martes, 23 de julio de 2019

¿Qué puede suceder con Messi ante el desplazamiento de Tapia de la Conmebol? (Infobae)




Apenas nueve meses, lo que un embarazo, fue lo que duró en el cargo de representante de la Conmebol ante el Consejo de la FIFA el presidente de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia, al ser desplazado hoy luego de haber sido escuchadas en la sede de la entidad sudamericana de Luque, sus “reflexiones respecto de la Copa América 2019”, por las que fue citado a declarar.

Las tres consecuencias más fuertes que aparecen a partir de este desplazamiento -Tapia había asumido en el cargo en octubre de 2018 en reemplazo del entonces también desplazado Wilmar Valdez, presidente saliente de la Asociación Uruguaya (AUF)- son el aislamiento de la AFA en el fútbol sudamericano, al quedar con escasísima representación (a Tapia “le quitaron la confianza”, según el documento de la Conmebol), las dudas sobre la localía en la próxima Copa América de 2020 (junto a Colombia) y, especialmente, lo que pueda ocurrir con la sanción del Tribunal de Disciplina contra Lionel Messi, luego de sus declaraciones en las que hace referencia a la “corrupción” tras su expulsión ante Chile en la pasada Copa América de Brasil.

Si bien hay versiones que sostienen que a la estrella del Barcelona le corresponderían dos fechas de partidos oficiales y una fuerte multa económica, sus dichos durante la Copa América de Brasil fueron en la misma línea que los de Tapia, por lo que si el dirigente fue desplazado aún tratando de atenuar sus declaraciones, habría que ver si la bajada de tono de Messi en su última declaración firmada, en la que hace una especie de pedido de disculpas, alcanza para atenuar la sanción.

La relativa ventaja para Messi y la selección argentina es que, salvo que la sanción sea cercana a la máxima posible (24 meses) o cercana a esto, con que sea de siete fechas o menos, purgaría las primeras dos en las Clasificatorias para Qatar 2022 (que comienzan en marzo de 2020) y el resto, en la primera fase de la Copa América, al estar dividida en dos grupos de seis equipos, es decir, con cinco fechas en juego.
De esta forma, sólo se perdería dos partidos de clasificación mundialista y en el resto de los casos, sería en el contexto de la Copa América.

La AFA buscó acercarse nuevamente a la Conmebol después de la intervención de ésta y de la FIFA, cuando Tapia asumió como presidente en marzo de 2017, pero recién pudo encontrar un lugar con el desplazamiento del dirigente uruguayo Wilmar Valdez en 2018, como representante de Conmebol ante el Consejo de la FIFA, pero la AFA ya tenía problemas con la CBF, que luego le generaría más de un dolor de cabeza.

El primer enfrentamiento ocurrió cuando antes de la intervención, en febrero de 2016, en Zurich, durante el proceso electoral que determinó la elección del ítalo-suizo Gianni Infantino como presidente de la FIFA. Allí, fue el uruguayo Valdez quien, con la ayuda de Luis Segura y otros dirigentes, recondujo algunos pocos votos sudamericanos hacia el jeque Salman Bin Ebrahim Al Jalifa, como el del entonces representante de la CBF, Fernando Sarney, hijo del ex presidente de Brasil, José Sarney.

Desde ese momento, las miradas con el rabillo del ojo entre la AFA y la CBF fueron en aumento, y ya a finales de 2017, la entidad argentina tuvo su primer enfrentamiento con el brasileño Wilson Seneme cuando éste fue el factótum de una primera sanción a Messi por cuatro partidos durante las Clasificatorias al Mundial de Rusia 2018, y una multa de diez mil francos suizos por un supuesto insulto al juez de línea brasileño Emerson Augusto de Carvalho en el partido ante Chile jugado en Buenos Aires, que desestimó el Comité de Apelaciones de la FIFA, y el crack del Barcelona sólo terminó perdiéndose el partido ante Bolivia en La Paz.

Más allá de que el final fue feliz y de que los abogados contratados por la AFA pudieron resolver esa cuestión, la relación de la entidad con Seneme se fue complicando, y durante el Mundial de Rusia 2018, se abrió otro capítulo con la CBF, cuando llegó el momento de votar la sede del Mundial 2026 entre la candidatura tripartita norteamericana (Canadá, Estados Unidos y México) o la de Marruecos.

La Conmebol pactó entonces votar a la candidatura de la CONCACAF a cambio de los futuros votos de ésta por la sudamericana compuesta por Uruguay, Argentina, Paraguay y Chile para el Mundial 2030, pero Brasil decidió votar a Marruecos, ante su situación ya resuelta luego de haber obtenido la sede de la Copa Confederaciones (2013), su segundo Mundial (2014), los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro (2016), y la Copa América (2019).

Pocos días después de la votación de la sede del Mundial 2026, durante la inauguración de la Casa de la Conmebol en Moscú, Tapia utilizó la palabra “traición” al referirse al voto de la CBF y sostuvo que “no hay mayor traición que la de un amigo”.

Eran tiempos en los que la relación entre Tapia y el presidente de la Conmebol, el paraguayo Alejandro Domínguez, era de las mejores. El argentino había logrado terminar con la etapa de la desconfianza durante la intervención y cuatro meses más tarde, en octubre, por fin ocupó el cupo dejado por Valdez en el Consejo de la FIFA, pero dos meses más tarde, en diciembre, empezaron a soplar vientos en contra cuando Boca y River entraron en la polémica sobre lo ocurrido antes de la segunda final de la Copa Libertadores de América en el Monumental.

Pese a la insistencia no sólo de Tapia sino del presidente Mauricio Macri para que la segunda final se jugara en Buenos Aires o al menos en territorio argentino, tanto ante Infantino como ante Domínguez, el partido se trasladó a Madrid y en la AFA sintieron que políticamente la entidad quedaba mal parada, con una imagen de incapacidad para organizar partidos de esta magnitud.

Desde ese momento, la relación con la Conmebol se resquebrajó y tuvo dos capítulos más durante la pasada Copa América. Justo un día antes de iniciarse el torneo, en San Pablo, la entidad sudamericana decidió que la sede de la final de la Copa América 2020 fuera en Colombia y no en Argentina, a la que le otorgó el partido inaugural.

Si bien hubo rumores sobre un acuerdo entre los dos países coorganizadores de la Copa América 2020, acerca de que Colombia renunciaba a postularse como sede del Mundial Femenino de 2023 (al que también aspira a albergar Argentina), a cambio de ser sede de la final del torneo sudamericano, la decisión final de la Conmebol no cayó bien en la AFA.

Y pocos días más tarde, estalló otro gran conflicto cuando tras el polémico partido de semifinal ante Brasil en Belo Horizonte, y la expulsión de Messi ante Chile por el Tercer Puesto, la AFA no sólo envió una dura carta a la Conmebol dudando de la honestidad del organismo sino que en la misma exigió la renuncia de Seneme (con el que tenía un viejo enfrentamiento), y tras el último partido, el propio Messi habló de “corrupción” y de un torneo “armado para Brasil”.

Por si fuera poco, durante el transcurso de la final entre Brasil y Perú en el Maracaná, circuló una versión, luego desmentida rotundamente por la UEFA, acerca de que la AFA tenía una invitación para sumarse al organismo europeo, lo que dejaría de lado su participación en la Conmebol.

Si bien fuentes relacionadas con el más alto nivel del derecho deportivo argentino indican que el desplazamiento de Tapia “nada tiene que ver” con la sanción a Messi y que no creen que pase de tres fechas de partidos oficiales, es claro que el fútbol argentino perdió representatividad ante Conmebol y FIFA, y que acaso el escenario para el crack del Barcelona, ahora, pueda ser otro, y más complicado.


lunes, 22 de julio de 2019

AFA-Superliga, la canción es la misma (Jornada)




A días de comenzar la nueva Superliga, otra vez el fútbol argentino se encuentra ante los mismos vicios, con dirigentes acostumbrados a lo mismo porque pese a que recibieron el maquillaje de un nuevo organismo que los rige, se trata, en el fondo, apenas de un cambio de edificio, desde la vieja sede de la calle Viamonte, en la zona de Tribunales de Buenos Aires, al renovado Puerto Madero, bordeando el Río de la Plata.

Tras el desquicio de los tiempos grondonianos de llevar, por razones políticas (abrir el juego a los equipos provinciales a poco de unas elecciones generales a presidente de la Nación) y económicas (más partidos televisados por fecha, más dinero a las arcas), de llegar a los 30 equipos en la Primera División, muerto el sempiterno ocupante del Sillón de Viamonte se decidió regresar paulatinamente a la cordura de los 20 equipos, para lo cual, como era lógico, se apostó a ir reduciendo de a dos por temporada.
Esto significaba que desde entonces habría cuatro descensos y dos ascensos desde el Torneo Nacional B (otro engendro creado a las apuradas cuando los dirigentes de los clubes de casi todo el país se habían nucleado en la Unión de Clubes Argentinos y Grondona, en 1985, vislumbró una movida importante que le podía traer consecuencias).

Pero como suele suceder cada año a poco de comenzar un nuevo torneo, los clubes que se encuentran en los peores lugares del promedio, en este caso, además, muchos de más peso e historia que en el pasado (Rosario Central, Newell’s Old Boys, Estudiantes y Gimnasia y Esgrima de La Plata, Bánfield, Lanús, Colón, Patronato de Entre Ríos, Argentinos Juniors, y los recientemente ascendidos Arsenal y Central Córdoba de Santiago del Estero), decidieron plantarse y no dar quórum en la reunión del Comité Ejecutivo de la Superliga, salvados por la ausencia de Aldosivi de Mar del Plata (de lo contrario habrían perdido 13-11), para presionar para que baje la cantidad de descensos a dos o tres, o bien los cuatro se determinen por otra confusa fórmula, la de dos por el viejo sistema de promedios y dos por puntos.

El problema mayor no pasa tanto por lo técnico sino por la vieja costumbre de que todos aquellos que se encuentran en una situación molesta, quieren cambiarlo todo sobre la marcha para verse favorecidos, con la extraña pero clásica idea de que eso, en la Argentina, es posible de modificar, y de hecho, esos dirigentes de los clubes mencionados se encontraban en la confitería de la esquina, pero decidieron no entrar, a modo de presión.

Esto no es nuevo ni es exclusivo de estos dirigentes sino patrimonio del fútbol argentino. El propio presidente de la AFA, Claudio Tapia, llegó a modificar el torneo de la Primera B Metropolitana en el medio de su desarrollo, e intentó, junto a sus amigos provenientes de esa categoría y otras del ascenso, modificar la estructura del ahora llamado “Torneo Nacional” (como si quitarle la letra “B” disimulara que se trata de un campeonato de ascenso) en dos grupos pero no como ahora, que están mezclados los equipos del conurbano bonaerense con el resto de las provincias, sino que los de la Provincia de Buenos Aires estuvieran todos juntos, y el resto, que se arreglara si tuviera que viajar de Jujuy a Tierra del Fuego o de Mendoza a Misiones.

La resistencia a esta idea fue, aunque con unos decibeles menos, en la misma dirección que en 1985 enfrentó a la UCA con Grondona, la prensa se encargó de amplificarlo, y el proyecto rebotó, pero la idea allí estuvo.

Tapia, quien intentó ejecutar esta idea, es el mismo que envió una incendiaria carta a la Conmebol exigiendo la renuncia del presidente del Comité Arbitral, el brasileño Wilson Seneme, después de las evidentes injusticias en el partido Brasil-Argentina de la pasada Copa América y de la exagerada expulsión de Lionel Messi ante Chile, y quien también fogoneó que al día siguiente de su misiva, el titular de la Escuela de Árbitros de la AFA, Federico Beligoy, enviara otra preguntando qué ocurría que no había respuesta.

Resultó entonces que esa misma AFA que modifica torneos en el medio, que alberga clubes que se sienten en condiciones de piquetear el inicio de la temporada, que perdió la memoria sobre las condiciones dadas en el 6-0 a Perú en el Mundial 1978, o La Mano de Dios en el de 1986, o el Bidón de Branco en el de 1990, o incluso del penal (que fue pero que nadie vio) ante Paraguay en la primera fase de la misma Copa América, ahora se siente estafada y debe terminar reculando el próximo martes en Luque ante el cuestionado presidente de la Conmebol, el paraguayo Alejandro Domínguez, para que no lo sancionen a Lionel Messi o le den la menor suspensión posible para no perderlo en la clasificación mundialista que comienza en marzo de 2020 o en la Copa América de junio de ese año, cuando la selección argentina organizará el certamen junto a Colombia.

La misma AFA que nada dice sobre una nueva utilización política cuando desde la provincia de Buenos Aires, sin que nada lo mediara, se anuncia que los partidos jugados allí sí aceptarán público visitante (lo mismo que ocurrió en el mismo territorio y por otra fuerza política para las elecciones de 2015), y la misma que por ahora no abrió ninguna investigación tras las acusaciones que avanzan en la Justicia sobre el supuesto desfalco a Independiente por parte de sus propias autoridades (casualmente, familiares del presidente de la AFA), en el sentido de saber si se trata o no de un modus operandi de más cantidad de clubes de todas las categorías.-

Cuando los clubes firmaron el consentimiento para la conformación de la Superliga, el único que votó en contra (entre 71 sufragios) fue el presidente de la Liga Rosarina, Mario Giammaría, quien calificó la nueva etapa como “un suicidio” y recalcó que como tantas otras veces “los dirigentes firmaron sin mirar lo que hacían”, y sentenció: “hemos elegido como referencia el peor modelo de todos, el español”.

Lo cierto es que la Superliga, que se anunció en su momento con bombos y platillos como el cambio que “ahora sí” iba a revolucionarlo todo, los partidos no cambiarían ni de fecha ni de hora hasta hacerse previsibles como en España, los reglamentos se cumplirían a rajatabla y nada los modificaría, se encontró con que lo único que la diferencia de la vieja AFA es que se mudó de edificio, y entonces las reuniones de los mismos dirigentes de siempre, que actúan igual que toda la vida, tienen un paisaje más moderno en Puerto Madero.

Pero la canción sigue siendo la misma.

viernes, 19 de julio de 2019

19 de julio de 1994




El Mundial de los Estados Unidos llegaba a su fin. El calor era agobiante en Pasadena, la final entre Brasil e Italia había sido un fiasco, y me quedaba aquella emocionante imagen del codo derecho de las tribunas del estadio Rose Bowl, que cuando se produjo un silencio de descanso en el entretiempo, mostró el revoleo de camisetas y la hinchada argentina cantando “Oh, Argentinaaaa, es un sentimientoooo, no puedo paraaaar”, aunque el equipo ya estuviera eliminado hace rato.

Durante los últimos días del Mundial, me alojaba con el colega y amigo indio Rupak Saha, quien me había contratado para su diario Ananda Bazar Patricka de Calcuta, y como quería precisiones sobre las posibles alineaciones (la principal duda estaba centrada en Franco Baresi, que parecía haber quedado afuera cuando se lesionó al principio del torneo, pero las crecientes versiones sostenían que regresaría para la final), le insistí en que sólo con el alquiler de un auto y yendo por nuestra cuenta, podríamos trabajar al mejor nivel, y acaso, obtener algo.

Me la jugué y le dije que tanto Roberto Baggio (el otro en duda) como Baresi, estarían en la definición, pero llegamos al centro de prensa ese domingo 17 de julio, y un diario italiano, que se imprimía en USA, titulaba “Una final sin Baresi y sin Baggio”. La cara del indio resulta inolvidable. No sabía dónde meterme, y me acomodé en mi pupitre palpitando la final. Cuando por los altavoces daban a conocer los equipos, era como una nueva tortura, pero me fui transformando cuando en la pantalla apareció Baresi como titular…y ya más adelante, Baggio. Desde lejos, el indio, sonriente, me levantaba los dos pulgares.

El problema no era la final sino cómo organizarme para después. Me había anotado para asistir a un Congreso Mundial de Sociología en la ciudad de Bielefeld, cerca del límite con Polonia, y que comenzaba el lunes 18, pero resultaba imposible llegar a tiempo. Recién podría hacerlo el martes a la tarde. La idea era que ni bien terminara la final, ir lo antes posible al aeropuerto, viajar desde Los Angeles a Chicago y luego, tomar otro avión desde Chicago a Francfurt y una vez allí, el tren hacia Bielefeld.

Fue lo que hice bajo un insoportable calor. Llegué a Bielefeld, entré lo antes que pude al hotel, me cambié y a mitad de la tarde, ya estaba para inscribirme en la ventanilla del Congreso. Para mi suerte, quien me atendió era un argentino, de Mendoza. Me comentó que había otra argentina en una comisión que no era la mía, pero que se trataba de una mujer muy interesante y que valía la pena conocerla. Decidí esperarla hasta que por fin me la presentó en compatriota en común.

Tras los saludos de rigor, inmediatamente la mujer me dijo algo así como “qué terrible lo de Argentina, ¿no?”, con una cara de mucha preocupación. Yo, que venía del Mundial y del doping de Maradona, que por lo que me comentaron había causado una gran tristeza popular, atiné a decirle “sí, claro, lo de Maradona fue durísimo”. Noté, enseguida, una cara mezcla de asombro y repulsa, como si pensara que estaba hablando con un idiota (que vendría a ser yo). Algo no funcionaba bien. La socióloga acotó, como aclarando lo obvio “No, yo me refiero a lo de AMIA”.  Me di cuenta de que había hecho uno de los mayores papelones de mi vida, al enterarme, así que traté de aclararle lo sucedido: había estado en el aire, sin noticias (y en tiempos sin internet) todo ese lunes 18 y hasta la tarde del martes 19, y salí corriendo al hotel, para ver si podía captar algo por la TV y llamé inmediatamente a Buenos Aires. 

Las imágenes de la TV alemana eran tremendas pero sumado a eso, recuerdo la desesperación porque de fondo se escuchaba el castellano, pero tapado por la traducción alemana. Así fue que me enteré del mayor atentado de la historia argentina. Todo lo relatado puede ser encontrado en mi libro “Maradona, rebelde con causa”.

jueves, 18 de julio de 2019

Griezmann y Neymar, dos acertijos del Barcelona para esta temporada (Interia)





La selección uruguaya siempre se caracterizó por su solidez grupal. Desde hace casi dos décadas que tiene al mismo entrenador, Oscar Tabárez, y se destaca por sus dos duplas, la de sus defensas centrales Diego Godín y José María Giménez, y por la del ataque, con sus delanteros Luis Suárez y Edinson Cavani. Sin embargo, hubo un solo tema que ni se habló durante la Copa América de Brasil para no generar irritación ni grietas entre sus jugadores: el pase del francés Antoine Griezmann al Barcelona.

Hace apenas un año, Griezmann era recibido con los brazos abiertos por la plantilla del Barcelona. Terminaba su contrato con el Atlético Madrid y tenía todos los números para pasa al Barcelona, y se habían pronunciado a su favor tanto Lionel Messi como Luis Suárez, pero todo cambió cuando en un video, producido además por Gerard Piqué, y a pocos días antes de comenzar el Mundial de Rusia, el francés anunciaba que se quedaría en el club de la capital española.

Sin embargo, el acuerdo con el Atlético por una cláusula de 200 millones de euros hasta el 30 de junio pasado, y de 120 millones desde el 1 de julio, tornaba demasiado accesible su pase al Barcelona, sumado a su deseo de marcharse del Atlético Madrid al acabarse un ciclo con la salida de su amigo Godín, la de los defensores Juanfran, Lucas Hernández y Filipe Luis, y la del volante Rodri. Era el momento justo para salir y dar un salto hacia adelante, y queda claro en cada entrevista durante estos días, en las que cuenta que copiaba cuando podía la forma de moverse del ataque azulgrana, o que considera a Lionel Messi “el Le Bron James del fútbol, la imagen misma de este deporte, así como Le Bron lo es del baloncesto”.

Sin embargo, Griezmann sabe bien que el clima en el vestuario no es el mismo que un año atrás. Messi y Suárez quedaron muy mortificados con su última decisión de quedarse en el Atlético Madrid y ya cuando el argentino dio una conferencia junto con Piqué en el campo de entrenamiento del Barcelona en San Joan Despí un día antes de la final de la Copa del Rey ante el Valencia, los dos atinaron a decir que ese tema era cuestión de los dirigentes y no suya, muy distinto que cuando en 2018, Messi le dio públicamente la bienvenida.

Por eso es que en el vestuario uruguayo nunca se mencionó nada referente a Griezmann. Porque dos de los jugadores más influyentes del equipo tienen una posición opuesta. Godín, el capitán “celeste”, es el padrino de la hija del francés (a tal punto llega esta relación forjada en el Atlético Madrid de Diego Simeone), mientras que Suárez no se repuso de aquel “no” del francés en 2018. La respuesta inteligente de Griezmann en estas horas va en el mismo camino: “No hay nada que no se pueda arreglar en el campo, con asistencias”.

Y esto nos remite al sistema que debería utilizar el entrenador Ernesto Valverde para la temporada siguiente con el Barcelona. ¿Dónde rendiría mejor Griezmann? Como Messi, sus comienzos en el fútbol profesional fueron desde una banda, para irse yendo hacia el centro del campo y reiteradamente comentó a Simeone de su incomodidad de jugar en los costados, porque siente que se le cierran las chances de moverse.

Sin embargo, ese lugar es claramente para Messi, a no ser que Valverde determine un 4-3-2-1, con el argentino muy cerca de su misma línea, por detrás de Suárez. Un sistema más ofensivo con la vuelta al abandonado 4-3-3 del pasado, obligaría a Griezmann a jugar por la banda, pero eso podría incomodarlo. A su vez, el francés no es un nueve de área, sino un segunda punta, alguien que juega por detrás del goleador y que puede romper líneas o llegar desde atrás con remate franco, y por eso tuvo éxito jugando para Mbappé o Giroud en la selección de su país, o con Diego Costa en el Atlético, por lo que en el Barcelona sería, en principio, un buen complemento para Suárez.

La otra perspectiva se abre si Neymar regresara al Barcelona, como trata de negociar el club catalán y pretende el brasileño. Acaso allí, el actual jugador del PSG podría regresar a la banda izquierda, y para que encajen los cuatro en el equipo titular, lo más lógico parece ser el 4-2-3-1, con Messi más libre desde la derecha, Griezmann por el centro, detrás de Suárez, y Neymar por la izquierda.

Claro que un esquema como este necesitaría de un mediocampo sólido y con importante capacidad de recuperación, con un Sergio Busquets de mediocentro que deberá recuperar el nivel perdido la temporada pasada, y con la duda de si lo acompañaría Iván Rakitic, Arthur o el holandés Frenkie De Jong, nuevo fichaje del Barcelona. También este esquema pondría en dudas cuándo y cómo pasar al ataque por parte del lateral izquierdo Jordi Alba, socio clave de Messi en las temporadas pasadas. Seguramente necesitaría el factor sorpresa para lanzarse en ocasiones propicias, necesitando que se cierre Neymar.

Todas hipótesis para un Barcelona que va construyendo uno de los planteles más ricos que haya tenido jamás. Habrá que comprobar si esta vez Valverde lo sabrá aprovechar.

martes, 16 de julio de 2019

A Messi lo dejaron solo, tuvo que parecerse a Maradona, y ahora el fútbol argentino reza para no perderlo por una dura sanción (Interia)




Lionel Messi lleva quince años en el primer nivel mundial, con cinco Balones de Oro, una década sin bajar de cincuenta goles por temporada, y un perfil bajo que lo convirtió en un gran deportista con un muy bajo perfil fuera de los estadios.

Tal vez por eso haya sorprendido al mundo del fútbol cuando tras el último partido de la selección argentina en la reciente Copa América de Brasil habló de corrupción en la Conmebol y que el torneo estaba organizado para el local, se quejó especialmente de los fallos en la semifinal, cuando Argentina perdió 2-0 ante Brasil y no hubo VAR en dos jugadas de claros penaltis para los albicelestes, y de haber sido expulsado ante Chile por el tercer puesto, cuando no quiso participar en una pelea con su rival Gary Medel, pero fueron expulsados los dos.

Si Messi habló de esta forma ante los micrófonos y grabadores en caliente, no fue por querer parecerse al siempre extrovertido compatriota suyo Diego Maradona, porque son bien distintos de carácter. Uno, cerrado, introvertido. El otro, mucho más abierto, con un perfil de rebeldía, aún cuando ya dejó el fútbol hace dos décadas.

Messi dijo lo que dijo porque lo dejaron solo, porque siente que no tiene a su lado a ningún interlocutor válido en el contexto de la selección argentina. Así como en su debut mundialista en Alemania 2006 era el más joven del equipo, ahora, con 32 años, y padre de tres hijos, ya no sólo es el capitán sino que de su generación, ya solo quedan en la selección albiceleste Nicolás Otamendi, Sergio Agüero y Ángel Di María, y salvo el defensor, que saldrá ahora del Manchester City, ninguno tiene peso en sus opiniones dentro de la plantilla.

Ya no están ni Lucas Biglia, ni Martín Demichelis, ni Pablo Zabaleta ni Javier Mascherano, todos jugadores con cierta influencia sobre el crack del Barcelona, que siete que ahora él es el líder al que siguen los jóvenes del equipo, que tienen todavía que acostumbrarse a darle el balón al compañero que esté libre de marcas, y no siempre al diez, por una cuestión de veneración.

Messi también sabe, aunque lo apoya porque le cae simpático y ha unido al equipo, al entrenador Lionel Scaloni, quien será ratificado por la Federación (AFA) hasta que termine la clasificación al Mundial de Qatar, pero sabe que no tiene experiencia y que en este momento es más lo que tiene que colaborar con él para ayudarlo en la estabilidad, que depender de sus decisiones dentro y fuera de los campos.

Y por si quedara algo, Messi sabe que tampoco puede contar con esta dirigencia de la AFA, a la que le faltan casi todas las luces. Porque no es lo mismo que un jugador pueda estar nervioso o afectado por lo que considera un fallo injusto en un partido, que un dirigente que, teniendo las chances de operar con frialdad y con diplomacia, haya enviado, como el presidente de la AFA, Claudio Tapia, una durísima carta a la Conmebol, tras la eliminación ante Brasil, hablando de corrupción o exigiendo la renuncia del presidente del Comité Arbitral, el brasileño Wilson Seneme, y al no recibir respuesta, insistió al día siguiente mediante el director de la Escuela de Árbitros argentina, Federico Beligoy.

La Conmebol ha mantenido, desde entonces (poco más de una semana) un silencio absoluto. Su presidente, el paraguayo Alejandro Domínguez, opera de este modo y toma medidas con el paso de los meses, pero el fútbol argentino, ahora, enfrentado a la Conmebol y de una manera frontal y total, se expone a dos hechos muy duros: una larga sanción a Messi (por la expulsión ante Chile pero especialmente por sus quejas), y el hecho de no contar con él no sólo en la clasificación mundialista (que comienza en marzo próximo) sino en junio de 2020, como local, en la Copa América que co-organizará junto a Colombia.



lunes, 15 de julio de 2019

La continuidad de Scaloni en la Selección y el problema de la institucionalidad (Jornada)





Imagínese, lector, por un instante, una escena en un hospital público en cualquier ciudad de la Argentina. Llega un conocido del director, acompañado de un muchacho muy joven, para recomendarlo como médico de la institución. No tiene título aún, pero “sabe un montón y va a solucionar muchos problemas de salud”, lo justifica. El director del hospital dialoga con el joven, que acaba de terminar el Bachillerato, y evidentemente, maneja algunos conceptos y podría llegar a ser bueno en lo suyo, a futuro. ¿Pero qué sucede si el allegado lo propone como jefe del turno mañana o tarde?

Lo más probable es que el director indique que lo que corresponde es que ese muchacho ingrese primero a la universidad, estudie mucho, se gradúe, y con el título en la mano regrese, concurse y en ese caso, si gana, tenga un primer espacio como residente en ese hospital.

Algo parecido ocurre con la selección argentina. Lionel Scaloni no sólo nunca dirigió antes un equipo (ya no es que salió campeón o no de algún torneo) y se encontró al frente de un equipo que tiene como antecedentes históricos 2 Mundiales ganados, 3 finales de Mundiales perdidas, 14 Copas América, 6 Mundiales sub-20, 2 medallas doradas olímpicas y tantos otros títulos y partidos decisivos. ¿Puede este director técnico, con estos antecedentes, dirigir a una de las cuatro o cinco mayores potencias mundiales de fútbol?

El propio Scaloni, que en la Copa América tuvo que enfrentarse a entrenadores de la talla de Oscar Tabárez, Reinaldo Rueda, Tité, Carlos Queiroz o Ricardo Gareca (es decir, toda gente con el doctorado terminado, siguiendo con la analogía), admitió en una de las conferencias de prensa durante el torneo, que n la Copa América hizo un curso acelerado, que incluso pudo haber terminado aceptablemente, o mejor que lo que originalmente se vaticinaba, pero…¿alcanza con eso?

¿Es posible justificar a Scaloni, como lo hizo un ausente director de Selecciones Nacionales en Brasil, César Luis Menotti, quien dijo tras la Copa América, cuando pasó a respaldar al mismo DT al que antes quería reemplazar, que él mismo, en 1974, cuando asumió en la selección argentina “no tenía experiencia porque sólo había ganado un torneo con Huracán”? ¿Es lo mismo ganar un torneo con Huracán, y de manera brillante (por otra parte, el único título liguero del Globo en el Profesionalismo desde 1931), que no haber dirigido nunca a nadie?

Todo indica que Scaloni sigue, primero que nada, porque no hay otro DT de cierto renombre, que quiera asumir. Esta AFA de Claudio “Chiqui” Tapia, enfrentada con la Conmebol, con el presidente del Comité Arbitral de la entidad, con El Vaticano, con Israel, con River, con San Lorenzo, con la Superliga, con la CBF, con Jair Bolsonaro, con muchos clubes de todo el país por lo sucedido con la definición de los ascensos federales, y con otros del conurbano bonaerense por la de los ascensos de esa zona, no parece estar en condiciones de dar ninguna certeza a un entrenador de jerarquía, y mucho menos, garantía de tranquilidad en un trabajo a mediano plazo.

Pero a este primer factor, hay que agregar que Scaloni también sigue porque en la AFA, la palabra de Lionel Messi sigue pesando demasiado, y si se quejó tras la Copa América de la corrupción en la Conmebol –un argumento atendible- o si sostuvo con pulso firme al DT, en buena parte fue porque ningún dirigente de la AFA tiene la mínima capacidad de anteponerle un marco de institucionalidad, el director deportivo se llamó a silencio absoluto a distancia, y el crack del Barcelona ya no es un joven tímido y con algunos granitos en la cara sino un muchacho de 32 años, padre de familia, y uno de los cuatro más veteranos del plantel, y no tiene a quién consultar, ni cree necesitarlo.

Se entiende la buena voluntad y la lucidez de Marcelo Gallardo, el DT de River Plate, cuando sostiene que a Messi “no lo supieron cuidar”, pero a los 32 años y con tres hijos, una fortuna y con más de tres decenas de títulos y 15 años de profesional y 5 Balones de Oro, Messi se sabe cuidar muy bien solito.

El problema es de institucionalidad, algo que suele costarle demasiado al argentino medio. Scaloni no debe estar en este lugar no porque sea mejor o peor, sino porque aún no reúne los requisitos. Y entonces no importa caerle bien al crack, o cebar buen mate en la concentración, o contar buenos chistes, o que Menotti (por dar un ejemplo) tenga excelente línea directa con uno de sus ayudantes, Pablo Aimar. Scaloni no puede estar allí porque no corresponde, y punto.

Pero si el presidente de la AFA en vez de reclamar antes de los partidos por malas designaciones arbitrales, o antes del sorteo de los grupos por la irregular distribución de los equipos en los copones para favorecer (como casi siempre) al local, se calza el buzo y se sienta a mirar en la platea cómo le patean a los arqueros, o firma una carta incendiaria a la Conmebol (por si fuera poco, refrendada al día siguiente por el director de la Escuela de Árbitros, Federico Beligoy), y olvida que la Argentina será coorganizadora de la Copa América en apenas un año, y genera un clima que expone al propio Messi a una larga suspensión, ¿cómo el mejor jugador del mundo no va a creer que en esa anarquía y falta mínima de ideas, la AFA es él mismo?

Se supone que en todo orden, un dirigente es aquel que tiene una mirada más profunda que la masa, alguien que puede ver más allá en el futuro, que puede parar la pelota para pensar, con mayor temple que la mayoría, en las acciones a seguir, para beneficio de todos. Cuando esto no ocurre (como en el caso de la AFA), son otros los que toman la bandera, aunque no sea lo que corresponda. Y Messi crece en roles que no les son propios desde la falta de alguien que aporte ideas y sentido común, a partir de su liderazgo futbolístico y desde épocas pasadas en las que comenzaron las irregularidades que fueron determinando que cada palabra suya fuese santa.

¿Acaso puede hacerlo contra la Conmebol la dirigencia que utilizó las mismas herramientas en el ascenso local? ¿Acaso puede hacerse con el antecedente de la Mano de Dios, el Bidón de Branco, o el 6-0 a Perú? Calavera no debería chillar.
Mientras no haya un marco institucional serio (como por ejemplo, que cualquier medio nacional de comunicación –que no haya pagado derechos-, que hizo un enorme esfuerzo por cubrir el torneo, se haya ido de Brasil tras un mes, sin una sola entrevista exclusiva con jugadores argentinos porque estos no tienen intenciones de hablar), la AFA seguirá exponiendo al fútbol argentino a cómo sople el viento y a pagar las consecuencias de tantos desatinos.

14 de Julio de 1990 en París




Sucedió un 13 de julio, hace 29 años ya. Volvía muy cargado del Mundial de Italia 90. No era como ahora. A los periodistas nos llenaban de regalos. Los stands del centro de Prensa eran espectaculares. Había de todo y como en botica. Desde pizzas para degustar hasta los clásicos panini y tramezzini de distintos gustos. Todo gratis. 

También, representantes de cada región italiana, por si queríamos hacer turismo. Entre esos stands, hubo uno, muy bien puesto, de Telecom Italia, donde muchos periodistas argentinos conocimos a la gran Giuseppina, una mujer que trabajaba allí y que era la encargada de las conexiones cuando queríamos llamar a nuestros medios o familiares. No era como ahora. Les cuento de una época (parece mentira) sin internet, apenas con el teléfono, el télex (que escupía las cintas amarillas picadas), y era incipiente el fax. 

Giusseppina nos tomó tanto cariño, que viendo lo que se gastaba en hotelería y comunicaciones, nos propuso que fuéramos a su casa, y así lo hicimos junto a distintos colegas (uno ya fallecido, que trabajaba en la revista “Gente” y otro sigue hoy en Clarín). Allí, además de que profundicé mi italiano al punto de volver al país hablando hasta con los subjuntivos (Giusseppina me siguió llamando cada sábado a la tarde para ver cómo estaba y mis familiares no entendían de dónde yo había aprendido tanto italiano), conocí a un gran artista, amigo de Giusseppina. Un gran pintor llamado Giorgio de Canino, tunecino, quien a cada uno de nosotros nos dibujó un excelente retrato.

Retornaba, entonces, de todo aquello. De más de cincuenta días en tierras italianas no cargado, sino recontra cargado de todo. Los regalos recibidos (botellas de vino regional, aceites, camisetas, libros, revistas de las delegaciones), mi propias cosas con las que había viajado originalmente, y, enrollado, el cuadro de Giorgio con mi retrato. 

No quiero exagerar pero eran como siete bultos. Mi plan era regresar en tren a París, donde nunca había estado, quedarme cuatro días en casa de amigos, para luego regresar a Madrid en otro tren y en la capital española, emprender el regreso a Buenos Aires.

En París me esperaba la hermana de un amigo, conocida de la familia, que vivía con el novio. Me había comunicado con ella (argentina), desde otro sitio que parecía inverosímil, la llamada “Carrozza Stampa”, un vagón de prensa que tenía cada tren durante el Mundial, con comida libre, sala de videocasetes para ver los partidos, azafatas, pantalla gigante y teléfonos empotrados para llamar al exterior gratuitamente, y la llamada sólo se cortaba cuando se atravesaban túneles o zonas montañosas, mucho antes de la era del celular. Había comentado que ese día, sábado, llegaría a París y la respuesta fue que me esperaría, junto a su pareja, en la estación.

En efecto, el tren llegó a París una tarde de un calor infernal. Llegaba contento. Por fin conocería París y ni bien el tren había partido de Roma, descubrí en mi bolso unos sándwiches que sin decirme nada, Giuseppina puso junto a bebidas y unas frutas. Me ayudaron a bajar los bultos en la Gare de Lyon, pero no alcanzaba a divisar a la hermana de mi amigo, por lo que un changarín con el guardapolvo gris de la estación y un pin que decía “SCNF” (el nombre de los trenes franceses) arrastró en un carrito los bultos hasta la sede de la estación, y como mis amigos seguían sin aparecer, los puso en dos armarios con clave. Me mostró como funcionaban, sacó las dos tiras con códigos de 10 cifras cada uno, me los dio. Le entregué una propina y se fue.

Ya liberado de tanto peso y con el bolso de mano con los documentos personales, traté por todos los medios de comunicarme con la chica argentina. Llamé a su casa,  y encontré este mensaje en el contestador: “Nos fuimos unos días afuera, dejanos tu mensaje”…no lo creí. Me pareció que podía ser un mensaje viejo. 

Comencé a pensar (eran alrededor de las 15) que podría existir la chance de no dormir en aquella casa y tenía que idear un Plan B. Por las dudas, como tenía la dirección de su casa, y la estación comunicaba con el metro, me fui hasta esa zona donde había un mapa con luces que al apretar el nombre de la estación buscada, se encendían. Busqué allí la dirección y noté que un tipo bastante grandote me iba desplazando del mapa. 

Quise irme y entonces iba a agarrar el bolso que había puesto entre mis piernas, pero no lo veía…hasta que me di cuenta de que no estaba más. Me lo habían robado…allí tenía mi pasaporte argentino, el pasaje de regreso desde Madrid a Bs As, todas las tarjetas de los periodistas que conocí en ese Mundial, algunos casettes y otras cosas que ya ni recuerdo. Mi desesperación era total. Corrí hacia las bocas de acceso a la estación pero no vi nada. Resignado, daba vueltas pensando cómo hacer y qué pasos seguir. Llamé desde una cabina a mis padres en Buenos Aires para que me emitieran de nuevo el pasaje pero el otro problema era el pasaporte. El lunes a la tarde tenía que regresar a Madrid para tomar el avión de regreso a la Argentina y ya parecía imposible.

Para colmo, ya ni sé por qué, el pasaje había sido comprado en la localidad de Monte Grande, en la provincia de Buenos Aires. Comencé a pensar a quién conocía en París para solicitar ayuda mientras me comentaron que podía realizare la denuncia policial allí mismo, en la estación. Recuerdo que quien me tomó la denuncia me preguntó “¿Usted sabe qué fin de semana es este? Es el del 14 de julio, la fecha más importante del año, y hay mucho delincuente suelto, debe tener cuidado” y me dijeron que mi pasaporte probablemente aparecería en cualquier alcantarilla o tacho de basura, que estuviera atento. Ya con el estómago revuelto, y teniendo que tomar muchas medidas en poco tiempo, decidí ir a los armarios a buscar algo a otro bolso. Tomé mis dos tickets con ambas claves de 10 cifras. Intenté abrir el primero…pero no abría. Me dije a mí mismo que tenía que calmarme, que por estar alterado no podía abrir, y fui despacio, cifra a cifra…pero no abría. 

Me parecía ya una pesadilla, y entonces consulté a otra persona que estaba abriendo su armario, que qué podía ocurrir. “Acá es todo automático, así que si no podés abrir es porque ya cambió la clave y es otra”. Ya no sabía si le estaba entendiendo bien y no quería poner en palabras lo que pensaba. “¿Qué quiere decir que la clave ya no es la misma?”, atiné a preguntar. “Que alguien abrió la puerta, se llevó lo que había, y puso sus cosas y al cerrar, le dio otra clave”. No podía ser. Nadie podía haber entrado al armario. Hice tal escándalo que terminó viniendo alguien de los armarios y ante mi desesperación me dijo “usted me dice qué hay en su armario, si es lo que usted dice, se lo lleva. Pero estoy haciendo una excepción porque no lo hago nunca”. Le dije con mucha seguridad, e hice hincapié en el cuadro con mi retrato. Estaba completamente seguro. El tipo abrió el armario…y no, no estaban mis cosas. Me faltaba la mitad de los bultos. No podía entenderlo. Pensé y pensé, le di mil vueltas a lo que había ocurrido, retrocedí decenas de veces en el tiempo, hasta que le comenté al encargado cómo llegué a los armarios, el changarín vestido de gris con el “SCNF”, y recibí como respuesta “Pero eso es trucho. No hay changarines así en esta estación”. Recién ahí entendí bien lo que había ocurrido. El tipo puso los bultos en dos armarios, recibió los tickets, memorizó una clave (la otra se ve que no pudo porque ya era mucho porque esa puerta sí la pude abrir), y cuando yo me alejé, regresó y se llevó todo. Me habían robado por segunda vez en una hora, y me habían desmantelado. 

Ya se me cerró el estómago. Me sentía mal y sin pasaporte ni la mitad de las cosas. Volví a la Policía de la estación a hacer la nueva denuncia y los tipos no lo podían creer. Tenía ya dos expedientes abiertos. Mi nueva atención estuvo centrada en dar con alguien que conociera en París. Y dándole vueltas al asunto me acordé de un periodista uruguayo que conocí en el Mundial porque su nombre era el de alguien muy reconocido en la política: Zelmar Michelini, igual que el del político uruguayo que habían matado en un atentado en Buenos Aires en la época de la Triple A. Resultó ser su hijo. Zelmar trabajaba en la agencia France Press, en París. No tenía sus datos pero fui al locutorio de la estación y pedí la guía telefónica. No tenía cambio y me había costado un Perú que me prestaran el teléfono. Encontré el número de la AFP. Llamé y me dijeron “acá no trabaja ningún Zelmar Michelini”. Era un equívoco. No era France Press sino una agencia de seguridad que usaba esas mismas siglas. No pegaba una. 
Tuve que recomenzar a pelear con los del locutorio por una nueva oportunidad. Esta vez llamé a la verdadera France Press y me dijeron que el colega “siempre está, pero como hoy es el acto del 14 de julio salió para ver los fuegos artificiales, vuelve como a las 20”. Conté lo sucedido y la misma telefonista me dijo que no había problemas, que me dirigiera por metro hasta la estación “Bourse” en la Place de la Bourse (la Plaza de la Bolsa), que presentara el documento abajo, que arriba me esperaría otro colega chileno, Jorge Torti. Le tuve que explicar que me tenían que creer, que no tenía forma de demostrar que yo era yo…me dijo entonces que viniera igual. 

Fui, me hice anunciar, y a partir de allí, lentamente vino la solución. Era de noche, me hicieron un lugar en la redacción, se quedaron los del turbo noche y me armaron una especie de cama allí, en un banco largo, me dieron chocolate de una máquina, mientras yo seguía llamando a los argentinos a su casa, por si regresaban., pero ya me sabía de memoria la frase del contestador y el disquito.  

A la mañana del sábado, me despertó un zamarreo. Era Zelmar Michelini, que había llegado con su esposa. “Vamos, lávate y apurate que tenemos turno con el cónsul argentino en Rue Cimarrosa”. No entendía nada. En pocas horas, Zelmar había conseguido que me atendieran fuera de horario en el Consulado, y le dijeron que yo necesitaba dos testigos de que yo era yo para que me hicieran un pasaporte provisorio que se tenía que romper al pisar Ezeiza. Recuerdo que mi primer contacto con la avenida de los Campos Elíseos fue casi de indiferencia. No tenía tiempo de mirar nada. Me fui a sacar fotos carnet y de allí, corriendo, al Consulado. Sábado y domingo los pasé en casa de Zelmar y recién el lunes, apareció la pareja argentina. Se les había olvidado de mi llegada.

Tomé el tren a Madrid, llegué al final de la tarde, tomé un taxi a la desesperada hacia la agencia de viajes. Cuando llegué, el tipo cerraba la persiana. Le grité desde la ventana que era yo, el argentino. Escuché un “¡¡¡Por fin, por fin, el argentino, el argentino!!!”. El tipo ya se iba, reabrió la persiana, y me dio el pasaje a Bs As, reimpreso, y subí nuevamente al taxi hasta Barajas. Llegué con la lengua afuera, y allí me esperaba Pablo, mi compañero de la revista “First”, de la tarjeta Diners, para la que cubrimos (junto al Beto Alonso) el Mundial. Él había estado 4 días con su familia en Barcelona, y me preguntó sonriendo “¿Todo bien?”.

Al llegar a Bs As, con un tremendo frío, y yo en remerita de manga corta, mis padres en Ezeiza me tiraron un gamulán antes de saludarme. Ah, de la mitad de mis valijas, el bolso, y el cuadro de Giorgio, no supe nunca más.