Páginas vistas en total

Google+ Followers

domingo, 26 de julio de 2015

River Plate, a las puertas de su tercera Copa Libertadores (Yahoo)



Sabiendo ya que estará presente en el Mundial de Clubes de Japón en diciembre, River Plate comienza este miércoles su participación en la final de la Copa Libertadores de América (la Champions League de Sudamérica)  cuando enfrente en el partido de ida a los Tigres de México, uno de los equipos más poderosos del torneo.

Pocos recuerdan ya que River regresó a Primera División hace tres años, luego de haber descendido a Segunda un año antes, por única vez en su historia, y luego de haber ganado ya dos Copas Libertadores en 1986 y 1996.

En la segunda Copa, fueron importantes dos jugadores que ahora tienen un peso fundamental en el club, como el uruguayo Enzo Francéscoli, que regresaba del fútbol europeo, y un joven Marcelo Gallardo, antes de irse al Mónaco.

Hoy, Francéscoli es el manager del club y Gallardo, el entrenador del equipo, que ya ha ganado en 2014 el otro torneo continental, la Copa Sudamericana, y en los próximos días viajará a Japón para disputar la Suruga Bank ante el Gamba Osaka.

Este equipo de River viene de varios éxitos desde inicios de 2014, desde que ganó el torneo local argentino en la primera mitad de 2014, dirigido por Ramón Díaz, aunque desde la llegada de Gallardo los resultados se ampliaron a los torneos internacionales, primero con la Copa Sudamericana, y luego con la Recopa Sudamericana.

Claro que el camino para River fue muy complicado y varias veces estuvo a punto de quedar eliminado desde la propia fase de grupos que era considerada fácil para la mayoría de los analistas, porque se clasificaban los dos primeros para los octavos de final y el único equipo difícil era Tigres (hoy, el otro finalista) pero no aparecían como tales ni San José de Bolivia ni Juan Aurich de Perú.

Sin embargo, River apenas se clasificó en la última jornada y gracias a que Tigres, con los suplentes y en Perú, venció a Juan Aurich. De lo contrario, el equipo de Gallardo, de andar muy inseguro, hubiese quedado afuera del torneo.

La muy pobre clasificación a octavos como el peor de los dieciséis equipos en la suma de los ocho grupos, determinó que debiera emparejarse con el clásico rival de siempre, Boca Juniors, que al revés que River, había ganado todos sus partidos de su grupo y quedó como mejor equipo clasificado.

Boca era el claro favorito, pero allí apareció la capacidad de Gallardo para plantear los dos partidos. River pudo controlar a Boca como local y ganó 1-0 con un penal del volante uruguayo Carlos Sánchez, y estaba soportando sin muchos problemas el empate a cero en la Bombonera, cuando al terminar el primer tiempo ocurrió lo impensado: un hincha arrojó gas pimienta al vestuario de River, el partido se suspendió y se le dio por ganado a los visitantes, en un ambiente de enorme controversia.

Sin embargo, esa clasificación pareció darle a River el envión necesario para tratar de salir a buscar el trofeo que se le niega desde hace 19 años, y si bien en cuartos de final comenzó perdiendo en casa 0-1 con el Cruzeiro de Brasil, pudo ganar 0-3 en la revancha.

El torneo se paró por la disputa de la Copa América de Chile y al regresar en semifinales, el riesgo estaba dado en que muchas cosas se habían modificado en el plantel, como las salidas del volante Ariel Rojas (muy importante en el equilibrio) y su goleador colombiano Teo Gutiérrez.

A cambio, llegaron el volante uruguayo Tabaré Viudez y el delantero Lucas Alario y ambos fueron claves en el pase a la final porque participaron los dos en el gol del empate 1-1 en la revancha, tras haber ganado River 2-0 en la ida ante Guaraní de Paraguay.

River ya está clasificado para el Mundial de Clubes de diciembre en Japón porque su rival de la final, Tigres de Monterrey, es uno de los equipos invitados a la Copa Libertadores porque México pertenece a otra confederación, la Concacaf y por eso no sólo no puede representar a la Conmebol sino que incluso en la final, por más que haya estado mejor colocado que River en la fase de grupos, debe ceder la condición de local en el segundo y decisivo partido.

De esta forma, de ganar su partido semifinal en el Mundial de Clubes, River tendrá por fin la chance de enfrentar al Barcelona (si los de Luis Enrique ganan su semifinal), algo que pudo ocurrir ya en la Copa Intercontinental de 1986 pero contrariamente a lo imaginado, los catalanes perdieron la final de la Copa de Campeones de Europa, en Sevilla y por penales, ante el Steaua Bucarest de Rumania.

River, entonces, venció 1-0 al Steaua con gol del uruguayo Antonio Alzamendi. En 1996, cuando ganó la otra Copa Libertadores, debió enfrentar en Japón a la Juventus de Zinedine Zidane y Alessandro Del Piero, y fue derrotado 1-0.

La base de este River está en la sólida defensa, desde un gran arquero como Marcelo Barovero, y la última línea compuesta por el lateral derecho Gabriel Mercado, los centrales Jonathan Maidana y Ramiro Funes Mori, y el lateral izquierdo Leonel Vangioni, el equilibrio que aportan el joven Matías Kranevitter (una especie de nuevo jefecito, al estilo de Javier Mascherano) y Carlos Sánchez, el talento de Gonzalo Martínez, y el gol del uruguayo Rodrigo Mora.

En los últimos meses también se han producido los regresos desde el exterior de Luis González (ex Olympique de Marsella y Porto) y Javier Saviola, mientras que Fernando Cavenaghi, que no es titular en la Copa Libertadores, es uno de los máximos goleadores de la liga local.


A cuatro años del peor momento de su historia, River (el que vio nacer jugadores como Alfredo Di Stéfano, Enrique Sívori o al propio Mascherano) parece encaminarse a una etapa completamente distinta, más cercana a sus tiempos de gloria.

lunes, 20 de julio de 2015

Pese a todo, Bartomeu tuvo respaldo en el Barça (Yahoo)



Pese a que existen posibilidades de que se vea envuelto en el Caso Neymar, por el que su antecesor Sandro Rosell tuvo que salir del cargo, y a otros cuestionamientos relacionados con las finanzas y los símbolos del club, como la publicidad relacionada con Qatar,  Josep María Bartomeu fue elegido como presidente del Fútbol Club Barcelona.

Bartomeu, vicepresidente original en la anterior elección presidencial que le dio el voto a Rosell, fue ungido presidente incluso ante quien representó una de las etapas más productivas para el club en lo deportivo, Joan Laporta, estrechamente vinculado al entrenador Josep Guardiola, a otro símbolo de fuerte presencia en el club como el holandés Johan Cruyff, y con el que el propio Lionel Messi se siente más cómodo.

Parecía poco probable que Bartomeu pudiera ganar las elecciones en el Barcelona apenas hace pocos meses, cuando el club atravesaba el vendaval de una campaña futbolística complicada, con el enfrentamiento entre el entrenador Luis Enrique y Messi, a principios de 2015, y cuando se le endilgaban sobreprecios demasiado altos (que además, seguían aumentando el valor) en el pase de Neymar, sumado a otros casos como el de los fichajes de juveniles por lo que la FIFA suspendió la posibilidad de incorporar jugadores hasta 2016, algo que sigue pesando en la actualidad.

En aquel momento, parecía imposible ni siquiera la chance de pensar en permanecer en el cargo, incluso con la posibilidad de salir en cualquier momento, del mismo modo que Rosell, y con demasiados frentes que resolver.

Pero Bartomeu es un empresario que creyó en el trabajo, que fue acabando lentamente con los distintos problemas más graves en el club y hasta tomó la medida de reforzar mucho al equipo de fútbol sabiendo que ahora se encontraría con la imposibilidad de contratar jugadores, para terminar ganando el triplete (Liga Española, Copa del Rey y Champions League), con la posibilidad de aumentar los títulos en 2015 de ganar la Supercopa de España, la Supercopa de Europa y hasta el Mundial de Clubes.

En cuanto al Caso Neymar, éste parece haber bajado unos cuantos decibeles cuando el Fútbol Club Barcelona consiguió que el expediente fuera trasladado de Madrid a Cataluña, lo mismo que la discusión que podía desatar una tormenta entre Messi y el entonces vicepresidente Javier Faus, que hace poco tiempo acabaron con la discusión, demasiado subida de tono.

Bartomeu tampoco la tuvo fácil con el director deportivo, cuando tuvo que prescindir de Andoni Zubizarreta, quien se desligó del asunto de los fichajes de jugadores juveniles que derivó en el problema judicial con la FIFA, y se lo cargó al presidente, aunque no se dé a conocer esto públicamente.

Zubizarreta, en verdad, tampoco había acertado con algunas decisiones, como prescindir de José Manuel Pinto como segundo arquero en la temporada 2013/14 cuando ya se conocía la lesión de Víctor Valdés, o no buscar un reemplazante para un Carles Puyol lesionado, que terminó abandonando la práctica del fútbol.

En cambio, Bartomeu rectificó para la siguiente temporada con un plantel completo al que se sumó luego Luis Suárez y tuvo que manejar el final de los tiempos de Xavi Hernández y la falta de partidos de jugadores como Pedro Rodríguez o Adriano, o el culebrón de la renovación de Daniel Alves y la dependencia de Montoya sobre si seguir o no en el club de acuerdo a esto.

Bartomeu negó siempre ser “un Florentino Pérez”, como le endilgó su principal oponente, Laporta, quien decía de él que buscaba fichar jugadores “galácticos” para el plantel, al responder que a los culés “nos gusta desde siempre que el mejor futbolista esté siempre en el equipo”.

Se define como “un trabajador silencioso, una persona a la que le gusta unir más que la ruptura y que busca el consenso, no la imposición” y también alguien que toma decisiones “y genero un buen rollo”.

Evidentemente le ha alcanzado para ganar las elecciones presidenciales del Barcelona con cierta holgura, y ya apostando a 2016 con los fichajes de Aleix Vidal y Arda Turan, teniendo en cuenta las bajas de Montoya y Xavi.

Le esperan tiempos complicados, aunque menos turbulentos que hasta ahora, porque el consenso dará cierta tranquilidad a los socios y Laporta tendrá menos fuerza como principal opositor, o al menos lo deberá ser desde otro lugar.

También seguramente Bartomeu y su comisión directiva deberán tomar alguna postura respecto de una posible independencia catalana de España porque hasta el momento el Barcelona ha sido protagonista fundamental en este aspecto y en la campaña, Laporta ha tenido duras palabras hacia España que en cambio el presidente no parece querer seguir en esa misma línea.


Al nuevo presidente le espera un enorme trabajo y muchos desafíos, que el tiempo se irá encargando de decirnos si los pudo resolver exitosamente.

sábado, 18 de julio de 2015

Lucas Barrios, un trotamundos del fútbol (Kicker)



Trece años más tarde, Lucas Barrios puede ver todo con otra perspectiva. Cuando en 1999 jugaba en equipos muy pequeños del ascenso argentino, llevado por su padre, el maestro mayor de obras Eugenio, no se imaginaba que poco más de una década más tarde, un club humilde como Barracas Central  de la Tercera División, construiría un sector de plateas y ocho palcos de prensa con el dinero de los derechos de formación que le llegó por el pase de Colo Colo al Borusia Dortmund en 2009. No sólo eso: el presidente del club, Claudio Tapia, hoy aspira a dirigir nada menos que la Federación Argentina (AFA) si gana las elecciones de fin de año.

Si su padre fue muy importante para que no dejara el fútbol cuando fue rechazado por Huracán (“me dejaron libre por enano. Era chico y flaco y recién cuando tenía 16 años mejoré la estatura”, cuenta ahora, con su 1,88 metro y 43 de calzado en sus botines), su madre, Petrona Cáceres, de origen paraguayo, le dio la chance de nacionalizarse pese a haber nacido en la Argentina y haber hecho en este país sus primeros pasos.

Esta reciente Copa América de Chile, además de un buen presente en la selección paraguaya, le trajo muchos recuerdos y varias casualidades. “Es que con Ramón Díaz, que fue un gran delantero y es un muy buen director técnico, me une también un pasado reciente porque en 2013 ya me quiso llevar a River Plate, y aunque no pudo concretarse, ahora coincidimos en la selección paraguaya, mientras que con Ricardo Gareca debuté en Primera en Argentinos Juniors, y me tocó enfrentarlo en el partido por el tercer puesto en Chile, yo jugando para Paraguay y él dirigiendo a Perú”, comenta.

Pero en esta Copa América hubo más casualidades. “Me tocó marcarle sobre el final el gol a Argentina, en la fase de grupos, que dirige Gerardo Martino, quien fue el que me pidió para la selección paraguaya para el Mundial de Sudáfrica 2010 y la Copa América 2011, que fue cuando me nacionalicé, y ahora estaba sentado en el banco de enfrente. Así es el fútbol”, reflexiona.

La de Barrios es una trayectoria que comprende ya ocho países, tres continentes y 12 clubes en Primera División, más otros cuatro, anteriormente, en el ascenso argentino. Una lucha desde muy abajo, pasando por todo tipo de etapas, con discusiones, peleas y muy malos momentos en el medio. Un auténtico luchador.

Es que Barrios no hace mucho hincapié, pero cuando debutó en Argentinos Juniors en 2003 rápidamente descendió a Segunda (Nacional B) aunque sólo tiene buenos recuerdos para su primer entrenador, Gareca: “Fue fundamental porque me dijo que dejara de moverme por las puntas y entrara más al área”.  En aquel tiempo, que jugaba con un tatuaje de su hijo Thomas, recién nacido, en su antebrazo, lo acompañaba un joven Leonardo Pisculichi, hoy jugando con River Plate las semifinales de la Copa Libertadores de América.

En ese entonces, un casi desconocido Barrios fue cedido a préstamo a Tigre, pero no tuvo suceso y regresó a Argentinos Juniors, pero el entrenador Osvaldo Sosa, tampoco lo tuvo en cuenta y fue cuando decidió el inesperado gran paso: irse a Chile a jugar en el Deportes Temuco en 2005. Pero este club estaba en crisis y al no haberle pagado por meses a sus jugadores, le acabaron descontando puntos que derivaron en su descenso a Segunda por más que Lucas haya metido 12 goles. Casi lo venden al Audax Italiano, pero rumores de indisciplina bloquearon la operación.

Así fue que sin mucho rumbo, Barrios volvió a la Argentina para jugar en 2006 para un club pequeño de Santa Fe, Tiro Federal, y con un solo gol en 12 partidos, regresó a Chile para jugar en Cobreloa, donde llegó a estar separado del equipo por una discusión con el entrenador Jorge Aravena, aunque allí le cambió la suerte y ganaron el Torneo Clausura para llegar a la liguilla Pre-Copa Libertadores donde fueron eliminados por Colo Colo.

Ya en la temporada  2006/7, Barrios consiguió 18 goles, en lo que fue su avance definitivo en el Cobreloa y allí apareció el Necaxa mexicano, pero no le fue bien y para 2008 volvió a Chile, una vez más, aunque ya para jugar en Colo Colo en reemplazo de Humberto Suazo, una estrella en este club. Y si bien perdió la final del torneo ante Everton, Lucas metió 19 goles aunque otra vez en 2009 recibió dos partidos de suspensión por hacer un gesto como que el árbitro estaba pagado, en un clásico ante la Universidad Católica.

Colo Colo fue campeón chileno en 2008 y Barrios llegó a meter 37 goles en los 38 partidos de la temporada, convirtiéndose en el goleador mundial del año. “Recuerdo que fue tal mi suceso en Chile que tuve el orgullo de que 200 mil personas pidieran por facebook que me nacionalizara para jugar por La Roja”, cuenta.

Desde 2009, la historia es más conocida, cuando llegó al Borusia Dortmund y se convirtió en el tercer goleador de la Bundesliga en un ataque que contaba con Kagawa, Götze, Grosskreutz y Lewandowski y mantener un muy buen nivel, que lo proyectó a la selección paraguaya que casi elimina a España en cuartos de final del Mundial 2010 y fue finalista de la Copa América 2011.

A mediados de 2012, fue transferido al Guangzhou Evergrande de China por 9 millones de euros, donde ganó la Liga y la Copa, y fue cedido en las dos temporadas siguientes primero al Spartak de Moscú y luego al Montpelier, para acabar ahora jugando en el Palmeiras de Brasil.

Que Chile le sienta bien a Barrios volvió a comprobarse en esta reciente Copa América, en la que acabó cuarto con la selección paraguaya del argentino Ramón Díaz (“El me quería llevar a River para reemplazar a David Trezeguet”, indica), marcando tres goles.

“Fue una pena haber caído con Argentina 6-1 en semifinales pero teníamos lesionados y veníamos de jugar demasiado pronto y no nos pudimos recuperar, pero ahora estamos más fuertes y ya no vinimos a competir sino a ganar el torneo”, asegura.

Hoy, Barrios ya es otro. Es “La Pantera” dentro del ambiente del fútbol, y si bien empezará su etapa en el Palmeiras, en Brasil, no descarta terminar su carrera en River.
“Sería lindo para estar cerca de mi familia y porque siempre fui de River. Desde chico llevaba el cuaderno con esos colores y mis compañeros me decían “el millonario” (el apodo del club)”, se emociona Barrios, al que siempre lo esperan ocho hermanos.

Tampoco renuncia a seguir peleando con Paraguay por llegar al Mundial 2018, aunque sabe que es muy complicada la empresa. “Estábamos mal anímicamente por habernos quedado fuera de Brasil 2014 pero Ramón Díaz nos levantó y ahora sabemos que podemos pelear por un lugar, aunque habrá demasiados equipos competitivos en el grupo sudamericano”, se entusiasma.





miércoles, 15 de julio de 2015

Más allá del fenómeno Tévez (Jornada)



La dirigencia de Boca Juniors había calculado unas veinticinco mil personas en la Bombonera, el pasado lunes, para recibir a la nueva incorporación, un ídolo del club como Carlos Tévez, pero la realidad les demostró otra cosa: no importó el día laborable, ni que no hubiese partido por jugarse. La gente acudió en masa, y el estadio no alcanzó para albergar a todos los que quisieron ver al Apache en acción.

Diez mil personas se quedaron afuera sin poder entrar, en un fenómeno que sólo pudo igualar, y acaso sobrepasar, aunque en un día de partido y otra Argentina, la de 1981, aquel debut de Diego Armando Maradona en la misma Bombonera y ante Talleres de Córdoba el 22 de febrero de ese año, por la primera fecha del torneo oficial.

La gratuidad de la entrada y la trayectoria de Tévez demuestran que cuando hay garantías y cuando las facilidades económicas aparecen, la gente asiste, lo que tira abajo infinidad de teorías como que la TV le quitó público al espectáculo deportivo o que las entradas tienen un valor accesible para todos.

El fútbol argentino es caro, porque el espectáculo que ofrece es paupérrimo en la mayoría de los casos, con jugadores muy veteranos o demasiado jóvenes, que se marchan a la primera de cambio que aparece una oferta interesante, incluso a veces para regresar meses después pero ya a préstamo, con el pase en poder de clubes extranjeros.

Dias atrás, y en una entrevista que le realizó un canal de TV por cable, el entrenador argentino de la selección chilena, Jorge Sampaoli, contaba el desafío que para él representaría dirigir a algún club en el fútbol argentino “porque salvo el Newell’s Old Boys de Gerardo Martino, o al principio el River Plate de Marcelo Gallardo, son los únicos que en los últimos años arriesgaron. El resto juega siempre especulando por miedo a perder”.

En cambio, Tévez cometió la transgresión de regresar joven, aún cuando estuvo once temporadas fuera del país, en un excelente nivel. Pero son muy pocos los casos de regresos a los 31 años en el gran nivel europeo, y perteneciendo todavía a la selección nacional, siendo factótum de títulos como los de las dos últimas temporadas en la Juventus.

Estas razones del corazón que la razón no entiende son las que pueden aplicarse a un Tévez que cumplió exactamente su promesa de regresar a Boca para terminar su carrera en el equipo de sus amores y aparecer en el momento clave, justo cuando los de Rodolfo Arruabarrena llegaron a la punta de la tabla del torneo argentino tras un año durísimo y tras sufrir una impensada eliminación de Copa Libertadores ante River que dejó marcado al equipo.

Tévez tiene, además, una cercanía especial con el hincha de Boca, que lo siente propio, que se identifica con él, por su simpleza, su falta de diplomacia y sus orígenes humildes, pese a lo cual, logró triunfar en La Meca sin siquiera poder hablar los idiomas de cada lugar. En todo caso, le bastó con el idioma universal del fútbol.

Y por eso mismo, por la trascendencia del fenómeno, es que gran parte de la prensa soslayó la otra parte, la donación de la bandera a “La 12”, o le tiraron  centros para que cabecee en su primera conferencia de prensa, por estar Tévez ligado a una operación electoral que también forma parte del lado B de su llegada a Boca.

Porque Tévez, hay que decirlo, bien pudo llegar el 1 de julio de 2016 en calidad de jugador libre, porque un día antes se le vencía su contrato con la Juventus, que quiso poner el punto sobre las íes luego del extraño agradecimiento del presidente de Boca, Daniel Angelici, agradeciera a los italianos por “liberar” al crack.

No hubo nada de eso. La Juventus, a sabiendas de que perdería al Apache dentro de un año, optó por sacar la mayor tajada posible, consiguió un resarcimiento económico, el préstamo de una de las promesas de las divisiones inferiores xeneizes como Guido Vadalá, y la prioridad sobre otras joyas juveniles como Rodrigo Bentancur, Franco Cristaldo y Adrían Cubas.

Es decir, muy lejos de haber sido gratis la llegada de Tévez y no es casual tampoco que haya sido la Juventus la que tuviera que develar el arreglo completo, aunque nadie se sonrojara por eso.

Es que aunque buena parte de la prensa pegada a la dirigencia de Boca (en especial, un canal con comentaristas afines a esta comisión) quiso vender que “gracias” a algunos miembros, Tévez llegó al club en este momento, lo que apremió fue la urgencia ante la inminente posibilidad de perder las elecciones de diciembre a falta de títulos para mostrar durante todo el último ciclo, sumado a situaciones como la salida de Juan Román Riquelme, y el episodio bochornoso del gas pimienta ante River por la Copa Libertadores, o la estrecha relación con la barra brava.

Por eso, el fenómeno Tévez es mucho más que una simple vuelta de un ídolo al club de sus amores.



lunes, 13 de julio de 2015

¿Qué le puede aportar Tévez a Boca?



Carlos Tévez llega a Boca Juniors en el momento exacto del equipo. Cuando se reencontró con la punta, luego de un flojo final de la primera parte del torneo, antes del receso, aunque los últimos puntos le habían venido bien para acercarse a San Lorenzo y quedar en una posición expectante con la que encarar esta segunda etapa con otro ánimo, despojado ya del asunto de la Copa Libertadores con la peor eliminación posible.

Pero para borrar justamente esa eliminación, y cuando River Plate sigue en carrera y nada menos que en semifinales es que justamente esta comisión directiva de Boca sacó uno de los últimos (si acaso el último) conejo de la galera con la contratación de Tévez un año antes de lo previsto y contra toda lógica.

Aunque buena parte de la prensa se tragó el caramelito del show de la contratación de Tévez, lo cierto es que el Apache llega un año antes de terminar su contrato con la Juventus y eso no fue gratis, cuando sí debió serlo para Boca, si podía esperar, como correspondía, un año más, porque quedaba libre el 30 de junio de 2016 y llegaba con el pase gratis.

Pero la urgencia electoral del presidente de Boca, Daniel Angelici y la de toda su comisión directiva, que ven que todo se puede caer inesperadamente a fin de año (además, con competidores que llegan con mucho apoyo político y económico) terminó de apresurar el pase y al club ni siquiera le importó tener que pagar (o a través del sponsor de indumentaria) una cifra importante y ceder a un chico con un gran futuro como Guido Vadalá, todo para acelerar los tiempos.

Más allá de eso, lo que Tévez puede aportar a Boca, futbolísticamente, es innegable.  Porque aunque cuenta con muy buenos jugadores en todos los puestos, su director técnico, Rodolfo Arruabarrena, no acierta en conseguir un buen funcionamiento del medio hacia adelante.

No hay creatividad, son escasos los momentos de un juego con alguna estética, y se privilegia el correr sobre el juego. Arruabarrena insiste en darle prioridad a jugadores de sacrificio como Marcelo Meli y no le importa si pàra eso debe quitar un delantero, sumado a que sigue creyendo, cuando los hechos demuestran lo contrario, que Jonathan Calleri no es un nueve de área sino un aceptable segunda punta, para ir al roce con los defensores rivales y jugar para un nueve goleador.

Tal vez por eso, si Tévez juega como nueve, una posición que en principio le asignó el director técnico de la selección argentina, Gerardo Martino, en esta etapa, Calleri bien podría ser un buen apoyo, pero siempre que también haya, como mínimo, un extremo como Sebastián Palacios y en lo posible, otro del otro lado.

Arruabarrena opta en este tiempo por un sistema 4-4-2, con un cinco como Fernando Gago que inicie la jugada, un batallador como Marcelo Meli y dos que puedan alternar en la creación como Nicolás Lodeiro y Pablo Pérez, pero al dejar en una punta a Palacios y siendo Calleri un atacante del perímetro del área hacia afuera, pierde capacidad de gol, sumado a que cada vez que llega a una diferencia, prefiere renunciar al juego y dedicarse a conservar el resultado.

Por eso, el aporte de Tévez puede ser fundamental por tratarse de un jugador que se auto-genera las jugadas, que puede recibir de espaldas al arco rival y que puede ser un nueve aunque no lo es originalmente y si se retrasa en el campo podría chocar con Calleri o bien alternar con éste en las posiciones de diez y nueve, como hace una década ocurría con el brasileño Iarley.

Si Tévez funcionó en la Juventus es porque los roles estaban definidos y allí tenía por delante siempre un nueve de referencia como Fernando Llorente primero, o Alvaro Morata después.

En Boca, Tévez deberá adaptarse a un sistema que por ahora es rústico pese a la calidad de jugadores que tiene, y su peso específico, en un torneo mediocre y con escasas figuras, puede ser determinante, pero necesitará, seguro, de una buena compañía.



Messi, Casillas y la incomprensión (Yahoo)



En la misma semana, Iker Casillas dejó de ser, luego de 15 años, el arquero del Real Madrid, y Lionel Messi, de vacaciones, vuelve a meditar sobre si conviene dejar por un tiempo la selección argentina, tras haber perdido otra final, esta vez por la Copa América, y ser nuevamente discutido por muchos compatriotas.

En ambos casos, sus situaciones parecen injustas. Casillas se va del Real Madrid mucho más por cuestiones extra-futbolísticas que por sus buenas o malas actuaciones con el equipo blanco, mientras que Messi debe cargar con años de frustraciones mucho más ligadas a problemas institucionales de su federación o tácticos del sistema que utilizó la selección argentina que por sí mismo, pero muchas veces así son las cuestiones del fútbol.

Pocas veces, el Real Madrid estuvo tan seguro con un arquero como Casillas, que llegó a ser uno de los mejores del mundo y, aún mucho más difícil que eso, mantenerse por tantos años en ese prestigioso lugar luego de haber ganado todo, no sólo con su club sino con la selección española, con la que se consagró campeón europeo y mundial, y tuvo el privilegio de ser quien levantara la Copa para todo el planeta.

Sin embargo, no alcanzó con todo eso y bastó la llegada del entrenador José Mourinho al vestuario del Santiago Bernabeu para que la memoria de algunos madridistas se perdiera y todos los años de gloriosas atajadas y grandes actuaciones del arquero quedaran pronto en el olvido, o se lo discutiera como si fuera alguien sin experiencia o poco que aportar para el equipo cuando si a alguien le debe el Real Madrid muchos partidos ganados es precisamente a su solvencia y a sus grandes estiradas para salvar goles prácticamente consumados.

Mourinho estableció en el vestuario todo un sistema policial para perseguir a supuestos topos, y Casillas, debido a su relación con una periodista, ha quedado por siempre en la mira y aunque ya el entrenador portugués se había alejado del cargo en las últimas dos temporadas, siempre se escuchaba algún pitido en el Bernabeu cuando el arquero tocaba la pelota o cuando se lo mencionaban por los altavoces. Jamás recuperó aquella unanimidad de otros tiempos y hasta tenía mala relación con algunos pocos compañeros, que quedaban del remanente del ciclo anterior.

Después de dos o tres temporadas de amagues para salir del club, finalmente Casillas llegó a un acuerdo con el Porto (casualidad o no, club ligado a Mourinho a tal punto que llegó a ganar la Champions League con él en 2004) y por primera vez desde 2000 el arco del Real Madrid cambiará de dueño y no será fácil para quien ocupe este lugar cargar con el peso de los antecedentes de Iker, que seguramente será valorado en su justa medida ahora que ya no estará allí.

Con Messi hay una situación aún más complicada. Aunque siempre estuvo implicado con la selección argentina y a los 28 años ya se ha convertido en el segundo goleador histórico con la camiseta albiceleste (46 goles, contra 56 de Gabriel Batistuta), y ha llegado no sólo a dos finales seguidas (Mundial 2014 y Copa América 2015) sino que ha colocado al equipo primero en el ranking mundial, sigue habiendo una mirada de reojo por parte de un importante porcentaje de sus compatriotas.

Alguien dijo alguna vez que para los argentinos, la relación con Messi es como para un padre, tener que establecer una relación con un hijo que se enteró que era suyo cuando ya tenía una edad adulta. Todo esto es porque antes de irse tan joven al Barcelona, Messi no pudo jugar en la siempre exigente liga argentina, como el resto de sus compañeros y esa carencia se siente a la hora de establecer afectos.

Lo cierto es que Messi no puede jugar en la selección argentina como en el Barcelona, porque en su club se entrena todos los días desde hace años y con un sistema táctico más o menos parecido y en la selección argentina lo hace cada tanto y por pocos días y no sólo eso sino que el equipo albiceleste ha cambiado de sistema desde los tiempos de Alfio Basile (2006-08) a los de Diego Maradona (2008-2010) a los de Sergio Batista (2010-11), los de Alejandro Sabella (2011-14) y el actual de Gerardo Martino (2014-15).

Por ejemplo, con Sabella, aunque muchos de los jugadores eran los mismos, el equipo argentino jugaba al error adversario, de contragolpe y a mucha velocidad, mientras que ahora juega a la posesión del balón y por eso ha salido Gonzalo Higuaín para dar lugar a Javier Pastore, quien acompaña más a Messi en la creación, para un 4-3-3 final.

A todos estos cambios, Messi siempre se adaptó como pudo, pero no es él quien toma las decisiones tácticas y por eso el equipo argentino pudo pasar de una gran actuación en la semifinal ante Paraguay, cuando goleó 6-1, a verse superado completamente por su rival, Chile, en la final, en la que cayó por penales tras el 0-0 de los 90 minutos y el alargue de los siguientes 30.

La gente sigue creyendo que el compromiso de Messi con la selección argentina es escaso, pese a que jugadores como Lucas Biglia acaban de reconocer que no supieron qué hacer cuando lo vieron llorar sin consuelo en el bus de regreso al hotel o cuando se retiró al vestuario al finalizar la primera parte, preocupado por no ver a su familia en la platea, porque había sido agredida por unos hinchas y debió cambiarse de lugar.


Seguramente, como ahora le sucede a los madridistas con Casillas, muchos argentinos se darán cuenta del valor de Messi si es que uno de estos días decide apartarse, aunque no sea definitivo, de la selección nacional, cansado de tanta incomprensión.

viernes, 10 de julio de 2015

El desgaste de Messi (Jornada)



De a poco, Lionel Messi se va dando cuenta de que por más que desde los trece años vive en Barcelona y juega en un equipo que es casi un oasis en el planeta fútbol, jugar por la selección argentina, y hacerlo por tantos años, implica someterse a un mayúsculo debate y a una presión imposible para una sociedad que sublima con la pelota una enorme cantidad de carencias, y acostumbrada a llevar todo a los extremos.

Ni siquiera tener cuatro Balones de Oro e ir camino inexorable al quinto (nadie salvo él, en toda la historia, ganó más de tres), o haber ganado cuatro Champions Leagues o haber batido casi todos los récords individuales y colectivos con el Barcelona alcanzan para salvarse de una crítica feroz o de quedar preso de sistemas conservadores que atentan contra su propio juego.

Pero Messi agacha la cabeza y hace lo que humanamente puede desde lo deportivo y no pregunta cómo es que pese a no haber ganado títulos en los últimos años, con su generación, la selección argentina haya alcanzado precisamente ayer el primer lugar en el ranking mundial de la FIFA, por encima incluso de Alemania, la campeona en Brasil 2014.

¿Cómo habrá ocurrido ese milagro? ¿Qué jugador habrá sido el más influyente para ese logro? ¿Cómo es que Messi se encuentra segundo en la tabla histórica de goleadores de la selección argentina sólo por detrás de Gabriel Batistuta si supuestamente no siente los colores celeste y blanco?

Cristina Cubero, la periodista del diario “Mundo Deportivo” de Barcelona, nos comentaba hace un tiempo que en más de treinta años de profesión, cubriendo al Barcelona y al Espanyol, “nunca me tocó conocer a un jugador más argentino que Leo, que come argentino, habla con acento argentino, mira por internet la TV argentina y parece como si viviera en Rosario, aún estando en Cataluña”.

Pero nada vale. Todo se centra en lo que Messi haga o deje de hacer porque a su vez la esperanza está en Messi, y por eso un director técnico como César Luis Menotti ya haya alertado con que la selección argentina “hasta se puede quedar afuera del próximo Mundial si Messi decide no seguir”.

Pero la sociedad argentina es extremista y Messi debe ganar todo y le pondrán como ejemplo a Diego Maradona sin recordar, claro, con esa frágil memoria que caracteriza a la sociedad futbolera, que hasta el diez campeón mundial en México 1986 tuvo sus vaivenes y que más de una vez no quiso formar parte del equipo nacional.

Messi no tiene la culpa de que desde los octavos de final del pasado Mundial se haya decidido jugar con un planteo defensivo y con escasa ayuda hacia él desde la creación o el ataque, o que ahora el entrenador Gerardo Martino haya dicho que “se logró bloquear a Chile” como si eso fuera un mérito con los jugadores con los que contaba.

Messi no puede hacerse cargo de eso, como tampoco puede ser que nadie lo pueda criticar, que es el otro extremo que también juega en la sociedad argentina. Un poco de rebelión ante una situación negativa, el no bajar los brazos cuando pierde la pelota, tampoco vendrían mal en un deporte que es colectivo, que no es individual, por más genio que sea.

En ese tironeo de los dos extremos, se encuentra desde hace ya años un Messi que se va desgastando de tanta “argentinidad al palo”, hasta que un día, harto ya de estar harto, nos diga “adiós”.


lunes, 6 de julio de 2015

Más argentina y menos selección (Jornada)



DESDE SANTIAGO DE CHILE


La pregunta que surge, nítida, tras una nueva derrota de la selección argentina, la decimosexta en veintidós años, es por dónde pasa el problema de los distintos equipos nacionales de fútbol que siendo tan competitivos, con jugadores de calidad contrastada, que participan en los mejores clubes del mundo, que son protagonistas de las ligas más exigentes, no pueden conseguir nunca los principales objetivos, los títulos que buscan.

Reiteradamente escribimos en nuestras columnas acerca de que hay cosas que desde hace mucho tiempo que no funcionan en el fútbol argentino, y mucho menos en la selección, y no tiene relación con lo técnico, con la calidad de los jugadores porque en estos años, especialmente desde hace casi una década, son contados con los dedos de una mano los jugadores que pueden llegar a faltar.

Tal vez desde una mirada que nos permiten las ciencias sociales, podemos transmitir algún aporte, por el privilegio de haber estado tan cerca de los distintos equipos argentinos durante tantos años en amistosos internacionales, y en todas las Copas América, Mundiales, Copas Confederaciones.

Y entonces es que aparece una pregunta complicada, pero que creemos necesario abordar. Sería bueno saber cuánto de argentino hay en estos jugadores. ¿Qué es lo que los vincula a la Argentina, más allá de haber nacido en este suelo, de querer a la camiseta, a sus familias y amigos, a su entorno más próximo?

Recordábamos en estas horas lo que nos comentaba un apreciado colega uruguayo sobre el anterior capitán de la selección celeste, Diego Lugano, que sabe quién fue Scarone, qué sucedió en 1950 con Obdulio Varela en el Maracaná, quiénes fueron Schiaffino o Cubilla o Matosas.

¿Saben los nuestros algo sobre el pasado de la selección argentina? ¿Saben, más allá de los Gabriel Batistuta, Hernán Crespo, quiénes son los campeones del mundo de 1978 o jugadores de más atrás en la historia, como los Carasucias de 1957, o Guilllermo Stábile? ¿Les interesa algo? ¿Quieren saber sobre nuestro país, más allá de la pelota? ¿Qué grado de integración tienen con la Argentina en general?

Todo esto puede ser apenas retórico y el lector pensará que si Gonzalo Higuaín embocaba el gol en la última jugada, nada de esto nos estaríamos preguntando, pero tal vez ese fallo y esta nueva derrota, sean la puerta de acceso a una nueva etapa de profunda reflexión sobre estos jugadores que, lo sepan claramente o no, nos representan cada vez que son convocados.

Y nuevamente vienen a a la memoria de este periodista aquellas patéticas imágenes de la selección argentina en Córdoba, durante la Copa América pasada en la que fue local, cuando la gente del lugar pugnaba para ver de cerca a estrellas con las que no tiene contacto, y que sin embargo ni asomaron sus narices por la ciudad y ni siquiera por el hotel, siempre lejos, siempre distantes, siempre antipáticos.

Porque esta selección argentina, hay que decirlo, desde hace dos décadas que asumió como normal su antipatía, su soledad, su soberbia.  No hay lugar en el mundo en el que la delegación argentina, con el director técnico que sea, no busque estar aislada, los hoteles más inaccesibles, a los que muchas veces no hay manera de llegar que no sea en taxi, y pagando fortunas. Y todo, para no estar en contacto con nadie.

Esta selección llegó a pagar y pagar multas en esta Copa América de Chile por incumplir permanentemente con el reglamento, sin presentar a sus jugadores a las conferencias de prensa, sin hacer el reconocimiento previo en los estadios, rechazando el premio al mejor jugador, sacándose las medallas plateadas por no aceptar perder, yéndose sin hablar con la prensa porque perdió, o evitándola con mecanismos pueriles, mafiosos, como cuando el jefe de prensa pasa un whatsapp a los diez medios “más grandes” para que pidan entrevistas con los jugadores, ignorando al resto, al que deriva al desinformante sitio web, para sacárselos de encima.

Si esta selección evita al periodismo, a la gente, ¿cuál es, entonces, su pretendido vínculo con lo argentino? ¿Por dónde pasa esta relación?

Desde hace dos décadas, cuando ya el director técnico Daniel Passarella decía “ahí viene el enemigo” para referirse a la prensa, esta selección es la de las estrellas de los cientos de millones de euros en las cuentas, con gente que no tiene hambre de gloria más que el individual, el de querer ganar como cualquier deportista, pero ¿qué dicen cuando escriben “vamos argentina” en Twitter? ¿Qué es exactamente lo que quieren que leamos, que no sea un fraserío vacío de contenido de parte de alguien que cuando nos tiene enfrente, no quiere saber de nosotros ni de nadie?

Ya nos decía Carlos Bilardo, en una interesantísima charla, muy prolongada en un hotel de Villa Borghese, en Roma, en 2014. “Esta gente no tiene nada que ver con los que yo dirigí, que casi no había salido del país y no había hecho la gran diferencia. Esos te escuchaban. Ahora todo es mucho más difícil”.

Ahora, muchachos más jóvenes que aquellos que fueron campeones del mundo, ya amasaron fortunas y no quieren que nadie los moleste, y para peor, no tienen nada para decir. El jefe de Deportes de uno de los dos diarios más importantes de España nos dijo hace unos años: “Me han conseguido pasar un día entero en casa de un compatriota tuyo, y al irme de allí no tenía nada para publicar”.

La selección argentina necesita una refundación, sí, pero que debe comenzar mucho antes que en la pelota. Debe recomenzar por el principio, desde la estructura dirigencial de la AFA. Desde que los jugadores sepan lo que representan y tengan el alma abierta para nutrirse de lo propio, de su gente, que amen a los suyos. Desde dirigentes que sepan hacia dónde van y no cambien de Menotti a Bilardo, de Basile a Passarella, de Sabella a Martino, como bien dijo días pasados, sobre la incoherencia dirigencial, el actual técnico de la selección.

Una selección como la argentina, primera en el ranking mundial, no puede tener dirigentes en sus hoteles que andan en ojotas con los dedos afuera y sin saber casi ni cuál es la ciudad en la que están, y los jugadores deben por fin firmar una cláusula en el contrato por la cual estarán obligados a dialogar con toda (toda) la prensa nacional y en lo posible, internacional.

Sin caprichos, ni nanas, ni vueltas de tuerca. Es la selección argentina, bicampeona del mundo, catorce veces campeona de América, bicampeón olímpica.

Parte de la actitud pasa también por estas pautas. Acaso sea el tiempo de un buen psicólogo. No hay que tener miedo a los profesionales. Y por qué no un sociólogo para que trabaje en la relación entre el plantel, lo institucional y la sociedad, con jugadores que todo el año están fuera del país y que cuando regresan, se los recibe como estrellas.

Este momento de la selección argentina también recuerda a otros de equipos que han atravesado situaciones similares, como por ejemplo el Boca Juniors de 1996, cuando aquella definición de Diego Latorre del “cabaret” y cracks, todos juntos, como Claudio Caniggia, Diego Maradona, Sergio Martínez, Luis Hernández, Juan Sebastián Verón, Cristian “Kily” González y tantos más, pero que sin embargo, no lograban un título.

Tuvo que llegar Carlos Bianchi en 1998, dar un baño de humildad a buena parte de ese plantel, dando prioridad a los Guillermo Barros Chelotto sobre los Caniggia, trabajando en lo colectivo por sobre lo individual, entendiendo lo que es el club, estableciendo una relación estrecha con socios e hinchas, conociendo la historia de la entidad.

No hay secretos. Es, primero que todo, voluntad de cambio y no, continuidad de lo que apenas es funcional para el poder de unos pocos.

Recién después viene el estilo, el sistema, la táctica, en esa pirámide que comienza con la institución. Recién después discutimos si 4-3-3, si Javier Pastore o Enzo Pérez, pero primero, saber de dónde venimos para decidir hacia dónde vamos.

Tal vez, con esos conocimientos, la actitud podría ser otra a partir de otro convencimiento más sincero, sin necesidad de agitar la camiseta para acercarse al que no quieren conocer ni les interesa saber quién es.

Tal vez, el secreto sea más argentina, y menos selección.



domingo, 5 de julio de 2015

Chile cumplió su sueño y es campeón por primera vez (Yahoo)




DESDE SANTIAGO DE CHILE


Si la selección chilena había dado varios pasos hacia adelante en tiempos recientes del argentino Marcelo Bielsa como entrenador, lo que acaba de conseguir el sábado en la final ante Argentina, al ganar la Copa América por primera vez en su historia, es un salto de calidad fundamental para su fútbol.

Se decía que ésta era la “Generación Dorada” del fútbol chileno. Se repetía desde los tiempos en los que arañó una final de Mundial sub-20 en Canadá 2007 con la dirección técnica de José Sulantay, pero allí chocó en semifinales justamente contra Argentina, con varios de los que enfrentó en la final del Estadio Nacional, como Sergio Agüero, Ever Banega o Sergio Romero, pero varios de esos chicos estaban inmaduros todavía y hasta protagonizaron hechos de indisciplina.

Pasaron ocho años y Chile es campeón de América con justicia, con un equipo sólido, que propone un fútbol abierto y ofensivo, y con la consolidación de varios cracks por más que en el torneo sudamericano algunos no tuvieron el nivel esperado, seguramente por el enorme cansancio de las exigentes ligas europeas.

No fueron la excepción ni Arturo Vidal ni Alexis Sánchez porque eso mismo le ocurrió a Brasil (aún sin talentos, salvo el caso de Neymar, expulsado y marginado por la suspensión) o a Argentina, y es un tema a revisar en el futuro por una Conmebol que ahora no tiene tiempo para eso porque primero debe solucionar el problema de sus dirigentes, involucrados todos en enormes casos de corrupción, algunos ya detenidos por Interpol y otros, en camino.

Pero si Vidal o Sánchez no pudieron estar en su nivel (además, el primero estuvo involucrado en un caso de accidente de coche en el que atropelló a una persona con un índice de alcohol mucho mayor al permitido y al final terminaron perdonándolo), sí aparecieron otros jugadores, como el defensor del Inter Gary Medel, transformado definitivamente en ídolo de “La Rojita”, y muy especialmente el que fue el mejor jugador del torneo (aunque no lució en la final) como Jorge Valdivia, a quien hay que reivindicar por seguir jugando como “diez” clásico, manejando los hilos del equipo con una precisión impresionante.

Decir que este equipo chileno es producto de Bielsa es reducir mucho el análisis. En este último tiempo es dirigido por otro argentino,  de la misma región de su antecesor (la rica provincia de Santa Fe), pero que no ha seguido exactamente su línea sino que se fue volcando a un juego más preciosista, más estético y sin renegar de cierta pausa en Valdivia.

Antes de comenzar la Copa América, muchos medios periodísticos chilenos manifestaban su lógico temor por el cambio que proponía este entrenador, Jorge Sampaoli. Éste dijo tras la derrota por penales en octavos de final del Mundial pasado ante Brasil, al que estuvo a punto de eliminar (si por ejemplo, el remate de Pinilla entraba en vez de pegar en el larguero), que si tomaba una enseñanza de aquella experiencia es que no había que atacar tan ciegamente.

Lo que Sampaoli planteaba era que a veces, en el fútbol, y en la vida, es bueno dar un paso atrás para luego dar dos adelante. Es decir, seguir atacando, no retirar la propuesta ni la idea, pero sí, pensar un poco antes de actuar. Tomarse unos segundos para la pausa antes del estiletazo final.  Y esa pausa la aportó Valdivia, un jugador del que dudaban muchos por su irregular presente en el fútbol brasileño, por sus lesiones y por anteriores comportamientos que le generaron sanciones y que lo apartaran de su selección en tiempos de otro entrenador argentino, Claudio Borghi.

Chile se recostó también en la solidez de su arquero Claudio Bravo, que puede transformarse en 2015 en el jugador con más títulos en el mundo, ganador del tricampeonato con el Barcelona y ahora con la Copa América, la que levantó como capitán, pero aún puede ganar las Supercopas de España y Europa y el Mundial de Clubes de Japón con su equipo blaugrana.

Si hubo algún punto flojo, ése fue el defensivo pero tiene cierta lógica. Porque el biotipo de jugador chileno no es alto y tiene cierto déficit en el juego aéreo, al que hay que sumar que con el deseo de irse al ataque, quedan descubiertas las espaldas de sus laterales isla y Mena.

También el equipo chileno debió superar la sanción a Gonzalo Jara, protagonista de un desagradable episodio con Edinson Cavani en el partido de cuartos de final ante Uruguay y Sampaoli nunca consiguió reemplazar bien a este marcador, por más que buscó distintas variantes tácticas.

Hay que decir también que en la primera fase, la de grupos, Chile tuvo rivales de muy escasa monta, como Ecuador, México B (el primer equipo estaba enfocado en la Copa de oro de la Concacaf) y Bolivia, pero luego tuvo que sortear a Uruguay, el rival más duro, con Perú en semifinales se benefició de la temprana expulsión del defensor rival Carlos Zambrano, y allí sí, vino lo más difícil, la final contra la selección argentina.

Y si bien fue un partido parejo, Chile siempre impuso las condiciones, con una altísima presión, un marcaje fuerte pero leal pero su ataque fue controlado por los albicelestes y acabó ganando por penales.

Este equipo chileno tiene proyección, porque ahora podrá jugar la Copa Confederaciones de Rusia 2017, y seguramente su punto de mira será el Mundial 2018, pero lo más importante es que es claro a qué juega cuando sale a la cancha y que esta generación, efectivamente, es la más importante de su historia.


La euforia que se vive en Chile por estas horas, está ampliamente justificada.

Otra enorme frustración argentina: Chile campeón (Perfil)



DESDE SANTIAGO DE CHILE


“Algo habremos hecho para estar donde estamos. Seguramente hicimos muchas cosas bien”, dijo días pasados Javier Mascherano.

Seguramente, el ya veterano volante de la selección argentina deberá preguntarse qué le sucede a este equipo, a este plantel, para terminar siendo siempre el conjunto de los mariscales de la derrota, y siempre “ahí”, tan cerca de consagrarse.

Esta vez, en la final de ayer, la selección argentina cayó por penales 4-1 ante Chile, que jamás había ganado una Copa América en su historia (como nunca en Sudamérica una selección europea se había consagrado hasta Brasil 2014) luego de que los ciento veinte minutos acabaran con un justo empate 0-0 aunque siempre dio la sensación de que los locales habían tenido el manejo de la situación, en lo psicológico y en lo táctico.

Desde el inicio, el equipo que dirige el hasta ahora no tan conocido argentino Jorge Sampaoli, salió a marcarle la cancha al argentino, con una alta presión, con juego fuerte pero no necesariamente malintencionado.

El equipo de Gerardo Martino sólo apareció en el segundo tiempo, en el que mantuvo la pelota lejos de su arquero Sergio Romero y tuvo alguna chance, aunque la más importante la desperdició sobre la hora Gonzalo Higuaín en una mala noche (luego fallaría su penal).

La clave del bloqueo chileno al juego argentino estuvo en la enorme presión en el medio, y en maniatar a los jugadores argentinos en todos los sectores, con un arbitraje muy permisivo del colombiano Wilmar Roldán.

Ya el alargue no significó mucho, con los jugadores fundidos, y los penales decidieron todo. Y allí, tanto Higuaín (desviado) como Ever Banega (atajado) fallaron y a Argentina se le escapó otro título y hasta la chance de ir a la Copa Confederaciones de Rusia 2017.

Acaso pueda cuestionarse el cambio de Gonzalo Higuaín por Sergio Agüero. Carlos Tévez podía haberse auto-generado más fútbol y había definido la serie de penales ante Colombia, pero es un detalle.

O será que los detalles, en finales cerradas, también cuentan.


Mascherano y sus compañeros deberán pensar qué falló, una vez más.