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miércoles, 25 de marzo de 2015

Un Barça utilitario, con algunos cracks (Jornada)


El Camp Nou suspiró aliviado con el pitido final. Lo que un mes atrás parecía una quimera, acaba siendo realidad en los números. El Barcelona, que llegó a estar a siete puntos del Real Madrid, ahora al ganarle 2-1 quedaba cuatro puntos arriba a sólo diez fechas del final de la Liga Española y sus chances de ser campeón son altas, aunque todos saben bien que no significa ninguna certeza.

El partido parecía, a priori, una mesa servida para los azulgranas: los blancos llegaban muy cuestionados, de capa caída por los flojos rendimientos de muchos de sus jugadores claves (Cristiano Ronaldo, de un mal 2015 hasta ahora, Gareth Bale, Toni Kroos), la ausencia de James Rodríguez en la creación, y las recientes vueltas de Sergio Ramos y Luka Modric, luego de sendas largas lesiones.

Por si todo esto fuera poco, la pérdida de fuelle en la Liga, en la que el Barcelona primero le dio alcance y luego superaba por un punto, y la inesperada derrota como local ante un flojo Schalke 04 alemán 3-4, por la Champions League, luego de ganar con comodidad en la ida de octavos de final 0-2, encendieron todas las alarmas y nadie pagaba dos pesos para el clásico.

Pero como decía el búlgaro Vujadin Boskov, “fútbol es fútbol” y cracks como Modric en el medio, o Ramos, atrás, no necesitaron mucho tiempo ni varios partidos para ordenar al equipo y sacarlo adelante al punto de terminar el primer tiempo empatados 1-1 pero demostrando absoluta superioridad y teniendo mucho más la pelota, y muy bien administrada.

¿Y el Barcelona? Ya todos aceptan que no es lo que fue, y que muy posiblemente aquellos años de esplendor que comenzaron con Frank Rikjaard y siguieron con Josep Guardiola y duraron un año más con Tito Vilanova como entrenadores, ya no existe más.

El director técnico Luis Enrique Martínez, a quien muchos respaldan por lo que fue como volante temperamental en los años noventa, optó por contar poco y nada con Xavi Hernández, uno de esos jugadores irrepetibles por su cintura, inteligencia, pegada y visión de juego, quien seguramente emigre en julio a otra liga menor, mientras que aunque cuenta con él. 

Andrés Iniesta, uno de sus socios en los años de esplendor, ya no rinde en los noventa minutos ni tampoco aparece tan decisivo como en sus primeros años. Apenas deslumbra en cuentagotas. Si le sumamos que en este caso no pudo entrar como titular Sergio Busquets,  que regresa de una lesión, puede decirse que este Barcelona tiene poco y nada que ver con aquél que tanto gustara en todo el planeta.

Hoy, el Barcelona tiene su fuerte en el tridente atacante del Mercosur, el MSN compuesto por Lionel Messi, Luis Suárez y Neymar, pero el mediocampo no los abastece ya con la misma fuerza que en el pasado, con Javier Mascherano en el lugar ocasional de Busquets, con un Rakitic de gran despliegue pero menos cintura que Xavi, y con un lateral derecho como Daniel Alves que conserva su talento pero que cada año va bajando en su rendimiento físico y ya nunca más pudo concretar aquél 2-1 a su rival de la banda al que desbordaba hasta el fondo auxiliando a Messi.

Ya que estamos en Messi, el genio argentino siempre tiene alguna pincelada pero aún en un año de grandes números y algunas jugadas para el asombro, no apareció mucho en el clásico, bien contenido por Ramos y el lujoso lateral brasileño Marcelo.

Messi, insistimos en esta columna, siempre puede darnos un toque (o varios) genial, como los tres soberbios túneles en una semana, dos al Manchester City y uno al Real Madrid, pero en esa competencia que sólo puede tener con sí mismo, porque es incomparable a todos, tampoco es el que era, y una parte de lo que le ocurre al Barça también pasa por el rosarino, que ya no tiene (o no usa) aquella quinta velocidad de play station y que no suele utilizar más la gambeta desequilibrante y todo se remite a engañar en la posición inicial de ataque, ese estatismo que hace confiar al rival que lo rodea para aparecer en segundos cerca del área.

Este Messi tampoco tiene el mismo porcentaje de aciertos en los tiros libres ni en los penales incluso, pero aún así sigue siendo, lejos, el mejor jugador del mundo, aunque puede tener partidos como los del domingo.

Y si Gerard Piqué no hubiese vuelto al gran nivel como marcador central que tuvo en sus mejores tiempos de Guardiola y en la selección española, acaso el Barcelona tampoco habría resistido los ataques del Real Madrid y en especial, a partir del gran delantero que tienen los blancos, Karim Benzema (de soberbio Mundial en Brasil),  que siempre tuvo que luchar para ganar la consideración de su gente en comparación con Cristiano Ronaldo, Bale, o el muy querido por el Santiago Bernabeu, Isco.

Real Madrid jugó mejor que el Barcelona porque viene jugando mejor desde hace tiempo. Precisamente, desde que el italiano Carlo Ancelotti llegó como director técnico y terminó con la rigidez y los malos humores de José Mourinho, pero otra vez lo mató una circunstancia, que fue el excelente gol de Suárez, un delantero fenomenal que aparece en los grandes acontecimientos.

Desde ese momento, como viene sucediendo con la ciclotimia, el Real Madrid se cayó, como si intuyera que hay un sino fatal para esta temporada y que “no toca”, mientras que al contrario, el Barcelona, de andar inseguro, sin ser nunca un equipo sólido, se fue dando cuenta de que los hados le sonreían y hasta terminó tocando corto (ya con Busquets en el campo) rememorando viejos tiempos, aunque haya sido sólo por un cuarto de hora.


Los hinchas del Barcelona festejaron mucho esta victoria que los puede llevar a la Liga, pero no deberían engañarse. Este equipo no es el que era y muy bien lo resumió Mascherano, con su sabiduría, al borde del campo de juego, acaso recordando el tango “Naranjo en Flor”: “También hay que saber sufrir para ganar”. De eso se trata en esta etapa, tan lejana de aquella magia que alguna vez, no hace tanto tiempo, pudimos disfrutar.

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