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lunes, 29 de febrero de 2016

Siempre supo que no sabía




Punto final para el Vasco Arruabarrena. No es cuestión de hacer ahora leña del árbol caído. Ya nos hemos pronunciado infinidad de veces sobre la cuestión. Ahora, luego de tantos meses de lo mismo, la comisión directiva de Boca Juniors no tuvo más remedio que reconocer lo que la realidad le daba por la cabeza: el director técnico no estaba a la altura ni nunca lo estuvo, desde el mismísimo día que asumió.

No estuvo mal la idea original. Boca apeló a un director técnico joven, de gran trayectoria como futbolista, múltiple campeón en la institución, al mismo tiempo que River Plate hacía  lo mismo con otro director técnico y ex jugador del club, Marcelo Gallardo, también de gran trayectoria y como su colega, también pasó por Nacional de Montevideo.

Pero a uno, la experiencia le salió demasiado bien, y al otro, mal. Gallardo resultó ser un director técnico que por momentos cambió la manera de jugar, con una dinámica especial, y logró títulos que pocos preveían.

Arruabarrena, por contrario, nunca encontró un funcionamiento, y el episodio del gas pimienta pudo tapar, por algunas semanas, lo que ya se veía entre bambalinas: que el equipo no jugaba a nada, no tenía un sistema táctico que lo amparara en los malos días, y que aquel partido inconcluso ante River por la Copa Libertadores de 2015, iba camino de la eliminación antes de aquellos extraños episodios que tuvieron al “Panadero” como protagonista.

Por su pasado glorioso como jugador, y tras un aciago primer semestre (en títulos y en juego), Arruabarrena se benefició de un hecho fundamental: en Boca había elecciones presidenciales a fin de año, y entonces el mandatario Daniel Angelici recurrió al manotazo de ahogado: el club se gastó una fortuna en contratar a Carlos Tévez de la Juventus, cuando apenas un año más tarde podía haber llegado en libertad de acción.

La imperiosa necesidad de ganar un título, para no perder el poder y cuando River se había quedado con la Copa Libertadores que Boca tanto había soñado, llevó a la contratación anticipada del ídolo y crack, que modificó absolutamente el tablero del fútbol argentino, y del club en particular.

Un Tévez en la plenitud, apoyado por un poderosísimo grupo mediático, que titulaba más con él que con Boca, y presentado por un canal de cable con los mismos intereses y a quien el crack atendía en forma especial, le fueron dando cada vez más poder hasta llegar a parar los entrenamientos para dar indicaciones, sumado a la situación de Arruabarrena, que no podía imponer su personalidad porque muchos jugadores cotizados sabían que no estaba a la altura.

Aún así, y con un Boca que jamás encontró un funcionamiento, acabó ganando el torneo oficial y al mismo tiempo la Copa Argentina (en una nefasta noche arbitral ante un Rosario central que jugó siempre un fútbol mucho mejor), sin llegar a convencer nunca ni a gran parte de su público y muchos menos al resto de los aficionados.

Es que Arruabarrena no tiene un pelo de tonto y nunca se engañó. Siempre supo que no sabía y entonces, acabó con la lógica que impera en estos casos: defenderse para no perder y para conservar su atractivo trabajo, ése que le permitió llegar a la Bombonera en buzo, y salir al campo de juego en traje, un sinsentido de tantos de quien no se encuentra porque no estaba para el lugar que ocupaba.

Entonces, el sistema consistió en una defensa de cuatro jugadores, un medio campo de “triple cinco”, apenas un creativo que tenía que regresar a marcar, Tévez flotando un poco más adelante, y arriba, solo, Jonathan Calleri, que se las arregló para marcar algunos goles, pero enseguida lo quisieron vender como super crack. Es el poder mediático que sólo Boca puede conseguir.

Acabado 2015 se dijo que Calleri debía irse aunque quería quedarse, y la propia dirigencia dio a entender que hubo razones de fuerza mayor, que pasarían más por los caprichos de una súper estrella por volver a colocar a un amigo suyo, jugador internacional, en ese lugar. ¿Dónde estaba el DT?

Así, llegó la serie de partidos con derrotas en el verano, siempre con un funcionamiento a la deriva pese a tanta figura, tapado por el circo mediático y por alguna contratación carísima y por algunos meses para los puestos en los que alguno flaqueaba.

Tras la serie de derrotas, que culminó rematada por la goleada en contra ante San Lorenzo por la final de la Supercopa en Córdoba (que nunca debió jugarse porque Boca había ganado torneo y Copa, pero manda la TV), y en la que varios jugadores (pero especialmente uno, muy sonado) aparecieron llamatívamente bajos de forma,  como olvidados repentinamente de su juego tradicional, otra vez algunas de las estrellas del plantel apretaron para que, por fin, el DT modificara el sistema y acabara con sus miedos ancestrales por tanta inseguridad.

Pero Arruabarrena no pudo cambiar demasiado. El miedo al fracaso siempre lo paralizó y entonces el dibujo apenas si se modificó en la realidad: en vez del inexplicable “triple cinco” (¿para marcar a quién, como local, cuando todos se meten atrás y un empate en la Bombonera es festejado como un título?), el “Vasco” colocó a dos de los tres, “liberando” a Pablo Pérez por un lateral y a Bentancur o Lodeiro por el otro, dando a entender que Tévez y el reclamado Palacios (al que el DT quería dejar ir a toda costa) jugarían arriba en un 4-4-2 con dos creativos y dos puntas.

Claro, fue lo que se vendió a la prensa y a muchos hinchas desprevenido. La realidad era que Boca seguía jugando con muchos volantes, con Tévez muy retrasado para ayudar en la posesión en el medio, y ahora el retornado Daniel Osvaldo, o el propio Palacios, quedaban solos y aislados arriba.

Es decir, siempre atacando con un solo delantero, antes, durante y después, en un Boca que se gastó fortunas en refuerzos llegados en su mayoría desde el exterior.

Contra Racing Club, el pasado fin de semana, y ante el que perdió los cinco partidos que disputó en el ciclo, quedó evidenciado el nuevo sistema: Boca sufrió un gol de entrada, y aunque luego dominó el juego y tuvo el balón casi todo el tiempo, no pisó el área rival hasta que por fin, harto ya de estar harto de perder, Arruabarrena, por fin y sin otro remedio, recurrió a Andrés Chávez por uno de los creativos, Bentancur, y al menos tuvo alguna que otra situación de peligro.

De fondo, Boca seguía en la misma. No jugaba a nada. Hasta que Angelici no pudo evitar lo que caía de maduro y en verdad, debió caer mucho antes, y echó a Arruabarrena, luego de sostenerlo con un hilo todo lo que pudo, haciendo que le creía cuando el DT le repetía que se sentía con fuerzas para seguir.

Para más gráfica situación, nada mejor que leer el artículo de Marcelo Rodríguez, periodista de reconocida trayectoria cubriendo los aconrteceres de Boca e insospechado de parcialidad, https://marcelorodriguez66.wordpress.com/2016/03/01/del-adios-del-v-asco-a-los-jugadores/


En verdad, nada puede decir ahora el Vasco. Siempre supo que no sabía. No estaba a la altura de un trabajo semejante. Y tampoco ayuda este modelo dirigencial que desde hace años piensa más en los negocios que en el deporte, y nunca tuvo una línea clara. 

Eso, a la larga, se paga muy caro.

domingo, 28 de febrero de 2016

Infantino presidente de FIFA: el triunfo de Occidente



Desde Zurich

Nada es casual. O casi nada. Y mucho menos en la diplomacia del fútbol, que ya hace rato dejó de ser un deporte para transformarse en un tremendo fenómeno de masas, para pasar a ser una religión de la pelota desde hace muchos años y con demasiados intereses en juego, entre ellos, sin dudas, los geopolíticos.

Por eso, no resultó para nada sorprendente que cuando se supo que el jeque de Bahrein Salman Ben Ibrahim Al Khalifa había sacado 88 votos y el ítalo-suizo Gianni Infantino suspiró de alivio y se dejó caer en la silla, emocionado al enterarse de que era desde ese momento el nuevo presidente de la FIFA, los dirigentes uruguayos se abalanzaran sobre él y a los pocos segundos cantaban juntos “Uruguay, Uruguay”, y también el presidente de la Federación de los Estados Unidos, Sunir Gulati, era otro de los cercanos.

Es que tanto Uruguay como Estados Unidos tuvieron gran incidencia en el éxito de Infantino, porque fueron fundamentales en convencer a algunos votantes díscolos o dubitativos tanto de la Conmebol como de la CONCACAF y con todo lo discutido que es Angel Villar, el presidente de la Federación Española y vice de la FIFA, también éste terminó aportando muchos votos de la UEFA.

Si la UEFA aportó 50 de los 54 votos, es decir que pudo bloquear la influencia rusa y de los países del este europeo, qué decir de la Conmebol, que aportó, por fin como bloque, los 10 votos de su confederación, mientras que la CONCACAF acabó aportando 25 de 35, cuando siempre fue difusa y cuando sus miembros tenían, según se dijo oficialmente desde su sede en el Swissotel en la zona de Oerlikon, libertad de decidir lo que quisieran sufragar.

Basta con ver desde dónde llegaron la mayoría de esos votos para Infantino, que recorrió 70 países de todo el mundo y se reunió con más de 100 dirigentes de federaciones distintas de las 209 totales en su campaña, para entender quién acabó ganando, y quién, perdiendo en esta elección.

Asia, por ejemplo, aportó 10 votos, Africa, solamente 15 y Oceanía, 5.
Se trata de un triunfo clave para el fútbol occidental desde lo político, que pone, al menos por un tiempo, hasta 2019 (cuando acabe el mandato de Infantino, que es continuación de los primeros meses de Joseph Blatter hasta que fue sancionado, y la transición del camerunés Issa Hayatou hasta el viernes pasado), un freno al avance indudable de los capitales árabes en el mundo desarrollado de la pelota, adquiriendo equipos importantes, y aportando el naming a los estadios y publicidad en las principales vitrinas-camisetas.

Conmebol-UEFA y CONCACAF, lo cual significa, en los primeros dos casos, los continentes que deportivamente dominaron el fútbol en todo el siglo, sumados al creciente Estados Unidos y su desarrollo impactante de los últimos años, en todos los órdenes en el camino de querer transformarse en una potencia, entendieron que era el momento de estrechar filas ante el avance de una filosofía ajena, que no daba garantías de mantener cierto statu quo de competitividad y un modo de entender la pasión por este deporte, sumado a los negocios ya preconcebidos que quedaban en absoluto riesgo.

No hay que olvidarse de que entre la UEFA y la Conmebol, además de la historia común, hay un personaje-puente, el abogado español Gorka Villar, hijo de Angel, y con especial poder en el organismo sudamericano siendo europeo, y cuestionado por la prensa y por muchos observadores, y en litigio con siete clubes uruguayos por asuntos relacionados con la TV a los que ya regresaremos.

Por eso es que meses atrás, hubo una primera reunión en Suiza entre las partes, que luego se repitió en Sudamérica, en la que se fueron estrechando los lazos a favor de Infantino, ante la certeza de que había dos amenazas desde el otro bloque, aunque con pésima relación entre ellos: el jeque Salman de Bahrein, y el príncipe Ali Bin Huseein de Jordania.

Si bien Salman aparecía como el más poderoso de los dos, en votos, no había que olvidarse de que Alí había sido el gran rival de Blatter en la pasada elección de presidente de FIFA, y que además, muchos de sus votos provinieron de la UEFA, lo cual iba a resultar fundamental a la hora de la segunda rueda del pasado viernes.
Entre los candidatos de esta última elección, entonces, ninguno significaba un cambio total o salirse del establishment. Estio es casi imposible en un ambiente tan cerrado como el del dirigencial del fútbol, en el que muchos se deben favores o tienen relación política o de negocios.

Apenas se podría decir que tibiamente, el sudafricano Tokyo Sexwale, amigo de prisión de Nelson Mandela en Robbe Island, aportaba algo distinto, aunque demasiado amigo de todos, y que decidió retirarse justo antes de la votación cuando le tocó como último orador, dar a conocer su programa. El otro era justamente Alí, aunque como Salman, muy cuestionado por la política de Derechops Humanos en sus países, hasta con una manifestación en la puerta de la FIFA en el momento de los comicios. Alí llegó a tener como sosten a Diego Maradona en la elección anterior, aunque luego entendió que eso no le daba los votos que necesitaba, que estaban adentro y no en las pantallas de TV.

Pero en el caso del resto, todos ya tenían relación con el statu quo: si Salman era hombre de Joseph Blatter en la sombra (a partir de su  base en Asia y Africa, continentes favorecidos por el grondoniano axioma de “un país, un voto”, con origen afista), Infantino lo era de Michel Platini, al punto de que apelaron a él para que no se cayera “lo ya construido” cuando el francés se cayó de la candidatura por el affaire de los 2 millones sin papeles junto a Blatter. Y si Jérôme Champagne aparecía como rebelde, éste no hacía más que mencionar a Blatter y aun más a Joao Havelange casi con melancolía, de sus anteriores buenos tiempos en la FIFA.

La verdadera elección se fue reduciendo a dos bloques: el de Salman (Blatter) y el de Infantino (Platini). Sexwale y Champagne quedaron afuera de la competencia y la gran incógnita era Alí, pero más que nada sobre hacia dónde irían sus votos en una segunda rueda, a sabiendas de que no ganaría pero que podía arrastrar los efectos de su buena elección pasada.

Sumado a que el sistema electoral casi imposibilitaba un ganador en la primera ronda (eran necesarios dos tercios del total, 138 votos, porque estaban habilitados 207, con Kuwait e Indonesia suspendidos), y con una situación de casi igualdad (88-85 para Infantino), y con apenas 7 votos para Champagne, la gran pregunta es hacia dónde irían los 27 de Alí.

Y en el final, se vio claro lo que ocurrió: Salman apenas si obtuvo 3 de los 34 votos flotantes (sumados Alí y Champagne), y en cambio, Infantino sumó 27 votos a los que ya tenía. No hay casualidades.

Volviendo al bloque sudamericano, la incidencia uruguaya fue fundamental. Si bien uno de sus dirigentes había apoyado a Champagne hace meses, era clara la vocación de la AUF de favorecer a Infantino, que de esta forma le da visibilidad a los dirigentes orientales, relegados en la presidencia de la Conmebol por los intereses televisivos contrapuestos. Si Wilmar Valdez, titular de la AUF, llegaba con la oferta de la empresa GOL TV de su compatriota Francisco “Paco Casal”, el nuevo presidente de la confederación, el paraguayo Alejandro Domínguez, permitía continuar con el statu quo de Fox Sports y la alianza con Gorka Villar, en litigio con siete clubes uruguayos por los derechos de TV y todos, con la idea de dialogar con loscansados clubes asociados en la nueva Liga, con la que buscan mucho más dinero de la TV para sus arcas.

Pero no es sólo eso: la llegada de Infantino al poder acaba garantizando la organización del Mundial 2030 en forma conjunta entre Argentina y Uruguay, y aún queda margen para otro hecho político significativo: que el secretario general de la FIFA vaya a ser sudamericano y hasta el propio Valdez, algo que quedó expuesto en la  breve conferencia de prensa del nuevo presidente de la FIFA cuando dijo que el puesto no puede ser para un europeo siéndolo él mismo.

Todo esto, le otorgaría a Sudamérica un poder especial en la FIFA, refrendado por la exposición de Infantino como candidato, cuando dijo que ese continente, “es el que mejor fútbol genera en el mundo”. Todo un espaldarazo.

Por el lado de EEUU, es clara su influencia en artículos que hacen referencia al respeto por los Derechos Humanos, el cupo femenino (uno por cada una de las confederaciones), el acortamiento  a tres mandatos de 4 años de los presidentes, y la transparencia económica.

Con Infantino se abre una nueva etapa, que no necesariamente sea de corte con la anterior. El nuevo presidente siempre fue parte del establishment, primero como parte del CIES (el centro de estudio en ciencias sociales de la FIFA), y luego en la UEFA, hasta llegar a secretario general y encontrarse con esta oportunidad de oro con la caída de Platini.

No parece que de Infantino haya que esperar una revolución en el fútbol. Sí, muy posiblemente, números ordenados, el regreso de muchos sponsors que sigilosamente abandonaron la FIFA por causas de corrupción, y más dinero al “Tercer Mundo” para mostrar que el desarrollo es posible, en especial con los 1200 millones de dólares a repartir sobre los aproximadamente 5000 que la FIFA recauda.

La tecnología, en cambio, no parece ser una preocupación sustancial cuando debiera serlo. No aparece en los primeros planos, sino apenas más atrás, cuando se sabe que con tantos intereses, el fútbol poderoso se sirve de estas confusiones en los graves fallos arbitrales. Pero no parece haber tanto lugar, apenas vagas promesas de usos parciales de tecnología, pero lejos de las necesidades. Una vez más, el establishment puro y duro.

Argentina, por fin, votó a ganador. Con la poca claridad sobre su voto concreto la pasada elección, cuando Rodolfo D’Onofrio dijo que votó por Alí pero otros parece que votaron a Blatter, por fin se dejó llevar, luego de algunas dudas, por la AUF y acabó haciendo lo mismo. Y con Luis Segura, el presidente de la AFA de transición, meditando si quedarse enfocado en Zurich y en el lujoso Baur Au Lac que tanto frecuentaba su antecesor Julio Grondona, y dejar la casa de la calle Viamonte, en la que ya mandan otros y aparecen en el horizonte candidatos que hasta diciembre ni juntaban los avales.




domingo, 21 de febrero de 2016

De fútbol, camas y periodismo




Y de repente, Boca Juniors, tras un verano para el olvido, que incluyó una dura derrota oficial ante San Lorenzo por una Supercopa que nunca debió jugarse (pero la TV manda en estos tiempos), parece haber recuperado, y hasta en cierta forma, sobrepasado, la memoria no sólo por el resultado de 4-1 ante un irregular Newell’s Old Boys, sino por un funcionamiento colectivo que no llegó a tener en 2015, ni siquiera en el segundo semestre cuando fue bicampeón (torneo y Copa).

La gran pregunta es si en apenas una semana, muchos jugadores que no daban pie con bola, que aparecían lentos, muy faltos de fútbol, y en algunos casos, con llamativos errores y torpezas cuando nos referimos a cracks probados, llegados de Europa en su plenitud, pudieron cambiar tanto como para ofrecer el muy buen espectáculo del sábado por la noche en la Bombonera y dejar casi todo lo demás muy atrás y hasta proyectar a un Boca “casi normal” al debut por la Copa Libertadores el próximo miércoles en Colombia.

¿Es posible que el mismo jugador, gran figura en los mejores equipos del mundo, y que había sido fundamental para la conquista de los dos títulos en 2015, y traído especialmente por las elecciones en el club, pudiera ser tan ineficaz ante los arqueros, o que rematara al quinto piso de la tribuna en un tiro libre, y que apenas diez días más tarde fuera tan certero, tan concreto y tan habilidoso, y que eso no fuera un mero proceso lógico de adquisición de confianza?

Por estos días han aparecido intentos de explicar este repentino cambio de Boca, de algunos jugadores de renombre, desde el factor puramente psicológico sin tomar en cuenta otros, como la propia voluntad. Es decir, lo “consciente” por encima de lo “inconsciente”, o bien desde la propia confianza colectiva en el juego, como si no existieran otros hechos decisivos.

Desde los años sesenta, en el fútbol argentino apareció una línea desde los medios que comenzó a analizar todo en clave tecnócrata. A caballo de los hechos del Mundial de Suecia 1958, cuando la selección argentina fue duramente derrotada por alemanes y especialmente checoslovacos, el debate sobre “a qué jugar” se derivó en la búsqueda de la más lejana influencia: en vez de copiar al campeón, además vecino, Brasil, con su fútbol brillante, se optó por la fórmula europea: disciplina, estado físico, olvidarse progresivamente de la pelota, lo que fue acompañado de un periodismo tacticista y que encontró toda explicación en cuestiones tácticas. Ese periodismo, funcional al nuevo negocio del fútbol que trajeron dirigentes como Antonio Liberti (River) y Alberto J Armando (Boca), nunca buceó en otras causas para explicar, por ejemplo, el ocaso del espectáculo.

A cierto periodismo “oficial” nunca le interesó bucear en otras causas. Hay demasiados intereses en juego y eso hizo también que en los últimos tiempos aparecieran analistas con pasado futbolero que pudieron interpretar aún mejor que los propios periodistas, lo que ocurre en el campo de juego ante los otros, demasiado metidos en el show que respalde los negocios del presente.

Pero esos medios, desde donde nos cuentan, desde donde los analizan, no pueden meterse con cuestiones de ese mismo negocio porque son ellos el negocio, a tal punto que uno de los principales diarios titula con un crack antes que con Boca y un canal de TV por cable tuvo absolutos privilegios en la mismísima presentación de ese crack, luego comprobados en el puente que significó un estentóreo affaire político pre-electoral.

El periodismo ligado al fútbol dejó de ser, desde hace rato, sólo el que nos cuenta la táctica, lo que pasa en el terreno de juego. Es nuestra función analizar y profundizar en todas las causas y una de ellas, guste o no, es la de los jugadores que se asumen como poderes fácticos una vez que el club les da todo para que lo sean.

Y si el equipo no rinde justamente cuando algunos jugadores de peso de ese equipo comienzan a fallar lo inexplicable, cuando pierden balones que jamás perdieron (ni posiblemente perderán), cuando son buscados para respaldar al DT desde los micrófonos más pesados y eluden el convite (cuando sus compañeros manifiestan apoyo explícito por el mismo DT), y cuando un jugador en cuestión podía venir en carácter de libre en 2016 pero para favorecer a los dirigentes llegó un año antes, generando un gasto (aún no aclarado del todo) de más de 5 millones de euros), es insoslayable bucear en causas no deportivas, por más que esto nos genere rencores, opiniones en contra o fuertes disidencias.

Lo que haya sucedido en la última semana, en la que todo indica que volvió la paz a Boca y todos parecen ahora sí haber decidido estrechar filas con Arruabarrena, el tiempo lo dirá. Pero eso no quita señalar y subrayar que sí pasaron cosas en el vestuario hasta hace diez días.

También a principios de esta temporada, los jugadores del Real Madrid negaron malestar con su ex entrenador Rafa Benítez. Esa negativa fue terminante. Bastó que se fuera y llegara Zinedine Zidane para que muchos reconocieran que no jugaban con las mismas ganas en la etapa anterior. Es el tiempo el que pone las cosas en su lugar.

A veces, una reunión a tiempo puede ser decisiva. Lo fue en Barranquilla antes del Mundial de México 1986 y esa selección argentina no paró hasta ganar el título. ¿Eso quita que antes jugaba mal y el plantel estaba dividido? Desde ya que no.

Alguna vez alguien muy importante dijo que el periodismo está para señalar aquello que los protagonistas no quieren que se sepa. Su rol es fiscal, no es quedar bien con nadie, ni tiene compromisos con nadie que no sea su propio público.


Con cama o sin cama, bienvenidos al periodismo.

sábado, 20 de febrero de 2016

Canallada (Un cuento de Marcelo Wío)




A Roberto Fontanarrosa


El primer impulso fue negarlo, invalidar toda posibilidad que indicara su acaecimiento. Atemperaba toda consecuencia, minimizaba sus efectos, los difería a un plano fantástico, ajeno a la realidad. Mi hablar era austero, un susurro, como si evitar la totalidad de una vocalización anulara los efectos de las palabras y sus significados. 

Había gastado tantas cábalas…, había acudido a insondables estadísticas y emparejamientos de números y astros. Conjuré, en noches que estimé propicias, con salmos paganos la intercesión de espíritus improbables. Me aboqué al pirronismo conveniente: Nada puede ser conocido, ni siquiera esto; negación metódica de los hechos, búsqueda pertinaz de conspiraciones. 

Una noche de luna llena llegué a quemar pelo de gato negro en un cementerio mientras formulaba unas palabras en latín que ahora dudo que tuvieran significado alguno.

Luego me bebí un trago de una infusión hecha a base de Opio de Esmirna, azafrán cortado, canela de Ceilán, clavos de especia y vino de Málaga que me cayó como el mismísimo culo y me tuvo unos días con mareos, escalofríos constantes, transpiración fría y copiosa, malestar estomacal y un recuerdo nefasto de Sydenham que no sé si era del todo merecido – seguramente le pifié en la preparación -. 

Al día siguiente de toda esta escenificación oscurantista, perdimos como local el partido que a priori se presentaba más fácil en todo el campeonato. Entonces no lo quise ver, pero cualquier cosa era inútil. Pero claro, todo era apremio, todo, presentimientos funestos, desesperación. Me llegué a plantear la posibilidad de ser mufa, pájaro de mal agüero. En realidad, pretendía convencerme de que algo de lo que yo hiciera tendría alguna injerencia en el devenir de los acontecimientos.

La tabla de posiciones era una irreverencia semanal. Una burla que no admitía cálculos accesorios. Ahí estábamos, cayéndonos de la lista, escurriéndonos a segunda división. Se sucedieron la indignación, el odio al rival y, finalmente, la resignación: ya no me interesa el fútbol, qué es sino un burdo circo. 

Seguí un par de semanas la liga de vóley femenino, pero esas minas, por más pantalocito corto y ceñid, no alcanzaban mis expectativas – sumado a que perdieron cuatro partidos al hilo las muy yeguas, con una falta de garra y compromiso intolerables -. Volví, como era inevitable a aquello de lo que jamás me había marchado. Porque escuchaba los partidos por la radio de a trozos, como si lo hiciera por descuido, por mera casualidad. Boludeces. Sabía qué sintonía me traería esa acidez de estómago segura, esa amargura agria. Otra vez me enganché en la sucesión de desilusiones seguras. 

Una tarde, mientras iba al laburo en el colectivo me puse a observar: subió una mina de esas que acaparan tu atención. Yo tenía el asiento de al lado libre. Justo al lado de la puerta para descender. En fin, situación inmejorable. Pero invariablemente, estas minas, se tienen que sentar en otro lado. Una fatalidad me dije inmediatamente. O… tal vez no sea un óbice más, sino el signo imperturbable de las sumatoria de catástrofes; o el signo incontestable de que le entré a la vida por la puerta de atrás… O… Morigerate, Osvaldo, hacéte caracol cortaciano, deslízate, que la vida es pura tómbola, es al pedo.

Mirá que teníamos lindo equipo… Nada che, el azar, la incoherencia y la puta que los parió a esos once burros y al pelotudo del técnico. Eso sí, muy cínico: ninguna expulsión, che; unas damiselas los tipos, como si fueran miembros de un ballet. ¿Poner la gamba? ¡No! Va de retro, qué es eso… que después hay que salir de joda por ahí… siniestros mercenarios a los que la camiseta les calienta tres carajos: lo mismo el azul y amarillo a rayas que el rojo y negro en dos franjas… Hijos de puta…

Ya hace dos semanas y vengo destilando y masticando infamia. Seguro que estos soretes estarán en Cancún o Florianápolis. A ver el diario, ya no sé si leerlo. Epa, nuevos fichajes… hmmm, sí a este lo juno; che, este otro no está mal… ojo al piojo, que con estos volvemos a primera en un año y ahí te quiero ver… No, me estoy adelanto; no te embales Osvaldito, que después se pincha el globo y uno parado en medio de la fiesta con el globito flaco y evidente. Retomá la idea que venías rumiando el otro día… ¿Cómo era? Ah, sí, había llegado a que se me suscitaba un problema, o un dilema (o una solución, según cómo se mirara el  asunto): si el equipo de mis amores no tenía ninguna importancia práctica para mí (a lo sumo una sublimación de mambos, una disipación tenue de preocupaciones), no podía ser real. Porque teóricamente todo lo real es de alguna importancia. 

Y salvo una distracción somera, una preocupación añadida, esos colores no suponen significación alguna… ¿O no? Además, Rosario Central es un hecho macroscópico, con lo cual es de suponer que los sucesos macroscópicos que lo componen, a su vez (simultáneos todos ellos), superpuestos, son una mezcla incoherente de estos mismos estados. Por tanto, no descendimos. Era sólo una probabilidad inicial de hacerlo. Una de tantas… ¿A quién pretendo engañar?

Estamos en segunda. Relegados a la radio, fuera de las audiencias triunfalistas de la televisión, desenquistados de la actualidad, segregados al margen de las estadísticas y las cargadas, de los titulares y los coloquios intrascendentes. Intento aplicar el logos, la axiología… Siete años de Filo y Sofía para llegar a esta encrucijada, a esta entelequia futbolística… Siete porque me costó un año encontrarle la punta al ovillo filosofal: distracciones de labios que se convertían en piernas y en desenlaces que se hacían copa o vaso o cualquier objeto que pudiera contener una destilación más o menos meritoria de una resaca posterior. Y ahora, a paja, el grandulón. Y encima estos ineptos descienden… 

Ese recodo conocido y seguro que me aguardaba el domingo se fue al carajo por once soretes, fijate vos. Paja y descenso, qué debacle viejo, qué venida a menos, qué derrape subrepticio y, a la vez, anunciado con leves variaciones astrales.


Ahora hay que pensar en lo perentorio, en el nudo mismo de mi circunstancia, ninguna desviación, ningún elemento superfluo a la cadencia consuetudinaria de acontecimientos particulares que soy y que devengo instante tras instante… y la putísima madre que los parió a esos hijos de una recalcada… será posible que un hecho minúsculo, liviano, tan alejado de mi realidad (siendo extremadamente juicioso) me tiene hecho un manojo de broncas irreconciliables… Pero mirá estos fichajes, pibe. 

No sé, hay un ápice de esperanza en esos nombres. Qué se yo, falta para que empiece el campeonato… entusiasmarse tan rápido no es conveniente… aunque es la única solución que barrunto. 

lunes, 15 de febrero de 2016

El show del Barcelona (Yahoo)



A catorce jornadas del final de la Liga Española, cada vez parece más difícil pensar que el Barcelona puede llegar a perderla. Con treinta partidos sin perder, estableciendo un nuevo récord que hasta supera al brillante de los tiempos de Josep Guardiola como entrenador, y a veces hasta con algunos momentos de neta paridad con sus rivales, no parece necesitar de muchos minutos para establecer una diferencia.

Si el Barcelona vence en Asturias al Sporting Gijón el próximo miércoles, en el partido pendiente de cuando viajó a Japón para disputar el Mundial de Clubes, que finalmente ganó, habrá sacado seis puntos de diferencia a su inmediato perseguidor, el Atlético de Madrid, al que venció en ambas oportunidades en esta Liga, y siete al Real Madrid, tercero en las posiciones.

No sólo eso: en los catorce partidos que quedan hasta el final, el Barcelone tiene, a priori, sólo dos salidas con algún riesgo, ante el Villarreal, al que venció 3-0 en la ida, y ante la Real Sociedad, a la que derrotó 4-0 en el Camp Nou. En su estadio, debe recibir, de los equipos de mayor nivel, al Real Madrid (le ganó 0-4 en el Santiago Bernabeu) y al Sevilla, su rival en la final de la Copa del Rey y contra el que disputó, en un partido memorable, la final de la Supercopa europea a principios de temporada.

Pero si el calendario parece acompañar mucho al Barcelona para retener la Liga en 2016, también le favorecen los números de su propia campaña. La diferencia de gol de +44 (62 a favor y apenas 18 en contra) demuestra una enorme capacidad goleadora pero a diferencia de otros tiempos, pasa casi toda por su excepcional tridente sudamericano: Si esta vez Lionel Messi, su máxima estrella, ha totalizado 12 goles, se debe a que sólo jugó 17 partidos, por una larga lesión, pero el uruguayo Luis Suárez es el Pichichi del certamen con 23 (dos más que Cristiano Ronaldo) y el brasileño Neymar lleva 17, dos menos que Karim Benzema, tercero entre los goleadores de la Liga.

La capacidad goleadora del Barcelona es tal que además del 3-0 al Villarreal, ha marcado un 4-1 al Levante, un 5-2 al Rayo Vallecano, el recordado 0-4 al Real Madrid nada menos que en el  Bernabeu, un 4-0 a la Real Sociedad, otros 4-0 al Betis, otro 4-0 al Granada, un 6-1 al Athletic de Bilbao y ahora, un 6-1 al Celta de Vigo, que es uno de los pocos que no sólo lo ha vencido en la primera rueda en Galicia sino que lo ha hecho por 4-1.

Para quien no ha visto el partido del pasado domingo en el Camp Nou, costará creer que por momentos el Celta, un equipo bien organizado y con una buena disposición por parte de su entrenador argentino Eduardo Berizzo, no sólo ha estado empatando sino que hasta tuvo posibilidades de quedar al frente en el marcador.

Sin embargo, y como en tantas oportunidades, bastó que los locales encontraran el 2-1 para, a partir de ese momento, llevar el partido al terreno que más desean: mantener el balón en su poder a la espera de que el rival tenga que salir a buscar el empate en alguna oportunidad, para asestar, en base a precisión y velocidad, el golpe definitivo con los tres grandes atacantes que posee, sumados a los talentos de Sergio Busquets en la recuperación y Andrés Iniesta en el apoyo del tridente.

Y aún así, no todo termina en el 6-1, con tres goles de Suárez, un gran libre directo de Messi, o los tantos de Neymar y de Rakitic cuando todo ya se acababa. Porque hemos podido disfrutar de un show que tuvo momentos brillantes, mágicos, a partir de que varios jugadores sintieran que podían animarse cada vez más a divertirse en el campo de juego, sin por eso faltar en absoluto respeto a sus rivales.

Es que el Barcelona tiene algunos jugadores que sienten el fútbol estético de una manera particular. No hace falta describir a Messi. Ya se ha hecho desde muchas formas. Pero la ejecución del penal, con la ocurrencia del pase a su compañero Suárez en vez del remate franco a la portería, demuestran el grado de solidaridad con el goleador uruguayo y también, la permanente búsqueda de algo distinto, que no se recordaba desde 1982, cuando un veterano Johan Cruyff lo probó en el Ajax holandés.

Por su parte, Neymar se animó a realizar la “lambretta”, una jugada exquisita que también tiene poco uso (se recuerda apenas una que el también delantero Leandro Damiao hizo en Buenos Aires ante el lateral Emiliano Papa en un Argentina-Brasil de 2011), consistente en levantar el balón con los pies por detrás del cuerpo propio, y lanzarlo por encima del cuerpo del rival para ganarle así la posición, algo sólo hecho para los elegidos.

La sensación de los simpatizantes del Barcelona no puede ser más plena en este momento, justo cuando tras dos meses de ausencia, regresa la Champions League en sus octavos de final en uno de los choques más esperados, ante el Arsenal de Arsene Wenger, que no sólo mantiene un estilo estético sino que es claro protagonista de la Premier League luego de haberse impuesto, en un gran partido, al líder del torneo, el Leicester.


El Arsenal-Barcelona, entonces, no podía llegar en mejor momento.

lunes, 8 de febrero de 2016

Neymar y el recuerdo del “Caso Figo” (Yahoo)




Cuando Luis Figo se puso la camiseta del Real Madrid, en 2000, el escándalo fue mayúsculo. Era ídolo en el Barcelona y pasaba al peor enemigo del pueblo “culé” y se iba a la capital española para vestirse de blanco, con todo lo que ello significaba.

Eran los primeros tiempos de Florentino Pérez como presidente del Real Madrid y el anuncio del fichaje del extremo portugués, en el caso de ganarle las elecciones a Lorenzo Sanz, entre otras medidas y el hartazgo de la dirigencia anterior, aún habiendo ganado la Champions League en la final de París, generaron el cambio impensado apenas dos meses antes.

Muchos recordarán lo que fue la primera visita de Figo al Camp Nou, cuando rodó por el césped hasta una cabeza de cerdo cerca del ángulo de córner y con banderas que comparaban al portugués con Judas.

No llegó a ser así en los años cincuenta cuando tras haber jugado dos partidos con la camiseta azulgrana, Alfredo Di Stéfano se tomó un tren y se fue a Madrid donde se convertiría en símbolo de la Casa Blanca, ganando cinco Champions Leagues consecutivas entre 1956 y 1960 hasta convertirse en leyenda.

En aquel tiempo, se intentó llegar a una solución en el conflicto por el argentino entre el Barcelona y el Real Madrid: que jugara alternadamente un año para cada uno, pero los catalanes ya no quisieron aceptar.

El tiempo hizo que circularan distintas versiones históricas, completamente opuestas, desde la intervención del dictador de entonces Francisco Franco hasta el error conceptual de los dirigentes catalanes sobre con quién negociar el pase del jugador, que venía de participar en una liga pirata como la colombiana, no aceptada oficialmente por la FIFA.

Lo cierto es que en estos tiempos de vacas flacas madridistas, en estos años de éxitos permanentes del barcelonismo, no es de extrañar que en otra temporada en la que los blancos ya quedaron fuera de la Copa del Rey por un escándalo administrativo (la maña inclusión de Cheryshev) y apenas si se mantienen en la lucha por el título de Liga, cuando podrían quedar lejos si el Barcelona gana su partido pendiente ante el Sporting Gijón y cuando además deben visitar aún el Camp Nou, su presidente Pérez busque reincidir tratando de dar otro golpe de efecto al estilo del de Figo hace poco más de quince años.

Y qué mejor entonces que buscar por todos los medios pescar en río revuelto como lo es el fichaje del crack brasileño Neymar por el Barcelona, lleno de conflictos judiciales que hasta hicieron caer en el ejercicio anterior al ex presidente Sandro Rosell y tienen en jaque al actual, Josep María Bartomeu, quien firmó los documentos y formó parte de la comisión directiva anterior.

No es casualidad que si hubo una parte activa en este conflicto judicial entre el Barcelona, el Santos (club de origen de Neymar), y el padre del jugador, no fue otra que la prensa madrileña, que vio un filón interesantísimo en esta situación, y vislumbró que puede abrir las puertas a un hecho de altísimo impacto para la Liga: que acaso el jugador que fue elegido tercer mejor jugador del mundo de 2015 pueda vestir de blanco en pocos meses y que a su vez esto atente contra el manifiesto deseo del barcelonismo de que el gran tridente sudamericano (junto al argentino Lionel Messi y al uruguayo Luis Suárez) se mantenga en los próximos años.

Neymar es muy joven, tiene 24 años, y está sindicato por muchos analistas internacionales como gran candidato en el futuro próximo a buscar el centro como mejor jugador del planeta y ya ha mostrado grandes condiciones técnicas aunque ahora mismo no pase por su mejor momento en los campos de juego.

Muchos creen que esto no es producto de la casualidad: Neymar está siendo presionado para cambiar, para irse del Barcelona para acabar con toda esta controversia que lo envuelve junto al Santos , a su padre y al club catalán y si bien ya ha aparecido el creciente rumor de una extraordinaria oferta del PSG de 190 millones de euros, no sería extraño que el Real Madrid compitiera para forzar su fichaje, con todos los antecedentes situados.

¿Es posible mantenerse al margen de todas las presiones para dedicarse sólo a jugar con todo lo que hay a su alrededor? No parece fácil, cuando el propio club Barcelona tuvo que emitir un comunicado pidiendo respeto para el padre del jugador, dando a entender que es objeto de persecución mediática desde la capital española.

De a poco, nos acercamos a la conformación del “Caso Neymar”, con el que algunos logren tapar los escasos resultados futbolísticos y de paso, generando ya expectativas de cambio para la próxima temporada, ante el posible nuevo éxito rival. 

Y además, si de paso el joven jugador se consume en la ansiedad y en las presiones externas sin poder rendir al mismo nivel que antes, será otro efecto deseado.

En este sentido, algunos intentos de jugadas de gran estética individual del brasileño, nos quieren demostrar que el deseo de seguir agradando y aportando cosas al espectáculo, sigue intacto.

La mejor noticia para el fútbol es que Neymar retome su mejor nivel y nos siga regalando grandes momentos en el césped y que se hable de él más por esto, que por aquello.


martes, 2 de febrero de 2016

El furor de la violencia “amistosa” (Jornada)



Hace años que los hinchas visitantes no pueden ver a sus equipos en esa condición, pero fracasó el sistema del AFA Plus para controlar la entrada de los violentos. Muchos partidos oficiales se juegan a puertas cerradas, y en esa condición, Boca comenzará la próxima edición de la Copa Libertadores por los hechos conocidos del gas pimienta y el Panadero ante River en la edición 2015.

Según la ONG Salvemos Al Fútbol (SAF), con estadísticas que debieron ser oficiales pero el Estado, desde siempre, se desentendió del tema hasta transformarse en cómplice (ya sea en el nivel nacional, provincial o municipal, según el caso), hasta el momento se registran 310 muertes por violencia del fútbol, de los cuales 208 corresponden a la época de Julio Grondona como presidente (1979-2014), y los dos últimos, ya en la actualidad con Luis Segura en el cargo.

Se han hecho aberraciones en el supuesto intento de terminar con la violencia del fútbol, como ir a buscar a autoridades inglesas que hayan combatido a los hooligans, cuando aquel fenómeno sólo se parece al de las barras bravas pero tiene su propia etiología, al punto de que esos mismos funcionarios, al llegar a la Argentina, sostuvieron que nada tenía que ver una cosa con otra.

Lo claro es que en una sociedad violenta, y con una agenda tan exageradamente futbolizada, difícilmente el fútbol no sea violento y cuando el discurso más orientado va hacia el negocio, y se repite desde la prensa con cinismo que sólo importa ganar, sería raro que los propios actores no cayeran en su propio clima de violencia.

Lo ocurrido en Mar del Plata el pasado domingo entre Estudiantes y Gimnasia, en el clásico platense que se anunciaba como amistoso de verano, con una batalla campal que motivó la suspensión antes de tiempo, no es más que un lamentable y reiterado ejemplo de los últimos tiempos.

Ahora son los jugadores mismos los que entran en el terreno de la violencia, se pegan con toda la fuerza, son los estandartes de la expresión más violenta sin necesidad de representantes folklóricos como en la última mitad del siglo XX y no sólo puede notarse en los hechos de agresión física sin ningún pudor siendo profesionales, sino que una vez terminada la vergonzosa gresca, van en busca de su barra brava para festejar con ella, en otra situación repugnante que certifica el tiempo absurdo que se vive.

Los jugadores de este tiempo han perdido los mínimos requisitos éticos. Se burlan en forma directa ante cualquier victoria, se sacan fotos y se viralizan en redes sociales enrostrándole la victoria a su ex adversario, ahora enemigo, y si faltaba algo, se abrazan con los violentos de la barra a los que expresan su genuflexa lealtad.

Los que siguen siendo hinchas de Estudiantes, y muy lejos de las últimas victorias con Alejandro Sabella en 2009-10 o con Carlos Bilardo-Eduardo Manera en 1982-83, conocen de aquel cinismo de los tiempos de Osvaldo Zubeldía y ese fútbol al límite del reglamento, que llegó a acabar en la cárcel de Devoto en aquella vergonzosa final intercontinental ante el Milan en la Bombonera en 1969, cuando el arquero Alberto Poletti –suspendido de por vida- le pegó una patada en la cabeza a Gianni Rivera, entre tantos otros hechos deleznables.  “Es el Estudiantes de Zubeldía, no es el de La Plata”, decía, con firmeza, el fallecido periodista Dante Panzeri, uno de los pocos que advirtió mucho tiempo atrás lo que podría pasar hoy.

De aquellas grescas, entonces, estos lodos. Los que hoy vienen del clásico platense trasladado a Mar del Plata, y ayer del gas pimienta y de los jugadores de Boca practicando para intentar jugar el segundo tiempo cuando minutos antes, sus colegas de River habían sufrido una agresión en el vestuario visitante, y por si esto no fuera poco, saliendo a vengar aquella descalificación también en el verano marplatense, sin importar quedarse con ocho y dar una imagen lamentable.

Aquellos jugadores de tiempos pasados, cuando las redes sociales no existían, tenían otra ética. Eran los protagonistas del espectáculo, las estrellas, la condición sine qua non del fútbol (junto con la pelota) y salvo broncas acumuladas y equipos al límite, las grescas eran excepciones.

Hoy, no hay torneo de verano que alcance. “Violencia” y “Fútbol” comienzan a parecerse cada vez más en la Argentina y puede que simbólicamente sirva que el Gobierno nacional o provincial bonaerense exijan a la AFA penas máximas a los infractores, pero no deja de ser puro voluntarismo.

Es aceptable, incluso, que el Estado se haga cargo de la seguridad en el fútbol como forma de controlarlo y quitarles a los dirigentes deportivos de la responsabilidad cuando muchas veces (aún en complicidad con los barras bravas) han pagado fortunas en los operativos, pero la lista de admisión de los violentos no puede ser cosa de los clubes sino de las diferentes policías zonales, aunque esto cueste reconocer que la Policía no es precisamente colaboradora y necesita una profunda reestructuración y un cambio total en su función, acabando con la corrupción.

Mientras tanto, la violencia sigue ganando espacio y ya no alcanza ni con puertas cerradas, prohibición a los visitantes y tecnologías de admisión fracasadas. Alcanza con mirar hacia el campo de juego.

¿Pensará por un momento Mariano Andújar que hace apenas unos meses pasaba días tranquilos en el fútbol italiano y ahora apareció boxeando y pegando patadas para la TV mundial en un clásico cualquiera de verano? ¿Qué sentido tiene?

Tal vez ninguno, pero no parece interesarle a los protagonistas. A ellos, en este momento, sólo les importa pedirse rápido perdón con lágrimas de cocodrilo, como el arquero de Estudiantes y Nicolás Mazzola de Gimnasia, sólo para conseguir una rebaja en las penas y no quedar suspendidos para el torneo oficial.


Hasta la próxima gresca.