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martes, 22 de mayo de 2018

El río como hilo conductor del fútbol más bello (Revista Istor, México)




Si hay un hilo conductor entre las selecciones nacionales que practicaron el fútbol más bello en todos los tiempos, acaso sea el agua como ámbito inspirador, en algunos casos a partir de ríos como el Danubio en Europa o el de La Plata, a principio del Siglo XX, o ya a mediados del mismo, las playas de Río de Janeiro. En todos los casos, los ríos fueron, accidentalmente o no, fuente inspiradora de muchos de los equipos que han dejado la mejor huella. Si hubo dos selecciones que no pudieron demostrar con títulos mundiales todo lo que significaron, pero hicieron escuela con similitudes sorprendentes pese a su lejanía geográfica y cultura, esas fueron las de Austria en Europa y Argentina en Sudamérica. En el resto de los casos, Hungría en Suiza 1954, Brasil en México 1970 y Holanda en Alemania Federal 1974, su fútbol ha quedado marcado a fuego en la historia de los Mundiales.

LA MARAVILLA DEL WUNDERTEAM






La selección austríaca, más conocida como el “Wunderteam” (Equipo Maravilloso), se constituyó alrededor del río Danubio, el segundo más largo de Europa detrás del Volga, que se extiende desde la Selva Negra en Alemania y atraviesa diez países, y entre otras ciudades, Viena y Bucarest. Es por eso que la selección austríaca creó en fútbol lo que se dio en llamar “La Escuela del Danubio” en los años treinta, aunque tendría influencia en los llamados “Mágicos Magyares” de Hungría en los años cincuenta, y en “La Naranja mecánica” holandesa de los setenta.
El “Wunderteam” tuvo, a su vez, influencia escocesa porque su emblemático entrenador, Hugo Meisl, se nutrió de su gran amigo y colega británico Jimmy Hogan, a quien llevó consigo a Austria. Ese estilo escocés que transmitía Hogan consistía en jugar el balón al ras del suelo, con pases cortos, ataque permanente, una enorme presión en posición de ataque para no dejar jugar al adversario y especialmente, una posesión casi total de la pelota, con lo que su rival no podía hacerse de ella y por lo tanto, no podía molestar.
Hasta ese momento, el fútbol que dominaba la escena europea era netamente el inglés, que prefería el balón en lo alto, con juego aéreo, centros precisos para que los delanteros concretaran con sus cabezas, aprovecharan los rebotes o dieran pases en profundidad con pases largos para explotar la velocidad. Meisl tomó también de su amigo Hogan el cambio en el cuidado de los futbolistas, a los que fue profesionalizando en el aspecto no sólo físico sino también alimentario, al introducir la dieta proteínica y reducir el consumo de carne para aumentar el de frutas e hidratos de carbono.
Meisl, también impulsor de la Copa Mitropa, antecesora de lo que luego fueron la Eurocopa y la Copa de Europa, había asumido como entrenador austríaco en 1912 pero la Primera Guerra Mundial había interrumpido su trabajo dos años más tarde, al punto de que luego debió formar parte del ejército por cinco años. Meisl regresó en 1919 y fue en ese momento cuando pudo poner en práctica, por fin, sus ideas, que terminarían dando sus frutos en los años treinta, especialmente entre 1931 y 1935, al punto de que Austria con el “Wunderteam” se constituyó, en opinión casi unánime, en la mejor selección europea de su tiempo.
El equipo austríaco tuvo como base a un jugador fundamental, mágico, como sin dudas fue Matías Sindelar, el mejor de Europa. Lo llamaban también “Der Papierene” (“el bailarín de papel”). Era muy delgado y frágil y por su virtuosismo técnico también fue conocido como “El Mozart del fútbol”. Sindelar era atacante (jugaba con el número nueve en su espalda) pero el “Wunderteam” era un equipo completo, con una defensa con estrellas como Karl Sesta y Franz Wagner, volantes como Josef Bican (oficialmente, el segundo máximo goleador de la historia) y Karl Zischek, y extremos como Johan Horvath y Rudolph Vierti. El equipo practicaba un sistema virtuoso que marcó época con la llamada WM, un sistema 3-2-5, con muchos jugadores en posición de ataque, con gran movilidad y con un planteo claro de su entrenador Meisl: “Antes de incluir a un torpe, preferiría jugar con diez”.
El 12 de abril de 1931, el Wunderteam estableció una racha de 14 partidos invicto que incluyó dos goleadas a Alemania (en ambos casos 5-0, tanto en Berlín como en Viena), 8-2 a Hungría y nada menos que 5-0 a Escocia, en la primera derrota de este equipo ante una selección no-británica. Al fin, la derrota llegó en el mítico Stanford Bridge de Londres ante Inglaterra por 4-3 en un partido para muchos inolvidable.
Austria se encaminaba con fuerza hacia el Mundial de Italia en 1934, con apenas una sola derrota posterior a Inglaterra, ante Checoslovaquia, en una serie con 28 victorias y un empate, y 102 goles en 31 partidos, siendo el último amistoso el disputado ante la que sería su gran rival de la época, la Italia de los tiempos del fascismo de Benito Mussolini, a la que vencería 4-2 en Turín.
Austria revalidó en el Mundial su condición de favorita venciendo a Francia primero, a Hungría en cuartos luego, aunque en un partido muy violento en el que varios de sus integrantes terminaron lesionados y justo cuando en semifinales esperaba la Italia del entrenador Vittorio Pozzo, gran amigo de su colega Meisl. Italia, impulsada por Mussolini hacia una victoria que ayudara a entronizar al fascismo, y con Giuseppe Meazza como único capaz de disputarle el centro europeo a Sindelar, dispuso de un cerrojo para controlar a una Austria desgastada, pero Pozzo destinó especialmente al argentino nacionalizado Luis Monti[1] para la marca del “Jugador de Papel” bajo la lluvia de San Siro, a lo que se sumó una brillante actuación del arquero local Giampiero Conti y sospechosos fallos del árbitro sueco Iván Eklind. Los locales marcaron un gol a poco de comenzar el partido a través de otro argentino nacionalizado,  Enrique Guaita. La derrota fue un duro golpe para un equipo que ya no sería nunca más el mismo, se rompería incluso la relación entre Meisl y Pozzo, y perdería también ante Alemania por el tercer lugar.
Dos años más tarde, otra vez Austria se encontraría con Italia en la final de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 y volvería a perder. El “Anschluss”, la anexión de Austria por parte del Tercer Reich el 12 de marzo de 1938, marcaría el fin de este equipo, con el agregado de un partido amistoso entre Alemania y Austria previo al Mundial de Francia de ese año, ante la presencia del líder nazi Adolf Hitler. Pese a las órdenes de no convertir goles, Sindelar cambió de postura en el segundo tiempo y tras uno de los tantos, bailoteó frente al palco del Fuhrer. De hecho, ese fue su último partido, vivió desde entonces en la clandestinidad y el 23 de enero de 1939 se lo encontró sin vida junto a su novia María Castagnola. Dos años antes había fallecido Meisl, de un ataque al corazón, dejando algunos conceptos muy claros. Para jugadores técnicos e inteligentes, no puede haber esquemas fijos. Empezando por el arquero, todos deben colaborar en el trabajo constructivo y eficaz. Ni siquiera el arquero puede lanzar la pelota sin un plan. Hasta el arquero puede construir un ataque si pasa el balón con precisión. Los once futbolistas deben estar en continuo movimiento para que el adversario no pueda anticipar sus intenciones. Un volante puede avanzar por sorpresa y marcar un gol, pero en ese caso, un compañero debe tomar su posición. No hay quedarle la pelota al pie a un compañero sino delante de él, al espacio libre, para no detener el avance. El sistema de Meisl no era en realidad un sistema, se trataba de inteligencia, velocidad y sorpresa como claves del éxito. Otras dos selecciones, décadas más adelante, retomarían estos conceptos para marcar otras épocas.


[1] Protagonista de la primera final como albiceleste ante Uruguay en 1930, cuando se dijo que fue amenazado en el entretiempo y bajó su rendimiento en la etapa final y luego emigró.




ARGENTINA Y EL DOMINIO SIN CHANCES MUNDIALISTAS





Con unos pocos años de diferencia con el Wunderteam, y alrededor de otro río, el de la Plata, la selección argentina desarrolló algunas situaciones con bastante paralelismo. Su dominio continental fue casi total, ganando los torneos sudamericanos (antecedentes de la Copa América) de 1937, 1941, 1945, 1946 y 1947, el primero bajo la dirección técnica de Manuel Seoane y el resto, de la de Guillermo Stábile. Tanto Seoane como Stábile habían sido estrellas de las primeras décadas del siglo XX (Stábile había sido el máximo goleador del Mundial de Uruguay 1930).
En los años cuarenta, con el aumento de la población en las grandes ciudades, los beneficios que la Argentina tuvo como país exportador con la crisis europea tras la Segunda Guerra Mundial y la posibilidad de desarrollar la técnica en los llamados “potreros”, donde la pelota picaba mal y había que aprender a dominarla, el fútbol argentino se pobló de grandes cracks que emergían de los clubes seguidos masivamente por sus hinchas.
En los primeros años del Siglo XX, el fútbol argentino había conseguido desplazar a los británicos que habían introducido el deporte desde su llegada a los principales puertos, debido a que, sin mucha conexión con los austríacos, habían desarrollado, de fondo, la misma idea de juego: el toque corto, al ras, de atrás hacia adelante, en lo que llamaron “pared” y una técnica distinta y propia: la “gambeta”, un recurso para eludir a rivales en recortes individuales con lo que se resolvían muchas jugadas durante los partidos.
El fútbol argentino vivió en los años cuarenta la definitiva expansión de sus equipos como Boca Juniors, River Plate, Racing Club, Independiente, San Lorenzo, Huracán o Vélez Sársfield en Buenos Aires, que desde la llegada del gobierno populista de Juan Perón consiguieron fondos estatales para construir o ampliar sus estadios.
La proliferación de cracks era tal, que en los torneos sudamericanos, la selección argentina se permitía alterar un equipo A y uno B con la misma eficacia, utilizando la defensa completa de un equipo, los volantes de otro y el ataque de un tercero, siempre bajo el sistema 2-3-5, muy parecido al austríaco. Jugadores como Norberto Méndez (máximo goleador argentino en la historia de los sudamericanos, con 17 tantos), José Manuel Moreno, Angel Labruna, René Pontoni (el ídolo del Papa Francisco), Rinaldo Martino, Vicente De la Mata o Alfredo Di Stéfano eran grandes estrellas reconocidas como tales en el continente, dando verdaderos recitales de fútbol en un tiempo de enorme romanticismo, aunque con el obstáculo de gran aislamiento de Europa.
La gran deuda de este fútbol argentino fue el no haber podido confirmar su dominio ante equipos europeos. Desde 1930, cuando jugó ante Yugoslavia, hasta 1951, que por fin viajó a Wembley para disputar un amistoso ante Inglaterra (que por eso se sobredimensionó)[1], no tuvo posibilidad de competir y probarse ante conjuntos del Viejo Continente. El fútbol argentino tuvo otros obstáculos en ese tiempo, uno interno y el otro, externo. El interno fue la incapacidad dirigencial, que tras haber perdido por escaso margen de votos la organización del Mundial de 1938 a manos de Francia, expresó su disgusto no asistiendo a los Mundiales de 1950 y 1954 (especialmente al primero de ellos, que acabó ganando el vecino Uruguay), aunque el oro panamericano de 1951 y 1955 refuerzan la idea del dominio continental albiceleste. El factor externo está relacionado con la imposibilidad de disputar los Mundiales de la década, 1942 y 1946, a causa de la segunda Guerra Mundial.
Acaso un ejemplo de la potencia, la elegancia y la fiesta que significaba el fútbol argentino fue lo ocurrido para el Sudamericano de Guayaquil, Ecuador, en 1947, cuando había tal proliferación de cracks que la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) determinó una Comisión Especial para la convocatoria al equipo nacional, que llamó a un plebiscito popular. De éste surgió una selección que de 22 jugadores contó con nueve delanteros (Boyé, Méndez, Pontoni, Moreno, Loustau, Sued, Cerviño, Fernández y Di Stéfano) relegando a Martino (luego titular de la selección italiana y campeón con la Juventus), De la Mata (integrante de un tridente mágico en Independiente con Antonio Sastre y el paraguayo Arsenio Erico en los años treinta), Labruna o Pedernera, integrantes de la célebre “Máquina” de River Plate. Esa selección ganó de manera brillante el torneo en Ecuador.
De todos los equipos argentinos, si hay uno para destacar y que marcó época, ese fue, sin dudas, “La Máquina” de River, compuesta por cinco delanteros: dos extremos (Muñoz y Loustau), dos internos (Moreno y Labruna) y un centrodelantero (Pedernera) que jugaba atrasado e ingresaba como una flecha por el medio, de sorpresa, pero que era capaz de organizar la jugada, aunque los dos internos tenían una enorme capacidad de gol y una creatividad absoluta. Todo funcionaba, y luego Pedernera fue reemplazado por Di Stéfano, antes de su espectacular paso por Millonarios de Colombia y especialmente, el Real Madrid. Sin conocer lo que había ocurrido años atrás con el Wunderteam, del otro lado del océano, el ataque argentino terminaba siendo sin un nueve de área, llegando desde atrás, es decir, con cierto parecido al esquema de los austríacos.
El fútbol argentino contaba con una organización en sus equipos, pero quedaba gran espacio para la creatividad con una gran libertad de decisión del jugador, siendo el entrenador quien en todo caso, tomaba determinaciones generales o la alineación del equipo al tener que elegir entre tantas estrellas. Roque Máspoli, el gran arquero uruguayo campeón mundial en el mítico “Maracanazo” de 1950 en Brasil, comentaba en un documental que “nosotros no tuvimos temor ante los locales en ese torneo, pero sí en cambio temíamos a los argentinos cuando debíamos enfrentarlos. A veces en el túnel, antes de ingresar, conversábamos con Shubert Gambetta (defensor) sobre lo que podía pasar y decíamos “hoy nos hacen cinco” o “mirá quién juega adelante para ellos. Por suerte, Argentina no fue rival nuestro en ese Mundial”.[2]
El historiador Eduardo Cantaro recuerda en sus redes sociales que para una primera programación del Mundial de Brasil de 1950, el primero que se disputaría desde 1938 a causa de la interrupción por la Segunda Guerra Mundial, los cuatro cabezas de serie de los grupos que se planteaba el Comité Ejecutivo de la FIFA eran Brasil (local), Italia (campeón mundial), Inglaterra (que por fin aceptaba participar en un torneo de esta naturaleza), y Argentina (considerado como mejor equipo del mundo). Luego, la AFA decidió no participar, como tampoco lo había hecho en Francia 1938 o en el Sudamericano de 1939 en Lima, Perú.
En aquel Mundial de 1938, había sobresalido el brasileño Leónidas da Silva, “El Diamante Negro”, quien luego reconoció que casi todo lo que era “lo aprendí de mi compañero argentino Antonio Sastre en el San Pablo”, que fue campeón en cinco de los diez torneos de la década de los Cuarenta. San Lorenzo de Almagro, que había sido campeón argentino en 1946 con una recordada delantera (Imbelloni, Farro, Pontoni, Martino y Silva), salió de gira europea a principios de 1947 y alcanzó a golear a la selección española  (que tres años más tarde saldría tercera en el Mundial de Brasil) por 6-1.
César Luis Menotti suele sostener que para que años más tarde haya nacido un jugador genial como Lionel Messi, antes debió haber un Maradona, y para que naciera un Maradona, antes debió haber un Kempes, y antes de Kempes un Sívori y antes, un Di Stéfano, un Moreno o un Pedernera[3]. A esto, Menotti agregado es difícil que pueda nacer un genio del fútbol en países sin tradición y estilo.




[1] La revancha se disputó dos años más tarde en Buenos Aires, con un triunfo para cada uno.
[2] Colección “Los Mundiales”, Aldus Editorial, 1994, Buenos Aires, Argentina.
[3] Ver entrevista con Menotti por Pablo Aro Geraldes: http://arogeraldes.blogspot.com.br/2009/11/cesar-luis-menotti-pablo-aro-geraldes.html


LA MAGIA MAGYAR DE LOS AÑOS CINCUENTA

Con el precedente del Wunderteam de quince años atrás, es una obligación mencionar entre los mejores equipos de la historia a la selección de Hungría de los años cincuenta, dueña de grandes hazañas pero más que todo, de haber dejado una enorme huella con su fútbol genial, aunque igual que su antecesora, haya tenido que atravesar por trágicas circunstancias que acabaron con ella y que fueron ajenas al deporte. También el equipo húngaro se construyó a la vera del río, desde la ciudad de Budapest, conocida también como “la Perla del Danubio”.

La selección húngara había sido campeona olímpica en los Juegos de Helsinki, en 1952 y llegó a permanecer invicta durante 32 partidos. Se la llamó “El Equipo de Oro” y contaba con algunos jugadores de extraordinaria calidad como los delanteros Josef Toth, Sándor Kocsis, Nándor Hidegkuti, Zoltan Czibor pero en especial, a su gran figura, Ferenc Puskas. La base de este equipo era el Budapest Honved, cuatro veces campeón húngaro en los años cincuenta.
Con esta actuación olímpica, Hungría agrandó el mito cuando su fama generó que fuera invitada a jugar un partido amistoso en Wembley ante Inglaterra. Ese día quedó grabado a fuego para los amantes del fútbol estético porque los magyares se impusieron por un fabuloso 3-6, siendo el primer conjunto no británico que se impuso en ese estadio y para que no quedaran dudas, se volvió a imponer en la revancha de Budapest, en 1954, por 7-1
Sir Bobby Robson llegó a jugar ante aquel equipo húngaro en Wembley y recordó tiempo después que “nos sorprendió un nuevo sistema de juego que no habíamos visto antes. Ni conocíamos a esos jugadores ni a Puskas. Recuerdo que algunos de ellos estaban en el servicio militar”. Ese partido también generó un terremoto táctico porque los jugadores húngaros utilizaban en sus espaldas números que no estaban exactamente relacionados con sus posiciones en el campo. Es que, conceptualmente, los números no significaban nada. Tal como había ocurrido con el Wunderteam o con La Máquina de River, el nueve que utilizaba Higdekuti era puramente anecdótico porque jugaba retrasado, más cerca de Bozsik como dos mediapuntas que generaban juego mientras que Puskas (10) y Kocsis (8) aparecían como interiores cuando eran, en verdad, jugadores de área.
La gran revolución táctica húngara pasaba por el retraso de su centrodelantero, lo cual determinaba que las defensas rivales se confundieran a la hora de marcar y si a ello se le suma la movilidad del resto del equipo, resultaba muy complicado contrarrestarlo. De esta forma, la selección húngara impondría otro sistema, el 4-2-4, que terminaba con años de la WM (3-2-5), que luego utilizaría también Brasil para ganar en el Mundial siguiente, en Suecia 1958, con un jovencito y debutante Pelé.
Lógicamente que para el quinto Mundial, el de Suiza en 1954, cuando la fiesta retornó a Europa luego de 16 años, Hungría era natural candidata al título. Dirigida por Gusztav Sebes, su prestigio y las expectativas aumentaron cuando tras golear 8-2 a Alemania en la fase inicial, llegó el gran choque ante Brasil y pudo vencer 4-2 en un violentísimo partido que se dio en llamar “La Batalla de Berna” por los cuartos de final. Un saldo de tres expulsados, mientras que Puskas, ausente por lesión, le arrojó un botellazo a Pinheiro, aunque las acciones violentas ya habían comenzado en los vestuarios antes del partido.
Ya en semifinal esperaba Uruguay, bicampeón del mundo e invicto en los Mundiales porque los celestes no habían participado en Italia 1934 ni en Francia 1938, y en una memorable semifinal, nuevamente apareció el talento de los grandes jugadores magyares para imponerse 4-2 aunque los sudamericanos llegaron a igualar un partido que parecía perdido y rozaron la hazaña otra vez.
Hungría no parecía tener contra en ese Mundial. Llegaba a la final ante la misma Alemania de Sepp Herberger a la que había goleado al inicio y todos reconocían su gran fútbol, que se basaba en características muy nítidas: se trataba de un fútbol total, sin posiciones fijas, posesión casi total de la pelota, presión sobre el rival, fluida triangulación de pases y búsqueda permanente del arco rival.
Claro que para eso, el entrenador Sebes sostenía que necesitaba jugadores aptos no sólo técnicamente sino también en su estado físico y con notable sentido táctico. Si ante Brasil había sido la Batalla de Berna, la final ante Alemania se conoce como “El Milagro de Berna” por la increíble remontada germana que de perder 2-0 acabó ganando 3-2 con un líder como Fritz Walter que de esta forma comenzó a alimentar en el estadio de Wankdorf el mito de una selección que ya lleva atesorados cuatro títulos mundiales.
Sin embargo, hay que señalar otros factores en esta final, como la sensacional actuación del arquero alemán Toni Turek, que evitó una goleada monumental de los húngaros, ayudado por la siempre necesaria fortuna de tres remates en los palos y un Puskas aún sin su mejor forma porque continuaba arrastrando una lesión que generó que lo infiltraran y que no llegara en buen estado para el segundo tiempo.
Si bien las posibilidades futbolísticas de los “mágicos magyares” parecían intactas, con otro invicto de 18 partidos durante dos años hasta caer ante Turquía, todo se complicó por razones externas cuando en 1956, Hungría fue invadida por el Ejército Rojo soviético. Por ese entonces, el director técnico nacional, Bela Gutman, que provenía del MTK, promovió una gira por distintos países para recaudar fondos para el plantel, pero la FIFA y el gobierno soviético declararon ilegal al equipo, que comenzó a recibir ofertas de asilo político para sus jugadores. Sin embargo, justo al participar de la primera Copa de Campeones de Europa, el Honved visitaba Bilbao para jugar ante el Athletic cuando estalló la Revolución Húngara en Budapest y Czibor, Kocsis y Puskas ya no regresaron a su país ni jugarían más para su selección, al igual que el gran arquero Gyula Grosics.
Tras dos años inactivos a causa de no poder inscribirse legalmente, Puskas acabó firmando contrato con el Real Madrid para ser una notable figura en un inolvidable equipo comandado por el argentino Alfredo Di Stéfano que ganó cinco Copas de Europa consecutivas, mientras que sus compañeros Czibor y Kocsis emigraron, respectivamente, a Italia y Suiza, aunque ambos acabaron jugando por el Barcelona. El sueño de aquel gran equipo húngaro se había terminado.

LA MARAVILLOSA RESPUESTA DE BRASIL AL CERROJO SESENTISTA

Para muchos, la selección brasileña que participó en el Mundial de México en 1970 fue el mejor equipo de fútbol de la historia. Desde los números, los datos son incontrastables.  Ganó todos los partidos del torneo, pero además se impuso también en todos los de la fase de clasificación (ante Paraguay, Colombia y Venezuela, de local y de visitante) pero aún así, esta explicación es nimia en comparación con lo que dejó como recuerdo de espectáculos brillantes.
Poco antes de iniciarse el Mundial, el entrenador Joao Saldanha (comentarista y de militancia comunista) dejó su lugar a Mario Lobo Zagallo. Saldanha no era querido por el dictador Emilio Garrastazú Médici (al que Chico Buarque le dedicaba canciones como “Aparta de mí ese Caliz”, haciendo juego con la palabra “cállese”, o “A usted no le gusto, pero a su hija sí” y un partido amistoso de preparación ante Bulgaria (0-0) en el que Pelé ocupó el banco de suplentes e ingresó casi al final, fue la excusa para su salida.
 La decisión estaba tomada y acabó siendo revolucionaria: el ataque estaría compuesto por cinco números diez en sus equipos (Pelé en el Santos, Gerson en el San Pablo, Tostão en el Cruzeiro, Roberto Rivelino en el Corinthians y Jairzinho en el Botafogo). La estrategia consistía en que Gerson, Pelé y Rivelino llegarían a la zona final del rival para definir, Tostão pivotearía de espaldas al arco contrario, y Jairzinho se volcaría como extremo por la derecha.
Pero los movimientos, que parecían insólitos y desafiantes al orden establecido en los años sesenta, en los que se habían impuesto equipos con tácticas rígidas del “Catenaccio” (Cerrojo) italiano, no terminaban allí. Porque Wilson Piazza era volante en el Cruzeiro pero fue retrasado como marcador central para desempeñarse al lado de Brito, y por los costados quedaban un muy técnico Carlos Alberto, con gran vocación de ataque,  por la derecha, y Everaldo, el mejor defensor, por oficio y garra, de los cuatro, por el costado izquierdo. Como volante central, completaba un Clodoaldo con una cintura capaz de quitarse de encima dos jugadores en una mínima parcela de césped. Con todos ellos, el arquero Félix, apenas mediocre, no tuvo demasiado desgaste.
El resultado de todas estas variantes tácticas no pudo ser mejor. Un fútbol maravilloso de principio a fin con un Brasil en estado puro, fiel representante de la alegría por el juego, el clásico “jogo bonito”, caracterizado por los toques de balón, una técnica exquisita, laterales muy ofensivos que acompañaban los ataques y una cadencia que demostró también que si la pelota corre con precisión, no es necesario correr demasiado, sino lo justo.
También ayudó al juego brasileño que justamente desde el Mundial de 1970 se comenzaron a utilizar las tarjetas amarilla y roja para sancionar las faltas y hubo mayor cuidado que en el Mundial anterior, el de Inglaterra 1966, en el que los brasileños sufrieron infracciones violentísimas que, por ejemplo, acabaron sacando a Pelé de la competición.
Quedan para el recuerdo el taco de Tostão en el gol de Pelé ante Rumania, el golazo de Jairzinho ante la Inglaterra campeona mundial 1966 (1-0) en la fase de grupos, el que comenzó con un dribbling de Rivelino hacia los dos costados, y en el que Tostão atrajo a tres defensores rivales para ayudar a su compañero, y Pelé, a otros tres diferentes;  la milagrosa atajada de Gordon Banks ante un cabezazo a quemarropa de Pelé,  o el remate desde la mitad de la cancha de éste ante Víctor, el arquero checoslovaco, o el amague maravilloso del “Rey” ante el gran arquero uruguayo Ladislao Mazurkiewicz en la semifinal (3-1) aunque el remate cruzado final haya rozado el palo, o el perfecto salto de cabeza de Pelé ante Tarcisio Burgnich en el primer gol de la final (4-1) ante Italia (“Saltamos juntos, pero cuando yo estaba en la tierra, él seguía en el aire”, confesó tiempo después el defensor azzurro, quien agregó que “yo había pensado, para motivarme, que Pelé era de carne y hueso, como todos, pero estaba equivocado”).
El título mundial conseguido por Brasil estuvo lejos de llegar atravesando un lecho de rosas. Comenzó perdiendo ante Rumania y tuvo que revertir el resultado  en la fase de grupos, fue durísimo el triunfo ante Inglaterra. En el formidable partido ante el mejor Perú de su historia, por los cuartos de final (4-2) hubo 49 remates al arco (27 de Brasil y 22 de Perú), mientras que sufrió ante Uruguay en semifinales, con la sombra de aquel torneo increíble perdido en el Maracaná en 1950 y aunque caía 1-0 pudo dar vuelta el marcador para ganar 3-1 en una deslumbrante actuación de Pelé, para finalizar floreándose ante la Italia que representaba el Catenaccio de los sesenta luego de haber estado 1-1 por varios pasajes.
Brasil acabaría rematando la faena en un pletórico estadio Azteca con un prodigioso gol de su capitán, Carlos Alberto, tras un pase “de memoria”, sin mirar hacia la punta, de Pelé, para que el lateral rematara con potencia al gol. No sólo Brasil se quedaba definitivamente con la Copa Jules Rimet tras ganarla por tercera vez, sino que lo hacía de la mejor manera, dando lugar al mito de “La Copa del Mundo es nuestra” [1] y además, terminaba con aquella gran derrota que había experimentado esta sensacional generación de cracks en su niñez, con la humillación del Maracanazo ante Uruguay en 1950[2].
Brasil fue una fiesta del fútbol y entre tantos cracks, Pelé emergió como la gran estrella y se convirtió, con toda justicia, en “O Rey”. “Brasil jugó un fútbol digno de las ganas de fiesta y la voluntad de belleza de su gente”, llegó a escribir el notable Eduardo Galeano[3], mientras que el poeta escocés Alastair Reid  imaginó que si un marciano preguntara qué es el fútbol. “un video de Brasil-Perú de México 70 lo convencería de que se trata de una expresión artística”.



[1] Como cantaba por ese entonces el gran poeta y diplomático Vinicius de Moraes.
[2] En “Anatomía de una derrota”, L&PM, 1986, Pablo Perdigão cuenta que quería advertirle al arquero brasileño Barbosa que estuviera alerta en el momento del fatídico gol de Alcides Chiggia pero por prestarle atención al escritor, la pelota volvía a escabullírsele de las manos.
[3] “Fútbol, a sol y a sombra”, Eduardo Galeano, Siglo XXI, 1995

LA NARANJA MECANICA DE MICHELS Y CRUYFF

Cuatro años más tarde, en el Mundial 1974 de Alemania Federal, muchas cosas habían cambiado. Brasil ya no era el mismo equipo ante la falta de varios jugadores claves (Pelé , Gerson, Tostão y Carlos Alberto, entre otros) y sería el momento acaso de la última gran revolución táctica en la historia del fútbol.
En este caso, la selección holandesa retomaría la tradición del Wunterteam de los años treinta y de Hungría de los cincuenta, aunque la adaptaría a los nuevos tiempos a partir de la base del Ajax que marcaría una época como tricampeón de la Copa de Europa (1971, 1972 y 1973)  y del Feyenoord, con jugadores como Haan, Krol, Rep, Rensenbrink, Van Heneggem y especialmente Johan Cruyff, el estandarte y considerado uno de los mejores cinco jugadores de la historia. Marinus Michels es considerado el padre del sistema táctico que fue dado en llamar “La Naranja Mecánica”, debido a la conmoción que generó por aquellos tiempos la película del mismo nombre de Stanley Kubrick[1].
Había llegado al Ajax en 1965, y alcanzó a ganar cuatro ligas holandesas y la Copa de Europa de 1971 cuando fue contratado por el Barcelona, aunque el club holandés siguió triunfando en Europa y hasta se consagró campeón intercontinental en 1972, ante Independiente de Argentina.
De fondo, el sistema era el mismo de sus antecesores, pero a mucha mayor velocidad, con presión muy alta, con extremos, pero con la aparición de un aspecto inédito: la indiferenciación de la mayoría de las funciones generales aunque no tanto las específicas. Todos atacan y todos defienden, con una presión asfixiante y sin un centrodelantero puro, por la sencilla razón que al recuperar el balón muy adelante, todos pueden llegar a la definición, así como un delantero original puede acabar robando la pelota en defensa y ser el motorizador del inicio de la jugada.
La selección holandesa no disputaba un Mundial desde Francia 1938 y la expectativa por lo que pudiera realizar este equipo, fue mayúscula. Michels sostenía que, tal como ocurriera con Hungría de los años cincuenta, el estado físico de los jugadores resultaba fundamental para poder cumplir con todos los requisitos y en especial, porque al estar todos capacitados para atacar y defender apareció la novedad del “relevo”. Al subir al ataque un defensor, otro compañero debía trasladarse a su posición para ocupar esa plaza.
Sin tener el virtuosismo técnico de Brasil, el juego más mecanizado pero al fin de cuentas estético por la veloz circulación de balón y su constante búsqueda del gol, también acabó siendo otra respuesta al Catenaccio defensivista de los sesenta y a aquellos partidos lentos y aburridos de la década anterior. En aquella Holanda de Michels, Rep y Rensenbrink  (uno de los dos únicos jugadores de ligas extranjeras, en el Anderlecht de Bélgica) solían ir al ataque por sorpresa, con Cruyff  (Barcelona) como máximo ejecutor y una especie de director técnico dentro de la cancha, con su notable jerarquía, pero el termómetro del equipo era Neeskens, el volante central.
Tras sorprender en la fase de grupos, en la que otra vez el arquero uruguayo Mazurkiewikz fue figura (2-0) tanto como ante Brasil cuatro años antes, Holanda tuvo uno de sus mejores partidos ante Argentina en la segunda fase, a la que no sólo goleó 4-0 sino que el arquero Jongbloed (que portaba el misterioso número 8 en su espalda) llegó a tocar el balón una sola vez en todo el partido y gracias a un pase hacia atrás de un compañero.
Tras eliminar también con claridad a Brasil, Holanda se encontró en la final ante el rival más predecible, la Alemania Federal del “Kaiser” Franz Beckenbauer, un organizador como Wolfgang Overath y un goleador implacable como Gerd Müller. Al fin de cuentas, las selecciones de Alemania y Holanda reproducían el gran duelo europeo de equipos de entonces entre los germanos del Bayern Munich y los “oranges” del Ajax.
Si bien Holanda partía como favorita y comenzó ganando 1-0 con un penal de Neeskens sin que ningún alemán tocara la pelota desde el inicio del partido hasta sacar del medio tras el gol, otra vez, como en Berna en 1954, los alemanes daban vuelta la final y terminaban imponiéndose para ganar su segundo título mundial. Sin embargo, el fútbol recordará por siempre el notable aporte de la máquina de jugar al fútbol que fue, en 1974, el gran equipo naranja de Michels y Cruyff.
Si bien posteriormente ningún equipo ha podido alcanzar el nivel de los anteriormente mencionados, hubo excelentes campeones, partidos memorables, e intentos de buen fútbol por parte de varias selecciones, algunas tomando como punto de partida un proyecto más colectivista (Holanda en la Eurocopa 1988, por ejemplo) o el otro, más ligado a lo estético (Francia, entre 1982 y 1986, Brasil en los años’90, España entre 2008 y 2012).
Cabe al lector, quizás, encontrar sus preferencias en los últimos Mundiales y las relaciones que algunos proyectos han tenido, por ejemplo, con las propuestas anteriores o con otros estilos combinados.


[1] Filmada en 1971.

lunes, 21 de mayo de 2018

Una lista que apunta a la polifuncionalidad y sin gran atractivo (Jornada Online)





Los aficionados del fútbol de todo el mundo conocen, por fin, la lista definitiva de 23 jugadores de la selección argentina que irán al Mundial de Rusia y que comenzarán a trabajar desde ahora mismo en el predio de Ezeiza, y no se puede decir que al recitar los nombres, salvo el de Lionel Messi, la piel de nadie se vaya a erizar.

Todo lo contrario: no hubo grandes sorpresas y las escasas que aparecieron a último momento son una mezcla de cierta lógica (como en el caso del arquero Franco Armani, de grandes rendimientos en River Plate), como de algunas dudas en el caso de Cristian Ansaldi (seguramente el menos esperado) o en el de Maximiliano Meza.

Claramente, esta selección argentina tiene como punto fuerte el ataque, aún sin que Mauro Icardi tenga un lugar pese a haber finalizado la temporada como uno de los dos máximos goleadores de la Serie A italiana y otra vez, como en los tres casos anteriores, con el director técnico confiando en Gonzalo Higuaín pese a que éste sigue sin tener fortuna con la camiseta celeste y blanca pese a su formidable carrera europea.

Como en la mayoría de las selecciones que son potencias futbolísticas, caso España, Brasil o Alemania, el equipo argentino se mantuvo en el parámetro de la cantidad de jugadores que se mantuvieron desde el pasado Mundial de Brasil, hace cuatro años. En este caso son ocho (Sergio Romero, Marcos Rojo, Javier Mascherano, Lucas Biglia, Angel Di María, Lionel Messi, Sergio Agüero y Gonzalo Higuaín), prácticamente un tercio del total, y de ellos, tanto el arquero como el defensor, del mismo equipo (Manchester United) no han tenido continuidad en estos años, mientras que un tercero, Mascherano, perdió el puesto en el Barcelona, se fue a jugar a la mucho menos competitiva liga china, y pasó de volante a defensor y de defensor a volante.

Si sumamos a este panorama que Biglia debe andar entre algodones por su lesión vertebral, llegaremos a la conclusión de que apenas los cuatro de arriba llegan en un buen nivel de expectativas, en tanto que Sampaoli ha insistido, en el medio, con jugadores para la salida como Giovani Lo Celso o Ever Banega (éste último había sido descartado por Alejandro Sabella justamente cuando entregó la anterior lista de 23) que por ahora no han rendido en el equipo nacional.

Los dos problemas más serios que entonces se le presentan a la selección argentina, ahora más nítidamente desde que se conoce la lista definitiva de los jugadores que irán al Mundial pasa por una defensa de escasas garantías por los laterales, poco recambio en los centrales (fuera de los titulares Nicolás Otamendi y Federico Fazio aparecen un inactivo Rojo, un lento Mascherano y un Nicolás Tagliafico ahora otra vez reconvertido en lateral en el Ajax), y grandes dudas en la fuerza del medio por el lado de Banega y Lo Celso, con lo cual la gran duda es cómo llega la pelota a los que saben para que estos definan.

Desde el punto de vista táctico, todo indica que desde el medio hacia atrás, la gran preocupación de Sampaoli, el eje será la polifuncionalidad y en este eje es que fueron elegidos esos jugadores y no otros. Esto implica que probablemente en Rusia, veremos una selección argentina que no será la misma de un partido al siguiente, y acaso tampoco tendrá la misma disposición en distintos pasajes de un mismo cotejo.

Esto significa que si por ejemplo la selección argentina pueda partir con dos laterales-volantes como por ejemplo Gabriel Mercado y Marcos Acuña pensando en atacar a un rival en un esquema que podría  partir con tres defensores más fijos, ante otro de mayor calibre se incline más por una línea con dos laterales puros que compongan una línea de cuatro mucho más clara.

Una de las claves, entonces, será la salida. ¿Estos son los jugadores más aptos que tiene Argentina para salir con pelota dominada? ¿Es Lo Celso un jugador para participar del juego tan retrasado, cuando no pareció que se sentía cómodo en el Real Madrid-PSG de la Champions League en el Santiago Bernabeu, que fue lo más parecido a un escenario mundialista? ¿Resistirá Banega, con su físico endeble, la presión alta que pueda ejercerle un rival físicamente potente, cuando varios de los goles que padeció el Sevilla en el final de la Liga vinieron por sus fallas en ese espacio?

Del medio para arriba, en cambio, hay poco por decir y la elección de los acompañantes de Messi y compañía es, como todo, subjetiva. Meza conformó en la gira por Europa y tiene buenas condiciones, y Manuel Lanzini hizo una muy buena temporada en el West Ham. Cristian Pavón se fue superando y terminó la temporada en Boca Juniors mucho mejor de como la comenzó, más allá de que tuvo continuidad, pero la sensación es que faltaron jugadores desequilibrantes desde la habilidad, como Ricardo Centurión o Angel Correa, capaces de gambetear en el uno contra uno, un recurso casi perdido en el fútbol argentino. También faltó un puntero más. Sólo Di María cumple cada tanto esa función, pero bien pudieron estar Diego Perotti o el propio Centurión. El fútbol argentino sigue sin aprovechar del todo sus posibilidades.

En cuanto al arco, si bien la convocatoria de Armani parece justa por sus últimos rendimientos, al mismo tiempo es poco clara la salida de Nahuel Guzmán, que no se pudo mostrar en los amistosos y al que casi no se tiene acceso desde el fútbol mexicano, pero que ya formaba parte de este plantel y se había adaptado al mismo.
Romero sigue generando inquietud por la falta de partidos, aunque ya ha demostrado que puede rendir pese a eso, mientras que Willy Caballero se ganó un lugar por mantener su categoría durante años en los mejores equipos de la Premier League y por más que esta temporada fue suplente de Thibaut Courtois en el Chelsea, tuvo chances de jugar varios partidos y respondió.

Finalmente, como en tantas otras oportunidades, la lista de 23 jugadores vuelve a demostrar una alarmante carencia de proyecto. No se nota, si es que lo hubo, ningún intento de generar una idea de continuidad pensando en los Mundiales siguientes, teniendo en cuenta que varios de los actuales jugadores, por edad, acaban su periplo con el equipo nacional en este Mundial.

Hasta en tiempos confusos como en Alemania 1974, un joven Ubaldo Fillol fue el tercer arquero por detrás de los experimentados Daniel Carnevali y Miguel Angel Santoro, y también fueron convocados un tal René Houseman y un tal Mario Kempes. En España 1982, el tercer arquero era Nery Pumpido, y con César Menotti de director técnico, para luego ser campeón mundial con Carlos Bilardo.

Pero esta convocatoria deja en claro que en juveniles, todo se rompió tras el Mundial sub 20 de Canadá en 2007, cuando la selección argentina ganó su último título. Pasó más de una década, no hubo proyecto, y ahora hay lo que puede haber. Es una selección con lo que se pudo, y se nota.


domingo, 20 de mayo de 2018

El final de una generación de referentes (Yahoo)





Fue un final de Liga española muy especial, y muy extraña. Sij casi nada en juego, como pocas veces ocurre, con el campeón decidido varias ornadas antes, con todos los clasificados a las copas europeas, y los descendidos a Segunda, la ocasión fue propicia para algunas despedidas que dejaron una marca muy importante en los aficionados, y no solo los de sus clubes sino para todos los amantes del fútbol en general.

El principal hecho, por lo que significa para el fútbol español (algunos hasta lo consideran el mejor jugador de la historia nacido en tierras ibéricas) y el mundial, ha sido la despedida del Fútbol Club Barcelona de Andrés Iniesta, a sus 34 años, y tras 22 años en la entidad, con 32 títulos, un comportamiento ejemplar (nunca fue expulsado) y una ética poco común pero además, con un estilo elegante, preciso, de gran riqueza técnica que lo hacen inigualable.

Iniesta ha decidido por su propia voluntad alejarse del Barcelona para terminar su carrera seguramente en el fútbol japonés, y plantea un desafío para el Barcelona de ahora en más debido a que su tipo de juego, al espacio y milimétrico, de pausa y creatividad, no es fácil de encontrar ni en su país ni en ninguna otra parte.

El Barcelona, previendo su salida, fichó al brasileño Philippe Coutinho, de excelente remate de media distancia aunque se trata mucho más de un delantero que de un armador de juego, y con la anterior salida de Xavi Hernández en 2015 y la de Iniesta ahora, se queda sin ese jugador que fue fundamental para llevar a cabo un sistema que deslumbró al undo pero que ahora no parece tener un sucesor, lo que no significa que el equipo vaya a perder poder de fuego en ataque o solidez defensiva, pero faltará esa magia en la creación, salvo que a partir de la próxima temporada, Lionel Messi, su nuevo capitán, haga esta tarea y se recueste unos metros más atrás, aunque tal vez esto le haga perder llegada.

En el mismo Camp Nou en el que se despidió Iniesta del Barcelona, en un espectáculo conmovedor, también se produjo el retiro, esta vez de la práctica del fútbol, de un gran jugador como lo fue Xabi Prieto, en la Real Sociedad, quien, con justicia, recibió una cerrada ovación del Camp Nou.

Apenas horas antes, en el Wanda Metropolitano del Atlético Madrid se despedía del equipo otro símbolo, “El Niño” Fernando Torres, quien efectivamente comenzó demasiado joven en el club, en tiempos mucho más complicados que el sólido de la actualidad, justo cuando acaba de ganar en Lyon una nueva Europa League, la tercera en los últimos nueve años, mientras que gracias al empate del Real Madrid ante el Villarreal, se aseguró el subcampeonato por encima de los blancos.

Torres, al igual que Iniesta con el Barcelona, siempre se identificó con el Atlético y no sólo así se lo hizo saber su público en el estadio, sino que apareció muy emocionado en los festejos de la copa europea en la fuente de Neptuno, con los hinchas, y con un discurso muy sentido, al borde de las lágrimas.

Torres había debido marcharse a la Premier League debido a que el Atlético, en aquel momento, necesitaba de un gran ingreso, pero se juramentó volver y lo hizo en una época dorada, si bien siempre había manifestado que el día que sintiera que no contaba mucho para el entrenador, no seguiría, y es lo que ocurrió en esta temporada con Diego Simeone, quien no contó demasiado con  su aporte.

También en el Leganés se produjo el adiós como jugador del capitán y símbolo del equipo, el argentino Martín Mantovani, quien era el único que quedaba del plantel que logró dos ascensos desde segunda B a la Primera división, al igual que el entrenador Asier Garitano.

Si sumamos el caso de Gianluiggi Buffon en la Juventus, puede decirse que en este pasado fin de semana comenzó a terminarse una etapa de jugadores muy identificados con sus clubes, en tiempos en los que muchos se tientan con cambiar de aires por excesivas ofertas de mercado, cuando parecían estar vinculados a sus entidades anteriores.

En este sentido, hay dos jugadores ligados a la Liga Española, que parecen la contracara de los casos que enumeramos en esta columna: el brasileño Neymar, quien coquetea con el Real Madrid luego de haber sido fichado por el Barcelona en una operación con tintes mediáticos, ha desatado distintas reacciones y no es casual que Lionel Messi, otro que siempre se puso la camiseta del Barcelona, haya declarado que “sería terrible” ver a Neymar vestido de blanco.

A Neymar se le suma el francés Antoine Griezmann, autor de dos deliciosos goles en la final de la Europa League en Lyon para el Atlético Madrid ante el Olympique de Marsella, pero que, todo indica, tendría todo arreglado para jugar en el Barcelona en la próxima temporada. El Atlético Madrid trata por todos los medios de convencerlo pero no parece fácil, y ni los títulos conseguidos bajo la conducción de Diego Simeone, ni el clima casi familiar de su actual club han logrado modificar su probable decisión de cambiar de aire.

Todo indica entonces que la generación anterior, con jugadores que por años vistieron la misma camiseta y no se plantearon otra, al menos para competir con sus antiguos clubes, va dejando lugar a una nueva con otra concepción de las cosas.




jueves, 17 de mayo de 2018

Un método (Un cuento de Marcelo Wío)





Casi toda su vida creyó que sólo los contratiempos construyen carácter; que sólo éstos desarrollan habilidad – o, como decía él, “mutación” -. Quizás porque su propia vida podía narrarse como una inmisericorde secuencia de reveses, y pretendía pensarse por encima de esas circunstancias tacañas, sañudas, y no su víctima predilecta, fácil. O tal vez porque  realmente creía en la adversidad como única fuerza motriz para la transformación vital, para la perfección de las propias capacidades.

Quizás, sólo era su manera de justificar el curso de las acciones de las que pretendía desentenderse; su manera de otorgarse una impunidad: el devenir lo llevaba, y el, como mucho, acataba. A saber qué misterios terminan por gobernar aquello que reconocemos como conciencia, como voluntad.

Como fuere, aquella fe fue la que hizo que su metodología de entrenamiento futbolístico difiriera tan drásticamente de las de la época. Estaba convencido de que esos métodos no eran más que meras pachangas, inanes jaranas que debilitaban el carácter y el físico del jugador. “El entrenamiento no es un espacio para la risa, para la broma imbécil, que tanto se ve por todas partes, como si fueran encuentros de amiguitos lerdos; no señor, es un lugar para endurecer la mente y el espíritu, para fortalecer el cuerpo. El sitio para el disfrute, para la distensión es el domingo en el campo de juego”. El partido, efectivamente, era para él una tregua que se le concedía al jugador.

Alejado de la ortodoxia de aquel tiempo – y de la de este y de los venideros, podría aventurarse sin temor a pifiarle por mucho -, sometía a sus pupilos a unos entrenamientos, digamos, rígidos. O muy rígidos. Incluso, atroces. Llevados a cabo en terrenos de un césped reseco, irregular, bacheado, sembrado de pedruscos ladinos, trozos de vidrio, hojas de afeitar, charcos purulentos, etc. 

Enormes campos, de unos 400 por 200 metros, cuyos espacios los jugadores debían cubrir como si se tratara de un campo de medidas reglamentarias, so pena de recibir en la espalda la cantidad de “entre 5 y 30 fustazos según la infracción” – según cuentan, tenía codificadas hasta ciento diecisiete “faltas” -. O canchas de hielo de 30 por 30 metros, donde los veintidós debían elaborar regates y breves carreras explosivas. O campos de juego de arena ubicados en empinadas laderas. Incluso hacía jugar a sus  dirigidos en canchas enrejadas, entre feroces perros de pelea. Y los balones eran pelotas de madera maciza revestidas de recio cuero, o amasijos de retazos de telas y cordeles que apenas si mantenían una  forma levemente esférica. A veces, refieren, tenía a los suyos corriendo durante un par de días sobre esa arena de granos gruesos que parece que le disminuyera a uno la estatura de tanta acción lijadora.

Siempre llevó a cabo su labor en pequeños equipos regionales. De esos que flotan al fondo de la tabla de clasificación únicamente porque por debajo no hay más categorías a las que caer. Cuentan que los jugadores llegaban al domingo exhaustos, destrozados, cuando no directamente malheridos, o severamente afectados psicológicamente. Evidentemente, no eran rival para nadie.

Anduvo arruinando jugadores por las ligas regionales del extenso sur del país durante años. A saber si no habrá truncado a algún Di Stéfano o algún Perfumo. Llegaba a los pueblos, se dice, con esa seguridad que se les supone a los que saben, a los que han visto mucho, a los que tienen un pacto con el triunfo, el favor de la fortuna. La mirada como si no la tuviera en el presente, sino en el festejo inexorable al final de la temporada. Decía unas ideas que embriagaban a las gentes sencillas de esa geografía que aún parece un descuido de Dios, como si la pintura se le hubiese salido del dibujo que coloreaba. Así caían los directivos de esos clubes chicos, de amigos y vecinos. Eventualmente veían que algo no funcionaba, pero él les decía que el asunto llevaba su tiempo, lógicamente, que tenían que acostumbrarse a sus planteamientos.

 Y para cuando ya se daban cuenta de que aquello era una macana mayúscula, la liga estaba muy avanzada como para andar buscando técnicos, que por lo demás, allí, precisamente, no abundaban – los conocidos eran pocos, y los otros, solían llegar a finales de temporada de la liga nacional (fracasos, descartes; pequeñas migraciones laborales de la ciudad al campo), y no todos los años, para irse luego de una o dos campañas con la esperanza de volver a dirigir en primera. La mayoría de estos se encontraban, con suerte, con el olvido. De éstos, algunos volvían al sur – también por olvido, o porque creían que debían expiar alguna culpa, o tentados por la autocompasión -; otros, los más, se iban al norte, donde el clima es más cálido, y las tentaciones más numerosas y variadas.

Por fortuna - esas cosas que tiene el destino, que a veces se digna en enderezar los desaguisados de la estocástica -, un sargento primero del regimiento Nº 5 de Infantería se enteró de sus métodos y terminó convenciéndolo para entrenar a los nuevos conscriptos. La idea del militar no estaba relacionada con un interés castrense, con un fervor patrio. Andaba envuelto en una conspiración que no terminaba de entender –  mas, estaba convencido de que vendría a asignarle una consideración y una posición que creía que le correspondían por un privilegio que no llegaba a discernir del todo, pero que podía sentir como una inquietud física, como un cosquilleo inguinal - , y que esperaba de él una tarea de espionaje y debilitamiento en el seno militar.

Pero, tan bueno resultó el sistema aplicado al encallecimiento del coraje y de las vocaciones violentas, que pronto estuvo adiestrando tropas a lo largo y ancho del país. Fue el padre de lo que hoy en día se conocen como fuerzas especiales. Poco más puede decirse, pues aún restan siete años para que se desclasifiquen los documentos sobre el aludido. Hasta entonces, su nombre debe permanecer en el anonimato (las penas por incumplirlo son onerosas – acaso, no tanto como esa lista con ciento diecisiete “faltas” que decían que llevaba en el bolsillo derecho de su camisa a cuadros marrones y beige).

El sargento primero, arrastrado por semejante éxito, ascendió rápidamente, hasta alcanzar finalmente el rango de General. De más está decir que mucho antes de alcanzar este escalafón, abandonó la conspiración que evidentemente ya no le servía y que no tuvo ningún inconveniente en olvidar – aunque en ciertos momentos de debilidad etílica la recordaba levemente, y temía haberla imaginado; entonces un temblor en el cuerpo como de funesto presagio lo obligaba a beber hasta caer noqueado.

Quizás, comentó un hombre que entonces regentaba el bar de uno de los clubes en los que dirigió el referido, si hubiese morigerado lo que sus dirigidos denominaban, no sin cierto acierto, sadismo, su método hubiese sido útil – siendo complementario del tradicional y acorde a los derechos humanos más básicos, claro está. Pero eso son sólo suposiciones, esos jueguitos que hacemos los que ya les conocemos todas las mañanas a las horas.


“Cholo” Simeone: símbolo del Atlético y de la Selección que sólo concibe ganar y que cree que hay que jugar “con el cuchillo entre los dientes” (Infobae)




“Se murió, Argentina, se murió”, gritaban a ambos costados de la fila india que llegaba para realizar los trámites en el aeropuerto Ernesto Cortissoz de Barranquilla. La delegación de la selección argentina y algunos periodistas enviados especiales regresaban tras la primera caída del equipo nacional que dirigía Alfio Basile, ante Colombia, luego de 33 partidos invicto, por la clasificación para el Mundial 1994, y los ánimos estaban caldeados.

En la escala de Bogotá, alguien volvió a burlarse de la selección argentina y Diego Pablo Simeone, en aquel momento con 23 años, y temperamental como siempre fue, no pudo aguantar y quiso irse a las manos. Este cronista y Leo Rodríguez intercedieron y lo fueron calmando en el vuelo a Buenos Aires.

Simeone (28-4-1970) siempre fue así, un cabeza dura, como él mismo se suele autodefinir, y cree que se debe a la crianza de sus primeros doce años de vida –hasta que su madre dejó de trabajar- con su abuela de origen italiano, nacida en un pueblito cercano a Nápoles llamado Garófali, y que solía repetir términos como “Mamma mía” o “Mannaggia”, que fue la que le transmitió un orden y un carácter fuerte.

Simeone caracteriza a sus familiares como “contestatarios, rebeldes e inquietos, siempre tratando de resolver situaciones, y en movimiento, de personalidad fuerte”. “Había que poner la mesa y ordenar los juguetes luego de jugar en el único lugar permitido, el piso, pero esas situaciones menores van construyendo la personalidad”.
No recuerda nada sin una pelota, al punto de que cuando le regalaron un fuerte con indios y soldados, los dividió en dos equipos de once jugadores.

Además de jugar en el colegio, lo hizo en el club Villa Malcolm, en la avenida Córdoba, de Buenos Aires. “Entre mis 8 y mis 9 años elegí la posición neurálgica de 5, y eso me dio la posibilidad de intuir que se trataba de un deporte de ataque y de defensa”, recuerda.

Jugaba al Baby fútbol en el Estrella de Oro, con 9 años, y ensayaban jugadas de estrategia. “Desde muy chico intuí que jugar al fútbol consistía en que en esos minutos que se juega sin pelota, hay que ocupar bien los espacios, entonces, el juego del que todos nos enamoramos por la pelota, es sin la pelota”, aunque su ídolo de chico era Paulo Roberto Falcao, de la Roma, “un tipo elegante y con mucho juego” o José Berta, pero más que nada porque jugaba de 5 en Racing, club del que siempre fue hincha.

Todo fue muy vertiginoso en su vida. A los 17 años ya había debutado en Primera, y a los 18, en la selección nacional. Tanto es así que con 14 años estaba en la Octava de Vélez Sársfield, en un entrenamiento contra una categoría mayor, y Victorio Spinetto, que tenía 70 años y el mismo que lo bautizó como “Cholo” porque también había tenido al marcador de punta Carmelo en los años sesenta, al que apodaban así, lo llamó un día, le preguntó la edad, y le dijo: “en dos años, usted está jugando en Primera”, y acertó.

Simeone siempre se consideró “un volante de llegada, no defensivo” y que siempre fue “tremendamente competitivo”  al punto de no hablarle al compañero que venía a competir por el mismo puesto, y se enojaba con sus amigos si le dirigían la palabra.

“En la competencia, hay que ser más fuerte que el otro. En Primera, la línea entre titulares y suplentes no es tan grande. Gana el que es más fuerte mentalmente, el que tiene más personalidad, aunque sea algo menos técnicamente. La primera materia de un futbolista es la personalidad, porque talento tienen todos. No todo es jugar bien. Si no, muchos de los que juegan en las plazas o los barrios llegarían a Primera. La diferencia con el futbolista profesional es que éste logra sostener los diferentes momentos críticos que tiene el fútbol”, sostiene Simeone, quien utiliza mucho en sus discursos la palabra “supervivencia”.

A los 12 años era alcanza pelotas en Vélez y el árbitro lo expulsó en un partido de Primera contra Boca. Gatti cortó un avance como marcador central, quedó lejos de su arco, tiró la pelota lejos, al lateral, y él se la pasó rápido a Mario Vanemerak para que sacara partido de la situación. El árbitro paró la jugada y lo echó. “A los 12 años yo ya no estaba alcanzando pelotas sino jugando al fútbol. El partido estaba 1-1 y tal vez Vanemerak pudo haberlo definido con mi “jugada”, rememora.

Esos genes parecían venir desde muy temprana edad: “Cuando jugábamos con mi hermana Natalia a Titanes en el Ring, yo quería ser Martín Karadagián, el campeón del mundo, el dueño del circo, cuando todos los chicos querían ser La Momia o Caballero Rojo”.

Aquellos preceptos de “jugar al espacio”, ganar y tener temperamento, serían vitales en su carrera. El primero de ellos aparecería en su primer gol profesional ante Deportivo Español: “El Turco García vino gambeteando desde la derecha hacia el medio y el equipo salió. Yo rompí el offside y pasé de 5 a 9, él metió la pelota en el espacio y cuando salió Catalano lo gambeteé para afuera y le pegué de zurda”.

Los asuntos relacionados con el carácter, siempre fueron claros para él, al punto de que en su debut ante Gimnasia, en la Plata (13-9-87), cuando Vélez perdió 2-1,  cuando tuvo que reemplazar a Claudio Cabrera y marcar a Charly Carrió, “no sentí nada. Para mí, no había nadie en las tribunas. Lo único que quería era anular al tipo y demostrar que estaba para jugar en Primera”.

En uno de sus primeros partidos con Vélez lo echaron ante Newell’s Old Boys en Rosario cuando quiso hacerlo entrar a Gerardo Martino en un choque, y reaccionó, Ricardo Calabria echó al Tata y a él lo amonestó pero en la jugada siguiente se tiró a los pies de un rival y Calabria le sacó la tarjeta roja. Le pidió que no lo expulsara porque iba a perder el puesto, pero el árbitro no le hizo caso. Lo echaron ocho veces en toda su carrera, pero nunca en los últimos 9 años de futbolista. Y como DT sostiene que “siempre invito a mis jugadores a tratar de jugar sin amarillas”, y en los primeros 4 años en el Atlético Madrid no llegó a los 10 expulsados.

Sin embargo. Simeone estuvo siempre rodeado de cuestiones relacionadas con meter fuerte, como aquellos tapones contra la pierna sangrante de Julen Guerrero del Athletic de Bilbao, o cuando hizo reaccionar a Romario, que fue expulsado por darle un puñetazo en un Sevilla-Barcelona, o, la de mayor repercusión, cuando exageró una caída en un roce ante David Beckham en el Argentina-Inglaterra del Mundial de Francia 1998.

 “Yo cometo una infracción normal, sin violencia, y entonces intuyo algo, me dejo caer y me quedo un tiempo tirado. Eso es lo que provoca a él porque el contacto irrita. Evidentemente saqué partido de la situación porque estaba concentrado en un tipo de incidente que parece insignificante pero por el que se puede ganar o perder un partido. Sin embargo, en ningún momento fui deshonesto o violento”, sostuvo en su momento, con estas polémicas declaraciones, a las que sumó otra: “Yo aprendí a jugar al filo del reglamento y a leer la característica del árbitro que dirigía cada partido”.

De todos modos, Simeone se resiste a que lo llamen líder. “No hay competencia para liderar. Al líder lo eligen los que lo rodean. Hay escuelas de liderazgo y gente que lo estudia, pero si no es un liderazgo natural, se nota, y yo no le tenía miedo a nada. Para llegar a un lugar determinado en cualquier faceta de la vida, no hay que tener miedo y prepararse para lo que se planteó como objetivo y yo siempre supe lo que quería, hasta por detalles”.

Lo define con un ejemplo claro: “Entrar en el túnel que conduce a la cancha es uno de los mejores momentos del fútbol. Es como un viaje al futuro. Siempre digo que puede explotar una bomba a 100 metros que yo no la escucho. Algunos suelen hacer chistes. Yo no, estoy concentrado. Para mí, el partido era una guerra y tenía que matar al rival, ambas palabras, claro, en sentido figurado. La del futbolista no es una inteligencia clásica. No se cuenta con mucho tiempo para pensar. Yo la entiendo como una inteligencia física, biológica, de supervivencia”.

A los 20 años emigró al Pisa en tiempos de sólo tres extranjeros por equipo europeo y tras desechar al Verona antes. Estaba de pretemporada con Vélez, parando en casa de una tía, sus padres de vacaciones y le dieron una hora para pensarlo. “Estaba solo en una oficina y me dije “me voy”. Fue un martes y el domingo estaba viajando, y el lunes, entrenándome. Cuando se enteraron mis padres, se sorprendieron. Llegaba a un mundo distinto en aquellas ligas italianas de oro, y en el primer año ganó la Copa Italia y hasta enfrentó a Maradona con el Nápoli. “Me saludó antes del partido y me insultó en la cancha por una falta que le hice”.

Maradona no sólo sería compañero suyo desde 1992, cuando Carlos Bilardo, que ya lo tenía en la selección argentina desde hacía cuatro años. Lo convocó para el Sevilla, sino que ambos estarían al borde de la rescisión de contrato y del escándalo cuando se llegaron a enfrentar duramente al presidente del club, Luis Cuervas, para jugar en el equipo argentino que dirigía Alfio Basile. “En una oportunidad, jugamos contra Brasil, volvimos a España en avión, de allí nos alquilamos un coche a Logroño, donde teníamos que jugar por la Liga, dormimos cuatro horas, jugamos, y la Selección jugaba en Mar del Plata ante Dinamarca por la Copa Artemio Franchi y Maradona me dijo ‘yo voy a volver a Argentina, no sé vos’. Los dos quisimos regresar al coche pero el presidente del Sevilla nos lo había quitado, nos tomamos un taxi hasta el aeropuerto, luego un micro a Mar del Plata que se nos quedó y nos arreglamos para llegar y jugar igual”.

Para Simeone, la Selección, en la que jugó entre los 16 y los 32 años desde 1988, no fue nunca un esfuerzo, sino lo más preciado, aunque no pudo ganar la Copa del Mundo aunque sí dos Copas América: “Yo iba en el avión y pensaba que era King Kong. Nunca estaba cansado porque la motivación me alejaba del agotamiento y las dificultades. Para mí, cada convocatoria era la vida”.

A fines de 2001, jugando para Lazio ante el PSV Eindhoven, se lesionó el menisco y el ligamento cruzado y parecía que se perdía el Mundial de Japón-Corea 2002, pero llegó,  Pudo haber estado, muy joven, en Italia 1990 y de hecho formó parte de aquel equipo con los campeones del mundo de 1986, pero Bilardo lo dejó afuera sobre el final, aunque estuvo en Estados Unidos 1994 (“después del palo del doping de Maradona, jugamos un gran partido ante Rumania pero perdimos”), y en Francia 1998 (“La prensa me mató con aquello del comunicado después de las versiones de lo de Verón”).  Y en las dos Copas América ganadas con Basile tuvo enorme participación. 

En 1991, un gol suyo ante Colombia le dio el título, y en 1993, de un rápido lateral suyo llegó el gol de Gabriel Batistuta ante México. También fue medalla plateada en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, cuando tuvo sus idas y vueltas con el DT Daniel Passarella.

Tras dos años en el Sevilla, el segundo de ellos con una figura emblemática como Luis Aragonés, con quien simpatizó pronto, pasó a un Atlético Madrid que peleaba por no descender, aunque al comenzar la temporada siguiente llegaron jugadores como el arquero José Francisco Molina, el delantero búlgaro Luboslav Penev y consiguieron el Doblete (Liga y Copa del Rey), postergando al Real Madrid y al Barcelona, y es cuando se gestó la idolatría de la hinchada rojiblanca, que propiciaría dos reencuentros. En el Atlético 95-96 del Doblete. “Yo llegaba por la izquierda porque nuestro juego se desarrollaba por la derecha, y así marqué 12 goles”.

De allí al Inter, donde coincidió en dos temporadas con el brasileño Ronaldo, ganó la Copa UEFA y perdió la Liga en la última fecha tras un escándalo en el que su club se quejó por ayudas arbitrales a la Juventus. Quería quedarse en Milán pero la poderosa Lazio de la épica, que venía de perder la Liga en el final, le vendió al Inter a Christian Vieri y Simeone fue como parte de pago y se quedó cuatro años y ganó la Liga, la Supercopoa de Italia y de Europa en un equipo con muchas figuras (Nedved, Boksic, Verón, Salas, Nesta), dirigido por el sueco Sven Göran Erickson.

La segunda Liga italiana de su historia (la anterior, 26 años atrás) la ganó la Lazio con una remontada que parecía única. Llegó a la última fecha por debajo de la Juventus, que jugaba en Peruggia. Lazio acabó ganando 1-0 el primer tiempo ante Udinese y en el otro partido estaban empatando cuando una lluvia torrencial obligó a parar ese partido, mientras la Lazio ganó el suyo. Los nervios le hicieron perder a los de Turín, que perdieron 1-0. Lazio había estado seis puntos abajo pero llegó a quedar a tres cuando ganó el duelo directo gracias a un gol de Simeone.

Simeone vivió otra remontada increíble en 2006 pero ya como director técnico de Estudiantes, cuando estaba a cuatro puntos del Boca bicampeón en el Apertura 2006. “Quedaban dos fechas, Boca perdió en Córdoba, nosotros remontamos a Argentinos Juniors de 0-1 a 2-1 y en el descuento nos empató Gonzalo Choy. Nuestro vestuario estaba muerto y entonces pregunté a mis jugadores si no hubieran querido llegar a la última fecha con chances de campeonato y dije a la gente que quien no crea que vamos a salir campeones que no venga a la cancha. Se creó una energía especial, y llegamos a la final con Boca y la ganamos y desde 1967 que Estudiantes no ganaba un torneo local”.

El final de su carrera como jugador lo encontró como líbero en su reencuentro con el Atlético Madrid, para regresar a retirarse al club de sus amores, Racing, en 2005. “Cuando salí del Atlético en la segunda etapa intuí que el DT dejaba de tenerme en cuenta, pero yo me sentía bien y de hecho, jugué un año y medio más en la Argentina. Pero sospechaba que tenerme era un problema para el DT y para el equipo. Entonces, tomé la decisión de irme pensando en que quería volver al Atlético Madrid algún día. 

Y para volver al lugar que uno quiere, hay que partir de la mejor manera. Cuesta saber irse. Pero es una determinación que hay que tomar en el momento justo”.
Dice que una de las peores situaciones las vivió como DT de Racing porque un jueves era jugador y el domingo estaba dirigiendo y que al sexto partido se jugaban el descenso y los hizo concentrar en un hotel hasta que salieran de la situación “porque hay que sufrir y nadie nos va a venir a rescatar, hay que nadar”. El siente el trabajo en Racing como un fracaso, pero su hermana Natalia (su representante) le dice que debe tomarlo como un  aprendizaje. Para pasar de jugador a DT de Racing no hubo transición “como cuando pasé de Vélez al Pisa”.

Es el día de hoy que sigue considerando que en Racing “me jugué mi futuro como DT”. Empezaron perdiendo 2-0 el clásico de Avellaneda con 2 goles del Kun Agüero y perdieron 3-0 con Olimpo y 3-0 con Estudiantes “pero yo estaba convencidísimo de sacar a al equipo de esa situación”. Encima se fueron dos jugadores de peso como Rubén Capria y Claudio Úbeda, pero terminaron jugando con tres pibes, Matías Sánchez, Diego Menghi y Juan Manuel Chaco Torres, “a los que les transmitimos el sentimiento de identidad” y ganó 4 partidos seguidos y no siguió la dinámica de River o Independiente o el Atletico Madrid cuando descendieron por no poder manejar la situación de desesperación.

La vida de Simeone se parece a una remontada. Dejó Racing, desgastado, para hacerse cargo de un buen Estudiantes, en 2006, que dejaba Jorge Burruchaga con un triunfo de 1-0 ante el San Pablo por los cuartos de final de la Copa Libertadores, pero que fue eliminado por penales en la revancha en Brasil. “En el vestuario les dije a mis jugadores “¡vamos a salir campeones de Argentina!” Cuando desde 1970 que no ganaba un campeonato”. No sólo salió campeón sino que incluyo la histórica goleada de 7-0 a Gimnasia.

Se fue de Estudiantes y enseguida ingresó como DT de River en noviembre de 2007 y fue campeón de Clausura 2008 aunque se fue cuando era último en el Apertura de ese mismo año, cuando Chivas lo eliminó de la Copa Sudamericana, y aunque considera que tiene una cuenta pendiente, no se siente parte del descenso de 2011: “con nosotros, jugó 14 partidos de un campeonato sobre seis. Siempre me hago cargo de la responsabilidad pero acá, me cuesta verla”.

Tras una mediocre campaña en San Lorenzo en 2009, se tomó por fin un tiempo como para visitar entrenamientos y pudo charlar con Pep Guardiola y José Mourinho hasta que fue convocado para dirigir al Catania, al que llegó con tres puntos por encima del descenso y en el decimoquinto puesto, terminó a diez y en el decimotercer lugar, la mejor ubicación de la historia en la serie A italiana hasta entonces. Pero prefirió volver a dirigir a Racing, ya más calmo que la primera vez, y quedó subcampeón del Apertura 2011 detrás de Boca, hasta que llegó la gran oferta que estaba esperando, la del Atlético de Madrid. El 23 de diciembre estaba firmando su contrato.

El Atlético era un caos. La comisión directiva había cesado a Gregorio Manzano por los bajos resultados: estaban a 15 puntos del cuarto puesto, el último para entrar a la Champions League de la temporada siguiente, y competía sin mucho futuro en la Europa League. Le dijeron que continuaría si alcanzaba la cuarta posición, “una locura”, reconoce. Pero al “Cholo” le gusta esta clase de desafíos.

“Para ser DT del Atlético se dieron las circunstancias a mi favor: el equipo estaba en una mala situación y me fueron a buscar más por mi condición de ídolo futbolístico que por la de entrenador, y yo aproveché las circunstancias, lo que está más allá de uno”, asevera, y cuenta cómo fue trasformando la mentalidad del club:

 “Cuando llegué, empecé a hablar con los acomodadores de coches, los utileros, el que está en la puerta de servicio, porque históricamente al Atlético se le decía “´pupas” (mufa), aunque me parecía raro porque en lo personal no me había tocado, pero es una cuestión de energía., de ambiente. Fui creando un sistema. Cuando llueve y llegamos a un estadio y alguien dice que la cancha está mala, lo peleo: “¡la cancha está perfecta! No hay calor, no hay barro, no hay lluvia, porque cuando éramos chicos, ese no era un motivo para no jugar”.

Lo que fue capaz de hacer el Atlético Madrid desde 2011 está a la vista. Se coló entre los mejores equipos de Europa, estuvo dos veces a punto de ganar la Champions League ante el Real Madrid, en 2014 se lo impidió un fatídico cabezazo de Sergio Ramos en el minuto 93 cuando ganaba 1-0, y en 2016, tras el empate en los 90 y el alargue, los penales en Milán. Ganó la Europa League en 2012, la misma temporada en la que comenzó, vapuleó al Chelsea en una Supercopa de Europa 4-1 )”Ese día jugamos un partido casi perfecto, pero perfecto no porque nos metieron un gol”), le ganó la Copa del Rey al Real Madrid en el Santiago Bernabeu y la liga 2013-14 al Barcelona en el Camp Nou, cuando los azulgranas ganando eran campeones y se pusieron en ventaja y Simeone tuvo que reemplazar a Arda Turán y Diego Costa en el primer tiempo, por dos lesiones, pero aún así Diego Godín conquistó el empate preciado.

“Para obtener algo hay que estar en tensión, pero la tensión que potencia, no la que bloquea. En aquel partido contra el Barcelona en el Camp Nou que definía la Liga 2014, yo veía a mis jugadores en tensión positiva. Frente a las dificultades más grandes, aparece lo mejor del jugador con carácter. El partido siempre se resuelve emocionalmente”, sostiene.

En esta final de Europa League de Lyon ante el Olympique de Marsella, el Atlético Madrid llegó a recurrir hasta el TAS, el máximo organismo deportivo mundial para que le rebajen la suspensión de 4 partidos )ya cumplió uno), por haber insultado al árbitro en la primera semifinal en Londres ante el Arsenal por la temprana expulsión de Sime Vrsaljko.

Es que su presencia en el cuadrante es fundamental. Simeone corre, camina la cancha, protesta, está en todos los detalles. No se queda quieto. Sale a la cancha siempre con camisas azul, gris oscuro, negro o celeste. Nunca de blanco porque ese color identifica al Real Madrid, al que jamás dirigiría.

Como dice en su libro “El efecto Simeone” (2013) “El esfuerzo no se negocia”, una de sus máximas para toda la vida, y por eso no lo detiene ni el éxodo de jugadores como Diego Costa (que luego volvió), Agüero, Falcao, Courtois, De Gea, Mandzukic, Miranda, Villa y acaso, en unos días, Griezmann (al Barcelona).

Algunas frases muestran su manera de pensar, como cuando insiste en que “El DT debe entender que no es el director de la orquesta sino un instrumento de los dirigentes. En el momento en el que se cree el director de orquesta, pierde, porque hay un empleador del que uno depende de lo que en cada momento él considere y de la lectura que haga”. O que  “Entre el minuto 5 y el 25 del ST un DT demuestra si es bueno o no, si sabe leer el partido o no.

Reconoce influencias de Bilardo, Bielsa, Aragonés y cree que Basile “emocionaba con sus charlas previas” y que Bielsa “fue el que mejor preparaba los partidos”. Bilardo le hizo entender lo de “Todocampista” y lo sacó del esquema del medio con el 8, el 5 y el 10. Basile le dijo que un DT “debe tener enigma, que te vean y que no te vean, que estés y no estés”

“Yo lo  que busco en un análisis es intuir dónde el rival tiene más problemas. A partir de ahí empieza la preparación del partido. A partir de ahí, mis charlas son mínimas, duran 5 o 6 minutos en el vestuario. Cada partido es un proceso y se empieza a jugar en la conferencia de prensa porque hoy el poder de comunicación es enorme. No sé si es un juego de espías pero lo cierto es que uno va llevando adelante estrategias sobre cómo vender la manera en que va a jugar, y esas estrategias pueden estar basadas en la verdad o en el engaño”, dice en su libro “Creer” (2016).

Si no puede estar en la final de Lyon, su lugar lo ocupará su ayudante, el “Mono” Germán Burgos, a quien define como “un tipo noble”. “En 2002, Bielsa lo había sacado de la titularidad para el Mundial y se la dio a Pablo Cavallero, pero cuando quedamos eliminados ante Suecia y estaba dando la charla técnica sobre los errores que cometimos, él fue y lo abrazó y todos nos emocionamos”.

Simeone aclara aquella frase que quedó grabada, la de que hay que jugar “con el cuchillo entre los dientes”: “Cuando dije eso fue por instinto, espontáneo, después de perder 3-2 ante Serbia con la Selección en Mar del Plata bajo la lluvia y en pocos días había que jugar ante Uruguay en Montevideo por la clasificación al Mundial. Los uruguayos lo tomaron como que era con ellos y lo tomaron muy mal. Y yo lo dije más por nosotros que por ellos, fue un mensaje más interno, algo así como jugar con los dientes apretados”.

Para Simeone, el fútbol es la vida. Hasta sus tres hijos que tuvo con la ex modelo Carolina Baldini (ahora está en pareja con la ex modelo Carla Pereyra y tiene una hija de dos años, Francesca) lo practican –Giovanni en la Fiorentina, y Gianluca y Giuliano en River-: “Si un día no existiera más el fútbol, aunque sea para mí el fin del mundo, estoy convencido de que me reinventaría como persona. Seguiría cualquier luz que viera a lo lejos para hacerlo porque si algo tengo es iniciativa. No me quedaría quieto. Seguramente buscaría algo para competir, para disputar con mis mejores armas algo que esté en juego”. Concluye.