martes, 10 de noviembre de 2015

Espera de café (Un cuento de Marcelo Wío)



Serían las tres, tres y media cuando llegué al café ubicado en la esquina de Bravos de la Patria y Telémaco. Hacía años que no iba por aquel barrio. Y no lo habría hecho de no ser porque un cliente me pidió la gauchada de acercarme para entregarle el contrato modelo de compra-venta de un local comercial para echarle un vistazo antes de realizar la transacción. Así llegué a aquel café tan igual a cualquier otro.

Estaba sentado ante una mesa al lado del ventanal. El café estaba casi vacío: un mozo, un gordo detrás de la barra y un viejo sentado a un par de mesas a la derecha de la mía. El hombre hacía que leía un diario que seguramente había terminado hacía un rato largo, y me relojeaba. Conocía a esa fauna de café. Hurgan entre la concurrencia un cómplice para la palabra; para la verdad o la fabulación, lo mismo da. Hablar, contar, darle un sentido a una porción del día; ganarse un asombro, una palmada, dejarse invitar con un café o lo que sea.

Al principio me hice el pelotudo; pero me dio pena: me vi a mí mismo en unos años buscando una excusa para no hablar solo. Así pues, lo miré y lo saludé con esos gestos que esconden mal una invitación: sonrisa leve, arqueo de cejas, una suerte de gesto de suspiro, ladeo de la cabeza y movimiento sutil hacia arriba, como si uno emprendiera el rumbo hacia una observación superior. El viejo decodificó correctamente todos los significados y, levantándose – y trayendo consigo la tacita de café – me preguntó (o suplicó buscando una confirmación): “¿Puedo?”, señalado con la mirada y la perilla mi mesa. “Claro”, revalidé explícitamente el mensaje.

Se sentó, sorbió el fondo de café que le quedaba y encendió un cigarrillo.

“¿Se toma otro café?”, pregunté.
“Te acepto un coñacito”.

Llamé al mozo y le pedí un coñac para el viejo y un porrón de cerveza para mí.
“Te miraba desde ahí, y pensaba, ‘a este muchacho le vendría bien una historia’; pero no cualquier historia; una verídica y, a la vez, incomprobable. No sé si me sigue”, dijo el viejo, pausadamente, con una voz en do menor.

“Siempre me falta una crónica de esas. Supongo que no es un rasgo original…”, dije, por decir algo. Esas declaraciones que no tienen consecuencias; que a lo sumo sólo invitan a que el emisor, emita.

Llegó el mozo con las bebidas, como obedeciendo a unos tiempos prefijados para el ámbito de los cafetines y de sus peregrinos, que permiten una pausa que oficia de sustituto de un prólogo siempre innecesario.

“Lo que te voy a referir – tomó un sorbito del coñac y le dio una pitada al cigarrillo de tabaco negro, de un olor azul pesado – no lo viví yo, me lo contó Arturo Peñalosa, un amigo fiable. Pues bien, Vito Daimon nació en uno de estos tantos pueblitos que hay perdidos en la geografía argentina, de esos pueblos en los que los ochenta, ciento y pico habitantes que hay, tiene un nombre distinto para el rejunte de casas, plaza, canchita de fútbol, iglesia… y no hay tu tía con ponerse de acuerdo. Y mire lo que le digo, menos mal que no tiene un nombre… inequívoco, unánime…Porque, fíjese usted, que uno se acuerda de un pueblo por el nombre, no por el territorio y el mapa… 

Y hay pueblos que… mejor no recordarlos jamás… Pueblos que son como una… amenaza, un aviso ominoso blandiéndose por sobre los posibles futuros infaustos que uno puede padecer a causa de la torcedura de circunstancias que conduzcan a que no quede otro lugar que ese olvido. Porque uno ve a la gente que vive en esos lugares – ¿nunca ha pasado por esos pueblos que nunca son destino? - y uno piensa, ‘esta gente no está acá porque quiere, esta gente está acá porque no le queda otra, porque tuvo que rajar por vaya uno a saber qué chanchullos, qué vergüenzas o temores; o porque no conocen otra cosa… ahí, encerrados… por y en sus realidades’… A todo esto… ¿a qué iba yo…?”

“Me decía que Vito… nació en un pueblito como el que describía”, lo socorrí, ya comenzando a arrepentirme de haberlo invitado a sentarse a mi mesa – por cada anécdota o historia que valía la pena de las que me habían contado en un café, había sufrido varias centenas de desvaríos y tramas mal amarradas; fraudes, en definitiva.

Encendió otro cigarrillo – me ofreció uno, pero le dije que no fumo – y le dio un traguito al coñac.

“Síiiii… Vito Daimon, claro… Pero déjeme que antes te explique a qué viene esta manía o fijación mía con esos pueblitos… - el viejo, o no tenía historia, o era un prologuista incompetente (y yo que había pensado que la ceremonia del coñac y el mozo había evitado todo eso). Yo era viajante de comercio – me jubilé hace… veinte años ya… la pucha… - y quedé muy amigo con un cliente de un pueblo que está acá a doscientos kilómetros. La cuestión es que hace cinco días fui a visitarlo; hacía bastante que no iba. Y ahora me encontré con que hay una nueva ruta más directa; así que tomé por ahí… 

La cosa es que de camino al pueblo de este amigo – que no es otro que el Arturo Peñalosa que me relato la historia; así que, como verá, no desvarío tanto, y las digresiones tienen un hilo que las une con el nudo de la cuestión – crucé un pueblito del que nunca había oído hablar, y que se me quedó adherido a la memoria… un pueblo que tendrá… entre cuarenta y cincuenta casas, calculo… Usted figúrese que esa zona tiene unos pueblos preciosos, pujantes, prósperos, con una dignidad de pocas calles encomiable… Y uno se encuentra esta… cosa… en el medio… y no me la puedo sacar de la cabeza. ¿Sabe cómo le pusieron a esa infamia? ¡Cabo Finochietto! ¡Déjese de joder! ¿Dónde se ha escuchado que a un pueblo le pongan Cabo X? ¡A los pueblos se les pone General Fulano, Coronel Mengano, Almirante Zutano, Comodoro Talcual! ¿A quién carajo se le ocurre darle rango de Cabo a un pueblo? Y claro, uno piensa, a saber si el pueblo nació siendo un caserío de mierda o el nombre prefiguró, condicionó tal propiedad. Bueno, la cosa es la siguiente: desde que regresé, todas las noches vengo soñando con ese pueblo… qué digo soñando, son pesadillas en toda regla: estoy ahí, en el pueblo, atrapado, algo me llevó a tener (a aceptar mi destino de tener) que vivir en ese pueblo de mierda. Una ignominia absoluta. Un hastío permanente. Cuando uno transita una pesadilla, tarde o temprano, se despierta; uno queda sobresaltado, pero finalmente se duerme y el subconsciente discurre por otros argumentos más amables. Pero en mi caso, no me puedo despertar, toda la noche encallado en esa urdimbre fatal, hasta que despierto ya entrada la mañana, y luego, claro, arrastro los residuos de la pesadilla todo el santo día. Con decirle que ya me conozco a todos los del pueblo… He hablado con cada uno de ellos…. La cosa es que hace tres días que no duermo… tengo pavor a quedarme dormido… Una idea, un espanto me ha invadido: ¿y si llega un día en que no me despierte en absoluto de esa baba de imágenes tan reales, y permanezco habitando en ese infierno, en ese pueblo…? A saber las cagadas que me habré mandado en la vida sin darme cuenta para que me den un adelanto del infierno que me ha sido asignado. Y aclarado este punto, le sigo la historia. Espere que enciendo un cigarrillo… Y si no es mucho pedir, le acepto otro coñac”.

Llamé al mozo, convencido de que el viejo me había engañado, que no tenía ningún relato para ofrecer; sólo una serie de temores o de anécdotas mínimas, sin interés alguno. Nada que uno pudiera reproducir, a su vez, en su propio café ante los habituales.

El viejo sorbió un traguito de coñac con un chasquido de la lengua que me irritó, y largó un humo fino, que había pagado algún peaje en los pulmones – o que, más bien, lo había cobrado.

“Vito Daimon tendría unos ocho, diez años. Era una nada: no llegaba al metro de altura. Su contextura física, no llegaba a ser ni contextura y, a duras penas, física, material - parecía más un cúmulo gaseoso al que cualquier perturbación podía dispersar irremediablemente -… Era una cosita de nada el pibe. Y claro, la madre, preocupada, sobreprotectora (‘es que mirá esos pibes, son unos animales, lo van a hacer mierda al nene”, le decía al marido – que a todo esto, alguna vez aventuro un ‘lo vas a amariconar…’; a lo que la mujer respondía, ‘lo van a lastimar’, y él: ‘se lastimará un día, dos, cinco; y enseguida va a crear sus pequeñas astucias y habilidades para que no lo revienten a diario; y si es muy pavo, va a terminar acostumbrándose a los golpes’). Decía que la actitud de su madre le fue acentuando o marcando, más bien, la conciencia de su menudencia, y le fue creando una percepción de fragilidad de sí mismo, de vulnerabilidad; y Vito, quizás, se fue convenciendo de esa predisposición… de esa sugestión; o bien por comodidad (la madre era una hincha pelotas de campeonato) había laburado las estructuras mentales que justificaban un temor que era ajeno (de la madre, claro) y no salía a jugar con los otros críos, y, en su lugar, se refugiaba en el patio trasero de la casa –de baldosas desparejas, sembrado de macetas y sillas de hierro en las que hacía mucho que nadie se sentaba – y jugaba ahí, solo, con una pelota pulpo… ¿Las conoció? Esas pelotas de goma, marrones, con unas ridículas rayas amarillas… creo que eran amarillas…

Como es lógico, esta situación no favorecía la amistad con otros chicos. Así que era un pibe más bien solitario. Pero los otros muchachitos no lo jodían; ya sabe, en los pueblos, cuando se acostumbran a las excentricidades, a las taras, a las idiosincrasias, o a lo que sea que pueda provocar la mofa pelotuda de la gente, más allá de un mote que puedan endilgarle a uno, lo más que ejercitan es la indiferencia sin malicia.

A Vito, sin mucha originalidad, lo llamaban “Diminutivo”. Ya ve la maldad….
En fin. La cosa es que el mocoso jugaba a la pelota solo, ahí atrás. Nadie le daba bola. Por otra parte, ¿quién le presta atención a un chico jugando solo al fútbol? Uno va a ver a los pibes jugar en el potrero, en un partido, donde se puede descubrir alguna gambeta, el germen de una habilidad.

Bueno, ya le dibujé el contexto. Porque sin contexto, no hay significación. Así que ahora le voy a contar el suceso en sí. El hecho. El milagro, según Arturito Peñalosa.
Una tarde de domingo, el pibe - ya le digo, andaría por los ocho o diez años - iba caminando su aburrimiento por el pueblo. En el club social, el equipo local de los pibes de doce años jugaba contra un pueblo vecino. Los visitantes – como solía ser costumbre – les iban ganando de manera abultada (lo que habitualmente se suele referir como ‘romper el culo’). Corría el minuto treinta y pico del primer tiempo y los locales perdían tres a cero… Pare, pare; usted dirá, ‘pero eso no es abultado’, lo exuberante no era el marcador, sino el baile, el repaso que le estaban dando a esas criaturas; y la evidente imposibilidad de revertir el curso de los acontecimientos, la imposibilidad de evitar más goles en contra. La cosa es que Vito, que iba por ahí, se quedó agarrado al alambrado mirando el devenir del bailoteo.

Entonces, el puntero izquierdo local se torció el tobillo y no hubo tu tía de que arreglarle el desaguisado – esguince de manual. El técnico, Fito, se giró hacia el banco de suplentes, para encontrar montoncitos de ropa, algunas zapatillas, una botella de agua y poco más – el pueblo era chico, y la generación de pibes entre los 11 y los 14 años no había sido de las producciones más fecundas. Entonces el técnico lo vio a Vito apoyado en el alambrado y lo llamó. Vito se hizo el pelotudo, como que la cosa no iba con él, como que no escuchaba. Pero Fito terminó acercándose hasta la posición de “Diminutivo”. ‘Nene, nos falta uno, con que te pongas delante del lateral de ellos, por lo menos para que no encuentre una banda inhabitada por donde pueda pegar sus cabalgadas a gusto, es suficiente. No te pido más’. ‘Bueno’, le respondió el pibe, con ese hilito de voz que tenía, como si estuviese poco acostumbrado a hablar.

Le enchufaron una camiseta que le quedaba como un camisón, y se la acomodaron dentro del pantalón (parecía que llevara un salvavidas) y lo mandaron a la cancha. El primer tiempo se fue sin grandes sobresaltos.

En el segundo… Ah, el segundo tiempo… A los dos minutos de iniciado el partido, la pelota le cayó a los pies a Vito – de carambola, porque ninguno de los suyos pensaba en él como una alternativa de pase, ni aunque quemara el balón – y, entonces, el asombro ante lo inefable, la belleza, la perfección incontestable. El pibe, me decía Arturo, parecía que flotaba a milímetros del suelo y que la pelota no quería despegarse de su lado; los rivales estiraban las piernas, los brazos, las malacias, los ardides y las dignidades; y nada, Vito los pasaba como si no estuvieran, como si fueran las macetas de su patio. La clavó a media altura, lejos del portero, y la pelota se abrazó con la red justo en el vértice donde lo lateral se convierte en fondo.

El segundo tiempo fue un festival local. Aunque los rivales sabían que todos buscarían a Vito, no había manera de marcarlo, de encerrarlo, la pelota quería llegar a su lado, e iba a llegar, y una vez que arribaba, chau picho, “Diminutivo” les pintaba la jeta. La gente del pueblo se fue enterando y se fue acercando a presenciar aquello (así decían, “aquello”; ¿cómo se iban a referir, sino, a lo increíble, lo inconcebible?). ¿Sabe a quién se parecía?... ¿Cómo se llama este muchacho que juega en España…? Menudito…”.
“¿Messi?”, aventuré.

“Ese mismo. Bien, usted habrá visto videos de Messi de crío, chiquitín, corriendo con la pelota atada al pie, en zigzag, esquivando rivales… Bueno, la cosa es que Vito era mucho más hábil… Infinitamente mejor. Vito… era… como una divinidad aburrida que había bajado a jugar un picadito…

En fin… El partido se había puesto cinco a tres a favor de los locales – dos goles y tres asistencias de esas de ‘tomá y hacelo’ de Vito. Discurriría el partido por el minuto treinta y muchos, cuarenta y pocos cuando llegó la madre de Vito. No dijo nada. Se metió en la cancha y lo agarró al pibe de una oreja. Nadie dijo ‘esta boca es mía’, nadie insultó, nadie se burló (a fin de cuentas, Vito ya no era ni por asomo “Diminutivo”; y andá a decirle algo a ese carácter de mujer), pero todos miraron a su madre como a quien trae pruebas de la falsedad de un milagro que no le hace mal a nadie y que, es más, beneficia a todos. La miraron irse con el pibe a rastras, con un rencor impregnado de eternidad.

Al día siguiente, los Daimon se marcharon del pueblo. Nunca más se supo de Vito “Diminutivo”  Daimon”.

El viejo terminó el coñac que le quedaba de un trago. Prendió otro cigarrillo, me miró y me dijo: “¿A que al principio, con toda la cháchara de los pueblos, pensaste que te había salido mal la inversión – y señaló la copa de coñac?”

“La verdad que sí”, respondí sincero. Estos viejos, además, conocen cara a cara a la mentira.

“Ustedes los jóvenes han olvidado los preliminares para todo…”, se levantó, me hizo un gesto de despedida – o quizás un gesto de compasión por algo que quizás, cuando ya sea muy tarde, llegue a comprender -, se giró, saludó al mozo, y salió a la vereda. 

En la puerta se cruzó con mi cliente, que llegaba con cara de apuro y de disculpa.


domingo, 8 de noviembre de 2015

Las dos formas de llegar al Clásico (Yahoo)



Se dice, y la historia lo demuestra, que los Clásicos suelen ser partidos aparte, en los que no suelen contar, muchas veces, los antecedentes.

En muchas oportunidades, el que parece que lleva las de ganar, cae sorpresivamente y sin atenuantes, y el que parece que venía muy mal, se repone y a partir de ese partido comienza una levantada importante.

Sin embargo, no se pueden soslayar las tendencias. Y si nos basamos en los últimos partidos del Real Madrid y del Barcelona, veremos que llegan al Clásico del Santiago Bernabeu de dentro de dos semanas, de manera muy diferente.

Es cierto que en esta clase de partidos, la condición de local juega un papel muy importante, aunque en la última década, los azulgranas han sacado muy buenos resultados en Madrid.

Con la llegada de Rafael Benítez, a principios de temporada, parecía que éste mejoraría el sistema táctico y le daría la típica solidez que recibieron siempre los equipos del entrenador español. De hecho, los blancos no sólo venían sacando resultados más que aceptables sino que una de sus principales características era la falta de goles en su propia portería, un aliciente para la larga temporada que aún resta jugar.

En este punto, la llegada a la titularidad de Keylor Navas por la salida de Iker Casillas al Porto parecía un gran acierto, gracias al excelente trabajo del costarricense, sumado al crecimiento de Raphael Varanne, que cada vez más aparece alternando la titularidad con Pepe, al lado de Sergio Ramos.

Sin embargo, esa solidez cada vez se emparentó más con lo defensivo y no con el resto de las líneas. Lentamente, en los últimos partidos de la temporada, tanto en Liga como en Champions, apareció una incesante rotación de jugadores, ya sea por lesiones, cambios tácticos y otros motivos y por ejemplo, ya el Real Madrid no repitió más aquella temible delantera con la BBC (Bale, Benzema y Cristiano Ronaldo), sumado a la larga lesión de James, que dio lugar mayor a Isco.

Esa discontinuidad pudo comenzar a palparse a mediados de semana en el partido del Bernabeu ante el PSG por la Champions, en el magro 1-0 que sonó casi a milagro porque era un partido para que el Real Madrid perdiera por más de un gol y acabó ganando con un remate de Nacho que pareció más un intento por desprenderse del balón en movimiento y sin un compañero cerca para pasarlo.

Si había quedado alguna duda, el domingo se acabó de corroborar en el Sánchez Pizjuán ante el Sevilla y mucho más allá de perder 3-2 y quedar ya a tres puntos del Barcelona, como escolta.

Salvo unos primeros veinte minutos en los que el Sevilla apareció nervioso y sin timón y en los que Real Madrid tomó el mando del partido, que fue cuando los blancos se pusieron en ventaja con un gran gol de Sergio Ramos, y en el que se acabó lesionando otra vez en el hombro, sembrando dudas de su participación en el Clásico, la sensación fue que el Sevilla fue un absoluto dominador, y que si no fuera por el ingreso final de James Rodríguez y su descuento fuera de contexto en el minuto final, la distancia debió ser de dos o tres goles para los andaluces.

Pocas veces se pudo observar a un Real Madrid tan superado en todos los aspectos, desde el futbolístico, con una abismal diferencia en el juego, hasta lo físico, por la falta de reacción de los blancos en todos los sectores de la cancha, y especialmente en lo anímico, por la escasa capacidad de lucha.

Es decir que tanto ante el PSG como ante el Sevilla, ocurrió algo parecido: Real Madrid obtuvo resultados en los que el marcador no reflejó en absoluto lo ocurrido en el césped, antes con Navas y sin James, luego sin Navas (reemplazado por Kiko Casilla) y con James ingresando en el final.

El Barcelona, en cambio, viene acabando con dudas que sí se habían suscitado al comienzo de la temporada, con una plantilla muy corta, jugadores que en algunos casos no estuvieron a la altura,  poco recambio, a lo que desde hace ya más de un mes se sumó nada menos que una importante lesión de su mejor jugador, Lionel Messi.
También Luis Enrique Martínez tuvo muchas dificultades para encontrar un equipo base, ausente por muchos partidos Andrés Iniesta y con algunos partidos muy flojos en lo táctico, que acababa resolviendo su tridente sudamericano.

Incluso en esta fase de grupos de la Champions League hubo partidos en los que el Barça no convenció, aunque siempre mantuvo su punto fuerte en Neymar y Luis Suárez, aunque nunca, por supuesto, encontró un tercer atacante que reuniera un nivel al menos aceptable.

Sin embargo, poco a poco varios jugadores fundamentales, más aún con la salida de Xavi Hernández, el cronómetro del equipo hasta la temporada pasada, fueron recuperando su tono, como Sergio Busquets (de excelente partido ante el Villarreal), Iván Rakitic, y el regreso de Iniesta.

Acaso sea la defensa el punto con más dudas, y cómo se asentará ante los grandes atacantes del Real Madrid en el Clásico, pero del medio hacia adelante, ha logrado suplir de buena manera a Messi, hasta que éste comience lentamente su regreso y ya logre equilibrar definitivamente al equipo.

Es claro que el Barcelona irá mejorando con la llegada en enero de sus dos fichajes ya asegurados, Arda Turan y Aleix Vidal, pero que algunos se planteen hasta no fichar en invierno, es una muestra del momento tan diferente que los azulgrana viven respecto de los blancos.

Pero esto es fútbol y los Clásicos pueden ser diferentes. Es lo más lindo que tiene este deporte: que los resultados nunca están asegurados.


jueves, 5 de noviembre de 2015

Final de Copa con mediocridad expuesta



Es entendible el festejo de tantos millones de hinchas de Boca Juniors en toda la Argentina, y en tantos lugares del mundo. Hacía tres años que no ganaba un título y hace cuatro que no conseguía un torneo local.

Sin embargo, especialmente este final de Copa Argentina de anoche en el Mario Kempes de Córdoba, este bochorno que vivió el fútbol argentino con un arbitraje deplorable de Diego Ceballos, expuso en su mayor amplitud la mediocridad que rodea a este ambiente desde hace tiempo.

Boca ganó, en gran medida, por graves errores de Ceballos y sus jueces de línea (en especial, Marcelo Aumente), que convalidaron un penal que no fue (en todo caso, fue falta fuera del área a Gino Peruzzi) y un gol en posición fuera de juego de Andrés Chávez ya en el final del partido, y que acabó con las entonces escasas esperanzas de empate de Rosario Central.

Se sabe que para un lector argentino, esté donde esté, no hay ninguna explicación posible. Unos, en su mayoría los hinchas de Boca, ya habrán cerrado la cortina a cualquier razonamiento y su sonrisa, seguramente, seguirá en su rostro desde anoche. Para el resto de los simpatizantes, se tratará, sin dudas, de actos corruptos.

Sí hay que puntualizar que hasta partiendo de la buena fe, tan difícil en un fútbol tan sospechado, con tantas manchas en su haber, que cuesta mucho creer que Aumente haya tenido una vista de lince para levantar el banderín del offside en el gol de Marco Ruben para cobrar un fuera de juego de Marcelo Larrondo, y que sin embargo no se haya podido ver un fuera de juego mucho más grueso como el de Chávez, visiblemente por delante de la pelota en el pase de Marcelo Meli (que de paso, muestra cómo hoy los jugadores no saben colocarse para recibir, y tampoco saben hacer la pausa para pasar la pelota a tiempo).

En un país normal, una final como la de anoche en Córdoba debería repetirse, al comprobar desde la tecnología que hubo errores groseros que alteraron el resultado, pero eso, en la Argentina, no va a ocurrir. También es cierto que este fútbol cada vez más viciado forma parte de un contexto de FIFA en el que se sigue eludiendo el uso de la tecnología en pleno siglo XXI cuando en la mayoría de los deportes hubo una lógica renovación. El fútbol sigue resistiendo porque justamente eso permite este tipo de confusiones que acaban favoreciendo a los poderosos.

¿O la falta de uso de la tecnología no permite que tantos equipos ejerzan toda su influencia para que se determine que dirija tal o cual árbitro? ¿O no ocurrió que Boca mismo creyó que a Ceballos lo puso la dirigencia de Rosario central por tantos errores en el año de este juez que favorecieron a los rosarinos?

El prejuzgar que un árbitro puede favorecernos o perjudicarnos forma parte de un sistema podrido, acabado, en el que rápidamente la tecnología podría desterrar, pero que por eso mismo no se quiere usar.

A partir de este esperpento, a partir de esta falta de deportividad, de esta mediocridad, hubo también un partido entre los que, se cree, fueron los “dos mejores equipos del año”.

En todo caso, Boca es el equipo que “mejores jugadores tiene”, lo que no significa para nada que eso sea sinónimo de “mejor equipo” porque, valga la aclaración, aunque es harto sabido, un equipo se conforma en un trabajo colectivo, en el que lo individual aporta hacia el bien del conjunto. Y no es lo que sucede en Boca, porque su director técnico, Rodolfo Arruabarrena, optó siempre por la vía más fácil: que resuelvan los que saben, y aguanten los que defienden. Y llegar al otro lado de la manera que sea, a los choques, pelotazos o gracias a la técnica de unos pocos  como Carlos Tévez en la segunda mitad de año, Nicolás Lodeiro, o el aporte de excelentes volantes como Pablo Pérez, Cristian Erbes o cuando le tocó jugar, o Adrián Cubas.

Rosario central sumó técnica al juego colectivo más vistoso que le imprimió su director técnico Eduardo Coudet y queda una sensación de injusticia que acabe la temporada sin títulos, habiendo sido el protagonista de los dos torneos.

Ante Boca, no pudo concretar por muchos pasajes su juego tradicional por la férrea marca rival, y tras unos primeros 15 minutos en los que fue dominado, lentamente se hizo de la pelota y la administró como pudo, aunque de los dos fue siempre el que propuso jugar, y el que trató mejor al balón.

Boca es un equipo con oficio, pero sufrió el partido en tres cuartos del mismo, porque ya físicamente muchos de sus jugadores no están como al principio, y porque prefiere delegar la responsabilidad del espectáculo en el otro, y eso crece exponencialmente si se pone en ventaja y la quiere defender.

Es decir, nada nuevo. Cada uno jugó a lo que jugaba. Y ganó el que menos apostó por el espectáculo gracias a dos fallos equivocados.

Pocas veces, como anoche, quedó tan expuesto el fútbol argentino en su totalidad.


martes, 3 de noviembre de 2015

La sequía de Eleuterio “La lanza de Montesinos” García (Un cuento de Marcelo Wío)



Arrastrado por las correntadas del azar y la entropía, Eleuterio “La lanza de Montesinos” García, anda como a los manotazos, como quien se está ahogando y olvidó que sabe nadar, por el campo de juego.

Había sucedido hacía mucho y había sucedido recién. Siempre estaba ocurriendo; como si la memoria no quisiera incorporar el hecho a su territorio y lo relegase al limbo de un presente continuo –como una prórroga, una compasión; y, a la vez, una penitencia. Había sucedido el 3 de marzo de 1952: el último gol del “lancero” del área.

Un gol que pesaba como una sentencia ominosa de lo que había sido: repitiéndose en la retina el despiporre de festejos en la tribuna, la pelota abultando la red y su propio prestigio. Y ahora, 7 de abril de 1955, ese mismo balón que entonces había seguido una trayectoria tan reiterada, esquivaba arteramente cada uno de sus embates. “La lanza se quedó sin punta”, había dicho un relator en diciembre de 1952.

“La lanza” había quedado perdida en algún punto incierto entre el 1953 y el 1954. Ahora era simplemente Eleuterio, un tipo al que el técnico, un poco por lástima, otro poco por lealtad, le regalaba algunos minutos en la cancha en cada partido, en momentos en que su calamidad pasara desapercibida, en que nada de lo que hiciera suscitara una puteada unánime – algo que, por otra parte, no hubiese ocurrido: ni propios ni ajenos lo tenían en cuenta para el insulto, siempre reservado al jugador que se teme (en el caso ajeno), o del que se esperan aciertos (en el caso propio).


Así que ahí anda, cansando hierba, buscando un poco proustianamente; y otro poco, porfiando retornos nietzscheanos, eliadeanos. Convertido en un Sísifo que arrastra sus yerros por la cancha. “Eleuterio ya no es un jugador de fútbol – aseveró el mismo relator en 1954 – es un concepto filosófico. Está por verse qué concepto…”.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Boca, un título para la estadística con incidencia electoral



Y Boca, este Boca del Vasco Rodolfo Arruabarrena, fue finalmente campeón argentino, a una fecha del final del torneo. A los tumbos, con un plantel largo, que acabó sacando lógica ventaja en tantos partidos, y sin un fútbol que quede en el recuerdo, pero sacando muchísimo jugo a tantos jugadores de calidad, traídos mayormente desde el fútbol extranjero para apostar por un título en un año electoral para el club y luego de casi cuatro de sequía.

Un Boca que se armó aún más, en verdad, para encarar la Copa Libertadores de América, el gran objetivo que acabó llevándose River Plate, que planteó mejor ambos partidos de octavos de final hasta que aquella agresión con el gas pimienta en la Bombonera frustró el segundo tiempo de la revancha y todo se decidió en los escritorios, contra natura.

Boca absorbió ese golpe desde lo anímico gracias a la longitud del torneo local, que le permitió sobreponerse no sólo a esto, sino a aquel fatídico error del chico Bentancur ante San Lorenzo, con aquel gol sobre la hora de Matos, justo una fecha antes de visitar a River en el Monumental, que podía significar alejarse definitivamente de los de Boedo y perder el tren.

Desde ese punto de vista, el anímico, Boca pudo y supo recuperarse, como también ha sido muy importante (aunque con un rendimiento de más a menos, por su desgaste físico) el regreso de Carlos Tévez, que le dio un aporte fundamental, un salto de calidad, cuando el plantel parecía ir sin rumbo y cuando Rosario Central, aún más que San Lorenzo, comenzó a convencerse de sus posibilidades respaldado en su muy buen fútbol.

Más allá de los puntos, los jugadores por línea quje desequilibraron en momentos puntuales, ¿a qué jugó Boca? Difícil responderlo. No jugó a algo concreto y ni siquiera pudo sacar provecho a su histórica condición de local en la Bombonera para dominar los partidos y avasallar a sus rivales.

La prueba está en lo complicado que le resultó jugar ante Unión (3-4), Aldosivi (0-3) que más allá del error de Bentancur, no podía penetrar la defensa de San Lorenzo, sufrió mucho ante defensa y Justicia, no pudo vencer a Nueva Chicago, entre otros ejemplos.

Boca no tuvo una línea de juego, y de hecho, Arruabarrena no sólo rotó jugadores para probar sino que por lo menos durante más de medio torneo fue cambiando el once titular por no encontrar uno definitivo, por no estar convencido de su rendimiento y porque dudó demasiado en lo táctico.

Mayormente, el Vasco jugó con dos líneas de cuatro, y si la defensiva es más clásica, no se acaba de entender la composición del medio. Por la inversión hecha por el club y la calidad de muchos de sus jugadores, un doble cinco en el medio parece demasiado.
Si se piensa en que ya entre el arquero y la primera línea de cuatro hay cinco defensores, el doble cinco con Meli y Cubas, Erbes o antes Gago, ya constituye siete jugadores en función de recuperación y apenas cuatro, en la de ataque, aunque puedan sumarse laterales, porque es claro que su mayor aporte, lo que más conocen, su origen, pasa por lo defensivo.

Es decir que Boca fue, como tantos equipos argentinos, desequilibrado por partir con la base de defender antes que atacar. Del medio hacia arriba, la llegada de Tévez, sostenemos, fue fundamental, pero no da la sensación de que Boca lo haya aprovechado en su totalidad.

Al no rodearlo de atacantes, sino de puros volantes (los de marca, los mixtos como Pablo Pérez, y los ofensivos como Nicolás Lodeiro) y hasta de un media punta como Agustín Calleri (que no es un nueve de área, sino para jugar con otro nueve goleador), y sin wines, a Tévez le faltó referencias arriba y eso lo sometió al enorme desgaste (más del que traía de Europa) para bajar muchas veces a buscarla al medio (lo que a Messi le pasó tantas veces en la selección argentina) para tomar contacto con ella, pero al levantar la cabeza, no encontraba receptor.

Boca fue demasiado poco generoso con el espectáculo y optó por correr y luchar los partidos más que jugarlos, pero se encontró con un torneo a su medida. River y Racing Club lo descuidaron mucho en más de la mitad por la Copa Libertadores, 
Independiente atravesó una crisis y cambió de entrenador, lo mismo que Estudiantes, y ni hablar de los equipos con menos recursos, que desde siempre juegan a otra cosa, para llegar a una Liguilla o salvarse del descenso.

Por todo lo referido, este título de Boca termina siendo importante por los años sin conseguirse, por la estadística, que agranda el palmarés del club más ganador de la Argentina, y que proyecta tal vez a su presidente Daniel Angelici, tan vapuleado por muchas razones válidas, a pelear su reelección en los comicios del club en diciembre.

Pero Boca, que aún puede lograr el doblete el miércoles en la final de la Copa Argentina ante Rosario Central, sigue en deuda futbolística. El equipo, y su entrenador, hoy tan elogiado sólo por el título, pero como tantas veces, sin que muchos se detengan a analizar en profundidad el juego y sus decisiones, que tuvieron directa relación con el mismo.


Boca es campeón, y seguramente a muchos no les interesa otra cosa. Y puede ser entendible. Pero nuestro oficio, nuestro deber, es tratar de analizar al equipo y sus circunstancias. Ni más, ni menos que eso.

¿Necesita fichajes el Barcelona? (Yahoo)




Cuando acabe el 2015, el Barcelona podrá, al fin, fichar jugadores al finalizar su sanción por parte de la FIFA y ya se sabe que hay dos futbolistas que ingresarán a los partidos vestidos de azulgranas, Arda Turan y Aleix Vidal.

Muchos son los nombres que entran en danza cuando se acerca la posibilidad de ingresar en un nuevo mercado de invierno y se ha repetido durante toda la temporada que la actual plantilla del Barcelona es demasiado corta, algo que no deja de ser cierto, especialmente si se tienen en cuenta los jugadores que componen el ataque.

Pero la mejora en el rendimiento del equipo en el último tiempo ha comenzado a generar la pregunta sobre si realmente el Barcelona necesita más refuerzos, o si lo mejor será que tomando en cuenta esta situación, el club se reserve para evaluar fichajes más fuertes en el verano, a la espera del inicio de la próxima temporada.

Es cierto que el Barcelona acaba de recuperar a un Andrés Iniesta que ha vuelto a jugar unos minutos ante el Getafe en Madrid, por la Luga, y que si todo sigue su curso, podrá afrontar la segunda parte del año con una frescura que le puede jugar a favor, y que muy posiblemente eso mismo suceda con Lionel Messi desde mediados de noviembre, cuando regrese de su lesión.

También lo es que ha conseguido una gran solidez defensiva pese a algunas ausencias por lesiones y suspensiones, y que hay jugadores que han tenido muy buenos rendimientos, como Ivan Rakitic y especialmente Sergio Busquets y el joven Sergi Roberto, una vez que el entrenador Luis Enrique entendió que el lateral derecho no es su posición sino la mitad de la cancha, con posibilidad para proyectarse al ataque en algunas ocasiones.

Pero sí es claro que si ponemos el foco en el ataque, aunque sea su punto más fuerte de todo el equipo, cuando antes era el mediocampo, es evidente que los únicos que dan garantías son sus tres titulares, el famoso tridente compuesto por Messi, el uruguayo Luis Suárez y Neymar, pero no han dado la misma talla los que han tenido que ingresar por ellos, Munir y Sandro, claramente varios escalones por debajo, sin haberse podido consolidar en el primer equipo.

El Barcelona pagó caro su manejo institucional tanto en lo jurídico con la FIFA, que derivó en la sanción que motivó tantos problemas con la plantilla, como luego el haber permitido la salida de Pedro, quien no consigue continuidad en el Chelsea, Bojan Krkic o Gerard Deulofeu.

Todos los rumores apuntan entonces, con toda lógica, a la búsqueda de un centrodelantero al estilo de Henrik Larsson, uno de los mejores fichajes de invierno de los últimos tiempos: un jugador útil, con varios títulos en sus espaldas, que entre rápido en la plantilla, que no genere competencia extrema por la titularidad y que convierta goles decisivos y la camiseta no le pese en los momentos claves, algo nada fácil de encontrar.

En este sentido, emerge claramente la figura del holandés Robin Van Persie, de 32 años, que tuvo un aceptable Mundial de Brasil y que terminada su última etapa de gloria al más alto nivel en el Manchester United, se desempeña ahora en el Fenerbahce con un valor de mercado de 13 millones de euros, accesible para el Barcelona.
Hay quienes también se han referido a la posibilidad de dos jugadores del Chelsea de José Mourinho, que no atraviesan un buen momento, como el hispano-brasileño Diego Costa y el colombiano Radamel Falcao.

Otros dan por hecho el regreso al club de Nolito, el extremo del Celta de Vigo, que está teniendo grandes actuaciones y que continuaría con la línea de los ex jugadores que retornan, como ocurriera en el pasado con Gerard Piqué, Cesc Fábregas, Jordi Alba o desde enero, Aleix Vidal, y que no sería incompatible con un centrodelantero, ya que el plantel necesita, al menos, en ambas posiciones de ataque.

Hay algunos otros rumores que salvo que sea a un bajo valor de mercado, son más complicados, como el del propio representante del francés de la Juventus, Paul Pogba, Mino Raiola, que sostiene que hay conversaciones con el Barcelona aunque este mismo agente quedó en malos términos con el club cuando se llevó a Maxwell y a Zlatan Ibrahimovic.

También hay quienes sostienen que el joven volante italiano del PSG, Marco Verratti, podría acabar en el Barcelona si bien no parece haber tanta urgencia en ese sector.
Y también medios alemanes destacaron que en el pasado fin de semana, el asesor internacional del club, el italiano Aiedo Braida, estuvo en el estadio observando a cinco jugadores del Borusia Dortmund en el partido que le ganó 1-3 al Werder Bremen.

Se trata de Pierre Emerick Aubomeyang, de Gabón y madre española, 26 años, contrato hasta 2020 y 35 millones en el mercado, Marco Reus (una vieja ambición de los azulgranas), de 26 años, contrato hasta 2019 y 45 millones; Ilkay Gündogan, volante ofensivo en ascenso, de 25 años y contrato hasta 2017, y 25 millones, el defensa central Mats Hummels, campeón mundial en 2014, 26 años, contrato hasta 2017 y 35 millones y de manera especial el joven mediocentro Julian Weigl, de 20 años e integrante del sub-21 alemán, con contrato hasta 2019 y con un valor de 7 millones.

Más allá de la eterna danza de nombres, ¿cuántos jugadores llegarán al Barcelona? Y más aún , ¿debe fichar tantos jugadores el Barcelona en este mercado de invierno, o parece comenzar a estar bien así?


Una pregunta cuya respuesta la darán los rendimientos de estos dos meses y el propio devenir del mercado.

martes, 27 de octubre de 2015

Infantino, el candidato a la FIFA que el Establishment buscaba (Jornada)




-         ¿Usted se animaría a entregar las medallas a los jugadores en la final de la Copa América?
-         ¿Yo? ¿Por qué me lo pregunta?
-         Porque Angel Villar dice que él no quiere entregarlas y él es el número dos de la FIFA presente aquí y usted es el secretario general de la UEFA. Capaz que usted puede hacerlo, en ese caso.
-         Ah, sí, ¡encantado si me lo proponen!

Gianni Infantino, el simpático pelado que vemos habitualmente en los sorteos de Champions League y Europa League en Nyon, Suiza, en la sede de la UEFA mostrando las bolillas, respondía así a este periodista en el vacío hotel Gran Hyatt de Santiago de Chile el día anterior a la final de la Copa América de este año.

Al fin habíamos entendido, con el colega y amigo uruguayo Javier De León, por qué Angel María Villar, presidente de la Federación Española, uno de los vicepresidentes de la FIFA y uno de los capos de la UEFA, dormía por tantas horas una siesta tirado en uno de los sillones del lobby.

Ningún dirigente de la Conmebol se había acercado, por temor a ser apresados por Interpol en el FIFA-Gate y el rumor de que el propio Villar o alguien de su confianza deberían entregar las medallas al día siguiente, a falta de un dirigente sudamericano, crecía.

Villar nos diría, al entreabrir los ojos y sacándose las lagañas en el sillón, al saber nuestra nacionalidad, que “ustedes han tenido un compatriota que ha sido el mejor dirigente de la historia del fútbol, Don Julio Grondona”, ante nuestra escéptica mirada, para rematar con que “no me pidan que hable porque no lo hago desde hace veintisiete años, y lo bien que hago”.

Villar esperaba la llegada de Infantino, en un vuelo, a pocas horas de la final y cuando nos acercamos al abogado italiano especializado en derecho deportivo, de 45 años, con estudios de Economía y que habla varios idiomas, y que, además, nos dijo que nos conocía perfectamente cuando ensayamos una mínima presentación.

Infantino irrumpió en el mundillo cercano al presidente de la UEFA, Michel Platini, cuando éste venció al sueco Stefan Johansson por apenas dos votos (27-25) en 2007, y entonces el mismísimo presidente francés, Jacques Chirac, le colocó a un ex agente de Gabinete, Jean Louis Valentin, graduado en la Escuela Nacional de Administración (ENA), al igual que el ex asesor de Joseph Blatter en la FIFA, y casualmente ahora contrincante de Infantino para la presidencia jugando una especie de rol disidente, el también galo Jérôme Champagne.

Muchos sospecharon entonces que Blatter colocó en la UEFA a un clon suyo, y Valentín se transformó en el formador dirigencial de Platini, acompañándolo a todos lados en la sombra. Y en ese equipo apareció Infantino como secretario general sin ninguna casualidad. Es oriundo, de hecho, de la misma región que Blatter.  El equipo se completó con el jefe de Prensa también francés, claro, William Gaillard, y el compatriota y ex presidente de la Liga Francesa, Jacques Thébault, a cargo de la Comisión de Estrategia, que debía coordinar entre la UEFA y la FIFA.

Más estrecha relación que esa, imposible. Infantino representa la continuidad de un manejo dirigencial de los negocios del fútbol que comenzó a implementarse durante 1974, cuando el  belga-brasileño Joao Havelange sorprendió al mundo al vencer en elecciones para presidente de la FIFA al inglés sir Stanley Rouss, cooptando los votos de las federaciones del “Tercer Mundo” (Asia, Africa y Sudamérica), para lo que, se dice, circularon sobres con muchísimo dinero la noche previa a los comicios.

En realidad, como bien sostiene el periodista alemán Thomas Kistner en su libro “FIFA Mafia”, Havelange, luego continuado por Blatter desde 1998, y que éste proyectaba seguirlo con Platini, a quien preparó desde la UEFA, forma parten de un conglomerado de dirigentes que, como Juan Samaranch en los años ochenta y noventa en el COI, y actualmente Thomas Bach en esa institución, responden a las líneas maestras trazadas por Horst Dassler, nada menos que el hijo del fundador de Adidas, Adi Dassler, por encima de todo.

Blatter llegó a decir de Horst, fallecido de cáncer a los 51 años que “desde el principio, Horst y yo nos sentimos como dos almas gemelas. Él mne enseñó los pequeños detalles de la política en materia deportiva. Para mí fue un gran maestro”.

Infantino aparece desde un perfil muy bajo para la presidencia de la FIFA en el último día posible, el de ayer, cuando vencían las candidaturas, y no es para nada casual:  lo que sucedió, como ya comentamos en Diario Jornada, es que el establishment no conseguía a nadie potable que garantizara el futuro a toda esta clase dirigente compuesta por los europeos que responden a la conducción de la UEFA y sus eternos aliados de la Conmebol, presos de una inédita situación de acoso judicial desde Suiza y Estados Unidos por distintas causas que los mantiene encarcelados, o buscados, o juzgados o extraditados.

Si la Conmebol está descabezada, no muy distinto es lo que ocurre en la UEFA, con Platini, su presidente, suspendido por la Comisión de Ética de la FIFA hasta el 5 de enero, y entonces excluido de la candidatura presidencial como se planificó desde que Blatter fue obligado a salir (y aunque siga pensando en quedarse en el Poder cuando se vuelvan a reunir el 26 de febrero).

Por eso, el intento desesperado de la UEFA y la Conmebol, reunidos sus dirigentes en la terraza del hotel Baur Au Lac de Zurich (el mismo de las redadas del 27 de mayo pasado), fumando habanos, dirigidos por Villar y su hijo abogado Gorka, que extrañamente es director deportivo de la Conmebol y cobra por año más que lo que se llevan Olimpia y Cerro Porteño por derechos de TV.

Así es que salió casi lógicamente el nombre de Infantino, hasta con el rumor de que éste sería una especie de Héctor Cámpora de “Perón Platini” y resignaría su cargo para dárselo a su jefe galo si cuando éste cumpla su sanción el 5 de enero, se le permite postularse, aunque la FIFA niegue la mayor.

Infantino tendrá varios rivales en la elección de FIFA, aunque nadie cuenta con tantos avales: lo apoyan UEFA, Conmebol, parte de Africa y una Concacaf que se hizo amiga desde que Sudamérica le aceptó rescindir el contrato con Datisa para los derechos de TV de la Copa América Extra de los Estados Unidos 2016.

Además de Champagne, se presentarán Mussa Bilty, de Liberia (con cinco avales), El jeque de Bahrein, Salman Bin Ebrahim Al Khalifa, el multimillonario empresario sudafricano Tokio Sexwalle (colaborador y amigo de Nelson Mandela), el príncipe de Jordania, Alí Bin Al Hussein y el ex futbolista internacional de Trinidad y Tobago, David Nakhid.

Infantino aparece por fin como candidato, siendo que Conmebol no está para colocar a nadie y la UEFA no vio con la mejor cara a dirigentes como Michel Van Praag (Holanda), Wolfgang Niesbach (Alemania) o David Will (Inglaterra). Villar, menos que menos, por estar siendo investigado por la FIFA y la Justicia, y porque ocupa el cargo de la UEFA de Platini durante su suspensión y siempre ha preferido moverse en las sombras.

El Establishment ya tiene quien los represente, aunque haya sido sobre la hora y de penal.