lunes, 26 de agosto de 2019

Darío “Cabañas” Coronel, la otra cara de Tévez, el crack que no tuvo contención, jugaba mejor que el “Apache” y fue un pequeño Robin Hood pero terminó suicidándose antes de que lo atrapara la Policía (Infobae)




Aunque más corta en el tiempo, puede decirse que la historia de Darío “Cabañas” Coronel, que duró muy poco, hasta su adolescencia, cuando decidió suicidarse antes de que lo atrapara la Policía, es la contracara de la de su amigo Carlos Tévez, futbolista reconocido en el mundo y que tuvo cerca a su familia para contenerlo y permitirle triunfar en su carrera.

“Cabañas” era el mejor amigo de Tévez desde niños, con una vida llena de dificultades como la que siempre rodeó al Nudo 1 del barrio Ejército de los Andes, más conocido como “Fuerte Apache”, en un clima de tensión permanente y acaso con el fútbol como única vía de salida para el ascenso social.

Así como alguna vez Tévez se declaró “cien por ciento villero” y reconoció que de no haber sido futbolista, “me habría dedicado al crimen y seguramente habría terminado muerto o en la cárcel”, “Cabañas” no pudo evitar su destino aunque para la gran mayoría de los testigos de su participación en los partidos de fútbol, jugaba mejor que el actual delantero de Boca, con la diferencia de que éste siempre estaba rodeado de su familia. Sus tíos Segundo y Adriana Martínez resultaron fundamentales para darle un marco afectivo (“Segundo, maestro mayor de obra, me insistía con que había que estudiar”, destacó siempre “El Apache”).

Tévez, conocido en el barrio como “El Manchado”, y “Cabañas” fueron juntos a la Escuela 50, de Fuerte Apache.  Carlos solía invitar a su amigo a su casa, pero resultaba muy difícil sostenerlo entre tantos inconvenientes.  A los 11 años, fue abandonado por la madre, que al verlo regresar de uno de los tantos hechos delictivos, se fue al Paraguay y se llevó a sus hermanos, y el chico quedó solo, viviendo con su padrastro, que era golpeador. Allí, su mundo se derrumbó. 

Comenzó entonces a acercarse a los llamados “Back Street Boys” (BSB), un grupo de fanáticos del rapero estadounidense Vanilla Ice. Cometían distintos delitos, y casi nadie de esa banda sobrevivió. Algunos integrantes fueron asesinados por la Policía y otros, por otras bandas rivales. Se los llamaba “Los Guachos” y se dice que de alrededor de 24 integrantes, 20 terminaron muertos o presos.

Usaban pantalones anchos, gorras con visera, cadenas de oro, y como la famosa banda musical de Orlando, Florida, grafiteaban sus nombres y practicaban coreografías en las terrazas de los edificios derruidos de la zona, y realizaban piruetas o acrobacias sobre las bicicletas que robaban en Devoto o Villa del Parque. También se llevaban autos, a los que les encantaba manejar sin reparar en posibilidad de choques, los que les generaba lesiones y accidentes graves que a veces los derivaba a los hospitales de la zona, y copaban  los departamentos de los vecinos inmigrantes, a los que acechaban hasta quedarse con sus viviendas, aprovechando que pocas, en Fuerte Apache, cuentan con escrituras.

También viajaban a Córdoba y Tucumán para robar bancos (su líder era buscado por la Policía por una fuga) y hasta se dice que llegaron a tirotear una comisaría, todos juntos, para vengar la muerte de uno de sus capos). Una vez que los más grandes de los BSB quedaron presos o muertos, los más chicos, entre ellos “Cabañas”, fueron ascendiendo en la estructura.

En la serie recién estrenada de Netflix, Matías Recalt hace magníficamente el papel de “El Uruguayo” Danilo, una referencia a Darío “Cabañas” Coronel. Como Tévez,  había nacido en 1984 y a los 10 años, a ambos, al igual que a varios de sus compañeros del baby, los llevaron a una prueba en Vélez de la que sólo quedó Cabañas, aunque en la versión de la ficción hay una primera etapa en la que ambos pasan un primer tamiz aunque los entrenadores se olvidan de mencionar al “Uruguayo” y él, muy seguro de su condición de crack, les insiste en que se fijen porque no puede ser y efectivamente, se les había traspapelado. “Yo represento al mejor amigo de Carlitos, pero no es el mismo Cabañas por temas de respeto a la familia. Es un tema muy delicado”, le había manifestado Recalt al Canal de Boca, cuando se estaba filmando.

Pese a su condición de crack, algo que el propio “Cabañas” intuía, no le era posible tener una constancia en el fútbol y terminaba yéndose de todos los equipos, especialmente cuando comenzó a aspirar pegamento (el paco de los años Noventa). Su vida transcurría entre algún entrenamiento, el consumo y luego, la adicción, los delitos, y algunas entradas en institutos de menores, aunque insistía en tratar de jugar. De nada sirvió que lo ficharan luego en Bánfield y en Argentinos Juniors (allí llegó a pintar con corrector sus botines negros, porque siempre soñó con tener un par de blancos, aunque luego se los cambió a un colombiano que a los pocos remates se dio cuenta de que la pintura se salía con facilidad).

Solía ayudar a grupos de pibes a los que veía solos. Los acompañaba a un kiosco y les compraba lo que quisieran con una parte del botín de los robos, algo que también habían con él los de la banda BSB, al principio, cuando era muy chico y necesitaba protección. Aparecía, por momentos, como un Robin Hood moderno, según describe en su libro “Tévez, la verdadera historia”, Diego “Chavo” Fucks. Con otra parte de la plata que robaba, se solía comprar zapatillas caras, joyas de oro o ropa.

Le decían “El Guacho Cabañas” por su parecido a Roberto Cabañas, el paraguayo jugador de Boca. Jugaba de “ocho” y era morocho y robusto. Con Tévez, habían compartido equipo en Santa Clara y en el Baby de All Boys, donde se dice que formaron parte de uno de los mejores equipos de la historia de la categoría. “El Guacho” de diez, “El Manchado”, de nueve.

Con Tévez, cuentan los que jugaron con ellos o contra ellos, se insultaban en la cancha, y más de una vez discutieron afuera. Iban a los entrenamientos con guardapolvo para pagar el boleto escolar.

En su libro “Tévez, corazón apache”, Sebastián Varela del Río cuenta que todos en Ciudadela sabían que “Cabañas” era el chico con mayor futuro, que nadie le podía sacar la pelota cuando entraba a gambetear. “Tiene picardía, clase y sacrificio. Es, sin dudas, el mejor producto futbolístico que el barrio alumbró en mucho tiempo. Todo el que haya visto un partido de Estrella del Uno sabe que en este pibe habitan las condiciones deportivas que garantizan un futuro promisorio en la élite del campeonato argentino…Mientras, a cinco metros de sus gambetas, su mejor amigo, Carlitos, lo insulta por morfón y le pide la pelota. El diez sale gambeteando entre los insultos de Tévez y remata cruzado. A esa altura de la década del 90, Darío Coronel es la joyita del potrero. Es el jugador por el que se piensa que pagaran millones”. Darío con la 10, Carlitos con la 9. Iban juntos en la camioneta del “Tano” Norberto Propato, que los llevaba a entrenarse.

Eduardo “Pino” Hernández,  ex jugador de Vélez y San Lorenzo, que estaba vinculado al Villa Real, club también cercano a Fuerte Apache, cree que “El Guacho” era el mejor de aquel grupo de pibes que llegaron a jugar allí, como David Alaniz (marcador central),  Gonzalo Escobar (por la izquierda), Yair Rodríguez (llegó a jugar en la Primera de Independiente), Gerardo Rodríguez, Ariel Galeano y el arquero Jorge “Patu” Cardozo. Todos eran de Fuerte Apache y jugaban en el Santa Clara, que estaba a dos o tres categorías abajo del Villa Real, la más alta del Baby.

“Pino” Hernández los convenció para que fueran al Villa Real cuando aún estaban en el Santa Clara y les dijo que pasarían a una liga más competitiva, y tampoco quedaba lejos de sus casas. Los llevaba el padre de Escobar con la chata, tanto para entrenarse como para jugar. Otro gancho de ir al Villa Real era que Vélez miraba a muchos chicos de allí. Por eso los llevó a probarse en marzo de 1994, pero para jugar en cancha de once y eso lo padeció Tévez. Pino cree que eso fue perjudicial para el actual jugador de Boca porque “El Guacho” “tenía otro porte y Carlos era chiquito”. Sólo quedaron Darío y, por un tiempo, Alaniz. Carlos apenas si jugó algunos amistosos en Villa Real y un torneo que ganaron en Córdoba, pero no quiso participar en los torneos de Baby.

De todos modos, “Cabañas” quedó libre a los 15 años, en la Octava División.  “Era un buen proyecto de jugador. Pintaba bien para la Primera. No sólo jugaba bien con la pelota en los pies, sino que era muy luchador”, lo recuerda Hernández. Lo querían Boca y River, pero se decía que él prefirió Vélez porque es un club en el que desde las divisiones inferiores es más probable llegar a Primera. También se dice que, una vez robó un bolso en el club y ya no lo buscaron más, se cansaron.

En 2001, mientras Tévez ya jugaba en las divisiones inferiores de Boca y había formado parte de la selección argentina sub-15 y se encontraba en Arequipa, Perú, para afrontar el Sudamericano sub-17, Cabañas aparecía sentado en el cordón de la vereda con una foto de Carlitos con la selección argentina en una mano y una bolsa con pegamento en la otra. Didí Ruiz lo vio llorar y se sentó a su lado.

“Cómo puede ser, explicame. Yo no puedo entender cómo ese pelotudo llegó a Primera y a mí me está buscando toda la Policía…me quieren matar, Didí. Si yo jugaba mejor que él. Vos sabés cómo jugaba yo, no hace falta que te lo cuente. Y mirame como estoy ahora. Todo el día con esta mierda”, según relata el libro de “Chavo” Fucks.

El Viejo Propato, quien lo tuvo en All Boys junto a Tévez. Y el mismo que los llevaba en la camioneta a los entrenamientos, se lo encontró una vez en Comunicaciones, después de que en Vélez se cansaron de ir a buscarlo por los monoblocks y de abandonar también Bánfield y Argentinos Juniors. “¿Qué hacés acá, con tantas chances de ir a clubes más grandes?”, le preguntó. “Llevaba mucho tiempo sin verlo. Sabía que no jugaba más, que afanaba, que se había peleado con todo el mundo y que estaba mal.
Yo estaba dirigiendo a Comunicaciones y una mañana se me apareció. No lo podía creer. Ya tenía 15 años. Era la temporada 1999/2000. Carlitos llevaba dos años jugando en Boca y las cosas le iban muy bien, según sabía. Pero a Darío no, todo lo contrario. ‘Tano, el único que me puede salvar, sos vos’, me dijo. ¿Qué podía hacer yo más que llevarlo y traerlo?...lo miré desconcertado. Darío podía jugar donde quisiera. Su nivel de juego era demasiado alto para el promedio de los pibes que yo tenía en Comunicaciones. Le ofrecí llevarlo a Argentinos, a Boca mismo con Maddoni, a River con Gabriel Rodríguez, pero insistió en fichar por Comu. Debe haber jugado dos meses y en esa categoría era como tener el as de espadas en todas las manos, Jugaba de todo…En ese momento, tal vez haya sido mejor que Carlitos, pero el contexto en el que se desenvolvió Tévez fue mejor. Y eso lo ayudó. Después, nos encontramos dos o tres veces más, charlamos de cualquier cosa. Yo veía que no estaba bien. Me enteré de que había muerto unos días después, cuando me lo contaron los chicos de El Fuerte”, relata en “Tévez, la verdadera historia”.

Propato se enteró de que se había suicidado luego de matar a un policía y regresar a Fuerte Apache con un disparo en la nariz. Estaba sentenciado y se sabía que tenía “Carta Blanca” de la Policía para lo que fuera.

Habían robado en el bingo de Ciudadela, pero habían logrado escapar. Faltaba una cuadra para llegar a Fuerte Apache y “Cabañas” sabía que una vez allí, ya no lo iban a poder atrapar. Llegaron entonces a la calle Besares y doblaron. Cabañas ayudó a varios a trepar una pared pero se escuchó el ulular de las patrullas de la Policía. Cuando vio que giraba hacia su lado, se dio cuenta de que no había chances, que estaba rodeado y que le había llegado el momento.

Meses antes, cuando se despedía de él porque se iba al Mundial sub-17 de Trinidad y Tobago con la selección argentina, Tévez le había prometido traerle la camiseta que usara en el debut.  Los dos tenían, entonces, 17 años. El equipo nacional fue cuarto en ese torneo. Al regresar, su tío Segundo le dio la noticia de que “Cabañas” se había suicidado de un disparo en la sien, al estar rodeado tras una persecución policial y él siempre había dicho en Fuerte Apache que antes que entregarse a la Policía o que ésta matara “a un chorro”, prefería suicidarse.

“Estábamos todo el día juntos. Íbamos al club, a la canchita de barrio, al colegio, a todos lados. Fue un golpe muy duro para mí. La última vez que lo vi, presentí que era nuestra despedida”, le confesó una vez a Susana Giménez en su programa de televisión.

Los BSB le escribieron una canción, “Cuando un amigo se va”. Ese videoclip está en su tumba y también pueden contemplarse varios homenajes del barrio.

 “Siempre me decías que ningún policía/ te quitaría la vida/ siempre en tu rostro convivía una sonrisa/ pero con picardía/ porque en todo momento sabías lo que hacías/ recuerdo a tu hermano recibiendo la noticia/ guacho Cabañas se ha quitado la vida/ terminaron las buenas jugadas/ sólo nos has dejado/ una lluvia de balas/ cuando un amigo se va/ tu corazón va a guardar/ esos recuerdos que en el alma/ para siempre van a quedar”.





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