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martes, 20 de noviembre de 2018

La selección española y otra desilusión por falta de claridad en el camino (Yahoo)





Apenas un año y medio atrás, la selección española era una firme candidata a ganar su segundo Mundial. En muchas encuestas, aparecía en el vértice de la pirámide entre los treintidós participantes en Rusia 2018 debido a su excelente andar durante todo el ciclo, especialmente desde que finalizó la Eurocopa de Francia en 2016.

Sin embargo, bastó una inoportuna decisión del presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, no por contratar a Julen Lopetegui, que estaba en su derecho para cuando finalizara el Mundial, sino por el hecho de anunciarlo en el peor momento posible, a dos días del debut de “La Roja” en Rusia. El entrenador y ex portero no tiene tanta relación con lo segundo como sí, complicidad en lo primero que dio origen a lo segundo, porque ni siquiera debió sentarse a conversar sobre su futuro a tan poco de una cita tan importante para él como para el fútbol español.

Lo cierto es que un año y medio más tarde, ni el Real Madrid, ni la selección española, han podido recuperarse de ese cimbronazo que fue el anuncio (sin ningún interés por lo que le rodeaba) de Pérez de la contratación de Lopetegui, que determinó su inminente despido y reemplazo por Fernando Hierro, el desequilibrio de un equipo que se encontró con otro rostro y otras formas en el momento menos pensado, y tras un mediocre certamen en Rusia, la llegada de Luis Enrique, con sus ideas y mucho, aún, por demostrar.

Pese a todo lo conseguido en sus tiempos cercanos con el Fútbol Club Barcelona, siempre hemos insistido desde esta columna que a Luis Enrique Martínez le queda mucho por demostrar como entrenador que pretende dirigir equipos al más alto nivel.

Si bien ha tenido un gran comienzo con “La Roja”, con muy buenos rendimientos y especialmente, resultados más que favorables en la Copa de las Naciones, los resultados todavía no se ven (algo lógico) pero menos aún, una idea de funcionamiento colectivo, algo muy parecido a lo que ocurría en los tiempos azulgranas, cuando tremendos jugadores como Lionel Messi, Gerard Piqué, Jordi Alba, Marc Ter Stegen, Iván Rakitic, Luis Suárez, un Xavi Hernández en su última temporada, y muchas veces un ya en baja Andrés Iniesta, le acabaron salvando partidos que en otros casos, sus equipos habrían perdido o empatado.

Escrito de otra manera, Luis Enrique ganó mucho más por aceptar cierto funcionamiento sugerido por su plantilla tras aquella dura caída en Anoeta ante la Real Sociedad en la primera temporada, y por acompañar, sin demasiada polémica, aquel camino emprendido cuando aprobó rectificar un camino que aparecía como conflictivo dentro y fuera del campo.

Tras el Mundial de Rusia, el nuevo entrenador de la selección española se encontró con un nuevo inconveniente a subsanar: que aquella generación dorada que ganara consecutivamente dos Eurocopas y un Mundial entre 2008 y 2012 ya empieza a despedirse del más alto nivel.

Con los anunciados retiros de “La Roja” de Iniesta, Piqué y David Silva, y sin ser convocado Iker Casillas (al que algunos nostálgicos reclaman a partir de sus siempre buenas intervenciones en el Porto), son escasos los remanentes de aquel tiempo que se empieza a esfumar para la llegada de otro, distinto, y que requiere de otro esquema, adaptable a los jugadores del presente.

Si aquella selección española se caracterizaba por la horizontalidad para crear y “llegar más que estar” hacia la portería contraria (a nuestro gusto, con un exceso de carencia de gol en proporción al dominio ejercido ante la gran mayoría de los adversarios), ésta de Luis Enrique debió penar en más de una oportunidad para que el entrenador entendiera que lo que ocurrió entre 2008 y 2012 fue una excepción basada en una generación distinta que se apoyó en un equipo irrepetible, único, y que quedará como uno de los mejores de la historia, el Barcelona de Josep Guardiola.

Pero pasado ese tiempo, hoy el propio Barcelona no tiene ese brillo, lo cual no significa que juegue mal, porque está muy lejos de aquello, pero sí va intentando, en lo posible, otra verticalidad, y en los últimos años ganaron terreno los dos equipos de Madrid, especialmente el Real, y ya la base de la selección española la componen muchos jugadores de los clubes de la capital o que forman parte de equipos de la Premier League inglesa.

Si bien el equipo español pudo haberse clasificado tranquilamente para la Final Four de la Copa de las Naciones y en el final del grupo no lo pudo conseguir, en muy buena parte por la derrota in extremis en Zagreb ante Croacia (al que había goleado 6-0 en la ida), el problema no pasa en este tiempo de inicios de un trabajo, como el de Luis Enrique, por el éxito o fracaso en los puntos obtenidos.

El gran problema de la selección española es la falta de una idea madre, de no saber muy bien qué se pretende, si mantener un juego de posesión para regresar a los tiempos guardiolianos y de Luis Aragonés-Vicente Del Bosque, o un juego más práctico y certero, y con qué tipo de jugadores se encarará este ciclo.

La sensación que transmite Luis Enrique es que valen muy poco los equipos que no están en la élite, como los tres más grandes de Barcelona, los de la Premier League y acaso alguno de la Bundesliga, cuando hay algunos casos de estrellas que no se encuentran en el nivel del pasado, caso Sergio Ramos en la marca, disimulado por sus cuatro goles consecutivos con “La Roja”.

El momento de experimentación es ahora. Luego, ya vendrá la clasificación para la Eurocopa 2020 y la competencia europea y será cuando haya que buscar respuestas más rápidas.

Por eso, con o sin pase a la Final Four, es que Luis Enrique empieza a remitir a las mismas dudas que en sus inicios en el Barcelona, y la confirmación de que le espera un largo y sinuoso camino con la selección española.



jueves, 15 de noviembre de 2018

No juegan contra nadie (Un cuento de Marcelo Wío)





Minuto veintitrés de segundo tiempo (son las cinco y treinta y siete de la tarde) en chancha de Sportivo Espadaffucille. Juegan el local y Atlético Creole. Cero a cero. Día lúgubre de frías lloviznas esporádicas. El partido contagiado por el clima y la situación deportiva de los clubes - que sólo tienen en juego ese orgullo flaco de las rivalidades históricas -. Tribunas igualmente llenas. Canta la hinchada local, muy quevedianamente: “Jugadores, la concha de su madre, a ver si ponen huevos, no juegan contra nadie”. Lo vienen cantando desde el minuto siete de manera intermitente. Desde el veintiuno, ya ininterrumpidamente, y de manera furibunda.Como en casi cada partido, últimamente.

En ese minuto veintitrés (y unos cuantos segundos), el extremo izquierdo de Espadaffucille corre como si lo persiguiera un cobrador o una demanda de paternidad, y va camino de perder el balón por enésima vez en el encuentro ante el lateral del equipo rival, cuando éste desparece. El jugador de Espadaffucile, que juega con la mirada irrevocablemente dirigida a unos escasos centímetros por delante de sus pies, no se percata de este suceso y sigue hasta que el balón se le escapa, como es habitual cada vez que milagrosamente sortea la marca del rival, por la línea de fondo. Entonces, levanta la mirada – componiendo, con el resto de los componentes del rostro, ungesto de cansancio y entrega -, para advertir, a bote pronto, que todo el equipo rival ha desaparecido. Una breve inspección hacia la tribuna visitante arroja el mismo resultado de ausencia generalizada.

El árbitro aún está en el terreno de juego; mas, los jueces de línea, también se han disipado. Observando con más atención, se termina por comprobar que sólo queda la afición del Espadaffucille y la casi totalidad de la plantilla de su primer equipo (faltaban siete de los veintitrés), y un silencio como de velatorio sin murmuraciones, como si cada cual se estuviera velando a sí mismo.
***
Esos poco más de tres minutos, desde que al extremo izquierdo se le fue el balón por la línea de fondo, y que la amplia mayoría de los asistentes (algunos necesitaron explicaciones adicionales – y de éstos, varios ni siquiera así terminaron de comprender el suceso) se percatara del mutis absoluto de los rivales, de varios jugadores propios, periodistas acreditados (muy pocos, dada la triste campaña de ambos), vendedores de bebidas y jueces de línea, son recordados cada día por todos aquellos que, digamos, se quedaron. Y lo hacen como si volvieran a transcurrir. Incapaces de discernir el momento exacto de la evanescencia, como si el hecho hubiese sido tan raudo que ni siquiera el inconsciente hubiese llegado a captarlo. Apenas contaban con la evidencia del resultado.

La salida del estadio - se cuentan, también cotidianamente, como una suerte de fórmula ritual sin objetivo (acaso, el de constatarse) - fue incluso más silenciosa que el momento inmediatamente posterior a que el incidente se hiciera patente. Lo cual, por otra parte, es lógico: ¿qué iban a decirse esos seres que, habiendo comprendido o conjeturado de manera más o menos razonable el sentido y alcance del asunto,sabían, o columbraban, que al llegar a sus hogares descubrirían que madres, padres, esposas o hijos, amigos, también se habrían desvanecido?

Y así fue. Con el correr de los días, fueron finalmente cayendo en la cuenta de cómo la población de la ciudad se había visto notoriamente mermada: ahora sólo habitada por hinchas del Sportivo.

La vida, es decir, esa serie de actos que se terminan por repetir cotidianamente, continuó como si nada hubiese pasado (hábito y endeble mecanismo de defensa). Pero esa falsa normalidad duro apenas unos pocos meses. Enseguida se encontraron concordando irritantemente en todos los asuntos quehasta entonces habían ofrecido la posibilidad de la disensión – hecho que podría haber servido a algún sociólogo para anotar la importancia de la identidad futbolística en los consensos sociales; pero nadie andaba para tales análisis -.

Parecía que un nuevo, extraño y tajante orden les había sido impuesto. Pero de la apariencia a la realidad suele haber un trecho importante. Así, el tumulto anímico que se cocía por dentro, terminó por desbordarse ineludiblemente al exterior: los suicidios aumentaron en un cincuenta y tres por ciento. Pero esas cifras (esos actos, más bien) eran inmediatamente abolidas por la nueva circunstancia: los desdichados no morían. 

Así pues, apneas computaban como intentos fracasados. Y es que, pensando este efecto a la luz del suceso primogénito, ¿cómo podrían tener éxito en el acto de quitarse la vida aquellos que, al a vista de las mezquinas evidencias, formaban parte de una conciencia colectiva que, mediante la palabra (emitida al unísono), fue capaz de deshacer otras existencias - es decir, la diversidad?

Así, pues, no se trata de un flamante concierto. Es algo más siniestro. Es todo el mismo indiferenciado. La unidad. Que es casi como decir la nada.

Desgraciados, presienten que, en una contigüidad separada por algo así como una tela de imposibilidad, ocurre todo como era antes de ese minuto veintitrés: maravillosamente imperfecto, en acabado desacuerdo cada cual con casi todos y consigo mismo.

Ni las radios son consuelo para este mal: ahora sólo suena música y palabritas vanas, sin potencia de fervor y evasión. De tanto en tanto, se recupera una desavenencia vana, ya casi olvidada, como si pronunciara una efeméride floja, apócrifa, pero igualmente conmovedora; pero incapaz de crear convicción. Nada como esa disensión de antaño, se dicen sin decírselo; como el que seguía a un día de partido: hechos para sufrir humillaciones amigas o para atormentar colegas, familiares y conocidos. Nada como ese sadismo normalizado. Como ese masoquismo reputado.

A veces, los domingos por la tarde, hasta parece llegar el rumor de un gol ajeno o el unánime insulto al árbitro. Y cuando no hay mucha humedad, ni hace mucho calor o frío, y sopla una de esas brisas incapacitadas para agitar nada que sea mayor que un pañuelo puesto a secar; entonces, un aroma a choripán de cancha entra en la ciudad; y de pronto, se encuentran pensando en los rivales desaparecidos. Y es que, cada vez más, andan hasta casi queriéndolos sin saber quererlos. Se dicen, o, mejor dicho, fantasean con que, acaso, de tal guisa puedan materializarlos nuevamente. Porque esa ha devenido una de las mayores preocupaciones – sino la única -: cómo revertir la situación. Es este un deseo hecho puramente de frustración y desamparo – suprimida cualquier admisión de responsabilidades, de arrepentimiento; que una cosa es el anhelo, la esperanza con un cierto tinte de fe, y otra cosa es la construcción de dogma fundado en la mortificación propia -.

Como fuere, no hay manera de lograr tal ansiado objetivo. Y eso que llegan a congregarse en el estadio, cada uno en el lugar que ocupaba aquel día, con la misma vestimenta, para entonar motetes apologéticos del rival. Pero son incapaces de reproducir el ahínco, la sinceridad inmanente de los cánticos pretéritos. No tienen la fuerza de la necia aversión; del alborozo infecundo. Ciertos hechos, ciertos fenómenos, pueden ser logrados por la concurrencia singular de ánimos muy particulares producidos por la más sencilla y primordial imbecilidad. Y esta suele se material esquivo para la premeditación: se da espontáneamente (y su origen es incierto).

Ahora mismo están en el estadio (llovizna, cielo pardo). Han cantado esas nuevas composiciones melosas que dirigen hacia la tribuna norte, indiferentemente vacía; sus gradas cubiertas por un verdín insultante. Esperan a que sean las cinco y treinta y siete de la tarde para callar y esperar, en silencio, la fantaseada restitución de la normalidad – o aquello que entonces que entonces ni se consideraba; lo que algunos llaman nostalgia del pasado idealizado, es decir, tradicionalismo-. Empecinarán su presencia quieta hasta que comience a anochecer y el frío les cale el estómago y la fe (pero sólo transitoriamente).

Quizás algún día terminen por aceptar que no será la generación que provocó la catástrofe la que pueda restaurar las circunstancias previas: sus cantos y su idiosincrasia futbolera están formuladas para ultrajar. Es decir, tal vez algún día caigan en la cuenta de que no hay nada que hacer, ni lo habrá; porque sus descendientes no conocerán de esas pasiones e idolatrías, sólo de un extraño rito sostenido en una memoria progresivamente incierta, que apenas si llega a maquillar una tristeza mediocre.



lunes, 12 de noviembre de 2018

La solución para el Real Madrid estaba en casa (Yahoo)




Durante meses, ocupó enorme centimetraje en los periódicos, muchísimo lugar en las tertulias radiales o en los debates televisivos en materia deportiva. El presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, no encontraba una respuesta precisa a la pregunta sobre qué hacer con el reemplazo de Julen Lopetegui, un fichaje que comenzó de la peor manera, a dos días del Mundial de Rusia, y no podía terminar peor.

Pérez, siempre creyendo que el Real Madrid es una de sus empresas, comenzó a buscarle reemplazante en los lugares más cercanos a sus ideas, pero que muchas veces no se condicen con la tradición de juego del equipo, o la mentalidad de los jugadores de su plantilla.

Así es que Pérez se orientó primero para el lado del italiano Antonio Conte, pero allí el problema no es la capacidad de este reconocido entrenador, sino que no pareció importarle demasiado que la plantilla lo resistió y que prefería a otros, como Roberto Martínez (actualmente en la selección de Bélgica), y detestaba, en un gran porcentaje, una posibilidad de que José Mourinho, en crisis con el Manchester United, pudiera siquiera pensar en regresar al banquillo blanco luego de haberse ido enfrentado con muchos jugadores y de haber desquiciado la imagen del club.

Fue entonces que la dirigencia del Real Madrid optó por la típica solución de transición. Lopetegui tenía que salir de manera urgente tras la catastrófica campaña del equipo, que con los mejores delanteros de plaza estuvo horas sin marcar goles (en eso tuvo razón  Pérez cuando en su comunicado de despido sostuvo que esta plantilla con tantos premios y aspirantes a conseguirlos entre los mejores del mundo, no estaba teniendo un rendimiento acorde). Y entonces, apareció la chance de Santiago Solari, entrenador del Real Madrid B.

El argentino Solari siempre fue un tipo pensante., un personaje no muy habitual en este mundo del fútbol más allá de que provenga de una familia muy ligada a este deporte (su tío, Jorge, fue volante en los años sesenta y mundialista en Inglaterra 1966, su padre, Eduardo, fue volante por muchos años en los setenta, mientras que Fernando Redondo está casado con su prima Natalia, su hermano menor, Augusto, juega en Racing Club, y otro de sus hermanos, Esteban, es entrenador de la cantera del Rosario Central).

Solari siempre prefirió vivir, en sus tiempos de jugador, en el centro de Madrid que en La Moraleja, donde se suelen alojar todos los jugadores, para poder estar cerca de los museos y poder recorrerlos, y cuando dejó el fútbol fue por años columnista del diario “El País” donde sorprendió con la distancia que pudo tomar para observar el fenómeno del fútbol, mientras que aún hoy no tiene ningún problema en mostrar su admiración por Lionel Messi, un símbolo del Barcelona.

La contratación de Solari, aunque haya sido con la idea de una transición, implica un regreso a los tiempos de Zinedine Zidane. El argentino es frío por fuera. No suele ser muy demostrativo y no cree que los montajes del show de la línea de cal hacia afuera, y tampoco en que haya que presionar a los jugadores cuando el fútbol es un deporte mucho más sencillo de lo que parece.

Solari formó parte de aquel Real Madrid manejado con maestría y mano izquierda por Vicente Del Bosque, a principios de este siglo, que ha ganado todos los títulos, y luego se convirtió en permanente contacto en los recientes tiempos de oro de Zidane, y su equipo, en los cuatro partidos que lleva jugados bajo su dirección, ya comenzó a mostrar lo que pretende: quitarse la presión, volver a apostar a un esquema simple, que jueguen los que mejor están, que tengan lugar aquellos que estaban postergados, y todos los goles que antes no salían, comenzaron a aparecer (11), y cada uno de sus jugadores fue tomando confianza (Benzema, Ramos).

Claro que además de los cuatro triunfos al hilo (2-0 al Valladolid, 0-4 al Melilla, 0-5 al Viktoria Plzen. 2-4 al Celta), se necesita una pizca de fortuna para que ayuden otros resultados y eso ocurrió inesperadamente este fin de semana en el Camp Nou, cuando el Barcelona, y con el regreso de Lionel Messi luego de una lesión, cayó ante un gran Betis por 2-4 y entonces, aunque mantiene el sexto lugar en la Liga, ahora se sitúa a sólo cuatro puntos de los azulgranas, y se volvió a meter en la lucha por el título.

A propósito del Betis, buena parte de sus aficionados habían cargado hace apenas unos pocos días contra su entrenador, Quique Setién, porque el equipo dejó escapar un triunfo como local ante el Celta en el Benito Villamarín cuando estuvo dos goles arriba, pero en el Camp Nou dio una verdadera exhibición de fútbol en una de las mejores producciones que se recuerden en los últimos años para un rival del Barcelona.

No siempre se obtienen buenos resultados jugando bien, pero con el paso de los partidos, manteniendo un buen nivel, lo más probable es que se acaben consiguiendo, en especial, con las notables actuaciones de Marc Bartra, Junior Firpo, Giovani Lo Celso, el veterano Joaquín y, especialmente, el volante portugués William Carvalho.

domingo, 11 de noviembre de 2018

River se va más contento, pero no todo está definido (Jornada)





El Superclásico más global de la historia, acaso el más trascendente en el siglo por todo lo que hay en juego, nada menos que la final de la Copa Libertadores de América, dejó a River Plate mucho más contento, si se toma en cuenta no sólo el empate 2-2 sino el trayecto del resultado, la fuerza anímica para remontar dos veces el marcador ante un escenario adverso con hinchas de Boca Juniors, y en especial, la última tapada de Franco Armani a Darío Benedetto.

Marcelo Gallardo, director técnico de River y gran estratega, sabía bien que su equipo se jugaba gran parte de sus chances de ser campeón en la Bombonera, porque llegaba con muchos amonestados, entre ellos, los dos marcadores centrales titulares, y porque su equipo no sólo se hace muy fuerte en su casa, en el Monumental, sino que en toda la Copa, excepto la semifinal con Gremio, vino jugando con el sistema de la “media inglesa” (empatar de visitante, ganar de local) sin interesarse mucho por el valor doble de gol en cada salida.

Pero Gallardo, que ya sabía que iba a estar ausente por una suspensión para sentarse en el banco de suplentes que adquirió casi ribetes de causa nacional, siendo reemplazado por su asistente Matías Biscay, también sabía que su equipo ejerce un dominio psicológico ante Boca en los últimos tiempos, en los que lo eliminó de la Copa Sudamericana 2014, la Copa Libertadores 2015, y le ganó la final (en marzo pasado) de la Supercopa argentina, sumado a que le había ganado 2-0 los tres clásicos de esta temporada.

Con ese antecedente, y conociendo que la revancha se jugará el sábado 24 en el Monumental con hinchas de River solamente, se esperaba que Boca saliera a arrasar, a arrinconar a su rival llevado por su hinchada, pero esto no sólo no ocurrió sino que los locales se encontraron con un esquema impensado del que tardaron un tiempo entero en reponerse.

River salió con una línea de cinco defensores, con el joven Martínez Quarta entre los dos experimentados zagueros centrales Jonathan Maidana y Javier Pinola, creemos que por dos motivos: para paliar la ausencia de Leonardo Ponzio, un jugador de reconocido peso en el andamiaje táctico y en lo psicológico, y porque los dos veteranos estaban a una tarjeta amarilla de quedarse fuera del partido definitorio del Monumental.

En el resto del esquema, otra línea de cuatro más flexible, con Exequiel Palacios y Enzo Pérez más cerrados para que Gonzalo “Pity” Martínez y Lucas Pratto se movieran más por las bandas, con bastante libertad, para abastecer al único punta, el colombiano Santos Borré.

Desde el lado de Boca, sorprendió que su técnico Guillermo Barros Schelotto no haya leído el planteo rival y mantuvo el esquema madre de los partidos definitorios, con la virtud de la solidez del medio hacia atrás, pero con la carencia de la creatividad del medio hacia arriba. De esta forma, todo dependía de los dos extremos, para el desborde, y la enorme capacidad de gol de Ramón “Wanchope” Ábila.

Entonces, en vez de que Boca asumiera las riendas del partido, se notó que el equipo “xeneize” acusó la carga psicológica de la necesidad de ganar como local y River manejó los tiempos y los espacios con soltura, se asentó en campo adversario, y de no ser por el arquero Agustín Rossi (en la mejor actuación en Boca, justo cuanto más se lo necesitaba),  los de Gallardo podrían haberse colocado hasta tres goles arriba, sumada una situación desperdiciada por Borré por rematar apenas desviado en otro mano a mano.

River siempre fue más que Boca en casi toda la cancha porque sabe a qué juega, tiene una concepción del juego, de la que pueden variar intérpretes y posiciones. En cambio, Boca juega a lo que salga, siempre buscando la forma de abastecer, ya sea con pelotazos, pases o centros, al nueve goleador, y como su poder de resolución es alto, cuando menos lo merecía se puso en ventaja por Ábila.

El gran problema de Boca es que al no tener una estructura que lo respalde y al sentir la enorme presión de lo que había en juego, no pudo mantener el resultado ni un minuto en la primera oportunidad (Lucas Pratto empató de saque) sino tampoco en la segunda, cuando Benedetto (que ingresó por el lesionado Cristian Pavón), volvió a desnivelar en la última jugada del primer tiempo, y 16 minutos más tarde, por un cabezazo en su propio arco de Carlos Izquierdoz, River le volvió a empatar.

Lo inexplicable ocurrió desde el 2-2, porque River volvió a meterse atrás, Bruno Zuculini ingresó para volver a tener más gente atrás, porque el resultado le permitía soñar con ganar en el Monumental y levantar la Copa, y en Boca, Barros Schelotto dio su último manotazo de ahogado, ante la falta de fputbol durante todo el partido de un flojo Pablo Pérez y de Nahitán Nández y puso en la cancha a Carlos Tévez.

Fue precisamente Tévez el que sirvió, en el último minuto, el gol a Benedetto, mano a mano con Franco Armani, pero el arquero de River, con toda su jerarquía, hizo una magnifica tapada con todo su cuerpo en lo que pudo ser un golpe psicológico para su rival.

River juega mejor que Boca, psicológicamente queda mejor parado, con ganar por cualquier resultado será campeón ante su gente, pero la serie no está completamente definida. Boca tiene poder de gol, una fuerte historia, y está invicto como visitante.
El final de esta historia lo conoceremos en dos semanas. Ahora toca un respiro.

sábado, 10 de noviembre de 2018

El papelón más esperado de la Conmebol en el Superclásico más fuerte





Al partido de ida de la serie Superclásica más importante de la historia no le podía ir en zaga un papelón menos impactante de la Conmebol, cuya impericia y desconcierto no parecen tener límites. Y no nos referimos a la suspensión del partido por razones climáticas porque no hay demasiados estadios en el mundo que soporten la cantidad de milímetros de agua caída, sino a que desde hace por lo menos cuatro días que todos los pronósticos coincidían en que la del sábado sería una jornada con tormentas eléctricas y un 90 por ciento de probabilidades de precipitaciones.

Si esta Copa Libertadores tenía todo para ser una de las mejores de los últimos tiempos, con casi todos los clubes poderosos de Argentina y Brasil en la primera fase, rápidamente esta Conmebol, que dice haberse lavado la cara respecto de sus antecesores pero repite los esquemas del FIFA-Gate, se encargó de derrumbar las expectativas.

Pero a la institución futbolística sudamericana no le alcanzó, parece, que repetir muchos de los medios beneficiados durante la espuria etapa que acabó con muchos dirigentes presos en Estados Unidos o buscados por Interpol, o con libertad condicional luego de haber delatado a sus pares.

Entonces, esta Copa que pudo haber dejado huella futbolística, terminó siendo la de los casos de jugadores inhabilitados que jugaron igual, la de un trato de inequidad a clubes participantes ante casos similares en los que fue la Conmebol la que se equivocó en la información previa que les brindó (casos Zuculini y Carlos Sánchez y diferencia en el trato a River Plate y al Santos), la de la pésima aplicación (o, mejor escrito, su falta) en el escandaloso penal no cobrado de Javier Pinola a Martín Benítez en el River-Independiente de cuartos de final, o la expulsión de Dedé- luego rehabilitado-, del Cruzeiro, por un duro choque de su cabeza con la mandíbula del arquero de Boca, Esteban Andrada.

Esta Conmebol también fue la del extraño VAR en el penal de Bressan sobre el final del Gremio-River, cuando ningún jugador del club argentino había reclamado, y el delantero Ignacio Scocco pedía córner, y desde imágenes de confuso origen.

Sin embargo, y pese a haber transformado lo que podía ser una hermosa Copa Libertadores en una disputa de escritorio, con tironeos varios y quejas por doquier para sacar partido de cada tajada, la Conmebol tuvo una oportunidad de oro para resarcirse, cuando en su última edición con dos finales de ida y vuelta (desde 2019 será a partido púnico, en esa ocasión en Santiago de Chile), llegaron nada menos que Boca Juniors y River Plate, en dos Superclásicos que encabezan cualquier encuesta mundial sobre partidos de fútbol de trascendencia.

Pero esta dirigencia de Conmebol no está por la labor. Está demasiado lejos de poder estar a la altura. Sus dirigentes son muy cortos de miras. El negocio está demasiado por encima de lo deportivo y así es que también cualquier motivo es materia de multa con el fin de recaudar. Un ejemplo de esto es la sanción al director técnico de River, Marcelo Gallardo, quien reglamentariamente puede estar bien suspendido (además, reincidió), pero evidentemente, llegar tarde por dos minutos al segundo tiempo no puede ser motivo de tanta exageración.

Y con el plato de los dos Superclásicos finales servido en la mesa, la Conmebol no tuvo mejor idea que escupir la comida. Cuando desde hacía por lo menos cuatro días que se conocía el pronóstico de lluvia con tormenta eléctrica en Buenos Aires para ese día, la Conmebol decidió jugarlo el sábado a las 17, lo que determinó un corrimiento de varios partidos de la fecha de la Superliga para desusadas fecha y hora, y cuando la semana próxima, en fecha FIFA, ninguno de los dos equipos aportará jugadores por tratarse de tamaña final.

Entonces, ¿por qué este sábado, cuando ya se conocía el pronóstico climático?, ¿por qué a esa hora, que significa que vean por TV el partido en el continente asiático a las 5 de la mañana del domingo?, ¿por qué la enorme tardanza –una vez más- en suspenderlo cuando ya era imposible jugarlo, la pelota no picaba, había zonas con charcos, el barrio de la Boca comenzaba a inundarse?, ¿por qué dejar expuesta a tanta gente, cuando las puertas de la Bombonera se abrieron, irresponsablemente, a la lluvia, al viento, a la tormenta, hasta tomar una decisión?

Acaso, por la misma impericia de siempre y porque, en el fondo, la gente mucho no interesa, igual que antes, que los del FIFA-Gate, que los de siempre. Igual que los empresarios de los medios interesados en vender los derechos. La gente, que espere.

Una vez más, Conmebol no supo aprovechar la oportunidad de enmendar tantos papelones en la Copa de este año con dos Superclásicos globales, mundiales, y entonces, quiso estar a la altura, porque su papelón fue planetario.

viernes, 9 de noviembre de 2018

El arañazo de Gallardo al Pato Abbondanzieri, el gol de Sarnari en el primer partido en 1966, la remontada de Boca del 4-3 de 1991, todos los Superclásicos coperos (Infobae)





No habrá ninguno igual…Boca Juniors y River Plate, el Superclásico del fútbol argentino y el considerado por medios de todo el mundo como el más trascendente y el que ningún futbolero se puede perder antes de morir, jugarán una inédita final de Copa Libertadores tras haberse enfrentado veinticuatro veces en la historia del torneo y con muy ricas anécdotas.

Boca lleva una ventaja de tres partidos, al haber ganado diez y perdido siete, con otros siete empates, en un enfrentamiento que atravesó las distintas etapas y formatos de la Copa Libertadores con el paso del tiempo.

Los xeneizes ganaron seis Copas y se encuentran a dos partidos de igualar a Independiente (máximo vencedor), mientras que River lo consiguió tres veces, aunque tanto uno como el otro necesitaron varios años para acceder por primera vez al título, luego de muchas participaciones en el certamen.

Boca comenzó a jugar la Copa antes que River, en 1963, y de hecho, para los analistas, fue el primer equipo argentino que le dio importancia al torneo cuando sólo accedían a él los campeones de cada país, pero fue derrotado en dos tremendas finales por el Santos de Pelé. En 1965 chocó, en partidos durísimos y polémicos, contra Independiente, que era el campeón vigente y que repetiría el título.

Cuando se instauró la disputa de la Copa Libertadores, en 1960, justo coincidió con un aciago momento para River en cuanto a títulos locales, porque entre 1957 y 1975 mantuvo una larga sequía, pero se benefició de que la Confederación Sudamericana (actual Conmebol), amplió la participación a los subcampeones nacionales.

Así fue que en 1966, Boca (campeón argentino) y River, se enfrentaran por primera vez en la historia de la Copa Libertadores, cuando compartieron el grupo inicial con Universitario y Alianza Lima de Perú, y con Deportivo Italia y Lara, de Venezuela, y los dos equipos argentinos lograron clasificarse a la fase siguiente.

El 10 de febrero de 1966,  en el primer Superclásico copero, River le ganó a Boca 2-1 con goles de Juan Carlos Sarnari y Daniel Bayo, y descontó el “Tanque” Alfredo Rojas en el segundo tiempo. El árbitro de ese partido fue Roberto Goicoechea.

De hecho, “El Tanque” Rojas, un jugador corpulento,  y que tenía como una de sus fortalezas el cabezazo –con un parecido a Ramón “Wanchope” Ábila aunque mucho más alto- fue una especie de verdugo de River en esos años sesenta (marcó los dos goles en un 2-0 en la Bombonera en ese mismo año, y otra vez en el 1-0 con el que Boca venció en la segunda fase, en la que los dos equipos argentinos se unieron al grupo de Independiente (bicampeón de América) y Guaraní de Paraguay.

Lo extraño es que tanto en 1966 como en 1970, cuando los dos se clasificaron a la Copa Libertadores, si bien Boca llegó como campeón argentino y River como subcampeón, fueron los “Millonarios” los que pudieron avanzar más lejos.

River se clasificó a la final de 1966 en la acumulación de puntos en la segunda fase, y luego cayó ante Peñarol de Montevideo, en Santiago de Chile, en la recordada remontada de los uruguayos 4-2 luego de ir 0-2 en el marcador que dio lugar al mote de “gallinas”. Y en 1970, después de que ambos pasaran la fase de grupos ante los bolivianos Bolívar y Universitario de La Paz, otra vez fue River el que se clasificó a las semifinales tras ganarle a Boca 1-0 en el Monumental, con gol del “Chamaco” Carlos Rodríguez, y empatar 1-1 en la Bombonera (Ángel Clemente Rojas, “Rojitas”, para Boca, y Daniel Onega, para River), pero esta vez fue despachado por el Estudiantes de La Plata de Osvaldo Zubeldía y Carlos Bilardo, que acabó ganando su tercera Copa seguida.

Pasaron siete años y un cambio de formato en la Copa para que Boca y River volvieran a encontrarse, y otra vez en la fase de grupos, que compartieron con Peñarol y Defensor Sporting de Uruguay, aunque sólo se clasificaba uno para las semifinales.

En el primer partido de esa Copa, el 9 de marzo de 1977, en la Bombonera, dos fuertísimos equipos. River, dirigido por Ángel Labruna y con varios jugadores en la selección argentina luego campeona del mundo- había perdido la final del año anterior- y Boca, bicampeón argentino de 1976, empataban sin goles en un partido apretado, cuando sobre el final, Boca tuvo la ocasión de desnivelar por un penal. Roberto Mouzo (el jugador con más partidos con la camiseta de Boca en la historia) se paró nada menos que frente al “Pato” Ubaldo Fillol en los últimos minutos. El defensor sacó un remate contra el palo izquierdo, el arquero alcanzó a rechazar pero la pelota le pegó en la espalda y le quedó servida al jugador de Boca para empujarla a la red en el rebote.

Ese 1-0 le dio a Boca, dirigido por Juan Carlos “Toto” Lorenzo, el envión que necesitaba para ganar el grupo sin ningún gol en contra, incluso sorteando con un 0-0 su visita al estadio Tomás A. Ducó, de Huracán, donde River oficiaba ese año de local por la remodelación del Monumental con miras al Mundial 1978. Boca terminaría ganando la Copa por primera vez, en Montevideo y por penales, ante el Cruzeiro.

A diferencia de los años sesenta, ahora era Boca el que dominaba en la Copa Libertadores y también en los superclásicos. En 1978 fue la primera vez que se enfrentaron por una fase semifinal, aunque compartiendo el grupo con Atlético Mineiro de Brasil (River venía de ganar en la primera fase).

El 19 de setiembre de 1978, en la Bombonera, el Superclásico terminó empatado 0-0, pero el 17 de octubre, en el Monumental, Boca se impuso 2-0 con goles de Eber Mastrángelo y Carlos Salinas, y consiguió llegar a una nueva final consecutiva, en la que se impuso a Deportivo Cali y obtuvo su segunda Copa Libertadores.

Cuatro años más tarde, en 1982, Boca y River volvieron a compartir la fase de grupos junto a los bolivianos The Stromgest y Jorge Wilsterman. La situación de los dos equipos argentinos era engañosa porque si bien en 1981 contaban con grandes planteles (Diego Maradona en Boca, Mario Kempes en River), todo había cambiado un año después por la situación económica y tras años de grandes estrellas, los dos planteles aparecían empobrecidos y no extrañó entonces que ambos fueran eliminados sin mayor suceso.

El 5 de agosto, en la Bombonera, empataron 0-0 y el 30 de setiembre, en el Monumental, River venció 1-0 con gol de Enzo Bulleri y al liderar el grupo, se clasificó a la fase siguiente, junto con Peñarol de Montevideo y Flamengo de Brasil. Los uruguayos pasaron a la final.

Para 1986, cuando otra vez coincidieron en la fase de grupos, River llegaba como campeón argentino, con Héctor Veira como DT, mientras que Boca se había impuesto en la Liguilla disputada en pleno Mundial de México. Tal como nueve años antes, los rivales ocasionales fueron Peñarol y Montevideo Wanderers, y los “Millonarios” se clasificaron a la fase siguiente.

El 9 de julio, en la Bombonera, empataron 1-1 (Alfredo Graciani para Boca, Roque Alfaro, para River) y el 20 de agosto, un River más sólido, luego campeón de América por primera vez, se impuso como local con gol del uruguayo Antonio Alzamendi. 

Ya en semifinales, River tuvo que jugar en el grupo del vigente campeón, Argentinos Juniors, y el Barcelona de Ecuador.  River se clasificaría a la final luego de un tremendo desempate con los “Bichos de la Paternal” y posteriormente ganaría la Copa por primera vez en su historia.

Cinco años más tarde, en 1991, River y Boca debieron compartir grupo con los bolivianos Bolívar y Oriente Petrolero, con la particularidad de que el formato del torneo había cambiado y ahora pasarían los primeros tres a la fase siguiente, y sólo uno quedaría eliminado.

El 27 de febrero, en la Bombonera, se jugó uno de los partidos más recordados de la historia de los Superclásicos. River sorprendió muy pronto y a los 11 minutos ya ganaba 2-0 con goles de Juan José Borrelli y Gustavo Zapata, y descontó Diego Latorre para Boca, que entonces dirigía el uruguayo Oscar Tabárez –Daniel Passarella era el DT de River-. Borrelli, de penal, estiró la ventaja para River a 3-1. Antes de terminar el primer tiempo, fue expulsado un jugador clave, el volante Leonardo Astrada, y River quedó con diez.

Blas Giunta descontó otra vez para Boca, faltando 19 minutos empató el defensor Víctor Marchesini, y a los 42 minutos, Latorre, con una sensacional tijera, le dio el celebrado triunfo a Boca.

En la revancha, el 20 de marzo, Boca volvió a vencer a River, esta vez 2-0, con dos goles de Gabriel Batistuta, pero la gran polémica llegaría en el último partido de ese grupo, cuando Boca y Oriente Petrolero empataron sin goles en la Bombonera, los xeneizes ya estaban clasificados, y este resultado dejó a River fuera de la fase siguiente, mientras que Boca avanzó hasta la semifinal, cuando también en un partido escandaloso, en Chile, fue eliminado por el Colo Colo, a la postre campeón.

En 2000, River y Boca debieron eliminarse entre sí en una recordada serie de cuartos de final. Ambos equipos tenían grandes planteles y la paridad entre ellos era notable. Los “Millonarios”, dirigidos por Américo Gallego, serían bicampeones argentinos 1999/2000 con jugadores como Pablo Aimar, Javier Saviola o el colombiano Juan Pablo Ángel, mientras que Boca había sido bicampeón 1998/1999, dirigido por Carlos Bianchi, y con Juan Román Riquelme como estandarte.

En el Monumental, el 17 de mayo, en la ida, River venció 2-1 con goles de Ángel y Saviola, mientras que Riquelme, de tiro libre, marcó el de Boca. Debieron definir en la Bombonera y en las horas previas, ante los rumores de que tras casi un año sin jugar, podría volver en el local el goleador Martín Palermo, Gallego afirmó irónicamente que si Bianchi lo llegaba a incluir en el partido, él pondría entonces a Enzo Francéscoli, ya retirado.

El 24 de mayo se jugó entonces la revancha, y tras un empate cerrado 0-0 al finalizar el primer tiempo, Bianchi mandó a Palermo a realizar ejercicios precompetitivos, por lo que pasó, trotando, frente al banco de suplentes de River. El foco de atención, entonces, se desvió hacia lo que parecía imposible, el regreso del goleador en un partido tan importante.

En ese lapso, Marcelo Delgado estableció el 1-0, Riquelme, de penal, ya le daba a Boca la ventaja para la clasificación, y Palermo, que ingresó, convirtió el soñado 3-0. Fue cuando la hinchada de Boca gritó irónicamente hacia Gallego, “Ponelo al Enzo”.  Boca ganaría su tercera Copa en la final ante el Palmeiras de Luiz Felipe Scolari.

Cuatro años más tarde, en 2004, se jugaron dos tremendos Superclásicos en la instancia semifinal, acaso el más importante de todos los que se disputaron hasta el presente. El ganador pasaría a la final, y fue tal la tensión que  por primera vez, el organismo estatal de Seguridad, a cargo del ex árbitro Javier Castrilli, determinó que se jugara sin público visitante en ambos estadios.

Sin embargo, la medida no sirvió de mucho. La violencia derivó en el campo de juego.  En la ida, el 10 de junio, en la Bombonera, Boca ganó 1-0 con gol de Rolando Schiavi en un partido violentísimo, con constantes choques. El árbitro Claudio Martín había expulsado en el primer tiempo a Marcelo Gallardo (River) y a Alfredo Cascini (Boca), cuando la mayoría de los jugadores se arremolinaron en un constante forcejeo, en el que Gallardo aprovechó para arañar en la cara al arquero Roberto Abbondanzieri . En el segundo tiempo, Boca reclamó penal por una mano de Eduardo Coudet en un tiro libre, pero no le fue concedido. A tres minutos del final se iría expulsado, en River, Ariel Garcé.

La revancha se jugó una semana más tarde en el Monumental. Con el arbitraje del hoy diputado Héctor Baldassi. River emparejó la serie rápidamente con un gol de Luis González y el panorama parecía aclararse cuando al rato, en Boca, fue expulsado el volante colombiano Fabián Vargas. Pero todo cambió al final del partido. A seis minutos del final, River se quedó con nueve jugadores por expulsión de Rubens Sambueza, envuelto en una discusión con Guillermo Barros Schelotto, y se fue lesionado el paraguayo Ricardo Rojas cuando el DT Leonardo Astrada ya había realizado los tres cambios.

Bianchi leyó que era el momento de colocar un delantero, aprovechando la nueva superioridad numérica e hizo ingresar a Franco Cángele, que inmediatamente sirvió el empate a Carlos Tévez, pero éste festejó, en un enmudecido estadio, con el gesto burlón del aleteo de las gallinas y se fue expulsado. Nuevamente en igualdad numérica, sobre la hora, River se impuso con un gol de Cristian Nasutti en un Superclásico de locura y fueron a los penales.

Allí, desde los doce pasos, iban 4-4 porque todos habían convertido el suyo cuando Abbondanzieri contuvo el de Maxi López y Javier Villarreal le dio a Boca una histórica clasificación para la final, aunque perdería, por la misma instancia, ante el Once Caldas de Colombia. En el vestuario visitante, en el Monumental, quedaría escrito en el pizarrón “casi casi se clasifican….arañando”.

La última vez que Boca y River se enfrentaron por la Copa Libertadores fue en 2015, por los octavos de final. El nuevo formato del torneo, que se basaba en la comparación entre grupos para determinar el rival desde octavos de final, puso a los dos equipos argentinos enfrentados porque Boca resultó el mejor de los dieciséis en la primera etapa, y River el de menos puntos. De esta forma, la ida se jugaría en el Monumental y la vuelta, en la Bombonera.

River, ya dirigido por Marcelo Gallardo desde 2014, cuando había ganado la Copa Sudamericana –en la que había eliminado a Boca en semifinales-, se impuso 1-0 en el Monumental el 7 de mayo de 2015, con un gol de penal de Carlos Sánchez a seis minutos del final, y en la revancha del 14 de mayo, en la Bombonera, empataban 0-0 al finalizar el primer tiempo, cuando en el entretiempo, el vestuario visitante apareció impregnado de gas pimienta, arrojado desde la tribuna que se encuentra detrás de la manga que conduce al lugar en el que se encontraban descansando los jugadores de River.

Tras una larga espera, con la mayoría de los jugadores de River afectados y su presidente, Rodolfo D’Onofrio en el césped, y ante presiones de la dirigencia de Boca y sus jugadores para que el partido continuara, el árbitro Darío Herrera, tras consultar con el veedor boliviano Roger Bello, determinó la suspensión del partido.

Luego se supo que quien había arrojado gas pimienta en el vestuario de River fue Adrián “Panadero” Napolitano, socio de Boca, y la Conmebol le dio por ganado el partido a River por 3-0 y los “Millonarios” se clasificaron para los cuartos de final, y luego terminarían ganando su tercera Copa Libertadores.








lunes, 5 de noviembre de 2018

El Superclásico más global en el contexto más decadente (Jornada)






Repasando algunas hojas del hermoso libro de Rodolfo Braceli “Querido Enemigo” acaso pueda rescatarse el aspecto más humano de la relación entre Boca Juniors y River Plate. Aquellos tiempos del respeto, de los partidos jugados con tremenda pasión y con notables estrellas del fútbol, tan lejos de estos tironeos políticos que afean lo que debería ser un espectáculo maravilloso, una fiesta total, que se seguirá en todo el planeta cuando desde el fin de semana que viene, ambos rivales de toda la vida comiencen a definir al campeón de la Copa Libertadores de América.



No fue hace tanto, apenas medio siglo atrás, cuando un motivo de ironía era que “Rojitas”, Ángel Clemente Rojas, le quitara la gorra al veterano Amadeo Carrizo, y en 1969, Boca pudo dar la vuelta olímpica en el Monumental, al ganar el Nacional con un ex River como director técnico, Alfredo Di Stéfano, y no pasó absolutamente nada. Hubo gente del equipo local (que ganando el partido, alcanzaba al campeón pero empataron 2-2) que se levantó desde sus plateas y aplaudió el paso de los xeneizes, y por toda oposición, se abrieron los grifos en el césped y algunos jugadores, con Silvio Marzolini a la cabeza, siguieron igual y se mojaron un poco.

Pero la sociedad argentina ya no es aquella. Fue atravesada por una feroz dictadura cívico-eclesiástico-militar entre 1976 y 1983, y entre tantas consecuencias de ella y de posteriores insatisfacciones de la incipiente democracia, la tolerancia hacia el prójimo se fue apagando.

Si en muchos estadios los hinchas cambiaban de tribuna en el entretiempo para ver los goles de su equipo, cruzándose con indiferencia con sus rivales, desde hace ya muchos años que los que sostienen dos colores distintos de camiseta no son capaces de compartir un mismo espacio social, y hubo que determinar el final de los visitantes, uno de los más grandes fracasos sociales del país.

Ya cuando River llegó a la Bombonera como campeón del torneo 1985/86, la tarde de la pelota naranja y los dos goles del “Beto” Norberto Alonso, las amenazas recibidas en toda la semana previa determinaron que el equipo del “Bambino” Héctor Veira no diera la vuelta olímpica completa, para evitar problemas al pasar por el sector de la tribuna local y sólo se dirigió desde la mitad de cancha, hacia la visitante. Eran evidencias de una sociedad enferma.



Pero lo de los últimos años, es muchísimo peor. Fue justamente la serie superclásica más fuerte hasta hoy, cuando debieron definir el pase a la final de la Copa Libertadores 2004,  y cuando el ex árbitro internacional, Javier Castrilli, a cargo de la Seguridad estatal, determinó por primera vez que los dos partidos se jugaran sin público visitante, ante el fastidio del entonces presidente xeneize, Mauricio Macri, quien viajaba al Forum de las Culturas de Barcelona, donde también se encontraba quien esto escribe.
En aquella oportunidad se debatió mucho sobre si esa sería la solución a los problemas de violencia, y con el tiempo se pudo comprobar que no. De hecho, de las 326 víctimas por violencia del fútbol que contabiliza la ONG “Salvemos al Fútbol” (www.salvemosalfutbol.org), a lo largo de la historia , 51 de ellas ocurrieron luego de que se determinara oficialmente que los hinchas visitantes no entraran más a los partidos, cuando en un Estudiantes-Lanús del 10 de junio de 2013 fuera asesinado Martín Jerez.

Este Superclásico entre Boca y River será, con certeza, el más global de todos cuantos hayan jugado en la historia por la importancia futbolística que tiene, porque de allí, de esos dos partidos, emergerá el campeón de América, el que jugará el Mundial de Clubes en diciembre, posiblemente en una final nada menos que ante el Real Madrid, pero en esta sociedad argentina, es mucho más el temor a lo que hoy significa perder, el escarnio posterior, la caracterización de “perdedor” como algo inaceptable y un sayo difícil de quitarse para los tiempos venideros.

Creer que en la Argentina de hoy el fútbol es meramente un deporte, es un acto de ingenuidad. El país se futbolizó de tal manera que la agenda de cada día está teñida de este hecho social que permite que en un Mundial no haya clases en la universidad o acepta que un empleado no concurra a trabajar o se concentre en el partido antes que en su obligación.

Es en este contexto en el que quienes llevan años perdiendo por goleada en sus vidas, necesitan algo o alguien que los represente y que los transforme en ganadores aunque sea por un día, una semana, un mes, incluso un ciclo de varios años, y esto mismo determina que Rosario Central y Newell’s Old Boys se hayan transformado en enemigos acérrimos de lo que sólo fue una rivalidad deportiva, y tampoco puedan vivir la fiesta de un partido de cuartos de final de la Copa Argentina y acaben a puertas cerradas…y en Sarandí, y el autor de uno de los goles de Rosario Central, Germán Herrera, amenazado en las paredes de la ciudad.

Por esto mismo, nada es ingenuo. Ni cuando Macri “sugiere” desde la presidencia de la Nación que por una vez todo cambie y se acepten visitantes, alterando el discurso firme en contra de la medida de su ministra de Seguridad, Patricia Bullrich –cuyo secretario no es otro que Eugenio Burzaco, muy ligado a los “millonarios”- o del responsable del área en Buenos Aires, Martín Ocampo. Ni cuando el presidente de River, Rodolfo D’Onofrio, se opone fervientemente a la propuesta presidencial (que implicaría que hubiese cuatro mil hinchas de Boca en el Monumental, en la vuelta).

Mucho menos ingenuo es el tironeo por cada detalle, por nimio que pareciera, de los presidentes de los dos clubes, en el contexto de una Copa Libertadores 2018 absolutamente viciada por su propio organizador, una Conmebol que sesiona en Luque, Paraguay, a puertas blindadas y que necesitan un código secreto para abrirse en cada habitación, que no comunica sus resoluciones, que no fue ecuánime ante reclamos parecidos de los clubes, que no les informó bien sobre jugadores en condiciones de participar o no por acarrear suspensiones, que utilizó el VAR discrecionalmente para favorecer a unos más que a otros, y que tardó una eternidad en dar a conocer el fallo (bastante menor al que se esperaba) que inhabilitará al DT Marcelo Gallardo para salir en el banco de suplentes de River en ambas finales.

Después, se enojan los dirigentes y los medios argentinos cuando desde los poderosos diarios o revistas del exterior, se refieren a estos Superclásicos como “La Madre de todas las Batallas” o frases al estilo. Esto es lo que generó el fútbol argentino hacia afuera: una especie de postal eterna de la violencia, la trampa, el juego de las apelaciones en los escritorios, para hacer honor a aquella frase sabia que alguna vez le dijo a este cronista, cuando aún no peinaba estas canas, el gran José María Suárez, también conocido como “Walter Clos”: “El fútbol, mi querido amigo, se juega de lunes a sábado en los salones, los maletines, los escritorios. Lo del domingo es para la gilada”.

¿Podremos cambiar esta mentalidad y disfrutar de lo que podría ser una fiesta total del fútbol con epicentro en la Argentina o seguiremos en caída en picada hacia un pozo cada vez más profundo?

Que gane el mejor. El fútbol no puede ser la muerte de nadie.