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domingo, 2 de noviembre de 2014

El Barcelona ya está en crisis (Yahoo)



El Barcelona está en crisis y esto no deja de ser una novedad. Por lo menos, es un hecho muy poco frecuente en los últimos años. Podría decirse que éste es el momento más difícil desde el final de la temporada 2007/08 cuando el entonces presidente del club, Joan Laporta, se dirigió personalmente a la casa de Ronaldinho para comunicarle que debería buscarse otra entidad, mientras que el holandés Frank Rikjaard ya sabía que debería cambiar de escenario.

Ese Barcelona, aún así, había ganado la Champions League en 2006 y el Real Madrid estaba bastante peor que ahora, y ni asomaba el Atlético Madrid entre los posibles contendientes.

Hoy, el Real Madrid no sólo es el actual campeón de Europa, con la Décima Champions en su vitrina, sino que su entrenador italiano Carlo Ancelotti ha sabido revertir una tensa situación de años, una muy mala imagen del club blanco, para remitirse a otros tiempos en los que sus equipos brillaban y jugaban un fútbol estético que envidiaba todo el mundo.

Pero hay algo más: luego de un mal comienzo de Liga, el equipo pudo encontrar su lugar, es una máquina de golear (37 tantos en 10 partidos, a un promedio de 3,7 ), y aprovechándose de un buen clásico y del inesperado tropiezo del Barcelona ante el Celta en el pasado fin de semana, se ha colocado líder demasiado pronto.

Sin embargo y pese a todo, el Real Madrid es más líder gracias al Barcelona que a su propio juego. Si el Barcelona hubiese mantenido una mínima regularidad, hoy no estaría lamentando tener que pelear ahora contra tantos equipos juntos, porque se han amontonado el Valencia, el Sevilla y hasta el inefable Atlético de Diego Simeone ya se encuentra a una sola unidad del primero.

La crisis del Barcelona, entonces, es de resultados, pero mucho más que eso, como venimos insistiendo en estas columnas, lo es por juego.

Sus seguidores, especialmente los catalanes o los que tienen su gran recuerdo de jugador, han esperado con ansias la llegada al banquillo como entrenador de Luis Enrique Martínez, el asturiano que se hizo ídolo con la camiseta azulgrana y que parecía que seguía los lineamientos futbolísticos de Josep Guardiola.

Pero por una razón o la otra, Luis Enrique no ha coleccionado muy buenas campañas que le dieran la posibilidad de dirigir al Barcelona. Su experiencia en la Roma no pasó de ser mediocre y tampoco hay demasiado para resaltar en el Celta, aunque tampoco le ha ido mal. La sensación es que Luis Enrique llegó al banquillo del Barça mucho más por lo que fue de jugador y su relación con Guardiola y un supuesto conocimiento de la idea filosófica del club por el hecho de haber sido protagonista en el pasado.

Un inicio con muy buena estadística, sin goles en contra en ocho partidos y con todos triunfos, ilusionó a los que se basan en los números para los análisis de los equipos, pero en muchos pasajes de esta buena racha, se pudo comprobar que pese a la dudosa categoría de algunos de esos rivales, el equipo no aparecía en la manera en que se pretendía y más aún, para la calidad de muchos componentes del plantel y los que esta vez sí, han sido fichados para reforzar un equipo que tenía un andar viejo, menos dinámico, con menor presión de sus delanteros en la salida rival y con algunos de sus jugadores, en bajo nivel.

Se afirmó que Xavi Hernández ya no estaba para la titularidad y hasta el propio Luis Enrique, consultado al asumir, llegó a decir que tendría que hablar con el veterano volante, mientras que Rakitic ocupaba su lugar. Ni Andrés Iniesta ni Lionel Messi (que lleva casi tres partidos sin marcar el famoso gol 251 que lo igualaría a Zarra en el récord como máximo artillero de la historia de la Liga) están en el altísimo nivel del pasado, y el uruguayo Luis Suárez todavía no encontró su lugar y le falta rodaje aunque se trate de un grandísimo fichaje.

Este Barcelona, del que podríamos tomar mil ejemplos en la comparación con aquel que deslumbrara en tiempos de Guardiola, ya no descuella. Ya no genera aquellas expectativas por ver un espectáculo mágico, único. Podría darlo, pero ya nadie puede sentirse defraudado si se va del Camp Nou sin haber visto aquello que veía en el pasado.

Este equipo no parece tener aquellas convicciones. Se sabe más frágil, es consciente de su deterioro, y ya comienza a mostrarse sin sus mejores ropas, como cuando Daniel Alves tira centros indiscriminadamente aunque no haya un nueve de referencia, la presión de Neymar, Suárez o Pedro ya no tiene la intensidad del pasado con otros protagonistas, y el andar cambia mucho si el que maneja el juego es Xavi o es Rakitic.

Pero lo fundamental es que no parece haber una nueva idea, algo diferente que pueda ser utilizado en este momento de transición, como suelen atravesar todos los equipos que alguna vez reinaron con gran talento y que comienzan a extinguirse, para iluminar uno nuevo.

Esas transiciones, muchas veces se pueden ordenar y más, con las posibilidades de fichar jugadores que tiene el Barcelona, pero de momento, lo ha podido conseguir.


La diferencia con los primeros días de la temporada es que hasta los más fervientes defensores de la llegada de Luis Enrique, luego de denostar al argentino Gerardo Martino, su antecesor, ahora dudan sobre si la decisión de contratar al asturiano fue la más acertada, y la crisis vaya en aumento.

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