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sábado, 21 de marzo de 2015

Gino Valente (Un cuento de Marcelo Wío)



Va a ser futbolista. De los buenos, sentenció la matrona que trajo al mundo al hijo de Graziana Gentile. Al purrete lo bautizaron Gino Valente, no porque el padre apellidara Valente, sino para ocultar el hecho de que no había padre en el horizonte inmediato ni remoto.

El recién nacido, ni bien salió de las entrañas maternas, le pateó el pecho izquierdo de la comadrona con su piernita derecha. Fue con comba, anunció la partera. Si lo hubiese mantenido un instante más en esa posición, le habría pateado el otro pecho con su otra piernita con la misma precisión: Gino Valente pateaba, desde el día en que nació, como si tuviera un guante blanco en cada uno de sus pies.

Comenzó en las inferiores del Palermo, pero no duró mucho allí, un ojeador se lo llevó al Milan, donde Valente jugó toda su carrera, en la que no marcó ni un solo gol.

Ettore Viscontti, un periodista romano le preguntó en una ocasión, cuando Valente ya se había retirado y vuelto a Sicilia, cómo era posible que nunca hubiera marcado un gol un tipo con su habilidad, con su pegada exacta – otro periodista, Massimino Portobello, solía escribir que Valente violaba el azar: “De sus pies, sólo nace la certeza” -, nunca hubiera marcado un gol.


El gol es una obviedad, Ettore, respondió Valente. A mí me gustaba participar de la creación de la serie de causas inexorables que llevan a esa instancia inequívoca. Sabe qué lindo era esa conjura de pases, de gambetas, de engaños sanos… El gol… eso se lo dejaba a los patadura, a los que carecían de la finura para participar de su elaboración.

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