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domingo, 3 de junio de 2007

Carta abierta a Cuauhtémoc Blanco

Por Rafael Ramos Villagrana (La Opinion de Los Angeles)

29 de mayo de 2007


Cuauhtémoc:


Lo sabes, aunque aún no lo entiendes, pero lo cierto es que el domingo, en el crepúsculo del Clausura 2007 comenzó el crepúsculo de tu propia carrera. Has empezado a irte sin saberlo. Lamentable que no regresaste de esa mazmorra tan tuya, de ese destierro tan íntimo de tu propia rabia, de tu propia impotencia, de tu propio dolor, lamentable que no regresaste de la tumba del vestidor del Estadio Hidalgo para recoger la medalla de subcampeón. Como toda tu carrera, como muchas veces en tu vida, la soberbia te hizo perder las proporciones entre la victoria que tiene tintes de derrota y entre la derrota que tiene la dignidad pura de la victoria. Si en alguien esa perenne, efímera, medalla de subcampeón, habría podido convertirse en memoria infinita de gloria, habría sido en tus manos o en tu encorvado pescuezo que apenas despunta de tu jorobada estampa. Pero creíste que era una humillación desfilar con los vencidos, que era una vergüenza ser parte del funeral de los caídos, y preferiste huir por la puerta de atrás, por esa por la cual sólo pueden escurrirse los espíritus acobardados. Nunca percibiste que ahí, en la tribuna, miles de aficionados, americanistas o no, vencedores o vencidos, esperaban verte por última vez. Unos te esperaban para que consolaras las penas desfloradas de las ilusiones rotas, y otros, los más, te esperaban porque sólo tú y ese monumental golazo del 0-1, habían hecho más grandes la victoria, porque sin ti, sin tu gol, Pachuca sería un poquitito menos campeón. Pero no regresaste, aunque todos ellos, juntos, habían preparado una ovación que en decibeles habría superado, en la unión de fuerzas de tirios y troyanos, de vencedores y vencidos, a la que coronó al mismo Pachuca, porque, y esto no supiste recapacitarlo, antes que ser odiado jugador del América, siempre serás un memorable futbolista del balompié mexicano. Ese domingo, esa noche fresca de brindis pachuqueño, pulularon notables jugadores, héroes del esfuerzo y el sudor, pero futbolistas, futbolistas de verdad, sólo hubo dos: Damián Álvarez y tú. Ellos, todos, los demás, son obreros del futbol y rescatan dignamente el pan con el sudor de su frente. Lo de ustedes, lo de Damián y lo tuyo, es otra cosa, es ser futbolistas, vivir del placer de ser, de dar y de poseer la magia de este deporte. Por eso, debiste estar ahí, por eso debiste regresar, porque no sólo ellos, los privilegiados en el estadio merecían tu presencia para darte la última ofrenda, la que no merecía Pachuca, la que no podía merecer el América, sino porque en el regalo de consuelo de la televisión, millones que te quieren y te respetan y que te odian y te respetan, querían ver al irrepetible futbolista. Nadie merecía ese berrinche tuyo, tan tuyo, tan predecible, tan miserable, porque abandonaste a un equipo que siempre dependió de ti, a una afición que siempre vivió para ti, y a una coalición de rivales, de tribuna y de cancha, que vivieron en los rebordes del precipicio por el temor a que hicieras una de ésas, una de tantas, una tan tuya, que hubiera podido arruinarles la fiesta. Has empezado a irte y, sin saberlo, quedan estelas en ese mar confuso de tus actitudes. Quedan en la cancha agasajos. Desde la mundialista cuautemiña, hasta esa asombrosa facilidad y delicadeza para entregar a tu compañero goles en bandeja, sin dejar de lado los pases de cadera, matar el balón con las nalgas, los soberbios tiros libres y ese don malandrín para proteger el balón, negociar la falta y tirarse el clavado con la misma delicadeza que una señora gorda cayendo de un "bongie", para que el árbitro en turno pagara de contado con los cheques de su ingenuidad. Queda ahí aquel gol con el Valladolid al Real Madrid y a Holanda en el Mundial 2002, como dos joyas impagables.>>Queda ahí esa figura jorobada, de carrera despatarrada, con esos ridículos zapatos en tonos de un creador daltónico, y cuya estampa trataron de remedar, sin éxito, un decadente Daniel Osorno y un suicida futbolístico, como el "Bofo" Bautista. Queda ahí la constancia del único jugador que ha llevado injertados como piel de pasiones, la dignidad americanista. Nunca nadie ha representado igual a este equipo asumiendo además el estandarte de caudillo, porque muchos no nacieron en ese Nido y los que nacieron nunca alcanzaron esas alturas como futbolistas. No pueden marginarse tus atropellos: golpeaste a gente a mansalva en el abuso de poder, a tu propia esposa, asaltaste alcobas ajenas y dejaste prole, protegida con manutención, pero abandonada de apellido. Sólo quienes sabemos de los tormentos de tu cuna familiar, de tu adolescencia atormentada y tormentosa, podemos entender que en ti cohabiten el instinto del rufián y el alevoso, pero al mismo tiempo, por veneración a tus orígenes, hagas, altruista y desinteresado, labores calladas con quienes no tienen dinero ni esperanza, y a los que les entregas ambos, esperanza con tus palabras simples y dinero con tus ganancias simples. Serás un enigma siempre, como lo es el acceder a sepultar tu carrera en la MLS. Para todos ellos que nunca te entenderán, hay un trozo de trova del argentino Jorge Hugo Chagra: "No sabes acaso que la luna es fría porque dio su sangre para las estrellas".
rafael.ramos@laopinion.com

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