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jueves, 18 de noviembre de 2010

Desvelando al fútbol qatarí



Mientras uno de los grandes clásicos de todo el mundo se juega en el lujoso estadio Khalifa (remodelado en 2006 y con capacidad para cincuenta mil espectadores en medio del oasis de Doha, ciudad construida en medio del desierto y con construcciones permanentes de nuevos rascacielos y casas que parecen de Rasti, todas de color salmón, los aficionados, muchos con túnicas y sandalias), los hombres de blanco, por lo general, y las mujeres todas de negro, arman, impensadamente, la famosa ola mexicana.
Parecen gozar, humildes e ingenuos, tal vez, de un espectáculo hartamente promocionado y que en verdad, obedece a una sola idea, la de tratar de llevar a Qatar a ser sede del Mundial 2022, para el que se presenta como candidato, aunque eso signifique construir nada menos que nueve estadios en una década, muchos de los cuales seguramente serán desmontables.
Como en todo el mundo, aunque sin los conocimientos más que básicos sobre el deporte, dado que la atención está puesta fundamentalmente en las superestrellas que vende el sistema (y en especial, Inglaterra por su penetración cultural en estas tierras), el fútbol iguala a todo tipo de aficionados, desde los acaudalados qataríes que viven un mundo de lujo gracias a los impresionantes ingresos por el petróleo que abunda en estos lares (las empresas están obligadas por ley a contratar al menos un cinco por ciento de los nativos, aunque no tengan una actividad concreta parea hacer), hasta a los inmigrantes, generalmente provenientes de los países vecinos como India, Nepal o Bangladech, que viven en zonas completamente alejadas de los qataríes y que envían mucho de lo que ganan a sus familas de origen.
No pareció que los nativos tomaran partido por ninguno de los dos equipos, y por empatía hacia unos u otros, iban alentando aplaudiendo y gritando apenas los nombres de los dos países. Pero no parecen dominar la táctica, salvo casos excepcionales.
Aún así, en Qatar sabían durante los días del promocionado partido de Argentina y Brasil, que los ojos del mundo futbolístico estarían puestos en ellos y por eso, como dinero no es lo que falta, decidieron invertir fuertísimas sumas en invitaciones de todo tipo, mientras sea alguien reconocido y ligado al deporte y preste su nombre para la publicidad, o la foto para su promoción. Así es que se montó un Dome apenas frente al estadio Khalifa bajo pretexto de un "congreso" para que ex tenistas de la talla de John Mc Enroe, Bjorn Borg o Ille Nastase, dijeran lo que fuera, y lo mismo ocurrió con José Pekerman, Bora Milutinovic, el presidente del Barcelona, Sandro Rosell (quien en verdad pudo haber estado en el amistoso entre España y Portugal, que presentan candidatura conjunta para el Mundial 2018 pero los catalanes parecen no estar por la labor), y los argentinos Mario Kempes y Osvaldo Ardiles así como el entrenador del Manchester United, Alex Fergusson. Esto último no tiene nada de casual porque las malas lemguas dicen que Inglaterra y Qatar pactaron ayuda mutua para apiyarse en las candidaturas de los dos mundiales, los británicos para 2018 y los asiáticos para 2022.
Pero nada se entiende de esta candidatura de Qatar sin entender la fuerza de Mohamed Bin Hamman, su hombre fuerte y a su vez, presidente desde 2002 de la Asian Football Confederation (AFC) y quien relanzó la Liga de Campeones asiática y aceptó la inscripción de Australia en la entidad.
Mencionado por el periodista Andrew Jennings en su libro "Tarjeta Roja" sobre el mundo de la FIFA como uno de los personajes más corruptos del fútbol, se recuerda allí que para el Mundial 2002 aparecieron entradas vendidas en el mercado negro, especialmente correspondientes al partido Argentina-Suecia, que estaban a su nombre, aunque la FIFA no pareció demasiado interesada en investigar. O sí, cuando a principios de 2010, Bin Hamman apareció diciendo que no es partidario de otra reelección del suizo Joseph Blatter en 2011 porque ya con tres mandatos (es presidente desde 1998) es suficiente. Blatter corrió hacia Qatar en abril, y convenció, al parecer, a Bin Hamman porque al regreso manifestó que "la familia del fùtbol está unida" porque entre los 208 países afiliados "no hay más que una propuesta". Claro, la suya misma.
Por el momento, Bin Hamman se postula para la reelección en la AFC pero no renuncia a presidir la FIFA en algún momento, y sabe bien dónde está la clave del movimiento. Muchos se preguntaban cómo en un clásico como Argentina y Brasil, a pocos días de la decisión de la FIFA de las sedes de los mundiales 2018 y 2022, no estuvieron los embajadores oficiales de la candidatura de Qatar, Josep Guardiola, Ronald De Boer o Gabriel Batistuta. "No hay que confundirse, ellos siempre vienen, pero ahora están donde deben estar", nos cuenta un asesor. Y ese lugar no es otro que Soccerex, la feria más importante del fútbol mundial, que este año se lleva a cabo en Río de Janeiro, Brasil. Allí están presentes los que realmente interesan, los de la industria del fútbol, los que negocian los votos, y no en la "gilada" del Khalifa, donde los multimillonarios y los inmigrantes hacen la ola y hurgan con sus ñatas contra el vidrio de la zona mixta para ver aunque sea un segundo a Messi o Ronaldinho.
Al cabo, son 46 votos, que no es moco de pavo a la hora de lo mucho que se juega en la "familia" del fútbol y entonces, no es nada pagar dos millones de dólares a cada una de las dos federaciones sudamericanas para un clásico promocional, ni convencer al mundo del fútbol que 45 grados a la sombra en junio no son nada cuando hay sólidas y convincentes propuestas a los pares.
Mientras, los taxistas, con acento indio o de Bangladesh, nos preguntan con interés si aún hay chance de ver aunque sea de lejos a Messi o Ronaldinho. Les decimos que ya no, que ya se fueron, pero que siempre hay tiempo de que regresen. Y vaya si hay chances de que eso ocurra, tratándose de Qatar, y de Bin Hamman.

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