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sábado, 20 de diciembre de 2014

Una distancia sideral, aunque el marcador no lo refleje (Yahoo)



En algún momento, la FIFA deberá llegar a rever el formato de disputa del Mundial de Clubes, que acaba de ganar, atendiendo a una absoluta lógica futbolística y de mercado, Real Madrid, al vencer cómodamente a San Lorenzo en la final de Marrakesh por 2-0.

La distancia entre el ganador de la Champions League y todo el resto, es sideral. Incluso, ya ni siquiera el más competitivo de sus posibles rivales, el campeón de la prestigiosa Copa Libertadores de América, puede hacer demasiado en este tiempo, en el lapso de la última década.

Hay excepciones, pero que se deben muchas veces más a problemas internos (como cuando Chelsea llegó a jugar ante Corinthians con cambio de entrenador) y hasta ocurrió que el Inter de Brasil ni siquiera llegara a la final, o que en esta edición de Marruecos, San Lorenzo tuviera que jugar un alargue en semifinales contra los semi-amateurs del Auckland de Nueva Zelanda.

El problema es de raíz económica pero repercute en lo futbolístico. Para dar un ejemplo mayor, tomemos a los dos finalistas de esta edición. Real Madrid ganó la Champions League en mayo, y pasado junio, fichó a tres figuras del Mundial de Brasil: James Rodríguez, Toni Kroos y el arquero costarricense Kaylor Navas, y además, al mexicano Javier “Chicharrito” Hernández.

Se podrá decir que también se desprendió de un par de jugadores importantes como Angel Di María o Xabi Alonso, o del también arquero Diego López, pero en el peor de los casos, se mantuvo y hasta se perfeccionó.

San Lorenzo, desde que ganó la Copa Libertadores en agosto pasado, es decir, en cuatro meses, perdió a dos de sus mejores jugadores, Ignacio Piatti (a la MLS de los Estados Unidos), Angel Correa (Atlético Madrid) y a Santiago Gentiletti (Lazio), y apenas si incorporó al veterano defensor colombiano Mario Yepes y llegó lesionado su mejor jugador, Leandro Romagnoli.

Es una realidad. El campeón europeo suele ser un club con tradición, que ficha a las mejores estrellas, y el campeón sudamericano es un club exportador, que encuentra estas finales como propicias para poder colocar a sus jugadores en el exterior y así obtener dividendos que financien sus no siempre explicables déficits pero que lo son más allá del origen.

Esto se traduce en un duelo entre un equipo con un presupuesto anual de 540 millones de euros, contra otro de 8 millones. No es posible, entonces, partir con una equiparación.

Así es que Walter Kannemann y Fabricio Fontanini, dos defensores de San Lorenzo, muy posiblemente emigren al exterior ni bien regresen de Marruecos y comiencen sus vacaciones, y tampoco es seguro que el resto siga vistiendo la camiseta y más de uno podría emigrar si aparece algún interesado, aunque el equipo vuelva a disputar la Copa Libertadores 2015 y deba jugar ante River Plate la Recopa Sudamericana en febrero, a dos partidos.

Esas realidades tan diferentes, luego se expresan en el campo y hasta en las actitudes. Mientras los jugadores de San Lorenzo lloraban la ocasión perdida, sus rivales de Real Madrid festejaban moderadamente un título que no tuvo la épica de la Champions ante el Atlético, ganada in extremis, y que no tiene aún (y si esto sigue así, irá apagándose más) la importancia que se le da del otro lado del Océano Atlántico.

San Lorenzo hizo lo que pudo, que no fue mucho. Como todos los equipos argentinos, se basó en el carácter, el ordenamiento defensivo y en cortar mucho el juego, sabiéndose inferior en lo técnico ante un rival no sólo de gran riqueza sino que venía con una cadena de 21 partidos consecutivos ganados.

Por momentos, hasta poco más allá del promedio del primer tiempo, San Lorenzo había conseguido frenar a su adversario con estos recursos aunque, claro, imposible molestarlo demasiado con un esquema tan defensivo y con tan precario manejo del balón.

Hasta que ocurrió lo imaginado. A los 36 minutos, un córner terminó en uno de los tantos goles de cabeza de ese soberbio jugador que es Sergio Ramos (ganador del Balón de Oro y autor de dos tantos en el torneo) y pareció que aunque quedaba bastante por jugarse, ya iba a ser muy complicado revertirlo con los recursos disponibles. Así fue y a los pocos minutos del segundo tiempo, Gareth Bale completó el trámite y aunque los argentinos salieron por orgullo y porque al fin, el entrenador Edgardo Bauzá colocó a quien más sabe con la pelota, Leandro Romagnoli, ya era tarde para cualquier intento.

Todo fue testimonial porque era lo que se esperaba. Incluso, la diferencia de dos goles deja a San Lorenzo con una imagen más o menos digna porque no tenía mucho margen de maniobra y en el podio final, los más alegres parecían los jugadores de Auckland, vencedores del tercer puesto ante Cruz Azul, que forzaron el alargue ante San Lorenzo en semifinales y que le habían ganado ya al ES Setif argelino en cuatros y primero al Moghreb Tetouan local en octavos. Acaso, la mayor hazaña de todo el campeonato.

El Mundial de Clubes deberá reverse. Así, es demasiado desparejo, desde lo técnico y táctico, entre los europeos y los sudamericanos con el resto, algo que fue moneda corriente hasta hoy, pero ahora, desde hace una década de manera profundizada, entre los europeos y los sudamericanos también en el aspecto económico. Y cuando esto sucede, no hay paridad y por lo tanto, no hay demasiadas posibilidades de imprevisibilidad.

El Real Madrid fue campeón, porque sus chances de no serlo eran escasísimas desde la realidad que vive un fútbol que reproduce de manera perfecta la situación económica mundial. Porque no puede ser una isla. Aunque sea un juego hermoso, también es de este mundo.



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