lunes, 20 de enero de 2020

El Barcelona cambia de DT, pero necesita otra disposición en la cancha (Jornada)




No fue el mejor momento para llevarlo a cabo, pero fue la gota que rebalsó el vaso. La derrota sobre el final ante el Atlético Madrid en la semifinal de la Supercopa de España en Arabia Saudita luego de haber jugado acaso los mejores 70 minutos de la temporada, y con dos golazos anulados por el VAR, terminaron con la paciencia de los dirigentes del Barcelona, que pese a que el equipo es puntero en la Liga Española y sigue en carrera en la Champions League y en la Copa del Rey, decidieron reemplazar al director técnico Ernesto Valverde por el ex del Betis, Quique Setién.

Sin dudas, Setién (un fino jugador en los años ochenta) tiene lo que se suele llamar “ADN Barcelona”, si entendemos como tal a su gusto por el juego preciosista, ofensivo, de buen trato de pelota, tal como siempre jugaron sus equipos (Betis fue el último y con el que le llegó a marcar cuatro goles al Barcelona en el Camp Nou, pero también el Las Palmas, por citar otro ejemplo), y en ese sentido, el cambio por Valverde parece lógico.

Valverde, de muy buena sintonía con el vestuario (motivo por el que, acaso, duró en el cargo más de lo que debió luego de dos durísimas derrotas en las últimas Champions Leagues ante la Roma en 2018 y el Liverpool en 2019, cuando en ambos casos ganó por tres goles en la ida), nunca le encontró la vuelta táctica a un Barcelona que ya no es aquel que nos deslumbrara entre 2006 y 2013, primero con Frank Rikjaard y especialmente después con Josep Guardiola y con Tito Vilanova.

Los ciclos terminados de Xavi Hernández y Andrés Iniesta, pero especialmente la imprevisión dirigencial para reemplazarlos desde las divisiones inferiores del club (que comenzaron a no aportar demasiado a la Primera División) y la poca atención a continuar con aquel modelo exitoso de juego basado en los que lo implementaron en los tiempos modernos, como Laureano Ruiz y Johan Cruyff, fueron generando un evidente deterioro en el juego del equipo, que comenzó a pronunciarse con Gerardo Martino, pero que se profundizó con Luis Enrique primero y con Valverde después.
Con la pérdida del 4-3-3 y el retraso de Lionel Messi en el campo, el Barcelona llegó a jugar muchos partidos con un solo delantero de punta (por lo general, el ahora lesionado uruguayo Luis Suárez) y se fue llenando de volantes, casi todos de funciones parecidas.

El plantel actual cuenta con muy pocos delanteros netos (Antoine Griezmann, Ousmane Dembélé, y los jóvenes Ansu Fati y Carles Pérez, además de Suárez) y en cambio, cuenta en el medio con Sergio Busquets, Arturo Vidal, Arthur, Iván Rakitic y Frenkie De Jong, que para el esquema anterior de 4-3-3, representarían cinco opciones para tan sólo dos lugares en la zona de volantes. Esto significa una superposición en un sector de la cancha, y muy escasas variantes en otra, fundamental.

Es por eso que aunque el Barcelona haya pasado de Martino a Luis Enrique, luego a Valverde y ahora a Quique Setién, los cambios fundamentales no pasan por el entrenador sino por el sistema de juego, y por un plantel equilibrado en todas sus líneas.

Lo que ocurrió en el partido ante el Granada, ayer en el Campo Nou, con un magro 1-0 gracias a un (cuándo no) salvador gol en el final de Messi (tras recibir, incluso, un remate que terminó con la pelota en el palo de Marc Ter Stegen), es la muestra más clara del botón. Si nos atenemos a las estadísticas, el Barcelona tuvo una abrumadora diferencia en el porcentaje de posesión de pelota y sin embargo, apenas inquietó a su rival, porque de nada sirve tenerla si todos son volantes centrales con escasa o nula llegada y pocos los atacantes con poder de penetración. Eso mejoró algo con el ingreso del chico Riqui Puig, muy jovencito y de la cantera, pero el único en condiciones de mover la pelota y asociarse en la creación de juego.

Por supuesto que Quique Setién lleva menos de una semana a cargo del plantel y es recomendable la paciencia en momentos como éste, en el que, además, la situación del Barcelona no parece apremiante en ninguna competencia, pero no todo es el DT, aunque la dirigencia respire tranquila, ahora que por fin, pudo despedir a Valverde cuando pretendía hacerlo mucho tiempo atrás.

Pero cada vez resulta más claro que el problema del Barcelona es estructural, de juego, y los que llegan al área, definen, o generan expectativas en las tribunas son los jugadores. Y sin apostar a la disposición táctica y a la filosofía que le dio al club la mayor gloria, al punto de constituirse en el ejemplo del buen gusto por el fútbol en el mundo, no habrá DT que lo pueda salvar y aunque Messi marque 50 goles por año, no alcanzará, como viene sucediendo desde 2016.


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