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martes, 30 de diciembre de 2014

El fútbol argentino, Cromagnón y Los Soprano (Jornada)



Santiago Aysine, integrante del grupo musical “Salta la banca”, dijo, al cumplirse otro aniversario de la tragedia de “Cromagnón” en Buenos Aires, que sigue habiendo un Estado ausente y que no son precisamente los músicos los que deben solucionar los problemas de seguridad en los recitales. Que pueden ayudar pero que la decisión final no les corresponde.

Quienes siguen de cerca lo que ocurre en el fútbol argentino, no pueden dejar de comparar estas declaraciones de este músico con lo que ocurre con la violencia que impera desde hace medio siglo y que va in crescendo. Para más datos, 2014 se cierra con (hasta ahora, porque nunca se sabe) 18 muertes, el pico máximo de la historia, totalizando 301 si se puede tomar como seria una estadística que no proviene, como debería, del Estado, sino de una de las ONG que se dedica como puede a investigar este fenómeno, “Salvemos al Fútbol”.

Así como en tantas actividades, como en la música, en el fútbol, que es pasión de tantos que por esta misma causa se defiende con ahinco la posibilidad de verlo gratuitamente por la TV, el Estado está ausente, aunque a esta altura, y con el conocimiento claro de que los barras bravas tienen sostén en la clase política, se puede asegurar que esa ausencia termina siendo absoluta complicidad.

Los violentos argentinos son “Part time”. Tienen otros quehaceres cuando no están involucrados en el contexto del fútbol.  En otros lados son, en cambio “Full Time”.

No es casual que no haya datos concretos, ni serios, en el Estado. La Argentina lleva 31 años ininterrumpidos de democracia, pero no ha logrado resolver, y está lejos de que ocurra, este problema, para el que sigue sin consultar a los cientistas sociales, aunque también hay una lógica que va de la mano con el caos: cuando lo hizo, no tuvo suerte y ha dado con quienes han propuesto soluciones sin ningún sentido, más cerca de concurrir a los programas de debates televisados o prestarse a las entrevistas mediáticas.

Un ejemplo de esto fue cuando se propuso a la clase política recurrir a las soluciones “a la europea” como lo ocurrido en Inglaterra con la Premier League tras los episodios de Heysel (1985) y Hillsborrough (1989), como si la cultura y el contexto social fuera el mismo que el de nuestro país.

La espantada de los pocos políticos bienintencionados tras esa falta absoluta de criterio del cientificismo social dominante, el que copó universidades y centros de investigación amparado por la prensa amiga, terminó de producirse hace poco tiempo, cuando estos mismos grupos elaboraron un documento, tratando de insistir en el escalamiento hacia posiciones estatistas, en el que proponían nada menos que dialogar con los violentos…

El tratamiento mediático sobre la violencia del fútbol no deja de ser llamativo y pocos se detienen en entender que si tanto se propone seguir ciertos procedimientos de los países europeos que han conseguido aplacar la violencia, hay ciertos protocolos que deben cumplirse como base.

Un ejemplo importante de esto pasa por entender que en la Argentina, después de la dictadura y el menemismo, hay miles de familias que nunca han podido trabajar, que no tienen incorporado el valor del trabajo en sus hogares y que en algunos sectores sociales y en determinado contexto, el barrabravismo acaba siendo un factor aspiracional, por lo que las permanentes menciones de sus líderes, al contrario de lo que se pretende hasta por la mayoría de los bienintencionados, y en algunos casos excelentes investigadores, opera como bumerán.

En Europa, cuando ocurre algún hecho de violencia por TV, generalmente la cámara desvía la atención hacia el campo de juego, justamente para no difundir a los que forman parte de estos hechos para quitarles protagonismo.

En la Argentina, los líderes de las barras bravas van ocupando cada vez más lugar en los medios, más espacio en la TV, más páginas en los diarios y van consiguiendo la difusión de su liderazgo, sin importarles siquiera estar involucrados en toda clase de delitos.

Lo que vende es su liderazgo, su “ascenso” en la difusión y el discurso de que sólo siendo como ellos, se puede ascender socialmente. Claro que se puede ascender también con el fútbol, pero para eso en la mayoría de los casos se necesita de talento, de esfuerzo.

En el caso de las barras bravas, se necesita otra clase de “virtudes”.

En la gran serie “Los Soprano”, en un capítulo de la primera temporada, Cristopher, el sobrino del líder, Toni Soprano, se enoja primero cuando no aparece su nombre entre los involucrados en la mafia en un informe de la TV, y se excita luego cuando lo llaman por teléfono y le cuentan que sí figura en uno de los diarios del día, por lo que se viste e inmediatamente sale a comprarlo, coloca monedas en una expendedora y saca todos los ejemplares disponibles.

A Cristopher no le importó que lo involucraran en delitos, sino que hablaran de él.
Las barras bravas son mafias, que pretenden lo mismo porque saben, intuyen, desde la cruda realidad, que el contexto social de hoy en la Argentina y la ausencia y complicidad del Estado, y la ayuda de los pseudo cientistas , funcionales a este Estado, juegan a su favor.

Y así navega el barco de la violencia del fútbol argentino, hasta que algún día, si es que ocurre, alguien entenderá que se necesita alguna política estatal y seriedad en las ciencias sociales para abordarlo con alguna idea en serio.


Feliz año 2015 para los lectores, y sin violencia del fútbol, en lo posible.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Alemania, Argentina y España marcaron el fútbol en 2014 (Yahoo)



Alemania, a partir de su gran éxito en el Mundial de Brasil, pero también con la base excepcional de un muy poderoso Bayern Munich, el mantenimiento en la élite europea del Borussia Dortmund, pero en especial gracias a una gran organización como es la de la Bundesliga, se ha convertido en el país más exitoso del año futbolístico, aunque Argentina, llegando a la final de Brasil 2014, y con los triunfos de sus equipos en las dos copas continentales sudamericanas, ha conseguido colocarse en el podio junto a España por los logros del Real Madrid, el Atlético Madrid y el Sevilla.

El fútbol alemán fue campeón mundial en Brasil (la primera vez que una selección europea lo consigue en territorio americano) no sólo por lo hecho en el torneo, en el que apenas cedió un empate y quedarán en la memoria las goleadas al propio Brasil 7-1 y a Portugal 4-0, sino como consecuencia de un largo ciclo que comenzó tras la mala performance de Francia 1998, cuando su dirigencia se convenció que había que cambiar el estilo, trabajar desde la cantera, perfeccionar la técnica y buscar agradar a los espectadores.

No es que la selección alemana llegó muy fuerte al Mundial de Brasil, sino que se trata de una representación de una competencia local en la que todos sus clubes son superavitarios, tiene el mayor promedio de entradas por partido de toda Europa, y sus equipos se clasifican siempre a fases finales en los campeonatos continentales.
Eso no excluye que hayan lucido jugadores como Neuer, Lahm, Hümmels, Kroos, Özil, Göetze y tantos otros, pero la selección alemana, muy bien dirigida por Joakim Löw, aparece más como consecuencia de una cantidad de hechos que fueron derivando naturalmente en el máximo logro.

De hecho, aunque no acabó ganando la Champions League en esta temporada, el Bayern Munich marcó tendencia tanto en ese torneo como en la Bundesliga, que acaso al ganarla tan pronto, en marzo, permitió cierta relajación en sus jugadores que lo perjudicó en la semifinal ante Real Madrid.

Para muchos analistas, el Bayern Munich ha conseguido algo muy difícil, impensado hasta hace pocos meses: llegar a funcionar como un reloj, pero sin los increíbles talentos del Barcelona. Ese es uno de los grandes méritos de su entrenador, Josep Guardiola, quien fue ideando un sistema táctico diferente al de su Barcelona, sin un “falso nueve” y con jugadores de otra estatura y característica que aquellos blaugranas que dirigió hasta 2012.

El fútbol argentino también tuvo un muy buen año en cuanto al contexto internacional, aunque en este caso, muy despegado de sus caóticos torneos internos, con 18 muertos por violencia y sin que los hinchas de los equipos visitantes puedan acompañar a sus equipos para evitar (según las autoridades) hechos que de todos modos ocurren aún así.

Pero la selección nacional consiguió llegar hasta la final del Mundial, hecho que no ocurría desde Italia 1990, y hasta tuvo tres claras posibilidades de concretar ante Alemania en el Maracaná, pero ni Higuaín, ni Messi ni Palacio tuvieron la certeza en el momento clave y luego, en tiempo suplementario, Alemania aprovechó su p oportunidad a través de Göetze y se llevó el ansiado título.

Al hecho de haber llegado a la máxima instancia en el Mundial (con sus jugadores de élite de clubes europeos), hay que sumar que los equipos argentinos se quedaron con los dos títulos continentales, tanto San Lorenzo de Almagro con la Copa Libertadores de América como River Plate con la Copa Sudamericana, venciendo en la final a Nacional de Paraguay y Atlético nacional de Colombia, respectivamente.

Y el tercer país destacado de 2014 ha sido España, si bien con un contraste, en este caso, entre sus equipos y la selección nacional, que tuvo un Mundial de pesadilla, con sus inesperadas caídas ante Holanda por el rotundo 1-5 y ante Chile, quedando fuera de los octavos de final pese a haber sido la defensora del título obtenido en Sudáfrica 2010.

Si “La Roja” se mostró predecible, lenta y sin muchas ideas, esto se debió más a que su base ha sido un Barcelona en horas bajas porque si se trata de los equipos de Madrid, las cosas se ven diferentes, y  así como en 2013 dos equipos alemanes disputaron la final de la Champions (Bayern Munich y Borussia Dortmund), ahora Real Madrid y Atlético definieron la última edición en el estadio Da Luz de Lisboa, y los blancos sufrieron mucho para empatar el partido en el último minuto, a través de Sergio Ramos, para luego imponerse ampliamente en el alargue por 4-1.

Lo del Atlético, aún perdiendo en el último instante, fue superlativo y estuvo, de hecho, a punto de hacer doblete porque de manera notable pudo ganar la Liga Española filtrándose entre dos clubes con presupuestos mucho mayores como el Barcelona y el Real Madrid, y teniendo que ir al Camp Nou en la última jornada y con su rival, con chances intactas de robarle el título.

También el Sevilla, con el título de la Europa League, en la final ante el Benfica, completa un excelente año de éxito para los clubes españoles, aún cuando participan en un torneo local desigual y con algunas entidades que arrastran deudas muy complicadas.

Hay que hacer mención también a Colombia, Costa Rica y Holanda, por el gran desempeño de sus selecciones en el Mundial, y en especial, por el buen fútbol que han desplegado.



domingo, 28 de diciembre de 2014

Un hecho desconocido (Un cuento de Marcelo Wío)



De la vida de Manolete hay un hecho que jamás se menciona. Y mire que se ha escrito y hablado sobre la vida del diestro… Me comentaron el suceso en el puerto de Buenos Aires, esperando un envío de Italia en medio un aburrimiento de muelles y neblina  y trajines que alimentaban un cierto misticismo vano. Me refirió el hecho un tal Lisandro Partuzzi. Días después averigüé quién era el tal Partuzzi, para evaluar su credibilidad.

Todo aquel que supo darme información sobre el mentado Partuzzi confirmó las trazas de historia que me había ofrecido como contexto y justificación de la historia que me relató como un favor, una ofrenda o una estrategia contra el tiempo.

Partuzzi había llegado solo a la Argentina, con 11 años, desde algún caserío cercano a Nápoles. Había sobrevivido y malvivido en los alrededores del barrio de la Boca, hasta que su habilidad en el potrero salvó un destino casi seguro de malandrismos y pifias. 

Lo vio un oteador de Alférez Fútbol Club, de la ciudad de Cippoletti. En aquel entonces, le estoy hablando de antes de los años 1940, la liga del Alto Valle de Río Negro y Neuquén debía ser para un futbolista lo que hoy es la liga española, la inglesa o la italiana: una promesa de juego y una trampa de seguridad impuesta al futuro. Bueno, probablemente no tanto.

Partuzzi fue leyenda en el Valle: su habilidad, su gentileza en el campo de juego, y la pila de goles que acumulaba temporada tras temporada. Don Emilio Bazán, que languidecía en una veredita de Centenario, a pocos kilómetros de Neuquén, me contó lo que luego me relataron otros, casi con idéntica emoción: Partuzzi tenía la cintura de goma, che; el tipo enfilaba con el cuerpo para un lado, pero las piernas ya iban hacia el opuesto, y los defensores desparramados; tendría que haberlo visto... Me dirás, la hacía una vez, dos, y luego ya todos sabían que iba a arrancar en dirección contraria a la del tronco, de la mirada; pavadas. La cintura era de goma y, además, tenía un resorte. Si el tipo pispeaba por dónde maliciaban las piernas, y anticipaba una zancada, un ladear el peso del cuerpo, las piernas de Partuzzi enfilaban para el otro lado y dejaban al defensor desairado, a contrapierna, a contramano de la jugada, de la dignidad. No era habilidoso, Partuzzi; estaba un escalón más allá. Elvira la Bruja aseguraba que había hecho un pacto con el diablo. Imposible. Esos pactos, si se hacen, sólo se pueden hacer con Dios. Y ni siquiera: no hay Dios dispuesto a que una de sus creaciones lo deje en mal lugar, que ocupe el flujo de la devoción. Partuzzi fue una de esas sorpresas de la naturaleza.


Ese era Partuzzi.

Y en algún momento de los años 1930, Manolete llegó a la Argentina. No diría que de incógnito, porque en Argentina no lo conocía nadie: la tauromaquia era una rareza lejana que no generaba ningún interés, ni para denostarla. Así, el diestro cansó algunas noches, algunos cabarets, algunos amoríos. Pero andaba buscando otra cosa: las mujeres, más allá del acento y alguna idiosincrasia, como los hombres, gastan las mismas mañas, las mismas hazañas y limitaciones en el uno a uno, sin importar las geografías azarosas. Manolete andaba buscando a Partuzzi. ¿Cómo se había enterado de su existencia? A saber. Partuzzi, ya pasados los noventa años, no recordaba si se lo había contado, o si él se lo había preguntado o no. Lo más probable, es que no se lo hubiera preguntado – razonó -, no sabía quién era, llegaba como tantos otros: buscando un consejo, una suerte, una palmada. Yo no preguntaba. Daba, en la medida de lo posible, lo que se me pedía. Nunca fui mezquino en ese sentido. Lo fui en otros, por supuesto, pero no viene a cuento.

Manolete se presentó en Cippoletti una tarde de agosto, ventosa y fresca, un atardecer opacado de polvo. El equipo entrenaba en una cancha auxiliar de tierra (si a ese trozo de tierra despejada de malezas se le podía llamar cancha), porque la de césped (un rejunte de yuyos y hierbajos mantenidos a raya a guadañazo limpio) era para jugar los partidos de liga. Miró el final del entrenamiento desde la banda, sopapeado por las andanadas de viento traicionero que levantaba una injuria de granos de arenisca que envejecía los rostros y los ánimos. Enseguida reconoció a Partuzzi, no porque conociera sus rasgos, su fisonomía, sino por los movimientos de bailarín traicionero que ahora se ladeaba de tango y salía por el otro lado con una samba alegre y contagiosa. Manolete dio vuelta por detrás de uno de las porterías sin red, para esperar a Partuzzi al lado del banquillo donde los jugadores habían dejado sus bolsas y bolsos.

Aguardó preguntándose qué hacía en aquel engaño del tiempo y el espacio un tipo como Partuzzi, que podría estar jugando en cualquier equipo europeo que quisiera, sin la ofensa del viento, sin el olvido de sí del que todo parecía estar impregnado.

Cuando terminó el entrenamiento, se me acercó un tipo enjuto, flacucho, narigón, repeinado para atrás (me llamó la atención, porque lo había visto al costado de la cancha soportando el viento: el peinado digo). Se presentó – evidentemente español - y me dijo que necesitaba mi ayuda. Usté dirá, lo invité a deshilvanar la solicitud. Me dedico a un arte en el que la cintura es esencial, vital. Y usté quiere que le enseñe a quebrarla, a amagar. No tanto a amagar, a mí me alcanza y sobra con el quiebre. Mire, no tengo una fórmula, una técnica… yo no desarrollé la habilidad, digamos; me vino dada de fábrica. No sé cómo funciona. No pienso el quiebre. El cuerpo, en la cancha, sabe lo que tiene que hacer… No sé cómo explicarlo. Le parecerá extraño – me dijo – lo que voy a proponerle; a mí mismo, si estuviera en su lugar, me lo parecería y, seguramente, lo mandaría a paseo. Diga, hombre, no se ataje de antemano, que eso nunca se desenvuelve de manera favorable para el que pide. Muy bien: me gustaría torearlo. ¿Cómo? Soy torero, y me gustaría que hiciera de toro… tramposo… ¿Quiere que lo embista…? Si; creo que así, si bien no lograré su ductilidad, al menos la podré imitar lo justo para engañar al toro (cuya flexibilidad y reacción no son las mismas que las de un defensor). Si eso lo hace feliz… no veo por qué no; eso sí, lo haremos junto al río, lejos de las miradas, y usted no lo contará jamás; no quiero rumores pelotudos sobre mi persona. Comprendo, yo también prefiero el secretismo, por una cuestión de prestigio...

Tres o cuatro veces, durante semana y media, dos semanas, hice de toro escuálido. El gaita partió como había llegado, en silencio, envuelto en viento y polvo, como si ese fuese un medio de trasporte habitual. No supe nada más de él hasta unos veinte años después de su visita, por un diario o una revista o un comentario. Realmente no le había creído lo del toreo, pensé que era un fulbolista, un defensor de algún equipo europeo. Del Real Madrid, puntualmente. Imaginé que por algún sentimiento de dignidad, se había inventado aquella historia inverosímil: cómo un jugador del Madrid iba a desbarrancarse hacia aquella parte del mundo (o más precisamente a aquella porción del mundo fuera del mundo), para aprender de un tipo como yo. Pero no, el gaita no mentía. Supe que la cintura lo salvó varias veces de la eventualidad de los cuernos (de los de verdad, no de los metafóricos). Supe también que falló una vez, y que en esas lides, no hay segundas oportunidades (al menos, no para todos a los que el toro les adivina el engaño, la debilidad).

Poco después de leer aquello – yo ya estaba en Buenos Aires; en ese entonces no en la Capital, sino en Berasategui -, vino a visitarme con ruso… ¿cómo se llamaba…? Barilkov… ¿Barishnikov? Eso. ¿Qué quería? Básicamente lo mismo que el torero, pero este quería que bailara con él. ¿Y? ¿Cómo y?, lo mandé a la mierda, una cosa es hacer de toro, otra muy distinta es restregarse ahí con un tipo. Me dijeron después que era bailarín. Lo vi una vez en la televisión. No bailaba mal, pero le faltaba cintura. Me arrepentí de no darle una mano… Podría haber sido un gran bailarín…


sábado, 20 de diciembre de 2014

Una distancia sideral, aunque el marcador no lo refleje (Yahoo)



En algún momento, la FIFA deberá llegar a rever el formato de disputa del Mundial de Clubes, que acaba de ganar, atendiendo a una absoluta lógica futbolística y de mercado, Real Madrid, al vencer cómodamente a San Lorenzo en la final de Marrakesh por 2-0.

La distancia entre el ganador de la Champions League y todo el resto, es sideral. Incluso, ya ni siquiera el más competitivo de sus posibles rivales, el campeón de la prestigiosa Copa Libertadores de América, puede hacer demasiado en este tiempo, en el lapso de la última década.

Hay excepciones, pero que se deben muchas veces más a problemas internos (como cuando Chelsea llegó a jugar ante Corinthians con cambio de entrenador) y hasta ocurrió que el Inter de Brasil ni siquiera llegara a la final, o que en esta edición de Marruecos, San Lorenzo tuviera que jugar un alargue en semifinales contra los semi-amateurs del Auckland de Nueva Zelanda.

El problema es de raíz económica pero repercute en lo futbolístico. Para dar un ejemplo mayor, tomemos a los dos finalistas de esta edición. Real Madrid ganó la Champions League en mayo, y pasado junio, fichó a tres figuras del Mundial de Brasil: James Rodríguez, Toni Kroos y el arquero costarricense Kaylor Navas, y además, al mexicano Javier “Chicharrito” Hernández.

Se podrá decir que también se desprendió de un par de jugadores importantes como Angel Di María o Xabi Alonso, o del también arquero Diego López, pero en el peor de los casos, se mantuvo y hasta se perfeccionó.

San Lorenzo, desde que ganó la Copa Libertadores en agosto pasado, es decir, en cuatro meses, perdió a dos de sus mejores jugadores, Ignacio Piatti (a la MLS de los Estados Unidos), Angel Correa (Atlético Madrid) y a Santiago Gentiletti (Lazio), y apenas si incorporó al veterano defensor colombiano Mario Yepes y llegó lesionado su mejor jugador, Leandro Romagnoli.

Es una realidad. El campeón europeo suele ser un club con tradición, que ficha a las mejores estrellas, y el campeón sudamericano es un club exportador, que encuentra estas finales como propicias para poder colocar a sus jugadores en el exterior y así obtener dividendos que financien sus no siempre explicables déficits pero que lo son más allá del origen.

Esto se traduce en un duelo entre un equipo con un presupuesto anual de 540 millones de euros, contra otro de 8 millones. No es posible, entonces, partir con una equiparación.

Así es que Walter Kannemann y Fabricio Fontanini, dos defensores de San Lorenzo, muy posiblemente emigren al exterior ni bien regresen de Marruecos y comiencen sus vacaciones, y tampoco es seguro que el resto siga vistiendo la camiseta y más de uno podría emigrar si aparece algún interesado, aunque el equipo vuelva a disputar la Copa Libertadores 2015 y deba jugar ante River Plate la Recopa Sudamericana en febrero, a dos partidos.

Esas realidades tan diferentes, luego se expresan en el campo y hasta en las actitudes. Mientras los jugadores de San Lorenzo lloraban la ocasión perdida, sus rivales de Real Madrid festejaban moderadamente un título que no tuvo la épica de la Champions ante el Atlético, ganada in extremis, y que no tiene aún (y si esto sigue así, irá apagándose más) la importancia que se le da del otro lado del Océano Atlántico.

San Lorenzo hizo lo que pudo, que no fue mucho. Como todos los equipos argentinos, se basó en el carácter, el ordenamiento defensivo y en cortar mucho el juego, sabiéndose inferior en lo técnico ante un rival no sólo de gran riqueza sino que venía con una cadena de 21 partidos consecutivos ganados.

Por momentos, hasta poco más allá del promedio del primer tiempo, San Lorenzo había conseguido frenar a su adversario con estos recursos aunque, claro, imposible molestarlo demasiado con un esquema tan defensivo y con tan precario manejo del balón.

Hasta que ocurrió lo imaginado. A los 36 minutos, un córner terminó en uno de los tantos goles de cabeza de ese soberbio jugador que es Sergio Ramos (ganador del Balón de Oro y autor de dos tantos en el torneo) y pareció que aunque quedaba bastante por jugarse, ya iba a ser muy complicado revertirlo con los recursos disponibles. Así fue y a los pocos minutos del segundo tiempo, Gareth Bale completó el trámite y aunque los argentinos salieron por orgullo y porque al fin, el entrenador Edgardo Bauzá colocó a quien más sabe con la pelota, Leandro Romagnoli, ya era tarde para cualquier intento.

Todo fue testimonial porque era lo que se esperaba. Incluso, la diferencia de dos goles deja a San Lorenzo con una imagen más o menos digna porque no tenía mucho margen de maniobra y en el podio final, los más alegres parecían los jugadores de Auckland, vencedores del tercer puesto ante Cruz Azul, que forzaron el alargue ante San Lorenzo en semifinales y que le habían ganado ya al ES Setif argelino en cuatros y primero al Moghreb Tetouan local en octavos. Acaso, la mayor hazaña de todo el campeonato.

El Mundial de Clubes deberá reverse. Así, es demasiado desparejo, desde lo técnico y táctico, entre los europeos y los sudamericanos con el resto, algo que fue moneda corriente hasta hoy, pero ahora, desde hace una década de manera profundizada, entre los europeos y los sudamericanos también en el aspecto económico. Y cuando esto sucede, no hay paridad y por lo tanto, no hay demasiadas posibilidades de imprevisibilidad.

El Real Madrid fue campeón, porque sus chances de no serlo eran escasísimas desde la realidad que vive un fútbol que reproduce de manera perfecta la situación económica mundial. Porque no puede ser una isla. Aunque sea un juego hermoso, también es de este mundo.



lunes, 15 de diciembre de 2014

River y Racing, de festejos en la Argentina (Yahoo)



Hace apenas dos años y medio, River Plate volvía de su año más angustiante. Lograba ascender de la Segunda a la Primera división a mediados de 2012, luego de atravesar un durísimo torneo.  En 2014, logró ganar el primer campeonato argentino del año, el Torneo Final, y ahora, la Copa Sudamericana, el segundo título en importancia del continente, luego de la Copa Libertadores de América.

El dominio de River en el fútbol argentino, y en el sudamericano en la segunda mitad del año tiene como claro orientador al joven entrenador Marcelo Gallardo, ex jugador del club y mundialista con la selección argentina en Francia 1998, además de haber sido jugador del Mónaco por cerca de una década.

Gallardo llegó como entrenador de River con no mucha experiencia en el cargo, y tras haber dirigido a Nacional de Uruguay, y no necesitó muchas semanas para imponer un sistema de juego que enamoró a los amantes del buen fútbol y que superó, incluso, a lo hecho por su antecesor Ramón Díaz, con el que el equipo había ganado el torneo argentino en la primera mitad del año.

El nuevo entrenador, con mucho sentido común y con vocación ofensiva, le agregó dinámica en el ataque y una gran solidez defensiva, sin haber hecho casi ningún fichaje, pero sacando partido de jugadores que habían sido dejados de lado en la etapa anterior y que regresaron de otros clubes, como los uruguayos Carlos Sánchez (volante) y Rodrigo Mora (delantero), en tanto que proyectó al defensor Ramiro Funes Mori, que de defenestrado pasó a ser considerado por el entrenador Gerardo “Tata” Martino para la selección argentina como marcador central.

River llegó a avanzar en los tres frentes de la segunda mitad del año, tanto en el Torneo de Transición argentino, en el que era cómodo líder, la Copa Argentina, en la que fue eliminado por Rosario Central en los cuartos de final y por penales, y en la Copa Sudamericana, que acabó ganando y eliminando en semifinales a su gran rival, Boca Juniors.

Justamente, los dos partidos ante Boca por la semifinal de la Copa Sudamericana coincidieron con el decisivo enfrentamiento con Racing Club por el torneo local cuando su rival se le había acercado peligrosamente a sólo dos puntos porque con un plantel muy corto, River afrontaba las tres competiciones y los jugadores comenzaron a soportar un gran cansancio físico.

Allí fue cuando Gallardo tuvo que optar entre los dos torneos y prefirió dedicarse al frente internacional, por lo que ante Racing, y en campo del rival, decidió colocar un equipo con muchos suplentes y acabó perdiendo el partido y la punta, de manera inesperada, y ya no volvió a alcanzarla, aunque acabara con chances hasta el final y quedara subcampeón.

Lo importante es que apenas dos años y medio después de la peor etapa de su historia, River se proyecta ahora al plano internacional luego de ganar su sexto título en ese orden con la Copa Sudamericana, imponiéndose en dos duras finales a Atlético Nacional de Medellín (Colombia), empatando 1-1 como visitante e imponiéndose 2-0 como local con una de sus fortalezas: los dos goles de cabeza de dos de sus defensores (Gabriel Mercado y Germán Pezella), desde dos centros a balón parado.

En este sentido, Leonardo Pisculichi, veterano volante que había participado en el futbol español y árabe, acabó siendo clave por su gran pegada, sus goles de media y larga distancia, y sus centros con total precisión.

De esta forma, River disputará en 2015 la Copa Libertadores, la Recopa sudamericana ante su compatriota San Lorenzo (campeón de la Copa Libertadores 2014), la  Suruga Bank, y la Supercopa argentina ante Huracán (ganador de la Copa Argentina).
El torneo local quedó para Racing, que generó un gran festejo de su larga legión de hinchas, tras 13 años sin conseguir un título.

Racing había concretado un aceptable torneo hasta la mitad, con un joven entrenador como Diego Cocca, pero un partido clave fue ante Boca Juniors en la Bombonera, que perdía 1-0 cuando  quedaba poco más de media hora y fue suspendido por lluvia. Al regreso, y cuando nadie lo preveía, Racing pudo revertirlo para imponerse 1-2 y desde allí, se fortaleció tanto que en los ocho partidos finales apenas recibió un gol y ganó los últimos seis consecutivos.

Racing, un club que atravesó toda clase de crisis y hasta estuvo a punto de desaparecer a principios de este siglo por estar en quiebra, se va normalizando y fue encontrando ídolos como el portero Sebastián Saja, el volante Ezequiel Videla, pero especialmente su gran figura, el ex delantero del Inter y Zaragoza, Diego Milito.
Milito se había ido de Racing luego de ganar el título de 2001, 35 años después del anterior (1966) a nivel local, y regresó de Europa para volver a ganar un torneo, en el que fue su máxima estrella aunque acompañado por Gustavo Bou, autor de goles claves.


Tanto River como Racing parecen haber superado las crisis institucionales por las que atravesaron y van volviendo a los títulos de otros tiempos.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Fútbol y democracia en la Argentina



A 34 años del regreso y la definitiva instalación  de la democracia a la Argentina, es bueno preguntarse cuándo ésta llegará a los estamentos de su fútbol e incluso, si alguna vez llegaremos a verla o si la verán generaciones futuras más o menos contemporáneas.

El 10 de diciembre de 1983, con la llegada al Gobierno de Raúl Alfonsín, eran muchas las esperanzas. Formamos parte de los jóvenes de aquél tiempo que habían transcurrido sus años de adolescencia en una feroz dictadura cívico-eclesiástico-militar, con cuatro canales de televisión estatales, mayormente en blanco y negro (la TV color llegó en 1980 pero muchos no contábamos con los aparatos hasta meses o años después), todos manejados por el Estado, y con escasos atisbos de debate.

Esos jóvenes de los que formamos parte, no concebíamos lo anterior. Ya habíamos tenido duros enfrentamientos con las autoridades de la escuela del Círculo de Periodistas Deportivos de entonces porque ellas pretendían vanamente que fuésemos “periodistas de-por-ti-vos” y nosotros les recalcábamos que éramos simplemente “pe-rio-dis-tas” y alguna tapa de la revista que publicamos internamente (“Compromiso”), se refería a los militares gobernantes con sangre y botellas de whisky o vino, según el caso, mientras que la revista “Hum®”, una de las pocas resistentes, era usual en la casa de estudios.

Ni qué decir de cuando conformamos el Centro de Estudiantes y buscamos coordinarlo con otros de casas de estudios cercanas, como el Instituto Grafotécnico o el Círculo de la Prensa. Las reuniones en el bar de Lavalle y Rodríguez Peña eran asiduas, mesas largas y camperas que generaban que nuestro apodo fuera “Ubaldini” por los mozos, debido a que el sindicalista estaba de moda y hasta tuvo debates con Alfonsín cuando éste dijo que aquél era un “mantequita y llorón” y el cervecero le respondió que “llorar es un sentimiento pero mentir es un pecado”.

Los jóvenes de hace 34 años no concebíamos otra cosa que ir para adelante desde los distintos partidos políticos o desde donde hubiera cualquier forma de participar. La sensación era de primavera, de libertad, incluso hasta alguna cercanía con el carnaval, por la alegría, la expectativa, por todo lo que comenzaba a nuestro alrededor.

Devorábamos los libros y revistas. Pasábamos por la Librería Dirple, en la avenida Corrientes, y tomábamos todo lo que veíamos, desde las colecciones de clásicos como Marx, Engels, Althousser hasta Hernández Arregui, Cooke o los recientes libros de Carlos Gabetta o de Eduardo Duhalde (el bueno). Leíamos “El Periodista de Buenos Aires” o “El Porteño” (en ambos llegó a trabajar este cronista, aunque en el primer caso, en lo que luego fue la cooperativa de “Los Periodistas”).

Y en esa esperanza, había un rinconcito para el fútbol. Racing Club descendía a Primera B, y Alfonsín decía al micrófono en respuesta al pedido de Julio Grondona (supuestamente radical de origen) de mayor dinero para la AFA (como ven, el tema no es de ahora, ya venía desde hacía mucho), que “es como un sino fatal, siempre el fútbol le pide plata al Estado”, en la fiesta anual de los periodistas acreditados en la AFA.

Si en menos de dos años ya muchos habíamos cambiado mucho nuestra percepción y entendimos que sin lucha no había resultados (ya en las marchas cantábamos “somos los que vamo’a defender/la democracia/pero no con el hambre del pueblo/sino con un plan de justicia social”), ayudados por la posibilidad que en aquellos tiempos tenía esta generación joven de entrar pronto en los medios.

Y si el tiempo pasó volando y en pocos meses nos vimos en una redacción, el fútbol se encargó rápidamente de hacernos ver que no estaba dispuesto, ni por asomo, a democratizarse. La agencia de noticias en la que trabajaba inició una campaña para que el contraalmirante Carlos Lacoste, el hombre fuerte del fútbol en la dictadura, saliera de la FIFA como representante argentino, y en poco menos de un año y cuatro meses de democracia, ya se produjo el primer gran impacto con el asesinato del chico Adrián Scaserra, un 7 de abril de 1985, en la cancha de Independiente, en un clásico contra Boca Juniors, que fue tapa de “El Gráfico”.

El recuerdo de este cronista pasa por tres imágenes: 1) La de la desesperación del padre de Adrián, con quien conversábamos seguido y que trató de luchar por desvelar el hecho, 2) Cómo ya un Grondona de mediana edad madrugó a una clase política por entonces inmadura, que antes de entrar a la reunión en la Casa Rosada decía que el presidente de la AFA perdería su lugar ahí mismo, y a las horas decía lo contrario y fortalecía la imagen de Don Julio, en lo que sería un anticipo de todo lo que vendría, 3) nuestra entrevista telefónica al por entonces senador radical Fernando de la Rúa, autor de la ley “antiviolencia en el fútbol” 23.184. Cuando terminamos y le agradecimos, nos pidió que le repitiéramos todo lo que había dicho, para corroborar si habíamos apuntado bien, pero tuvo que ceder ante nuestro total rechazo.

Desde 1983, el fútbol recorrió un largo camino, con el invento del parche del Nacional B por un poco criticado Osvaldo Otero, por amistades con cierta prensa pretendidamente “progre” llamada a silencio, o el intento del secretario de Deportes, Santiago O’Reilly, por desplazar a Carlos Bilardo de la selección argentina, sostenido por Grondona y el periodismo afín.

Desde entonces, se construyeron los pilares para que sucesivamente, cuando ante cada cambio de gobierno, se intentara algún cambio en la AFA, ésta se cerrara amparada siempre en un falso criterio autonómico, subiendo peldaños de poder en la FIFA hasta que con el cambio de Joao Havelange a Joseph Blatter, Grondona llegara a la cumbre y se convirtiera en lo que él mismo señaló como “vicepresidente del mundo”.

El Estado nunca (hasta ahora, que tras la muerte de Grondona parece que por fin consigue meter más de un pie) pudo lograr cambiar algo. Acaso el mayor intento haya sido allá por 1988, cuando uno de los mejores dirigentes de estos últimos tiempos, Carlos Heller (salvador de la bancarrota boquense junto a Antonio Alegre), intentó una jugada “a la española” con la creación de algo parecido a la Liga de Fútbol Profesional (LFP) como para conseguir que los clubes salieran de Viamonte 1366 para administrar el dinero y la política y se sentaran con otros estamentos en reuniones generales, como sucede en la Federación Española (RFEF), pero una vez más, viejo zorro, Grondona abortó la idea.

El único proyecto serio de torneos lo trajo el ex árbitro Teodoro Nitti, que se presentó como candidato a presidente de la AFA (toda una osadía por entonces) y obtuvo su único voto, pero la idea era muy buena: un campeonato nacional que tuviera en cuenta la extensión del país, por regiones, que clasificaran equipos desde todo el país para una fase final. Demasiado federalismo para una AFA unitaria y nuclear. 

Hoy mismo vivimos las consecuencias de aquello: aún con el Estado metido en medio, con aportes fuertes en lo económico y deseos (aunque fuese por motivos político-partidarios), el torneo de 30 equipos de 2015 contará como mínimo con 5 equipos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 9 del Gran Buenos Aires, 4 de provincia de Buenos Aires y 5 de Santa Fe. Es decir que al menos 23 de 30, serán sólo de la zona Buenos Aires-Santa Fe.

Es que desde los finales de los ochenta se produjo el gran quiebre de muchos clubes, desde la conformación del monopolio Clarín-TyC que mucho más allá de fundir a la mayoría de los clubes y de no permitir el acceso al fútbol de millones de personas, también se fue quedando con los medios de comunicación, hasta forzar desde su imperio la humillación total , con una AFA colaboracionista y cómplice de aquello, con contratos que muchos dirigentes firmaban sin saber lo que hacían, con deudas infernales y con pésimas administraciones.

Al mismo tiempo, un país en ebullición, en los tiempos del menemato, dio lugar al aumento de la violencia organizada hasta niveles increíbles, con convivencia con la clase política y deportiva, y sin nunca haber existido un solo proyecto estatal en la materia en los 34 años, incluso sin estadísticas oficiales serias, ni intentos de tenerlas y con casi 300 muertos (298 según la ONG Salvemos al Fútbol).

El fútbol argentino llega a finales de 2014 preguntándose demasiadas cosas. Si algún día podrá ser administrado con controles en serio, si dejará de tener coronita como no goza ninguna otra actividad en el país, si podrá llegar a ser federal en serio, si habrá alguna política para terminar con la violencia, si podremos volver a vivir una fiesta, esa que nos ha quitado este aparato de negocios, si el periodismo estará alguna vez a la altura en vez de la declaracionitis del día a día que nada aporta al debate y pierde horas preciosas al micrófono, si alguna vez la mejora en la economía de los clubes permitirá retener a sus mejores jugadores, y si terminaremos, algún día, con el fracaso social que significa que no puedan convivir dos grupos de personas que hinchan por colores distintos, en un mismo espacio.


Todas estas son deudas que el fútbol tiene con la democracia. Demasiadas como para albergar esperanzas.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Estadísticas (Un cuento de Marcelo Wío)



Me estaba preguntando qué escribiría sobre el partido que acaba de terminar, sentado en mi butaca en la tribuna de prensa. Estaba terminando de decidir, además, no bajar a la zona mixta ni a la sala de prensa, harto de escuchar las mismas frases, excusas y triunfalismos. En eso estaba, mi ordenador con la página de Word en blanco y el cursor latiendo como despertador, cuando un colega, que estaba sentado a mi derecha se inclinó hacia mí y me preguntó, con esa mirada propia del que está por ofrecer una información extraordinaria: ¿Sabés cuánto recorrió el portero? No sabía muy bien qué quería decirme. No, le respondí. Seis punto tres kilómetros, y volvió a su ensimismamiento.

¿El portero caminó, corrió, salticó, resbaló seis punto tres kilómetros? El aburrimiento y los nervios en esa zona patibularia a las que algunos eligen desterrarse, puede llevar a un portero a caminar un poco, a dar un trotecito… ¿Pero seis punto tres kilómetros? ¿Cuánto embole podía tener? Una salida para achicar el ángulo, los pasitos para acomodar la barrera, una salida con la pelota al pie para patear un poco más lejos… ¿Seis kilómetros?

Pero, más importante aún, ¿qué carajo me dice esta estadística? ¿Que se movió mucho? El tipo se comió los dos goles que le dieron la victoria al rival – uno, por querer salir jugando; al intentar darle un pase al tres que ya empezaba a cabalgar por su punta (para tirar un centro a nadie), le pifió y se la regaló al delantero que se la puso por arriba; el otro, por arrepentirse a medio camino de un achique, reculando llenó de posibilidades a la definición, que fue a su palo más lejano. Eso me dice algo de su actuación. Pero que se trasladó seis kilómetros y pico, no me dice absolutamente nada.

Últimamente hay un frenesí estadístico que no alcanzo a entender (que si el técnico se levantó X veces del banquillo; que si el delantero le pegó Y veces con la pierna izquierda y Z veces con la derecha; si menganito se toma tres botellitas de agua por partido, etcétera). En el afán por informar o por acumular datos, se ha confundido lo relevante con lo superfluo y, además, se ha introducido un ruido molesto que no le permite al tipo que el lunes agarra el diario aprehender y entender la información importante. La estadística de cuánta distancia acumula un portero en su ir y venir patibulario, es ruido; no aporta nada, aclara menos, y oscurece mucho.

El portero hoy le fabricó dos goles al contrario. ¿Qué carajo tiene que ver que haya acumulado tal o cual distancia antes, entre y luego de esos dos eventos funestos?
Madre mía… A lo que hemos llegado…

Este es el partido 483 que cubro como periodista. ¿Dirá algo de mí esa cifra; más allá de evidenciar una veteranía que nunca negué?

  

domingo, 7 de diciembre de 2014

¿Tiene asegurado el Real Madrid el Mundial de Clubes? (Yahoo)



Todo indica que el Real Madrid es el gran candidato a ganar el Mundial de Clubes que comienza el próximo 10 de diciembre en Marruecos y que se prolongará hasta el 20, con la final en la que todos descuentan, disputará el equipo blanco, uno de los más poderosos de la tierra y que además, no sólo ganó la Champions League hace medio año, sino que luego del éxito se reforzó con grandes fichajes para la temporada que está llegando a su mitad.

Aún cuando es ya casi imposible que el colombiano James Rodríguez pueda viajar a Marruecos por una lesión, es claro que el Real Madrid cuenta con una plantilla tan rica, que tiene muchísimas opciones para jugar sus dos partidos, debido a que ingresa en la instancia semifinal, en la que jugará contra el que resulte ganador entre el WS Wanderers FC, el equipo australiano campeón de la AFC Champions League, tras vencer en la final al Al Hilal de Arabia Saudita, y el Cruz Azul, un tradicional equipo de México, a su vez campeón de la Concacaf tras derrotar en la final a su compatriota Toluca, hace ya casi ocho meses.

Contrariamente a lo que ocurre con muchos equipos, especialmente el otro candidato a jugar la final, San Lorenzo de Almagro, que por primera vez en su historia ganó la Copa Libertadores de América que organiza la Conmebol, Real Madrid se ha fortalecido desde que ganó la Champions en una tremenda final ante su rival de la ciudad, el Atlético Madrid.

Real Madrid ha cambiado bastante desde mayo pasado y aquello parece ya muy lejano en el tiempo. Ya no forman parte del plantel ni su mediocentro Xabi Alonso, ni la rueda de auxilio que significaba el delantero argentino Angel Di María, y en cambio sí cuenta con un gran distribuidor del juego como el alemán Toni Kroos, campeón mundial en Brasil, y su entrenador Carlo Ancelotti alterna entre colocar a Isco para reforzar la tenencia del balón, o a  Gareth Bale, para darle más potencia al ataque, y ahora, aunque muy recientemente, ha recuperado al delantero Jesé, luego de varios meses de ausencia por una dura lesión.

Este Real Madrid es un equipo que ya gusta mucho más de tener el balón y lo distribuye mejor, y juega sin complejos, con un tremendo poder de gol, de más de tres por partido en la Liga, y que no ha tenido problemas en ganar su grupo de Champions League jornadas antes de que finalizara.

En todo caso, Cruz Azul podría ser un semifinalista molesto debido a la riqueza de jugadores y la experiencia del fútbol mexicano, pero si hay una amenaza importante es sin dudas la de San Lorenzo, considerado uno de los cinco clubes grandes en la historia del fútbol argentino, y que ha dado jugadores de mucho peso en todos los tiempos, además de la nota simpática de ser el equipo por el que simpatiza el Papa Francisco I, líder de la Iglesia Católica.

San Lorenzo aún desconoce su rival de semifinales, debido a que en cuartos deberán jugar el argelino ES Sétif, campeón de Africa, contra el ganador del partido de octavos de final entre los locales de Moghreb Tétouan y los neocelandeses de Auckland City, campeones de Oceanía. Recién allí, se sabrá cuál de estos equipos será rival de los argentinos.

Contrariamente al Real Madrid y como suele suceder en los últimos tiempos por razones económicas, San Lorenzo se ha debilitado bastante desde agosto, cuando le ganó la final de la Copa Libertadores a Nacional de Paraguay.

Los equipos sudamericanos que ganan la ansiada Copa, suelen aprovechar para sacar muy buenos dividendos en ventas de sus principales jugadores al exterior, con lo cual ha perdido a varias de sus más importantes figuras sin haberles encontrado un justo reemplazo.

Así es que tres de sus jugadores más importantes, como Ignacio Piatti (en el Montreal Impact de la MLS), Angel Correa (en el Atlético Madrid) o  su defensor Santiago Gentiletti (en el Lazio) se han marchado y en cambio, ha retornado del exterior el volante ofensivo Pablo Barrientos y se ha recuperado de una grave lesión el goleador Martín Cauteruccio.

San Lorenzo cuenta con un buen ataque, entre los mencionados Barrientos y Cauteruccio, sumado a otro goleador como Mauro Matos, pero depende mucho ahora de la recuperación de una dolencia en un hombro de su máximo ídolo, Leandro Romagnoli, que llegará a Marruecos sin haber podido participar de los últimos partidos del torneo local, tratando de cuidarse para llegar, entre algodones, al Mundial de Clubes que para Sudamérica tiene un valor superior al que le dan los europeos.

El fuerte de San Lorenzo, sin embargo, no está allí sino en el eje medio con dos volantes de mucha experiencia y gran manejo de los tiempos, considerados una de las mejores duplas argentinas por el centro: Juan Mercier y el paraguayo Néstor Ortigoza, fundamentales para marcar el ritmo de todo el equipo, aunque bien acompañados por el lateral Julio Buffarini por la derecha y un arquero seguro como Sebastián Torrico.

San Lorenzo puede llegar a ser un equipo compacto si juega con concentración aunque no ha hecho un buen torneo local y las alarmas se encendieron cuando hace pocas semanas perdió ante un mediocre Milan en San Siro por un claro 2-0 en un amistoso.

El equipo argentino cuenta con el experimentado entrenador Edgardo Bauzá, que en 2008 ganó la Copa Libertadores con la Liga Deportiva de Ecuador, que en la final del Mundial de clubes de Japón llegó a complicar muchísimo al Manchester United de Cristiano Ronaldo, Rooney y Carlos Tévez.

Pero a todas luces parece bastante difícil para San Lorenzo, y mucho más para los otros equipos, poder destronar al Real Madrid.

Sólo un deporte hermoso e impredecible como el fútbol, siquiera puede abrir la puerta a una hazaña como ésta.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Los riesgos de la argentinización en el fútbol español (Jornada)



El asesinato del ultra del Deportivo La Coruña Javier Romero Taboada, “Jimmy”, por parte de sus pares del Frente Atlético, del Atlético Madrid, en una reyerta producida tres horas antes del partido en las cercanías al estadio Vicente Calderón de la capital española, encendieron todas las alarmas.

La Liga Española, que trata de vender su glamour hacia todo el mundo, que colocó a dos de los tres mejores jugadores del año en el mundo como candidatos al Balón de Oro FIFA World Player de su propio torneo, que ahora televisa un partido por fin de semana al mediodía para atraer el mercado asiático, debe explicar por qué fuera de los campos de juego, muere gente por violencia organizada.

Ni los medios, que observaron el fenómeno atónitos, ni la clase política, enfrascada en una grave crisis de representación que dio lugar al fenómeno aún poco esclarecido (salvo por la indignación a lo anterior) de “Podemos”, ni los dirigentes deportivos, salvo excepciones como el ex presidente del Barcelona Joan Laporta o el actual del Real Madrid, Florentino Pérez, casi nada hicieron para detener el monstruo que crecía.

Hasta se llegaba a señalar con cierta simpatía e incredulidad cuando los Ultrasur del Real Madrid aparecieron en los noticieros desde la Bombonera de Buenos Aires exclamando estar en “La Meca” de la violencia, para tomar clases allí, o apenas si se señalaban como faltas a tener en cuenta algunos insultos racistas en determinados partidos.

Ahora, el tema comienza a desbordar a todos y aparecen los nueve casos mortales de los últimos treinta y dos años, si bien es cierto que aún muy lejos de los 298 casos en la historia argentina, de a poco hay demasiados paralelismos que se siguen sin atender, salvo en  los días posteriores a un caso como éste.

El hecho de que los grupos ultras se hayan citado por redes con determinados códigos encriptados que los hacen inaccesibles para el resto, no invalida que falló la inteligencia, que los mecanismos políticos no fueron útiles desde el Ministerio del Interior, y que tampoco se controló bien el origen del problema, desde que el Atlético Madrid decidió (habría que ver por qué razón) entregar otras cien entradas al Depor por una vía que no es la tradicional y ellas fueron a parar a peñas con vínculos con ultras más pesados que como modus operandi alquilaron autobuses por fuera de la ciudad, cosa de poder escapar a los controles. Si a eso se suma que los Riazor Blues del Depor fueron reforzados en la reyerta por los Bukaneros del Rayo Vallecano y los Alkor Hooligans del Alcorcón, todos ligados a ideas izquierdistas, contra los Ultra Boys del Sporting Gijón, junto a los neonazis del Frente Atlético, los motivos del enfrentamiento comienzan a estar más claros.

Los españoles aficionados al fútbol y los que viven de él comienzan a entender que el fenómeno de a poco se parece al argentino. Peñas incontrolables desde la política que reciben favores de los dirigentes, ultras que hasta tienen armas y banderas en cuartos dentro de los estadios (¿les suena?), líderes que suben peldaños en su escala social y por si esto fuera poco, el presidente del Depor, Augusto César Lendoiro, que asiste al entierro de Taboada y de esta forma, es expulsado de la Liga de Fútbol profesional (LFP).

Estos mismos testigos, que hoy podrán seguir el tema en el mismísimo Congreso, con la presencia del Jefe de Policía Ignacio Cosidó, el ministro de Seguridad, Francisco Martínez, el polémico ministro de Cultura y Deporte, José Ignacio Wert y el secretario de Estado para el Deporte, Miguel Cardenal, para que expliquen sus posiciones, van entendiendo que como en la Argentina, al fin y al cabo, todo se trata de una cuestión de voluntad política: si se quiere, se puede acabar con la lacra.

Si Laporta pudo terminar con los Boixos Nois en el Camp Nou, y Pérez pudo arrinconar a los Ultrasur en el Santiago Bernabeu, para el resto de los dirigentes debería ser mucho más fácil, pero necesitan del acompañamiento político que tuvo el fútbol inglés luego de los episodios nefastos de Heysel (1985) y Hillsborrough (1989), que dio lugar al Informe Taylor para terminar en la actual modélica Premier League.

Si así fuera, si hubiera desde antes voluntad política, ni Lendoiro estaría en el entierro de Taobada, ni Raúl Pereiro hubiera recibido 68 entradas con números consecutivos de un talonario para repartir entre los ultras, ni Romero Taboada sería señalado sólo como una víctima, con antecedentes de trece delitos cometidos desde 2001. Tampoco faltarían al día siguiente del asesinato, al Comité Antiviolencia,, el presidente del Atlético Madrid, Enrique Cerezo, ni mucho menos el de la Federación Española, Angel Villar, el Grondona español, porque por más que hayan sido reemplazados por otros dirigentes, la necesidad de que estuvieran era simbólica.

La diferencia entre España y Argentina, en la violencia del fútbol de cada lado del Atlántico, hoy pasa porque en los europeos aún existe la indignación, la capacidad de sorpresa, que obliga a la LFP a expulsar a Lendoiro, o a Cerezo, a hacer lo propio con los del Frente Atlético, hasta quitarles el carnet o prohibirles la entrada al Atlético Madrid. O a Javier Tebas, titular de la LFP, prometer que habrá “un antes y un después” de este asesinato, o al propio presidente Mariano Rajoy, a apoyar las medidas desde París y prometer una rápida acción desde su cuestionadísimo gobierno.

Al menos el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, reconoce que “algo falló en el protocolo” y que la Policía “no estaba enterada” de los hechos de violencia hasta pocos minutos antes de comenzar el partido, y con el público ya en las instalaciones del estadio Vicente Calderón.

Los dirigentes se plantean ahora utilizar el control de identificación biométrico Tecstadium, presentado en febrero pasado por la empresa Tecisa en la Feria de Seguridad SICUR, para detectar violentos a través de la cara y la huella dactilar, para ser utilizado en partidos de Primera y Segunda, algo muy parecido a lo que en la Argentina es el AFA Plus, pero se insiste en lo mismo: ningún mecanismo funcionará si no hay voluntad política real.

Los argentinos lo sabemos por experiencias a sangre y fuego, conviviendo con una lacra que derivó en que ya ni los visitantes pueden ingresar a los partidos, y los locales están en guerras internas en distintas facciones.


Tal vez, si el fútbol español quiera salvarse de la violencia de su fútbol y no perder el glamour de una Liga construida con mucho esfuerzo, le bastaría con observar lo que ocurre en la Argentina y será un estremecedor, pero didáctico, viaje al futuro. 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Él (Un cuento de Marcelo Wío)



Un tal Descartes insertó la duda (dicen los mistificadores que lo planeó en solitario, frente a una estufa), hace unos cuantos años ya. Lo quitó de escena demostrando, paradójica o irónicamente, su existencia – o tal vez no tanto, pero le arrebató el papel central, eso seguro. Luego, pocas noticias tenemos de Él (no de Descartes). Se lo nombra aquí o allá, pero ya parece de capa caída.

Nietzsche, un alemán, lo vuelve a nombrar asegurando que ha muerto. Pero, ¿quién lo mató? El por qué, poco me interesaba. Mi curiosidad era quién. Eso me desvelaba. Tal vez, luego de saber quién, me desvelaría saber por qué. Pues bien, viajé hacia Alemania, puesto que era la tierra de Nietzsche (ya dije que era alemán) y éste aseguraba su defunción. Anduve de arriba abajo, sin saber muy bien dónde buscar. Por casualidad fui a dar a una librería de usados, en Heidelberg, de esas en las que también se pueden encontrar viejos periódicos. No recuerdo qué había entrado a comprar, o si simplemente había entrado a echar una ojeada (nunca puedo resistir la tentación de entrar en una librería, es más fuerte que yo; y generalmente, termino comprando algún libro). Allí, en la librería, mirando y revolviendo, encontré un pequeño periódico de Freiburg. Por curiosidad me puse a leerlo. Era del 25 de octubre de 1812. En una de las últimas páginas vi un titular que me llamó la atención: “Joven nihilista acusado de asesinar a un anciano”. Aquellos que dicen haberlo visto a Él, lo describen indefectiblemente como un anciano, así que tal vez fue eso lo que me llamó la atención (sumado a la palabra nihilista). La noticia explicaba que un anciano (como ya anunciaba el titular) de gran barba blanca y con aspecto cansado había discutido acaloradamente  (no aclaraba el motivo de la discusión) con un joven nihilista (el mismo del titular) en una taberna de Freiburg. Aparentemente, el viejo se había marchado y el joven se había quedado unos minutos más, para salir más tarde también de la taberna. Los parroquianos decían haberlo visto muy alterado al momento de la partida. Eso ocurrió alrededor de las 22.30, según relatan los clientes de la taberna. A las 24.05 el dueño del establecimiento cerró las puertas y salió. Antes de emprender el camino a su domicilio, se desvió a un baldío cercano a tirar unos cajones. Fue ahí cuando encontró al viejo muerto. Un puñal clavado en el pecho. El nombre del joven se mantenía en el anonimato debido al secreto de sumario. El viejo se hacía llamar Él, aunque nadie conocía su nombre. Nada más decía el artículo.

Me fui rápidamente para Freiburg (hermosa ciudad, pero no la pude apreciar, pues mi búsqueda todo lo nublaba). Nada pude sacar en claro. Allí se desvanecían todas las pistas. Nadie sabía quién era el viejo. Nadie recordaba aquel asesinato. Nada. Lo cual era lógico. El asesinato había sido uno de tantos, y había sucedido más de un siglo antes.

Anduve visitando algunas organizaciones que dicen estar en contacto con Él: estuve en algunas de sus oficinas, donde pude ver a personas monologando (casi zumbando, en algunos casos) – algunas arrodilladas, otras sentadas y con la mirada perdida en el techo, otros con los ojos cerrados (“Técnicas”, supuse) – pero no me pareció que tuvieran mucha idea de qué había sido de aquél que se hacía llamar Él. Los funcionarios de estas organizaciones no se ponían de acuerdo: en cada organización tenían versiones muy distintas y me aseguraban que eran los únicos que se comunicaban con él. Así que no me quedaba claro si él era Él o si él era simplemente él, un él que a saber quién era. En fin, que no encontraba ningún rastro de Él (el del principio, ése que Descartes... descentró, y que Nietzsche aseguraba estaba muerto).

Volví a Buenos Aires con las manos vacías, más confundido que al principio y muy desilusionado. Me consolaba diciéndome que por lo menos había viajado un poco, me había desenchufado de la realidad agobiante.

Unas semanas después, entré en un bar de la calle Arenales. Me senté en la barra, justo al lado de un viejo que llevaba una larga barba blanca y lucía muy cansado. El televisor estaba encendido con el volumen muy bajo. Miré al viejo con sorpresa y algo de temor mientras él le daba el último trago a un vaso opaco. “Poneme un poquito más de tintillo de la casa”, pidió el viejo. Le llenaron el vaso. “Haceme el favor de subir el volumen de la televisión que van a decir algo de él”, ordenó. El “Él” lo remarcó, y cuando lo dijo me tiró una mirada cómplice. Yo le sonreí algo nervioso y clavé la vista en el televisor.

“La salud del astro – informaba el periodista, desde la Clínica y Maternidad Suizo Argentina – es delicada; aunque los galenos informaron hace instantes que pasó una noche tranquila. De todas maneras, y siempre según fuentes médicas, es muy pronto para hablar de estabilidad”, continuaba el reportero. “Los seguidores se encuentran rezando por Él y brindándole su apoyo. Hay una guardia permanente frente a este nosocomio”. Y alguna que otra pavada de relleno para despedirse con un “todos hacemos fuerza por Él, que tanto nos dio, que tantas alegrías supo regalarnos en medio del sufrimiento de este pueblo, Su pueblo; de esta Nación, la que lo vio nacer”.

Quedé mudo. Era verdad eso que se decía medio en broma: Él era argentino. Y... entonces ese Él, el del diario de Freiburg, era simplemente él. Él estaba agonizando en una clínica en Buenos Aires. Y yo tanta vuelta, tanto viaje... Siempre había estado frente a mis narices. El viejo que estaba a mi lado levantó el vaso, como brindando  con el televisor (la imagen seguía en la Clínica, mostrando a los fieles del astro, Sus fieles) y se mandó un trago largo al buche. Yo pagué mi cerveza y me fui. Corrí por Arenales rumbo a Pueyrredón. Al rato llegué a la Clínica, turbado (por la reciente revelación) y exhausto (el cigarrillo me va a matar el día menos pensado). “Tanto viaje al pedo”, me reprochaba para mis adentros. Todo el tiempo estuvo allí, delante de mis ojos... ¡Pero las veces que lo habré nombrado en charlas de café! Claro... Él, Diego... cómo se me había pasado semejante obviedad.