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lunes, 30 de noviembre de 2015

El Real Madrid vuelve a generar dudas (Yahoo)




Mucho le costó al Real Madrid acabar con la etapa del portugués José Mourinho, que le trajo más problemas que festejos. Si llegó con la necesidad de terminar con el imperio del Barcelona o complicárselo con diatribas y actitudes polémicas, se fue con pocos títulos y con una de las peores imágenes del club blanco en mucho tiempo en todo el planeta.

El Real Madrid había pasado a ser “el malo” del fútbol, en contraposición al Barcelona, club que fue generando adhesiones por la brillantez de su juego en tiempos de Josep Guardiola y luego Tito Vilanova como entrenadores y con Lionel Messi como director de una orquesta que llegó a funcionar a la perfección.

Para la temporada 2013/14, una vez que la crisis se llevó a Mourinho, enfrentado a la mayoría de los jugadores de la plantilla, por fin el Real Madrid optó por un entrenador como Carlo Ancelotti, cuyos dos primeros objetivos se basaron en mejorar la relación con el vestuario, pacificar el discurso del club, y en lo futbolístico, tender hacia una mayor posesión de balón y adelantar unos metros a todas las líneas.

De a poco, el Real Madrid comenzó a jugar mejor, a obtener buenos resultados a partir de una mejora en el juego, y esto se hizo imparable cuando terminó de constituirse la llamada BBC (Bale, Benzema y Cristiano Ronaldo).

El equipo se consagró campeón de la Champions League, consiguiendo la Décima Copa, no sin sufrir en la final, y luego prolongó su éxito venciendo en el Mundial de Clubes, pero el desgaste en la temporada siguiente, y en especial la derrota ante la Juventus en la Champions, acabó con la etapa de Ancelotti, y éste fue reemplazado por un entrenador más tacticista y pragmático como Rafa Benítez.

El nuevo entrenador  llegó con un discurso eficientista, tal como el sistema pedía, casi como intentando agregar lo táctico a lo ya  existente, con lo cual la sensación era que al juego conseguido en tiempos de Ancelotti se le agregaría trabajo, jugadas preparadas, una defensa sólida y un equipo casi imbatible.

Sin embargo, aquel discurso tan riguroso, el antecedente del entrenador tan ligado a los resultados y a equipos trabajados, como Liverpool o Nápoli, en distintos tiempos, fue dando lugar a las primeras dudas cuando el Real Madrid, a principios de temporada, sacaba muchos puntos pero eso no aparecía tanto en el rendimiento ofensivo ni en la necesidad de proponer un juego que sea del agrado del público.

De a poco, la plantilla se fue resquebrajando hasta llegar, antes de la mitad de la temporada, a las dieciséis lesiones, muchas de ellas musculares, y el juego fue generando dudas a partir de rendimientos irregulares, a veces aceptables, otras veces muy alejados a las posibilidades de cada jugador.

Eso a su vez fue generando algunos distanciamientos entre el entrenador y algunos jugadores claves, como Sergio Ramos, Cristiano Ronaldo, Gareth Bale y en los últimos tiempos, el colombiano James Rodríguez, contratado tras el Mundial de Brasil como una de las más grandes figuras del certamen.

El Real Madrid, lentamente, se fue desentendiendo de la posesión del balón para convertirse en un equipo utilitario, capaz de imponerse a rivales muy inferiores solamente por aprovechar alguna ocasión aislada y a partir de las tremendas diferencias de cotización de su plantel contra la mayoría de los otros competidores del certamen, pero en muchos casos, fue dejando serias dudas sobre el proyecto.

Y en ese vaivén, en esos continuos cambios de rendimiento, juego y hasta de protagonistas, sin poder repetir casi nunca el mismo equipo, con la tranquilidad de llevar sin problemas el grupo de la Champions League y que no se necesita mucho para pelear por los primeros lugares de la Liga, es que apareció el Clásico con el Barcelona y la verdadera cara del equipo.

El Barcelona, en el propio estadio Santiago Bernabeu, se encargó de mostrar la cruda realidad, la enorme diferencia entre lo que se puede conseguir con una plantilla de lujo, y lo que se puede desperdiciar con otra de parecidos quilates, a partir de proyectos completamente distintos.

El Real Madrid quedó tambaleando luego del 0-4, aunque haya conseguido dos victorias en la semana, ambas fuera de casa, ante el Shakhtar Donetsk y el Eibar, y de alguna manera, haya demostrado que el Clásico parece haber quedado atrás.

Sin embargo, ninguno de los dos partidos terminados en victoria, logran convencer. En el de la Champions, y ante un rival muy inferior, el Real Madrid llegó a estar 0-4 adelante y sin embargo, apenas si le sobraron un par de minutos para no sufrir tal vez un empate, algo impensado poco tiempo atrás.

Ante el Eibar, si bien no se discute el triunfo en cuanto a la superioridad, tampoco los blancos completaron un buen partido, y no sólo eso: nuevamente James Rodríguez fue el primer reemplazado, sustituido por el joven Lucas Vázquez, con Benzema en el banquillo, y con Cristiano Ronaldo como centrodelantero y apenas acompañado por Bale, a mucha distancia.

Si Real Madrid fue superior al Eibar, fue más por sus jugadores y su capacidad de resolver sus ocasiones, que por un sistema colectivo que se imponga por la fuerza de su producción. Ni siquiera el penalti fue claro.

De poco sirve que algunos de sus jugadores lancen amenazas a través de la prensa sobre que van a seguir a la caza del Barcelona, líder de la Liga. El equipo debe hablar adentro del campo de juego, y no por los micrófonos. Esos tiempos ya pasaron, no hace tantos años, y los resultados no fueron los mejores.

Hoy, aún en los resultados, el Real Madrid navega en el tercer lugar de la tabla de posiciones de la Liga, a seis puntos del Barcelona y a cuatro del Atlético Madrid, pero mucho más lejos en su filosofía de juego y en su olvido de jugar la pelota y agradar con su fútbol.


lunes, 23 de noviembre de 2015

Macri, el fútbol y la política



“Esto es un cabaret”, soltó Diego Latorre, “El Diego malo”, según la revista “El Gráfico”, cuando ya no era lo que había sido y antes de volver a ser otra cosa pero existir nuevamente con dignidad.

Latorre se refería a los tremendos problemas que atravesaba Boca Juniors promediando los años noventa, cuando un joven Mauricio Macri acababa de hacerse cargo de un club saneado económicamente por la dupla Antonio Alegre-Carlos Heller, que se hicieron cargo de todo no en tiempos de gloria sino poco después de que Domingo Corigliano pidiera de rodillas a los acreedores que no decretasen la quiebra.

Alegre, un acaudalado empresario ligado a la industria cementera, había puesto dinero de su bolsillo por Boca (otros tiempos dirigenciales), y el equipo, que jugaba de local en Atlanta por tener la Bombonera clausurada y con números escritos con marcador negro que se desdibujaban con la transpiración, pasó a ser competitivo pero sin títulos importantes, excepto un penoso Apertura 1992 con un nervioso gol del pibe Benetti ante un desganado San Martín de Tucumán.

A esos dirigentes les había faltado picardía y por eso, un Mauricio Macri cansado de recriminaciones de su padre Franco, porque no resolvía las cuestiones en su empresa, por fin se abrió camino y se presentó como candidato en el club de sus amores, y ayudado por los resultados escasos de gloria, pudo vencer en las elecciones de diciembre de 1995, aunque justo el día que el equipo caía por un extraño 4-6 ante Racing Club (con Diego Maradona en la cancha) e iniciaba el camino de otro torneo perdido en el final.

Aquel Macri de principios de 1996 se podía parecer al que asumió como jefe de Gobierno de la Ciudad en 2007. Mucho desconcierto, desconocimiento de sus cualidades como gestor y temor a que el criterio empresarial dominara la idea original de “asociación civil sin fines de lucro”, cosa que acabó ocurriendo con los años, cuando medio Socma se metió en las entrañas y el mayor elogio fue el manejo de la cuestión financiera.

Aquel fue un “Boca fashion” bien de fin de siglo. A este cronista le tocó convivir tres días con Mauricio Macri y con Jorge Valdano como los tres representantes argentinos en el Forum de las Culturas 2004 en Barcelona, en un lujoso hotel en la reciclada zona playera de Sant Adriá del Besós, justo en los días en los que Boca  y River debían definir el pase a la final de la Copa Libertadores (aquel de la ifnartante definición de “la gallina” de Carlos Tévez) aunque tocó justo cuando se jugó la ida en la Bombonera y al ex árbitro Javier Castrilli, ahora funcionario, se le había ocurrido que se debía jugar sólo con público local para no exacerbar la violencia, algo que luego se extendería a todos los partidos del torneo local.

En aquella oportunidad, este cronista le consultó a aquel Macri por qué Boca había necesitado un intermediario para fichar al lateral izquierdo de Huracán, Mauricio Pineda. “Porque es lo que se usa, Sergio” (a Macri le encanta mencionar a la gente por el nombre, da lugar a mayor cercanía en el trato). Cuando la siguiente pregunta fue “cuánta distancia hay entre Huracán y Boca, cuánto vale un taxi”, el ahora presidente argentino electo hizo un gesto de molestia, algo así como un “no hay caso”, pero no persistió en querer convencer.

Tampoco sobre si jugar sin público visitante no acaba siendo un fracaso social por la imposibilidad de convivencia de hinchas de distintos equipos en un mismo espacio social. Macri no parecía tener tiempo para eso. La explicación de todos estos años de macrismo en Boca se basó siempre en las finanzas y los negocios. “Fichamos a X jugador en 10 y lo vendimos en 30, un negoción”, suelen explicar, sin aclarar que el objetivo estatutario es ganar títulos, no tanto hacer negocios, algo que la gran parte de la prensa deportiva local parece haber olvidado desde hace tiempo y alienta estas transacciones del “campeonato económico”.

No hay mejor escuela para la política nacional que el fútbol. Y si hay alguien que lo aprendió pronto, fue Macri. El ingeniero se dio cuenta de que nio había nada que hacer con Julio Grondona en la AFA. Que no se iba a ir hasta su propia muerte, y aunque lo criticó siempre por lo bajo, jamás alzó la voz. Más bien, tomó otro camino.

Aquellos años del “Diego malo” (Latorre), que se contraponía con el “Diego bueno” (Maradona, con aquel mechón rubio en repudio a Daniel Passarella y su pretensión de pelo corto y rinoscopia a los jugadores de la selección argentina), fueron un caos, con permanentes conflictos con el doctor Carlos Bilardo, que había aceptado por fin dirigir en la Argentina tras el Mundial de Italia 1990. Pero aquello terminó en rotundo fracaso.

Macri le trajo a Bilardo mucho más de lo que éste había pedido: A Maradona y Caniggia se le fueron sumando cracks como Juan Sebastián Verón, Christian “Kily” González, Fernando Gamboa, Fernando Cáceres, el uruguayo Sergio Martínez, el “Pájaro” mexicano Luis Hernández, Hugo Romeo Guerra, el gigante Christian Dolberg, que en un contrasentido, tiraba centros para que cabeceara el bajito Latorre.

Eran tiempos en los que Macri lidiaba permanentemente con Maradona, que lo llamaba “Cartonero Báez”. Tampoco le alcanzó al año siguiente al “Bambino” Veira, aunque ya el equipo jugaba mejor, pero sucumbió ante un River imperial con un joven Ramón Díaz como DT. “El segundo riojano más famoso” cargaba a Macri con los títulos millonarios y con los gastos inútiles de Boca para volver a la gloria.  Ya Bilardo había borrado del equipo a figuras como Carlos Mac Allister o el “Mono” Carlos Navarro Montoya. Con el tiempo, Díaz apoyaría fervientemente a Macri en la política, y el “colorado” Mac Allister sería parte de su equipo político desde La Pampa.

Por fin, tras las experiencias de Bilardo y Veira, Macri contrató a Carlos Bianchi y con él llegó la cordura, la tranquilidad en el plantel y los grandes éxitos, que el grupo mediático más grande del país le atribuyó al dirigente y no a uno de los más fabulosos entrenadores que haya tenido la Argentina en su historia.

“Es un éxito rotundo de la dirigencia”, le dijo a este cronista, en el hotel de Boca en Tokio, un periodista deportivo demasiado influyente, que en esta campaña casi tira abajo la estantería hasta que renunció a su cargo como diputado por la Provincia de Buenos Aires, tras el triunfo de Boca sobre el Milan de Carlo Ancelotti, por penales, en la Copa Intercontinental de 2003.

Pocos pisos más arriba, los festejos en la intimidad del plantel tenían un límite con un largo cordón y un cartel que decía que sólo el grupo mediático más poderoso podía traspasarlo.

Macri lo ganó todo con Bianchi como entrenador, pero también hay que decir que al mismo Macri, Bianchi se le fue dos veces del cargo, en 2001 luego de aquel affaire telenovelesco en la conferencia de prensa en la que el ahora presidente electo argentino lo presionó tras un partido del fútbol local para que diga si va a aceptar renovar y el director técnico lo dejó solo, sentado ante los periodistas, con su famosa frase de despedida “chau, felicidades”. Y en 2004, tras la fatídica definición por penales ante Once Caldas, al enterarse horas previas que Macri había decidido venderle tres de los cuatro defensores y a Guillermo Barros Schelotto, no sólo un símbolo del club sino quien siempre fue su candidato a DT en el futuro.

Con Macri, Boca fue fashion. Ya no fue aquel club popular que reflejaba el sentir de las clases más populares. Los “fana” de otros tiempos pasaron a ser “fans”, famosos que buscaban la cámara de fotos o de video para retratarse con un look “casual”, con palcos VIP con mozos que sirven champagne al borde del campo de juego, aire acondicionado, y entradas carísimas sacadas en la semana por internet en “Ticketek”.
Como me cuenta un implacable observador de la realidad, el brillante amigo y colega Octavio Palazzo, a la salida de los partidos de la Bombonera “en los colectivos se escuchan diálogos de computación” en vez de los golpes al techo del “dale boooo” o la entrada de pibes por las ventanas. Es una clase media que puede pagar la cuota social, una vez que por los problemas de violencia, el club se fue cerrando cada vez más al hincha común.

Las cuestiones de Boca comenzaron a resolverse en las oficinas, en las empresas, en los bancos y las financieras, y hasta en los tiempos más gloriosos de Bianchi, muchos de sus jugadores tuvieron problemas con una dirigencia que los trató como empleados rasos, y no como figuras populares que eran.

“Salvestrini al psicólogo” llegó a rezar en las camisetas del Boca campeón de América 2001 en el partido de ida de la final ante Cruz Azul en México, en abierta oposición a miembros de la CD.

Macri no podía evitar comerse otros seis goles, un durísimo 0´6 ante Gimnasia el día del estreno de los palcos, cuando Alberto Márcico y un incipìente mellizo Barros Schelotto destrozaron cualquier ilusión, con Carlos Griguol sentado en el banco de suplentes.

Aquel Macri, con veleidades de Florentino Pérez de las Pampas, tuvo que pasar del “Cartonero Báez” de Maradona al “Topo Gigio” de Juan Román Riquelme para ir entendiendo de qué se trata esto del fútbol en un club grande.

Su salto a la política, anunciado, dio pie a sus sucesores en el cargo, primero Pedro Pompilio hasta su muerte, y luego Jorge Amor Ameal, hasta que el entonces tesorero, Daniel Angelici, llegó al poder en 2011 en buena parte, por decir que no le renovaría a Riquelme por cuatro años a esa edad.

Ya Pompilio y Angelici eran delfines de un Macri crecido, que de la mano de un Bianchi único, llegó demasiado lejos, y conocía el mundo del fútbol al dedillo, amigo de un polémico Joan Laporta, entonces presidente del FC Barcelona y estrafalario catalanista luego, como de Francisco Roig y Santiago Llaneza en el Villarreal, con el que hizo todo tipo de negocios, algunos que no vendría mal investigar (como los pases de Diego Cagna, Sebastián Battaglia, Rodolfo Arruabarrena o Martín Palermo), y es por eso que en su primera conferencia de prensa como presidente electo, recordó a su colega paraguayo Horacio Cartés, con quien también coincidió dirigiendo a Boca cuando él lo hacía con el acomodado Libertad, el club del ahora procesado Nicolás Leoz.

Macri, conocedor del fútbol como pocos, aceptable jugador a los 56 años (marcó goles de tiro libre antes de las dos elecciones presidenciales de este año) y hasta muchas veces ocasional rival de Daniel Scioli, su rival en el Ballotaje (comparten club de sus amores y un gran amigo, Pierandrea Nocella, italiano que viaja habitualmente a Buenos Aires y se aloja en casa de Franco, su padre), sabe bien lo que se teje en la AFA para las elecciones del 3 de diciembre.

Apoyó a Marcelo Tinelli en aquella aparición en su programa de TV, pero no le gustó nada cuando notó que su contrincante acudió otra vez en el cierre de la primera vuelta electoral y estudia detenidamente sus pasos. Angelici, que se presenta a la reelección en Boca apenas unos días más tarde, ahora tiene otra baza, aunque su gestión, con muchos altibajos, corre muchos riesgos.

Macri y Scioli pactaron no meter a Carlos Tévez en la campaña. “El Apache” es otro habitué de los partidos en “La Ñata”, pero a su vez, fue el basamento del reenvión de Angelici cuando a mitad de año parecía todo perdido con aquel affaire del “Panadero” y el gas pimienta ante River por la Copa Libertadores. Entonces, Carlitos, mejor fuera de los debates, por encima del bien y del mal.

Justamente en su presentación, ante una Bombonera a reventar debido a la gratuidad de las entradas (allí sí apareció el hincha que nunca puede acceder), se produjo esa gris conjunción de “comentarista militante político bolsero de publicidad-Plataforma de cable ligada a grupo nacional poderoso con cámaras en posición privilegiada-elogios desmedidos a dirigencia amiga y socia”, que presagia tal vez el mismo juego, pero a niveles macro en el futuro, como para tener muy en cuenta.

Decir que el fútbol no tuvo que ver en algún porcentaje en la elección presidencial de Macri, suena arriesgado. Ya se lo dijo Grondona a este escriba en una oportunidad en la Casa Rosada, en tiempos de Raúl Alfonsín en la presidencia: “Cuando los políticos van, yo ya fui y volví dos veces”.

El fútbol siempre fue un adelantado a la política. ¿O acaso el primer ministro no es el fusible del presidente como el entrenador al titular de un club? Ser presidente de Boca, se sabe, como de River, es mucho más popular, de mucha mayor exposición mediática, que ser gobernador de muchas provincias.

Y Macri, dos veces campeón mundial con Boca, tuvo mucha campaña presidencial ya armada sin necesidad de comenzar. Y el fútbol fue su gran aprendizaje, aunque es tiempo de probar si lo puede aplicar en el país. El tiempo dirá.



El Barcelona desnuda al Real Madrid (Jornada)



El termómetro de los silbidos en el estadio Santiago Bernabeu marcó a la perfección el clima que se vivió en el Clásico de la Liga Española, el más global del mundo. Desde la euforia inicial, cuando se silbaba estruendosamente cada vez que el catalanista Gerard Piqué tocaba la pelota, ya tenue al terminar la primera etapa cuando ya la victoria del Barcelona era incuestionable, más baja pero perceptible cuando buena parte del estadio se quejaba de la escasa voluntad de su máxima estrella, el portugués Cristiano Ronaldo, para intentar revertir lo que se asomaba como inexorable, hasta el silencio casi total cuando, para colmo, ingresó Lionel Messi luego de dos meses de ausencia por lesión.

Es que pocas veces un Clásico español tuvo un ganador tan claro, tan rotundo. El Barcelona pasó por arriba al Real Madrid en menos de un tiempo, y con la vuelta al planteo de los últimos años: tener la pelota, tocarla bien, hacerla correr, presionar la salida de un insólitamente desganado equipo blanco, llevarla a tres cuartos y matar, arriba, con su fenomenal dupla atacante (el uruguayo Luis Suárez y el brasileño Neymar) a falta de Messi, en el banco, para completar el triplete.

Este Barcelona ni siquiera se sobresaltó cuando se fue lesionado por un golpe fuerte Javier Mascherano, reemplazado por el francés Jérémy Mathieu, porque siempre estuvo seguro de sí mismo, con algunas actuaciones descomunales, casi sin errores, como las de Piqué atrás, -un baluarte que llegó a quejarse de que el ingresado Munir El Haddadi no le permitió el quinto gol, el de “la manita”, en el final-, un Sergio Busquets magnífico, un reloj, como volante central, un Sergi Roberto en franco ascenso como cuarto volante (aún perdiéndose dos goles hechos), y un Andrés Iniesta que jugó el mejor partido de los últimos cuatro años y que no por casualidad  se fue aplaudido por la afición blanca que cada tanto tiene ataques de honorabilidad, como cuando hace justo una década aplaudió a Ronaldinho, o en algún momento, a Messi.

Para el Barça fue un trámite porque el fútbol es contagio y las cosas salieron bien de entrada, por el tempranero gol de Suárez, con su típica definición de chanfle a la salida de Kaylor Navas, y eso favoreció el plantel de los azulgranas de tener la pelota, presionar y desesperar a los blancos.

Pero también hay que decir, rápidamente, que al planteo del Barcelona lo ayudó mucho un desconcertante Real Madrid, que venía disimulando algunas carencias por  una que otra goleada gracias a su tremendo ataque, la famosa BBC (Bale, Benzema, Cristiano Ronaldo), pero cuyo juego fue inconsistente en toda la temporada desde la llegada al banco del entrenador español Rafa Benítez.

Benítez provenía de equipos como Liverpool (con el que ganó la Champions League en una final memorable ante el Milan en 2005) o Nápoli (con el que ganó una buena Supercopa ante la Juventus), que son completamente distintos, con otra exigencia en cuanto a la generación de espectáculo, pero el presidente del Real Madrid, el controvertido empresario Florentino Pérez confió en él para reducir el margen con el Barcelona (cosa que ya intentó, con escaso éxito, José Mourinho algunas temporadas atrás) y apostó por los resultados, sin importar las formas.

Benítez, aún enemigo declarado de Mourinho, es de los entrenadores que creen en que tener la pelota no es lo importante, sino ser “efectivos” y si el anterior entrenador, Carlo Ancelotti, había conseguido adelantar unos metros al equipo y jugar más, Benítez fue llevando todo al terreno del contragolpe.

Ya Bale empezó a no estar seguro y a veces aparecieron planteos con 4-4-2, las lesiones fueron impidiendo un equipo constante y ese desdibujado equipo se pudo notar ante un Barcelona demasiado seguro, con muchos de sus jugadores en un gran nivel.

Tal como ocurrió en otros partidos (que es lo preocupante para el Real Madrid en esta temporada, como el tremendo baile en su salida a Sevilla), el Barcelona hizo lo que quiso en el partido, se dio el lujo de tacos y firuletes, y no concretó mayor diferencia por escaso margen y porque de manera inentendible, el entrenador Luis Enrique hizo salir a Iniesta para que ingresara un inmaduro Munir.

Para la anécdota, el ingreso de Lionel Messi, en el segundo tiempo, tras dos meses de ausencia. Tuvo buenas asociaciones, más allá de que resulta claro que le faltan minutos y rodaje, pero lo fundamental es señalar que en un 0-4 del Barcelona en el Bernabeu, el astro argentino tuvo poco que ver y que cuando se produjo su acceso, ya todo estaba definido.

Párrafo aparte para el arquero chileno Claudio Bravo, que pese a la inmensa superioridad, la insultante superioridad azulgrana, tapó tres claras ocasiones de gol aunque no retuvo una pelota al calcular mal un pique, lo que lo muestra talentoso pero con una cierta a la inestabilidad.

El Barcelona se va entonces a seis puntos del Real Madrid, en su liderazgo, aun que queda mucha Liga, y los blancos pierden incluso el segundo lugar a manos del Atlético Madrid de Diego Simeone, pero mucho más que eso, han perdido la confianza con la silbatina final y los pañuelos que se agitaron en protesta contra el presidente Pérez, mucho más por haber elegido a Benítez, seguramente, que por los jugadores que fichó, aunque muchos estén desconocidos.

Este James Rodríguez aún no es el que era (también se vio ante Argentina, en la semana, por la clasificación mundialista), ni tampoco Toni Kroos ni Luca Modric. Benzema, se sabe, atraviesa problemas personales serios en el “affaire Valbuena”, Bale casi no tocó el balón y Cristiano, al parecer, se quiere marchar al terminar la temporada, sea al PSG, sea al Manchester United.

Con una penosa actuación del brasileño Danilo (reciente fichaje) y sin posibilidades de echarle la culpa ahora a Iker Casillas (emigrado al Porto), al Real Madrid le esperan días agitados. Ha quedado desnudo.


El Barcelona, en cambio, se va pletórico de Madrid, a sabiendas de que lo mejor puede estar por venir, con Messi recuperado, con Arda Turan y Alex Vidal (y acaso Lavezzi y/o Van Persie)  incorporándose al plantel, y con el Mundial de Clubes a la vista.

Cuidado, River.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Paseo del Barcelona por Madrid (Yahoo)



Generalmente, el Clásico de la Liga Española, que hoy es considerado el partido más importante del mundo, el más global, suele tener un alto grado de paridad. En la previa, en este caso, además, era el partido entre los dos últimos campeones de la Champions League.

Sin embargo, esa paridad se desdibujó muy rápido, a los pocos minutos, y cuando el Barcelona coronó uno de sus llegadas en el primer gol, una vez más, en los pies del gran definidor uruguayo Luis Suárez, comenzó a exhibir una superioridad exagerada, como si la diferencia fuera entre un club poderoso y uno de los tantos de la Liga con un presupuesto muy inferior, que se resigna a poco de comenzar sabiendo que el rival es poco menos que inalcanzable.

Inmediatamente al gol, el Barcelona hizo lo que viene haciendo en los últimos Clásicos, con alguna que otra excepción: retener la pelota, asociarse en el medio, presionar la salida del Real Madrid, -algo que los propios blancos facilitaron con algunos jugadores en insólito bajo nivel (penoso el lateral derecho Danilo, muy lento James Rodríguez, sin mucha capacidad de lucha Luka Modric e impreciso Toni Kroos)-, avanzar en bloque y matar arriba, aún sin Lionel Messi (en el banquillo), con la dupla Suárez-Neymar.

Enseguida se notó la enorme superioridad porque además del planteo y de que la presión le resultó, hubo jugadores, especialmente en el mediocampo azulgrana, que tuvieron un partido perfecto. Sergio Busquets fue un reloj en cuanto a ubicación, recuperación y distribución del balón, Sergi Roberto (en franco ascenso), resultó ser una rueda de auxilio perfecta como cuarto volante, y Andrés Iniesta tuvo acaso su mejor actuación de los últimos tres o cuatro años, y no fue casualidad que se haya retirado aplaudido en un gesto que enaltece al estadio Santiago Bernabeu, que lo hace en contadas ocasiones, como hace una década con Ronaldinho y hace poco, con Messi.

Todo el Barcelona redondeó un partido memorable, desde el arquero Claudio Bravo, que tapó tres claras ocasiones de manera brillante si bien se mostró dubitativo en una pelota de alto. Los dos laterales, Daniel Alves y Jordi Alba, clausuraron su sector y se proyectaron al ataque cuando hizo falta, y hasta Jérémy Mathieu se acopló pronto pese a que la defensa sufrió la baja de Javier Mascherano, lesionado en el primer tiempo, y condicionando los cambios al entrenador Luis Enrique. Y pese a todo, si hay que destacar a alguien en la zaga, no fue otro que Gerard Piqué, pitado estruendosamente en el inicio, por su conocido sentimiento catalanista, pero ya ignorado al final, cuando se lanzó como centrodelantero a buscar el quinto gol, el de “la manita”, que no llegó por muy poco y que hasta hubiera sido merecido.

La diferencia fue tal entre los dos, que cuesta decirlo pero cuando Messi ingresó, tras dos meses de ausencia, en el segundo tiempo, ya casi todo estaba definido y los pitidos habían bajado la intensidad y eran casi imperceptibles porque los simpatizantes del Real Madrid ya estaban más enojados con los jugadores propios que dedicados a los ajenos.

La pañolada se hizo sentir contra el presidente Florentino Pérez, intuimos, mucho más por haber elegido a Rafa Benítez como entrenador, que por los jugadores que fichó.
Benítez significó hasta ahora una cierta vuelta táctica a los tiempos de José Mourinho, luego del esfuerzo de Carlo Ancelotti por tratar de adelantar las líneas unos metros y tratar de tener más tiempo la pelota. Pero el entrenador español comenzó a generar dudas tácticas sobre si debe ser titular Gareth Bale o si el equipo debe salir con cuatro volantes, con la dupla Isco-James, las lesiones y rotaciones debilitaron al sistema y más allá de algunas goleadas ante rivales inferiores, nunca hubo claridad de rumbos.

Ante el Sevilla, días pasados, se pudo constatar el germen de lo que ocurriría en este fin de semana en el Clásico. El Real Madrid no pudo hacer nada y vio pasar el balón ante los de Unai Emery y contra un equipo mucho más poderoso como el Barcelona, ni siquiera en su casa, pudo contrarrestarlo desde el principio.

Muy lento James Rodríguez, luego de una lesión, con Bale alejado del juego, un Cristiano Ronaldo que padece cuando el balón no le llega, al igual que Benzema, y con una defensa muy presionada por el bloque azulgrana, el Real Madrid apareció desquiciado y derrotado en cada sector de la cancha, sin atenuantes.

Este Real Madrid deberá atravesar ahora una zona de turbulencias, con Rafa Benítez ya casi sentenciado y con  su presidente Pérez demasiado cuestionado (y ya sin poderse echar culpas al portero Iker Casillas, emigrado al Porto al inicio de la temporada).
El Barcelona, en cambio, tiene todo el futuro por delante. Esta clase de victorias suele ser constructora de confianza, acaba de regresar Messi y en poco más de un mes se podrán incorporar, por fin, los fichajes de Arda Turan y Aleix Vidal, pero lo mejor es que este equipo se reencontró con su mejor forma luego de años de añorar aquel esplendor perdido, y que parecía muy difícil recuperar con la salida de Xavi, uno de sus principales estandartes.

Hubo un 0-5 y un 2-6 en el Bernabeu, pero este 0-4 tiene otros ribetes porque fue de punta a punta en el tiempo y en todos los sectores de la cancha, y la diferencia pudo ser mucho mayor.

Por eso, para el Barcelona, tiene un sabor especial.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Barranquilla asistió a otra refundación argentina (Jornada)



El panorama no era el mejor. El empate ante Brasil en el Monumental parecía que había minado la moral del entorno de la selección argentina y se trataba de un partido demasiado complicado para ser el último de 2015.

Sin buenos resultados a priori, sin Lionel Messi, ni Sergio Agüero, ni Carlos Tévez ni Pablo Zabaleta ni Javier Pastore ni Ezequiel Garay, con un día menos de descanso por la postergación del clásico ante Brasil por la lluvia, el calor y la humedad de Barranquilla en un horario diurno, la dificultad era grande.

Sin embargo, nada de eso ocurrió. El equipo argentino, salvo el sofocón del primer minuto, se fue adueñando de la pelota y se acordó de sus mejores momentos, aún con tantas contras, manejó las situaciones, no dejó jugar a los colombianos y hasta mereció mucho más que el 1-0 final.

Gran partido de Lucas Biglia, la figura mucho más allá de haber convertido su primer gol con la camiseta albiceleste. Porque apareció en toda su dimensión en la mejor línea del equipo, la de la mitad de la cancha.  Es allí, con el triángulo compuesto por el jugador de la Lazio, Javier Mascherano y Ever Banega, al que se sumó Angel Di María al retrasarse unos metros, donde estuvo la usina del juego.

Es cierto que estas convicciones de un equipo argentino que partió de la gran firmeza de Nicolás Otamendi en el fondo, y un gran partido de Gabriel Mercado por derecha, en su inesperada convocatoria ante la doble amarilla de Facundo Roncaglia (luego fue reemplazado por un muy buen Gino Peruzzi), tuvieron una importante ayuda en el muy mal momento que atraviesa la selección colombiana.

Este equipo colombiano pareció sentir el tan cacareado efecto del calor y la humedad de Barranquilla que los visitantes. Con su creativo James Rodríguez aún lejos del nivel que tuvo, en su reciente regreso tras una larga lesión, y teniendo que bajar mucho a buscar la pelota, para acabar tirando pelotazos demasiado largos y con poca orientación. Ni siquiera los tres puntas del final (Muriel, Bacca y Adrián Ramos) pudo cambiar la ecuación.

Así es que el 1-0 argentino pareció poco premio, si se toma en cuenta que Paulo Dybala (que entró por Gonzalo Higuaín y se metió pronto en el partido, pivoteando y conectando con los volantes) tuvo una en el palo, con David Ospina vencido, y le anularon un gol válido, por una falsa posición adelantada.

El fútbol es un juego de confianza y el equipo argentino se fue dando cuenta de que eso de apostar a tener la pelota es un muy buen negocio, especialmente si los de arriba, Ezequiel Lavezzi e Higuaín, tienen los ojos abiertos y ruido en el estómago por hambre de gol.

También los de Gerardo Martino entendieron que este equipo colombiano no es un cuco ni se parece al de otros tiempos, y si ni siquiera contó con Radamel Falcao ni Jackson Martínez, tampoco cuenta ahora con aquellos laterales de gran proyección y excelsa técnica.

La selección argentina fue siempre superior, con un enorme despliegue de Biglia, buena circulación, y un toque de pelota que si no alcanza para olvidar a las estrellas, sí comienza a transmitir la idea lógica de que en una segunda fila hay jugadores que el mundo entero envidiaría. Y por fin, en Barranquilla, sacó partido de eso.

Otra vez, como para Brasil 2014, Barranquilla aparece como la tierra de la refundación, como cuando con Alejandro Sabella en el banco de suplentes, Messi y Agüero dieron vuelta un partido muy complicado y proyectaron al equipo al Mundial y generaron un grupo granítico que confió en un determinado proyecto.

Esta es otra manera de terminar 2015, aunque por ahora sea con un sexto lugar en el grupo sudamericano. Desde el rendimiento, comenzó a aparecer una leve sonrisa ante Brasil y ahora ya se va acercando a la conformidad y a la idea de que es posible crecer en 2016. Hay con qué. Son los jugadores los que, tal vez a partir de lo de Barranquilla, se vayan dando cuenta de cuál es el camino.


martes, 17 de noviembre de 2015

Simeone y aquel desborde en Barranquilla



El 15 de agosto de 1993, hace poco más de 22 años, el Estadio metropolitano de Barranquilla estaba a reventar. Y nosotros, reventábamos, pero de calor. La humedad era imposible de aguantar y estábamos empapados de sudor todos los argentinos. Más de 35 grados, a la espera de que la selección de Alfio Basile, que venía arrasando en la clasificación mundialista y que venía de ganar por segunda vez consecutiva la Copa América, estirara la racha de los 33 partidos sin perder enfrentando a la difícil Colombia de Francisco “Pacho” Maturana.

Sin Oscar Ruggeri y Gabriel Batistuta, sus dos figuras en tiempos de ausencias de Diego Maradona, antes suspendido por doping (aún cuando se trataba de droga social) y enfrentado a Basile (“se emborrachó con las dos Copas América”, llegó a decir, filoso, mientras prefería ir a alentar a los celestes de su amigo Carlos “Patito” Aguilera), el partido pintaba difícil, aunque no imposible.

Acabó siendo mucho peor que lo imaginado como dificultoso. Fue el verdadero baile colombiano de ese grupo clasificatorio (que completaban Paraguay y Perú), y no el de la revancha en Buenos Aires veinte días más tarde en el recordado 0-5.

El gran baile fue ese del 2-1 con el que la selección argentina de Basile perdió su invicto. No la vio ni cuadrada ante los lujos de Harold Lozano, Faustino Asprilla, el Tren Valencia y todo ese equipo de cracks que le escondió la pelota durante los noventa minutos y apenas se desconcentró en la última jugada, cuando una media vuelta del Mencho Ramón Medina Bello permitió el descuento y echarle un manto de cercanía a lo que fue una distancia sideral en el juego, y el comienzo del padecimiento para llegar a Estados Unidos 1994.

Colombia acabaría ganando cómodamente 2-1 con goles de Iván rené Valenciano y el “Tren” Adolfo Valencia.

Pero lo peor estaría por llegar, al regreso acalorado al hotel para ducharnos, cambiarnos y volver a enfilar hacia el aeropuerto Ernesto Cortissoz, para retornar al país lo antes posible, vía Bogotá.

Al llegar al aeropuerto, en un clima muy pesado y con nubarrones que pronosticaban una tormenta de aquellas, de repente comenzamos a sentirla bajo techo. No entendíamos de qué se trataba la fila india a cada flanco a nuestro paso, como si nos hicieran “Pasillo” por haber ganado algo, pero centenares de hinchas colombianos nos cantaban “se murió, Argentina, se murió” y tres aplausos, acompasando el cántico, para cerrar en cuanto a la expresión oral, pero esto iba acompañado de toques a los tobillos de algunos desbordados.

Antes de subir al avión, escuchamos que había forcejeos y cargadas de empleados del aeropuerto y notamos que Diego Simeone, que había  jugado el partido (y que había definido ante Colombia la Copa América de 1991 en Chile) estaba en plena disputa cuando nos acercamos a separar y a conducir al “Cholo” hacia la nave.

Luego, ya sentados en el avión, nos enteraríamos que a muchos jugadores argentinos les había pasado lo mismo. Detrás de nosotros, justo detrás, se habían sentado el propio Simeone y Leonardo Rodríguez y nos habían relatado la misma experiencia que nosotros, desconocidos periodistas allí, habíamos vivido en el salón principal del aeropuerto.

Claro, Simeone venía con las pilas cargadas por todo lo ocurrido y vislumbraba, según nos comentó, un final de clasificación más complicado que lo previsto y no le faltó razón. El equipo argentino no podría vencer a Paraguay en Buenos Aires, y luego vendría el catastrófico (en la marca, en el juego fue peor el 2-1) 0-5 que obligó al repechaje, la vuelta de Maradona y el angustioso gol de Batistuta ante Australia.

Quedó lugar para otra anécdota en la escala de Bogotá. Varios periodistas discurríamos sobre lo que pasaría ante Colombia en la revancha en Buenos Aires y este escriba, cuando el entonces colega Fernando Niembro le planteó que creía que los de Basile ganarían con facilidad, atinó a decir, tal vez por soltura de lengua, “para mí, nos meten cinco”.

Niembro se rió, descreído, nos tildó de exagerados, y sólo respondimos que “puede ser pero si llega a ocurrir, sólo te pido que lo reconozcas al aire”. Se fue con sorna pero hay que reconocer que el lunes siguiente al desastre, el 6 de setiembre -día anterior a la famosa tapa negra de “El Gráfico” y la fundación de los talk show futboleros en aquel programa de Bernardo Neustadt, con José Sanfillippo y Sergio Goycoechea-  apareció el reconocimiento al aire.


Argentina extraña a Messi, Brasil aún no tiene al mejor Neymar (Yahoo)




Apenas 13.000 personas asistieron al partido debut de la selección argentina en el grupo clasificatorio sudamericano ante Ecuador en Buenos Aires. Se descontaba el triunfo, aún sin la máxima estrella, Lionel Messi, lesionado, pero el equipo no contagiaba entusiasmo tras perder otra final, esta vez de Copa América, meses antes frente a Chile.

Sin embargo, y contra todo pronóstico, la selección argentina jugó uno de los peores partidos que se recuerde y cayó sin atenuantes 0-2, y aunque pudo sacar un punto en su visita a Paraguay.

La esperanza, para estos dos partidos siguientes consecutivos pasaba por vencer a Brasil, otra vez como local, siendo que el equipo que ahora dirige Carlos Dunga atraviesa una crisis importante, sin jugadores desequilibrantes, tras un pálido Mundial 2014 que dejó la marca de la goleada histórica ante Alemania 1-7 y una necesidad de urgente cambio de dirección.

Nuevamente se descontaba un triunfo aún cuando, por fin, Dunga podría contar con su mejor jugador, Neymar, casualmente compañero de Messi en el Barcelona, que regresaba tras la dura suspensión que se le impuso por su expulsión en la pasada Copa América de Chile.

Para los hinchas argentinos, que esta vez sí llenaron el estadio Monumental con más de 45.000 personas (mucho tiene relación con que el rival era nada menos que el clásico, Brasil, y con la clara chance de ganarle luego de diez años sin conseguirlo), otra vez renació la esperanza de una recuperación, pese a las ausencias por lesiones de Messi, Sergio Agüero y Carlos Tévez, así como la de Pablo Zabaleta en el lateral derecho.

Todo parecía que se cumpliría lo que se buscaba porque pese a tantos cambios, el equipo argentino salió con todo a buscar el triunfo, con Ezequiel Lavezzi en el puesto de Messi, con un buen Gonzalo Higuaín reemplazando a Agüero, y hasta con las proyecciones de Facundo Roncaglia, que desde la derecha y con un remate obligó a estirarse al arquero brasileño Jefferson.

Comendado por Angel Di María, que de a poco va retomando su nivel, el equipo argentino dominó el partido, con un cambio importante que decidió el entrenador Gerardo Martino: Ever Banega ocupó la plaza de Javier Pastore, también algo lesionado pero que además no había funcionado bien en los dos primeros partidos.

Al poco tiempo llegó el gol de Lavezzi tras un excelente pase filtrado de Di María hacia Higuaín y éste asistió al delantero del PSG para marcar el tanto argentino.  También Banega tuvo, al minuto del segundo tiempo, otra clara ocasión que acabó en el poste y que pudo ampliar la diferencia.

Acaso el planteo de Brasil era más entendible. Con tres puntos en su haber, un empate en Buenos Aires ante su clásico rival no estaba nada mal y entonces se dispuso, en una época sin tanta creatividad, con un eje de dos volantes defensivos centrales (Luiz Gustavo y Elías), otros tres por delante (Willian, Lucas Lima y Neymar) y apenas arriba, muy solo, un insípido Ricardo Oliveira.

Así, con ese vallado, con Neymar muy lejos de su verdadero nivel, Brasil aguantó hasta donde pudo en el primer tiempo, hasta que Dunga por fin notó, tras quitar a Oliveira, que si no le ponía compañía a Neymar, no tendría jamás una chance para empatar, así que se decidió por Douglas Costa, de muy buen presente en el Bayern Munich, y apenas dos minutos después ya empataba Lucas Lima en la primera llegada clara.

A partir de entonces, la selección argentina sintió el golpe. Ya no fue la misma y volvió a ofrecer la misma cara que en los dos primeros partidos: es cierto que le faltan jugadores decisivos, pero ya no es aquel equipo sólido, granítico, del Mundial 2014 sino que ya es el grupo ciclotímico de la pasada Copa América de Chile de este año, capaz de golear a Paraguay y ser superado tácticamente apenas días después por los locales en la final.

El equipo argentino empieza a perder fuerza física, llegada, coordinación, y comienza a transitar el camino de la desesperación que agranda a sus rivales y así fue que promediando el segundo tiempo, los verdeamarillos llegaron a tocar el balón mejor que en muchas otras ocasiones, con la tranquilidad de saber que el punto que se llevaban era más que decoroso y una caricia para el futuro.

En cambio, la selección argentina extraña mucho a Agüero, pero demasiado a Messi, aunque tras la Copa América perdida haya sido uno de los más criticados. El astro del Barcelona habla más en su ausencia que cuando juega. Su falta se nota con claridad porque nadie puede provocar esa aceleración y reunir esa precisión en velocidad como Messi.

Muchos creen que el problema de la selección argentina terminará con 2015, cuando ya Messi se recupere y regrese para los partidos que quedan, que serán 14 sobre 18 totales y es cierto que falta mucho, pero también es verdad que cuesta mucho ver en la tabla de posiciones al equipo albiceleste en anteúltimo lugar sobre diez participantes, tan solo con Venezuela por debajo.

Ahora esperaba la siempre difícil Colombia del también entrenador argentino José Pekerman, en el tremendo calor de Barranquilla, una visita nada fácil y ya oficialmente también sin Pastore, lesionado, y sin Roncaglia (por doble amarilla) y una nueva derrota podría desencadenar una importante crisis, teniendo en cuenta que el 3 de diciembre, habrá nuevo presidente de la Federación (AFA) y quien asuma podría querer revisar el contrato de Martino.

Brasil se fue de regreso con una sonrisa, aunque su performance no pase de ser mediocre. Pero no perder ante Argentina era una posibilidad muy remota, y casi ni importa que sobre el final haya sido expulsado David Luiz.

Dunga sabe que de a poco, Neymar volverá a ser el del Barcelona y las chances de seguir peleando por ir a Rusia 2018, están intactas y por un camino más tranquilo de lo imaginado.


martes, 10 de noviembre de 2015

Espera de café (Un cuento de Marcelo Wío)



Serían las tres, tres y media cuando llegué al café ubicado en la esquina de Bravos de la Patria y Telémaco. Hacía años que no iba por aquel barrio. Y no lo habría hecho de no ser porque un cliente me pidió la gauchada de acercarme para entregarle el contrato modelo de compra-venta de un local comercial para echarle un vistazo antes de realizar la transacción. Así llegué a aquel café tan igual a cualquier otro.

Estaba sentado ante una mesa al lado del ventanal. El café estaba casi vacío: un mozo, un gordo detrás de la barra y un viejo sentado a un par de mesas a la derecha de la mía. El hombre hacía que leía un diario que seguramente había terminado hacía un rato largo, y me relojeaba. Conocía a esa fauna de café. Hurgan entre la concurrencia un cómplice para la palabra; para la verdad o la fabulación, lo mismo da. Hablar, contar, darle un sentido a una porción del día; ganarse un asombro, una palmada, dejarse invitar con un café o lo que sea.

Al principio me hice el pelotudo; pero me dio pena: me vi a mí mismo en unos años buscando una excusa para no hablar solo. Así pues, lo miré y lo saludé con esos gestos que esconden mal una invitación: sonrisa leve, arqueo de cejas, una suerte de gesto de suspiro, ladeo de la cabeza y movimiento sutil hacia arriba, como si uno emprendiera el rumbo hacia una observación superior. El viejo decodificó correctamente todos los significados y, levantándose – y trayendo consigo la tacita de café – me preguntó (o suplicó buscando una confirmación): “¿Puedo?”, señalado con la mirada y la perilla mi mesa. “Claro”, revalidé explícitamente el mensaje.

Se sentó, sorbió el fondo de café que le quedaba y encendió un cigarrillo.

“¿Se toma otro café?”, pregunté.
“Te acepto un coñacito”.

Llamé al mozo y le pedí un coñac para el viejo y un porrón de cerveza para mí.
“Te miraba desde ahí, y pensaba, ‘a este muchacho le vendría bien una historia’; pero no cualquier historia; una verídica y, a la vez, incomprobable. No sé si me sigue”, dijo el viejo, pausadamente, con una voz en do menor.

“Siempre me falta una crónica de esas. Supongo que no es un rasgo original…”, dije, por decir algo. Esas declaraciones que no tienen consecuencias; que a lo sumo sólo invitan a que el emisor, emita.

Llegó el mozo con las bebidas, como obedeciendo a unos tiempos prefijados para el ámbito de los cafetines y de sus peregrinos, que permiten una pausa que oficia de sustituto de un prólogo siempre innecesario.

“Lo que te voy a referir – tomó un sorbito del coñac y le dio una pitada al cigarrillo de tabaco negro, de un olor azul pesado – no lo viví yo, me lo contó Arturo Peñalosa, un amigo fiable. Pues bien, Vito Daimon nació en uno de estos tantos pueblitos que hay perdidos en la geografía argentina, de esos pueblos en los que los ochenta, ciento y pico habitantes que hay, tiene un nombre distinto para el rejunte de casas, plaza, canchita de fútbol, iglesia… y no hay tu tía con ponerse de acuerdo. Y mire lo que le digo, menos mal que no tiene un nombre… inequívoco, unánime…Porque, fíjese usted, que uno se acuerda de un pueblo por el nombre, no por el territorio y el mapa… 

Y hay pueblos que… mejor no recordarlos jamás… Pueblos que son como una… amenaza, un aviso ominoso blandiéndose por sobre los posibles futuros infaustos que uno puede padecer a causa de la torcedura de circunstancias que conduzcan a que no quede otro lugar que ese olvido. Porque uno ve a la gente que vive en esos lugares – ¿nunca ha pasado por esos pueblos que nunca son destino? - y uno piensa, ‘esta gente no está acá porque quiere, esta gente está acá porque no le queda otra, porque tuvo que rajar por vaya uno a saber qué chanchullos, qué vergüenzas o temores; o porque no conocen otra cosa… ahí, encerrados… por y en sus realidades’… A todo esto… ¿a qué iba yo…?”

“Me decía que Vito… nació en un pueblito como el que describía”, lo socorrí, ya comenzando a arrepentirme de haberlo invitado a sentarse a mi mesa – por cada anécdota o historia que valía la pena de las que me habían contado en un café, había sufrido varias centenas de desvaríos y tramas mal amarradas; fraudes, en definitiva.

Encendió otro cigarrillo – me ofreció uno, pero le dije que no fumo – y le dio un traguito al coñac.

“Síiiii… Vito Daimon, claro… Pero déjeme que antes te explique a qué viene esta manía o fijación mía con esos pueblitos… - el viejo, o no tenía historia, o era un prologuista incompetente (y yo que había pensado que la ceremonia del coñac y el mozo había evitado todo eso). Yo era viajante de comercio – me jubilé hace… veinte años ya… la pucha… - y quedé muy amigo con un cliente de un pueblo que está acá a doscientos kilómetros. La cuestión es que hace cinco días fui a visitarlo; hacía bastante que no iba. Y ahora me encontré con que hay una nueva ruta más directa; así que tomé por ahí… 

La cosa es que de camino al pueblo de este amigo – que no es otro que el Arturo Peñalosa que me relato la historia; así que, como verá, no desvarío tanto, y las digresiones tienen un hilo que las une con el nudo de la cuestión – crucé un pueblito del que nunca había oído hablar, y que se me quedó adherido a la memoria… un pueblo que tendrá… entre cuarenta y cincuenta casas, calculo… Usted figúrese que esa zona tiene unos pueblos preciosos, pujantes, prósperos, con una dignidad de pocas calles encomiable… Y uno se encuentra esta… cosa… en el medio… y no me la puedo sacar de la cabeza. ¿Sabe cómo le pusieron a esa infamia? ¡Cabo Finochietto! ¡Déjese de joder! ¿Dónde se ha escuchado que a un pueblo le pongan Cabo X? ¡A los pueblos se les pone General Fulano, Coronel Mengano, Almirante Zutano, Comodoro Talcual! ¿A quién carajo se le ocurre darle rango de Cabo a un pueblo? Y claro, uno piensa, a saber si el pueblo nació siendo un caserío de mierda o el nombre prefiguró, condicionó tal propiedad. Bueno, la cosa es la siguiente: desde que regresé, todas las noches vengo soñando con ese pueblo… qué digo soñando, son pesadillas en toda regla: estoy ahí, en el pueblo, atrapado, algo me llevó a tener (a aceptar mi destino de tener) que vivir en ese pueblo de mierda. Una ignominia absoluta. Un hastío permanente. Cuando uno transita una pesadilla, tarde o temprano, se despierta; uno queda sobresaltado, pero finalmente se duerme y el subconsciente discurre por otros argumentos más amables. Pero en mi caso, no me puedo despertar, toda la noche encallado en esa urdimbre fatal, hasta que despierto ya entrada la mañana, y luego, claro, arrastro los residuos de la pesadilla todo el santo día. Con decirle que ya me conozco a todos los del pueblo… He hablado con cada uno de ellos…. La cosa es que hace tres días que no duermo… tengo pavor a quedarme dormido… Una idea, un espanto me ha invadido: ¿y si llega un día en que no me despierte en absoluto de esa baba de imágenes tan reales, y permanezco habitando en ese infierno, en ese pueblo…? A saber las cagadas que me habré mandado en la vida sin darme cuenta para que me den un adelanto del infierno que me ha sido asignado. Y aclarado este punto, le sigo la historia. Espere que enciendo un cigarrillo… Y si no es mucho pedir, le acepto otro coñac”.

Llamé al mozo, convencido de que el viejo me había engañado, que no tenía ningún relato para ofrecer; sólo una serie de temores o de anécdotas mínimas, sin interés alguno. Nada que uno pudiera reproducir, a su vez, en su propio café ante los habituales.

El viejo sorbió un traguito de coñac con un chasquido de la lengua que me irritó, y largó un humo fino, que había pagado algún peaje en los pulmones – o que, más bien, lo había cobrado.

“Vito Daimon tendría unos ocho, diez años. Era una nada: no llegaba al metro de altura. Su contextura física, no llegaba a ser ni contextura y, a duras penas, física, material - parecía más un cúmulo gaseoso al que cualquier perturbación podía dispersar irremediablemente -… Era una cosita de nada el pibe. Y claro, la madre, preocupada, sobreprotectora (‘es que mirá esos pibes, son unos animales, lo van a hacer mierda al nene”, le decía al marido – que a todo esto, alguna vez aventuro un ‘lo vas a amariconar…’; a lo que la mujer respondía, ‘lo van a lastimar’, y él: ‘se lastimará un día, dos, cinco; y enseguida va a crear sus pequeñas astucias y habilidades para que no lo revienten a diario; y si es muy pavo, va a terminar acostumbrándose a los golpes’). Decía que la actitud de su madre le fue acentuando o marcando, más bien, la conciencia de su menudencia, y le fue creando una percepción de fragilidad de sí mismo, de vulnerabilidad; y Vito, quizás, se fue convenciendo de esa predisposición… de esa sugestión; o bien por comodidad (la madre era una hincha pelotas de campeonato) había laburado las estructuras mentales que justificaban un temor que era ajeno (de la madre, claro) y no salía a jugar con los otros críos, y, en su lugar, se refugiaba en el patio trasero de la casa –de baldosas desparejas, sembrado de macetas y sillas de hierro en las que hacía mucho que nadie se sentaba – y jugaba ahí, solo, con una pelota pulpo… ¿Las conoció? Esas pelotas de goma, marrones, con unas ridículas rayas amarillas… creo que eran amarillas…

Como es lógico, esta situación no favorecía la amistad con otros chicos. Así que era un pibe más bien solitario. Pero los otros muchachitos no lo jodían; ya sabe, en los pueblos, cuando se acostumbran a las excentricidades, a las taras, a las idiosincrasias, o a lo que sea que pueda provocar la mofa pelotuda de la gente, más allá de un mote que puedan endilgarle a uno, lo más que ejercitan es la indiferencia sin malicia.

A Vito, sin mucha originalidad, lo llamaban “Diminutivo”. Ya ve la maldad….
En fin. La cosa es que el mocoso jugaba a la pelota solo, ahí atrás. Nadie le daba bola. Por otra parte, ¿quién le presta atención a un chico jugando solo al fútbol? Uno va a ver a los pibes jugar en el potrero, en un partido, donde se puede descubrir alguna gambeta, el germen de una habilidad.

Bueno, ya le dibujé el contexto. Porque sin contexto, no hay significación. Así que ahora le voy a contar el suceso en sí. El hecho. El milagro, según Arturito Peñalosa.
Una tarde de domingo, el pibe - ya le digo, andaría por los ocho o diez años - iba caminando su aburrimiento por el pueblo. En el club social, el equipo local de los pibes de doce años jugaba contra un pueblo vecino. Los visitantes – como solía ser costumbre – les iban ganando de manera abultada (lo que habitualmente se suele referir como ‘romper el culo’). Corría el minuto treinta y pico del primer tiempo y los locales perdían tres a cero… Pare, pare; usted dirá, ‘pero eso no es abultado’, lo exuberante no era el marcador, sino el baile, el repaso que le estaban dando a esas criaturas; y la evidente imposibilidad de revertir el curso de los acontecimientos, la imposibilidad de evitar más goles en contra. La cosa es que Vito, que iba por ahí, se quedó agarrado al alambrado mirando el devenir del bailoteo.

Entonces, el puntero izquierdo local se torció el tobillo y no hubo tu tía de que arreglarle el desaguisado – esguince de manual. El técnico, Fito, se giró hacia el banco de suplentes, para encontrar montoncitos de ropa, algunas zapatillas, una botella de agua y poco más – el pueblo era chico, y la generación de pibes entre los 11 y los 14 años no había sido de las producciones más fecundas. Entonces el técnico lo vio a Vito apoyado en el alambrado y lo llamó. Vito se hizo el pelotudo, como que la cosa no iba con él, como que no escuchaba. Pero Fito terminó acercándose hasta la posición de “Diminutivo”. ‘Nene, nos falta uno, con que te pongas delante del lateral de ellos, por lo menos para que no encuentre una banda inhabitada por donde pueda pegar sus cabalgadas a gusto, es suficiente. No te pido más’. ‘Bueno’, le respondió el pibe, con ese hilito de voz que tenía, como si estuviese poco acostumbrado a hablar.

Le enchufaron una camiseta que le quedaba como un camisón, y se la acomodaron dentro del pantalón (parecía que llevara un salvavidas) y lo mandaron a la cancha. El primer tiempo se fue sin grandes sobresaltos.

En el segundo… Ah, el segundo tiempo… A los dos minutos de iniciado el partido, la pelota le cayó a los pies a Vito – de carambola, porque ninguno de los suyos pensaba en él como una alternativa de pase, ni aunque quemara el balón – y, entonces, el asombro ante lo inefable, la belleza, la perfección incontestable. El pibe, me decía Arturo, parecía que flotaba a milímetros del suelo y que la pelota no quería despegarse de su lado; los rivales estiraban las piernas, los brazos, las malacias, los ardides y las dignidades; y nada, Vito los pasaba como si no estuvieran, como si fueran las macetas de su patio. La clavó a media altura, lejos del portero, y la pelota se abrazó con la red justo en el vértice donde lo lateral se convierte en fondo.

El segundo tiempo fue un festival local. Aunque los rivales sabían que todos buscarían a Vito, no había manera de marcarlo, de encerrarlo, la pelota quería llegar a su lado, e iba a llegar, y una vez que arribaba, chau picho, “Diminutivo” les pintaba la jeta. La gente del pueblo se fue enterando y se fue acercando a presenciar aquello (así decían, “aquello”; ¿cómo se iban a referir, sino, a lo increíble, lo inconcebible?). ¿Sabe a quién se parecía?... ¿Cómo se llama este muchacho que juega en España…? Menudito…”.
“¿Messi?”, aventuré.

“Ese mismo. Bien, usted habrá visto videos de Messi de crío, chiquitín, corriendo con la pelota atada al pie, en zigzag, esquivando rivales… Bueno, la cosa es que Vito era mucho más hábil… Infinitamente mejor. Vito… era… como una divinidad aburrida que había bajado a jugar un picadito…

En fin… El partido se había puesto cinco a tres a favor de los locales – dos goles y tres asistencias de esas de ‘tomá y hacelo’ de Vito. Discurriría el partido por el minuto treinta y muchos, cuarenta y pocos cuando llegó la madre de Vito. No dijo nada. Se metió en la cancha y lo agarró al pibe de una oreja. Nadie dijo ‘esta boca es mía’, nadie insultó, nadie se burló (a fin de cuentas, Vito ya no era ni por asomo “Diminutivo”; y andá a decirle algo a ese carácter de mujer), pero todos miraron a su madre como a quien trae pruebas de la falsedad de un milagro que no le hace mal a nadie y que, es más, beneficia a todos. La miraron irse con el pibe a rastras, con un rencor impregnado de eternidad.

Al día siguiente, los Daimon se marcharon del pueblo. Nunca más se supo de Vito “Diminutivo”  Daimon”.

El viejo terminó el coñac que le quedaba de un trago. Prendió otro cigarrillo, me miró y me dijo: “¿A que al principio, con toda la cháchara de los pueblos, pensaste que te había salido mal la inversión – y señaló la copa de coñac?”

“La verdad que sí”, respondí sincero. Estos viejos, además, conocen cara a cara a la mentira.

“Ustedes los jóvenes han olvidado los preliminares para todo…”, se levantó, me hizo un gesto de despedida – o quizás un gesto de compasión por algo que quizás, cuando ya sea muy tarde, llegue a comprender -, se giró, saludó al mozo, y salió a la vereda. 

En la puerta se cruzó con mi cliente, que llegaba con cara de apuro y de disculpa.