lunes, 9 de diciembre de 2019

Riquelme, uno de los mayores ídolos de Boca, llega a la conducción del club cuatro años después de retirarse (Interia)




Juan Román Riquelme es tan hábil haciendo declaraciones como lo fue jugando al fútbol, y su peso en un club tan popular en la Argentina como Boca Juniors, donde ganó tres Copas Libertadores y una Copa Intercontinental, fue tal que apenas cuatro años después de su retiro, regresa ahora como vicepresidente segundo del club al ser el personaje clave para que su agrupación ganara las elecciones por cuatro años, hasta 2023.

La figura futbolística de Riquelme es tan importante, que en Boca llegó a opacar a Diego Maradona (éste jugó con la camiseta azul y amarilla dos veces, entre 1981 y 1982, cuando era muy joven y fue transferido al Barcelona, y entre 1995 y 1997, cuando se retiró), porque consiguió muchos más títulos y con mayor continuidad y además, en uno de los mejores momentos del club en su historia, algo que el campeón mundial de México 1986 no se lo perdonó nunca: que Riquelme le haya ganado en idolatría.

Pero lo de Riquelme no termina en lo que hizo dentro de la cancha. Durante la final de la Copa Intercontinental de 2000 ante el Real Madrid de “Los Galácticos” de Vicente Del Bosque, en Tokio, al terminar la primera parte, alguien desde atrás tocó mi hombro, seguramente habiendo escuchado mi acento argentino, y en un español distinto me dijo “oye, ése chaval con el número diez es hoy, para mí, el mejor jugador del mundo”. Me lo decía Miguel González, “Michel”, ex jugador de lo que se llamó “La Quinta del Buitre” en los años Noventa, un fabuloso ataque de los blancos que hizo historia, junto con Emilio Butragueño, Miguel Pardeza y el gran goleador mexicano Hugo Sánchez.

Aquel Riquelme, muy joven (tenía 22 años) brilló ante el Real Madrid y desde ese momento, 29 de noviembre de 2000, estuvo en la mira de un dirigente del Barcelona, que terminó fichándolo un año más tarde, Jaume LLauradó, pero se encontró con un entrenador como el holandés Louis Van Gaal, que no contaba con un jugador de sus características, de mucha posesión de balón y que jugara suelto. Riquelme siempre agradeció el gesto pero se dio cuenta de que tenía que irse a donde pudiera desarrollar su juego y en el Villarreal encontró su lugar ideal en Europa y de hecho, fue el artífice de todo, desde la llegada de este club humilde a la semifinal de la Champions League ante el Arsenal en 2006, hasta del penalti fallado sobre el último minuto que le daba el pase a la final de París ante el Barcelona de su compatriota Lionel Messi.

Si se consultara al goleador uruguayo Diego Forlán, considerado como mejor jugador del Mundial 2010, éste atribuirá gran parte de su éxito como máximo goleador de la Liga Española, a Riquelme y es el día de hoy cuando un gran atacante como fue el francés Robert Pirés, compañero suyo en el Villarreal, insiste en que hubiera ido a jugar a Boca sólo por Riquelme.

Pero Riquelme no tiene una personalidad fácil. En 2007, su situación con el entrenador chileno Manuel Pellegrini (hoy en el West Ham) era insostenible y volvió a Boca e inmediatamente fue campeón de la Copa Libertadores de ese mismo año con unas actuaciones monumentales, especialmente la de la final ante Gremio de Porto Alegre, aunque por cuestiones estatutarias, la FIFA no lo dejó participar del Mundial de Clubes ante el Milan de Kaká.

Al poco tiempo, comenzaron los problemas en Boca. Riquelme hacía jugar a todo el equipo dentro de la cancha, pero generaba polémicas afuera. Justo cuando el ingeniero Mauricio Macri dejaba la conducción de Boca para pasar a ser alcalde de Buenos Aires, un medio difundió la nómina de lo que el futbolista cobraba mensualmente y él lo atribuyó al político, con el que ya habían tenido problemas en la etapa anterior cuando en 2001, tras algunas discusiones, y tras un gol a River en el gran clásico, Riquelme se acercó a festejarlo a la altura del palco presidencial, y le mostró sus orejas al estilo “Topo Gigio” como queriendo mostrarle por quién gritaba la gente en la mítica Bombonera.

Ya años más tarde, a los treinta años y más asentado, por su carácter comenzó a liderar a las plantillas de Boca hasta que en las elecciones de 2011 se puso en juego su continuidad. El candidato a presidente de Boca Daniel Angelici, alineado con Macri, ya alcalde de Buenos Aires otra vez votado por cuatro años más, ganó las elecciones del club con la idea de que renovarle el contrato por cuatro años a alguien de 33, era demasiado, pero Angelici ganó y tuvieron que convivir hasta 2015 (Boca perdió una final de Copa Libertadores ante el Corinthians de Brasil en 2012 en el final de la temporada y con Riquelme anunciando un retiro que luego no cumplió) y Angelici terminó su primer mandato, en 2015, coincidiendo con su amigo Macri ganando las elecciones para preside te argentino y con Riquelme, espantado, yéndose por seis meses a Argentinos Juniors (club en el que nació Maradona) para lograr su ascenso a la Primera División y allí sí, comunicar su retiro.

Cuatro años más tarde, cuando ya Angelici no podía volver a participar en la elección, Riquelme apoyó a una lista opositora, la de Jorge Ameal y el ex conductor radial y televisivo Mario Pergolini (autor del formato “Caiga Quien Caiga”, CQC, exportado a todo el mundo), y no sólo se impuso en las elecciones justo cuando Macri era derrotado en el país y terminando con 24 años de macrismo en Boca.

Promete volver con sus amigos, varios ex jugadores que consiguieron títulos inolvidables para el club entre 1998 y 2005, pero Riquelme ya no juega. Incluso, antes de las elecciones en Boca, ya preparaba su partido homenaje que tuvo que postergar para llegar al poder político.

Ahora, a los 41 años, Riquelme deberá demostrar que no sólo era un excelso jugador de fútbol sino que puede ayudar a gobernar a uno de los clubes más populares y difíciles, que perdió una final de Copa Libertadores ante su máximo rival, River Plate, hace un año, y que fue eliminado por este equipo cinco veces desde 2014.


Mascherano, Tévez, Lavezzi, y las dudas sobre los regresos estelares en la Argentina (Interia)





Durante la última semana, fue presentado como nuevo jugador de Estudiantes de La Plata, un equipo de clase media, aunque en su historia ganó cuatro Copas Libertadores de América (tres en los años Sesenta), Javier Mascherano, luego de quince años fuera de la Argentina, y con 35 años de edad.

Mascherano, que acaba de sacarse el título de entrenador, vuelve al fútbol argentino, luego de debutar en la selección argentina antes aún que en su equipo, River Plate,  tras haber jugado en el Corinthians de Brasil, el West Ham, el Liverpool, el Barcelona y el Hebei Fortune de China, y tras haber participado en los Mundiales de 2006, 2010, 2014 y 2018, sin haber conseguido el ansiado título con el equipo nacional, y ni siquiera en las Copas América 2004, 2007, 2011, 2015 y 2016, aunque llegara cuatro veces a la final. Sí, en cambio, pudo colocarse en su cuello dos veces la medalla dorada olímpíca, en Atenas 2004 y en Pekín 2008.

El recibimiento a Mascherano fue apoteótico, con el nuevo estadio Jorge Luis Hirschi, estrenado en noviembre y con capacidad para treinta mil espectadores, completamente lleno.

Mascherano fue convencido por dos jugadores veteranos del club, como el portero Mariano Andújar (mundialista en 2010 y 2014) y Gastón Fernández (ex compañero de Mascherano en River en sus años de juventud) pero especialmente por el actual presidente de Estudiantes, Juan Sebastián Verón, también mundialista en 1998, 2002 y 2010, y estrella del último gran título continental de Estudiantes, la Copa Libertadores 2009, cuando meses más tarde estuvo apenas a un minuto de vencer al Barcelona de Josep Guardiola en la final del Mundial de Clubes.

A Verón, ahora presidente de Estudiantes, le ocurrió algo parecido a mediados de la década pasada: tras años de ser figura en el fútbol europeo (Sampdoria, Parma, Lazio, Manchester United, Inter) decidió regresar al club de sus amores (y en el que jugó su padre, Juan Ramón, un gran extremo izquierdo que pudo ser tres veces campeón de América entre 1968 y 1970). La gran diferencia es que Verón todavía tenía un estado físico para llevar al equipo adelante, y en el caso de Mascherano, no parece lo mismo.

Mascherano explicó entonces en la presentación y en distintas entrevistas con los medios, que se decidió por Estudiantes (muchos conocen de su afecto por Rosario Central, club cercano a la ciudad de San Lorenzo, donde nació, en la provincia de Santa Fe, la misma en la que nació Lionel Messi), por su carácter familiar y por la amistad con algunos jugadores y con su presidente, pero hay dudas sobre su estado físico y futbolístico actual.

Por lo general, los jugadores que salen del fútbol europeo para ir a la liga china, y siendo veteranos, suelen perder continuidad y timming, y luego les cuesta mucho regresar al fútbol competitivo. Por ejemplo, Mascherano sabe bien que le sería muy difícil conseguir ser titular en River, el equipo en el que comenzó su carrera, hoy muy protagonista del fútbol sudamericano.

Algo parecido le ocurrió a Carlos Tévez. Regresó a Boca en 2015, cuando aún tenía 31 años y estaba en un gran momento en la Juventus (en el final de esa temporada fue campeón de la Serie A y de la Copa Italia y perdió la final de la Champions League ante el Barcelona), cuando fue recibido por una multitud en la Bombonera y en un día que no había partido, y televisado a todo el continente americano.

Pero la euforia de los primeros meses, cuando Boca fue campeón de la liga argentina y de la Copa Argentina en ese mismo año, se fue disipando cuando Tévez comenzó a bajar su nivel, perdió su titularidad, y al poco tiempo decidió emigrar a la liga china por una fortuna para jugar en el Shangai Shenhua, en el que tampoco consiguió destacarse. Su regreso a la Argentina para volver a Boca a los 35 años ya no fue lo mejor, y la idolatría fue cayendo entre los hinchas, al punto de que hoy, con casi 36 años (los cumple en febrero) ya muchos reniegan de que le renueven el contrato.

Si esto ocurrió con Mascherano o Tévez en el fútbol chino, mucho más contundente fue el mensaje de otro ex seleccionado argentino como Ezequiel Lavezzi, ídolo en el Nápoli y en el PSG, se fue a China para jugar por el Hebei Fortune y cuando ya todos lo esperaban en los dos equipos argentinos con los que se identifica, tras una década en el exterior, decidió oficializar su retiro, al entender que ya no se encuentra en las mejores condiciones físicas.

Muchas veces se les ha preguntado a ex jugadores de carreras notables como el propio Verón, o los ex goleadores Gabriel Batistuta o Hernán Crespo, qué es lo que los motiva volver a meterse en un fútbol casi caníbal (en cuanto a exigencia de resultados inmediatos por parte de simpatizantes y la prensa) en el fútbol argentino, y la respuesta suele ser “la adrenalina” de seguir en competencia feroz.

Este aspecto, acaso, nos muestra que en determinada condición, cuando el futbolista ya hizo una diferencia económica que lo tranquiliza, aparece otra vez aquel espíritu amateur que le transmite las ganas de regresar y ponerse, al fin, la camiseta de su equipo favorito o donde están sus amigos, como también hizo Diego Simeone tras comenzar en Vélez Sársfield a fines de los ochenta, pasar por los italianos Pisa, Lazio, Inter, y dos veces por el Atlético Madrid, para terminar su carrera en un breve paso por Racing, el club de sus amores.

Apenas alguno con autocrítica descarnada, o acaso cansado de un sistema demasiado exigente, o sintiendo que su cuerpo no da para más, como es el caso de Lavezzi, el futbolista puede sincerarse y decir “hasta acá llegué”. En esos pocos casos, el profesional se impone al amateur. Pero son las excepciones que confirman la regla.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Alberto J. Armado, el presidente de Boca de los proyectos faraónicos, primer influencer del fúbol argentino y que amaba los coches



Influencer cuando todavía no existía el término, caudillo, un adelantado a su tiempo y autor de proyectos faraónicos relacionados con el fútbol, Alberto José Armando, con cuyo nombre fue bautizada la Bombonera, fue dos veces presidente de Boca Juniors, entre fines de 1953 y 1955, y entre 1960 y 1980, además de tener otra pasión, los automóviles.

Armando nació el 4 de febrero de 1910 en Estación Elisa, “un punto en el mapa del departamento de Las Colonias”, como decía, y también siempre sostuvo que había tenido una infancia feliz con sus padres (Félix, italiano, que tenía un negocio de ramos generales típico de la época) y Lucía Maricano. Sin embargo, en 1924, con apenas 14 años, entre el 7 de octubre y el 14 de noviembre, perdió a sus dos padres. A La madre, por el raspaje en un embarazo, y al padre, por el disgusto que eso le causó, y por problemas económicos,  debido a  un ataque al corazón.

Era el mayor de cuatro hermanos, el único varón, y sintió que tenía que salir a trabajar. Comenzó en un negocio de ramos generales en la vecina Humberto Primo pero luego cumplió el sueño de ser cadete en Ford, incluso cobrando menos, pero al menos ya inmerso en el mundo de los coches, una de sus pasiones. Allí ascendería a gerente general a los 28 años, cuando se trasladó a San Francisco, Córdoba.

En esa ciudad trabó relación con quien sería, años después, uno de los más importantes periodistas deportivos de la Argentina y uno de sus más duros críticos, Dante Panzeri, quien trabajaba aún en “La Voz de San Justo”. Después de comer, Panzeri lo iba a buscar para ir juntos al Café de Ferrasi “que era medio rasposo y por eso en el pueblo le decíamos “La Bolsa de Comercio” y jugaban al tute o al chinchón.

La pasión por Boca nació con aquella gloriosa gira por Europa de 1925 cuyas noticias iban llegando al pueblo de Humberto Primo, y lo iba a ver cada vez que podía viajar a Buenos Aires como gerente de Ford y además, se anotó para correr en tres carreras en Santiago del Estero –gracias a que Panzeri lo ayudó a encontrar apoyos publicitarios- y pudo entremezclarse con Oscar Gálvez, quien luego sería capitán de su escudería, “Los Pumas de Armando”.

Con Panzeri se reencontrarían más adelante en Buenos Aires. Armando se fue a vivir allí en 1943 y el periodista ingresó a trabajar en la redacción de la revista “El Gráfico”, pero la relación se rompíó, según Armando, “porque Panzeri me pidió que ayudara a un jugador, Pedro Rodríguez, pero yo no acostumbré nunca a prestar dinero y él estaba necesitado. Hacer favores, sí, pero dinero, no. Fue el crítico más riguroso que tuve y atacó casi todos mis actos como presidente de Boca, pero yo jamás dudé de su honorabilidad periodística”. 

El propio Armando le dijo a la revista “El Gráfico” en una de sus últimas entrevistas que su punto más alto de desencuentro con Panzeri fue en 1963 “cuando él dijo que al Santos no le convenía venir a Buenos Aires a jugar ante Boca por la final de la Copa Libertadores porque los jugadores quebrarían a Pelé. Yo lo estaba viendo en mi casa, salí corriendo, agarré el coche y sin respetar semáforos llegué hasta Alem y Viamonte, donde estaba el viejo Canal 7 y por el apuro, en la esquina choqué con un taxista, que ya se bajaba con una barra de hierro pero por suerte me reconoció. Cuando Panzeri me vio detrás de cámaras dijo que yo estaba en el estudio y que me invitaba para el próximo programa porque ya no tenía tiempo. Eso me enfureció más, me metí en el estudio, ignoré la mano que me tendía Panzeri y dije algunas cosas fuera de lugar y me costó un serio problema judicial y durante dos años tuve que pedirle permiso al juez para salir del país. Ese día, al lado de Panzeri estaba Ernesto Lazzatti, DT campeón con Boca en 1954, cuando yo era presidente y le dije “usted es un traidor”, algo muy grave y si de algo me arrepiento en mi vida, es de haberle dicho eso porque es un caballero”.

En una edición del diario “El Día” de La Plata de diciembre de 1963, Panzeri se descargó contra Cassius Clay porque en un incidente de tránsito alardeó que ganaba 50 millones de dólares al año ante un policía. “”Creo que la versión más parecida que tenemos en la Argentina de Cassius Clay es Alberto J. Armando, cuyas ganancias supongo mayores a las de Clay. Los dos son títeres de sus respectivas lenguas. Los dos,  más que pensar en voz alta, parecieran pensar de la lengua para afuera. Y aquel desplante de Clay en la carretera…tiene entre nosotros un parangón más absoluto, también por mérito de la repercusión de lo deportivo en la sociedad, en el presidente de Boca que se rige por la misma norma de derecho que Clay: “yo soy campeón y tengo plata” y si no es campeón…pues a secas: “yo tengo plata”, cuenta Matías Bauso en su libro “Dirigencia, decencia y wines”.

De tantas veces que iba a ver a Boca y ya instalado en Buenos Aires, su amigo Antonio Llach le ofreció ir como tesorero de la lista que se presentó en las elecciones de 1949, pero perdieron ante Daniel Gil. “Me dije en aquel momento que no volvería a la política del club pero en1953, al volver de un viaje a Suecia. Me estaban esperando con banderas de Boca y era para proponerme como candidato y los promotores eran tres glorias del club como Ludovico Bidoglio, Segundo Médice y Ramón Mutis”, recordó Armando. Otra vez iban a competir contra Gil “pero decían que lo respaldaba Perón y yo no quería problemas con el presidente. Lo llamé a Luis Elías Sojit, productor publicitario de mi escudería y como él tenía llegada a gente influyente, le pedí que averiguara y me dijo “el general no se mete en la interna de Boca”. Acepté y ganamos por escándalo, diez mil votos de diferencia.

Sojit fue el creador, junto a Pedro Fiore, del nombre de la escudería “Los Pumas de Armando” en la que corrieron Oscar Gálvez, los hermanos Emiliozzi, Victor García, Daimo Bojanich y Saenz Valiente, entre otros. El jingle de campaña fue el tango “Boca Juniors”, de Rodolfo Sciamarella interpretado por Miguel Caló y su orquesta. Cuando Armando asumió la presidencia en diciembre de 1953, Boca estaba en uno de los peores momentos de la historia. No salía campeón desde 1944 y se había salvado del descenso, en 1949, en la última fecha. Sólo llegaron Miguel Baiocco, de Estudiantes de La Plata e Iseo Fausto Roselló, de Nacional de Montevideo, con una ex gloria como jugador del club, Ernesto Lazzatti, como DT, y con el regreso del delantero “Pepino” Borello, que estaba a préstamo en Chacarita, aunque Armando tuvo su primer intento por relanzar el equipo tratando de convencer al “Nene” Héctor Rial, que jugaba en el Real Madrid, para que retornara, aunque sin éxito.  

Boca fue campeón en 1954 y en 1955 (con la llegada de Ernesto “Tito” Cuchiaroni, de Tigre, y de Juan José Pizzuti) estaba primero cuando llegó el golpe de Estado de la llamada “Revolución Libertadora”, en septiembre. “Me tuve que hacer a un lado por la investigación a mi empresa. Nunca fui peronista pero me identificaron con Perón y por eso perdimos el título de 1955, “lo digo sin falsa modestia”.

Como no podía ser de otra manera, y sin ser peronista, Armando supo convivir con Perón. Ya en 1952, antes de llegar a la presidencia de Boca, y gracias a puentes que fue tendiendo con personas con influencias en el poder, Armando consiguió venderle a la Policía Federal 681 coches Falcon cuando la institución ya tenía todo arreglado con Mercedes Benz a cinco mil dólares por unidad. “Yo ofrecí los Falcon por dos mil dólares más un departamento de repuestos incluido en el precio final. Por esa operación, me tenían que haber premiado pero cuando cayó Perón, estuve 49 días en la cárcel, con la empresa intervenida, pero no pudieron constatarme ninguna irregularidad”. Ya antes había acompañado informalmente a una delegación gubernamental, del peronismo para visitar las tres grandes firmas automotrices de Detroit (Ford, Chevrolet y Chrysler).

Para 1959, Armando decidió regresar a la presidencia de Boca, aunque ahora ya sin su amigo Llach, retirado. Ganó las elecciones y comenzó entonces una nueva era, en la que el dirigente aparecería en todo su esplendor. Para 1960 contrató a Roma y Marzolini de Ferro, en una carrera que contaría con presencias de estrellas internacionales con el objetivo de impulsar el llamado “Fútbol Espectáculo”, junto al entonces presidente de River Plate, Antonio Vespucio Liberti. De hecho, fue el primero en entender en la Argentina la importancia de ganar la Copa Libertadores y consiguió llegar a la final en 1963, cuando cayó ante el Santos de Pelé.

Fue a buscar a jugadores brasileños como Orlando, Valentim, Dino Sani o al uruguayo Pepe Sasía. Al entrenador Vicente Feola, campeón mundial con Brasil en Suecia 1958, lo fue a contratar personalmente, pero primero pasó por las oficinas del entonces presidente de la Confederación Brasileña, Joao Havelange. “Le pedí permiso para hacer las gestiones, pero Havelange, un caballero, me dijo que no me molestara, lo llamó él mismo y organizó el encuentro. Feola prácticamente armó el equipo de Boca que José D’Amico llevó al título en 1962, en una década muy fructífera para Boca en el ámbito local aunque no pudo coronarlo en el plano internacional.

También por ese tiempo, Armando quiso traer de River a Norberto Menéndez, pero Liberti se lo negó: “A cualquiera menos a Boca”. “Entonces, lo fui a ver a Luis Seijo, que era presidente de Huracán y le dije que me hiciera de puente. Menéndez jugó entonces en Huracán y al año siguiente, 1964, llegó a Boca”.

Los años Sesenta serían los de la acentuación del cinismo y el caudillismo y la Copa Libertadores, el escenario ideal para ambos. Si Boca ganó seis títulos locales en la década (1962, 1964, 1965,  los Nacionales 1969 y 1970 y la Copa Argentina 1969), el torneo sudamericano se le resistiría hasta pasada la mitad de los Setenta.

Con los años, Armando dijo que si admiraba a José Amalfitani “porque de la nada, hizo lo que hizo con Vélez Sársfield”, y también le tenía una gran consideración al entonces presidente de Independiente, Herminio Sande, por ser “más pillo que el resto”, en relación con un episodio relacionado con la Copa Libertadores de 1965.

Tras caer en la final de 1963 ante el Santos, Boca volvió a clasificarse para la semifinal de la Copa Libertadores en 1965 ante Independiente, que como campeón de 1964, llegó directamente a esa instancia. Se decidió que ambos partidos se jugaran en el Monumental y en la ida, ganaron los rojos 2-0 y los xeneizes, 1-0 en la vuelta. Fueron a un tercer partido que finalizó 0-0 e Independiente fue a la final por la diferencia de gol.

Pero luego, la dirigencia de Boca averiguó que dos jugadores de los rojos habían sido inscriptos después de término (Ricardo Elbio Pavoni y Roque Avallay) y protestó ante la Confederación Sudamericana (CSF), pero ésta le dio la razón a Independiente por los votos del tesorero, el peruano Teófilo Salinas Fuller (luego presidente) y del secretario Daniel Piscicelli, radical e hincha de Racing,  que fue declarado luego por Boca “persona no grata”. A favor de Boca votó el presidente de la AFA, Raul H Colombo.

Lo que circuló es que en un jueves de Semana Santa, a la madrugada, entraron en la AFA el tesorero de Independiente, José Epelboim y el dirigente Victor López, y adulteraron todo. Salinas dejó su voto en un sobre firmado justo antes de salir de Ezeiza hacia Lima. “Fue lo más canallesco que me hicieron en el fútbol. Cuando me enteré, salí corriendo pero llegué tarde y el avión ya estaba carreteando, cosa que celebro porque hubiera hecho un gran escándalo pero esa enemistad mía con Salinas fue trágica para Boca porque nos perjudicó en la Copa Libertadores”, comentó más adelante Armando, quien tenía una manera especial de ver las cosas, como cuando le envió a un emblemático jugador suyo, Antonio Rattín, un telegrama a Londres cuando se enteró que varios jugadores argentinos se estaban rebelando contra el DT Juan Carlos Lorenzo a poco de jugarse el Mundial de 1966. En ese telegrama le decía que si no aceptaba directivas, no jugará más en Boca. “Nos pueden eliminar en primera ronda pero tiene que haber orden, organización y disciplina”, le dijo en una entrevista a su primo, el popular conductor de TV, Nicolás Mancera.

En 1962 Boca llegó a un acuerdo para adquirir Arsenal de Lavallol, fundado en 1948 y creado para participar en los Torneos Evita, y que se afilió a la AFA en 1952. En 1964, en medio del convenio, ascendió a Primera C y dejó de usar la camiseta amarilla y marrón para usar directamente la de Boca. El director era Adolfo Pedernera. En ese equipo llegaron a jugar Ángel Clemente Rojas, “Rojitas” y Rubén Magdalena. En 1967 llegó a jugar la Reclasificación para ascender a Primera B, y se disolvió en 1968.
En 1963 compró un predio de 50.173 metros cuadrados, en 13 millones de pesos, que hizo llamar “La Candela” (se dejó de usar en 1991 y fue vendida en 2005) y que sirvió para entrenamientos y concentración del plantel y no tuvo problemas en contratar a ex jugadores de River como DT, como Adolfo Pedernera o Alfredo Di Stéfano. Ambos fueron campeones.

Uno de los hechos más importantes de la gestión de Armando en su segundo período de veinte años al frente de Boca (1960-1980)  fue el de la Ciudad Deportiva, obra faraónica comenzada el 3 de septiembre de 1965, en la costanera sur. La idea eran seis islas comunicadas por puentes y se construyeron hasta 30 hectáreas que comprendían un anfiteatro para 1200 personas, confitería, restaurante, autocine, canchas de fútbol, tenis y básquet, dos piletas de natación, un sector para pesca, y ser llegaron a colocar los pilotes para un nuevo estadio que se iba a inaugurar el 25 de mayo de 1975 “a las 11 de la mañana” pero la crisis económica de ese tiempo (el Rodrigazo) devoró el intento y con los años, esas tierras fueron vendidas.

Ese estadio estaba pensado para ser sede del Mundial 1978 y para “100.000 espectadores sentados”. ¿Y qué pasa si llueve?”, lo acicateó un periodista. “No pasa nada. Un gigantesco techo corredizo, de material plástico, se activará y permitirá que el partido se juegue”. “En el partido inaugural, Boca tiene el triunfo asegurado porque jugarán la Primera contra la Tercera, así que no podemos perder”.

La Ciudad Deportiva y el estadio ya estaban pensados desde 1954, a partir de la expansión de la clase media. Lo había pensado para la Casa Amarilla, pero la Municipalidad de Buenos Aires se la adjudicó a una cooperativa para construir viviendas. Pero Armando no se dio por vencido e hizo un relevamiento de toda la ciudad para encontrar un lugar hasta que cerca del monumento a Lola Mora, el ingeniero José Luis Delpini, que iba con él en el coche, dijo “¡éste es el lugar!”. “Pensé que estaba loco –le dijo Armando a El Gráfico en 1965- yo sólo veía agua, pero me explicó que la planta de SEGBA que estaba frente a nosotros también había sido construida sobre pilotes, ganándole terreno al río”

Movía toda clase de influencias empresariales y políticas. Su amistad con Carlos Perette, xeneize declarado, radical y vicepresidente argentino de Arturo Ilia, ayudaba mucho y consiguió que el Congreso Nacional le otorgara a Boca ese sector del río de 500 metros de frente por 1300 de fondo en la Costanera sur y el 28/12/1964 se promulgó la ley 16575 y Boca se comprometía a llevar a cabo sus promesas en diez años.

Para ayudar a financiar las obras, el gobierno de Ilia sacó el decreto 1025 que permitía a Boca emitir una rifa, “La Cruzada de las Estrellas”, en tres series de 400.000 números cada una, a 27.700 pesos, y además el club emitió bonos patrimoniales que funcionarían como acciones cotizadas en bolsa y se adelantaron ventas de abonos a palcos, plateas por 25 años y por si fuera poco, Armando rifaba un camión (Ford, Dodge o Chevrolet) y un juego de cubiertas, entre los camioneros que donaban tierra.

El primer pilote del nuevo estadio se colocó el 25 de mayo de 1972 con la asistencia del presidente de facto Alejandro Agustín Lanusse y allí el arquitecto Carlos Costa contó detalles: además de las 100.000 personas, se podía ampliar a las 118.000, estacionamiento para 10.000 autos, helicóptero, y embarcadero para lanchas, 1200 puestos para el periodismo, 30 cabinas de radio y 10 para TV y todo adaptado para TV color. Y hasta creó una escudería de motonáutica, la Azul y Oro,  organizaba tours en un Ford Falcon descapotable, e hizo posar para fotos al plantel con llamativos trajes amarillos frente a la pileta cubierta.

“Las grandes obras son patrimonio de los soñadores y de los locos”, le dijo Armando al periodista Bernardo Neustadt una vez en “Tiempo Nuevo”. “Me parece que usted sueña más de lo que debería”, le respondió el periodista. Apenas un año  después, en mayo de 1973, la empresa constructora del estadio, Christiani y Nielsen, informó a los 40 obreros que ya no había más plata para pagarles y que se suspendían las obras hasta nuevo aviso.

Ese domingo 25 de mayo de 1975 hubo fútbol y Boca empató 0-0 con Newell’s, aunque la noticia más importante fue que la selección argentina ganaba el título en Toulon con gol de Valdano. Armando se defendió diciendo que Boca no podía hacerse responsable de una inflación del 996,89% entre 1965 y 1974).

En 1979, Armando no pudo resistir las presiones oficiales de la dictadura y todo pasó a manos de la Municipalidad. “Yo cometí un error en la Ciudad Deportiva. Un tremendo error: haber anunciado que el 25 de mayo de 1975 a las 11 de la mañana Boca iba a inaugurar su estadio en una de las islas. Quedé enganchado con esa frase. Pero tengo atenuantes. Primero, la gran inflación que produjo el Rodrigazo, en plena tarea de construcción. DSe pronto, una bolsa de cemento pasó a costar más que el precio total en que habíamos vendido una platea”, admitió.

Armando tuvo que ver también con la organización de los Torneos de Verano desde que en 1968 cuando consiguió de las autoridades marplatenses la concesión del viejo estadio “General San Martín”. Lo arrendó para Boca por diez temporadas tras negociaciones a las que asistió acompañado por Di Stéfano como asesor.

Ya entrados los años Setenta, Boca entró en una importante sequía de títulos, que aumentó en importancia cuando, por fin, River había conseguido en 1975 quebrar la racha de 18 años sin ganar nada, logrando los dos campeonatos del año, Metropolitano y Nacional, lo que lo proyectó a tratar de ganar su primera Copa Libertadores en 1976. Armando necesitaba entonces un cambio. Había apostado al ex arquero del Real Madrid Rogelio Domínguez como DT, con el que Boca daba grandes espectáculos pero caía siempre en el final y entonces, el presidente de Boca se dio cuenta de que había que cambiar, e hizo un notable golpe de timón al apostar por Juan Carlos Lorenzo para 1976, de gran campaña con Unión de Santa Fe un año antes. Boca se convirtió en un equipo mucho más pragmático, con jugadores con mucha experiencia y no sólo consiguió lo mismo que River al ganar los dos torneos de 1976 sino que el título del Nacional fue ante el clásico rival en el Cilindro de Avellaneda, pero además, también pudo ganar la Copa Libertadores, anteriormente tan distante, y ante el mismo rival que le ganó la final anterior a River, el Cruzeiro de Brasil, y en 1978 repetiría ante Deportivo Cali. También ganaría la Copa Intercontinental al Borussia Möchengladbach.

Los festejos de los títulos eran impresionantes. En uno de ellos, el arquero Hugo Gatti jugó como centrodelantero y Armando se dio el lujo de patearle penales ante el exultante público xeneize en las tribunas. Armando solía regalar coches de su concesionaria a los jugadores, muchas veces con los ojos cerrados, como cuando le pagó dos veces a Carlos Salinas, quien le dijo que le habían robado el dinero recibido la primera vez.

El ciclo de Lorenzo como DT en Boca duró cuatro años, aunque en 1979 entró lentamente en declive. Así como en 1978 Boca estuvo muy cerca de lograr la hazaña de ganar la Copa Libertadores y el Metropolitano, perdido ante Quilmes en la última fecha, en 1979 cayó en la final de la Copa Libertadores ante Olimpia cuando ya parecía que al eliminar a Independiente en tres partidos semifinales, la gloria volvía a acercarse. Esa derrota fue un golpe mortal y dio final a un gran ciclo, y Lorenzo anunció su salida a Racing Club.

En 1980, el plantel de Boca vivió las secuelas del derrumbe del imperio, con derrotas por goleadas, ahora con el ex caudillo Antonio Rattín en el banco. Armando estuvo todo ese año de licencia para no enfrentarse al contraalmirante Lacoste, hombre fuerte del fútbol en la última dictadura, y muy ligado a River. Para diciembre estaban previstas las elecciones en el club y si vienen dos listas había dirigentes de la extracción de Armando (Pedro Orgambide y Luis Conde), Armando decidió no presentarse y apoyar al hacendado amigo Miguel de Riglos, pero éste sacó sólo el 16,41 por ciento de los votos. Terminó imponiéndose Martín Noel y comenzaba otra etapa en Boca, con la llegada de Diego Maradona, algo que Armando había advertido que sucedería muchos años atrás.

Federico Polak, ex interventor de Boca en los años Ochenta, y autor del libro “Armando a Macri”, define a Armando como “un influencer del fútbol espectáculo desde mucho antes que efectivamente existiera en la realidad” y afirma que “su timonel  durante 22 años y su estilo personalista –no admite pares ni trabaja en equipo- deja como herencia institucional una dirigencia vacía, incapaz de sucederlo, cuatro años de su retiro”.

“En un equipo de fútbol –llegó a decir Armando- el que manda es el técnico, pero el presidente del club debe tener una gran influencia sobre los jugadores. Todos los jueves al mediodía yo armaba una mesa para treinta personas en La Cabaña- Venían los jugadores y alternaban con dirigentes políticos y empresarios que se peleaban para tener un lugar en esa comida. Los sábados al mediodía invitaba a un jugador a mi casa, con su señora, la novia o la mamá. Y nos íbamos a comer al Veracruz. Después lo llevaba en mi coche hasta su casa. Así los comprometía a la causa de Boca y el equipo”.

“El fútbol –insistía Armando-  tiene muchas sorpresas, y el gusto de los técnicos es muy discutible. Cuando fui a buscar a Callá, la gente de Vélez Sarsfield me lo vendió con la condición de incluir a Carmelo “Cholo” Simeone en la operación. Nuestro técnico, José D’Amico, puso el grito en el cielo: «No lo quiero, no lo voy a poner». Lo mismo me pasó cuando Adolfo Pedernera pidió a Pardo. En Gimnasia y Esgrima La Plata estaba Rogel, con una enorme mancha de tinta sobre su conducta, y lo tuve que traer contra la opinión de Adolfo. Años más tarde Juan Carlos Lorenzo me dijo que necesitaba a Salas, un wing de Newell’s y se lo conseguí agregando a Zanabria en el pase. Le traje la noticia a Lorenzo y no le gustó: «Usted haga lo que quiera, pero yo a Zanabria no lo preciso». La historia dice que los que hicieron grandes campañas en Boca fueron Simeone, Rogel y Zanabria”.

También Armando pudo describir su forma de dirigir un club, en una entrevista con la revista “El Gráfico”: “Mi estilo de conducción fue diferente, yo marcaba la autoridad presidencial. En las reuniones de Comisión Directiva escuchaba a todos, pero nunca acepté estirar las exposiciones hasta la madrugada: en tres o en cinco minutos se puede decir lo mismo. Una hora de sesión termina en algo productivo, cuando se habla cinco o seis horas predomina la confusión. Se me acusó de manejo dictatorial, y yo digo que soy un hombre democrático, afiliado a la Unión de Centro Democrático y conservador de toda la vida.”

Aunque estuvo siempre alrededor del poder político y económico, Armando llegó a decir que por Boca “perdí tres fortunas ganadas con los autos. La primera fue por dedicarle doce horas por día a la ciudad deportiva creyendo que todo andaba bien en mi concesionaria pero hubo gente desleal y tras 46 años tuve que dejar la Ford y empezar de nuevo con un préstamo de un millón de dólares de la Chrysler para que me pasara a Dodge. La segunda fue en 1977, cuando me dediqué a ganar la Copa Libertadores y tuve un gran disgusto con mi primera esposa porque malvendí un piso en Avenida del Libertador para poner la plata en el club. Y la tercera fue en los ochenta, un poco por Boca y otro poco por la Tablita de Martínez de Hoz”.

Armando estuvo casado primero con Ester Borra, de la que se separó, y volvió a casarse con María Mercedes Crespo. Y tuvo una hija, aunque de una tercera pareja. Muchos llegaron a pensar que la “Jota” de su segundo nombre era Jacinto, pero en verdad se trata de un dirigente de Huracán que se llamaba Jacinto Armando.

Murió el 27 de diciembre de 1988 y doce años más tarde, en 2000, la Bombonera, que antes se llamaba Camilo Cichero, fue rebautizada con su nombre por decisión del entonces presidente de Boca Mauricio Macri, quien lo conocía bien porque había sido socio de su padre Franco en el negocio automotor.


miércoles, 4 de diciembre de 2019

Si se trata de jugar, Messi no tiene competencia (Jornada)



                                                        Desde Barcelona



Seguramente necesitaremos que pasen muchos años para que los seguidores del fútbol en la Argentina tomemos dimensión de lo que significa Lionel Messi en el mundo. Muchas veces, las distancias, las diferencias horarias, las distintas filosofías de vida, nos alejan del centro del planeta en lo que respecta al poderío económico, al lujo, al esplendor y a los mejores deportistas.

Que en una gala como la de París, organizada por la prestigiosa revista “France Football”, con los mejores jugadores del mundo mezclado con las principales leyendas de todos los tiempos, un argentino, rosarino, haya recibido el sexto Balón de Oro como mejor futbolista del planeta, y que en el mismo año haya sido galardonado por la FIFA con el “The Best” y también se haya llevado el Botín de Oro como máximo goleador, es un privilegio que va a costar repetir.

Es cierto que hasta 1995, el Balón de Oro sólo se otorgaba a los europeos y por eso los únicos argentinos que lo ganaron alguna vez fueron Alfredo Di Stéfano (también español) y Enrique Omar Sívori (también italiano), y también por esto mismo Diego Maradona recibió un galardón tardío, en homenaje a su trayectoria, pero ninguno de los mencionados fue merecedor de seis premios semejantes, y de haber estado en otros cinco como segundo, detrás de otro fenómeno de la época, el portugués Cristiano Ronaldo, capaz de haberle competido palmo a palmo en varios puntos, pero en especial en los goles.

Porque si hablamos estrictamente del juego, Messi es incomparable en su tiempo. Muchas veces nos han consultado sobre quién fue mejor, si Messi o Maradona, o Pelé, o Cruyff, y la respuesta surge inmediata: es imposible comparar épocas distintas, con tecnología diferente, con sistemas tácticos distintos, con entrenamientos hechos de otra forma y con velocidades distintas. Por eso, es mucho mejor utilizar la “y” en vez de la “o”. Es Messi “y” Maradona, “y” Cruyff, “y” Pelé. Sumémoslos en cuanto a arte, por todo lo que nos dieron, cada uno en su tiempo.

Pero en el actual, en este inicio del siglo XXI, Messi no resiste ninguna comparación en su juego. A Messi sólo se lo puede comparar consigo mismo en otro tiempo, y hasta cuesta definir si hoy, por una lógica cuestión de edad, ha bajado su rendimiento (lo cual tampoco significa que por eso, deje de ser el mejor de todos por mucha distancia).

Más bien, lo que lógicamente Messi perdió fue velocidad. En el partido de ida de la semifinal pasada de Champions League ante el Liverpool en el Camp Nou (el Barcelona ganó, inmerecidamente, 3-0), el crack rosarino se fue de contragolpe completamente solo desde el círculo central y con pelota dominada hacia el arquero brasileño Alisson Becker, pero tuvo que pasar la pelota para que se la devolvieran, cuando hace unos seis o siete años habría picado recto hacia el arco, y definido con simpleza.

Todo eso es esperable de un jugador que va a cumplir 33 años el próximo 24 de junio. Pero, a cambio, Messi le agregó juego colectivo, inteligencia para caminar la cancha, sorpresa en sus apariciones y una madurez infinita para manejar los tiempos de los partidos, como ante el Atlético Madrid el pasado domingo en el Wanda Metropolitano, al que tuvimos la suerte de asistir.

Un Messi que se vuelve a reinventar y que se presenta desde otra faceta: más maduro en lo personal, más líder dentro del campo y hasta más contestatario, cuando hace falta, aún cuando ni en el Barcelona (algo que antes no ocurría) ni en la selección argentina, encuentra estructuras que faciliten muchas veces su juego.

Y un Messi que si bien ya comienza a hacer referencia a que el final de su carrera está más cerca, como ley de vida, aún tiene ambiciones para seguir rompiendo récords, ganando títulos, acrecentando su marca histórica.

De su genialidad y de todo lo que ha hecho y significado para el mundo del fútbol, seguramente nos daremos cuenta cuando ya no juegue, cuando se retire, y cuando añoraremos este tiempo único, acaso irrepetible.

Messi sólo compite contra el propio Messi (Interia)



                                                 Desde Barcelona



Hace un tiempo, Jorge Valdano, nacido en la misma ciudad (Rosario, a 300 kilómetros de la capital argentina, Buenos Aires), y emparentado con el Real Madrid, del que fuera jugador, entrenador y director deportivo, sostuvo que en el ranking mundial de futbolistas, primero siempre va Lionel Messi, y segundo, Lionel Messi pero lesionado y jugando en una sola pierna.

Acaso esta definición sea muy exagerada, pero lo cierto es que Messi se llevó el sexto Balón de Oro que otorga la prestigiosa revista “France Football” al mejor jugador del mundo de 2019, y si no consiguió una decena o más es porque tenemos la inmensa fortuna de ser contemporáneos de otro fenómeno como el portugués Cristiano Ronaldo, que se llevó otros cinco premios y relegó al argentino al segundo lugar.

Messi ganó este año, además del Balón de Oro, el FIFA World Player que otorga la máxima entidad del fútbol mundial, y el Botín de Oro como máximo goleador del planeta, los tres galardones más preciados y aún así, y sosteniendo rápidamente que todo es muy merecido, no estamos ante su mejor momento y de hecho, está muy lejos de aquellos tiempos en los que llegó a marcar 91 goles en un mismo año (2012).

¿Eso de que no es el mismo que hace siete u ocho años atrás lo hace perder merecimientos para ser considerado el mejor del mundo? De ninguna manera, y por dos cuestiones. La primera es que en su pico de rendimiento, que es el de cualquier jugador de mediana edad en el fútbol, la distancia entre Messi y el resto era sideral y se podía aplicar, exagerando, aquella definición que contamos más arriba, de Valdano. 

Pero eso no significa, de ningún modo, que porque Messi haya bajado unos cuantos escalones en algunos sentidos, no siga siendo el mejor y la prueba fue este pasado fin de semana, cuando nos tocó verlo en el estadio Wanda Metropolitano del Atlético Madrid ante los locales y definió el partido de modo exquisito con un pase a la red, mucho más que con un remate (que le haya convertido el gol número 30 de su carrera al Atlético, en este caso, aunque son cifras increíbles, en Messi es apenas una anécdota).

El segundo punto es que la votación para el Balón de Oro, así como para el FIFA World Player, es individual, esto significa que se basa en lo que realizó el jugador en el año, no su equipo, o al menos es lo que en teoría, debería ser pero no siempre se toma el mismo parámetro.

En el caso de Messi, está claro que se trata de un premio individual porque si es por los logros colectivos, con el Barcelona sólo ganó la Liga pero no la Champions League y ni siquiera la Copa del Rey, pero tampoco la Copa América de Brasil con la selección argentina.

Sin embargo, hay otros casos como el del portero brasileño del Liverpool, Alisson Becker, en los que no está claro si el voto está relacionado con sus actuaciones o con las de sus equipos, porque no nos parece que haya lucido tanto (al menos, menos que el alemán del Barcelona Marc Ter Stegen o que el esloveno del Atlético Madrid, Jan Oblak) y ha ganado títulos con su club y con la selección brasileña.

Volviendo a Messi, la gran pregunta es si este gran crack del fútbol mundial puede seguir ganando títulos como éste (él mismo hizo referencia en la gala al inexorable paso del tiempo y a disfrutar lo que le queda de jugador, a sus casi 33 años que los cumplirá el 24 de junio) y en todo caso, cuál será su posición en las canchas. ¿Qué Messi veremos cuando sea más veterano?

Después de la final del Mundial 2014, cuando perdió ante Alemania con la selección argentina, Messi dio a entender que a sus 27-28 años llegaba el tiempo de jugar algo más atrasado en el campo, pero eso ocurrió sólo a medias porque se fue convirtiendo en un “todocampista” que aparece por sorpresa y en cualquier lugar, aunque es claro que le encanta partir por la banda derecha para irse hacia el centro.

Cuando faltaban semanas para la salida de Andrés Iniesta  del Barcelona, Messi concedió una entrevista en la que admitió que vería con buenos ojos ser él quien tomara el lugar del anterior capitán en el campo de juego. En otras palabras, ser el nuevo Iniesta que haga jugar al equipo y que el club encuentre un tercer delantero y que él se sumara al ataque desde atrás, pero el Barcelona, especialmente con Ernesto Valverde de entrenador, prefirió restar un atacante para pasar a un 4-3-1-2 y a veces, un 4-2-3-1, con Luis Suárez como única punta.

La diferencia entre aquel Messi de los tiempos muy jóvenes a éste de ahora es que su evolución de juego colectivo fue tal que fue supliendo aquellos “slaloms” por toques cortos o pases perfectos, leyendo cada vez mejor los partidos, sin necesidad de correr demasiado.

Por esta misma razón, es muy posible que con el paso de los años, Messi siga retrasándose en el campo, y no sería de extrañar que apareciera a los 37-38 años partiendo de mediocentro para proyectarse al área en determinadas ocasiones.

Lo que es claro es que Messi sólo puede ser comparable con Messi mismo. Una etapa, con otra. Pero no hay comparación posible con otros jugadores. Rompió todos los moldes y va camino a romper muchos más todavía.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Ahora le tocó al Atlético del Cholo sufrir a Messi (Jornada)




                                          Desde Madrid


Acaso algunas cifras alcancen para describir la situación: 663 goles en 713 partidos oficiales entre el Barcelona (514) y la selección argentina (49), 735 goles en 917 partidos sumando amistosos con las dos camisetas (649 y 86, respectivamente), 9 goles en 9 partidos jugados en la Liga Española.

Son números de locura para cualquier jugador pero estamos refiriéndonos a Lionel Messi quien, una vez más, definió el partido ante el Atlético Madrid en el Wanda Metropolitano a pocos minutos del final y tras muchos momentos en los que el Barcelona padeció a los locales en una noche lluviosa y fría.

El contexto no era para Messi. El nuevo estadio del Atlético lucía tribunas irritadas por la presencia de un ex ídolo de la casa que no supo irse de la mejor manera al rival de anoche, el Barcelona. Porque el francés Antoine Griezmann, reciente campeón mundial en Rusia 2018, amagó con dejar al club “colchonero” al terminar la temporada 2017/18 pero decidió quedarse un año más y terminó yéndose pero negociando durante meses su salida y en cada intervención con la pelota, fue silbado e insultado por gran parte de los asistentes.

Para el Atlético, aunque aún se hayan jugado 14 fechas de la Liga Española sobre las 38 totales, era mucho lo que valía este partido, porque significaba entreverarse con los líderes (Barcelona y Real Madrid) o irse muy abajo en la tabla, como finalmente ocurrió, aunque en el primer tiempo fue claro dominador en el juego y en las llegadas, pero chocó una vez con el palo y dos, con el excepcional arquero alemán Marc Ter Stegen.

Este Atlético renovado, distinto a las temporadas anteriores por la salida de casi toda su defensa, de un volante claro como Rodri y del propio Griezmann, tiene buen andar pero escaso punch, y lo paga caro. Sumado a esto, la mala actuación del árbitro Mateu Lahoz hizo que el volante ghanés Thomas Partey quedara condicionado por la tarjeta amarilla en tanto que en el segundo tiempo no se animó a expulsar a Gerad Piqué (era segunda amarilla) y entonces luego tuvo que compensar y tampoco echar a Vitolo, como correspondía.

Si al Atlético le cuesta hacer goles (se nota la falta de Diego Costa, lesionado, porque Joao Félix, la joven promesa portuguesa, aún no está para grandes paradas en cuanto a lo agresivo que se necesita y entonces Álvaro Morata queda demasiado solo arriba), el Barcelona es, desde hace tiempo, un equipo insípido en lo colectivo, con alguna claridad en la salida pero con escasas ideas si la pelota no pasa por Messi.

Así es que el Barcelona deambula por la cancha durante varios minutos, esta vez con el croata Iván Rakitic como volante central reemplazando al suspendido Sergio Busquets y con el brasileño Arthur como eje y con el holandés De Jong que sigue sin encontrar su posición ideal, mientras que Messi es cada vez más un todocampista que busca casi siempre a su socio Luis Suárez y de vez en cuando, a un incomprensible Griezmann, lejísimo de lo que fue hasta la temporada pasada.

Pese a todo, el Barcelona tuvo sus posibilidades, como un cabezazo de Piqué que terminó con la pelota en el travesaño y Jan Oblak vencido, o algún remate de media distancia, pero tenía que ser Messi, con una jugada clásica, de esas en las que utiliza a su socio para que simplemente contribuya con su clásico movimiento de derecha hacia el centro y ese remate inatajable, como el que sacó minutos antes del final.

Hoy el Barcelona es más una suma de unos pocos jugadores desequilibrantes que un equipo sólido, con Ter Stegen, Piqué y Messi marcando la diferencia, y con esto le alcanza para ser primero junto al Real Madrid (y ambos con un partido pendiente, el que deben jugar el 18 en el Camp Nou) en la Liga, y para clasificarse a los octavos de final en la Champions League, pero desde su entrenador Ernesto Valverde, hasta el último de sus jugadores, saben que así es muy difícil que llegue muy lejos.

El Atlético de Diego Simeone es, más que nunca, un signo de pregunta sobre su funcionamiento y a la vez, un interrogante acerca del desgaste del DT argentino que armó mil equipos, pero es muy complicado cuando hay que partir casi de cero.
Messi, con su gol 30 en su carrera al Atlético (su segunda víctima tras el Sevilla), y a la espera del Balón de Oro que puede recibir hoy en París como mejor jugador del mundo,  ayudó a crear más confusión entre los rojiblancos.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Una selección española conflictiva y de transición, rival de Polonia en la Eurocopa 2020 (Interia)





Una selección española que deberá afrontar un cambio de entrenador desde los inicios del nuevo año, y que se encuentra en una transición tras el retiro de la mayoría de los componentes del equipo que fuera campeón mundial en Sudáfrica 2010, será uno de los más duros rivales que tendrá Polonia en el Grupo E de la Eurocopa que se jugará en 2020 en doce sedes distintas.

España jugará sus tres partidos en el nuevo estadio San Mamés, en Bilbao, y ante Polonia lo hará el sábado 20 de junio por la segunda jornada, en un grupo en el que también estarán Suecia y quien gane la repesca del grupo B, integrado por  Bosnia, Irlanda del Norte, Eslovaquia e Irlanda, lo que no parece nada sencillo.

“Estoy contento. Aparentemente el grupo está bien, pero los entrenadores somos cagones. Al principio respiras, pero luego en esos grupos tan difíciles como el de Alemania, Portugal y Francia, si te clasificas, ya no les vuelves a ver las caras hasta las semifinales o la final. A nadie le escapa que España pueda estar entre los siete u ocho selecciones que pueden ganar la Eurocopa y eso es lo que pretendo trasmitir al grupo”, dijo el retornado seleccionador Luis Enrique Martínez.

Luis Enrique estuvo ausente durante un largo período por el fallecimiento de su hija Xana, por leucemia, y al retornar, justo cuando España logró la clasificación a la Eurocopa dirigida por el segundo entrenador, Robert Moreno, se produjo un grave problema interno porque la Federación Española respaldó al DT saliente, respetándole su lugar original, pero Moreno, tras una destacada actuación del equipo rojo, consideró que era él quien tenía que dirigir en el torneo de 2020.

Luis Enrique lo acusó públicamente de “desleal” y según Moreno, no quiso que éste continuara en su cuerpo técnico, por lo que ya arregló su salida con la Federación aunque sostuvo que no entiende el motivo por el que ahora no se lo quiere en la plantilla.

Desde el punto de vista táctico, no hubo demasiados cambios tácticos en la selección española desde aquella generación dorada que ganara consecutivamente dos Eurocopas (2008 y 2012) y un Mundial (2010) aunque sí ha variado el nivel técnico porque aquellos jugadores salían de la media y coincidieron en el momento justo (Gerard Piqué, Carles Puyol, Iker Casillas, Xavi Hernández, Xabi Alonso, Andrés Iniesta, Fernando Torres, David Villa).

Hoy, la selección española apenas conserva de aquel tiempo a Sergio Ramos, Sergio Busquets, y cada tanto son convocados Pedro Rodríguez y Santi Cazorla, pero en el resto de los puestos tuvo que renovarse y tras años bajos, como desde 2012 a 2018, ahora apareció otra buena generación, que busca imitar a la anterior, pese a la diferencia de estabilidad de aquellos tiempos.

Cabe recordar que a la selección española se la llamó durante muchas décadas “La Furia” por la forma en la que sus jugadores luchaban cada balón durante los partidos, hasta que en 2004, la Federación Española decidió contratar como entrenador a Luis Aragonés, quien quiso cambiar radicalmente el sistema para pasar a la administración más técnica del balón e ir hacia un juego de posesión muy cercano a lo que ya realizaba el Barcelona de Josep Guardiola, ganador de muchos títulos en la misma época.

Basado entonces en ese juego (hubo hasta ocho jugadores del Barcelona en la selección campeona del mundo de 2010), España dominó el mapa mundial entre 2008 y 2012, también con Vicente Del Bosque, continuador del estilo desde 2008,  y se pretende que en los trazos más gruesos, ese estilo continúe hasta hoy aunque con los ejecutantes del momento.

Pero si entre 2004 y 2016 apenas dos fueron los entrenadores de la selección española, los referidos Aragonés y Del Bosque, entre 2016 y la actualidad ya fueron cuatro los seleccionadores. Comenzó Julen Lopetegui en 2016, como claro sucesor de Del Bosque y en la misma línea, pero de manera impactante, y a horas del debut en el Mundial de Rusia tras clasificarse sin inconvenientes, la Federación decidió cesar al DT cuando éste y el Real Madrid blanquearon su acuerdo para la temporada 2018/19.

Esa decisión la tomó el nuevo presidente de la Federación, Luis Rubiales, lo que obligó a Lopetegui a despedirse de sus jugadores y regresar inmediatamente de Rusia, para ser reemplazado por el secretario técnico, Fernando Hierro, como solución in extremis, pero esto repercutió en el equipo, que apenas pudo llegar a octavos de final y allí fue eliminado por los locales.

Una vez regresado del Mundial, la Federación decidió fichar a Luis Enrique, pero la tragedia de éste, con la muerte de su hija, generó que fuera reemplazado por Gerard Moreno, pese a lo cual, España encabezó el Grupo F que clasificaba a la Eurocopa 2020 con 26 puntos sobre 30 posibles, con 8 triunfos, 2 empates y ninguna derrota, a cinco puntos de distancia sobre Suecia, que nuevamente será rival en el torneo de junio, al igual que Polonia.

La selección española tiene dos arqueros de gran nivel en David De Gea (Manchester United) y Kepa Arrizabalaga (Chelsea), laterales derechos como Daniel Carvajal, Jesús Navas (Sevilla) y Mikel Oyarzábal (Real Madrid) y dos laterales izquierdos como Jordi Alba (Barcelona) y José Luis Gayá (Valencia), centrales como Sergio Ramos (Real Madrid), Iñigo Martínez (Athletic) y Javi Martínez (Bayern Munich), volantes como Rodri (Manchester City), Sergio Busquets (Barcelona), Koke (Atlético Madrid), Cazorla (Villarreal), Thiago (Bayern Munich), Pablo Sarabia (PSG)  y Saúl (Atlético Madrid) y delanteros como Álvaro Morata (Atlético Madrid), Diego Costa (Atlético Madrid), Gerard Moreno (Villarreal), Paco Alcácer (Borussia Dortmund) y Rodrigo (Valencia)