domingo, 13 de diciembre de 2020

Alejandro Sabella, cuando un legado supera el exitismo (Jornada)


 

Todas estas manifestaciones de respeto y de cariño por el fallecimiento de Alejandro Sabella el pasado 8 de diciembre, ¿se deben a su éxito como director técnico campeón de la Copa Libertadores de América con Estudiantes de La Plata en 2009? ¿Acaso por el título del Torneo Apertura 2010?

Porque así como ganó varios títulos como entrenador, y también como jugador (el bicampeonato de 1975 con River Plate tras 18 años de sequía aunque tuvo poca incidencia siendo suplente, o el Metropolitano de 1977, o el Metropolitano de 1982 y el Nacional 1983 con Estudiantes), Sabella tiene varias finales perdidas en un país tan exitista, que considera al fútbol mucho más que “lo más importante de lo menos importante”.

El mismo Sabella que ganó muchos títulos, también perdió nada menos que la final de un Mundial en Brasil 2014, en el Maracaná y ante Alemania, la única vez que una selección europea ganó la Copa del Mundo en el continente americano, y con Lionel Messi en uno de sus mejores momentos, o estuvo a un minuto de ganarle el Mundial de Clubes al Barcelona de Josep Guardiola (esta vez con Messi enfrente) y se le escapó en 2009.

Entonces, ¿A cuál Sabella despidió la gente, los emocionados hinchas de Estudiantes que lo consideran un hombre de la casa pese a no haber nacido en ese seno, mezclados con los de Gimnasia, mezclados respetuosamente con sus rivales en el momento del último adiós? Seguramente al Sabella de perfil bajo, al maestro que supo aconsejar en el instante justo, aquel que supo bajar los decibeles en algún arrebato, o el que dio el ejemplo con sus acciones.

Se dice que los futbolistas son “bichos” que captan rápidamente si un director técnico sabe o no, si puede manejar un grupo o no, si tiene un proyecto claro o no. Sabella nunca se desesperó por llegar. Todo le fluyó naturalmente. Y si pudo ser un entrenador de primer nivel, no fue siquiera por algo intensamente buscado. Apareció la oportunidad, como le suele ocurrir a quienes caminan por la vida con la tranquilidad de saber que hay una vía correcta de la que no se puede desviar. Y no la desaprovechó, tratando siempre de inculcar la idea de lo colectivo, siempre, por encima de lo individual, el “nosotros” por delante del “yo”.

Sabella trabó una gran amistad con Daniel Passarella cuando coincidieron en River desde 1974, cuando ambos saltaron a la Primera en tiempos todavía turbulentos, de escasez de títulos y ansiedades mayúsculas y sin tener primero una participación estelar, cuando en 1975 regresó como DT don Ángel Labruna para cambiar la historia, pudieron vivir la situación contraria con el bicampeonato. Su amigo, que en el futuro próximo se convertiría en el “Kaiser”, se quedaría con la titularidad por derecho propio,  pero él estaría tapado pese a su zurda mágica no sólo por un grande como Norberto Alonso, sino por otro crack de la época, Carlos Ángel López.

Ya era el “Mago”, apodo que le puso el “Mariscal” Roberto Perfumo por sus cualidades técnicas, o “Pachorra”, como lo llamó Marcelo Araujo en un Sudamericano juvenil por su costumbre de dormir la siesta (y no por alguna cuestión vinculada al juego) cuando a fines de 1977, y debido a la negativa de Mario Zanabria de irse del país porque integraba el Boca imperial de Juan Carlos Lorenzo, y a instancias de Antonio Ubaldo Rattín, que tenía contactos con el club inglés, el Sheffield United, de la Segunda División, vino a la Argentina a buscar un diez clásico y lo vio en un partido que River perdió pero que la revista “El Gráfico” tituló “Sabella no mereció perder”, y se lo llevó.

No fueron años fáciles. Sabella fue de los primeros argentinos en emigrar a Inglaterra junto con Osvaldo Ardiles y Julio Villa, aunque éstos fueron al Tottenham Hotspur de la Primera. En cambio, nuestro personaje de marras tuvo que luchar contra una dinámica diferente y entrenadores no acostumbrados a una larga tenencia de pelota para distribuirla como en el fútbol argentino, y debió adaptarse. No le fue bien en resultados porque descendió a la Tercera, pero en una encuesta hecha en 2000, aparece en el equipo ideal del Sheffield United en el Siglo XX. Algo bueno tuvo que hacer.

Se fue entonces, fichado por el equipo grande de la zona, el Leeds United (que ahora volvió a Primera y dirige Marcelo Bielsa) y tras buenas actuaciones, un día de fines de 1981 llegó Carlos Bilardo con la loca idea de contratarlo para un gran Estudiantes que armaba para 1982 con el dinero del pase de Patricio Hernández al Torino. El “Narigón” no tenía el monto suficiente, al punto de que Sabella le llegó a prestar algo para poder mostrar en las conversaciones con los dirigentes británicos, pero consiguieron el objetivo, y los “Pincharratas” fueron semifinalistas del Nacional 1982 (cuando Sabella se lesionó y fueron eliminados por Quilmes) y brillantes campeones del Metropolitano con un mediocampo que completaban Marcelo Trobbiani, Miguel Russo y José Daniel Ponce.

Sabella, luego eje total del Estudiantes nuevamente campeón del Nacional 1983 (ya con Eduardo Manera, porque Bilardo asumió en la selección argentina), había logrado mixturar aquello que había aprehendido en Inglaterra con su exquisita técnica sudamericana. Ese equipo, que tuvo varios jugadores que por años fueron la base de trabajo en el conjunto nacional, estuvo cerca de ser campeón de América hasta que chocó con el Gremio de Porto Alegre, que pocos después lo sedujo para llevárselo a Brasil y ganar dos torneos Gaúchos, para terminar su carrera en Ferrocarril Oeste y el Irapuato mexicano.

Fue allí que se reencontró con su amigo Passarella para ser su ayudante en muchos equipos, aunque como segundo ayudante, detrás de Américo Gallego: River, Parma, la selección argentina en el Mundial de Francia 1998, la selección uruguaya, el Corinthians de Carlos Tévez y Javier Mascherano, y el Monterrey. Y sin pedirlo, sin necesidad de protagonismos, un día Gallego quiso hacer carrera en solitario, y Passarella buscó ser presidente de River, y entonces ya con mucha experiencia, aceptó su camino como DT en solitario y apeló a sus convicciones, su ética y su sentido común.

Para su primer día en Estudiantes dio su charla técnica con una camiseta en la mano, para hablarles a los jugadores de la historia del club, de su escudo, para que entendieran lo que significaba. Aprovechó el regreso de un hijo pródigo como Juan Sebastián Verón, que se convirtió en su lugarteniente, y un día explicó que planificó aquel partido contra el Barcelona de Guardiola, por la final del Mundial de Clubes, estudiando al milímetro el accionar de cada uno de sus jugadores hasta reducirles el espacio al mínimo posible. “Apliqué muchos conceptos del rugby para ese partido”, explicó mucho después. No lo ganó por segundos y en el alargue, Messi, con un gol de pecho, terminó con la ilusión aunque no con la gloria.

Cuando asumió como DT de la selección argentina en 2011, en la presentación, apeló a la figura del doctor Manuel Belgrano, a su espíritu, a su entrega y hasta señaló que murió pobre y que dio todo por el país y pedía lo mismo. Este periodista puede contar muchas anécdotas de ese tiempo en el que, viviendo en Europa, pudo estar presente en casi todos los partidos del equipo nacional en territorio europeo.

Sabella respetaba y entonces, imponía respeto, no reverencial, sino el simple, el cotidiano, el que se nota cuando se relaciona con alguien que lo merece. Alguna vez, en una conferencia de prensa en el Monumental tras un partido clasificatorio para el Mundial 2014, un impertinente cronista joven le dijo, tuteándolo  antes de formularle la pregunta,  que contestara “rapidito, que estamos cerrando”. Sin embargo, el DT no se inmutó. Respondió pausado, fue directamente al tema en cuestión, y lo trató de “usted”.

Es cierto, se le escapó el Mundial, que lo tuvo cerca en aquella maldita final de los tres goles fallados en ocasiones muy claras. También, que hubo disidencias tácticas con Messi y varios jugadores por cierta postura conservadora del equipo, y que no contó en los momentos decisivos ni con Sergio Agüero ni con Ángel Di María, pero hay un consenso generalizado de sus jugadores acerca de que fue el mejor ciclo que integraron con la camiseta argentina, en el que mejor trabajaron y en el que mejor se sintieron, lo cual ya indica muchas cosas.

A los 66 años, una edad joven para morir en estos tiempos, Sabella deja este mundo con el deber cumplido, con la tranquilidad de haber hecho su trabajo con dignidad, con títulos o sin ellos, y eso quedó instalado en el sentimiento colectivo, algo que no muchos pudieron conseguir.


No hay comentarios: