lunes, 4 de noviembre de 2019

El conflicto de Chile y los interminables privilegios del fútbol en Sudamérica (Interia)




Con gran dolor, como expresó el presidente Sebastián Piñera en sus declaraciones, Chile se vio obligado a suspender dos enormes acontecimientos en su país que iban a operar como vidriera del supuesto suceso de su política económica, ahora hecha trizas y cuestionada por gran parte de su sociedad, movilizada exigiendo cambios urgentes.

Se trata de la Cumbre Climática COP25 y del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), dos reuniones multilaterales previstas para antes de fin de año, y por las que iba a recibir a dirigentes de gran resonancia global, como los presidentes de gobiernos como los de los Estados Unidos, Donald Trump, Rusia, Vladimir Putin, o China, Xi Ping.

La cumbre de la APEC iba a desarrollarse entre el 16 y el 17 de noviembre,  y la del COP25, entre el 2 y el 13 de diciembre próximos, pero lo que iba a ser una vidriera para Chile como sede global del posible acuerdo parcial entre Estados Unidos y China para acabar con la guerra comercial entre estas potencias, debió suspenderse por las continuas manifestaciones y revueltas de buena parte de la sociedad, harta de un modelo neoliberal aplicado en los últimos treinta años, una vez que acabó la dictadura militar de Augusto Pinochet, y que forzó a Piñera a pedir la renuncia de todo su gabinete y ahora, a replantearse una reforma constitucional para reducir la enorme desigualdad entre clases sociales.

“Como presidente siempre tengo que poner los problemas y los intereses de los chilenos, sus necesidades, sus anhelos y sus esperanzas, primeros en la fila”, dijo el presidente chileno en la sede gubernamental, el Palacio de la Moneda, y completó su frase sosteniendo, entre lamentos, que “hemos basado nuestra decisión en un sabio principio de sentido común”.

Si todo esto puede comprenderse y es claro que con estas enormes manifestaciones sociales, gente en la calle, y hasta toques de queda por las noches como en tiempos de Pinochet es imposible organizar eventos como los señalados, menos entonces puede entenderse que pese a todo, Santiago de Chile sea sede de la final de la Copa Libertadores el próximo 23 de noviembre, entre el argentino River Plate y el brasileño Flamengo.

En las últimas horas mantuvieron una reunión el cuestionado presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol), el paraguayo Alejandro Domínguez, y la ministra de deportes chilena, Cecilia Pérez, en la que el Gobierno de Piñera ratificó la sede. “El Gobierno de Chile nos dio el apoyo total para realizar la final en Santiago porque el fútbol puede ser una buena oportunidad para unir”, dijo la funcionaria.

La Conmebol agradeció en un comunicado “el compromiso del gobierno de Chile para garantizar las condiciones de seguridad para la celebración de la final única de la Copa Libertadores 2019 porque esta final es la celebración del fútbol con y para el pueblo chileno”.

Lo que ni la Conmebol ni el gobierno de Chile aclaran es cómo podrán garantizar la seguridad de miles de hinchas argentinos y chilenos en las condiciones en las que se encuentra el país, con una brutal represión que con los días fue aplacándose pero continúa, y con manifestaciones a cualquier hora y en muchos lugares de la capital del país.

Pero en Sudamérica, no hay sorpresa en esta decisión. Puede cancelarse un evento global pero el fútbol debe seguir. Ocurrió en la Argentina de 2001 cuando la crisis económica era muy aguda y la universidad estatal se quedó sin agua, pero los clubes de fútbol, con la misma deuda, sí la tenían habilitada, o cuando un importante grupo de argentinos cortaron el puente que comunica con Uruguay en un conflicto entre los dos países por el funcionamiento ecológico de pasteras, pero cada vez que alguna hinchada de equipos locales debió viajar al país vecino por un torneo de fútbol, la dejaron pasar.

Nada es casual. Si en la Argentina, el presidente saliente, Mauricio Macri, antes lo de de Boca Juniors, el club más popular, Piñera también comenzó siéndolo en otro club poderoso de su país, Colo Colo, y el de Uruguay, Tabaré Vázquez, lo fue antes del Danubio.

Cuando Argentina comenzó a tener problemas de relación con el FMI, la entonces presidente Cristina Fernández de Kirchner llegó a sacarle en público “tarjeta amarilla” al organismo internacional y cuando Macri perdió en las recientes elecciones primarias contra el que finalmente fue electo como próximo mandatario, Alberto Fernández, llegó a decir que era un partido en el que estaba perdiendo 3-0 y tenía que darlo vuelta.

Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, manifestó su deseo de acompañar al Flamengo a la final de la Copa Libertadores tras el show que armaba en cada partido de su selección, local en la reciente Copa América de mediados de año. Por su parte el reelecto Evo Morales, no deja de jugar al fútbol cada mañana en Bolivia, antes de iniciar sus actividades, y apareció en Twitter al lado de Diego Maradona, en una foto, para celebrar el triunfo del peronismo el pasado domingo en las elecciones argentinas.

El fútbol, siempre el fútbol, en Sudamérica, está por encima de todo.


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