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martes, 2 de noviembre de 2010

La triple tristeza del cincuentenario de Maradona (Jornada)



El Rey está triste. ¿Qué tendrá el rey? El propio Diego Maradona, con la sinceridad que lo caracteriza, describió su cumpleaños número cincuenta como “el más triste de mi vida” y tiene muchas razones para sentirlo así, pero creemos que hay tres que resumen todas ellas.
La primera, si seguimos un orden de importancia a los motivos del mal momento maradoniano, creemos que tiene que ver con el presente de la selección argentina y su natural desplazamiento luego de un Mundial mediocre, en el que muchos esperaban demasiado del equipo nacional (aunque no tanto, es cierto, de su mano como entrenador) y fue muy poco lo que se vio, y no sólo eso, sino que se agudizaron las incoherencias en el manejo grupal y en lo que significa representar al país con un conjunto de super estrellas.
La sensación es que aunque parezca extraño, Maradona no examinó del todo bien la capacidad dirigencial de Julio Grondona, y cuando reaccionó tratando de reacomodarse, convenciendo a su cuerpo técnico para que lo dejara solo para encarar una nueva etapa, ya era tarde. No había tenido los suficientes reflejos, sus manifestaciones habían llegado con dureza al mandamás del fútbol argentino, y a cantarle a Gardel. Pero no termina allí su tristeza, porque además terminará siendo reemplazado por quien menos hubiera querido, por Sergio Batista, quien supo moverse entre bambalinas, y aprovechó a la perfección el cuarto de hora que tuvo como interino, e hizo lo que simplemente sostendría cualquier manuel del buen entrenador: si se tiene en el equipo al mejor jugador del mundo (Lionel Messi), hay que mimarlo y tratar de hacerlo feliz, para lo cual no es necesario vestirse de payaso (como señaló erróneamente un Maradona agitado a los micrófonos ayer), ni apelar desde operaciones mediáticas al poder de algún familiar del supercrack del Barcelona. Lo que menos hay que hacer es competir por el pedestal por ser el mejor, máxime cuando ya se ha tocado la gloria.
La falta de un proyecto alrededor de la selección, y más cuando ya la ilusión de renovar el contrato le rondaba tras la vana promesa de Grondona tras la eliminacón ante Alemania, se agrega al hecho de que para Maradona no hay absolutamente nada comparable a lo relacionado con la celeste y blanca.
El segundo motivo de tristeza maradoniana, pasa por el fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner y esto, además de la cercanía al Gobierno del “diez” y de la buena relación que fue tejiendo con el matrimonio Kirchner, tiene que ver con que Diego se sintió protegido en este tiempo. Los Kirchner, como él, son divisores de aguas. Ninguno de los tres aceptó jamás medias tintas. O con ellos o contra ellos, y eso también los identificó, sumado al ideario latinoamericanista y a su estrechez con los organisnos de Derechos Humanos. Desde el lanzamiento de la Ley de Medios en Ezeiza, pocas veces Maradona se sintió tan comprometido con un Gobierno argentino.
Y como tercer motivo, aunque ya más de orden general, está el personal, el íntimo, el más humano, que tiene que ver con el Diego-jugador. Los cincuenta años del ídolo, del crack, del genio nos da a entender acerca de la fugacidad del tiempo, de que hasta aquella imagen del pibe con el rapado del servicio militar que deslumbraba en Japón en 1979, o aquel otro del salto y el puño apretado en el increíble gol a Leao contra Resto del Mundo que dio lugar por años a la publicidad de una marca de indumentaria deportiva, o aquel mítico día en el estadio Azteca, en 1986, cuando convirtió el mejor gol de todos los tiempos ante Inglaterra y aquel otro de la “Mano de Dios”, son escenas que pertenecen a un momento distinto, que ya fue. Todas aquellas facetas de Maradona, las del nene que se ilusiona ante Pipo Mancera con ser campeón mundial con Argentina, el muchacho de pelo enrulado que maltrataba arqueros con la camiseta de Argentinos Juniors, el rebelde que fugazmente salió campeón con Boca para pisar Barcelona, escandalizar con el fútbol supremo y la noche interminable, o ya el Dios del Nápoli, han pasado como una ráfaga para él y para todos los que lo seguimos en sus andanzas, sus declaraciones pesadas, sus opiniones políticamente incorrectas, sus obsesiones y su chispa inigualable para caracterizar un momento, un estado de ánimo.
Los que somos de la misma generación que Maradona, los que tuvimos, como periodistas la inmensa fortuna de seguir su carrera casi a la par del genio, los que aún sentimos ese escalofrío cuando nos recordamos en el estadio Azteca, o en el San Paolo el día del “siamo fuori”, los que lloramos con él en aquel helado hotel en Dallas en 1994, cuando la FIFA mintió con el “cóctel de sustancias”, o cuando apeló, siempre a Don Diego y Doña Tota, y hasta cuando en Montevideo contemplamos absortos un exabrupto que también lo caracteriza, seguimos creyendo que estamos ante un tipo inigualable, fuera de serie, distinto, especial.
Poseedor de esa chispa única, para elegidos, para bien o para mal. El que llegó a estar atado a una cama, internado, y el que un día en Nápoli corrió varios kilómetros con su coche, cuando mirando la televisión, comprobó que un tal Giuseppe Pacileo decía que había dado vergüenza en el último partido del Nápoli. Diego entró en el estudio sin que nadie entendiera nada, y le hizo abrir la boca a Pacileo y le colocó a la fuerza una pelota de papel, como la que hacíamos en la escuela, pegándola con cinta. “Puedo haber jugado mal, pésimo, pero vergüenza, nunca, nunca”, dijo Maradona aquella vez, y tal vez sea la síntesis de su genio, de su rebeldía, de su lucha por no pasar inadvertido, aunque hoy ya no podamos verlo en una cancha, aunque hoy sea más un abuelo joven que se lamenta por no poder ser tenido en cuenta como entrenador.
Es que Maradona será por siempre un jugador de fútbol, el monumento al jugador que siempre tiene algo inesperado y así va por la vida, para bien o para mal, gambeteando y creando, aún en medio del caos.
Y por eso, en medio de tanta tristeza, de su apagado momento, en todo el mundo futbolero se encendió una luz en su recuerdo, en un festejo a pesar de él mismo. Es que a Diego, ya le excede Maradona. Su obra ya es patrimonio universal.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Coincido plenamente con vos, Sergio. Muy Bueno el artículo. Abrazo
Mariano/Gran Buenos Aires