domingo, 14 de febrero de 2021

Leopoldo Luque, el goleador y campeón mundial en 1978 que pudo sobreponerse a un doble rechazo para ser futbolista en sus inicios, su gusto por el bigote, su fanatismo por las motos y su falso romance con Graciela Borges (Infobae)


 

Para muchos, la foto de la vida de Leopoldo Jacinto Luque es aquella del festejo del gol ante Perú en el recordado y polémico 6-0 de la selección argentina a la peruana por el Mundial 1978, cuando abrió los brazos como el ex presidente Juan Domingo Perón en lo que significaba el pase a la final que ganaría días más tarde ante Holanda en el Monumental.

Para otros, aquel vendaje en el brazo, el ojo negro después de un codazo del brasileño Oscar en la semifinal de Rosario, la camiseta ensangrentada de la final luego de un golpe del “mellizo” Van de Kerkhof y el regreso a la concentración después de perderse los partidos ante Italia y Polonia para acompañar a su familia por la muerte de su hermano en un accidente de ruta en pleno Mundial.

Lo cierto es que la historia de Luque es la de un futbolista que pudo sobreponerse a dos rechazos de un entrenador cuando se ilusionaba por jugar profesionalmente en Unión de Santa Fe, que soñó con jugar un Mundial cuando veía por televisión el de Alemania 1974 mientras jugaba en la Primera B y que pudo alcanzar la gloria y levantar la Copa más preciada además de ganar torneos en el más alto nivel.

“Yo no era muy rebotero. Tengo pocos goles de esos de abajo del arco. A mí me tocaba más, y me gustaba más, hacer otro tipo de goles. (Carlos) Bianchi le puso a (Martín) Palermo ‘el optimista del gol’, porque donde se paraba, iba la pelota, y así metió muchos goles de rebote. A mí no me pasaba. La mayoría de mis goles fueron elaborados, un reflejo de mi vida. Todo me costó muchísimo. Recién llegué a River con 26 años, de grande”, llegó a afirmar.

“Toda mi vida fue dura. Mi carrera fue difícil. Tuve que ir a jugar a Jujuy y a Salta por los torneos regionales porque un tipo en Unión me dijo ‘no le hagas perder el tiempo a tu vieja. Conseguí un laburo o seguí estudiando’ y esas cosas me fueron endureciendo la coraza y lo pude aprovechar en el Mundial”, describió sobre su propia carrera.

Luque nació en Santa Fe el 3 de mayo de 1949. Su madre era ama de casa y su padre  compartía su trabajo de zapatero con su pasión por el ciclismo de pista y de ruta. “Llegó a estar federado y compitió hasta los 45 años haciendo la Rosario-Santa Fe y era capaz de armar cualquier bicicleta en su taller, que era el garaje y el punto de encuentro con otros ciclistas”, recordó, y también se refirió más de una vez a los nombres, Leopoldo Jacinto. “A mis cinco hermanos –cuatro mujeres y un varón, menor que él- los llamaron con nombres comunes, pero mi padre me puso los mismos nombres que él, no sé qué pasó conmigo. Me suelo llamar Leopoldo, Jacinto no lo uso aunque sé que es el nombre de una flor”.

Su vida transcurrió en el barrio Guadalupe Oeste y de muy joven lo apodaban “Flaco”. “Era muy flaquito, al punto de que mis amigos no me dejaban atajar por miedo a los pelotazos que podía recibir”, aunque llegó a medir 1,78 metro ya cuando comenzó a jugar oficialmente, aunque para eso, tuvo que lidiar con los deseos de su padre, que pretendía que fuera ciclista como él. “Me mandaba a entrenarme por un circuito de la costanera de Santa Fe, pero un día pasé por un seminario y estaban los curas jugando a la pelota, me preguntaron si quería jugar y aunque estaba con zapatillas de ciclismo y era más chico que ellos, me las arreglé bien y a partir de ahí siempre me invitaron. A mi viejo no me animaba a decirle nada y me veía que llegaba siempre transpirado y un día le confesé que la transpiración era por jugar al fútbol, no por el ciclismo. Seguro que le dolió que le estuviera mintiendo, pero lo aceptó y al año siguiente, ya con 12 años, me llevó a Unión. Yo ya sobresalía en la escuela. Estaba en cuarto grado pero me ponían en el equipo de quinto y sexto. Mi viejo no se compraba un par de zapatos para que yo tuviera botines, y mi mamá no se compraba un vestido para darme el abono del colectivo para ir a entrenarme”.

Ya en las divisiones inferiores de Unión y con 18 años, en 1968, se fue a préstamo a Sportivo Guadalupe, también de la liga santafesina, porque no lo tenían en cuenta. “Hubo un técnico que me dijo que tuviera cuidado, que no perdiera el tiempo, que había jugadores mejores que yo, algo que me dolió mucho porque hablarle así a un pibe, no es la forma. Yo trabajo con juveniles y jamás les hablé así. Ahí, uno se da cuenta de que hay un montón de gente que está en el fútbol y por ahí no entiende mucho. O si entiende, se maneja diferente”, solía contar, con amargura.

En 1969 lo volvieron a prestar, esta vez a Gimnasia de Jujuy, a donde fue a prueba. “Jugué y creo que anduve medianamente bien. Salimos campeones e hice cuatro goles, pero lo más lindo es que en la final contra Altos Hornos Zapla íbamos perdiendo 2-0 y yo hice los tres goles, ganamos 3-2 y me acuerdo que les mandé los recortes de los diarios a mis viejos y en uno salió que yo era San Jacinto”. Al terminar la temporada,  en 1970 jugó en Central Norte de Salta, donde estaba realizando el servicio militar. Ya para ese entonces, comenzó a distinguirse porque usaba bigotes. “Como no era tenido en cuenta en Unión, pensé que si jugaba, me lo dejaría, aunque ahora forma parte de mi identidad y no me hallo sin bigote. Hoy veo que usan barbas largas y parecen Bin Laden y no me gusta”.

Cuando por fin regresó a Unión en 1971, se enteró de que lo habían dejado libre y fue cuando pensó en dejar de ser futbolista, pero terminó firmando para Atenas de Santo Tomé. “Yo recuerdo siempre a Atenas porque pasé un año bárbaro y porque no sé si sin querer o queriendo, terminó siendo un trampolín. Hice casi cuarenta goles y Colón se fijo en mí porque estaba el “vasco” (Juan Eulogio) Urriolabeitia, que me llevó a hacer unos partidos de práctica y en el primero, metí un gol casi desde mitad de la cancha y había posibilidades, pero surgió lo de Rosario Central y me fui a jugar allí”.

A los 23 años, en 1972, se produjo entonces su debut en la primera categoría en la novena fecha del torneo nacional ante Lanús como visitante el 26 de noviembre. Terminó jugando cuatro partidos con tres goles y eso decidió a Unión a reincorporarlo en 1973 para la Primera B. “Yo me crié en Unión y el corazón mandó, y regresé”, admitió. Un año más tarde, en 1974, sería gran protagonista del campeonato, no sólo ascendiendo a Primera A sino que era el capitán del equipo, en una recordada final ante Estudiantes de caseros en el estadio de Villa Dálmine, en Campana. Una asistencia suya determinó el decisivo gol de Hilario Bravi. Tras ese partido se recortó el bigote por un tiempo  (“con Alcides “Batata” Merlo y Daniel Silguero hicimos una promesa, de afeitarnos si ascendíamos”).

Hasta ser profesional tiempo había tenido otros ingresos. Cosechaba frutas y verduras en la quinta de un amigo de su padre y le pagaban por cajón, que no podía levantar por su estado físico, por lo que los arrastraba. También había sido mosaiquista, empleado en una fábrica de zapatos, y hasta utilero en Canal 13 de Santa Fe (“armaba la escenografía, ponía los carteles y allí ya estaba en la Primera de Unión”).

Todo cambió cuando se logró el ascenso a Primera A a fines de 1974 y llegó Juan Carlos Lorenzo para el nuevo torneo de 1975. “Le expliqué mi situación y conseguí que me pagaran más y así dejé la utilería”, recordó.

Su situación era otra, pero no paraba de soñar. “Mi ídolo era Johan Cruyff. Lo veía por televisión durante el Mundial de 1974 cuando jugaba en la B con Unión y hacía cuentas y pensaba si yo podía jugar el de 1978 y cómo son las cosas, me tocó jugar con el número 14 por orden alfabético, el mismo que usaba él en la camiseta holandesa. Él era un jugador completo y su equipo practicaba un fútbol total que nos sorprendió a todos”, le dijo al periodista Diego Borinsky en una entrevista con la revista “El Gráfico”.

Ya para 1975 era “El Pulpo”, apodo que le puso Américo Gallego en una selección del interior porque usaba mucho los brazos para cubrir la pelota.

La llegada de Lorenzo a Unión fue fundamental, con el armado de un gran equipo a partir de la contratación de figuras de la talla de Hugo Gatti, Victorio Nicolás Cocco, Rubén Suñé, y Heber Mastrángelo, entre otros (“hicimos un campañón y terminamos cuartos, y yo le hice goles a River, que fue campeón después de 18 años sin títulos, en los dos partidos, y se fijaron en mí para llevarme”).

En febrero de 1975 se estaba por jugar un amistoso entre Unión y Patronato de Paraná. Esa noche, estaba previsto el debut de varios jugadores, entre ellos el “Loco” Gatti y Cocco, que había sido campeón con San Lorenzo. Su avión iba a llegar sobre la hora, de modo que Lorenzo le reservó la camiseta 10. Pero finalmente el jugador no pudo llegar. De modo que el “Toto” debió confiar en un integrante del plantel que hasta entonces no había sido siempre titular. Era Luque, que jugó un partidazo y metió dos goles. Al final, el DT lo abrazó y sentenció su destino. Le dijo: “Flaco, si usted me hace caso, va jugar en la selección”, recordó el reconocido periodista del diario “El Litoral”, Enrique Cruz.

“Lorenzo decía siempre ‘a esos jugadores los voy a hacer bajar de peso’ pero conmigo fue al revés y me hizo subir ocho kilos. Cuando terminaban las prácticas, muchas veces me iba al bowling y me comía panchos y una Coca y cuando llegaba a casa estaba sin hambre y no cenaba. Entonces Lorenzo empezó a hacerme concentrar un día antes que al resto para que descansara bien, me alimentara bien y después me llevaba al gimnasio y me hacía una rutina física fuerte, y se quedaba ahí controlándome. Me adoptó como un hijo, me ayudó muchísimo”,  resaltó.

Esa actuación de Luque en la gran campaña de Unión en el Metropolitano de 1975 motivó el interés del director técnico de River, Ángel Labruna, para contratarlo para el Nacional en reemplazo de Carlos Morete, transferido al Sevilla. Su debut  no pudo ser mejor. Ante Boca y en la Bombonera, su equipo se impuso 2-1 por la primera fecha un 21 de septiembre, y marcó el gol del triunfo.

Antes del Clásico, Labruna le había sugerido aclimatarse primero jugando en la Reserva. “Yo vine a jugar en la Primera y por otro lado, si me agarra un pibe y no me la deja tocar, es bravo porque uno en Reserva no se esmera tanto”, le argumentó al experimentado DT. “Eso quería escuchar de usted. Mañana es titular”, le respondió.

Luque fue campeón del Nacional, en el bicampeonato de River de 1975 y allí volvió a escena Lorenzo, que lo quería contratar para llevarlo a Boca para 1976, junto con varios jugadores de Unión, pero Luque se opuso. “El Toto era bicho, y declaraba que estaba tratando de traerme a Boca y así me tiraba a la gente de River en contra y a la primera pelota que perdía, empezaban los insultos. Un día nos fuimos a comer a un bar bien alejado para que no nos viera nadie y le dije que necesitaba que no me pidiera más ni me nombrara más porque me silbaban y decían que me quería ir a Boca y no era así, y no lo volvió a hacer más”.

En River tuvo una época dorada en la que marcó 75 goles en 176 partidos entre 1975 y 1980 y pudo ganar varios torneos, el nacional de 1975, los Metropolitanos de 1977, 1979 y 1980, y sus actuaciones lo lanzaron a la selección argentina de César Luis Menotti, que se preparaba para el Mundial 1978, aunque un choque de intereses dejó afuera del conjunto nacional a Ubaldo Fillol, Juan José López y Norberto Alonso. Sin embargo, Luque y Daniel Passarella siguieron siendo convocados. Un día imborrable para él fue el 22 de febrero de 1976 cuando le marcó los  cinco goles a San Lorenzo  en la victoria por 5-1 en el clásico.

También pasó por momentos amargos, como en la final del Nacional de 1976 ante Boca 1-0 en el Cilindro de Racing. “En parte, la culpa del gol de Boca fue mía en parte, o no, como se quiera ver. Labruna nos había advertido que ellos sacaban rápido los tiros libres y ya (Osvaldo) Potente le había metido un gol así a Fillol el año anterior, antes de que se armara la barrera. Yo me tenía que parar delante de la pelota y después sumarme a la barrera pero no llegué porque la jugada vino de un pelotazo largo, pero el que hizo la falta o estaba más cerca debió pararse adelante. Por suerte, a los pocos días ganamos a Huracán el desempate para ir a la Copa Libertadores y nos sirvió para aliviar un poco la derrota”.

Otra dura caída fue la de la final de la Copa Libertadores de 1976 ante Cruzeiro, en el desempate en Chile. “Yo jugué los tres partidos ante ellos. La Copa fue una asignatura pendiente para ese grupo, que era un equipazo”, admitió, y reconoció que en River “tuve partidos demasiado buenos, pero los malos eran malos de verdad. No podía rescatar ni una jugada. Arranqué bien pero para fines de 1979 y comienzos de 1980 se me complicó un poco y encima me había salido una contra, que era Ramón Díaz. Yo salía, él entraba y metía un gol y entonces la gente lo pedía”.

En la final del nacional de 1979, justo tuvo que enfrentar a Unión, el club de sus amores “pero no me costó, y esto lo discutí con hinchas y dirigentes “tatengues”, con parientes y amigos. Si vos jugás en un club, por más que enfrentes al que jugaste antes, tenés que festejar un gol si lo hacés. Primero, porque sos un profesional y segundo, porque  no vas a ir entonces para atrás contra ese equipo. Hay que tratar de ganarle”.

Con la selección argentina jugó 45 partidos con 22 goles convertidos. Ya en 1975 fue uno de los goleadores del Sudamericano (hoy Copa América) con 4 tantos junto con el colombiano José Ernesto Díaz, y también en 1978 fue segundo goleador del equipo albiceleste , con cuatro, detrás de Maio Kempes (seis). Y sólo lo superaron, además, el peruano Teófilo Cubillas y el holandés Rob Rensenbrink (cinco) y lo igualó el austríaco Hans Krankl (cuatro).

Luque fue el subcapitán de la selección argentina campeona del mundo en 1978. En enero, en la concentración de Villa Marista, en Mar del Plata, el DT César Luis Menotti le comunicó al plantel tanto su designación como la de la capitanía de Daniel Passarella. “Una vez le pregunté a Menotti por qué estaba en la Selección y por qué me designó subcapitán y me dijo ‘Está en la Selección porque tiene dos o tres cosas buenísimas –no se vaya a creer que tiene diez, ¿eh?-. Mucha movilidad, pivotea muy bien y tiene la potencia que debe tener un centrodelantero. Y es subcapitán porque en las conferencias de prensa pidió apoyo por sus compañeros después de que silbaron a varios en unos amistosos en la Bombonera y ese es un gesto de buen compañero”, señaló en una entrevista con “El Gráfico”.

Luque recordó las horas previas al debut en el Mundial 1978. “Unos nervios tremendos, el peso de la responsabilidad. Ya desde que salimos desde la concentración de José C. Paz no me senté en el micro. Iba parado en el estribo. A mí no me entraba ni un alfiler partido al medio. En el vestuario de golpe se hacía un silencio profundo y de golpe, había gritos y arenga”.

Su primer gol fue fundamental porque en el nervioso debut, Argentina estaba abajo ante Hungría. “Encima de todo, a los diez minutos estábamos 1-0 abajo. Cuando hicieron el gol los húngaros se escuchó el silencio imponente en el Monumental y se me pasaron un montón de cosas por la cabeza, pero entre nosotros nos hablábamos muchísimo dentro de la cancha. Por suerte pude empatar. Se hizo recio el partido, nos cagamos a patadas, en realidad. Ellos terminaron con un par de expulsados y lo ganamos al final con un gol de (Daniel) Bertoni”.

El segundo partido de la fase de grupos tendría una connotación especial para él. En la victoria 2-1 marcó un gran gol ante Francia pero trastabilló ante su marcador Christian Lópéz y tuvo luxación de su codo derecho y terminó jugando con un vendaje porque ya Menotti había hecho los dos cambios permitidos por reglamento.

Tras ese partido se enteró de la muerte de su hermano Oscar Fernando Luque, “Cacho”,  de 24 años, que viajaba para verlo jugar. Fue en la Ruta Panamericana e iba acompañado de Leopoldo “Pollo” Cáceres, que conducía un camión y falleció en el acto, carbonizado. Luque se enteró después del partido. “Siempre se habló de la relación de la Selección con los militares pero cuando fuimos con mi papá, mi mamá y mi cuñada a la morgue a reconocer el cuerpo en San Isidro, no hubo nadie del gobierno que nos diera una mano. Es más, tuve que pedirle plata a Passarella del pozo común que teníamos en el grupo, para pagar la ambulancia y trasladar el cadáver a Santa Fe. Ni siquiera hubo una autoridad que me dijera “lo acompaño en el sentimiento”.

La muerte de su hermano y el deseo de acompañar a sus padres motivó que saliera de la concentración para el velatorio y ya no estuviera en los dos partidos siguientes, ante Italia y en la primera fecha de la segunda fase, en Rosario, ante Polonia. “Menotti me dijo que hiciera lo que sentía pero que no me olvidara que me necesitaban y en el velatorio, mi papá me dijo que tenía que regresar. Cuando lo hice, me dijo ‘Yo lo conozco bien a usted, es un tipo duro,. Siempre la tuvo que pelear’”.

Contra Brasil, en su reaparición, terminó el partido con un ojo negro por el duro marcaje de Oscar, el central. “Le pedí jugar a Menotti y anduve mal. Mi brazo era una morcilla y llevaba un vendaje especial. Me dolía mucho y me infiltraron antes del partido. Practicaba caídas en los entrenamientos. Fue una batalla más. Nos matamos a patadas.  Y quedé con el ojo negro por un codazo de Oscar, en un salto”.

Marcó dos goles ante Perú en el decisivo y polémico partido que le dio el pase a la final al vencer 6-0. El cuarto, que fue el que le permitió sacarle un gol de diferencia a Brasil, y el sexto. “En el  Tampico Madero de México fui compañero de (Juan José) Muñante, “La Cobra”, que fue rival de ese día del 6-0 y que al principio sacó un remate y la pelota pegó en el palo y le pregunté varias veces si alguna persona había entrado a su vestuario para decirles que perdieran, si sabía de algo extraño, si les ofrecieron algo, y me contestó que nunca se enteró de nada pero no puso las manos en el fuego por todos. Nosotros les habíamos ganado en marzo de 1978 tanto en Lima como en la Bombonera y con baile bárbaro y esa vez golpeamos en los momentos justos, sobre todo al final del primer tiempo y al comienzo del segundo. Sabíamos que eran fuertes con la pelota porque jugaban muy bien, pero si se la sacábamos, los podíamos lastimar. Éramos más que ellos y ellos ya estaban eliminados, no tenían nada por delante, pero había que demostrarlo en la cancha”, describió.

Llegó la final ante Holanda en el Monumental. “Antes del partido, tanto el mellizo Van de Kerkhof como yo tuvimos que pasar por el vestuario del árbitro para mostrar qué llevábamos en el brazo. A mí me habían hecho una protección especial con gomaespuma y tititas más duras, que me las ponía por debajo de la camiseta de manga larga. No la usaba para lastimar sino porque me sentía más seguro”. Terminó con la camiseta ensangrentada tras recibir un golpe. “En la jugada del tercer gol salté con uno de los mellizos y me pegó en la nariz con el antebrazo y me ahogaba con la sangre. Entonces me limpié con la camiseta. Es más, en el festejo vino (Alberto) Tarantini a abrazarme y me terminé limpiando la nariz con su camiseta y por eso él también terminó con su camiseta manchada de sangre”.

Para 1981, ya campeón del mundo y tras su paso por River, regresó a Unión con 32 años, y en el segundo semestre se fue al Deportivo Tampico de México, donde marcó 10 goles. También tuvo breves pasos por Racing (1982). Santos de Brasil (1983) y Boca Unidos de Corrientes, en el que jugó la final del Regional 1984, y vistió la camiseta de Chacarita en su regreso a Primera A aunque no convirtió goles en 11 partidos.

“Cuando terminé mi participación en Chacarita me habían hablado de Colón y me reuní con sus dirigentes pero para decirles que no, porque yo era de Unión, porque un tipo que nace en un club está mal que vaya al rival de siempre. El señor aquel que me dijo al principio de mi carrera que no iba a jugar, que me dedicara a otra cosa, era el “Pato” Rossi, cuyo hijo (Rubén) jugó mucho tiempo en Colón. Cada uno tiene su camino recorrido”, señaló en otra entrevista.

En 1985, Argentino de Firmat había anunciado su contratación para el Nacional pero por problemas de papeles no pudo jugar. Y terminó su carrera en 1986 en Deportivo Maipú de Mendoza. En toda su carrera, 337 partidos y 131 goles (0.39 de promedio).

Tras dejar de jugar, Luque continuó en el fútbol como director técnico, primero en Unión (donde hizo debutar a Julio César Toresani) y luego, en Central Córdoba de Santiago del Estero y Belgrano de Córdoba hasta que se radicó en Mendoza y allí dirigió a Deportivo Maipú, Gimnasia, Independiente Rivadavia y tres veces a Argentino (en una de ellas, tuvo un infarto y estuvo al borde de la muerte con tres arterias obstruidas al 97 por ciento). Luego siguió trabajando en escuelitas en Mendoza y fue captador de talentos para River.

Entre 2017 y 2018 se filmó el documental “Leopoldo Luque, vida de campeón”, de Matías Riccardi, que se estrenó en 2019.

Luque siguió viviendo en Mendoza y viajando en moto, una de sus pasiones (“Cuando jugaba en River iba en moto a los entrenamientos hasta que un día me llamó el entonces presidente Rafael Aragón Cabrera y me preguntó si no había leído la letra chica del contrato, así que me la llevé a Santa fe y allí andaba a escondidas”) y desmintió siempre un romance con la actriz Graciela Borges (“Hasta el día de hoy me hablan de ese supuesto romance. Éramos amigos y el hijo, Juan Cruz,  era hincha de River y me tenía como ídolo, entonces venían a la concentración y les regalaba camisetas. No pasó de ahí”).

Tuvo mucho más éxito en el fútbol que en otros rubros. “Tuve un negocio, ‘Luque Deportes’, y me fundí. En realidad, me estafaron. Era un local en Martínez y lo que más duele en estos casos es cuando confiás en un amigo y te fallan así. También tuve una pizzería y me fue pésimo. Pasé de confianzudo a boludo pero ya fue y mejoré. Incluso mis dos primeras mujeres me dejaron en bolas. A la primera le di dos departamentos (con ella tuve dos hijos) y a la segunda, tres (con ella tuve tres hijos) y luego tuve dos hijos más con mi tercera pareja”.

En los últimos años estaba satisfecho por haber conseguido el reconocimiento de la AFA a los campeones del mundo con una obra social “que bien pudo salvar a mis ex compañeros en la selección, René Houseman y Rubén Galván, pero llegaron tarde en ese momento”.

Estaba internado en terapia intensiva de la Clínica de Cuyo. Le habían diagnosticado un cuadro de coronavirus a fines de 2020 cuando comenzó a tener síntomas de Covid 19 para Navidad y le confirmaron que se había enfermado cuatro días más tarde y se convirtió en paciente de riesgo porque arrastraba una obstrucción pulmonar.  “Estoy bien, controlado con medicamentos, pero no presento ningún síntoma. Deberé pasar diez días aislado y lo que más me molesta es que no podré nadar en la pileta que tengo en el patio”, bromeó entonces, y sostuvo que desde la irrupción de la pandemia sólo había salido de su casa “un par de veces” y para reunirse con gente del fútbol.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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