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viernes, 31 de octubre de 2014

Otra vez sopa en la AFA



Cuentan que una persona cae prisionera de una tribu africana y en el momento de prenderle fuego para un rito, le dicen que la única opción para salvarse es aceptar el “dunga-dunga”. El prisionero, antes que morir en la hoguera, no tiene opción y resignado, acepta el “dunga-dunga”. Así, uno y otro día, hasta que una semana después, harto de la situación y perdido por perdido, por fin prefiere optar por la hoguera. El jefe de la tribu, entonces, acepta pero le dice “OK, pero antes, un poco de dunga-dunga”.

Lo que sucede en la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) en estos meses posteriores a la muerte de su eterno presidente Julio Grondona, es algo así como lo relatado más arriba.

La entidad madre del fútbol argentino se debate entre el viejo grondonismo o la opción del tinellismo, un neo-grondonismo vestido con el esmoquin para el show de cara hacia afuera pero que promete mantener el statu quo.  A lo sumo, puede colarse el ascendente Juan Sebastián Verón,  y los candidatos que al mejor estilo de los centros de estudiantes de las universidades, dirán que son independientes pero recibirán la bajada de línea de sus partidos políticos.

¿Alguno de todos estos posibles presidentes que puedan ganar una elección dentro de poco más de un año representa algún cambio sustancial en la AFA? Desde ya que ninguno, si analizamos sus antecedentes, sus movimientos y sus vínculos políticos.  A lo sumo una mínima parte de Verón genera cierta inquietud, por traer alguna idea de la administración europea, y que tendrá a Estudiantes de La Plata como punto de mira inicial, y acaso, si se anima y no deja controlarse por fuerzas superiores que quieran guiarlo, como sus amigos de la izquierda progresista que terminaron en el Fondo Común, Fernando Rafaini, el ex titular de Vélez Sársfield, podría ser una alternativa válida, si bien hoy parece muy lejos una posibilidad de llegar.

Días pasados, Luis Segura sobreactuó su emoción a lograr, con el viejo estilo de su antecesor fallecido, la unanimidad de los 50 votos del Comité Ejecutivo, a sabiendas de que se trataba de un pacto contra natura, sólo para arrastrar el molino hasta lo más lejos posible de 2015, incluso con la idea de que esas elecciones que normalicen la situación, ocurran después de las generales para Presidente de la Nación, cosa de que, para seguir con una coherencia histórica, la AFA sepa al compás de quién deba bailar porque siempre estableció ese tipo de relaciones.

Y cualquier cambio de color político que aparezca en ese tiempo favorecerá sin dudas a Marcelo Tinelli, al que ahora, luego del conflicto suscitado con la Cámpora por el episodio de “Fútbol Para Todos”, el Gobierno no quiere para nada en un poder que ya comienza a controlar desde el manejo de la difusión de las actividades de la Rosada de la Pelota.

Sin embargo, es el propio riñón del grondonismo el que está dispuesto a sostener a Tinelli, conocida como es su añeja amistad con los hijos del fallecido presidente (hasta llegó a dormir en su casa cuando jugaban juntos al fútbol), y el ex titular de la AFA siempre lo pensó como sucesor. Acaso otro de sus adláteres de siempre, José Luis Meiszner, aparece como una de las posibles alternativas del movimiento desde los dirigentes futboleros y acaso Alejandro Marón, de Lanús, un abogado de mucho predicamento puertas adentro.

De cualquier modo y con cualquiera de todos estos dirigentes, hay muchas cosas claras. Sigue sin haber un debate profundo sobre cambios sustanciales en el manejo del fútbol. 

Se sigue creyendo que hay que usar riendas cortas para tener controlados a todos, hay un falso federalismo que llevará al desquiciante torneo de 30 equipos desde 2015 cuando en el Primer Mundo se tiende a bajar lo máximo posible la cantidad de participantes en las ligas mayores, no hay ningún planteo sobre el derecho a controlar el uso de los fondos, a bolsillo vacío, cuando el Estado es el principal aportante al negocio y aumentó muchísimo el capital para ese fin desde 2009, y no hay ninguna intención de acabar con la violencia organizada, cuando es escandalosa la cifra de muertos y heridos año a año, y peor aún en este tiempo sin hinchas visitantes.

Por lo pronto, nadie se atreve ni a discutir aquella frase que poco lugar se le dio en los medios pero que representa una de las mayores falsedades y minimizaciones de este tiempo del fútbol, como la de Grondona acerca de que la AFA “son los clubes”, que podría generar algún debate interesante o copiar modelos mejores, incluso el de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) , manejada por el dirigente más cercano en el mundo al fallecido titular de la entidad argentina. Allí, la RFEF no es sólo de los clubes, sino del fútbol femenino, los árbitros, el sindicato de futbolistas, la Liga de Fútbol profesional. Todos se sientan a una mesa y todos tienen poder de voto para elegir cargos.

En el fútbol argentino, la AFA antepone un enorme paredón simbólico ante la sociedad civil, todavía más preocupada por la ausencia de hinchas visitantes que por otras cuestiones, como entender que de lunes a sábado, los hinchas no tienen camiseta sino que deberían tener la misma lucha por la dignidad, por imponer mejores condiciones, por conseguir que haya mejores espectáculos y que no se les falte el respeto desde la incapacidad o directamente, la corrupción.

Mientras esto pase y no aparezca alguien con alguna idea que aporte algo para convertir al fútbol argentino en una actividad seriamente organizada, todo seguirá en el dunga-dunga.

Asistimos a un tiempo en el que el presidente de Boca Juniors, Daniel Angelici, dice abiertamente en los medios que propuso a la AFA jugar de agosto a junio “para poder venderle jugadores a Europa porque ellos tienen el calendario así y si jugamos de marzo a diciembre, no podremos venderle”.

Es decir, la brutal sinceridad de Angelici nos muestra que en un fútbol practicado por clubes que son asociaciones civiles sin fines de lucro, lo que importa no es la calidad de los espectáculos, aún cuando el Estado aporta todo el dinero necesario y más, sino…lucrar.

Pero poco podemos pretender sin en cantidad de programas de radio y TV, tantos periodistas, para referirse a los convocados a la selección argentina, diferencian entre el fútbol europeo y “el mercado local”.

Tan acostumbrado se está a que se lucra aunque no se permite, y se lo hace a cara descubierta, que los medios están directamente implicados, sin ambages, en el mismo nefasto discurso.

Por eso es que salvo un milagro, de fondo no importa si es Tinelli, Verón, Meiszner o Marón. El fútbol argentino se encamina a un inexorable dunga-dunga.

“Sabía que esto iba a ocurrir y que me iban a pedir más plata. Es como un sino fatal” (Presidente Raúl Alfonsín, cuando subió al escenario en la fiesta del Centro de Periodistas Acreditados en la AFA 1983, luego de que dirigentes de clubes hablaran antes y solicitaran más fondos para el fútbol).


“Jamás el estado le bajará la cortina al fútbol” (Valentín Suárez, ex dirigente de Bánfield y la AFA, en los años sesenta).

Rito futbolístico (Un cuento de Marcelo Wío)



Pereira cebó un mate, uno de tantos que ya llevaba cebados. Marito agarró el mate sin mirar a Pererira, sin quitar los ojos de la radio Spica, que ocupaba el centro de la mesa, alrededor de la cual se concentraban también Velazco, Bertoni y Lipovesky, como si participaran de una ceremonia ancestral. Marito sorbió el mate de una chupada y lo devolvió adjuntándole un lacónico “frío y lavado”.
“Yo cebo, no caliento el agua ni arreglo el mate”, dijo Pereira.
“Arranca por derecha el vicuña Alvarado, avanza entre tres rivales; Lombardi se acerca para combinar; Alvarado continúa avanzando, le sale un defensor, le pasa el balón a Lombardi…. Pero el volante corta un pase muy anunciado…”, una voz metálica, veloz, ominosa, oficiante…
“Será pelotudo…”, un hilo de voz con una bronca atascada en un nudo, un grumo mínimo y ansioso, Bertoni.
“Qué querés, no tiene ni idea… agacha la cabeza y corre y que sea lo que Dios quiera…”, ofreció una exégesis de la desgracia más analítica, si se quiere, Velazco.
“El es malo, lo sabe todo el mundo y él mismo, pero para qué lo pone Basualdo, ¿me querés decir?”, no era una pregunta la que formulaba Pereira, sino un lamento, una abnegación lanzada de manera interrogativa contra el corazón mismo de la Spica con su funda de cuero marrón resquebrajado.
“Alguna macana habrá hecho el técnico y lo sentenciaron a trabajos comunitarios: hacerse cargo de Alvarado y que no ande suelto por ahí”, Lipovesky, o Lipo, comprendiendo la inutilidad de adentrarse en las permutaciones de lo probable que habían quedado anuladas por la realidad.
“Sí, eso parece la selección hoy, un servicio solidario con los burros y los perros…”, soltó Marito, por decir algo, por incluir su voz una vez más en el rito; y se levantó y fue a la cocina a llenar la pava y ponerle yerba nueva al mate. Tiró la yerba lavada al tacho de la basura…
“¡Gooooooooooooooooooooooooooooool, goooooooooooooooooooooooooooool, gooooooooooooooooooooooooool de AL VA RA DO!”, diseminó una voz disfónica, con trazas de desahogo.
Desde la cocina Lipo gritó, queriendo incorporarse a ese círculo alrededor de la radio, a esos abrazos y saltos indudables: “¡Es al pedo, che, si no se lo putea al pibe este, no anda…!”
“Hay tipos que necesitan jugar contra la resistencia que ellos mismos provocan, necesitan que le recuerden ese… rechazo”, confirmó Bertoni.
“Habló el filósofo italiano”, Marito, subido a la homilía del gol que seguía descendiendo desde la radio: “… porque se mueve empujado por la pulsión del gol, del desahogo; porque Alvarado más que nadie sabe lo que es conjurar el desasosiego, la desesperanza, la derrota y transformar la formulación del ánimo en las sentencias que son los goles, en las reafirmaciones que nacen del festejo, de ese agrupamiento de los jugadores en un abrazo que, ellos saben, participa el país todo…”, soliloquio de comentarista en Fa sostenido.
“Este te gana por goleada”, dijo Velazco, dirigiéndose a Bertoni.
“Este está para el psiquiátrico”, respondió Bertoni.
“Pilas Power, alimeeeeeeeentan tu vida”, un locutor que repetía mentiras y fantasías para “hacer posible esta transmisión”.
“Che, Lipo, ¿qué le pasó a Martínez el otro día? Se fue enculadísimo del asado”, inquirió Velazco.
Lipo volvió desde la cocina con la pava y el mate, como si fuesen elementos para una eucaristía, y los depositó sobre la mesa frente a Pereira – sacerdote, intermediario del misterio.
“Que yo sepa nada, no me di cuenta que se iba caliente”, respondió Lipovesky.
“La mujer”, soltó Marito.
“La mujer qué, boludo; termina las frases, elaborá”, amonestó Pereira mientras cebaba un mate humeante y se lo pasaba a Lipo.
“Anda con ataques de pánico o algo por el estilo”, amplió Bertoni.
“Alvarado insiste una vez más por la banda derecha, galopada en solitario y centro a nadie, a una soledad de atacantes”, explicaba el comentarista.
“Bah, pavadas; esas son estrategias de la bicha esa para marcarlo de cerca”, diagnosticó Marito.
“¿Para qué va a querer tenerlo cortito? Ni que Martínez fuera una galán…”, desconfió  Pereira.
“Eh, querido, el celoso, o la celosa, en este caso, ve al objeto de sus recelos como nadie más lo ve”, aportó Bertoni.
“Estás imparable, tano”, chicaneó Lipo.
“Es que al muchacho le nacen ideas – transitorias, eso sí – con los goles a favor”, se sumó a la chanza Pereira.
“Y lo más triste de todo es que las gasta en boludeces con nosotros, y nadie más se entera de que el tano atesora – por momentos – algunas astucias”, siguió Lipo.
“Andá a cagar, ruso”, sin enojo, por no quedarse callado, Bertoni.
“Alvaradooooooooooo…”. Los cinco se quedaron paralizados, mirando las formas definidas y duras de la radio… “… y la pelota se va muuuuy por encima del travesaño”.
“El pibe debe haber bajado un satélite”, comentó Pereira.
“Y ahora orbita a 15000 kilómetros de la tierra”, imitó al comentarista Marito.
“Pero también… mirá que Martínez irse a casar con Susana… che”, retomó el tema Velazco.
“Se lo dijimos todos; aunque no por estos motivos…”, continuó Lipo.
“Quién iba a decir que, de ligerita, pasaría a celosa controladora…”, Marito.
“Debe ser más común de lo que pensamos… A fin de cuentas, son los que mejor saben las macanadas que pueden hacerse, son los que tienen más elementos para el temor, para la duda; para los celos”, Bertoni, con el mate en la mano.
“Madre mía, cómo estamos…”, bromeó otra vez Lipo.
“No, en serio… La mina era un tiro al aire; y al poco tiempo de conocerlo a Martínez se empezó a vestir de otra manera incluso…”, siguió Bertoni.
“Cierto, me acuerdo…”, rememoró Lipo. “Por esa época empezó a venir al bar con esa morochita, petisona, que estaba buenísima…”, atrapado a los piolines de la memoria.
“¡Estelita!”, se acordó Marito. “Qué pedazo de mujer, madre mía; qué buena que estaba… ¿Qué será de la vida de Estelita?”
“Se escapa de la marca Alvarado, queda sólo ante el líberoooo…. Lo encara a contra pierna y lo deja desahuciado, un espectador más de lo inevitable… va a encarar al arquero que sale para achicar el arco… Alvarado amaga, el arquero compra, Alvarado con el arco vaciooooooooo ¡nooooooooooo la pelota sale por línea de fondo, pegada al palo derecho! ¡Lo que acaba de errar Alvarado!”, con una voz incrédula, fluctuante 
“Está en Puerto Rico, se fue con Marcos Puerta”, informó Pereira. “El que cagó a medio mundo con esos bonos…”.
“Mirá vos…”, por decir algo, Lipo.
“Ahora entrena a un equipo de beisbol”, agregó Perira.
“Los chantas siempre caen de pie”, pontificó Velazco.
“¿Te parece caer de pie entrenar a un equipo de beisbol, Velazco? ¿En serio? Yo no te pago ese precio no para estar con diez Estelitas”, dijo Pereira.
“Che, este Alvarado… decí que por lo menos la mete una vez por partido”, volvió al presente Marito.
“También, juega solo, el pobre”, añadió Lipovesky.
“Y, encima, la prensa que se ensaña con él…”, Pereira.
“Y la hinchada que pretende que revalide sus logros en cada partido”, Velazco.
“Déjense de joder, es un perro”, concluyó Bertoni.
“Finaaaaaaal del partido; el gol de Alvarado vale, una vez más, una victoria”, mascullaba el relator.
Pereira apagó la radio.
Mario llevó la pava y el mate a la cocina.
El resto se puso de pie.
Se saludaron.
Se despidieron.
La paz sea contigo.


domingo, 26 de octubre de 2014

Real Madrid puso al Barça en su justa dimensión (Yahoo)



Fue mucho más que un triunfo para el Real Madrid, en este Clásico. Fue la confirmación del momento particular que viven los blancos después de varios años en los que perdieron mucho más de lo que ganaron ante el Barcelona aunque siempre con una certeza interior, la de la inferioridad técnica y táctica ante el máximo rival. Esta vez, pudieron irse con la seguridad de que están, por fin, bastante mejor que su gran rival, y con un cambio favorable en su juego que le otorga excelentes perspectivas para la temporada.

Desde esta columna se vino sosteniendo desde hace meses que este Barcelona de Luis Enrique ya no es lo que fue hace poco más de un año y medio. En todo caso, cada vez se parece más a la continuidad de la gestión del “Tata” Gerardo Martino aunque con una salvedad en contra de estos tiempos presentes: al nuevo entrenador asturiano le ficharon mucho más que a su predecesor argentino y aún así, no lo puede aprovechar.

El Barcelona había generado cierta confusión en algunos que quisieron ver luces de colores en donde apenas se reflejaba una palidez preocupante, pero habían presionado tanto para la llegada de Luis Enrique al banquillo, en lugar del “ignoto” Martino, que ya necesitaban confiar en que en el máximo desafío del Santiago Bernabeu, como en otras ocasiones, resurgiría aquel equipo de esplendor, más aún con la triple motivación del escenario, la posibilidad de que Lionel Messi llegara a su gol récord en la historia de la Liga, y el esperado debut del uruguayo Luis Suárez.

Pero tal como ocurrió en el partido más importante hasta el de este sábado, cuando el Barcelona debió jugar ante el PSG en París por la Champions League, fueron momentos, algún intento de toques cortos y control, alguna reminiscencia de pasados mejores, aunque ya no parece posible la vuelta atrás: el equipo ya no tiene aquella seguridad en el juego, no se siente seguro de sí mismo, Xavi-su eje-, ya no está para los noventa minutos, Messi no es ni de cerca el genio que fue, pese a algunas pìnceladas, Andrés Iniesta tampoco está en aquel nivel y pareció apresurado el debut de Suárez en un partido tan complicado, y acabó aislado de sus compañeros.

Real Madrid es todo lo contrario al Barcelona. La Champions ganada en la temporada pasada, la Décima tan buscada, reafirmó el buen rumbo que fue tomando desde que en el verano 2012/13 asumió el italiano Carlo Ancelotti como entrenador.

Con la salida de José Mourinho, el vestuario, repleto de estrellas, volvió a ser amable, poco conflictivo, sin declaraciones de guerra y dentro del campo, se notó la tendencia a olvidar el juego del error del rival para apostar mucho más a la posesión del balón y su prolija administración. Se fueron yendo los volantes de marca y despliegue para que llegaran jugadores más dúctiles como Toni Kroos y James Rodríguez, mientras que Cristiano Ronaldo aumentó su cuota goleadora gracias a un hecho elemental pero necesario: fue alimentado con mayor frecuencia y con más colaboradores en el ataque.

Este Real Madrid, entonces, que va para adelante, que ya tiene 33 goles en Liga en apenas nueve partidos, ni siquiera sintió el golpe del gol de Neymar como una catástrofe: siguió confiando en sí mismo, en lo que ya sabe que es capaz de hacer, especialmente luego de la gran actuación de la semana por la Champions en Anfield ante el Liverpool, y de a poco, consiguió el empate y ya luego, fue incontenible para el Barcelona, imponiéndose no sólo con justicia y comodidad, sino que más de una vez pudo llegar a la goleada, hasta que cerca del final, Ancelotti optara por cerrar el partido y mantener la ventaja.

En cambio, la sensación es que el Barcelona necesita refundarse. Por momentos, como promediando la primera parte, parece querer rememorar viejos tiempos asegurando el control del balón, pero se repite en algunas circunstancias preocupantes. Daniel Alves acentuó la tendencia a no llegar más hasta el fondo del campo rival para acompañar al extremo derecho y lanza centros impensados en otra época y cuando no hay en el equipo una referencia en el área. Suárez debe definirse entre ser un nueve jugando entre dos extremos o bien, un punta dividiéndose el campo con Neymar, y necesitará un buen recorrido.

Iniesta y Messi están lejos de aquellos tiempos brillantes, lo que genera problemas en la movilidad y el retroceso, y en general, falta aquella dinámica de los tiempos de esplendor.

El ciclo del Barcelona, aunque todavía con varios jugadores de aquellos gloriosos tiempos, va llegando a su fin y deberá buscar otras variantes que no sólo pasan por nombres sino por encontrar para los que queden, un sistema acorde, que mantenga los principios básicos de un estilo característico, pero que innove en cuestiones centrales que le permita seguir siendo competitivo al más alto nivel.

Hoy, el Real Madrid, manteniendo el nivel de inversión de siempre, pero con un criterio futbolístico más acorde a su historia y con ejecutantes precisos para ello, está, por fin, por delante del Barcelona en juego, en potencial, en sistema, objetivos y plantilla.


Además entonces de su triunfo 3-1, todo esto constituye una importante novedad en el mundo del fútbol.

jueves, 23 de octubre de 2014

Realismo mágico (Un cuento de Marcelo Wío)


¿Cómo que no hay señal de televisión?

Qué se yo, Tincho, no soy ingeniero electrónico.

¡Carlitos!

¿Qué Nene?

Poné la radio

No tiene pilas... ¿vos tenés?

¡No me jodas! ¿Quién tuvo la idea de venir al Tigre a ver el partido?

Tuya, boludo.

Madre mía, ¿y a quién se le ocurre darme bola a mí?

A todos.

Son unos irresponsables.

Tincho, ¿cómo va el asado?

Los chorizos salen en diez. Los chichulines y la mollejita en 20. Todo controlado.

Tincho estaba frente a la parrilla, el repasador colgando del cinturón del pantalón, gotas de sudor colgáldole de la sien, como custodios de una idea. Carlos, el Nene, Balfour y Manrique estaban sentados a la mesa, fumando, tomando un vino peleón y cortando salamín y queso.

¿Y qué hacemos?, la pregunta la formuló, tal vez, Balfour.

Comemos, boludo; ¿qué otra cosa vamos a hacer?, respondió, hurtando su voz de entre las brasas y el chamuyo de la grasa rumoreando posibilidades inhóspitas.

Imaginamos el partido..., aventuró Carlos.

¿Andás en las drogas?, inquirió el Nene, caliente porque su idea de ver el partido en el Delta era una rotunda pelotudez y nadie lo había parado.

¿Vos necesitás drogas para imaginar, pajero?, resentido, molesto, Carlos.

Disculpá, Carlitos, estoy caliente..., desestimó la querella el Nene.

Mirá los bichos rondándole al farolito, señaló Tincho el sol de noche a un costado de la parrilla.

Rescaten al muchacho de ahí – solicitió Balfour -, el calor de las brasas le está cortocircuitando las pocas neuronas con que la genética lo agasajó.

Rieron detrás de los primeros vapores del dudoso vino de damajuana.

No, en serio, pelotudos, miren los bichos esos; son veintidós.

Tincho miró el reloj y dijo: El partido empezó hace tres minutos.

¿Y qué tiene eso que ver con los bichos? – preguntó el Nene.

Nada. O todo. ¿No dijo que hay veintidós bichos de luz?

¿De luz?, chicaneador Balfour.

Esos mosquitos o lo que sean que se ponen todos pavotes alrededor de la luz, se justificó Tincho.

Los bichos se movian como dos equipos de fútbol, defendiendo, atancando en el territorio mezquino de luz.

¿Lo ven?, buscó consenso Tincho.

Claro, consesuó el Nene. Y los tros asintieron como hipnotizados por la luz mínima del farollilo.

Esos que atacan de abajo hacia arriba son, definitivamente, los nuestros, aseguró Balfour.

Sin duda – apoyó el Nene -, el planteamiento táctico es reconocible.

¿Cómo van los chorizos?, preguntó Carlos, mientras masticaba un trozo de salchicón que lubricaba con un trago de vino.

Van, van, desestimó Tincho.

Ahora, digo yo, cómo se puede seguir insistiendo por el centro si ellos están tan cerrados por ahí..., tiró el Nene.

Siempre jugó igual este técnico, empecinado, como si en lugar de fútbol estuviese enfrentado a una cuestión teológica, apuntó Carlos.

Tincho se sentó a la mesa, se sirvió un vaso de vino, se metió un trozo de queso y uno de salchichón en la boca y encendió un cigarrillo negro. Los cinco tenían la mirada fija en el farolillo, en la danza coordinada de los veintdós bichitos que emulaban los  movimientos de dos equipos de fútbol a la perfección; y sus once elegidos, el de su selección: sus aciertos, sus errores, sus fantasmas plasmados en el aleteo aleatorio que replicaba a la perfección lo que en ese preciso momento, sucedía en Brasil – y que ellos, los cinco muchachos (y los mosquitos), no sabían, pero de alguna manera intuían.

Hagamos un cambio, aventuró Carlos.

No, todavía falta partido. El central de la derecha tiene criterio, maneja bien la pelota. Adelantémoslo entre la línea de volantes y defensores para soltar un poco al cinco y que los.

Tincho se levantó y con un dedo, sin llegar a tocar al central derecho lo ubicó un poco más adelante, e hizo lo propio con el cinco.

Los minutos pasaban y, más allá de tener la posesión casi obsesiva del balón imaginario, no podían quebrar la tozudez y mezquindad defensiva del rival.

Mirá al siete, dejame de joder, esas cabalgadas aleteadas por la banda, al pedo..., protestó Carlos.

Siempre igual, no aprende. Y el técnico sentado en el banco como si estuviese en una oficina, no lee el partido, la circunstancia..., añadió Balfour.

Mirá ahí, al costado, advirtió el Nene.

Un mosquito nuevo parecía hacer ejercicios de precalentamiento.

¿Lo ponemos?, inquirió Tincho.

Claro, cualquiera es mejor que ese pelotudo que parece que lo hubieran atado a la banda para tirar centros al fantasma del nueve que hace tiempo no tenemos, apostrofó el Nene.

Una vez más, Tincho se levantó, y con el índice fue conduciendo el vuelo del mosquito que calentaba al costado del charco de luz hacia el campo de juego, hacia la banda, y sacó al otro de igual manera. Al minuto el ataque de los bichos propios cambió de cara: desboró por izquierda e hizo una diagonal hacia el área, arrastrando a dos bichos de ellos y dejando libre la subida del diez propio. El gol en Brasil hizo temblar Bello Horizonete. Los cinco reunidos en el Tigre saltaron en una alegría etílico-entomológica. Los chorizos se habían quemado, arrugándose en comas chasmuscadas que imponían pausas en una frase de chinchulines, mollejas y tiras de asado resecas y olvidadas sobre unas brasas largo tiempo menguadas.

Tal vez los mosquitos repetían el partido de Brasil, tal vez era éste último el duplicado, el facsímil del primero – que se jugaba en el territorio del sol de noche o de vaya a saber qué designios. Quizás ambos era la copia del otro, o de una coreografía pretérita, cosmogónica. Tal vez todo haya sido una coincidencia. Tal vez fueran dos instancias originales fraudulentas. Pero esa noche, en Brasil, los jugadores parecieron reflejos, repeticiones imantadas a la danza díptera, consecuencias de las causas que creaban, ignorantes, unos demiurgos reibereños. Nada de esto se sabrá.

Acaso ofrezca un indicio lo que dijo el técnico, con un rostro que aún buscaba respuestas, que aún reunía inquietudes, dijo, en la conferencia de prensa posterior al partido, sin querer decirlo: nunca hice esas modificaciones. No sé cómo sucedió.


En el Tigre, en tanto, los cinco combatían contra la dureza de una carne que había sucumbido al descuido de brasas y mosquitos, mientras apuraban la segunda damajuana sin conocer el resultado y, a la vez, de una extraña manera, sabiéndolo favorable; o quizás fuera el vino, la cháchara, ese cielo hinchado de estrellas y solsticios. 

domingo, 19 de octubre de 2014

Un clásico con muchos hitos (Yahoo)



Si bien nunca lo es, en este caso, el clásico entre Real Madrid y Barcelona del próximo sábado, en el estadio Santiago Bernabeu, mucho menos será un partido más. Hay demasiado en juego, entre los dos más grandes de la Liga Española, desde lo político, por la posibilidad latente de la independencia de Cataluña, con derivaciones futbolísticas, el regreso del uruguayo Luis Suárez, después de la suspensión por los hechos conocidos en el pasado Mundial de Brasil, en lo que será nada menos que su debut azulgrana, y por si todo esto fuera poco, la chance de que Lionel Messi alcance –y hasta pase- a Telmo Zarra como máximo goleador de la historia del torneo.

Por todo lo anunciado, este clásico entre Real Madrid y Barcelona concitará como nunca el interés de todos los aficionados futbolísticos del mundo, si ya antes lo generaba en circunstancias más comunes. Mucho más, entonces, en esta ocasión.

Las características técnicas de ambos equipos, sus potenciales, sus grandes virtudes en esta Liga (los tremendos 30 goles del Madrid en apenas ocho jornadas y los increíbles números de Cristiano Ronaldo como Pichichi, el invicto y el arco imbatido del Barcelona en esas mismas ocho jornadas), no pueden obstaculizar, en el análisis previo, todas las expectativas que rodean al espectáculo en esta oportunidad.

Que por ejemplo pueda ser el último clásico en Madrid (aún resta el de Barcelona) y hasta el último oficial si por circunstancias especiales de la política, Cataluña se independizara durante 2014 y eso significara que el Barcelona se fuera de la Liga Española (cosa no tan fácil pero no imposible) genera de por sí un alto significado y le otorga al partido un tinte especial, por el enfrentamiento entre la capital y Cataluña.

Pero hay dos hechos futbolísticos que también pueden marcar un hito en la historia de la Liga española: el debut de una gran estrella del fútbol mundial como el delantero uruguayo Suárez, tras su fulgurante paso por el Liverpool y la suspensión de la que fue objeto por la FIFA durante el Mundial de Brasil, que dio lugar a controversias de todo tipo; y la posibilidad de que Messi llegue a los 251 goles en su participación en los torneos, o que supere esta cifra (se encuentra a un gol de la marca de Telmo Zarra).

El hecho de que la Liga de Fútbol profesional (LFP) maneje la posibilidad de que el partido se pare para festejar la ocasión histórica, justo en un clásico y ante un público rival, genera una significación especial, si bien se conoce que el Santiago Bernabeu ya ha aplaudido a rivales azulgranas como Johan Cruyff, Ronaldinho y al propio Messi en ocasiones anteriores.

En cuanto al debut de Suárez, esto puede tener implicancias en un cambio conceptual del ataque del Barcelona, que desde hace tiempo que está necesitando un delantero con gol que defina las jugadas que crean sus compañeros.

Desde la llegada de Luis Enrique como entrenador, la situación de los goles convertidos encontró cierta tranquilidad en el momento que vive el brasileño Neymar, mientras que Messi siempre agrega su cuota, pero al no sobresalir en la red adversaria como en temporadas anteriores, colocándose muchas veces por la punta derecha o por detrás de los puntas, al Barcelona le está costando, en algunos casos, definir antes los partidos, como le ocurriera el pasado fin de semana ante un adversario limitado como el Eibar.

Más de una vez, y por varios momentos del partido, el Barcelona pareciera estar jugando más al balonmano que al fútbol, rodeando el área rival pero sin aquel corte para que Messi en especial, o algún otro compañero, definiera al gol. Incluso, se repiten sin consecuencias favorables, salvo alguna excepción, los inexplicables centros de Daniel Alves, sin una referencia en el área, una característica que no se observaba en las temporadas anteriores.

Una gran duda a resolver es en qué lugar del ataque se va a mover Suárez, si como nueve de referencia, o si va a bajar unos metros para conectar con Messi, pero su ingreso en el equipo le va a dar una cuota de gol fundamental para lo que queda de temporada.

El caso de Real Madrid es distinto. Ha comenzado mal pero ha ido claramente de menor a mayor, con un Cristiano Ronaldo en un momento fenomenal y asentados del medio para adelante sus dos principales refuerzos, Toni Kroos y James Rodríguez, pero ha tenido una transición luego de perder dos jugadores claves como Xabi Alonso y Angel Di María.

A diferencia del Barcelona, Real Madrid perdió muchos puntos al inicio, que son los que lo separan del líder, pero su poder de fuego es tremendo y las cifras en el ataque (30 goles en 8 partidos) son impresionantes y lanzan una proyección increíble y para batir todos los récords.

También hay que decir que de momento, Real Madrid no ha tenido rivales de un nivel cercano al de sus estrellas. Cuando le ha tocado jugar contra el Atlético, ha salido derrotado y entonces este clásico con el Barcelona marcará el lugar exacto en el que se encuentra y muchas más reales posibilidades para lo que queda de la temporada.
Este clásico también nos permitirá presenciar otros duelos, como el de los dos grandes jugadores de la época, como Messi y cristiano Ronaldo, frente a frente, y la de un equipo imbatido en ocho jornadas contra otro, con enorme cantidad de goles.


Con todos los condimentos para un gran espectáculo y con una tradición que en este tiempo de grandes poderes de ambos aumentó el enfrentamiento, Real Madrid y Barcelona prometen regalarnos un partido lleno de emociones, el próximo sábado.

sábado, 18 de octubre de 2014

La maldición verde de Manaos (Un cuento de Marcelo Wío)



No me importaba mucho quién ganara. Así que no tengo una excusa, una justificación para lo que desencadené. Podría decir que, de lejos, era el mejor partido que se había visto en el Mundial. Una disculpa vaga, sin asidero: quedaba aún casi todo por delante. 
Tal vez fue la humedad y el calor y la confabulación de cervezas y cachaças que habíamos tomado la noche anterior en una callecita llena de encanto y tentaciones. 

Quizás fue mi negligente descreimiento de las fórmulas de la superstición y la hechicería. Quizás fue todo eso. Quizás nada. Quizás, incluso, ni siquiera fui yo, a fin de cuentas, sólo había escuchado esas frases, ese conjuro que, me aseguraron, era yoruba, y del que en ese momento no comprendí su propósito. Las frases las dijo un tipo con un solo diente y una edad que había dejado de mostrar la evidencia de sus años. Detrás de un vaso de cerveza habló, cruzando los dedos (para que no tenga efecto, dijo), y pronunció esas sentencias, ese llamado a potencias o bríos inverosímiles.

Italia e Inglaterra llevaban jugado gran parte del segundo tiempo. Un partido atractivo, a pesar de la humedad que parecía tejer compromisos gravitacionales mayores, como si el objetivo final fuera derretirlo todo, vincularlo con ese pecho inmenso que es la Amazonía.

Desvarío, lo sé. Incluso con aires literarios. Es el calor, este grumo neblinoso, esta impregnación que abate. La cuestión es que pensé que si repetía la frase el partido se alargaría unos minutos más. Ensueños, incuria, la estupidez del que sin creer prueba un conjuro suponiendo que éste obrará de acuerdo a sus deseos y no a su mezcla de instrucciones precisas, concretas. Pero el que no cree no piensa siquiera que seguirá un efecto al enunciado de esas frases. Quizás, en ese momento de escasa lucidez llegara a pensar que nadie que poseyera una fórmula que es efectiva traspasaría dicho conocimiento a un borracho de paso.

Como sea. Recité esos sonidos que conformaban un lenguaje que no conocía y que no sé aún cómo recordé (no repetiré esas palabras). El enunciado luchó contra la agregación de partículas de agua que saturaba el ambiente, y me olvidé antes de que atravesara las capas superiores del bochorno.

El efecto fue casi instantáneo. Al menos así lo percibí. El tipo que estaba sentado a mi lado comentó de modo interrogativo, amparando su descrédito: ¿El césped está más crecido que al principio?

El césped estaba mucho más alto. En los costados, junto a los banderines del córner, donde había menos tránsito futbolístico, se notaban algunos brotes altos, de algo. Eso es castaño de Pará, dijo una mujer tetona que estaba detrás de mí, en diagonal hacia mi derecha. La vegetación ahora creía más de prisa.

Y allí, en el centro del campo, crecen Itahuba, Tajibo, Cedro, Cuta barcina, Almandrillo, dijo otra mujer, no menos agraciada de busto. No mi querida, respondió la primera. Esos de ahí no pueden ser nunca Almandrillos, eso es Timbó. Timbó, dice, replicó la agraviada, dónde ve el agua usted: eso crece cerca del agua. Como que estanos en la Amazonia, más cerca del agua y se moja. Así siguieron.

Entre tanto, los jugadores esquivaban ramas que iban surgiendo, troncos que se iban imponiendo. El partido, debo decir, en esos momentos iniciales del desastre se volvió sublime: equipo contra equipo y ambos, contra el avance vegetal. El árbitro cobró un penal para Italia, pero el propio Pirlo le dijo que no, que había sido un brote vigoroso que justo había brotado del suelo, que el inglés ni lo había tocado.

Por laas paredes del estadio comenzó a subir un murmullo de hojas y tallos marchando sobre el cemento y el acero. Todo se iba tiñendo de verdes recios y robustos. La gente comenzó a salir del estadio, pero no en estampida, como cabría haber previsto sino con la lentitud de la sorpresa que perduraba como si las plantas y sus flores contuvieran un narcótico para aplazar la voluntad humana y así reconquistar sus dominios.

Llegué en una lancha a Ovidos. El avance de la vegetación había perdido gran parte de su ímpetu a la altura de Itacoatiará. Mañana parto en otra lancha hacia Belém. Tuve la tentación de preguntarle a un lugareño el significado de las palabras que pronuncié.
Pero no me atreví a repetirlas ni con los dedos cruzados. Así que nunca conoceré su poder –o si tenían por alguno-. Nunca sabré si ese suceso vegetal se debió a mi enunciación o no. Creo que aquel hombre estaba buscando un intermediario para la catástrofe o lo que fuera esa desmesura de flora creciéndole a la ciudad.

Supe por un alemán que también escapó que Foster, Gerard, Sterling, Marchisio, Chielini y Pirlo iban en una balsa camino del Atlántico y que tenían un balón y que continuaban el partido –a fin de cuentas, el árbitro nunca lo terminó o suspendió, al menos nadie se enteró-. Tal vez, alguna vez, alguien se entere del resultado de aquel partido.


Quizás, después de todo, mi deseo se cumpliera; quizás tendría que haber especificado más claramente los términos del mismo. Mientras escribo esto, no puedo dejar de imaginar que hay grupos de jugadores italianos e ingleses jugando un partido que ya no comprenden en una región de la que muy probablemente ya no puedan salir: o por la vegetación y sus engaños o porque mi deseo indefinido supone un partido inagotable, jugado por el capricho de alguien que no puede verlo.

martes, 14 de octubre de 2014

El libro "Messi", de Guillem Balagué, desde las ciencias sociales (Por Fernando Segura Trejo)


El libro sobre el astro argentino Lionel Messi de Guillem Balagué ofrece una lectura de 540 páginas, más una serie de apéndices y un prólogo del ex Director Técnico de la selección argentina, Alejandro Sabella. La investigación realizada contempla entrevistas a su familia, amigos de la infancia, vecinos de su casa natal en Rosario, maestras de la escuela primaria, compañeros, coordinadores, entrenadores en Newell´s Old Boys, en Barcelona y las selecciones argentinas, entre otras personalidades ligadas al fútbol, así como todo un aprovechamiento de materiales periodísticos y documentales. El acervo se presta, por lo tanto, para una interesante interpretación sociológica de una figura de porte mundial.

Messi no nació un genio, nadie lo es, indica uno de los subtítulos del capítulo II. Esto quiere decir, naturalmente, que su genialidad fue construida. Claro que alcanzar la excelencia es solamente para unos cuantos, y que conseguir ser el mejor dentro del más alto nivel, requiere de un talento diferencial. Sin embargo, ese talento deslumbrante que ya mostraba el pequeño Lionel desde su muy temprana edad, hubo que desarrollarlo, trabajarlo y pulirlo.

De acuerdo con el autor del libro en la presentación de la obra realizada en Río de Janeiro, a días de la final del mundial de Brasil, el momento más determinante en la gestación de la trayectoria fue el hecho de buscar el reconocimiento, la afirmación y la admiración de sus hermanos, sus primos y sobre todo la mirada de su padre, Jorge, en aquellas tardes de fútbol en la calle. Lionel, más pequeño que los demás, nunca quería perder. Todo parte entonces de un contexto familiar rodeado de fútbol.

Un padre que siempre fue apasionado por este deporte y lo jugó de joven. Hermanos y primos que tenían el hábito asiduo de practicarlo. Uno de sus hermanos, Rodrigo, jugó inclusive en las divisiones inferiores de Newell´s. Pero, además, Lionel Messi surge de una ciudad donde se respira de una manera muy especial. Rosario es un semillero de fútbol. En las plazas, en las calles y en los descampados se juega intensamente. Ni que decir de los dos grandes clubes rosarinos, Newell´s y Rosario Central, que de sus canteras surgieron una cantidad impresionante de jugadores y entrenadores. Jorge Valdano, Marcelo Bielsa, El Tata Martino, Gabriel Batistuta, Maxi Rodríguez (de Newell´s) y más recientemente Ángel Di María (de Rosario Central), por sólo mencionar a algunos, mundialmente conocidos, entre muchos otros que han marcado al fútbol argentino.

El libro desmenuza así las etapas en la construcción del éxito. Desde aquel pequeño que se destacaba en los partidos en su calle y luego en sus clubes, muestra también los sacrificios, los momentos de ansiedad y las circunstancias claves. Su abuela Celia lo llevó a Grandoli, su primer club, donde destacó por habilidad y goles entre pares de mayor edad. Entró luego a Newell´s Old Boys, donde conformó la generación del 87. Ganaban por goleadas y Messi era la chispa del grupo. Valiente y audaz, Lionel siempre contó con la contención de su núcleo familiar. El capítulo I del libro ayuda a entender su infancia, en la cual asimiló valores de sus padres, incorporó el respeto y la rectitud en sus conductas.

El chico que comenzó a desarrollar sus sueños contó en efecto con varios anillos de protección. Sus compañeros en Newell´s le trasmitían mucho cariño. Sin embargo, su crecimiento se enfrentó a la necesidad de un tratamiento hormonal. Durante un tiempo, éste fue cubierto por la fundación de la empresa donde trabajaba su padre. Lionel se inyectaba meticulosamente las dosis requeridas todos los días. Pero en la Argentina de fines del siglo XX e inicios del XXI todo se detenía.

El tratamiento, como explica el médico Diego Schwarstein, era muy oneroso y en ese contexto de crisis, desempleo e incertidumbre, la familia Messi sufrió la interrupción de un elemento vital para el desarrollo de Lionel. Tras algunas promesas, idas y venidas, Newell´s Old Boys asumió algunas cuotas, pero parcialmente. La situación se hizo difícil y apareció la oportunidad de marchar a Barcelona.

El libro narra esos días de suspenso, la sorpresa de los entrenadores por su talento en las primeras pruebas, así como las reticencias de algunos dirigentes en hacer malabarismos para “fichar” a un “chaval” de 13 años. Algo que no era ni común ni normal en esa época. La espera en Rosario para el llamado definitivo, la incertidumbre y la decisión, en manos de Lionel, de irse a radicar a otro continente hacen más equilibrado el relato de su historia. Cuando se ve a Messi gambeteando a rivales a una velocidad superior al resto, o cuando algunos hablan de él, así, a la ligera, como todo lo efímero que puede circular en medios y redes sociales, no se habla de aquellas etapas que debió pasar, alejado de su país, de sus amigos, sus hermanos y de su madre durante años. Para un chico que estaba acostumbrado a tener todo eso cerca y en el día a día.

Se juzga hoy a los deportistas de más alto nivel y se les pide lo imposible. Que siempre estén en su más alto rendimiento, y como dijo el autor del libro en la presentación de Rio de Janeiro, algunos pretenden que, además, sean líderes morales. Frente a esas posturas tan vacías como desprovistas de entendimiento de una carrera deportiva, y ni se diga de una apreciación técnica del fútbol, resultan un respiro todas las páginas que describen a Lionel Messi en construcción. 

Las circunstancias inestables de sus primeros años en Barcelona, las lesiones que lo aquejaron de joven, pero que por suerte –una dimensión que también interviene en la construcción de un deportista[1]- y por autodeterminación en el sacrificio, lo fueron preparando para las asperezas del fútbol en su más alto nivel.

Esos años en los equipos intermedios del Barcelona se caracterizaron por el apoyo de su padre en el día a día y por la focalización en su objetivo de avanzar hacia el primer equipo. Lionel llegó a jugar en 5 categorías diferentes en un año, alternando partidos según lo necesitaran de uno u otro equipo, mientras lo iban probando en escalones más elevados. El libro propone muchas interpretaciones psicológicas de las facetas que explican su crecimiento personal y profesional. 

Al talento excepcional se lo acompañó con un contexto familiar que lo alentó, su motivación constante, derivada en ambición, en competitividad y en concentración. Sin embargo, todos esos ingredientes hubieran quedado truncados sin la constancia y la disciplina incorruptible, el compromiso, el sacrificio y la humildad, sumados a la inteligencia para la adaptación, la autoconfianza, el goce pleno de la actividad y las circunstancias propias que concedieron las oportunidades.

Luego de alternar entrenamientos con el primer equipo, llegó la hora del debut a sus 16 años, en noviembre del 2003 en un amistoso en Portugal contra el Porto de José Mourinho. Las cosas fueron rápido desde ese entonces, más rápido de lo esperado. Y como todo talento que transita entre dos países, fue disputado entre las selecciones de España y de Argentina. Por medio de la recomendación de Claudio Vivas, antiguo colaborador del entrenador nacional Marcelo Bielsa, el caso llegó al máximo dirigente del fútbol argentino, Julio Grondona, quien intervino para que fuera citado.

Con una celeridad atinada, se organizó un partido amistoso de equipos sub 20 contra Paraguay, jugado en el estadio Diego Armando Maradona de Argentinos Juniors en junio 2004. Messi debutó, se sacó dos jugadores de encima, gambeteó al arquero y convirtió el séptimo gol en el contundente triunfo de 8 a 0. De ahí vino el sudamericano en Colombia para la clasificación al mundial 2005. 

Esa Copa del Mundo sub 20 en Holanda encontró  a una selección argentina con un Messi encendido, clave en los triunfos frente a Colombia en octavos, ante la favorita España en cuartos, Brasil en semis y en la final frente a Nigeria. En todos esos partidos la Pulga Messi convirtió goles y lideró al equipo. Entre sus socios, Pablo Zabaleta y Fernando Gago lo acompañaron en su despliegue, jugadores que reaparecerían en la órbita de la selección mayor.

Para tal entonces, el 2005 ya veía a un Messi lanzado a la más alta competencia. En el Barcelona, había marcado su primer gol contra el Albacete, tras un pase sensacional de Ronaldihno. Esta relación recibe en el libro muchas páginas. La influencia de Ronaldihno en el crecimiento y la integración de Lionel a los primeros planos fue indudable. Sin embargo, el autor se permite no sólo destacar la gravitación, sino reflexionar sobre ese papel. Los jugadores que son máximas figuras en sus equipos y ven a un aspirante que puede amenazar su lugar optan por apadrinarlo o, por el contrario, recelarlo con diferentes gestos y actitudes. Ronaldihno, astuto, adoptó a Messi como su pupilo. Al final de cuentas, ese equilibrio sirvió a ambos por un tiempo, pero se hizo insostenible a medida que Ronaldihno caía en baches y Messi pedía con su fútbol asumir más protagonismo.

Entre tanto, el año 2006 implicó una dosis de aprendizajes de paciencia. La lesión en Champions League frente al Chelsea lo excluyó de la última etapa del añorado título con Barcelona. Quedar fuera de la plantilla para disputar la final en París frente al Arsenal inglés dolió mucho a Lionel. Posteriormente, tuvo un interesante debut en la Copa del Mundo con la selección mayor argentina en Alemania, a pesar de las imágenes de su desolación en el banco de suplentes cuando se escapaba el partido y el entrenador, José Pekerman eligió a otro delantero para la parte final, que implicó tiempo de prolongaciones y eliminación por penales.  

Dos temporadas después, Ronaldihno, su amigo, debió dejar al Barcelona. El club dirigido por Joan Laporta apostaba a la renovación del equipo y Lionel Messi asumió el liderazgo que le llegaba propuesto. Con el simbolismo de pasar a vestir la camiseta número 10 se preparaba así para las mejores horas del club.

Un aspecto fundamental del libro es el énfasis que se hace en la importancia de los ecosistemas favorables, aquellos donde su liderazgo ha sido potenciado por compañeros y entrenadores. Valorado en el grupo y respaldado en la cancha, acompañado de jugadores de talento que puedan crear asociaciones, liberar espacio, respaldar y acomodarse para el despliegue de Messi. 

Esta hipótesis puede encontrar sus orígenes desde sus primeros pasos en Grandoli y posteriormente en la generación del 87 en Newell´s Old Boys, en las categorías juveniles del Barcelona cuando despuntó, en el mundial sub 20 con Argentina en 2005 y en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Defender la medalla de oro con la selección argentina, título que había sido obtenido por la generación anterior en Atenas 2004, fue un deseo de Lionel. Para eso, debió hacer valer su voluntad inclusive frente al propio Barcelona.

En ese equipo olímpico reaparecieron antiguos camaradas como Fernando Gago, Pablo Zabaleta, Sergio Agüero, Ezequiel Garay, Ezequiel Lavezzi, su viejo amigo Oscar Ustari –aunque el arco estuvo defendido por Sergio Romero, con quien se multiplicarían también los encuentros en la selección- y se potenció con el destaque de Angel Di Maria. El equipo tenía la voz de mando de Javier Macherano, entre otros compañeros y pese a que luego los rumores los colocaran en posiciones tensas, esa Argentina tenía un juego vistoso entre la pausa y la precisión de Juan Román Riquelme y el vértigo que creaba Lionel Messi.

La cuestión de ecosistemas pensados para potenciar al equipo y potenciarlo a él, rodeándolo de los mejores pies y las mentes más lúcidas, fue claramente llevada a cabo por Pep Guardiola en Barcelona. El primer año estuvo lleno de meditaciones y de un aprendizaje constante de la personalidad de Lionel dentro y fuera del campo. Los conceptos que vuelca Guardiola son verdaderamente un apartado mayor en el libro.

La larga entrevista que mira en retrospectiva las claves para extraer lo mejor de Lionel demuestra los beneficios de la adaptación del entrenador. Se llegó así al año 2009, sin duda el año del Barcelona, de Pep Guardiola y sin atenuantes, de Lionel Messi. Seis títulos disputados, seis ganados. Entre ellos, la Liga española, la Champions League, donde Messi convirtió un gol de cabeza en la final frente a Manchester United; el mundial de clubes, con su definición con el pecho ante Estudiantes de la Plata y los 38 goles oficiales en la temporada 2008-2009 lo galardonaron con el Balón de Oro. Se lo reconocía, oficialmente, como el mejor jugador del mundo a sus 22 años.

Guardiola entendió además, que el mejor aprovechamiento de su posición en la cancha era traerlo más hacia el centro, pero dejarlo a su vez libre, es decir, no anclarlo de puntero derecho como había estado condicionado en temporadas anteriores. Poco a poco, Messi empezó a explotar en esa combinación de “falso número 10”, dado que arrancaba desde la derecha, desde la posición que en Argentina se le otorga al número 8, pero también llegaba con su despliegue a aparecer de “falso 9”.

Tantas “falsas” posiciones en los partidos, no hicieron más que conducirlo a ser un verdadero asesino de las defensas rivales y los arcos. Su progresión en goles llegó en la temporada 2009-2010 a 47, la siguiente a 53 y la última con Pep Guardiola 2011-2012 a 73. Los compañeros que dieron vuelo y equilibrio a Messi no solamente fueron Andrés Iniesta y Xavi Hernández, sino la sintonía de todo un equipo, con un Sergio Busquets detrás de ellos, recuperando balones y con delanteros que pudieran devolver una pared y sobre todo arrastrar marcas, mientras Messi abría su camino hacia los arcos. Pero no todos fueron compatibles en esas funciones. Zlatan Ibramovich no entró en el esquema y debió migrar en su momento. Vale decir, además, que Lionel contó con el trabajo personalizado de Juanjo Brau para su preparación y recuperación física durante esos años en el Barcelona.

En la época de Diego Armando Maradona como entrenador de la selección argentina recibió la camiseta número 10. La capitanía no tardaría en llegar. No obstante, aquellos años en la selección argentina oscilaban entre los buenos partidos, con mucho despliegue, pero la frustración de no convertir goles como en Barcelona ni de potenciarse con el equipo. El año 2011 fue claramente una ilustración de gloria y desolación. Campeón y figura con su club de la Champions League en Wembley frente al Manchester United, decepción en la Copa América de Argentina tras la eliminación por penales frente a Uruguay en cuartos de final. Lo más doloroso fueron las críticas, dirigidas en particular para cuestionarlo.

El fracaso de la selección llevó a un nuevo cambio de entrenador. Alejandro Sabella remplazó a Sergio Batista. Luego de un tibio arranque en las eliminatorias, con una victoria frente a Chile, derrota en Venezuela y empate frente a Bolivia, el partido en noviembre 2011 en Barranquilla fue el inicio de una etapa renovadora. Colombia terminó el primer tiempo con un 1 a 0 a favor. En el entretiempo, Sabella reacomodó el equipo y la asociación con Sergio Agüero dio sus frutos. Ambos convirtieron y dieron vuelta un partido muy complicado que devolvió la confianza al grupo. En efecto, las subsiguientes presentaciones de la selección argentina mostraron otra cara. En el año 2012 Argentina se mantuvo invicta, asumió el liderazgo de las eliminatorias para Brasil 2014 y Messi convirtió 12 goles con la selección. En el partido amistoso frente a Brasil en Nueva York metió tres para conseguir el triunfo. Así, luego de un año fabuloso recibió su cuarto Balón de Oro, con 25 años de edad.

Nuevamente, el libro expone la importancia del ecosistema en el funcionamiento de Lionel en la selección dirigida por Alejandro Sabella. Toda la fase de eliminatorias y los partidos amistosos anteriores al mundial 2014 funcionaron con un sistema táctico de dos defensores centrales (Ezequiel Garay-Federico Fernández), dos laterales (Palo Zavaleta- Marcos Rojo), un volante central (Javier Macherano), un volante de distribución para acompañar en la marca y ser el inicio de los ataques (generalmente Fernando Gago); la banda izquierda, desde el medio campo hacia el ataque, claramente delgada en Angel Di María; Messi libre de cara a todo el frente de ataque en asociación con Sergio Agüero y un clásico centro-delantero como Gonzalo Higuaín. Esta formación, con Sergio Romero en el arco, fue el equipo titular acompañado por una serie de jugadores que alternaron participaciones diversas, entre los cuales, Ezequiel Lavezzi, Maxi Rodríguez y Rodrigo Palacio.

El libro se detiene a inicios del 2014, en los meses anteriores al mundial disputado en Brasil. Pero vale proseguir el análisis, destacando el hecho que el ecosistema, en su modo de afrontar los encuentros y el despliegue en ataque, sufrió alteraciones por diferentes circunstancias durante el mundial. Luego de una fase de grupos, en la cual la participación de Messi fue clave para desenredar partidos, a medida que Argentina fue avanzando varios de sus socios habituales en la selección fueron cayendo. Fernando Gago fue remplazado por Lucas Biglia, de excelente mundial. 

Sin embargo, las características de éste, con más marca y más acompañamiento en la zona de recuperación, sumadas a las ausencias por lesión de Sergio Agüero durante gran parte de la cita y de Angel Di Maria desde el primer tiempo de los cuartos de final frente a Bélgica fueron quitándole vértigo al juego que más lo beneficiaba. Argentina fue haciéndose un lugar rumbo a la final, pero Messi fue sacrificado en pos de un sistema donde se le pedía más presión que generación de juego. Así, sus escaladas hacia los arcos, como se vio en la final, viraron intentos individuales cubiertos a su alrededor por piernas rivales.

El Mundial 2014 pasó. Messi no fue campeón del mundo, pero Argentina llegó a una instancia que no alcanzaba desde de Italia 1990, mostró solidez como equipo y como grupo humano. El entusiasmo provocó una invasión de aficionados argentinos en Brasil y se llegó a la tan ansiada final en el Maracanã, donde muchos hubieran deseado estar. Meses después, con la motivación renovada, se le presentan nuevos desafíos y varios títulos por disputar. No los ganará todos ciertamente, pero se destacará y se llevará varios. El libro es un formidable almacén para quienes quieran entender cómo se construyó, quién es y quiénes han participado, aportado y ayudado a su progreso.

La nominación del Tata Martino a la selección argentina invita a pensar en un fútbol más acorde a como Messi lo siente. Rusia 2018 está en el camino, a donde algunos soldados de Brasil 2014 llegarán al mando de una selección que se renovará con varios jóvenes que vienen presentando sus solicitudes. Lionel Messi sigue haciendo su camino y permitirá sin dudas escribir más páginas sobre su excepcional trayectoria.





[1] Baste con comparar algunos compañeros de supremo talento que por lesiones vieron truncadas sus carreras.