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jueves, 4 de diciembre de 2014

Los riesgos de la argentinización en el fútbol español (Jornada)



El asesinato del ultra del Deportivo La Coruña Javier Romero Taboada, “Jimmy”, por parte de sus pares del Frente Atlético, del Atlético Madrid, en una reyerta producida tres horas antes del partido en las cercanías al estadio Vicente Calderón de la capital española, encendieron todas las alarmas.

La Liga Española, que trata de vender su glamour hacia todo el mundo, que colocó a dos de los tres mejores jugadores del año en el mundo como candidatos al Balón de Oro FIFA World Player de su propio torneo, que ahora televisa un partido por fin de semana al mediodía para atraer el mercado asiático, debe explicar por qué fuera de los campos de juego, muere gente por violencia organizada.

Ni los medios, que observaron el fenómeno atónitos, ni la clase política, enfrascada en una grave crisis de representación que dio lugar al fenómeno aún poco esclarecido (salvo por la indignación a lo anterior) de “Podemos”, ni los dirigentes deportivos, salvo excepciones como el ex presidente del Barcelona Joan Laporta o el actual del Real Madrid, Florentino Pérez, casi nada hicieron para detener el monstruo que crecía.

Hasta se llegaba a señalar con cierta simpatía e incredulidad cuando los Ultrasur del Real Madrid aparecieron en los noticieros desde la Bombonera de Buenos Aires exclamando estar en “La Meca” de la violencia, para tomar clases allí, o apenas si se señalaban como faltas a tener en cuenta algunos insultos racistas en determinados partidos.

Ahora, el tema comienza a desbordar a todos y aparecen los nueve casos mortales de los últimos treinta y dos años, si bien es cierto que aún muy lejos de los 298 casos en la historia argentina, de a poco hay demasiados paralelismos que se siguen sin atender, salvo en  los días posteriores a un caso como éste.

El hecho de que los grupos ultras se hayan citado por redes con determinados códigos encriptados que los hacen inaccesibles para el resto, no invalida que falló la inteligencia, que los mecanismos políticos no fueron útiles desde el Ministerio del Interior, y que tampoco se controló bien el origen del problema, desde que el Atlético Madrid decidió (habría que ver por qué razón) entregar otras cien entradas al Depor por una vía que no es la tradicional y ellas fueron a parar a peñas con vínculos con ultras más pesados que como modus operandi alquilaron autobuses por fuera de la ciudad, cosa de poder escapar a los controles. Si a eso se suma que los Riazor Blues del Depor fueron reforzados en la reyerta por los Bukaneros del Rayo Vallecano y los Alkor Hooligans del Alcorcón, todos ligados a ideas izquierdistas, contra los Ultra Boys del Sporting Gijón, junto a los neonazis del Frente Atlético, los motivos del enfrentamiento comienzan a estar más claros.

Los españoles aficionados al fútbol y los que viven de él comienzan a entender que el fenómeno de a poco se parece al argentino. Peñas incontrolables desde la política que reciben favores de los dirigentes, ultras que hasta tienen armas y banderas en cuartos dentro de los estadios (¿les suena?), líderes que suben peldaños en su escala social y por si esto fuera poco, el presidente del Depor, Augusto César Lendoiro, que asiste al entierro de Taboada y de esta forma, es expulsado de la Liga de Fútbol profesional (LFP).

Estos mismos testigos, que hoy podrán seguir el tema en el mismísimo Congreso, con la presencia del Jefe de Policía Ignacio Cosidó, el ministro de Seguridad, Francisco Martínez, el polémico ministro de Cultura y Deporte, José Ignacio Wert y el secretario de Estado para el Deporte, Miguel Cardenal, para que expliquen sus posiciones, van entendiendo que como en la Argentina, al fin y al cabo, todo se trata de una cuestión de voluntad política: si se quiere, se puede acabar con la lacra.

Si Laporta pudo terminar con los Boixos Nois en el Camp Nou, y Pérez pudo arrinconar a los Ultrasur en el Santiago Bernabeu, para el resto de los dirigentes debería ser mucho más fácil, pero necesitan del acompañamiento político que tuvo el fútbol inglés luego de los episodios nefastos de Heysel (1985) y Hillsborrough (1989), que dio lugar al Informe Taylor para terminar en la actual modélica Premier League.

Si así fuera, si hubiera desde antes voluntad política, ni Lendoiro estaría en el entierro de Taobada, ni Raúl Pereiro hubiera recibido 68 entradas con números consecutivos de un talonario para repartir entre los ultras, ni Romero Taboada sería señalado sólo como una víctima, con antecedentes de trece delitos cometidos desde 2001. Tampoco faltarían al día siguiente del asesinato, al Comité Antiviolencia,, el presidente del Atlético Madrid, Enrique Cerezo, ni mucho menos el de la Federación Española, Angel Villar, el Grondona español, porque por más que hayan sido reemplazados por otros dirigentes, la necesidad de que estuvieran era simbólica.

La diferencia entre España y Argentina, en la violencia del fútbol de cada lado del Atlántico, hoy pasa porque en los europeos aún existe la indignación, la capacidad de sorpresa, que obliga a la LFP a expulsar a Lendoiro, o a Cerezo, a hacer lo propio con los del Frente Atlético, hasta quitarles el carnet o prohibirles la entrada al Atlético Madrid. O a Javier Tebas, titular de la LFP, prometer que habrá “un antes y un después” de este asesinato, o al propio presidente Mariano Rajoy, a apoyar las medidas desde París y prometer una rápida acción desde su cuestionadísimo gobierno.

Al menos el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, reconoce que “algo falló en el protocolo” y que la Policía “no estaba enterada” de los hechos de violencia hasta pocos minutos antes de comenzar el partido, y con el público ya en las instalaciones del estadio Vicente Calderón.

Los dirigentes se plantean ahora utilizar el control de identificación biométrico Tecstadium, presentado en febrero pasado por la empresa Tecisa en la Feria de Seguridad SICUR, para detectar violentos a través de la cara y la huella dactilar, para ser utilizado en partidos de Primera y Segunda, algo muy parecido a lo que en la Argentina es el AFA Plus, pero se insiste en lo mismo: ningún mecanismo funcionará si no hay voluntad política real.

Los argentinos lo sabemos por experiencias a sangre y fuego, conviviendo con una lacra que derivó en que ya ni los visitantes pueden ingresar a los partidos, y los locales están en guerras internas en distintas facciones.


Tal vez, si el fútbol español quiera salvarse de la violencia de su fútbol y no perder el glamour de una Liga construida con mucho esfuerzo, le bastaría con observar lo que ocurre en la Argentina y será un estremecedor, pero didáctico, viaje al futuro. 

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