domingo, 12 de septiembre de 2021

La extraña salida de Gonzalo Belloso de la Conmebol tras el escándalo del suspendido Brasil-Argentina (Once-Perú)


 

Apenas habían pasado cuatro días del escándalo de la suspensión del partido entre las selecciones de Brasil y Argentina a los cinco minutos del primer tiempo por la clasificación al Mundial de Catar 2022, y ya se produjo la primera gran consecuencia, con la sorpresiva salida de la Conmebol de una de las dos personas de máxima confianza de su presidente, Alejandro Domínguez, nada menos que el argentino Gonzalo Belloso, secretario general adjunto y director del área de Desarrollo de la institución.

Belloso había ingresado en la Conmebol en enero de 2016 y fue reemplazado como secretario general adjunto por su compatriota y ex arquero de la selección campeona del mundo en México 1986, Nery Pumpido, lo que no es un movimiento más, sino que encierra toda una cuestión política.

Hay una coincidencia general en que nadie que ocupa lugares tan altos en una institución como la Conmebol, que mueve fortunas (y más el área de Desarrollo, que recibe los altos fondos de la FIFA desde Zurich para proyectos de construcción de estadios, de planes para países en desarrollo, torneos juveniles, congresos y cursos),  y que cobra suculentos salarios y viáticos en dólares, renuncia y se va dejando dos cargos tan apetecibles, salvo razones de fuerza mayor.

Y más allá de que a las pocas horas de que se anunciara formalmente la salida de Belloso maquillándola con los habituales deseos de suerte en sus nuevas actividades o los agradecimientos del dirigente por “todos estos años”, ya era recibido en las redes sociales por la agrupación política “Raza Canalla”, que disputará la presidencia de Rosario Central en 2022, lo cierto es que, según afirmó el notable ex arquero paraguayo y en juicio con Alejandro Domínguez, José Luis Félix Chilavert, el argentino fue cesado por la Conmebol el miércoles pasado y ya el jueves no tenía posibilidades de ingresar por la puerta de la entidad en la sede de Luque.

Según fuentes muy cercanas a la Conmebol, la salida de Belloso está lejos de ser lo que formalmente se dice, acerca de que él ya lo tenía planificado para dedicarse a la política interna de Rosario Central (club en el que jugó como delantero en tres ciclos distintos) sino que se debe a una durísima discusión con el director del área de Competiciones de la entidad continental, el brasileño Frederico Nantes, que no es otro que el que se puede observar en cada sorteo de las copas Libertadores o Sudamericana, encargado de mostrar los papelitos con los equipos.

Esta discusión en duros términos, por la que Belloso pidió la renuncia del brasileño, tampoco tuvo nada de casual a tres días de un escándalo como el del partido Brasil-Argentina, cuando el caso ya está en la FIFA a punto de que terminen los seis días hábiles de vista a cada federación (CBF y AFA) antes de que se pase a la instancia jurídica siguiente y cuando el argumento de los locales acerca de lo ocurrido el domingo en San Pablo pretende relacionar la suspensión con que la selección argentina vulneró la reglamentación sanitaria vigente porque sin el permiso de excepción de la agencia estatal ANVISA, cuatro jugadores argentinos de la Premier League participaron del inicio del partido cuando al provenir de Inglaterra (país considerado problemático por la pandemia del coronavirus) debieron quedarse en el hotel haciendo cuarentena, además de sostener que la delegación mintió al no comunicar en el formulario que en los últimos catorce días habían estado en ese país del Reino Unido.

Uno de los temas más calientes que aparecieron en el pulso entre Belloso y Nantes es que el primero fue quien estuvo en comunicación permanente, y asesorando en cada punto al presidente de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia, acerca del proceder de la delegación argentina en San Pablo, quien consiguió que la FIFA y la Conmebol respaldaran que los cuatro jugadores (Cristian Romero y Giovani Lo Celso del Tottenham Hotspur, y Emiliano Martínez y Emiliano Buendía, del Aston Villa) fueran habilitados para jugar, y quien luego aconsejó que el equipo se retirara al vestuario cuando se produjo la inmediata suspensión luego de que ingresara al césped un representante de Anvisa y que motivó que el veedor del partido, el colombiano Juan Alejandro Hernández, colocara en su informe para Zurich que se trató alguien “ajeno” al mundo del fútbol, lo cual podría perjudicar a la CBF, debido a que Brasil oficiaba como local.

A las pocas horas de su salida de la Conmebol, ya se hablaba del brasileño Nantes como probable sucesor, aunque el argentino habría pedido,  conocedor de esta situación, antes de su salida, que al menos se nombrara  a un ex futbolista,  y aunque en principio se barajaron los nombres del chileno Clarence Acuña (de buena imagen en la institución y con habitual participación en cursos de capacitación y en el otorgamiento de licencia de clubes y de licencias PRO para entrenadores), del paraguayo Diego Gavilán (quien acaba de ingresar a las divisiones inferiores de Cerro Porteño pero del que se desconocen sus dotes diplomáticas) y hasta del uruguayo Diego Lugano (quien va creciendo en el organigrama dirigencial sudamericano con el poder que tiene en el fútbol de su país y por su cercanía con el fútbol brasileño al ser símbolo del San Pablo), finalmente el elegido fue Nery Pumpido.

Si quien fue eyectado de la Conmebol fue Belloso y no Nantes se debe, según las mismas fuentes, a la influencia que ejerció sobre Alejandro Domínguez su otra persona de confianza, la abogada también paraguaya Montserrat Jiménez, quien le habría hecho ver el problema de enfrentarse a la CBF, con la que el presidente de la entidad sudamericana tiene estrechos vínculos, y más aún , cuando la relación con la AFA no atraviesa su mejor momento desde hace varios años, de allí el enojo de Nantes con Belloso, por haberla intentado ayudar en todo momento el pasado domingo.

Belloso había pedido la renuncia de Nantes porque éste -considerado hombre del defenestrado ex presidente de la CBF, Marco Polo del Nero (un Marco Polo que no viaja porque si sale del país puede ser interceptado por Interpol debido al FIFA-Gate), quien sigue conservando el poder en las sombras en el fútbol de Brasil- había presionado para que el partido del domingo se reanude, tal como indica entre las posibilidades el reglamento de la FIFA, y a tono con las exigencias de las empresas dueñas de los derechos televisivos.

Sin embargo, para la AFA no es tan claro que el reemplazo de Belloso por Pumpido sea un alivio. Si el primero siempre fue muy cercano a Domínguez, al menos representaba un salvavidas para Tapia al ocuparse de las cuestiones logísticas y burocráticas como en los hechos de San Pablo del domingo cuando el mandamás del fútbol argentino tiene desde hace tiempo una relación fría y distante con el de la Conmebol.

Tras el fallecimiento de Julio Grondona a fines de julio de 2014, el fútbol argentino se quedó sin representación formal de importancia en la Conmebol, especialmente cuando en 2016 la AFA fue intervenida por la entidad sudamericana y la FIFA, hasta que Tapia asumió tras el llamado a elecciones, en marzo de 2017.

Desde entonces, el nuevo presidente de la AFA intentó acercarse a Domínguez por todas las vías posibles para recuperar algunas posiciones en el mundo del fútbol, sabiendo de antemano que resultaría imposible, por años, llegar a donde Grondona, que alcanzó a ser el vicepresidente senior de la FIFA, como número dos del suizo Joseph Blatter.

La suerte hizo que Tapia consiguiera ser el representante de la Conmebol ante el Consejo Ejecutivo de la FIFA cuando un asunto interno derivó en la renuncia a ese cargo (rentado y en dólares) por parte del ex presidente de la Asociación Uruguaya (AUF), Wilmar Valdez. Pero le duró muy poco. Durante la disputa de la Copa América de Brasil en 2019, el presidente de la AFA llevó a los niveles más altos la indignación del arbitraje del ecuatoriano Roddy Zambrano en la noche en que la selección argentina fue eliminada por la brasileña en el estadio Mineirao, en la semifinal, cuando dos claros penales ni siquiera fueron al VAR.

Tapia presentó una incendiaria carta a la Conmebol, dirigida a Domínguez, con duras quejas y el pedido de renuncia de la presidencia del Comité arbitral del brasileño Wilson Seneme (quien también es apoyado por la FIFA) y no sólo eso: el día de la final entre Brasil y Perú en el Maracaná de Río de Janeiro, el presidente de la AFA hizo circular entre la prensa amiga una versión de que su entidad podría abandonar la Conmebol para irse como invitada a la UEFA, haciendo creer que la selección argentina había sido invitada a jugar la Eurocopa, aunque desde la entidad europea desmintieron rotundamente esta especie a este periodista, al citar con extrañeza que acaso la confusión pudo deberse a que la invitación fue a la dirigencia a presenciar partidos en el palco.

De regreso de la Copa América, Tapia fue citado a la sede de la Conmebol en Luque, donde se le comunicó que había perdido su cargo recientemente otorgado en Zurich.

Acaso por todo esto, Belloso era fundamental para Tapia porque se trataba del único puente con la Conmebol al más alto nivel, algo que ya no es tan claro con Pumpido, al menos, si se toman en cuenta las diatribas que parten desde su amigo y ex compañero en México 1986, y ahora panelista de ESPN, Oscar Ruggeri, acerca de que la AFA no está interesada en proteger a los jugadores que ganaron los dos títulos del mundo (el de ellos y el de 1978). “No puede ser que haya jugadores que ganaron títulos del mundo y no lleguen a fin de mes. Es ahora cuando la AFA debería pagarles”, afirmó.

Pumpido ya era asesor de Domínguez en la Conmebol, y daba cursos y charlas y la entidad lo convocaba en los últimos años para todo tipo de eventos. Su relación con el presidente de la entidad sudamericana comenzó cuando fue el director técnico de Olimpia en 2002 y ganó su tercera Copa Libertadores, en momentos en que el titular del club de Asunción era Osvaldo Domínguez Dibb, el padre de Alejandro.

El cargo de secretario general adjunto de la Conmebol, entonces, pasa de argentino a argentino y de olimpista a olimpista, porque Belloso, el saliente, también supo construir un vínculo con los “franjeados” de Asunción después  de su paso como jugador entre 2004 y 2005.

Gonzalo “Pejerrey” Belloso (nacido en la ciudad de Santa Fe el 30 de marzo de 1974), fue un aceptable delantero que debitó en Rosario Central en 1993, aunque regresó entre 2003 y 2004 y otra vez en 2006, y pasó por otros equipos como Colón, Lanús (donde ganó la Copa Conmebol en 1996), Racing, Racing de Estrasburgo (donde obtuvo la Copa de Francia en 2001), Cruz Azul de México y Zamora de España, y se retiró en 2008.

Su casamiento con la abogada Carolina Cristinziano, de muy estrecho vínculo con la barra brava de Rosario Central, terminó siendo estratégico porque le fue permitiendo escalar en los niveles dirigenciales, cosechando apoyos políticos y deportivos hasta crear la agrupación interna “Raza Canalla”, con la que ahora pretende presentarse a elecciones como candidato a presidente en 2022, llevando a Miguel Russo, ex entrenador del club y recientemente de Boca /y con un hijo en el plantel de primera división) como manager,

Por eso, no resultó extraño que a las pocas horas de dejar la Conmebol fuera recibido por hinchas de Rosario Central en las redes sociales, al incorporarse rápidamente a la política interna como opositor al actual presidente Rodolfo Di Pollina. Incluso hay quienes sostienen que sus aspiraciones mayores son a la presidencia de la AFA.

https://twitter.com/SoyUnBando/status/1436035117374390274

Carolina Cristinziano llegó a ser uno de los cuatro miembros de la comisión interventora que Conmebol y FIFA colocaron en la AFA en 2016 y no hubo nada de casualidad. Ese apoyo de la entidad sudamericana estuvo basada en la amistad que hizo su marido con Cristian “Grillo” Domínguez, el hermano de Alejandro (ahora a cargo del departamento de fútbol del club), e hijo de Osvaldo, cuando fue futbolista de Olimpia entre 2004 y 2005, lo que generó que al poco tiempo de colgar los botines fuera convocado en 2009 como gerente deportivo, durante la presidencia de Eduardo Delmas.

En 2010, Belloso dejó su cargo en Olimpia para ser manager de Rosario central hasta 2012, que coincidió con el ascenso del equipo a la Primera División, pero otra vez regresó a Asunción en 2014 cuando fue contratado como asesor deportivo de la Asociación Paraguaya (APF), y luego, ascendido a secretario técnico, hasta que en 2016 se incorporó a la Conmebol y fue secretario general adjunto desde 2019 y mantuvo también la dirección del área de Desarrollo.

Más allá de ser el creador del programa “Evolución” durante su gestión, Belloso era considerado una de las personas de más estrecha confianza de Domínguez y uno de los pocos que conoce al dedillo los pormenores de escándalos como los del VAR, la burbuja durante la pandemia, los dineros del FIFA-Gate “recuperados” o el accidente que costó la vida a casi la totalidad del plantel de Atlético Chapecoense.

Su actual vínculo con la barra brava de Rosario central es indudable. Si ya en Rosario se decía que tenía negocios conjuntos con el jefe de los ultras, “Pillín” Bracamonte –estuvo preso por lavado de activos-, el 19 de enero pasado, los hijos de ambos, que pasaban juntos sus vacaciones en Mar del Plata, fueron protagonistas de un incidente en una discoteca, cuando huyeron en su coche tras agredir a un joven de 20 años.

En efecto, Matías Belloso, actual jugador de Arsenal de Sarandí de Primera División argentina, e hijo de Gonzalo,  y Andrés Guillermo Bracamonte, hijo de “Pillpin”, atacaron al joven Matías Montín con un botellazo en la cabeza en la discoteca ”Ananá”, de Mar del Plata, y huyeron en un BMW junto con una chica (que no fue imputada) y otro muchacho, Gabriel Galvano.

Para el fiscal Pablo Cubas existen suficientes pruebas para acusar a los tres, pero en especial Belloso y Galvano, de 23 años, y que conducía cuando el coche fue interceptado por la Policía en el peaje de una autopista.

Montín recibió al menos un golpe en la cabeza que le produjo una contusión y un coágulo, y tras ser asistido por una enfermera del lugar, fue derivado en una ambulancia al Hospital privado de la Comunidad (HPC). Al día siguiente, acaso consciente de su cargo en la Conmebol, Gonzalo Belloso acompañó a su hijo a entregarse a la Policía.

 

 

 

 

 


sábado, 11 de septiembre de 2021

El definitivo reencuentro de la Selección con la gente (Jornada)


 

Mucho más allá de los resultados de esta miniserie de dos partidos y cinco minutos, por la clasificación al Mundial 2022 –que fueron positivos pero a la vez, lógicos de acuerdo con los rivales de turno-, lo más importante que deja es el definitivo reencuentro de la selección argentina con la gente luego de muchos años de enorme distanciamiento, no sólo por los veintiocho años sin títulos, sino por distintas actitudes de los protagonistas que fueron vistas de reojo, o directamente con enfado.

Desde que finalizó el Mundial 1994, de una manera que no fue la prevista, y se terminó aquella generación ganadora que lideró Diego Maradona, comenzó una nueva etapa que coincidió, no por casualidad, con la Ley Bosman, aquella que permitió que circularan libremente por todos los clubes europeos los jugadores que fueran ciudadanos con pasaporte europeo, y eso facilitó que sobraran cupos en cada una de las ligas más importantes, y hacia allí partieron infinidad de futbolistas argentinos que desde entonces establecieron una distancia cada vez mayor con el público, que no pudo identificarse con ellos, sumado a otros factores, como el final de la posibilidad de tener una selección local o que muchos de sus integrantes tuviera ese “hambre de gloria” que se suele reclamar.

Desde la Copa América de Ecuador 1993, todos los éxitos de seleccionados argentinos pasaron por los juveniles de José Néstor Pekerman o los subñ23 de los Juegos Olímpicos y la pasada generación es la que estuvo más cerca de terminar con esos años duros cuando llegó a tres finales consecutivas en las que no sólo no pudo imponerse, sino que siquiera consiguió marcar un gol en ninguna de ellas, aunque haya sido por distintas razones.

Tampoco parecía que el camino iba a ser distinto en esta nueva etapa, comenzada cuando finalizó el Mundial de Rusia 2018. El modo de elección de Lionel Scaloni como entrenador de la selección argentina no fue el adecuado, porque no se trata de alguien con la carrera requerida para el cargo (hace poco tiempo, el director técnico del equipo uruguayo, el veterano Oscar Washington Tabárez, sugirió al actual DT argentino que dijera que no tiene experiencia pero sí vivencias), y rápidamente, la desconfianza volvió a aparecer, tanto más cuando había formado parte del cuerpo técnico anterior y sin embargo, optó por quedarse, a diferencia del resto de los integrantes durante el Mundial pasado, aunque era indudable que tomaba decisiones de sentido común.

Un liderazgo distinto de Lionel Messi, ya más maduro y uno de los cuatro más veteranos del equipo (junto a Sergio Agüero, Ángel Di María y Nicolás Otamendi) fue fundamental para iniciar un cambio. El genio rosarino había adquirido ciertos métodos maradonianos, como su airada protesta a la Conmebol, a la que tachó de “mafiosa” durante la Copa América de Brasil 2019, en la que la selección argentina fue claramente perjudicada en la semifinal del estadio Mineirao ante los locales por no haberse recurrido al VAR en dos más que posibles penales, y Scaloni optó por convocar a una nueva generación, que entendió enseguida que había que apuntalar al mejor jugador del mundo y armar por fin un equipo que lo sostuviera, porque ya en el Mundial 2022 veríamos a un crack de 35 años y medio.

Sumado a la necesidad de un giro a la situación anterior, el público pudo observar un compromiso de estos jugadores en cuanto a actitud, que mucho más allá del carácter expuesto en la final del Maracaná a mediados de este año, cuando debieron sobreponerse al impacto de que Argentina perdiera su sede de la pasada Copa América por razones de pandemia, volvió a aparecer en esta serie de tres partidos, ante Venezuela, Brasil y Bolivia, cuando fueron los únicos que osaron desafiar al poder político del fútbol y viajar de todos modos al continente sudamericano exponiéndose a sanciones como las que, aparentemente, recibirán en los próximos días Cristian Romero y Giovani Lo Celso por parte del Tottenham Hotspur.

El público argentino, siempre exigente, y arrastrando una larga y rara mezcla de indiferencia y enojo con selecciones anteriores (que ni siquiera sacaban una mano para saludar desde el micro o el hotel hacia tanta gente que sólo quería verlos unos segundos cuando venían a sus ciudades, o que ninguneaban a gran parte del periodismo nacional e internacional), supo entender este cambio de actitud de estos jugadores actuales, y aunque el título de Copa América es nítidamente lo que más interesa, los aplausos y vítores no brotaron por casualidad el pasado jueves en el estadio Monumental.

Esa noche se reunieron varias condiciones para la fiesta: la obtención del título tantos años después, el regreso del público a las canchas luego de dos años, aunque más no fuera en poco menos de un tercio de la capacidad, los extraños hechos de San Pablo del domingo anterior, cuando la agencia sanitaria estatal brasileña impidió que el partido continuara a los cinco minutos del primer tiempo, el buen andar del equipo en la poco sufrida (esta vez) clasificación mundialista, la victoria anterior ante Venezuela y tras el 3-0 ante Bolivia, el récord de Messi de los 79 goles, con los que pasó a Pelé como mayor goleador histórico de una selección sudamericana.

El combo era casi perfecto, aunque esto no significa que haya que caer en ninguna euforia. Desde el juego, a la selección argentina le falta corregir muchos aspectos: no está tan claro el segundo marcador central (Venezuela y Bolivia no son rivales para medirlo), sigue teniendo problemas con el volante central de marca (el que más se acerca es Guido Rodríguez, porque Leandro Paredes es un “diez” atrasado), hay una superpoblación de volantes, lo que a su vez genera que Lautaro Martínez (que de todos modos se las rebusca) juegue demasiado solo arriba, Marcos Acuña ni defiende (cuando nadie lo amenaza por su banda), ni ataca (por recibir indicaciones de sumarse en la marca en el medio).

La buena noticia es que hay tiempo. Todo indica que a este ritmo, la clasificación al Mundial podría llegar varias fechas antes, y eso permitiría trabajar con enorme tranquilidad y ya luego será necesario cotejar con las potencias europeas y equipos africanos para terminar de saber en qué lugar se encuentra, con miras al Mundial.

Mientras tanto, no es poco que el equipo se haya reconciliado con la gente. No es lo mismo saberse querido que dudar del afecto. Que Di María se anime a la gambeta o al amague, es consecuencia de eso. Que Messi aparezca liberado y los goles le surjan con facilidad, como en sus tiempos del Barcelona, también, pero aún mejor fue lo que ocurrió luego con sus lágrimas de emoción al levantar la Copa y recibir una ovación desde las tribunas. Que en este tiempo de individualismo y ultra capitalismo, un genio como el rosarino llore porque se lo reconoce como futbolista campeón, significa haber antepuesto la ambición colectiva a la individual.

Comprobar que terminó siendo verdad aquello que tantas veces Messi dijo acerca de que prefería cambiar varios de sus logros individuales por un título con la selección argentina, al cabo, era verdad. Y es maravilloso poder comprobarlo, porque el afecto personal ya lo tenía. Lo que cambió fue el logro del equipo, y no lloró en partidos anteriores sino en éste, cuando por fin pudo mostrar una copa y gritar “campeón”.

 


miércoles, 8 de septiembre de 2021

Pedro Marchetta, sus frases ocurrentes, sus anécdotas insólitas con el fútbol y el poder político, sus grandes polémicas y el día que lo salvó “La Mona” Jiménez (Infobae)


 

Inefable, con miles de anécdotas y frases célebres, Jorge Pedro Marchetta, ex jugador y director técnico, es uno de los más recordados personajes del fútbol argentino, además de haber estado vinculado a otras actividades comerciales, haber frecuentado a los más importantes dirigentes políticos y de haber atravesado un duro momento durante la última dictadura militar.

Identificado con Racing de Avellaneda, club en el que debutó como futbolista y del que es hincha fanático, posteriormente también estableció un vínculo afectivo con Rosario Central, al que ascendió a Primera División como entrenador, y con Racing de Córdoba, provincia en la que terminó de establecerse para residir una vez que decidió abandonar su etapa de director técnico luego de haber sufrido un ACV en 2006.

Marchetta nació el 13 de abril de 1942 en Lomas de Zamora, en el seno de una familia humilde. “De chico, no tenía ni para viajar en tren hasta Quilmes”, admitió en el gran libro autobiográfico “El Negro”, para el que conversó con los periodistas Hugo Caric y Gustavo Gutiérrez. También allí relató que su amor por el fútbol “nació cuando yo tenía ocho o nueve años. A la vuelta de mi casa había un club que se llamaba ‘Sociedad de Fomento Lomas Sur’ y me pasaba casi todo el día jugando en el potrero. Al poco tiempo me vino a buscar un señor del barrio para llevarme a San Lorenzo. Hice una prueba y quedé, pero después no volví más. Le dije a mi vieja ¿si no juego en Racing, no juego en ningún lado’. Ya era fanático de ‘La Academia a tal punto, que de chico a mis padres siempre les pedía de regalo una pelota y una camiseta de La Academia”.

Su amor por Racing no nació de sus padres. “Mi mamá, Ana Amelia Salinas, era hincha de Independiente, y mi papá, Pedro, al que no le gustaba mucho el fútbol, era simpatizante de Boca. Fue un vecino, Osvaldo Lacana, quien me hizo racinguista. Después empecé a ir a la cancha con un tío, Domingo Rositano, que también era muy hincha del club. Nos íbamos en tren hasta Avellaneda los domingos a la mañana y veíamos las tres divisiones: Tercera, Reserva y Primera. Mis ídolos eran Norberto ‘Tucho’ Méndez, Orestes Omar Corbatta y Federico Sacchi, con los que luego tuve el gusto de jugar y a los que al principio les alcanzaba la pelota. Nos pagaban para eso diez pesos por partido, que era buena plata, y cuando podía, iba con la barra”.

A Racing ingresó cuando apenas tenía diez años y debutó en primera el 15 de abril de 1962 contra River en el Monumental. “Yo tenía veinte años- contó a Caric y a Gutiérrez para su libro- y la noche anterior había ido al cine ‘Gran Lomas’ con mi novia, Mirtha Mena –con quien luego me casé y es la madre de mis hijos- y estando ya en nuestras butacas veía a los acomodadores alumbrando con las linternas hacia nuestro lado. Vi un movimiento que me pareció extraño hasta que uno me señaló y dijo ‘¡ahí está!’. Me buscaban a mí. Ahí nomás me sacaron del cine y me estaban esperando afuera cuatro dirigentes que me dijeron ‘mañana jugás’. (Juan José) Pizzuti se había peleado con  el presidente (Sisfredo Sisco, que tenía una verdulería que perdió por el club) por un tema de plata y me habían elegido para reemplazarlo. River llevaba tres fechas invicto y nosotros todavía no habíamos podido ganar en el campeonato. Les ganamos 2-1 y en el vestuario me dieron treinta mil pesos de premio, que era una fortuna. Eran dirigentes de alma, hinchas que aportaban de su propio patrimonio. Ahora es totalmente distinto”.

Marchetta guarda algunos recuerdos imborrables de su paso por Racing como jugador.  “En 1963 fuimos al Monumental y ganábamos 2-0 faltando quince minutos. El “Negro” Belén me dio una pelota y me la dejó muerta atrás. Entonces la enganché con los dos tacos por encima de mi cabeza y del ‘Nicha’ Sanz, la famosa marianela. La pelota pasó por arriba de ambos, seguí y vino el “Negro” Ramos Delgado y me dio un bife. Pero un bife, ¿eh? El árbitro, Roberto Goicoechea, me amonestó a mí ¿por burlarse del rival’, me dijo, y ahí vinieron mis compañeros a defenderme. Era un baile espantoso, pero se ve que les toqué el amor propio. En vez del tercer gol hice esa boludez y nos terminaron ganando 4-2 con tres goles de Luis Artime, uno de ellos con la mano. Me gustaba hacer esas cositas con la pelota. Me puteaban todos”.

En Racing estuvo dos temporadas hasta 1963 y llegó a jugar la Copa Libertadores de 1962. Era un exquisito mediocampista que jugaba “como (Andrés) D’Alessandro, pero derecho”, según se describió. “Era un ocho que corría como un esclavo y tenía mucha habilidad”, describió.

Fue en Racing que pasó a ser definitivamente Pedro Marchetta. “Todos me llamaban Jorge hasta que (Alfio) Basile empezó a llamarme ‘Pedro’ en las divisiones inferiores, y así quedó. Él estaba una categoría debajo de la mía”. También le quedó “Negro” como apodo. “En este país dicen que no hay racismo, pero hay. Cuando era pibe, en los años cincuenta, lo sentía. Por ahí venía uno y se cruzaba de verada al verme. Yo me sentía seguro adentro de la cancha pero afuera me sentía mal por la discriminación. Me costó. Después, ya de grande, no. Igualmente, nunca lo traté con mi psicóloga”.

Otro gran recuerdo de sus tempos de jugador de Racing fue el amistoso ante el Santos de Pelé. “Fue un triangular en el Monumental en el que también participó River y con el estadio a reventar. Perdíamos 4-0 y Pelé estaba imparable. Varios de los nuestros empezaron a levantar la mano. El técnico era Saúl Ongaro. Cuando Pizzuti levantó la mano para irse, dije ‘Ay, mamá’ y ahí nomás, Ongaro me hace una seña y grita ‘Marchettaaaaa’. Ay, ay. Entramos con el Chango Cárdenas. Nos pusimos 4-3 pero el Negro se calentó, entró a cagar a pedos a sus compañeros y en un rato sacó todo el repertorio y lo tiró ahí adentro. Nos ganaron 8-3. ¡¡¡Mamma mía!!!”.

Se fue a Gimnasia y Esgrima La Plata, donde jugó en 1964 y 1965, cuando lo echó de Racing Néstor “Pipo” Rossi, el entrenador del equipo. “Discutí con él porque no me puso en un partido contra River que yo quería jugar sí o sí por más que tenía a la miseria el tobillo derecho, y no me habló nunca más. Me ignoraba en la charla técnica y no me ponía nunca. Un día le fui a decir que no me quería ir de Racing, que para mí eso era como que me arrancaran las vísceras, y él me dijo ‘Vos me defraudaste por esto, esto y esto’ (me acusó de jugarme la guita en el hipódromo mientras mi vieja hacía todo por mí y me hago cargo porque toda la vida me gustaron los burros aunque a entrenarme iba siempre, mi vieja me despertaba dos horas antes con el café con leche y me tomaba dos colectivos y luego caminaba ocho cuadras hasta la cancha, no faltaba nunca). Al tipo no le tembló la mano a la hora de marginar a una figurita que asomaba y la verdad es que hizo bien. Hizo muy bien. Cuando me retiré como jugador, fui a su casa, le toqué el timbre y cuando me abrió la puerta le dije ´Maestro, usted tenía razón, me echó muy bien de Racing, le pido disculpas’. Pipo me dejó una gran enseñanza: siempre hay que ser sincero con el futbolista, aunque le duela”.  Recién al pasar a Gimnasia se pudo comprar su primer coche, un Fiat 1500.

Marchetta pudo haber sido jugador de la selección que participó en los Juegos Olímpicos de Tokio en 1964. “Bernardo Gandulla y René Pontoni me convocaron. Estuvimos casi un año preparándonos entrenando unas veces en la cancha de Boca, otras en la de River y al final me quedé con las ganas de viajar porque justo falleció mi padre a los cuarenta años y en esa época el luto era muy riguroso. Para colmo, yo era hijo único y mis tíos me decían ‘No podés ir, Pedrito, tenés que acompañar a tu vieja’. Eso fue tremendo. Mi viejo murió de un derrame cerebral, que es lo mismo que me pasó a mí después, aunque ahora se le dice ACV. Mi vieja se vino abajo. Mi papá tenía dos trabajos: a la mañana en Obras Sanitarias y a la tarde arreglaba zapatos en casa. Se había comprado una máquina bárbara”.

Pese a sus habilidades para jugar, Marchetta había podido estudiar. “Un caso raro –le dijo a la revista “El Gráfico”- porque en esa época no estudiaba nadie de los que jugaban al fútbol. Me recibí de tenedor de libros, una carrera intermedia antes de contador público. Con ese título llevé  la contabilidad en una casa de electrodomésticos de Avellaneda y después. En una mueblería”.


Tras su paso por Gimnasia, jugó en Los Andes (1966), Santiago Morning de Chile (1969), Deportivo Quito (1970) para terminar en el Ever Ready de Dolores (1971). Todavía no había cumplido los treinta años y ya había decidido colgar los botines. “Me compré un Rastrojero y me puse a vender garrafas en Florencio Varela”, comentó.

Tras la decisión de colgar los botines, comenzó a administrar la concesión de los hoteles de Embalse Río Tercero, uno de los muchos emprendimientos extra futbolísticos que generaron una holgada situación económica más allá del fútbol.

La gran amistad que había hecho con Basile como jugador de Racing hizo que  éste lo convocara para integrar su cuerpo técnico como ayudante de campo. “Fue mi maestro, con quien aprendí el manejo de un plantel y los secretos técnicos. Fue una escuela tremenda. En 1981 estábamos en Instituto de Córdoba y teníamos que enfrentar por cuarta vez en el año al Boca de Diego Maradona, que no nos había podido ganar. La charla fue sobre cómo marcar a Diego y teníamos el plan aceitado. Bastó que pisara la cancha, verlo cómo estaba de enchufado, saludando a la gente, haciendo jueguito, que Coco se incorporó del banco y me dijo ‘Hoy nos comemos cuatro’ y así fue. 4-1, con tres de Maradona.”. En una oportunidad, cuando lo acompañó a Basile en Nacional de Montevideo, un día su amigo le dijo sin anestesia, “dejás de trabajar conmigo. Te llegó la hora de empezar solo”.

Así comenzó su dilatada carrera de director técnico, reconocido por sus charlas técnicas que mezclaban chispa, táctica, humor y sentencias para el recuerdo. Sostiene que hasta los años noventa, sus equipos practicaban un juego “más cercano a la línea de (César) Menotti” pero que luego “me crucé de vereda” hacia un fútbol más pragmático.

Su primera experiencia fue en Los Andes en 1983. Los “Mil Rayitas” venían teniendo una floja campaña en la vieja Primera B pero logró enderezar la situación y lo colocó en la final del octogonal por el segundo ascenso, y cayeron en la final ante Chacarita Juniors.

Esta campaña le valió ser tenido en cuenta por Racing de Córdoba, que lo contrató para 1984 y a partir de allí y de los buenos resultados –consiguió un meritorio cuarto lugar en el Metropolitano, la mejor campaña histórica luego del subtítulo del Nacional 1980 dirigido por su amigo Basile--, comenzó a establecer una muy buena relación con la provincia, al punto de que terminó viviendo allí y dirigiendo a muchos de sus equipos.

Mientras dirigía a Racing de Córdoba –donde hizo amistad con el cantante Horacio Guarany-, su plantel ganó el PRODE. “El Pato (Roberto) Gasparini fue el ideólogo de jugar una tarjeta. Y dio la casualidad de que ese día nuestro partido era el último de la fecha, el televisado, contra el Ferro de (Carlos) Griguol. Cuando llegó el momento del partido, todos sabíamos que sumábamos doce puntos. ¿Qué charla técnica iba a dar? Les dije que tenemos que ganar, vamos, juguemos, ganemos y chau. Ganamos 2-1 con doblete del Pato sobre la hora, pero hubo otras cien boletas que acertaron los trece puntos. Y sólo nos alcanzó para una cena”.

La campaña con el Racing cordobés atrajo el interés de Rosario Central, que se encontraba en la primera B y pretendía regresar pronto a la máxima categoría, y lo consiguió en 1985 con una gran producción, con una ventaja de once puntos sobre el segundo y con once victorias consecutivas entre las fechas 12 y 23. “Puedo decir que Rosario Central fue el club de mi vida”, llegó a decir.

 “El día de los partidos es cuando el técnico descansa –sostiene-, porque por más que uno lo intente y haga todo posible dando indicaciones, el que la mete o no en el arco es el jugador. Y él es el verdadero protagonista de los triunfos y los fracasos. Siempre digo que cuando se logra un campeonato, el técnico sólo tiene el 30 por ciento de responsabilidad; el resto es mérito del plantel”.

En esos tiempos de DT de Rosario Central pudo trabar una amistad con el humorista Roberto Fontanarrosa, con quien no sólo se reunía para mantener largas charlas sino que solían verse para jugar al fútbol. “Era un monstruo”–recuerda Marchetta-  Lo llamaba y le preguntaba ¿Del 1 al 10 ¿cómo estás físicamente?’ y me respondía ‘Hoy estoy espectacular, 2 puntos y medio’. Un genio el Negro. Jugaba para el orto, eso sí”.

Más allá del éxito del ascenso, cree que cometió un error importante. “Era de tomar decisiones en caliente y me equivoqué al dejar a Central porque llegó Ángel Tulio Zof y salió campeón de Primera División. Me alegré por los muchachos y los hinchas, pero yo debí estar en ese banco”. De hecho, la única vuelta olímpica que dio como entrenador fue aquella de la B.

Tras su paso por Rosario Central llegó la chance de dirigir a Vélez en 1986 pero su paso fue breve. “Hicimos una gira por Colombia y los dirigentes le sacaron dos mil dólares de premio al plantel para poder volver en primera en el avión. Me calenté y me fui”. Ese mismo año tuvo otra breve experiencia en Talleres de Córdoba y fue contratado por Belgrano para 1986/87 con la idea de ascender desde el Nacional B, pero cayeron ante Bánfield en la final. “Esa fue mi tarde más triste –confesó-. Yo le quería ganar a (Eduardo) Duhalde (con el que venía rivalizando desde sus primeros tiempos en Los Andes) pero se me lesionó un jugador y m equivoqué en un cambio. Me fui muy mal ese día”.

Volvió a Racing de Córdoba  para 1987/88, donde logró mantener la categoría tras una durísima final ante Unión de Santa Fe. Fue 5-4 por penales luego de un 1-1 en la Bombonera. En 1989 dirigió a Racing de Avellaneda,, y en 1991/92, a Platense, donde dejó una enorme cantidad de anécdotas –como hacerle cantar ”Garúa” una noche a Roberto Goyeneche-  y su paso es muy recordado, aunque fue allí cuando tuvo su primer aviso de problemas de salud. “Estábamos en un entrenamiento y empecé a sentirme mal. No dije nada y viajé a Córdoba a ver a mi médico, que es el Maradona de los cirujanos del corazón. En cuanto me vio, me metió en un  quirófano y me hizo dos by pass, a los que yo bauticé Erbín e Irusta, por el defensor y el arquero que tenía y que me hacían sufrir como loco. Se abrazaban cuando venían los contrarios al grito de ¡ahí venen! Los quiero a los dos con el alma, pero fueron responsables del problema cardíaco”, contó con su clásico sentido del humor.

En ese tiempo estuvo cerca de integrar el cuerpo técnico con su amigo Basile, pero algo desvió su camino. “Grondona le preguntó a Coco con quién iba a trabajar y entre sus colaboradores, me mencionó. Pero Don Julio le dijo ‘elegí otro, al que vos quieras, pero Marchetta, no’. Basile me lo planteó y le contesté ‘está bien, no hay problemas. No te vas a perder esto por mí’. Yo no sabía cuál era la jugada de Julio, hasta que en la previa de un partido entre Argentina y Uruguay, estando yo en el Victoria Plaza de Montevideo, cruzó todo el hall del hotel, me encaró y me dijo ‘Yo no te hice integrar el cuerpo técnico de Basile porque vas a tener algo mejor. Un ayudante de campo de la Selección gana dos mangos y yo creo que vos tenés capacidad para grandes cosas. Ya vas a tener noticias mías’. Al tiempo, me llevó a Independiente para la temporada 1992/93. En esa época llegué a ser uno de los cinco técnicos mejores pagos de la Argentina junto con Griguol, Menotti, (Carlos) Bianchi y Basile. La verdad es que gané mucha plata ¡y siendo negro! Si hubiera sido rubio de ojos celestes, seguro habría sido millonario”. Llegó a estar 22 partidos invicto, pero luego llegaron los malos resultados, se lo vinculó afectivamente a Racing y se fue.

“Cuando me fui, el equipo estaba segundo y faltaban cuatro fechas. Dejé un plantel  armado y cuando (Miguel) Brindisi asumió, puso a Gustavo López, quien se recuperó de una lesión y asi, con un esquema que yo armé, terminó ganando todo: Supercopa y campeonato”, recordó.

En 1994 volvió a Rosario Central para u segundo ciclo en el club, aunque esta vez con el propósito de salvarlo del descenso. Para eso volvió a confiar en los jóvenes como Roberto “Nuno” Molina, Cristian “Kily” González y pablo “Vitamina” Sánchez que se sumaron a los más experimentados Omar Palma, Marcelo Delgado y Darío Scotto, al que ya conocía de los tiempos de Platense. Meses más tarde, en 1995, volvió a Racing, también para su segundo ciclo. Pero no se olvida de un dirigente, Daniel Lalín. “En cuatro meses armamos el mejor Racing de los últimos años pero en siete minutos acordé mi desvinculación porque a Lalín le encanta jugar al entrenador. No sabía cómo era la pelota y a los cuatro meses ya opinaba de táctica y de técnica. Invadió mi trabajo y me fui. Lo que nunc se debe perder es la dignidad y el orgullo.  Un dirigente puede opinar pero no, imponer jugadores. Porque el técnico pasa a ser un títere, un boludo que ya no puede mirar a nadie a la cara. Me tuvo que poner 1.100.000 dólares sobre la mesa. Al principio me quisieron meter la deuda en la quiebra, pero intercedió Duhalde, que en ese momento era gobernador de Buenos Aires y le dijo que pusieran esa deuda como post concursal o no hay un mango más para Racing de parte de la provincia”.

“No tengo dudas de que con ese equipo yo era campeón, tocaba el cielo con las manos –señaló en el libro “El Negro”-. Me tenían que hacer un monumento. Dejé al equipo en el segundo puesto, a seis puntos del primero, pero me dolió mucho irme. Los directivos habían decidido no comprarle el pase a Claudio ‘Piojo’ López, y finalmente se quedó bajo mi responsabilidad- ¡Y pensar que después lo vendieron por una fortuna!. Después vino Brindisi y estuvo cerca de coronar, lo mismo que años antes en Independiente. A Miguel siempre le digo ‘vos me vas a acompañar hasta el cementerio, pero entrá conmigo”.

Dirigiendo a Racing, ante San Lorenzo, se le ocurrió decirle a su delantero Silvio Carrario, sobre su marcador, un veterano Oscar Ruggeri, “apuntale y tirale la pelota larga, que él es una cabina telefónica: pasás, ponés una ficha, hablás y seguís”, pero el ex capitán de la selección argentina se enteró del consejo de la boca de su rival y terminó festejando el triunfo en la cara del DT, aunque la relación entre ellos era de simpatía: habían compartido varios momentos en el Babson College, durante la concentración en el Mundial 1994, en Boston, cuando Marchetta visitaba asiduamente a Basile.

Para 1996/97 volvió a dirigir a Belgrano, que terminó descendiendo al Nacional B y en 1997/98 regresó a Los Andes en esa categoría, mientras que no pudo evitar el descenso de Platense al Nacional B- En 2001 siguió en el ascenso, dirigiendo a Independiente Rivadavia de Mendoza.

“Para mí, Mendoza es una clínica de descanso después de los problemas de salud que tuve –reconoció-. Es una ciudad espectacular para vivir. Si hubiera sido por lo económico, Independiente nunca podría haber cubierto lo que yo valgo. En este momento, sus dirigentes están bailando con Alejandra Pradón y están pagando como si se tratara de una viejita de ochenta años. Pero me gusta este equipo y tengo ganas de quedarme”.

En el primer semestre de 2002 volvió otra vez a Racing de Córdoba para tratar de evitar su descenso desde el Nacional B al Argentino A pero en la última fecha empataron 2-2 con Platense y los dos perdieron la categoría.

Luego dirigió al Deportivo Quito (2002/03) –llegó al hexagonal final en 2002-, en 2004, otra vez a Belgrano en el Nacional B, aunque se fue peleado con la barra brava, y en 2004/05 al Barcelona de Guayaquil. Después se alejó de la actividad por problemas de salud y sólo reapareció para ser asesor de Instituto en un breve lapso, hasta que tuvo una última experiencia en General Paz Juniors, de Córdoba, en 2006/07. “Era un desafío personal .admitió-. Me sirvió para probarme a mí mismo que podía seguir dirigiendo tras una larga rehabilitación en una clínica de Tanti”.

Asegura que “no soy un versero. Conseguí un lugar y un nombre en el fútbol, por eso sigo siendo un ganador”, y si tuvo muchas peleas en su carrera, dice que “no soy de guardar rencor. Me caliento rápido y también hay gente a la que no le gusta que le digan las cosas en la cara”.

Tuvo encontronazos con Antonio Mohamed –“un personaje pintoresco”-,  con Ricardo Bochini –“con él me equivoqué. Juro que lo que dije fue sin mala intención aunque no estuve bien. Ël fue un ídolo, un grande y fue una polémica inútil. Me metí con la moral de un tipo que le dio mucho al fútbol argentino y cuando lo vea le pediré disculpas”- y con César Luis Menotti –“nunca fuimos amigos pero sí tuvimos una afinidad. Se enojó por el título de una nota en la que yo dije que cambié aunque a él no le gustara. Esa fue otra polémica estúpida”-. “En el fútbol se hacen pocos amigos –afirmó- de los que están en las buenas y en las malas. Por eso, desde hace cuarenta años, mi amigo del alma es el Coco Basile”.

A pesar de ser de la vieja guardia, Marchetta cree en la psicología. “Me analicé porque eso te ayuda a crecer. Empecé por un problema personal, para saber dónde estaba parado y después de cuatro o cinco años me di cuenta de que fui un pelotudo toda mi vida. La psicóloga me arregló la cabeza. Le tengo prohibido que me dé el alta porque ante cualquier kilombo recurro a ella. Muchos dicen que los locos van al psicólogo pero son los cuerdos los que van. Empecé a ir en los ochenta tras mi primera separación, y a la cuarta sesión la invité a salir. ‘Usted tiene un kilombo bárbaro en su vida, tiene dos mujeres ¿y quiere una tercera?, me dijo. Un fenómeno, una mina excepcional- El día que los dirigentes entiendan que vale la pena tener un psicólogo dentro del cuerpo técnico, se podrán solucionar varios problemas. La hija de mi esposa y mi hija son psicólogas, así que estoy acostumbrado, y el jugador a veces necesita algo de eso”.

En cuanto a sus parejas, afirma que “siempre tuve barbies, morochas o rubias, pero siempre de ocho puntos para arriba. Mi arma de seducción es el chamuyo, porque la pinta no es. Vos dejame hablar diez minutos y ya está, te liquido” y es tajante cuando le consultan si es borracho. “Es falso. Preguntale a Basile, que cuando nos juntábamos, entre él y (Roberto) Perfumo se bajaban todo el whisky mientras yo tomaba gaseosa, pero con esa carita, ¿quién me va a creer? Si me ven tomando agua dirán ‘mirá el vodka que se baja’” y también asegura que “en mis peores épocas, llegué a fumar ochenta cigarrillos diarios, una locura. Un día me hinché todo, me vi en el espejo, me asusté y decidí dejar”. Otra de sus pasiones es el turf. Llegó a pasarse horas con Ángel Labruna (otro fanático de “los burros”) en el Jockey Club de Córdoba.

Lector de todo tipo de libros, desde Perón a García Márquez, de Maquiavelo a históricos, sostiene que el mejor que tuvo en sus manos “me lo recomendó Víctor Hugo Morales, lo cual parece una incongruencia, ya que no tenemos ninguna relación. Se llama ¿El poder y la gloria’, de Graham Greene. Fue cuando él hacía el programa de TV ‘El Espejo’ y nos encontramos en un hotel de Rosario y recuerdo que me dijo que Central iba a ser campeón de Primera B. Después, algunas opiniones y otras boludeces nos fueron alejando, pero hay que reconocer que es un tipo que sabe un montón de cultura y es un relator de fútbol inigualable”.

A Marchetta no le es indiferente la política y se emociona al recordar cuando estuvo de visita en la Quinta de Olivos y fue recibido por el entonces presidente Juan Domingo Perón. “El general me dio la mano y estuve varios meses sin lavármela” pero recuerda que no siempre sus contactos con el poder fueron felices, porque permaneció seis meses detenido durante la pasada dictadura militar. "El dueño de la empresa en la que trabajaba era muy peronista, como yo, y caímos todos", recuerda y detalla que estuvo detenido primero en Río Cuarto y más tarde en Buenos Aires. En ese lapso pasó un mes incomunicado, bajó cerca de 20 kilos y recibió alguna que otra paliza en los interrogatorios sobre si tenía algún vínculo con las organizaciones armadas.

 

Marchetta cuenta que a mediados de 1976 lo vinieron a buscar al hotel de Embalse, donde trabajaba. “El tema comenzó porque él le había ganado la licitación a Ibérico Saint Jean, que se la tenía jurada. A mi socio lo detuvieron un tiempo antes. La mano venía complicada, a tal punto que Perfumo, amigo desde la adolescencia  y concentrado en ese momento para jugar con River la final de la Libertadores contra Cruzeiro, me avisó que me fuera del país porque me iban a ir a buscar. ¿A dónde me iba a ir con dos hijos chicos? Pensé que no iba a salir vivo de ahí”.

Marchetta reconoce que “pude haber sido boleta tranquilamente, porque ahí dentro te volvés medio loco y más, con mi personalidad. Invité a pelear a un principal de apellido Patané, que me amenazaba con una pistola en la cintura. Me salvó la vida Anselmo Flores Jouvet, un militar que revisó mi legajo y se dio cuenta de que estaba ahí por error. Tuve que comenzar de cero porque nos sacaron la concesión”.

En esa dura situación económica apareció la solidaridad del cantante Carlos “La Mona” Jiménez. “Conmigo tuvo un gesto enorme y lo amo –afirma Marchetta- Había que pagarles dos meses de sueldos atrasados a los empleados y no teníamos el dinero, así que mi cuñado, Raúl Erroz, fue a verlo a su departamento de la calle Chacabuco. Cuando se enteró, suspendió todas las funciones que tenía programadas junto a “Coquito” Ramaló y se fue a actuar a Embalse para darme una mano. Fue el 21 de septiembre de 1976. Estuvo desde las cinco de la tarde hasta las cinco de la mañana. ¡Cantó 134 temas! El baile se hizo en el salón de una hostería que yo administraba, “La Cabaña del Tío Tom” y pasaron por el lugar, en 24 horas, cerca de diez mil personas. Con esa recaudación les pagué a los empleados. “La Mona” es un tipo gaucho, que ayuda a la gente y que no lo hace para figurar sino porque tiene “el bobo” grande. Un tipo bárbaro”.

Con esa concesión había sido testigo de un hecho insólito un año antes, en tiempos de María Estela Martínez de Perón, en Chapadmalal. “Era verano de 1975 y estaba ahí cuando se produjo una situación que nos paralizó. Tras un intercambio de palabras, (José) López Rega le pegó una cachetada a la Presidente e inmediatamente el edecán le apoyó su pistola en la sien. El clima era tremendo y ella calmó los ánimos”.

Gracias a otra concesión, de comedores de hoteles, pero en Embalse, conoció a Menem en 1974. “Un día me llama un amigo y me dice que va a venir el gobernador de La Rioja. El tipo cayo tarde, cerca de la medianoche. Tenía un bungaló frente a mi casa y él mismo me golpeó la puerta para avisar que había llegado con su comitiva, unas veinte personas.  Me pidió disculpas por la hora, y me preguntó cómo me llamaba y me dijo ‘mire, Pedrito, la tropa tiene hambre’. En esa época se había firmado una ley de contrato de trabajo, la 20.744, que si hacías laburar a un tipo media hora extra te sacaban un riñón, pero lo mismo hice levantar a todo el personal y les dimos de comer. Siempre me caía así y yo le decía ‘escuchame Carlos, ¿no pueden venir más temprano?”.

La relación con la política siguió con el paso del tiempo. “Antes del Mundial 1994, Duhalde me llamó por teléfono para que Basile y algunos jugadores de la selección fueran a jugar un picadito a su casa-quinta de Ezeiza. El Coco era peronista pero hasta ahí, y dudaba. Al final lo convencí. Después, Menem se enteró de ese partido y se hizo llevar en helicóptero.”.

Si hay algo que marcó los últimos años de Marchetta fue el ACV que tuvo en 2006, en momentos en que se encontraba dirigiendo en Ecuador pero había llegado a la Argentina porque operaban a uno de sus nietos. Estuvo internado por ocho meses, sin caminar ni hablar. “Me entró a agarrar como un pánico, miedos y de golpe se me durmió una pierna. Me pellizcaba y no la sentía”. Estuvo internado en una clínica de Tanti, cerca de Villa Carlos Paz. Caminaba con un andador y tuvo que aprender a hablar otra vez. “Zafé. ¿Sabés quién me salvó? Que se reunieron Dios y el Diablo y empezaron a discutir ‘Agarralo vos al Negro, no agárralo vos’ y no me quiso agarrar nadie”.

“La verdad es que el fútbol no me debe nada. Yo le debo. No soy de los tipos que consideran que el fin justifica los medios, al contrario. Más bien fui un bohemio que no le dio tanta importancia a los logros. Quizá le quedé debiendo al fútbol una mayor contracción al trabajo. Con un poquito más de interés quizá hubiera ganado más partidos o más campeonatos, pero desde el comienzo tuve claro que el fútbol no era algo absoluto para mí. Me gustaba hacerme tiempo para la familia, para las salidas, para el turf, y atender diversas cosas al mismo tiempo. Así y todo, me di el gran gusto de trabajar siempre donde me sentía realmente bien”, afirmó en el libro “El Negro”, casi como un balance de vida.

 

 

 

 

 


martes, 7 de septiembre de 2021

Quién es Marina Granovskaia, la “Dama de Hierro” del fútbol inglés y mano derecha de Roman Abramovich en el Chelsea (Infobae)


 

Cuando  en 2012  el marfileño Didier Drogba marcó el gol del empate ante el Bayern en Munich en la primera de las dos finales de Champions League que ganó el Chelsea, que al final se impuso por penales a los alemanes en su propia casa, todas las miradas apuntaron a una señorita que se encontraba en el palco de honor, Marina Granovskaia, dirigente del club inglés en ascenso, que fue quien sostuvo contra viento y marea al delantero para que se quedara en los “Blues”.

Drogba había sido sancionado por seis partidos debido a sus insultos al árbitro noruego Tom Henning Ovrebo tras el partido de vuelta de semifinales de Champions de 2009 ante el Barcelona, cuando el Chelsea estuvo a segundos de llegar a otra final consecutiva contra el Manchester United (contra el que había perdido un años antes por penales en Moscú) cuando un gran remate de media distancia de Andrés Iniesta acabó con el sueño en otro de los tantos recordados duelos entre los entrenadores Josep Guardiola y José Mourinho.

Granovskaia es la directora ejecutiva del Chelsea y no sólo se convirtió en la mano derecha del dueño del Chelsea desde 2003, el ruso Román Abramovich, sino que es la persona de su absoluta confianza desde que se endurecieron las leyes británicas para permanecer en el territorio y el multimillonario decidió aparecer esporádicamente por Stamford Bridge.

Desde que Granovskaia se encuentra a cargo de las negociaciones de todas las transferencias, con su aspecto duro y enigmático, el Chelsea ya ganó seis títulos, entre ellos la última Champions League al Manchester City, llegó a mediados de 2021 a la final de las dos Copas de Europa, la masculina y la femenina (en la que cayó derrotada por el Barcelona), y se le hizo responsable por grandes operaciones que reportaron enormes beneficios para el club, como el retorno de Romelu Lukaku desde el Inter para la actual temporada, o la muy cara salida de Eden Hazard al Real Madrid cuando estaba a punto de quedar libre, o el acuerdo multimillonario con una marca de indumentaria deportiva como sponsor.

Granovskaia nació en Moscú hace 46 años, tiene la doble nacionalidad ruso-canadiense, estudió danza y música y es licenciada en Lenguas Extranjeras por la universidad estatal, es decir que no tiene ninguna vinculación con las ciencias empresariales, aunque se la reconozca como una muy hábil y dura negociadora y desde que se graduó en 1997 comenzó a trabajar en Sibneft, la petrolera de Abramovich.

Fue allí cuando comenzó la relación laboral entre ambos. En la medida que mostró sus aptitudes para manejar las finanzas y Abramovich vendió la empresa Gazprom en 2003 por una fortuna y con parte de ella adquirió el Chelsea, inmediatamente hizo que Granovskaia  se trasladara a Inglaterra para ayudar en el club y así es que en 2010 comenzó a actuar como su representante y apoyaba con sus decisiones a la comisión directiva, a la que se incorporó oficialmente en 2013.

Desde  que es directora ejecutiva del Chelsea, en 2014, nada escapa a su control, incluido el vestuario, al que conoce a la perfección, claro que ayudada por otro símbolo del club, el ex arquero checo Peter Cech, consejero técnico desde julio de 2019. Mucho más aún conoce el área deportiva en general tras la renuncia de otro ex jugador, Michael Emenalo, ex director deportivo, en 2017. También descansa en su otro pilar, Scott McLachlan, el jefe de Scouting desde 2011.

Acaso una de las pocas malas operaciones fue la contratación del italiano Maurizio Sarri como entrenador, pero Granovskaia salió airosa también de esta operación. El director técnico duró apenas un año en los “Blues” pero no sólo le ahorró al club millones de libras de indemnización sino que ole consiguió un ingreso muy importante porque en lugar de despedirlo logró que la Juventus se interesara en sus servicios pagando por su pase cuatro millones de la moneda inglesa.

Todas las grandes operaciones del Chelsea en la última década tienen su firma: la renovación de Drogba pese a lo ocurrido ante el Barcelona en 2009, el regreso de Mourinho a Stamford Bridge en 2013 cuando Abramovich no estaba convencido, las ventas de los pases de los belgas Hazard y Thibaut Courtois al Real Madrid, cuando el presidente del club blanco, Florentino Pérez, pudo comprobar la dureza en las negociaciones de la llamada “Dama de Hierro” del fútbol inglés. Por Hazard consiguió que los españoles pagaran 115 millones de libras por su pase más cuarenta en variables cuando al belga le quedaba un solo año de contrato y luego quedaba en libertad de acción.

Algo que también se dice de ella es que es muy cuidadosa con el dinero que gasta en las compras de pases de futbolistas. Cuando llegó Gonzalo Higuaín exigió que fuera en forma de préstamo porque no estaba dispuesta a pagar los cincuenta millones de libras por un jugador de 31 años.

También se consideran grandes éxitos suyos las ventas de los brasileños Óscar, Ramires y David Luiz –sin lugar en el primer  equipo-, el croata Mario Pasalic, el francés Tiemoué Bakayoko, y la del español Álvaro Morata, que dejaron cerca de 220 millones de euros en las arcas “blues” y en plena pandemia, dejaron un balance positivo de 38 millones. De esta manera, Granovskaia consiguió equilibrar el nivel de gastos e ingresos con compras y ventas millonarias.

También pudo sacar provecho a una situación que generalmente se presenta como negativa para los grandes clubes inversores, como fue la prohibición al Chelsea para contratar jugadores por dos ventanas de pases por sanción. Una vez superado el inconveniente, “La madame de los fichajes”, como también se la conoce, acumuló mucho dinero para armar un gran equipo con la idea de que otro ídolo del club como Fran Lampard, entonces entrenador, tuviera todo para pensar en lanzarse a los títulos,  pero no tuvo empacho, cuando los resultados no aparecieron, para reemplazarlo por el alemán Thomas Tuchel.

“Con Abramovich hablamos por primera vez en el campo de juego. Allí fue nuestro primer encuentro”, admitió Tuchel tras los festejos del título de campeón de la Champions. No se habían visto antes porque todo había quedado a cargo de Granovskaia

El Chelsea se gastó entonces 241 millones de euros en cuatro jugadores: Hakim Ziyech, de 27 años, proveniente del Ajax (40 millones), el lateral inglés Ben Chilwell, de 23 años, del Leicester City (50 millones) y en los alemanes Timo Werner (24) del RB Leipzig (53 millonea) y Kai Havertz (21) del Bayer Leverkusen (80), quien precisamente fue el autor del gol en la final ante el Manchester City que le dio el segundo título de Champions al Chelsea a mediados de este año. Además, llegaron el arquero del Rennes Edouard Mendy (18 millones) y el brasileño Thiago Silva (libre). Por si faltara poco, para esta temporada se sumó nada menos que Lukaku por más de 100 millones.

Para el fichaje de Havertz, la prensa alemana llegó a acusarla de espionaje. Se dijo que estaba reuniendo información privada sobre los posibles puntos débiles de los directivos del Bayer Leverkusen como el ex jugador Rudi Voeller (director deportivo) y Fernando Carro (director general) para poder presionar y bajar el monto total de la operación. En principio, parecía todo acordado en 100 millones, pero el Chelsea pagó 80.

Su desempeño en las negociaciones y en la administración de las finanzas despertó elogios en otros altos dirigentes del fútbol europeo como el máximo mandatario del Bayern Munich, Karl-Heinz Rummenigge, quien sostuvo que “puede que haya dos o tres clubes que pueden oponerse a la tendencia. Los números del Chelsea, por ejemplo, parecen muy positivos. Marina Granovskaia ha hecho un muy buen trabajo”, le dijo a “The Athletic”.

Pero si hay algo que todavía hoy se considera como un brillante negocio del que Granovskaia formó parte fue el tremendo contrato firmado por el club con Nike en 2017 con el que rompió todos los récords de la Premier League: 66 millones de euros anuales durante quince años, hasta 2032, por un total de  990 millones de beneficio.

Ahora, tras el impacto de la contratación de Lukaku, pieza fundamental del título de Serie A del Inter en la temporada pasada, Granovskaia ya piensa en nuevos refuerzos. Las ventas de los pases de Fikayo Tomori, Olivier Giroud, Víctor Moses y Tino Livramento, permitirán un aumento de fondos para seguir reforzando uno de los equipos más poderosos, que debe disputar el Mundial de Clubes.

Pero la dirigente “blue” no sólo consiguió  equilibrar las finanzas o traer a jugadores de gran nivel sino que aprovechó las dos ventanas de mercado sin poder contratar para apuntalar las divisiones inferiores, cuando antes esto no era para nada habitual. La excepción fueron los casos de Bonetti, Osgood o Le Saux, pero hasta un símbolo como su ex capitán John Terry, que creció en Stamford Bridge, había estado antes cuatro años en el West Ham antes de llegar en 1995.  Cuando Abramovich compró el Chelsea a Ken Bates en 2003, la academia de juveniles ni siquiera existía como tal.

Sin embargo, la imposibilidad de contratar jugadores abrió un gran panorama para los juveniles, que comenzaron a demostrar su valía en competiciones domésticas y especialmente en la Youth Champions League, la Champions League sub-19. En sus siete ediciones, el Chelsea fue campeón en 2013 y 2016, y finalista en 2018 y 2019.

Si bien ya Guus Hiddink le había dado una oportunidad en 2016 a Tammy Abraham y a Tomori, y Antonio Conte hizo debutar a Callum Hundson-Odoi, Chalobah, Musonda, Ola Aina y Jérémie Boga, quien verdaderamente comenzó a apostar por los jóvenes fue Lampard, quien lanzó a Mason Mount, Billy Gilmour (traído del Rangers a los 15 años), Reece James y Andreas Christensen (llegado a los 15 años del Brondby).

“Marina es una persona clara. No hay necesidad de diez llamadas telefónicas o quince correos electrónicos para decirle algo. Va directo al punto”, la describió el representante del zaguero Kurt Zouma, llegado desde el Everton.

Es que casi no tiene fotos (sólo en el palco de Stamford Bridge o en la firma de un contrato, ni redes sociales, y muy poco se conoce sobre su vida privada ni de sus gustos. La revista “Forbes” la eligió en 2018 como la quinta mujer más poderosa en el mundo del deporte si bien los que arreglaron contratos con ella aseguran que es más “una mujer de negocios que una experta en fútbol, y si ya tomó una decisión sobre lo que se discutía, es difícil que cambie de opinión. Es tomarlo o dejarlo”, y prefiere estar en segundo plano y no atribuirse méritos.

Habla con fluidez varias lenguas aunque cuando se enoja, maldice en la materna y su restaurante preferido es “Sumosan Twiga”, de comida japonesa, que tiene entre sus dueños a Flavio Briatore, el ex director deportivo del equipo Renault de la Fórmula Uno.

Pero nadie en el Chelsea manda más que ella, aunque hay quienes, en principio, tienen cargos superiores como el presidente Bruce Buck, o el presidente ejecutivo, Guy Laurence, o el otro director, Eugene Tenembaum. Pero nada se hace sin su aprobación.  “Es la mujer más poderosa del mundo del fútbol”, llegó a asegurar “The Times”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


La selección argentina enfrenta a Bolivia con público, un caso de Covid y tras el escándalo en San Pablo (Kicker)


 

Tras más de dos años sin público en las tribunas, la selección argentina prepara su próximo partido del jueves ante Bolivia en el estadio Monumental de River Plate, apenas cuatro días después del escándalo de la suspensión ante Brasil del domingo pasado, y sin sus cuatro jugadores de la Premier League, mientras se conoció que uno de los cocineros de la delegación dio positivo de Covid, aunque por el momento el resto de los setenta testeados dio negativo.

Mientras los abogados de la AFA ya presentaron su descargo ante la FIFA por lo sucedido ante Brasil, los cuatro jugadores de la Premier (Emiliano Martínez y Emiliano Buendía del Aston Villa, Giovani Lo Celso y Cristian Romero del Tottenham) ya abandonaron la concentración argentina en Ezeiza para volar a Croacia con la idea de permanecer allí diez días, entrenándose con preparadores físicos enviados por sus clubes, para no tener que cumplir una cuarentena en Inglaterra.

Los jugadores del Tottenham – a los que se les sumó el colombiano Davinson Sánchez- se perderán el partido del sábado por la Premier League ante el Crystal Palace y el del jueves 16 ante el Rennes por la Conference League pero llegarán al derby ante el Chelsea del domingo 19, mientras que los de Aston Villa no podrán jugar este sábado ante el Chelsea por la Premier League pero en cambio sí estarán ante el Everton en la fecha siguiente, la del sábado 18.

A partir de estas ausencias, y debido a una sinovitis en la rodilla del segundo arquero, Franco Armani, ante Bolivia atajará Juan Musso (Atalanta), una de las dudas es si el lateral derecho será Gonzalo Montiel o Nahuel Molina,  y la otra es si en la mitad de la cancha Giovani Lo Celso será reemplazado por Nicolás González o por Alejandro Gómez, en tanto que Germán Pezzella ocupará el lugar de Romero en la defensa. Exequiel Palacios, del Bayer Leverkusen, iría al banco de los suplentes.

El equipo argentino formaría ante Bolivia con Juan Musso; Montiel o Molina, Pezzella, Nicolás Otamendi, Marcos Acuña; Rodrigo De Paul, Leandro Paredes, Gómez o González, Ángel Di María: Lionel Messi y Lautaro Martínez.

La selección argentina marcha segunda en la tabla de posiciones con 15 puntos y un partido menos (el suspendido con Brasil), mientras que Bolivia es anteúltima con 6 puntos.

Las 17 mil entradas (un tercio del aforo del Monumental) se agotaron a las pocas horas de ponerse en venta y será el primer partido de la selección argentina con público desde el 7 de junio de 2019, cuando en el Bicentenario de San Juan le ganó 5-1 a Nicaragua en un amistoso. El último partido oficial con público fue el  5 de octubre de 2017 ante Perú en la Bombonera (0-0) por las eliminatorias al Mundial de Rusia.

viernes, 3 de septiembre de 2021

El necesario equilibrio antes del clásico contra Brasil (Jornada)


 

La selección argentina volverá a enfrentar a Brasil en un nuevo clásico sudamericano, esta vez en el Arena Corinthians de San Pablo y por la clasificación mundialista para Qatar 2022, apenas poco más de un mes después de ganarle en su propia casa, en el Maracaná, el esperado título de la Copa América, y necesitará llegar con sumo equilibrio, sin hacer caso a las deformaciones que pueden llegar si falla la percepción, como cuando algunos ya la colocan como favorita para este partido.

Ante Brasil y en Brasil, difícilmente la selección argentina sea favorita, por historia y por lo que significa el rival, con el que se puede ganar, empatar o perder porque existe desde hace un tiempo, una notable paridad, rota solamente en los últimos años del siglo pasado y los primeros de éste.

Sí hay un dato que es cierto, aunque no es culpa de los argentinos. La selección brasileña, que no jugó un partido convincente el jueves pasado como visitante ante Chile, pero logró imponerse por sus individualidades y su peso específico, no cuenta con los jugadores de la Premier League inglesa, aunque esto ha sido porque la CBF ha preferido la diplomacia pensando acaso en un futuro y no tanto en el presente, y decidió no forzar las convocatorias que por reglamento le correspondían, algo que imitaron la Asociación Uruguaya (AUF) y otras.

En cambio, y con acierto, y contando con un saludable compromiso de los jugadores, la selección argentina consiguió, en solitario, que todo el plantel esté presente para los partidos –veremos si antes del tercero, ante Bolivia en el Monumental de Núñez, porque el Aston Villa y el Tottenham, que cedieron a cuatro futbolistas entre los dos, sostienen que hay un acuerdo para que vuelvan antes- y ese es un factor importante pero no decisivo (de hecho, Cristian Romero estaba suspendido ante Venezuela y Emiliano Buendía ni integró el banco de suplentes en ese partido).

Lo destacable de la situación es que todos estén pese a las presiones en contrario por parte de las poderosas ligas europeas, que chocaron contra la decisión del TAS a la que nunca debieron llegar porque la FIFA debió ponerse los pantalones largos y hacer pesar el reglamento que dice que en las fechas de selecciones nacionales, los jugadores deben ser cedidos por sus clubes sin ningún tipo de condicionamientos.

Más allá de estas cuestiones políticas, desde lo futbolístico la selección argentina viene encarando hasta aquí una fase clasificatoria tranquila como pocas veces se recuerda en los últimos tiempos. Apenas con Alejandro Sabella, para Brasil 2014, o con Marcelo Bielsa para los Mundiales 2002 y 2006 hubo una situación similar.

El equipo se va consolidando más allá de los gustos personales, y en base a la conformación de un grupo nuevo, en muchos de los casos, con escasos jugadores del ciclo anterior y una generación comprometida (algo que quedó demostrado en los hechos con esta convocatoria contra todos los intereses económicos), y por supuesto, ayudado por los buenos resultados, tanto en la pasada Copa América con un título ganado luego de 28 años, como por el transcurso de esta clasificatoria al Mundial 2022.

Los tres triunfos como visitante en cuatro partidos (ante Bolivia en la altura de La Paz, ante Perú y ante Venezuela días pasados, y un empate que Colombia consiguió en el último minuto) permiten una cierta tranquilidad y entonces hasta una derrota con Brasil pasa a no ser grave, y a la vez permite jugar un fútbol más pretencioso, o al menos, no tan conservador.

Si bien el triunfo ante Venezuela en Caracas fue claro, una vez más no hay que engañarse y el equipo albiceleste tiene muchas cosas por corregir. Ante la “Vinotinto” jugó contra un rival que venía de cambiar pocos días antes su director técnico (el portugués José Peseiro se fue luego de catorce meses sin cobrar y fue reemplazado por el local Leo González, con otro estilo y filosofía) y no sólo le faltaron jugadores fundamentales como Yordan Osorio (Parma), Yangel Herrera (Espanyol) y Salomón Rondón (Everton), sino que pocos minutos después de comenzado el partido fue expulsado Luis Martínez por una violentísima falta a Lionel Messi y ya los locales habían hecho tres cambios en la primera etapa.

Esto no significa que la selección argentina haya jugado mal sino que ganó muy bien y con justicia, pero tuvo ventajas que no suelen ser habituales en esta clase de torneos y es aún menos esperable ante Brasil y en su casa y con ánimos de revancha luego de aquella final perdida en el Maracaná.

Es evidente que luego de ganar la Copa América, el entrenador Lionel Scaloni se reafirmó en su idea del sistema 4-4-2, con Messi y Lautaro Martínez como puntas, con dos laterales casi en la mitad de la cancha, Ángel Di María volanteando, retrasado, y una superpoblación de volantes como Rodrigo De Paul, Guido Rodríguez y Giovani Lo Celso.

De esta forma, lo que ocurre es que al no ser Messi un punta (y menos a los 34 años), Martínez queda muy solo arriba, sólo acompañado a veces por los dos laterales, Nahuel Molina y Marcos Acuña, que no tienen oficio de delanteros y todo mejoró, obviamente, con los ingresos de Ángel y Joaquín Correa, de muy buen presente en sus equipos (Atlético Madrid e Inter), porque eso significó más presencia en ataque.

Acaso sacrificando un volante (o Lo Celso o De Paul) , con un extremo como Nicolás González y subiendo unos metros a Di María, o probando con más tiempo en la cancha a Paulo Dybala, con un buen regreso luego de un tiempo sin convocatorias, como en los últimos quince minutos, se podría probar otro sistema, especialmente para partidos que lo ameriten.

De cualquier modo, que cada vez se consolide más un equipo que trate de no depender siempre de Messi y que se comprometa tanto dentro como fuera de la cancha, como ocurrió esta vez, hay ya ciertas muestras de pasos hacia adelante, pero eso de que se es favorita ante Brasil en su casa, no es otra cosa que deformar el espejo.

Ni los peores del mundo antes, ni los mejores del mundo ahora.