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lunes, 16 de julio de 2012

Cuando se jugaba más y se trabajaba menos

Este cronista siempre recuerda aquel partido amistoso, veraniego, entre “verdes” y “naranjas” de finales de los años ochenta. En él, participaban todos jugadores en actividad y un Norberto Alonso que hacía muy poco que se había retirado. El equipo del ex gran jugador de River perdía 2-0, pero él no se resignó. Concretó el descuento en una gran jugada, pero fue a buscar la pelota a la red para apurar el saque rival y terminó empatando el cotejo con su gran clase.
En aquella oportunidad, ya Alonso, a cambio de mayoría de aquellos ocasionales compañeros y rivales amistosos, podía demostrar en no tantos minutos, que su clase, su juego, su jerarquía, era tan superior a los otros que ya retirado, aún marcaba la diferencia.
Esto volvió a ocurrir este fin de semana en San Juan, en otro amistoso, y hasta podría decirse que en un escalafón menor al de un partido en el que los puntos oficialmente no están en juego, porque se trató de un homenaje a Ariel Ortega. Es decir, con amigos, y todo preparado para lujos y para hacer sentir bien al compañero, o amigo, que cuelga los botines.
Sin embargo, este contexto sirvió para poder contemplar la inmensa clase de otro gran ex jugador de River Plate, y que coincidiera en su juventud con el final de la carrera de Alonso: el uruguayo Enzo Francéscoli, autor de jugadas exquisitas y de una tijera que en estos tiempos poco se ven en el fútbol oficial argentino de oficinistas de pantalón corto y obedientes que miran al banco de suplentes todo el tiempo para recibir la aprobación del jefe o el grito para que bajen a marcar.
Muchos recordaron, entonces, con lógica hilación de gustos y comparaciones estéticas, aquél golazo de chilena de Francéscoli a la selección de Polonia en un memorable 5-4 de River en Mar del Plata, porque no son muchos, podría decirse que demasiado pocos, los momentos en los que la estética, el buen gusto, encuentran su espacio en las últimas décadas.
Tras el Mundial ganado en 1986, el fútbol argentino pasó a ser dominado por los “trabajadores”, por los cero a cero (como el resultado paradigmático que la radio nos transmite, resignada, en la canción de Fito Páez) resultante de un partido “interesante tácticamente” en el que “no hubo errores” defensivos.
Se nos resaltó la eficiencia táctica, los kilometrajes recorridos por los Domizzis que no habían tenido contacto con la pelota en los noventa minutos, pero que habían transpirado la camiseta, y el monopolio televisivo nos mostraba los gráficos con la potencia de los remates de tiros libres ejecutados con precisión para dar en el asustado rostro de un espectador en los últimos tablones de la tribuna.
Se nos dijo que había que equilibrar, que para qué atacar tanto, que los equipos se arman “de atrás para adelante”, y cuando ya nos quitaron las ganas de ver fútbol y nos saturaron con partidos los martes a las 4 de la mañana, la siguieron con los sistemas tácticos numéricos, a cual más indescifrable.
Si hasta se aburrieron con el Barcelona de Pep Guardiola y cuestionaron a Lionel Messi luego de 83 goles en una temporada. “Sí, pero…”.
Y ahora, un Francéscoli ancho, con 50 años, ya retirado hace más de una década, aparece jugando un partido homenaje y en él nos muestra cómo se juega, lo fácil que resulta el fútbol cuando hay talento, cuando se ama la pelota y se quiere divertir.
Francéscoli, sin quererlo, derramando su talento en envase ancho y canoso, desnuda tantas mentiras y falacias que hunden cada día, y desde hace ya muchos años, el hermoso fútbol que disfrutamos en estas costas, y que una máquina de justificaciones nos va quitando, sin que podamos evitarlo, por ahora.

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