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lunes, 30 de mayo de 2016

Simeone y Lanús



En el pasado fin de semana hubo dos definiciones futboleras que marcaron a los seguidores argentinos. Una, cruzando el Océano Atlántico, la ocurrida en Milán, el derby de Madrid de la final de la Champions League. La otra, por el torneo argentino entre Lanús y San Lorenzo en el Monumental.

Mucho en juego en ambos partidos, pero conceptos totalmente diferentes para analizar.
En San Siro, el Atlético Madrid tuvo la gran oportunidad de su historia, más allá de que ya había jugado otras dos finales europeas y en ambas había estado temporalmente más cerca de ganarlas que la del pasado sábado. Muchos conocen aquella pesada historia de aquella gaffe de Reina ante el Atlético Madrid en 1974 y el gol de Sergio Ramos, in extremis, en 2014.

En esta oportunidad, el Atlético se vio ampliamente superado en el primer tiempo ante un Real Madrid con muchas estrellas, que le marcó un gol enseguida (Ramos, nuevamente verdugo, estaba en fuera de juego) pero luego supo retener la pelota, hacer pasar el tiempo, y hasta llegó dos o tres veces con peligro hasta convertir a Oblak en figura.

Pero con el penal (que acabó fallando Griezmann) y su lanzamiento a buscar el empate en el segundo tiempo, el Atlético Madrid fue desnudando algunas carencias del entrenador rival, Zinedine Zidane, especialmente en los detalles que hacen la diferencia entre unos y otros.

El francés se equivocó dejando el terreno al Atlético y mucho más que eso, en los cambios que hizo y en el momento de llevarlos a cabo. Porque en una final, si se debe realizar un cambio obligado, como fue el caso de Danilo por Carvajal (lesionado), había que pensar bien cómo administrar los dos que quedaban. Y Zidane hizo ingresar a Isco, fresco pero sin el peso en la retención y el juego colectivo, por Toni Kroos, que era el gran distribuidor de los movimientos y con pases precisos. Y antes de que finalizaran los noventa minutos, hizo ingresar a Lucas Vázquez por Karim Benzema, lo cual podría ser aceptable pero no en ese instante.

Cuando llegó el momento del alargue, un Real Madrid que ya no tenía mucho resto (Cristiano Ronaldo jugó visiblemente disminuido, Gareth Bale y Luca Modric, acalambrados), tampoco tenía cambios en el banquillo. Y Atlético, que llegaba mejor posicionado en lo físico, con dos cambios aún por realizar, y psicológicamente mejor por el empate no tanto antes del final, lo tenía para rematar en esos treinta minutos.

Y es a este punto al que queremos llegar. El Atlético apostó más a esperar y a los penales, que a buscar decididamente el partido. Porque si bien Simeone es un gran entrenador, y no necesita muchas pruebas de ello visto lo visto de estos años del Atlético, también hay que señalar que en esta final de la Champions no tuvo la cereza del postre. Le ganó más la especulación, el conservadurismo, a la decisión. Fue más cálculo que arrojo. Y lo pagó caro en los penales, en los que pudo ganar también, pero ya todo era dividido. Un cincuenta y cincuenta contra setenta a treinta a favor en el alargue.

Y luego, aquellas declaraciones en la conferencia de prensa posterior, en la que volvió a ese discurso bilardista, pragmático  resultadista, que hasta minimizó su propio logro de haber llegado a la final de la Champions por segunda vez en tres años, con su propio esquema de trabajo.

No es cierto que sólo sirva el que gana. Hay miles de ejemplos que demuestran lo contrario pero el más claro abundó por las redes sociales de inmediato: si se hiciera una encuesta entre los futboleros preguntando por el Mundial de 1974, surgiría antes que todo, el recuerdo de “La Naranja Mecánica” de la Holanda de Cruyff, y hasta muchos más jóvenes deben creer que a la postre fue el campeón, aunque no lo haya sido. Del campeón real, en cambio, nos atrevemos a decir que no muchos se acuerdan.

En 1992, en el programa radial “Palo y Palo” que teníamos en FM Palermo, nos visitó un reconocido periodista, con quien debatimos, siendo nosotros muy jóvenes, acerca de esto mismo. El prestigioso colega sostenía que “la gente sólo se acuerda de los campeones” y nosotros comenzamos entonces a balbucear una delantera de Independiente de los años cincuenta: Micheli, Cecconatto….y el colega nos agregó con seguridad “Lacasia, Grillo y Cruz”.

En ese momento le dijimos que en verdad sí nos acordábamos de aquella delantera completa, pero pretendíamos que la dijera él. Porque aquella delantera de Independiente, aquellos cinco nombres mencionados, nunca habían ganado nada. ¿Entonces, por qué el ilustre colega, defensor de los “campeones”, se acordaba tan claramente de aquellos nombres?

En fin, historias hay muchas, pero hay una que también ocurrió en este pasado fin de semana, y es la correspondiente a la gran victoria de Lanús sobre San Lorenzo, que lo corona campeón argentino por segunda vez en su historia profesional, y por cuarta vez en su historia general, tomando los títulos internacionales.

No es que Lanús venció a San Lorenzo sino que lo vapuleó, no dejó ninguna duda sobre cuál equipo fue el mejor del torneo, el que tuvo un juego superior de principio a fin, y con un agregado: no se metió atrás cuando marcó su primer gol. Su rival, con carácter, y aún sin su jugador emblema, Néstor Ortigoza,  tuvo unos minutos (los últimos veinte del primer tiempo) en el que trató de empatar por todos los medios, y es lógico que en circunstancias del juego, un equipo lleve por delante al otro.

Pero bastó que se llegara al descanso para que Lanús volviera a mostrar sus intenciones de seguir atacando, de seguir queriendo tener siempre la pelota, de no conformarse con el segundo gol y buscar el tercero, el cuarto, los que fueran posibles. Es parte de una bendita afirmación de que al fútbol se juega para marcar goles, todos los goles posibles. El gol es la meta (incluso, es el significado de la palabra original “goal”, inglesa).

Lanús, en esta final del Monumental, probó que hay muchas habladurías que quedan sólo en eso para una final, como que los partidos de este tipo “se ganan, no se juegan” (como si para ganarlas no hiciera falta marcar goles, o jugar mejor que el rival, si fuera posible), o que tras un primer gol, hay que especular con el resultado (como intentó hacer el sábado el Real Madrid).

También Lanús demostró que se puede jugar con extremos y practicar un gran fútbol y además, obtener resultados.

Es decir, otra forma de ganar. Distinta, completa, y éticamente superior. Y por favor, no vengan ahora con la diferencia de presupuestos. Lanús tampoco tiene el de San Lorenzo.  


Es una cuestión de actitud.

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