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miércoles, 4 de mayo de 2016

Bayern Munich, Atlético Madrid, cuestión de filosofías



Por un lado están los resultados y en este punto, es indiscutible. Pasó el Atlético Madrid en el Allianz Arena de Munich. El dato es implacable y queda poco por decir. 

Es remitirse a las pruebas de un equipo utilitario al máximo, que saca partido de una gran defensa, muy organizada, y que se cierra notablemente. Y que saca provecho de cada error de sus rivales, y mata a la contra, o gana los que debe ganar cuando el que está enfrente tiene menos equipo.

Del otro lado está el juego, el hecho estético del fútbol, lo que representa el Bayern Munich, como también, hoy en menor medida (salvo por Andrés Iniesta y el genio de Lionel Messi, y compañía), antes, hace tres años para atrás en mucho mayor, el Barcelona. Equipos que además de obtener muy buenos resultados, dejan algo, despiertan ilusión por verlos jugar, admiración por muchas jugadas, goce con muchos de sus movimientos.

Hay un quiebre en la defensa de unos u otros. Y ese quiebre está dado mucho más por los cambios sociales generados en estos últimos años, con el tardo-capitalismo, que exacerba a ultranza al ganador y deja de lado al resto, algo execrable en el deporte: el hacer entender que sólo sirve o vale el primero, el que gana, y que el resto sirve de muy poco, casi nada, o directamente nada.

Ese exitismo, al que contribuye mucho la prensa especializada, es el que en buena medida fue influyendo para que enorme cantidad de espectadores y seguidores del fútbol se fueran recostando en la necesidad de ganar a cualquier precio o bajo cualquier factor, en una especie de “todo vale” dentro del reglamento y hasta a veces bordeándolo, aunque sin caer fuera de él (en la Argentina, conocemos casos en los sesenta que hasta casi se han colgado del otro lado de la raya).

En el último cuarto de siglo, la tendencia a aceptar que el único objetivo pasa por ganar, fue negando un hecho demasiado elemental: el fútbol profesional es un espectáculo pago, por el que hay que dar algo a cambio del que está del otro lado, sean tribunas o televisores. Eso, es lo que lo diferencia del aficionado, que puede hacer lo que quiera porque no debe ningún tipo de respuesta a nadie. Lo juega por libre albedrío.

Sin embargo, la industria del fútbol fue generando consumidores, y esos consumidores (por usar un término marketinero, siguiendo con la tendencia del tardo-capitalismo) exigen “algo” más que ganar, si bien los aficionados a un determinado equipo, en un porcentaje creciente, se van despojando de esta pretensión para poder conseguir el objetivo final, el mismo que exige el sistema de vida: ser exitosos, ganar algo, tal vez para superar lo que una vida lineal no lo permite.

Por todo esto, creemos que primero hay que establecer qué es el fútbol hoy y qué es lo que pretendemos, para definir qué es el éxito o qué significa jugar bien.
La distorsión entre lo que persigue el Atlético Madrid, que busca resultados, y lo que busca este Bayern o todos los equipos de Pep Guardiola, el juego, es enorme. Unos, los primeros, apuntan al fin en sí mismo. Los otros, los segundos, al camino para llegar a ese fin. No sirve demasiado el fin sin el camino.

Nosotros sostenemos lo segundo, que no sirve de nada ganar sin jugar primero, sin pretenderlo. Salir a buscar el error del rival es reglamentariamente válido pero en todo caso, no parece tener demasiada relación con “jugar”. Tal vez, mucho más con “trabajar”.

Por eso, el análisis del partido de ayer en Munich pasa por el tamiz de la filosofía de quien opina.

Para nosotros, fue un partido entre dos sistemas convencidos. Uno, atado al resultado de cualquier modo, desinteresado por la pelota y el juego en sí, por lo lúdico (el Atlético Madrid), y el otro, buscando por todos los medios atacar, con su sistema habitual.

Lo que sí hay que resaltar, en esta referencia al Bayern, es que pese a todos los elogios de la prensa (que son extensibles a esta columna en cuanto a la idea madre), los alemanes no jugaron el partido tan brillante que se dice, sino que lo hicieron bien, con mucha intensidad, buscando como buena salida los remates de media distancia, pero éstos fueron un reflejo de lo que les costó atravesar a la última línea madrileña y llegar a colocarse mano a mano con el arquero Oblak pese a utilizar un ataque con dos centrodelanteros.

A propósito, uno de ellos, Tomas Müller, independientemente del penal fallado (en realidad, brillantemente atajado por Oblak), no tuvo un gran desempeño, acaso afectado por la circunstancia de la gran oportunidad perdida.

El Bayern, como en toda la temporada, volvió a tener el mismo problema ante el Atlético: no reflejó en el marcador la enorme distancia de posesión de pelota y de dominio, porque tiene menos gol que en años anteriores, y porque le faltan algunos jugadores clave (Robben) y otros no están al cien por ciento (Ribéry, Javi Martínez).
Pero también hay que señalar que el gol del Atlético, mucho más allá de la enorme contundencia del equipo de Diego Simeone, es producto de la descompensación del Bayern cuando se lanzó al ataque con todo lo que tenía.

Por el lado del Atlético, muy difícil analizar lo que no juega y sí trabaja. Lo hizo bien y ganó. ¿A quién le interesa saber el cómo? Ganó, y ya está.

Casi se podría decir que si lo que importa es ganar, sería cuestión de no sufrir, sino desplegar el diario al día siguiente, o entrar a algún sitio web cuando acabe el partido, enterarse del resultado, y listo. Salvo que el sufrir, esa adrenalina, sea parte del “viaje” hacia el “éxito”.

Cuestión de filosofías, una vez más.



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