos chicos, ese no era un motivo para no jugar”.

Lo que fue capaz de hacer el Atlético Madrid desde 2011 está a la vista. Se coló entre los mejores equipos de Europa, estuvo dos veces a punto de ganar la Champions League ante el Real Madrid, en 2014 se lo impidió un fatídico cabezazo de Sergio Ramos en el minuto 93 cuando ganaba 1-0, y en 2016, tras el empate en los 90 y el alargue, los penales en Milán. Ganó la Europa League en 2012, la misma temporada en la que comenzó, vapuleó al Chelsea en una Supercopa de Europa 4-1 )”Ese día jugamos un partido casi perfecto, pero perfecto no porque nos metieron un gol”), le ganó la Copa del Rey al Real Madrid en el Santiago Bernabeu y la liga 2013-14 al Barcelona en el Camp Nou, cuando los azulgranas ganando eran campeones y se pusieron en ventaja y Simeone tuvo que reemplazar a Arda Turán y Diego Costa en el primer tiempo, por dos lesiones, pero aún así Diego Godín conquistó el empate preciado.

“Para obtener algo hay que estar en tensión, pero la tensión que potencia, no la que bloquea. En aquel partido contra el Barcelona en el Camp Nou que definía la Liga 2014, yo veía a mis jugadores en tensión positiva. Frente a las dificultades más grandes, aparece lo mejor del jugador con carácter. El partido siempre se resuelve emocionalmente”, sostiene.

En esta final de Europa League de Lyon ante el Olympique de Marsella, el Atlético Madrid llegó a recurrir hasta el TAS, el máximo organismo deportivo mundial para que le rebajen la suspensión de 4 partidos )ya cumplió uno), por haber insultado al árbitro en la primera semifinal en Londres ante el Arsenal por la temprana expulsión de Sime Vrsaljko.

Es que su presencia en el cuadrante es fundamental. Simeone corre, camina la cancha, protesta, está en todos los detalles. No se queda quieto. Sale a la cancha siempre con camisas azul, gris oscuro, negro o celeste. Nunca de blanco porque ese color identifica al Real Madrid, al que jamás dirigiría.

Como dice en su libro “El efecto Simeone” (2013) “El esfuerzo no se negocia”, una de sus máximas para toda la vida, y por eso no lo detiene ni el éxodo de jugadores como Diego Costa (que luego volvió), Agüero, Falcao, Courtois, De Gea, Mandzukic, Miranda, Villa y acaso, en unos días, Griezmann (al Barcelona).

Algunas frases muestran su manera de pensar, como cuando insiste en que “El DT debe entender que no es el director de la orquesta sino un instrumento de los dirigentes. En el momento en el que se cree el director de orquesta, pierde, porque hay un empleador del que uno depende de lo que en cada momento él considere y de la lectura que haga”. O que  “Entre el minuto 5 y el 25 del ST un DT demuestra si es bueno o no, si sabe leer el partido o no.

Reconoce influencias de Bilardo, Bielsa, Aragonés y cree que Basile “emocionaba con sus charlas previas” y que Bielsa “fue el que mejor preparaba los partidos”. Bilardo le hizo entender lo de “Todocampista” y lo sacó del esquema del medio con el 8, el 5 y el 10. Basile le dijo que un DT “debe tener enigma, que te vean y que no te vean, que estés y no estés”

“Yo lo  que busco en un análisis es intuir dónde el rival tiene más problemas. A partir de ahí empieza la preparación del partido. A partir de ahí, mis charlas son mínimas, duran 5 o 6 minutos en el vestuario. Cada partido es un proceso y se empieza a jugar en la conferencia de prensa porque hoy el poder de comunicación es enorme. No sé si es un juego de espías pero lo cierto es que uno va llevando adelante estrategias sobre cómo vender la manera en que va a jugar, y esas estrategias pueden estar basadas en la verdad o en el engaño”, dice en su libro “Creer” (2016).

Si no puede estar en la final de Lyon, su lugar lo ocupará su ayudante, el “Mono” Germán Burgos, a quien define como “un tipo noble”. “En 2002, Bielsa lo había sacado de la titularidad para el Mundial y se la dio a Pablo Cavallero, pero cuando quedamos eliminados ante Suecia y estaba dando la charla técnica sobre los errores que cometimos, él fue y lo abrazó y todos nos emocionamos”.

Simeone aclara aquella frase que quedó grabada, la de que hay que jugar “con el cuchillo entre los dientes”: “Cuando dije eso fue por instinto, espontáneo, después de perder 3-2 ante Serbia con la Selección en Mar del Plata bajo la lluvia y en pocos días había que jugar ante Uruguay en Montevideo por la clasificación al Mundial. Los uruguayos lo tomaron como que era con ellos y lo tomaron muy mal. Y yo lo dije más por nosotros que por ellos, fue un mensaje más interno, algo así como jugar con los dientes apretados”.

Para Simeone, el fútbol es la vida. Hasta sus tres hijos que tuvo con la ex modelo Carolina Baldini (ahora está en pareja con la ex modelo Carla Pereyra y tiene una hija de dos años, Francesca) lo practican –Giovanni en la Fiorentina, y Gianluca y Giuliano en River-: “Si un día no existiera más el fútbol, aunque sea para mí el fin del mundo, estoy convencido de que me reinventaría como persona. Seguiría cualquier luz que viera a lo lejos para hacerlo porque si algo tengo es iniciativa. No me quedaría quieto. Seguramente buscaría algo para competir, para disputar con mis mejores armas algo que esté en juego”. Concluye.








El Atlético Madrid se consagra nuevamente en Lyon (Jornada)



                                                      Desde Lyon, Francia



Con dos goles del francés Antoine Griezmann en lo que parece su despedida perfecta del equipo, y otro de Gabi, de gran partido, el Atlético Madrid consiguió esta noche en Lyon su tercera Europa League, la segunda con Diego Simeone, al vencer con comodidad 3-0 al Olympique de Marsella ante unos sesenta mil espectadores.

Griezmann podría anunciar en las próximas horas que dejará el Atlético Madrid para pasar al Barcelona y estos dos goles tienen entonces un sabor especial,  sumado a que Simeone, que arrastraba una suspensión de cuatro partidos y sólo había cumplido una, no pudo estar al comando del equipo y fue sustituido por Germán Burgos, su ayudante de campo.

De esta forma, el Atlético sigue sumando títulos en el ciclo de Simeone como entrenador, con una Supercopa de Europa, dos Europa Leagues, una Copa del Rey. Una Supercopa de España y una Liga Española, además de dos finales de Champions Leagues (ambas ante el Real Madrid) perdidas en los instantes finales (una sobre la hora y la otra, por penales).

No fue un buen partido el primer tiempo porque todo aquello que insinuó el Olympique de Marsella en el inicio, cuando Dimitri Payet  con maestría, habilitó a Germain para dejarlo solo ante Oblak, aunque el delantero equivocó el remate final, se quedó solo en eso.

Los franceses siempre tuvieron más la pelota, la quisieron jugar con cierta estética, pero a los diez minutos ya el Atlético Madrid y su eterno oficio lo fue sacando de su campo, lo fue alejando del arco de Jan Oblak, y con más maña que fútbol, con más orden táctico que con juego, todo se fue equilibrando.

Para colmo, a los 21 minutos, una mala salida desde el arco de Mandanda facilitó que Gabi habilitara a  Griezmann, acaso en el que puede ser su último partido vestido de rojiblanco antes de recalar en el Barcelona, y éste facturara.

Se sabe que una vez que el Atlético se pone en ventaja, aunque esta vez su director técnico Diego Simeone ni siquiera está del otro lado de la línea de cal sino su ayudante Germán Burgos, ya resulta muy difícil empatarle para cualquier equipo, incluso de mucho más calibre que este Olympique, pero si además se le lesiona su mejor jugador, que ya estaba en duda para la final, Payet, la cosa se empezó a complicar demasiado para los franceses.

De a poco, el Atlético fue bloqueando el partido, haciéndolo jugar en las zonas de las que siempre habla Simeone, lejos de su arco, en todo caso en lugares neutros, esos en los que no hay molestia alguna, y de esta manera tampoco pudimos ver en acción al reemplazante de Payet, Maxime López, quien está en la mira de Zinedine Zidane (un ex jugador del Marsella) para el Real Madrid.

Por si fuera poco, el Atlético remató a los 3 minutos del segundo tiempo cuando aprovechó otro error en la marca, y Koke alcanzó a tocar hacia adentro del área para que una vez más, Griezmann alcanzara a tocar a la red a la salida de Mandanda para establecer el 2-0.

Desde allí, el Marsella sintió el golpe, porque ya no era lo mismo estar a tiro del resultado que a dos goles de distancia, y ya los españoles manejaron el partido casi a voluntad, y durante un cuarto de hora, en campo rival.

Ya con en 2-0 el Atlético justificó plenamente el triunfo por oficio y por dominio psicológico del partido, sin padecer un solo problema en su propio arco. Solamente Maxime López apareció con rebeldía para tratar de cambiar el resultado, pero sus compañeros chocaban una y otra vez con la valla interpuesta por los entusiastas rojiblancos.

Desde la mitad del segundo tiempo, todas las fichas parecían jugadas. Tanto, que por momentos parecía un partido de esos de la Liga Española en los que el Atlético domina táctica, futbolística y anímicamente a sus rivales.

El único sobresalto para el Atlético llegó a diez minutos del final cuando el Olympique se tuvo que adelantar en el campo y Mitroglou, que había ingresado por el delantero Germain, alcanzó a anticipar de cabeza y la pelota pegó en el palo derecho tras superar a Oblak.

Cuando ya no quedaba tiempo para más, Diego Costa desde la izquierda pudo pasar limpiamente a Koke, quien a su vez habilitó a Gabi y éste, de gran partido, sacó un remate angulado para convertir el tercero para el Atlético en medio de una fiesta total rojiblanca que se amplió con el simbólico cambio final de Fernando Torres (un ídolo del club que ya anunció su salida) por Griezmann, otro que probablemente se vaya.

miércoles, 16 de mayo de 2018

¿Generación perdida o tiempo perdido en juveniles? (Infobae)





Si el próximo lunes impera la lógica y Jorge Sampaoli entrega la lista definitiva de 23 jugadores para el Mundial dentro de lo esperado, la selección argentina estará estrictamente dentro de los parámetros de promedio de edad y renovación de jugadores de potencias como Brasil, Alemania y España.

Si la selección argentina tuvo en Brasil 2014 un promedio de edad de 27,08 años, ahora subiría un poco a 28,56, mientras que Brasil, que parecería que renovó mucho su plantel, experimentaría una subida de 27,82 de 2014 a los 28 años exactos para 2018, que pudo ser mayor debido a la lesión que dejó afuera de la competencia a Daniel Alves (35) en el último momento.

Si en Brasil 2014 una selección española que no pasó la primera fase tuvo un promedio de edad de 27,69, ahora bajaría a 27,08 si su entrenador Julen Lopetegui convoca a los jugadores que la mayoría cree, en tanto que Alemania se mantiene con un plantel más joven tanto en el Mundial anterior (24,60) como parecería que en el próximo de Rusia, (26,40) aunque sube un poco la edad.

Días pasados, el diario “El País” de España lanzó un interesante disparador a partir de la edad de los posibles convocados al Mundial, preguntándose si el fútbol argentino se estancó en cuanto a la aparición de jugadores de gran calidad, aunque estos números parecieran indicar que no hay una relación estricta entre la edad y la calidad, y que en todo caso, pareciera que el eje de la convocatoria de Sampaoli está basada en que el último seleccionado juvenil con éxito y con trabajo exhaustivo fue el de Canadá 2007, el del último título mundial sub-20 albiceleste.

Hay otros números que corroboran esta afirmación. Si Alemania repetiría nueve jugadores respecto del Mundial de Brasil, cuando salió campeona (y siempre que el arquero Manuel Neuer se recupere de su grave lesión), España (con un trabajo a largo plazo, igual que Alemania, que lleva más de una década) repetiría ocho, al igual que Argentina. Brasil, en cambio, sólo repetiría seis con Tité, tras el angustioso torneo jugado como local hace cuatro años con Luiz Felipe Scolari (Thiago Silva, Marcelo, Fernandinho, Willian, Paulinho y Neymar).

El problema del estancamiento, entonces, no parece pasar por la aparición de jugadores y las posibles convocatorias de Cristian Pavón, Ricardo Centurión, Maximiliano Meza, Manuel Lanzini, Giovani Lo Celso o Paulo Dybala (más la más lejana chance de Lautaro Martínez, por no mencionar a quienes han quedado atrás por distintos motivos de cambios de equipo o lesiones como Darío Benedetto o Lucas Alario) prueban que el problema no está en los nombres sino en la falta de trabajo en juveniles por una década debido al desorden institucional y la falta de proyectos.

Sampaoli mismo se ha referido en estos meses a que esta generación de jugadores se caracteriza por tener mucha más calidad en ataque que en defensa, especialmente por los laterales, que no abundan, pero a España le ocurre algo parecido con los delanteros de punta, aunque abunden jugadores en el resto de los puestos.  Acaso Alemania sea la selección más equilibrada y que cuenta con abundancia en todos los puestos luego de un trabajo que comenzó al finalizar el Mundial de Francia 1998 y que se profundizó luego del de Japón-Corea 2002.

En cuanto a los mayores de treinta años de cada plantel, algo que también destaca el artículo de “El País”, no parece ser sólo un problema de Argentina. Si bien es cierto que en el equipo de Sampaoli en Rusia podría haber hasta 13 jugadores de 30 años o más, hay que tener en cuenta que tres de ellos son arqueros, y que por ejemplo, Alemania tendría cuatro mayores de treinta (Neuer, Hummels, Khedira y Gómez) y seis jugadores entre los 28 y los 29 años (Boateng, Kroos, Özil, Petersen, Reus y Tomas Müller, mientras que Brasil contaría con nueve jugadores que llegaron o pasaron la tercera década de vida (Cassio, Filipe Luis, Thiago Silva,  Miranda, Marcelo, Geromel, Taison, Fernandinho y Renato Augusto).

En el caso de jugadores entre treinta y treinta y cuatro años, hubo una extensión de la edad por la propia evolución del juego y que muchos futbolistas han logrado extender sus carreras por su mayor resistencia y preparación, como es el caso del portugués Cristiano Ronaldo, quien va camino de cumplir los 34 años en febrero próximo.
En cuanto a la discontinuidad del trabajo en los juveniles luego del triunfo en el Mundial sub-20 de Canadá, puede observarse que muchos de los componentes del actual plantel que seguramente irán a Rusia, formaron parte de aquellos equipos de un tiempo exitoso a partir de un proyecto claro desde que en 1995 José Pekerman se hizo cargo del área.

Así es que Wilmar Caballero fue campeón mundial sub 20 en 2001, Javier Mascherano participó en el Mundial 2003, Lucas Biglia, Lionel Messi, Sergio Agúero, Ezequiel Garay (quien jugó el Mundial anterior) y Fernando Gago (que participó en este ciclo pero se lesionó), fueron campeones en 2005, mientras que Sergio Romero, Federico Fazio, Gabriel Mercado, Ever Banega, Ángel Di María y repitió Agüero, fueron campeones en 2007, sumados a Alejandro “Papu” Gómez y Lautaro Acosta, que formaron parte de este ciclo.

Esas generaciones están llegando a su fin, pero no significa que no haya nada atrás, sino que en todo caso, lo que no hubo fue un proyecto de juveniles, y ahora comienza a notarse.


¿Primero hay que saber sufrir? El Atlético Madrid del Cholo Simeone, aunque sin él en la cancha, busca hoy otra Copa europea (Jornada)





                                   Por Sergio Levinsky, desde Lyon

La bandera española con el escudo del Atlético Madrid colocada en el centro de la plaza de la zona de Bellecour, en el centro de Lyon dice “sufriendo existo”. Allí se concentran centenares de hinchas del Atlético Madrid, que se calcula que esta noche a las 20,45 (15,45 de la Argentina) llegarán a ser 10.500 para llenar la tribuna del Estadio Groupama en otra final del equipo de Diego “Cholo” Simeone, esta vez por la Europa League ante el ascendente Olympique de Marsella.

Así como pocos pueden entender al fútbol francés, porque fue fundador de las principales organizaciones de este deporte en Europa y en el mundo, también participó en la iniciativa de los grandes premios como el del “Balón de Oro” o del “Botín de Oro” pero nunca consiguió tener dominio en el continente pese a limitar con dos potencias como España y principalmente Italia, el Olympique de Marsella parece haber encontrado en Rudi García, por fin, un entrenador acorde para pelear arriba aún con más bajo presupuesto en su propia liga en comparación con el Mónaco y con el PSG.

Pero el favorito de esta final es, sin dudas, el Atlético Madrid pese a que Simeone no precisó con claridad si esta, en definitiva, es o no una gran temporada para el club: quedó afuera de la Copa del Rey, será, casi con certeza, subcampeón de Liga detrás del Barcelona (pero por delante del Real Madrid) y se quedó fuera de la fase de grupos de la Champions League por no poderle ganar ninguno de los dos partidos al humilde Qarabag, dejando su plaza a la Roma y al Chelsea.

Entonces, la tercera colocación en la fase de grupos de la Champions lo fue empujando al Atlético a la Europa League que ya ganó en 2010 y en 2012 (ésta última ya con Simeone en el banco, en su primera temporada) y ahora se encuentra en esta final de Europa League que deja la pregunta picándole al Cholo: ¿Qué preferís ser, cola de león o cabeza de ratón?

El DT argentino dirá que nada de nada, que sólo vive el día a día o será lo que tenga que ser. También, aunque no lo manifieste, en algún lugar de su corazón reserva la esperanza de una Supercopa de Europa ante el Real Madrid en agosto en Estonia si los blancos le ganan la final de la Champions al Liverpool el 26 en Kiev, y que su exitosísimo ciclo de casi siete años a cargo de los rojiblancos “comenzó con la confianza que nos dio aquella Europa League” ganada al Athletic de Bilbao de quien también supo ser DT del Olympique de Marsella, Marcelo Bielsa.

Esta final se juega en el contexto de dos hechos importantes en lo individual. Por un lado, Simeone no podrá estar dando indicaciones en el césped porque está suspendido por cuatro partidos por la UEFA por insultar al árbitro en la ida de semifinales en Londres ante el Arsenal, por la rápida expulsión de su lateral derecho croata Vrsaljko. Por otro, podría ser el último partido del gran delantero francés Antoine Griezmann con la camiseta del Atlético, porque todo indica que se marchará al Barcelona para la próxima temporada, aunque nadie quiere decir nada hasta que se acabe este compromiso y entren todos en vacaciones.

Simeone dijo en la conferencia de prensa previa que los dos equipos se parecen y en la intensidad y la lucha podría ser, pero el Atlético tiene un claro 4-4-2 en el que fueron mejorando las funciones de Koke como organizador y Saúl sumándose al ataque, pero el déficit de los españoles sigue siendo la creatividad, el pasar al 4-3-1-2, y todo queda depositado en el juego vertical y la definición.

En cambio, los franceses juegan con un 4-2-3-1, con la seguridad de un arquero como Mandanda, dos centrales de jerarquía como el brasileño Luiz Gustavo y Ramí (ex Sevilla), lo que pueda hacer un gran creativo como Dimitri Payet, que dejó la Premier League para regresar a su país y que genera dudas con su participación por una lesión, y la participación del ex River Plate Lucas Ocampos, de gran rendimiento en la temporada.

La bandera colgada en la plaza con referencia al sufrimiento, no es para nada casual. Simeone manifestó en la conferencia de prensa que los partidos “hay que saberlos sufrir”, en una particular filosofía que se da de bruces con el espectáculo pero que ya se hizo carne en los hinchas colchoneros, cada vez más argentinizados, aunque no muchos conocerán el tango “Naranjo en Flor”: “Primero hay que saber sufrir…”

Con sufrimiento o no, el Atlético Madrid va esta tarde-noche por otro título en el ciclo Simeone. Ya ganó la Copa del Rey y nada menos que al Real Madrid, la Liga Española, la Supercopa de Europa, la Europa League, perdió dos Champions en los últimos segundos y ahora va por otra Europa League que lo puede meter en la próxima Supercopa de Europa.

Simeone va otra vez para hacer historia, en una cancha que estará colmada de hinchas adversarios porque es más fácil llegar a Lyon desde Marsella, pero que tendrá a los locales con los españoles por una cuestión de rivalidad. En unas horas se dilucidará el resultado.