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sábado, 3 de septiembre de 2016

Cómo rodear a Messi para jugar mejor




Pasó Uruguay y el Clásico del Río de la Plata. La selección argentina ganó bien, con apenas algún mínimo sobresalto al final, con un jugador menos en todo el segundo tiempo, en el estadio Islas Malvinas de Mendoza, pero el triunfo no puede discutirse.

Sin embargo, no todas son rosas en el conjunto nacional.  Porque más allá de que cada director técnico llega con su librito y su esquema, sigue habiendo un problema recurrente en estos años: un crack tan impresionante como Lionel Messi, quien por momentos dio un recital ante los celestes, necesita más compañía del medio hacia adelante, y sigue teniendo pocos interlocutores.

Conociendo al nuevo director técnico argentino, el sensato Edgardo Bauza, hasta parece bastante ya con que Messi cuente con otros dos jugadores en la misma línea y una referencia adelante como Lucas Pratto, de enorme despliegue aunque receptor de muy pocas pelotas para poder hacer algo con ellas.

Un Angel Di María bastante bajo de nivel, y con Paulo Dybala injustamente expulsado (la primera tarjeta amarilla no nos pareció) antes de terminar el primer tiempo, dejaron la sensación de que es bastante poco para el potencial que la Argentina tiene en su plantel y que la lógica “resistencia” del segundo tiempo en inferioridad numérica tiene más relación con la pragmática que con las posibilidades reales, máxime ante un rival muy limitado del que escribiremos más abajo.

Seguimos insistiendo en un término que en el fútbol desde hace tiempo que está tergiversado y es el de la palabra “equilibrio”, que incluso se utiliza en el muy buen libro sobre el director técnico argentino escrito por el periodista Ariel Ruya.

En el fútbol argentino (no en el europeo), el “equilibrio” está referido a los equipos que se saben defender, pero se hace muy poco hincapié en el ataque, como si éste fuera menos importante que lo primero. Es más: por reglamento, por esencia, el ataque es más importante que la defensa porque el objetivo en el fútbol es el gol (“goal” significa “meta”) y si vamos a un mayor reglamentarismo, en todos los torneos, en caso de empate en puntos y luego del average, lo que suele contar son los goles a favor.

Sin embargo, poco se dice sobre los equipos que no atacan, o que colocan muy poca gente en esa función y entre otros, es lo que ocurre con un equipo argentino que cuenta con los mejores delanteros del mundo, pero coloca siete jugadores para defender y apenas cuatro para atacar, tres en la segunda línea y apenas uno en la primera.

Y entonces, otra vez Messi se encuentra con pocas referencias cada vez que, luego de admirables movimientos personales, necesita descargar.

Es cierto que Uruguay se paró demasiado atrás, con dos líneas de cuatro que por momentos llegó a ser una final de cuatro y otra de cinco, cuando Edinson Cavani se retrasaba, pero no es excusa válida para el juego propio.

Parece mucho que con cuatro defensores, Javier Mascherano y Lucas Biglia tengan que jugar en el medio, en vez de soltar al segundo para buscar más variantes ofensivas porque hay con qué hacerlo. Y el momento es ahora, con la comodidad del liderazgo en el grupo sudamericano y un partido accesible el martes ante Venezuela, aún sin Messi.

Párrafo aparte para la selección uruguaya. Hace tiempo que no la vemos tan mal. Tiene una muy buena defensa (especialmente la pareja de centrales), un aceptable arquero, una excelente delantera, pero ese mediocampo no puede dar demasiada batalla sin nada de fútbol.

Sin un organizador de juego, los dos interiores están sólo para la marca y los dos externos, que consiguieron un nivel aceptable en River y Boca, ahora es claro que lo han perdido al irse al fútbol norteamericano, que tiene otro ritmo.


Seguramente el Maestro Oscar Tabárez habrá regresado muy preocupado a Montevideo. Si no encuentra algo de fútbol para que Luis Suárez no tenga que bajar piedras a la distancia y rebuscárselas así, Uruguay corre serios riesgos para llegar a Rusia 2018.

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