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lunes, 8 de octubre de 2018

La realidad aumentada del fútbol argentino (Jornada)




Por estos días, el discurso mediático hace hincapié en la inédita gran final de Copa Libertadores de América que podrían protagonizar Boca Juniors y River Plate, sin reparar en que ambos deben superar todavía, y en duras semifinales de ida y vuelta, a dos fuertes equipos brasileños como Palmeiras y Gremio, respectivamente, mientras que se le dedican loas a ciertos planteos tácticos a un más que discutido director técnico Guillermo Barros Schelotto, y se exagera una racha de treinta y dos partidos sin derrotas a su colega Marcelo Gallardo, aunque la mitad hayan sido triunfos ante equipos del ascenso o de los torneos federales.

Los medios emiten una realidad aumentada que nos hace creer que pisamos una especie de edén futbolero en la Argentina, cuando la Superliga, que venía a cambiar la organización de los torneos locales, ya tiene en su tabla de posiciones una multitud de asteriscos por partidos pendientes y suspendidos de la mayoría de los clubes, como viene siendo desde hace décadas, en un juego de conveniencias de cada uno, que no quiere ceder y que incluso no repara en inventar cualquier excusa para seguir sin ceder sus jugadores convocados a la selección nacional, aunque el acuerdo haya sido que ésta es la prioridad “número uno” luego del fracaso en Rusia 2018.

Un torneo local sin VAR y con arbitrajes deficientes en la mayor parte de los partidos, y con una buena cantidad de equipos que priorizaron las competencias internacionales y han llegado a disputar varios partidos con suplentes, no parece el mejor indicativo de un gran nivel, y aún corre con el peligro de que, una vez que se inicie el receso de fin de año, muchos jugadores de mediano nivel hacia adelante emigren hacia otros mercados en busca de una paga mejor.

Boca, que viene jugando muy mal desde hace años (no sólo con la dirección técnica de los Barros Schelotto sino desde antes, con Rodolfo Arruabarrena), parece haber encontrado elogios a su funcionamiento tan sólo por haber encontrado un empate en Belo Horizonte ante un muy limitado Cruzeiro, pese a que su arquero Agustín Rossi no ofrece garantías en sus salidas en los centros, y su dupla técnica no consigue acertar con un esquema táctico madre que sostenga al equipo cuando la situación lo amerite, y suelen ser sus individualidades, muchas de ellas de gran calidad, las que terminan salvando al conjunto.

De hecho, ante Racing, el puntero de la Superliga, en Avellaneda, Boca minimizó un clásico en el que había mucho en juego, tomando en cuenta que su próximo compromiso copero es recién el 24, y salió prácticamente sin mediocampo (Fernando Gago no se destaca por marcar, y los chicos Agustín Almendra y Julián Chicco necesitan muchos partidos para madurar) y sobre el final, pudo sacar un empate tras un recorrido que bien lo pudo poner cuatro o cinco goles abajo.

Sin embargo, bastó aquel empate del jueves en Brasil y su clasificación a una durísima semifinal ante el Palmeiras de Luiz Felipe Scolari (que le sacó cuatro puntos de seis en la fase de grupos) para que buena parte de la prensa calificara como “copero” al planteo y los auriazules se convirtieran en “candidatos naturales” a ganar la séptima Copa Libertadores.

River pasó con autoridad ante Independiente si es por el trayecto de los ciento ochenta minutos de los dos partidos de cuartos de final ante Independiente, pero no se puede soslayar que en el Monumental hubo dos penales para los rojos, no cobrados, y uno de ellos arrastraba el combo de la expulsión de Javier Pinola, en tanto que también se anuló un gol de Emmanuel Gigliotti por una mano, tras el rebote de la pelota en el travesaño, que no había sido. Demasiado para un solo partido.

Aún así, bastó que River venciera al humilde Sarmiento de Resistencia por los cuartos de final de la Copa Argentina, para que los medios insistieran en un invicto de treinta y dos partidos consecutivos, que superó récords propios del pasado, sin reparar, vaya casualidad, en que la mitad de esos partidos fueron en este torneo nacional y la mayor parte de ellos (diez) los disputó ante equipos del ascenso o de los torneos federales.

En esta realidad aumentada, Boca y River ya están disputando la final de la Copa Libertadores y ninguno de los dos tiene asegurada su plaza en la instancia decisiva. Si Boca tiene como rival al Palmeiras, River tiene que pasar al vigente campeón, el Gremio de Porto Alegre, nada menos.

A ello hay que sumar el tachín tachín de Ariel Holan, el buen director técnico de Independiente, a quien se le sobredimensionan los éxitos a partir del uso de drones y otros elementos sofisticados.

Si bien en el partido de ida en Avellaneda, ante River, Independiente tuvo dos o tres posibilidades claras para convertir, y que en la vuelta fue evidentemente perjudicado por decisiones arbitrales, también es cierto que en ambos casos, los planteos fueron muy defensivos, con excesivas precauciones.

Que un equipo como Independiente haya salido en Núñez con una línea de cinco defensores, o que como local, desde el inicio, no hayan jugado ni Martín Benítez ni Ezequiel Cerutti, dos extremos, y que, en cambio, sólo Silvio Romero haya jugado por detrás de Gigliotti, único delantero, sólo fue observado por un gran ídolo del club como Ricardo Bochini, acostumbrado desde hace décadas a decir que el rey está desnudo contra la autocensura del medio.

A propósito de las tradiciones rojas, también se magnificó que Holan aparecía como el retorno a la mística, aunque parece haberlo ignorado con ciertos planteos en partidos decisivos, o que no parece haber reparado en que, en una noche en la que se jugaba todo, no hubiera estado de más, entre los saludos como en los años sesenta y setenta, en tiempos de reinado de copas, salir a jugar con la camiseta roja, y no con una gris con imperceptibles números rosas en la espalda, con más énfasis en el marketing que en la gloriosa historia.


domingo, 7 de octubre de 2018

Messi pone en tela de juicio a los premios “The Best” (Yahoo)





En el Fútbol Club Barcelona, el ambiente alrededor del entrenador Ernesto Valverde no es precisamente el mejor. Los últimos resultados en la Liga Española no han sido buenos y de hecho, no ha podido ganar en los últimos cuatro partidos, dos de ellos en el Nou Camp ante el Athletic de Bilbao y el Girona.

Sin embargo, su marcha en la Champions League, el gran objetivo de la temporada, es absolutamente distinto y ha ganado muy bien los dos partidos que ha debido jugar, ante el PSV Eindhoven, como local, y ante el Tottenham Hotspur, en Londres.

Se trata de un Barcelona extraño, que ha tenido que cambiar cierta parte de su estilo al perder a su principal exponente en el armado del juego, Andrés Iniesta, y aunque posee jugadores de gran calidad, el equipo está obligado a otro tipo de búsqueda, con otras características, y aquí se encontró con otro obstáculo, el de un entrenador conservador, o al menos poco arriesgado, como Valverde.

Es en este contexto que, sin embargo, aparece como oasis y con asombrosa regularidad pese al inexorable paso del tiempo, la genialidad de Lionel Messi, en su temporada quince en Primera División con treinta y un años, con cerca ya de 1050 goles en el total de su carrera (entre oficiales y no oficiales), y cada vez más jugador de toda la cancha sin poder descifrar su posición exacta y tampoco es necesario definirlo.

Lo concreto es que en lo que para muchos jugadores supone, a esa edad, ir entrando en la cuesta de la carrera, en el caso de Messi es, simplemente, una re-definición de su posición pero sin perder nunca la genialidad, como ha ocurrido la pasada semana nada menos que en el remodelado estadio de Wembley, en Londres, uno de los mayores templos del fútbol mundial.

Allí, ante un difícil Tottenham, que por ejemplo ha vapuleado en la temporada pasada al Real Madrid (a la postre, campeón) en ese mismo estadio, Messi dio una gran exhibición, no sólo por dos goles de hermosa factura, y ante un portero como el francés Hugo Lloris, reciente campeón mundial en Rusia, sino también por un par de gloriosas asistencias y dos remates que terminaron con el balón en el palo izquierdo del ya vencido guardameta.

Al cabo de apenas diez partidos en la temporada, contando Supercopa de España, Liga y Champions, Messi ha disputado once partidos, en los que ha convertido igual cantidad de goles, a promedio de uno por encuentro, cifra espectacular para un jugador de su edad y que no es necesariamente un goleador sino que sus goles son el producto de una notable pegada o de juego de elaboración propia en un altísimo porcentaje.

Lo extraño del caso es que con todos estos datos, y con la técnica exquisita del argentino, no haya integrado la terna para ser elegido como mejor jugador del mundo para los premios “The Best” que organiza la FIFA, por detrás de Luka Modric, Cristiano Ronaldo y Mohammed Salah.

Fue la primera vez desde 2006, que Messi no figura en la terna que opta al mejor jugador del mundo, lo que parece estar más emparentado con la performance de sus equipos (en este caso, Barcelona y la selección argentina) que con sus propios números o rendimientos en ambos casos.

Con el Barcelona, el hecho de no haber tenido suerte en la pasada Champions, ha sido tan importante como el muy flojo Mundial de Rusia por parte de la selección argentina pero…¿se trata de un premio individual o colectivo? ¿Entonces Hazard, por ejemplo, necesita ganar un título con el Chelsea o con la selección belga para poder optar al premio al mejor jugador? ¿Esto significa que en este tiempo que abarcó la votación de los especialistas, Salah o Modric jugaron mejor que Messi, en lo individual?

Todas estas preguntas y muchas otras parecen haberse potenciado luego de la producción de Messi en Wembley ante el Tottenham, donde dio muestras de que su talento sigue intacto y que, acaso, siga siendo más un atleta que un futbolista en el sentido de la superación porque Messi parece sólo competir para superarse a sí mismo (más aún ahora que Cristiano Ronaldo, su mayor competencia en términos individuales, se marchó a otra liga, la italiana).

En este punto, habrá quien sostenga que este Messi versión 2018 pueda ser inferior, o distinto, o menos estético, o con menos minutos con el balón en sus pies respecto del Messi mucho más joven de los inicios de su carrera. O que no pudo conseguir un título mundial con su selección,. Como si eso fuera posible en un ambiente de tamaña desorganización y mala preparación general del equipo argentino.

Pero habrá otros, también, que puedan sostener que este Messi es mucho más sabio, más colectivo, con menos necesidad de brillar que aquel, y que, por tanto, arriesga menos su físico, necesita menos de su velocidad física para ir a la velocidad de la mente.

Lo que parece mucho más complicado es que en este tiempo hayan aparecido jugadores que hayan podido superar técnicamente a Messi. Se trata de grandes jugadores, de primer nivel, con una temporada espléndida como Modric, Salah, Hazard o Cristiano Ronaldo, pero se trata de cracks, o incluso de super cracks…contra un genio que en más de mil partidos jugados en su carrera, tiene un promedio de gol de 0.90 por partido. Casi la perfección.

De allí que los premios The Best han sido puestos en duda en tan solo noventa minutos, en los que Messi demostró, en la Catedral del fútbol, por qué sigue siendo el mejor…aunque se trate de un rey sin corona (por ahora).




jueves, 4 de octubre de 2018

El día que el Barcelona decidió fichar a Messi (Infobae)





“¿Quién es ese? ¿Es el argentino del que me hablaron?”,  preguntó Carles Rexach, quien había llegado a paso lento, mirando a “Tarzán” Migueli y a Rifé, dos de los entrenadores de la cantera. Messi gambeteaba a velocidad, chiquito como era, y ante un rival de mayor edad.  Era el último día posible para decidir si ficharlo o no para el Fútbol Club Barcelona, porque la familia llevaba quince días en la ciudad catalana y no llegaba una definición.

“¡Collons, l’hem de fitxar ara mateix!” (Joder, lo tenemos que fichar ahora mismo!), alcanzó a decirle Rexach, adjunto a la presidencia del club y secretario técnico, a sus colaboradores. “Estuvo 15 días pero sobraron 14…si hubiera pasado un marciano por ahí, también se habría dado cuenta de que era muy especial”, recordó con el paso del tiempo sobre aquél día en el que Messi, con apenas 13 años, se convirtió en jugador del Barcelona. Fue un 2 de octubre de 2000, hace exactamente dieciocho años.

Unos meses antes, “La Pulga” se había ido a probar a River Plate en las canchas auxiliares del Monumental y aunque quedó (coincidió con Gonzalo Higuaín), el ex jugador Federico Vairo (ya fallecido), supervisor en ese entrenamiento, relató al periodista Guillem Balagué para su libro “Messi” que él insistió ante la subcomisión de fútbol y dijo que este chico era una mezcla de Sívori y Maradona pero le respondieron que en River se probaba tanta gente que si perdían a ese chico no iba a haber problemas. “Creo que el asunto venía porque un grupo de ex jugadores de River tenía muchos intereses en el club Renato Cesarini, de Santa Fe. Ellos colocaban muchos jugadores y Messi no quedó por ese problema”, recalcó Vairo.

En verdad, Jorge Messi había llevado a Lionel a River para medir fuerzas con el club con el que tenía ficha de federado, Newell’s Old Boys, porque le costaba cada vez más cobrar los 900 pesos de su tratamiento. A veces le daban 400, y muchas veces, nada, y estaba cansado de insistir sin respuesta. Enterado de esto, el dirigente Almirón, encargado del baby fútbol del club rosarino en el complejo Malvinas, se acercó a la casa de los Messi acompañado por un DT y le prometió ayuda económica para el tratamiento que debía realizar para su crecimiento pero ésta empezó a decaer y pocas veces se cumplía.

Sumado a la crisis que vivía el país en 2000, Jorge empezó a hablar con su esposa  Celia de la posibilidad de emigrar y aceptar alguna oferta de quien pudiera hacerse cargo del tratamiento. Se recibió una oferta del Como, pero nunca se materializó la prueba. Una semana antes, tras la prueba en River, unos intermediarios relacionados con el muy prestigioso agente catalán Josep María Mingella, cercanos al Barcelona le dejaron a Jorge una tarjeta de presentación con un teléfono, y decidió llamarlos.

Messi llegó a Barcelona junto con su padre el 18 de septiembre de 2000, gracias a la mediación del reconocido agente de futbolistas Josep María Minguella (quien había participado en el pase de Diego Maradona al Barcelona en 1982) con el presidente del club catalán, Joan Gaspart. 

En el aeropuerto de El Prat, ese lunes al mediodía, los esperaba Juan Mateo, quien trabajaba en las oficinas del representante, y quien los condujo primero a la habitación 546 del Hotel Plaza, en la coqueta zona de Plaza España (cuya paga estuvo a cargo del propio Minguella), y luego se dirigieron a las oficinas. En el ascensor se encontraron con Txiki Begiristain, un ex jugador del Barcelona de Cruyff en los noventa y que años más tarde sería el director deportivo, y cuando alguien le dijo que ese chico que subía con él era argentino, le acarició la cabeza y afirmó “ha de ser bueno porque es pequeñito”.

Allí, en las oficinas de Minguella, Joaquín Rifé, uno de los entrenadores de la cantera, le dijo a Jorge Messi que querían ver a su hijo ese mismo día, a las 18, en el entrenamiento.

Mientras esto ocurría con Messi, todo el barcelonismo estaba centrado en   Estambul, donde se encontraba el Barcelona de Lorenzo Serra Ferrer para debutar en la Champions League ante el Besiktas, con la posibilidad de que Iván de la Peña regresara a la titularidad, en una época de crisis, (venía de perder 3-1 en San Mamés ante el Athletic por la Liga). Gaspart había quedado como presidente del club tras casi un cuarto de siglo con Josep LLuis Nuñez en el cargo.

Debido a los informes de Minguella, todos los entrenadores que tomaban decisiones en la cantera del Barcelona sabían más o menos quién era Messi, un chico que venía a probarse desde la Argentina, algo poco habitual en ese tiempo.

Rodolfo Borell, otro DT del fútbol base (ahora director de la Academia del Liverpool), que fue el primer DT de Messi en el Barca porque estaba en el Infantil A,  recordó que tuvo en su oficina las fotocopias de un artículo de un diario argentino que hablaba de Messi. “Fue la primera vez en mi vida que conocí la palabra “gambeta” y la palabra “enganche”, muy argentinas”. Borrell dirigía un equipo histórico, el de la generación de 1987 de Cesc Fábregas, Gerard Piqué, Marc Pedraza, Marc Valiente, Víctor Vázquez, Toni Calvo, Sito Riera y Rafael Blázquez, entre otros.

“La mayoría de quienes nos dedicábamos a esto –recuerda Minguella- no estábamos negociando ni tratando con jugadores tan jóvenes. Por ejemplo, yo entré en contacto con Pep Guardiola, o él conmigo, cuando éste tenía 20 años, en el momento en que pasó al primer equipo. Toda esta mecánica que hay ahora con jugadores de 12, 13 ó 14 años, antes no existía. Así que, cuando nuestros contactos en la Argentina nos hablaron de un chico que era diferente y no sé qué…mi primera reacción fue casi la de pensar, bueno, ¿y qué haremos ahora con un chaval de esta edad? Yo, de entrada, dudo de este tipo de cosas, pero insistieron tanto que lo tomé como algo más en serio. Al final me hicieron llegar un video y sí…me pareció que era algo distinto. Al cabo de unos meses, lo hablé con el presidente Joan Gaspart, con Anton Parera (director deportivo del club) y con Charly Rexach (DT y asesor del presidente)”.

Rexach cuenta su propia historia en el caso: “Un día, jugando al tenis, Minguella me contó que había un tío que era un fenómeno…algo parecido a Maradona. Pero como eso lo había oído tantas veces…Luego me dijo que estaba en la Argentina. Yo pensé ‘Ah, un chico de dieciocho, diecinueve años” y me dijo que tenía doce. Y exclamé “¿tú estás loco o qué?’ Aquí hay un funcionamiento. Si a mí me dicen que hay alguien en Zaragoza que es un fenómeno yo pregunto quién es, dónde juega, y dónde tengo que ir a verlo y envío a dos o tres personas para que lo estudien y si entonces uno me dice que sí y otro que no, ya voy yo y desempato, pero si me dicen que hay un chico de doce o trece años y es tan pequeño y viene de tan lejos…envíamelo aquí, lo tenemos 15 días, que lo vean los técnicos del fútbol base con tranquilidad. Y aunque en los primeros días pueda estar un poco nervioso, lo superará…”.

Ese lunes estaban los responsables del fútbol base (Rifé, Quique Costas y Asensi), los entrenadores Borrell, Albert Benaigues, Xavi Llorens, en los campos de entrenamiento 2 y 3 pegados al miniestadi, uno de césped sintético y otro de tierra. No era necesaria la presencia de Rexach, que había dado la indicación de que lo observaran, y se encontraba en Sydney ojeando jugadores jóvenes en los Juegos Olímpicos, con la idea de llevarlos al primer equipo.

Messi se cambió, reservadamente, en un costado. Había comenzado a cambiarse fuera del vestuario pero terminó adentro, y apenas se le escuchó el saludo. Desde lejos, los chicos de su generación que ya estaban por salir al entrenamiento, lo notaban muy chiquito y uno de los tantos que se acercaban para ser probados, como ocurría con frecuencia, aunque no tantos extranjeros. En un momento, Borrell se les acercó para pedirles que tuvieran cuidado, que no fueran a lesionarlo.

Un ayudante de Borrell vio cómo Messi se ponía vendas en los tobillos y preguntó si estaba lesionado. “No, en la Argentina se usan, es una tradición para prevenir esguinces”, respondió Borrell.

Cesc Fábregas, hoy volante del Chelsea, recuerda aquellos días: “Llevaba un pelo larguito. Hablaba un argentino fino, bajito, apenas se le oía. De hecho, apenas hablaba. Y era un fideo. Pensamos “este tío, básicamente, es tonto”….y comenzaron las bromas del grupo. “Este tío es un enano”, pero Messi no decía nada. Le llegaba a la cintura a Piqué. Jorge Messi estaba en las tribunas. Empezaron a calentar con pelota y ahí, ya notaron que al chiquito no se le caía haciendo jueguito. “Ahí nos dimos cuenta de que era diferente a todos los nenes que se venían a probar”, y ni qué hablar cuando Borrell ordenó un uno contra uno. Ahí, Messi la rompió. Cesc recuerda que pasó un ridículo con él “y eso que  yo, de pequeño, tenía un don especial en el uno contra uno y robaba balones con mucha facilidad pero me lo hizo varias veces”. Sin embargo, no hubo una definición sobre su futuro.

En los días siguientes pudo ver en el Camp Nou un Barcelona 3 Racing 1, con dos goles de Kluivert y el restante de Overmars.. También quiso entrar, junto con su padre, a ver al Barcelona contra el Milan por la Champions pero no consiguieron entradas (ganaron los italianos 0-2).

Messi seguía yendo a los entrenamientos. Tomaba el metro verde en la estación “Plaza España” (desde su habitación se podía observar la fuente del Montjuic, la Feria de Barcelona y las dos torres) y viajaba apenas cuatro estaciones hasta “Les Corts”. La mayor parte del turno la realizaba con el Infantil A y al final lo mandaban al Infantil B, siempre observado por Jorge apoyado en la valla que separaba los dos campos. Un día llegó a meter cinco goles. Otro día, seis, pero su padre no tenía en claro si su hijo iba bien o no. Un amigo de Minguella le propuso cambiar goles por regalos como una mochila o botines de fútbol que le gustaran, y Leo aceptó el desafío. Pasada la primera semana se acercó Migueli, que había jugado con Maradona, y dijo que era “lo más parecido a Diego”. Pero Jorge empezó a impacientarse.

Esperaban la decisión de Rifé y éste, el regreso de Rexach desde Sydney. Para Jorge, eran ya varios días sin escuela y se dieron un plazo de una semana más y si no, regresaban a Rosario. Iban ocho días de estadía. En el club le dijeron que el lunes 2 de octubre, Rexach estaría de regreso.

Efectivamente, al volver de Australia pidió que a Messi lo pusieran en un equipo de más edad, en el juvenil, dos años mayor que él. “Quiero ver cómo se desenvuelve con chicos más grandes”, dijo en aquél momento, y recuerda que “entré en el asunto para desempatar porque si los de abajo hubieran dicho directamente “lo fichamos”, no habría hecho falta que me implicara yo”. Habían pasado dos semanas desde la llegada de los Messi desde Rosario y ya habían pautado regresar al día siguiente. Organizaron, entonces, para verlo, un partido entre Infantil A y Cadetes.

La prueba se realizó ese lunes en la cancha de césped sintético 3, frente al miniestadi, al lado del Camp Nou (Messi había practicado en esa y en la 2, de tierra, en los días anteriores). Fue a las 18 horas. Pero cuando comenzó el partido, aunque se encontraban Rifé, Costas, Llorens, Benaigues y Borrell, Rexach no aparecía, demorado en una comida. A los pocos minutos, subió por las escaleras de acceso a la cancha. “Hice lo típico, me paraba cuando él tomaba la pelota, caminaba un poco…”. Ingresó por la puerta, pasó delante del banderín del córner, cruzó por detrás del arco. “Era fácil de localizar porque era pequeñito”, recuerda.

Justo Messi agarró la pelota y se puso a gambetear a cuanto rival le salía por el camino, y definió. Fue el único gol de su equipo, que perdió 2-1. Rexach llegó al banco de suplentes, y se sumó al resto de los entrenadores. “Tardé siete u ocho minutos en completar el recorrido” y dos minutos más tarde abandonó la cancha y se fue por donde había venido.

Jorge Messi, que estaba en la tribuna, pensó entonces que con apenas diez minutos luego de tantos días de espera, Rexach no le había dado importancia al asunto. Al terminar el partido, Messi no dijo nada, siempre callado.

“¿Para eso me esperaron dos semanas?”- recriminó Rexach a los entrenadores. “Este chico se ficha solo, no me necesitaban”, completó, y se fue.

Charly Rexach llegó al Barcelona con 12 años y se mantiene por cuatro décadas. Tiene una columna en el diario “Mundo Deportivo” de Barcelona que se llama “Correr es de cobardes”. Fue el compadre de Johan Cruyff en el equipo de los años setenta que cambió la mentalidad del club. Fue jugador, asistente de Cruyff, DT, secretario técnico y mano derecha del presidente.

Dice que no hizo ningún informe sobre Messi, ni faltaba más. “Sólo les dije lo bueno que era”. Es el día de hoy que Jorge cree que si su hijo juega en el Barcelona es por insistencia de Rexach y por la firme decisión suya y de Leo de quedarse a vivir en Barcelona.

“A veces me da vergüenza oir, como oigo, que soy el descubridor de Messi. No es que me enfade, pero pienso ‘joder, toda la vida jugando al fútbol y ahora me recuerdan por descubrir a Messi cuando ya he dicho muchas veces que Messi se descubre solo”, insiste Rexach, que hasta se lo llegó a comentar a Jorge cuando se conocieron personalmente años más tarde, y de casualidad, en la final de la Champions de Wembley. “Qué valor el del chico, qué valor el vuestro, sobre todo el del chico. Qué cojones le puso dejando su país. El triunfo de Messi es exclusivamente suyo”.
Jorge y Leo volvieron a la Argentina al día siguiente. “No os preocupéis, os solucionamos todo y volveis cuando empiece la temporada, o antes”, les dijo entonces Rexach, ya apuntando a un regreso para radicarse definitivamente, como muy tarde, en agosto de 2001.

Pese a todo, persistían algunas contras: a Leo lo veían muy bajito, era extranjero y no podía participar en competencias nacionales, había que buscarle un trabajo al padre para justificarse ante la FIFA, había que pagar un contrato muy alto para un infantil, en tiempos en los que no era habitual hacerlo, y la prioridad estaba en el primer equipo, que no funcionaba.

“De verdad crees que vale la pena, Charly?”, le preguntó a Rexach, días después, Gaspart, en su despacho, influido por algunos dirigentes que no lo tenían tan claro. La apuesta era muy fuerte.

“Charly me dijo que no lo podíamos dejar escapar y era adjunto al presidente, mi hombre de confianza, y un tipo que sabe ver el fútbol muy muy bien. Así que le dije “Esto es muy sencillo, lo que tú digas”. Y él me contestó “¿Pero tú estás de acuerdo en que se le organice una situación de alojamiento especial?” y yo le pregunté “¿tú crees que es un fuera de serie?” “Sí” “Pues, adelante”, rememora Gaspart.

Pasaron dos meses del regreso de los Messi a Rosario y el Barcelona no aparecía. Entonces comenzaron a considerar opciones del Milan, Atlético Madrid y hasta Jorge Valdano, director del Real Madrid, llamaba asiduamente.

El 14 de diciembre, Minguella le ofreció jugar un dobles a Rexach en el Club Pompeya de tenis que él regentea. Se sumó Horacio Gaggioli, de su despacho, y cicerone de esos días de octubre de los Messi. En un descanso, Minguella le dijo “Creo que no podemos dejar a esa familia sin una respuesta. No puede pasar de hoy. Tú eres el director deportivo del club. Te tienes que comprometer con la contratación de Leo, hoy. Si no, déjalo, no pasa nada, tú sigues tu camino, nosotros el nuestro, y ya está. Habría que firmar algo concreto porque  le vamos diciendo a la familia que va todo bien, pero no tenemos nada concreto”.

“A ver, dame un papel”, dijo entonces Rexach. Vino un camarero con una birome, pero no había papel y la oficina del club estaba cerrada. Entonces tomaron una servilleta de esas de las cajas de metal, de las mesas. “Para que veas que la cosa va en serio”, y anotó a mano: “En Barcelona, a 14 de diciembre de 2000 y en presencia de los señores Minguella y Horacio, Carles Rexach, secretario técnico del FCB se compromete, bajo su responsabilidad y a pesar de algunas opiniones en contra, a fichar a Lionel Messi siempre y cuando se mantengan las condiciones acordadas”.

Gaggioli protocolizaría ante notario la servilleta y la guardaría en una caja fuerte. Para Rexach, es un papel sin importancia. Para el Barcelona, uno de los documentos más trascendentes de su historia moderna, pero que los Messi nunca vieron. Las condiciones eran una casa para la familia, el importe del viaje desde la Argentina y un trabajo para Jorge, que debía dejar Acindar (y por lo de FIFA, que no aceptaba la contratación de menores de 18 sin que los acompañara uno de sus progenitores) y que Messi viviera con sus padres y no en La Masía, algo novedoso.













lunes, 1 de octubre de 2018

Los sub-40 del fútbol argentino: las causas de la vigencia de tantos veteranos en la máxima categoría (Infobae)




Nada menos que el 21,79 por ciento de los 668 jugadores que participan en los 26 equipos de la Superliga argentina supera los 30 años, acaso todo un indicador de cómo cambiaron los tiempos desde que hace varias décadas los tangos exaltaban al “purrete” que soñaba con jugar en Primera y a un fútbol esencialmente joven y prometedor.

Si el tango “El Sueño del Pibe”, de Francisco Canaro, un joven ilusionado le prometía a la madre que jugará en Primera y que será como los cracks de entonces, Emilio Baldonedo, Rinaldo Martino o un Mario Boyé, en 1945, hoy los tiempos cambiaron y la mayor proyección de cualquier chico es llegar a tierras europeas y triunfar con las camisetas que puede ver por la TV disputando la Champions League.



Acaso sea por eso que en la Superliga, el porcentaje de jugadores en la edad central, entre los 24 y los 30 años, no pase del 43,68 por ciento del total sumando todos los planteles y que de los 82 extranjeros contratados, el promedio de edad sea menor que el de los nacionales (25,13 contra 26,80), seguramente por la necesidad de reemplazar a la inmensa cantidad de emigrantes argentinos, que en su plenitud emigran hacia los diversos destinos del planeta.

¿Cuál es la causa por la que 36 jugadores mayores de 35 años siguen participando en el máximo nivel profesional del fútbol argentino? Uno de ellos, sin dudas, está relacionado con los progresos en los cuidados y la preparación física, o la consecuencia de una vida metódica respecto a la práctica del fútbol, pero también aparecen otras cuestiones que pesan desde lo psicológico como la madurez o el hecho de que los entrenadores pueden equilibrar planteles repletos de jóvenes debido a las permanentes transferencias de jugadores.

Tampoco parece casualidad que los jugadores más veteranos ocupen puestos en la medular de sus equipos. Abundan los arqueros (cinco de ellos tienen 38 años o más), los marcadores centrales, los volantes centrales y los goleadores, esto significa que juegan en posiciones mucho más centrales que laterales, que son las que requieren mayor velocidad.

El puesto de arquero es el más factible de permanencia porque requiere de menos constancia en el despliegue (salvo escasos partidos en los que puede haber peloteos y dominio sostenido de un equipo sobre otro), y habitualmente, la mayoría de los equipos suele jugar en este tiempo con doble volante central, lo que permite que uno de ellos pueda utilizar su mayor experiencia para una mejor colocación o para correr mejor la cancha (como es el caso de Rodrigo Braña o Pablo Guiñazú) o elegir mejor al receptor en base a su técnica de pase (Leonardo Ponzio) o para la ubicación en la jugada (Juan Mercier).



En el ataque, además, abundan los goleadores. Salvo Mariano González (Colón) (37), más acostumbrado a la banda, o el despliegue de Pablo Lugüercio (36) (Estudiantes) o de Fernando Tellechea (36) (Aldosivi), en el resto de los casos, se trata de jugadores emparentados con la definición, como Mariano Pavone (36) (Estudiantes), el uruguayo Santiago Silva (37) (Gimnasia), Mauro Matos (36) (Atlético Tucumán), o Carlos “Chino” Luna (36) (Tigre).

Podrían armarse dos equipos completos con jugadores mayores de 35 años:
 Uno, compuesto por Mauricio Caranta (Talleres de Córdoba) (40); Fabián Cubero (Vélez Sársfield) (39), Javier Gandolfi (Talleres) (37), Fabricio Coloccini (San Lorenzo) (36), Clemente Rodríguez (Colón de Santa Fe) (37); Juan Mercier (Atlético Tucumán) (38), Pablo Guiñazú (Talleres) (40), Adrián Bastía (Colón) (39), Patricio Toranzo (Huracán) (36);  Santiago Silva (Gimnasia) (37), Mariano González (Colón) (37).

Otro, con Cristian Lucchetti (Atlético Tucumán) (40);  Carlos Araujo (Huracán) (36), Federico Mancinelli (Huracán) (36), Javier Pinola (River Plate) (35), Lucas Licht (Gimnasia) (37); Leonardo Ponzio (River) (36), Rodrigo Braña (Estudiantes) (39), Marcos Gelabert (San Martín de San Juan) (36), Israel Damonte (Huracán) (36); Mariano Pavone (Estudiantes) (36),  Carlos Luna (Tigre) (36).

Se puede agregar a los arqueros Sebastián Bértoli (Patronato) (40), Nereo Fernández (Unión) (39), Sebastián Torrico (San Lorenzo) (38) y Luis Ardente (San Martín de San Juan) (37), los defensores Juan Quiroga (Belgrano de Córdoba) (36) y Facundo Oreja (Gimnasia) (36), y los mencionados delanteros Pablo Lugüercio (Estudiantes) (36), Mauro Matos (Atlético Tucumán) (36) y Fernando Tellechea (Aldosivi) (36).

Puede observarse también que los planteles de los clubes más poderosos suelen tener escasa cantidad de jugadores en las edades más altas, aunque puedan conservar grupos homogéneos en edad. River sólo cuenta con Ponzio entre los mayores de 35 años, mientras que ni Boca, ni Racing ni Independiente cuentan con jugadores de edades tan avanzadas.


Si River es el segundo equipo en promedio de edad (29,1), sólo detrás de Patronato de Entre Ríos (29,2), los más jóvenes son Argentinos Juniors y Godoy Cruz de Mendoza (24,5).

Otro hecho para destacar es que la mayoría de los jugadores más veteranos regresó del exterior para finalizar sus carreras en la Argentina, lo que se considera como un “segundo amateurismo”, porque en la mayoría de los casos, se trata de carreras ya consolidadas y situaciones económicas más acomodadas.

En estos casos, logran adaptarse al fútbol actual debido a que si bien en estos años se acentuaron los trabajos tácticos en los equipos, no ocurrió lo mismo con la técnica individual, que les permite sacar una ventaja que reemplaza, muchas veces, el despliegue en tiempos en los que abundan las estadísticas de kilómetros recorridos por partido o la TV muestra los mapas de calor.


En tiempos en los que los planteles duran. En el mejor de los casos, dos temporadas, y lo mismo sucede con los directores técnicos, los jugadores veteranos se fueron transformando en referentes dentro y fuera de la cancha, como guías de los más jóvenes y como fuentes de consulta ante temas personales y sindicales.
Sin dudas, los tiempos de los futbolistas profesionales se van estirando.



Una semana decisiva para los grandes del fútbol argentino (Jornada)





Eliminados ya Racing Club y San Lorenzo de Almagro de las competencias internacionales, Boca Juniors, River Plate e Independiente, otros tres grandes del fútbol argentino, se juegan su futuro en sus partidos de vuelta de los cuartos de final de la Copa Libertadores esta misma semana, la más importante de la temporada, hasta el momento.

River e Independiente deben enfrentarse este martes en el Monumental tras el aceptable 0-0 en la ida en Avellaneda, en el que los “Millonarios” mantuvieron un equilibrio y dejaron una mejor imagen, plantándose por muchos omentos en campo rival con varios jugadores, mientras que su arquero Franco Armani volvió a aparecer en los momentos claves, como cuando tapó de manera espectacular un remate al gol de Emmanuel Gigliotti, aunque también contó con el azar necesario por sendos remates en los caños.

Durante las últimas horas aparecieron rumores por los que el director técnico de Independiente, Ariel Holan, estaría estudiando la posibilidad de implementar en la revancha del martes una defensa con cinco jugadores, algo que no parece lo más recomendable en un partido tan decisivo cuando no se utilizó este esquema y al menos en el discurso, se sostuvo siempre una mentalidad ofensiva.

De todos modos, uno de los máximos ídolos de la historia de Independiente, Ricardo Bochini, sostuvo, contrariamente a la corriente de opinión acerca de que los rojos jugaron un gran partido en la ida ante River, que no se quedó satisfecho y que a su criterio (con el que coincidimos) tanto Martín Benítez como Ezequiel Cerutti debieron salir de entrada en el equipo titular.

River, a diferencia de Independiente, llega con una enorme seguridad en su juego y con el estado de ánimo en alza tras la gran victoria de hace ocho días en la Bombonera ante Boca, y con un empate que parece redituable en la ida en Avellaneda.

Es interesante destacar que en tiempos de reglamentos que favorecen los goles en condición de visitante, el director técnico de River, Marcelo Gallardo, sigue apostando al sistema de “media inglesa”, en el que un empate a domicilio pasa a ser un muy buen resultado, aunque no se haya podido convertir goles. Eso ya consiguió en sus dos visitas a Avellaneda por esta Copa Libertadores ante Racing en octavos de final y ante Independiente en cuartos, y ya lo había conseguido ante Boca en anteriores competiciones sudamericanas.

River suele sacar su carácter como local, empujado por su público, mientras que para Independiente, campeón de la anterior Copa Sudamericana, el clásico del martes representa una prueba fundamental con la ira al futuro de un plantel muy joven, cuyo gran objetivo es recuperar el protagonismo en la Copa Libertadores, la que el club ganó más veces que nadie en la historia (siete).

Ese mismo día, y en un compromiso que parece ya muy complicado, Atlético Tucumán buscará revertir el 0-2 de la ida como local ante el vigente campeón de la Copa Libertadores, Gremio de Porto Alegre, aunque la suerte parece echada, salvo un milagro o que el equipo de Ricardo Zielinski pueda concretar un partido perfecto.

Por su parte, Boca viaja a Belo Horizonte para disputar el jueves su partido de vuelta ante Cruzeiro, ahora con cierta tranquilidad o con la mochila mucho más liviana en lo anímico tras una durísima semana en la que tambaleó como nunca durante todo su ciclo el director técnico Guillermo Barros Schelotto luego de sus derrotas ante River por la Superliga y ante Gimnasia y Esgrima La Plata, en el último minuto, por los octavos de final de la Copa Argentina.

Todavía resuenan en el contexto de Boca, más allá de su buena ventaja de 2-0 en la ida ante Cruzeiro en la Bombonera, la jugada que provocó la lesión y la baja de su arquero Esteban Andrada que atravesaba un gran momento, al chocar con Dedé, quien fue injustamente expulsado y luego, suspendido por la Conmebol, aunque esto generó que el club brasileño apelara la sanción apoyado por todo el establishment futbolero de su país, con la idea de difundir una supuesta animosidad de la entidad sudamericana hacia el fútbol de este país porque la CBF votó por Marruecos para la candidatura como sede del Mundial 2026 cuando todas las federaciones del continente habían acordado hacerlo por los norteamericanos Canadá, Estados Unidos y México.

La fuerza política de esta apelación fue tan fuerte que la Conmebol cedió y Dedé estará en la revancha a la que ahora Boca llega con una cierta recuperación tras el buen triunfo de anoche en la Bombonera ante Colón de Santa Fe, que le permite seguir en la Superliga a seis puntos del líder, Racing, al que debe enfrentar por la próxima fecha en dos semanas, cuando regrese el torneo tras la interrupción por la fecha FIFA de selecciones nacionales.

Boca salió a jugar ante Colón en una cancha pesada por la lluvia caída en Buenos Aires con una mezcla de titulares y suplentes, y no pareció la mejor idea la de que Agustín Rossi atajara cuando no cuenta con otro arquero con experiencia, en el caso de una lesión, para ir a Brasil el jueves, por lo que se encuentra a la búsqueda de otro para los próximos días, pero pudo resolver el partido gracias a la velocidad y habilidad del colombiano Sebastián Villa, que parece demasiado importante como para ingresar en un equipo suplente.

El triunfo ante Colón (3-1) sirve más como cambio de chip en lo anímico que por lo futbolístico, porque Boca sigue sin jugar bien y en cambio, los atacantes le resuelven las enormes carencias colectivas, especialmente la descoordinación entre los marcadores centrales, la escasa efectividad de sus laterales en ataque, y su extraña postura de contraataque como local.

En Brasil, ante Cruzeiro, Boca deberá analizar cuál es el sistema que más le convendrá para utilizar en un campo grande, y cuando se juega mucho más que su clasificación a semifinales. Acaso se dilucide la continuidad de Baros Schelotto.

River, a diferencia de Boca, viene en alza con sus rendimientos, y la goleada como visitante a Lanús (1-5) con varios suplentes, ratifica este muy buen momento de los dirigidos por Gallardo.

Con Racing puntero en la Superliga y ya despojado de la traumática eliminación ante River en los octavos de final de la Copa Libertadores, y con San Lorenzo buscando reinventarse tras su dura caída ante Nacional de Montevideo en una floja Copa Sudamericana, Boca, River e Independiente comienzan a prepararse para una semana trascendente, en la que se juegan su futuro.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Los primeros efectos de una Liga sin Cristiano (Yahoo)




Thibaut Courtois, Marcelo, Sergio Ramos, Raphael Varane y Luka Modric regresaron de la gala de The Best en Londres y a la mañana siguiente, en el predio del Real Madrid en el entrenamiento de Valdebebas, posaron para una foto con los trofeos conseguidos,  que luego publicaron en las redes sociales, y en la que se hizo referencia a la “familia blanca”.

No fue, en absoluto, una casualidad. En su dirección de Twitter, Sergio Ramos, uno de los jugadores con mayor ascendiente en la plantilla del Real Madrid, respondía así a Cristiano Ronaldo, quien días antes había hecho alusión a la “familia bianconera” de la Juventus, dando a entender que ahora sí formaba parte de un grupo unido, de una estructura de la que se desprendía un afecto mayor.

Tal vez este duelo de mensajes por Twitter simbolice mucho más que eso mismo. La salida de un jugador notable como Cristiano Ronaldo del Real Madrid, luego de nueve temporadas, en la que no sólo consiguió con el club todos los títulos posibles sino que su carrera dio un salto definitivo de calidad, parece ir significando un notable cambio en todas las estructuras.

Desde el punto de vista general, la Liga Española perdió a su principal duelo individual. Y esto no es sólo una cuestión de nombres. El efecto no lo sintió solo el Real Madrid, su ex club, sino que tuvo repercusión incluso en su principal rival, el Barcelona, y en los equipos de la élite de la competencia, que psicológicamente comenzaron a sentir que ahora las chances de ganarle a los blancos era mayor y que aquella amenaza de la máquina de hacer goles que es el portugués había quedado atrás.

Hasta cierto porcentaje de una persistente abulia del Barcelona puede deberse a la ausencia de Cristiano Ronaldo, al sentirse ahora como muy probable ganador de la Liga con solo apretador el acelerador, lo cual puede generar que cualquier equipo, por más estrellas que tenga en su plantilla, acabe durmiéndose en los laureles.

Y si Lionel Messi suele competir mucho más consigo mismo que con los rivales, por lo que muchas veces parece más un atleta que un futbolista, la ausencia de Cristiano Ronaldo para determinar el Pichichi de la temporada, sin dudas representa un vacío de competitividad de cada jornada que necesita urgentemente de un revulsivo, de un reemplazo por otro jugador que pueda tener alguna chance de opacarlo.

No es que por esto Messi va a dejar de marcar goles, enojarse con los árbitros si siente la existencia de alguna injusticia (como le ocurrió el sábado en el Camp Nou ante el Athletic de Bilbao), o buscar la perfección en cualquier libre directo cerca del área rival. Pero nunca es lo mismo salir a jugar un partido sabiendo que horas antes Cristiano Ronaldo marcó cuatro goles, que no necesitándolo más.

La competencia entre Messi y Cristiano Ronaldo ha sido tan apasionante (aún continúa en la Champions League no sólo en la temporada sino en los números históricos en el torneo europeo), que fue ésta la encargada de que en la última década pudiera ponerse en jaque por una vez a la Premier League inglesa como la mejor del mundo teniendo a dos cracks semejantes en otro campeonato nacional.

Uno necesitó siempre del otro para seguir un camino sin límites conocidos hacia la superación, pero eso mismo comienza a notarse ahora, con el fin de esta etapa.

Desde lo estrictamente futbolístico, este Real Madrid es un equipo, ahora, mucho más horizontal. La llegada de Julen Lopetegui acentuó este juego que necesita ahora más toques de balón, una mayor administración, pero al mismo tiempo, si bien hay menos llegadas a la portería adversaria, tampoco depende tanto de lo que defina el portugués.

Ramos, creemos que sin una doble intención, también fue el encargado de manifestar el notable cambio táctico que significó la salida de Cristiano Ronaldo, al señalar que ya no se depende tanto de sus goles y que ahora el juego es más colectivo, y no se genera toda una jugada buscando casi siempre el mismo destinatario final.

Así es que observamos ya varios partidos en el que el Real Madrid puede tener fases importantes de dominio en el campo rival, si se trata de equipos menores, o alternadas si los que están enfrente tienen un poderío mayor, pero ya depende mucho más de sus individualidades, de que tengan un buen día, de que funcione la creación, o que los contragolpes pasen por la velocidad de Gareth Bale, pero no existe más esa certeza de que Cristiano puede marcar en cualquier momento.

Esto pudo notarse especialmente ante dos equipos fuertes y consecutivos como el Sevilla en el Sánchez Pizjuán o el Atlético Madrid en el Santiago Bernabeu. En ninguno de los dos, el Real Madrid pudo marcar, ya sea cuando fue dominado tácticamente y con  el balón, en Andalucía, o cuando tuvo momentos en los que se acercó a Jan Oblak en el derbi madrileño.

La sensación, a partir de un Barcelona con muchas dudas, pocas ideas ofensivas, desaprovechamiento de una gran plantilla y una gran abulia, es que si el Atlético Madrid y un gran Sevilla logran mantener continuidad en esta temporada, la Liga Española acaso pueda dar un vuelco que le permita cobrar una fuerza que signifique un salto.

Los efectos de la salida de Cristiano Ronaldo recién comienzan a ser perceptibles y queda mucho por recorrer.

lunes, 24 de septiembre de 2018

La abismal diferencia entre un equipo y la suma de once jugadores (Jornada)





River Plate se acostumbró, en estos tiempos de Marcelo Gallardo como director técnico, a ganarle a Boca Juniors, y otra vez lo consiguió ayer en la Bombonera y con mucha claridad más allá de polémicas que siempre surgen, un cabezazo de Carlos Izquierdoz que terminó con la pelota en el travesaño o la gran actuación de Franco Armani.

En el balance final, aunque el director técnico de Boca, Guillermo Barros Schelotto, pueda declarar, de forma tribunera, que “no nos superaron tácticamente”, es claro que ocurrió todo lo contrario por una sencilla razón: River es un equipo. Tiene un funcionamiento colectivo que puede tener una mejor o peor tarde, pero hay una base, una estructura que sostiene a cada una de las individualidades. El de Gallardo es un conjunto.

En cambio, Boca son momentos. Es de un rendimiento espasmódico que obedece a cómo se encuentren sus individualidades. Depende de que Cristian Pavón desborde, que Darío Benedetto recupere, por fin, su racha goleadora luego de meses de ausencia por lesión, o que el colombiano Wilmar Barrios quite pero encuentre a alguien libre (esto significa que alguien se acuerde de colocarse cerca) para poder pasar la pelota, o que los defensores emboquen su rechazo hacia un compañero y no al rival o, directamente, no le acierten al terreno de juego.

Boca, pese al bicampeonato nacional, sigue sin ser un equipo. Es la suma de individualidades, que acaso compongan el plantel más completo ya no sólo de la Argentina sino, acaso, de Sudamérica, pero si suele ocurrir que en los partidos importantes no ingresan los once adecuados de acuerdo con las circunstancias, los rivales y los rendimientos de los últimos tiempos, siempre acabará complicándose sin responsabilidad de lo que ocurra con su rival de turno.

Y vaya si River lo sabe y por eso, porque ya lo eliminó de las últimas copas internacionales y le ganó la final de la Supercopa argentina, volvió a encarar el Superclásico en la Bombonera, con todo el público en contra, como si fuera un partido de Copa, de esos en los que hay que jugarse el todo por el todo, con un invicto que ahora llega a los 29 partidos consecutivos.

Si se toman en cuenta las alineaciones, podría concluirse que ambos salieron con planteos similares (4-3-1-2). River, con Gonzalo Martínez, en un gran momento, detrás de Lucas Pratto y de Rafael Borré. Boca, con Carlos Tévez, apenas en una mínima levantada luego de meses de muy bajo rendimiento, por detrás de Darío Benedetto, con las limitaciones ya señaladas, y de Pavón.

La enorme diferencia no sólo estaba en los enlaces entre la línea de tres volantes y los delanteros de cada lado, sino también en los que jugaron detrás de los encargados de los ataques. Porque  no es para nada lo mismo que a Barrios lo acompañen un metedor pero confuso con la pelota Nahitán Nández, y un novato Agustín Almendra, que necesita muchos partidos para consolidarse y que por momentos hace recordar a la obsesión de los mellizos Barros Schelotto con Rodrigo Bentancur, ahora suplente en la Juventus, que los que acompañan a Leonardo Ponzio en el medio de River, Exequiel Palacios y Enzo Pérez, con otro peso específico y con mucho más juego.

Y menos que menos resisten, hoy, una comparación Leonardo Jara y Gonzalo Montiel, y acaso un poco más Emmanuel Mas y Milton Casco.

Entonces, pese a que la disposición inicial de los dos era parecida, y a que Boca salió con todo impulsado por su gente, ese dominio territorial duró exactamente cuatro minutos hasta que River se fue acomodando, desplegando a sus jugadores, y entonces lo del local pasó a depender exclusivamente de dos remates de media distancia de Benedetto (uno, sacado magistralmente por Armani) y algún desborde de Pavón, en la punta de Montiel, aunque sus centros no tenían consecuencias porque nunca tuvo coordinación con el resto.

En cambio, River siempre llevó más peligro a partir de su coherencia colectiva, al mucho mejor juego de Martínez que de un ausente Tévez, y así fue que a los 15 minutos, el Pity remató, de primera, un error defensivo de Boca de derecha a izquierda, y colocó la pelota abajo, lejos de Agustín Rossi, con un golazo digno de las mejores ligas.

Ni siquiera la inmediata lesión de Martínez cambió el partido porque Gallardo hizo ingresar al colombiano Juan Fernando Quinteros para la misma función.

Recién cerca del final del primer tiempo, Barros Schelotto se dio cuenta de que necesitaba un conductor como Edwin Cardona, pero al salir Jara, Nández tuvo que hacerse cargo absoluto de la banda derecha y Boca quedó con una línea de tres en el fondo, lo que parecía muy arriesgado, y pese a otro dominio parecido del inicio del complemento, todo se desvaneció por no tener demasiado sustento, mientras River decidía replegarse primero con Bruno Zuculini ingresando como “doble cinco” al lado de Ponzio, aunque luego, al ver que Boca no lograba llegar, Gallardo volvió a leer bien el partido y refrescó su ataque con Ignacio Scocco por Pratto.

Ya sólo con esto, al ex jugador de Newell’s Old Boys le bastó para matar con otro tremendo bombazo y ya el 0-2 pareció inapelable. Boca fue más con vergüenza a buscar decididamente el descuento en los minutos finales, cuando Carlos Izquierdoz ganó de arriba y su cabezazo acabó con la pelota en el travesaño, y enseguida Armani sacó otra, monumental, cuando otro remate de cabeza de Mas tenía destino de gol.

Todo esto ocurrió cuando, por fin, Barros Schelotto hizo ingresar a un inexplicable suplente Mauro Zárate por Tévez, y al colombiano Villa por Benedetto, es decir que cuando por fin el nueve encontró la compañía de los dos extremos, el DT decidió sacarlo para quedarse con otro más retrasado que no siente la función (Zárate).

Quedan para resaltar dos aspectos. El árbitro Mauro Vigliano se equivocó dos veces, al no conceder penal para Boca en el primer tiempo por clara mano de Ponzio, y otra vez, al no expulsar a Cardona por un alevoso codazo a Enzo Pérez, que pareció una venganza de aquella injusta expulsión del colombiano en un anterior Superclásico en el Monumental por una situación casi calcada.

Pero nada cambia el concepto general. River ganó bien y fue superior a Boca, otra vez, porque es un equipo y se encontró con una suma de individualidades, no siempre bien elegidas para la ocasión, y que no tienen una idea madre,