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martes, 2 de febrero de 2016

El furor de la violencia “amistosa” (Jornada)



Hace años que los hinchas visitantes no pueden ver a sus equipos en esa condición, pero fracasó el sistema del AFA Plus para controlar la entrada de los violentos. Muchos partidos oficiales se juegan a puertas cerradas, y en esa condición, Boca comenzará la próxima edición de la Copa Libertadores por los hechos conocidos del gas pimienta y el Panadero ante River en la edición 2015.

Según la ONG Salvemos Al Fútbol (SAF), con estadísticas que debieron ser oficiales pero el Estado, desde siempre, se desentendió del tema hasta transformarse en cómplice (ya sea en el nivel nacional, provincial o municipal, según el caso), hasta el momento se registran 310 muertes por violencia del fútbol, de los cuales 208 corresponden a la época de Julio Grondona como presidente (1979-2014), y los dos últimos, ya en la actualidad con Luis Segura en el cargo.

Se han hecho aberraciones en el supuesto intento de terminar con la violencia del fútbol, como ir a buscar a autoridades inglesas que hayan combatido a los hooligans, cuando aquel fenómeno sólo se parece al de las barras bravas pero tiene su propia etiología, al punto de que esos mismos funcionarios, al llegar a la Argentina, sostuvieron que nada tenía que ver una cosa con otra.

Lo claro es que en una sociedad violenta, y con una agenda tan exageradamente futbolizada, difícilmente el fútbol no sea violento y cuando el discurso más orientado va hacia el negocio, y se repite desde la prensa con cinismo que sólo importa ganar, sería raro que los propios actores no cayeran en su propio clima de violencia.

Lo ocurrido en Mar del Plata el pasado domingo entre Estudiantes y Gimnasia, en el clásico platense que se anunciaba como amistoso de verano, con una batalla campal que motivó la suspensión antes de tiempo, no es más que un lamentable y reiterado ejemplo de los últimos tiempos.

Ahora son los jugadores mismos los que entran en el terreno de la violencia, se pegan con toda la fuerza, son los estandartes de la expresión más violenta sin necesidad de representantes folklóricos como en la última mitad del siglo XX y no sólo puede notarse en los hechos de agresión física sin ningún pudor siendo profesionales, sino que una vez terminada la vergonzosa gresca, van en busca de su barra brava para festejar con ella, en otra situación repugnante que certifica el tiempo absurdo que se vive.

Los jugadores de este tiempo han perdido los mínimos requisitos éticos. Se burlan en forma directa ante cualquier victoria, se sacan fotos y se viralizan en redes sociales enrostrándole la victoria a su ex adversario, ahora enemigo, y si faltaba algo, se abrazan con los violentos de la barra a los que expresan su genuflexa lealtad.

Los que siguen siendo hinchas de Estudiantes, y muy lejos de las últimas victorias con Alejandro Sabella en 2009-10 o con Carlos Bilardo-Eduardo Manera en 1982-83, conocen de aquel cinismo de los tiempos de Osvaldo Zubeldía y ese fútbol al límite del reglamento, que llegó a acabar en la cárcel de Devoto en aquella vergonzosa final intercontinental ante el Milan en la Bombonera en 1969, cuando el arquero Alberto Poletti –suspendido de por vida- le pegó una patada en la cabeza a Gianni Rivera, entre tantos otros hechos deleznables.  “Es el Estudiantes de Zubeldía, no es el de La Plata”, decía, con firmeza, el fallecido periodista Dante Panzeri, uno de los pocos que advirtió mucho tiempo atrás lo que podría pasar hoy.

De aquellas grescas, entonces, estos lodos. Los que hoy vienen del clásico platense trasladado a Mar del Plata, y ayer del gas pimienta y de los jugadores de Boca practicando para intentar jugar el segundo tiempo cuando minutos antes, sus colegas de River habían sufrido una agresión en el vestuario visitante, y por si esto no fuera poco, saliendo a vengar aquella descalificación también en el verano marplatense, sin importar quedarse con ocho y dar una imagen lamentable.

Aquellos jugadores de tiempos pasados, cuando las redes sociales no existían, tenían otra ética. Eran los protagonistas del espectáculo, las estrellas, la condición sine qua non del fútbol (junto con la pelota) y salvo broncas acumuladas y equipos al límite, las grescas eran excepciones.

Hoy, no hay torneo de verano que alcance. “Violencia” y “Fútbol” comienzan a parecerse cada vez más en la Argentina y puede que simbólicamente sirva que el Gobierno nacional o provincial bonaerense exijan a la AFA penas máximas a los infractores, pero no deja de ser puro voluntarismo.

Es aceptable, incluso, que el Estado se haga cargo de la seguridad en el fútbol como forma de controlarlo y quitarles a los dirigentes deportivos de la responsabilidad cuando muchas veces (aún en complicidad con los barras bravas) han pagado fortunas en los operativos, pero la lista de admisión de los violentos no puede ser cosa de los clubes sino de las diferentes policías zonales, aunque esto cueste reconocer que la Policía no es precisamente colaboradora y necesita una profunda reestructuración y un cambio total en su función, acabando con la corrupción.

Mientras tanto, la violencia sigue ganando espacio y ya no alcanza ni con puertas cerradas, prohibición a los visitantes y tecnologías de admisión fracasadas. Alcanza con mirar hacia el campo de juego.

¿Pensará por un momento Mariano Andújar que hace apenas unos meses pasaba días tranquilos en el fútbol italiano y ahora apareció boxeando y pegando patadas para la TV mundial en un clásico cualquiera de verano? ¿Qué sentido tiene?

Tal vez ninguno, pero no parece interesarle a los protagonistas. A ellos, en este momento, sólo les importa pedirse rápido perdón con lágrimas de cocodrilo, como el arquero de Estudiantes y Nicolás Mazzola de Gimnasia, sólo para conseguir una rebaja en las penas y no quedar suspendidos para el torneo oficial.


Hasta la próxima gresca.

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