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viernes, 21 de septiembre de 2007

Riquelme, el hombre que está solo y espera (Tipsbladet, Dinamarca)

“El hombre que está solo y espera” (1931) es un clásico de la literatura argentina. Los críticos literarios y los analistas ligados a las ciencias sociales, coinciden en que el libro de Raúl Scalabrini Ortiz es fundacional y una parábola de lo que atravesó la sociedad argentina, producto de la incipiente industrialización, de cómo una urbe como Buenos Aires iba dejando de lado sus espacios verdes, su llanura, para ser superpoblada por olas inmigratorias, con los cambios culturales que todo aquello generó.
Juan Román Riquelme, para muchos, es uno de los últimos (¿acaso el último?) jugadores llamados “fantasistas”, “reggistas” en Italia, “enganche” en la Argentina. El jugador que maneja todo el equipo, el eje, el dueño de la pelota, que en su país simboliza el número diez que usó el propio Diego Maradona.

Pero Riquelme, ídolo de los hinchas de Boca Juniors, el club más popular de la Argentina, pero jugador del Villarreal español y que proyectó a este equipo nada menos que a la semifinal de la Champions League en la temporada 2005/06, y él mismo falló sobre el último minuto el penal ante el Arsenal, que lo hubiera llevado a la final, tiene un carácter más que controvertido.

Surgido de la “Villa” de Don Torcuato, en la zona norte del conurbano de Buenos Aires, y con una familia numerosa, Riquelme mantuvo toda una estructura desde muy joven y se fue forjando como jugador en el total y absoluto convencimiento de su excelsa calidad, y con la íntima convicción de que para una estrella como él, correr jamás será necesario, y que sin su presencia, cualquier equipo se resiente.
Y eso fue lo que sucedió en el Villarreal. Un equipo joven, que llevaba pocos años en la primera división de la liga española, y que de pronto se encontraba a un paso de llegar a la final de la Champions League, pero que ya no podía soportar cómo se había tensado la relación entre su máxima estrella, Riquelme, y su entrenador, el chileno Manuel Pellegrini.
Todo comenzó durante la misma temporada en la que el Villareal llegó a lo más alto. Y podría entenderse como uno de los motivos, la fuerte alianza que tejió el grupo de argentinos, liderado por Riquelme y por Juan Pablo Sorín (al final de la temporada, capitán de la selección argentina en el Mundial de Alemania), y que conformaban también el lateral Rodolfo Arruabarrena (ex Boca, como Riquelme, y capitán del equipo), el arquero Mariano Barbosa, y el delantero uruguayo Diego Forlán.
Pellegrini, el entrenador, ingeniero como profesión alternativa, siempre fue un hombre parco. Un trotamundos, de pocas y claras palabras, muy formal, que ganó campeonatos argentinos con River Plate o San Lorenzo, y este movimiento de los argentinos lo sintió como una forma de socavar su trabajo, un cuestionamiento a su autoridad, y la situación, durante la temporada pasada, se hizo insostenible.

El primero en irse fue Sorín, quien recaló en el Hamburgo. La información dada por Pellegrini a la prensa fue clara y rotunda: “No jugará nunca más aquí”. Sorín, en el último entrenamiento, le había dicho “vos no estás a mi altura como para ser mi entrenador”. Todo dicho. E inmediatamente Riquelme quedó sin jugar, viendo los partidos desde la platea. Allí apareció el equipo de sus amores, Boca, de donde se había ido en 2002 para jugar en el Barcelona, aprovechando la muy buena relación con los dirigentes del Villarreal, para sacar partido de la situación y conseguir un préstamo para el primer semestre de 2007 y tratar de recuperar la Copa Libertadores. Al fin y al cabo, para los dirigentes del Villarreal era un respiro, y para Riquelme, una decorosa salida momentánea, aunque quedaba claro que el 30 de junio, cuando terminara este préstamo, todo volvería a su origen y el problema no se acabaría.
Enero había sido muy duro en Villarreal. Riquelme, por ejemplo, estacionaba su coche en la zona correspondiente a los dirigentes y no a los jugadores. ¿Por qué? No hay explicación. Sólo porque sí. El consejero delegado Santiago Llaneza había salido a decir en los medios que “no nos provoque, porque lo va a pagar caro”. Riquelme viajaba a Buenos Aires casi sin consultar, y era demasiado el tiempo que estaba ausente de los entrenamientos, excluído por Pellegrini de los partidos oficiales.
La historia del primer semestre de 2007 es conocida. Boca ganó brillantemente la Copa Libertadores con un Riquelme soberbio y artífice principal de la conquista, que lanzaba al equipo argentino al Mundial de Clubes de Japón en diciembre, y fue tal su levantada futbolística que hasta regresó a la selección argentina, cuando él mismo renunció al finalizar el Mundial al decir que no soportaba que su madre se pusiera mal por las críticas que recibía.
Pero llegó el 1 de julio, terminó el préstamo a Boca, y los dirigentes argentinos sabían que era poco lo que podían hacer. “Boca es un gran club en lo deportivo, pero pobrecito en la comparación económica con Europa”, señaló Mauricio Macri, presidente de la entidad aunque de licencia por haber ganado las elecciones para intendente de Buenos Aires a partir de diciembre. Se refería a que en comparación a lo que cualquier club europeo podía pagar por el pasede Riquelme, Boca no podía ni siquiera competir, por la mala situación del peso argentino en comparación al euro. La táctica de Boca, desde ese momento, fue casi la única posible: apelar a la voluntad de Riquelme de jugar para el club de sus amores el Mundial de Clubes en Japón, y esperar al cierre del libro de pases en Europa, el 31 de agosto, para que una vez que el Villareal no tuviera chances de venderlo, se lo cediera al menos otros seis meses.

Parecía muy complicado que esto sucediera. Mientras se disputaba la Copa America de Venezuela, con Riquelme integrando la selección argentina, el Villarreal recibió ofertas por él desde el Tottenham, el Bayern Munich, el Inter o el Milan, que fueron bien aceptadas pero rechazadas sistemáticamente por el jugador, hasta que llegó una nueva advertencia del presidente del club español, Fernando Roig: “Que no nos altere porque si yo quiero, no juega hasta fin de año”. Esa frase no fue gratuita.
Comenzaron a pasar los días, y los dirigentes de Boca crecieron en sus esperanzas de contar con Riquelme al no aparecer ningún nuevo interesado, pero otra vez, el Villarreal fue claro. No habría un nuevo préstamo y la única salida de Riquelme sería con un pase definitivo, como forma de recuperar la inversión. Esto era casi el final para Boca y para Riquelme, aunque se barajaba como única alternativa la desesperación del Villarreal si llegado el momento de cerrar el libro de pases, no aparecía algún interesado. Eso obligaba al Villarreal a tener en sus filas a un jugador de 3 millones de euros anuales de ficha, sin jugar, y generando tensión con su entrenador.

En los últimos días, Boca hizo una oferta impensada para el contexto argentino, pero escaso para Europa: 12 millones de dólares por el pase definitivo, aunque incluyendo el pago de la ficha por el tiempo que quedaba del contrato, hasta el 30 de junio de 2009. Riquelme había manifestado que estaba dispuesto, incluso, a renunciar a un año de su contrato, en el caso de ir a Boca, para abaratar los costos de la operación, pero desde el Villarreal se escuchó un no rotundo. Javier Sidro, periodista de la Cadena SER de Madrid en Villarreal, es claro: “Roig, el presidente del Villarreal, tiene una fortuna personal, y su hermano controla parte del accionariado del Valencia, así que si esta gente se propone perjudicar a Riquelme, no habrá nada que hacer y no le importa perder dinero. Es más importante su orgullo”. Y era verdad. No por casualidad, el Villarreal a esa altura no sólo se había desprendido de Sorín sino que no casualmente, Barbosa se fue al Recreativo de Huelva y Forlán al Atlético Madrid. El grupo de los argentinos “díscolos” estaba disuelto.

En Venezuela, concentrado con la selección uruguaya para la Copa América, Forlán nos comentaba que se comunicaba en forma permanente con Riquelme “y no creo que quiera quedarse en el Villarreal, pero tampoco veo muy claro que vaya al Atlético Madrid. A mí me gustaría, pero creo que él quiere jugar en Boca”.

Todo parecía resuelto cuando en la última semana, apareció nuevamente el Atlético Madrid. La chance de volver a armar la dupla Riquelme-Forlán subyugaba a todos, y se anunció un acuerdo entre los dirigentes de los madrileños y el Villarreal, que mantienen una excelente relación. Y cuando todo parecía sellarse, misteriosamente el entrenador mexicano Javier Aguirre apareció para decir que no iba a ser posible tan cerca del inicio de la liga.
“Yo soy el responsable –dice Aguirre, siempre cordial- porque en el Atlético Madrid somos cuatro los que tomamos decisiones. Además de mí, están el director deportivo, Jesús García Pitarch, el consejero delegado Manuel Gil Marín, y el presidente Enrique Cerezo. Y no nos poníamos de acuerdo porque el sistema de juego de Riquelme iba a alterar nuestra preparación anterior. Pero nada tienen que ver con los jugadores, como se dijo”.

Esta aclaración de Aguirre es pertinente, porque distintas versiones señalaban que consultado el plantel del Atlético Madrid sobre la posible llegada de Riquelme, dos compatriotas suyos, Leo Franco y Maxi Rodríguez (compañeros suyos en la selección argentina) se habrían opuesto “debido a su controvertido carácter”.
Este periodista está en condiciones de decir que difícilmente esto haya sido posible. Hace menos de un año, entrevistó en la sede del Atlético Madrid al arquero Franco, ex compañero de Riquelme en el Mundial juvenil sub-20 de 1997 en Malasia, que ganó la selección argentina, y nos comentó que es tal la estrecha relación entre los jugadores que ganaron ese torneo y juegan en equipos de la liga española, que cada semana se reúnen a comer.
Lo cierto es que faltando tres días para el cierre del libro de pases, y ante la desesperación por mantener un jugador que no se siente cómodo en el club, fue en este caso el Villarreal el que llamó a Boca, tal como era el plan de los dirigentes argentinos, para encontrar una solución, que parecía al alcance de la mano, pero Boca no podía levantar su oferta, Riquelme no estaba dispuesto a bajar más su ficha, y el Villarreal no estaba dispuesto a cederlo a préstamo. Sumado a eso, apareció un monto que Boca tendría que pagar como impuestos por la carga tributaria española por la alta ficha de Riquelme. Imposible.

“Ya al mediodía del último día del cierre del libro de pases, me tomé un avió a Buenos Aires cuando aún quedaban 12 horas de negociación, porque me di cuenta de que era una pérdida de tiempo. No se dieron cuenta de que estaban perjudicando al jugador, y perjudicándose ellos mismos por tener un jugador colgado, sin jugar. Pero parece que no les importa mucho”, sostiene un enojado Bolotnicoff, agente de Riquelme, que sabe que el jugador pierde puntos y que hasta es posible que ni siquiera sea citado a la selección argentina porque el entrenador Alfio Basile siempre sostiene que jugador que no participa en su equipo, no puede ser convocado.

“Nos encanta Riquelme, pero no podemos rifar la economía del club”, indica Pedro Pompilio, presidente de Boca en ejercicio, con bastante razón. Ya en Villarreal, y entrenándose primero solo, y luego con sus compañeros aunque claramente marginado, Riquelme trata de poner paños fríos y dice que al no poder salir hasta fin de año, “miraré con ilusión cada semana la lista de convocados para los partidos de la liga, a ver si estoy”. Pero Pellegrini, con quien no se habla, es taxativo: “en su puesto hoy el titular es el chileno Matías Fernández”. Pero consultado sobre qué ocurriría en caso de lesiones o suspensiones, fue aún más rotundo: “no puedo hacer futurismo”. Riquelme, consultado sobre su tensa relación con el entrenador, ironizó con que “es la misma de siempre. Cuando llegamos a la semifinal de la Champions, tampoco nos hablábamos mucho”.

La historia de Riquelme y el Villareal termina de la manera más insólita: sin jugar. Parado por cuatro meses, sin chances de jugar ni con esta camiseta (a no ser que el Vllarreal entre en una crisis deportiva por malos resultados y que Pellegrini sea destituido, aunque ni siquiera eso garantiza su regreso, dada la tensión con los dirigentes), perdiendo cotización, sin chances de vestir la camiseta de Boca en el Mundial de Clubes, y sin posibilidades de jugar en algún equipo grande europeo. Un dislate que a todos cuesta muy caro, y que comenzó en una disputa de protagonistas del fútbol por cuestiones de orgullos personales y caracteres complicados.
Más que nunca, Riquelme es un exponente de la cultura argentina. Está solo y espera, como el gran libro de Scalabrini Ortiz. Al fin de cuentas, Riquelme sólo creció jugando al fútbol con una pelota, y se le vino encima el negocio, los intereses y hasta los humos de dirigentes con fortunas que suben y bajan el pulgar a su antojo. Igual que aquel extrañado hombre de Buenos Aires de la década de 1930, que observaba sorprendido y preocupado, los avances de la industrialización y los cambios culturales.

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