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lunes, 25 de agosto de 2014

Boca tocó fondo



La derrota de Boca, en la Bombonera, ante Atlético Rafaela, es una más, en el sentido de la cantidad de derrotas que viene teniendo, y no lo es, porque los tiempos se acortan, las posibilidades de ganar algún título en esta temporada comienzan a esfumarse, y en un año electoral, y porque no parece que el equipo consiga, en un lapso tan corto, remontar la situación cuando ya en tres fechas del Torneo Transición, Vélez Sársfield sacó una ventaja de seis puntos sobre nueve en juego, si bien en el próximo fin de semana, tienen que enfrentarse y los de Carlos Bianchi, como locales.

Aún con las enormes disidencias que este blog tiene con la dirigencia de Boca desde mediados de los años noventa, que fueron largamente enumeradas en muchas oportunidades, no puede negarse que en esta oportunidad, las ocho contrataciones para la nueva temporada con un gasto poco común, son la muestra cabal de que Bianchi contó con casi todo lo que pidió, y en el “casi” se incluye solamente la deserción de Juan Román Riquelme, acaso el mejor jugador si se toma en cuenta lo técnico, pero su presente en Argentinos Juniors, en el Nacional B, demuestra que no habría sido tan gravitante en estos días oscuros en el juego de Boca.

También quienes nos siguen habitualmente en el blog o por las redes sociales, o quien nos conoce desde hace largo tiempo, sabe de la predilección que tenemos por un entrenador de los quilates de Bianchi, el mejor de la historia de Boca y uno de los mejores que ha tenido jamás el fútbol argentino, y pese a todo lo que ganó de azul y oro, su trabajo en Vélez, entre 1993 y 1996 ha sido impresionante, desde llegar a ser campeón intercontinental y dejar, al irse, un equipo casi completo de juveniles surgidos en las divisiones inferiores.

Sólo en un país tan extraño y contradictorio como la Argentina, un entrenador como Bianchi no llega a dirigir a su selección nacional.

Aclarado este punto, creemos que el actual ciclo de Bianchi comienza a acortarse, y necesita urgentemente de cambios para no tener que ingresar en una crisis terminal, aunque este tiempo no es el suyo, y esto excede a Boca y abarca al fútbol argentino (y acaso más ampliamente), por tres razones fundamentales que pasaremos a enumerar.

1)    Contexto futbolístico: Bianchi no dirigió desde principios de 2006 hasta 2013 (y en el fútbol argentino, desde mediados de 2004), en lo que él mismo definió como una “larga siesta”. Muchas cosas cambiaron en ese lapso, y no para bien, precisamente. Se juega cada vez más a la mediocre “segunda pelota”, se fueron terminando los armadores (que no “enganches”, palabra que ahora se usa para los armadores pero que originalmente es para el delantero de la línea de ataque que más bajaba a tomar contacto con los volantes para volver a sumarse a la ofensiva), los defensores cada vez salen menos con la pelota al pie, se cabecea mucho peor que antes, se pega mucho más y la deslealtad entre colegas es mucho mayor, entre tantas cosas.

2)    Contexto social: Bianchi siempre se manejó con vestuarios con la puerta cerrada herméticamente. Cabe recordar lo que era el Boca del “Cabaret” en 1996, con Carlos Bilardo, algo mejorado con Héctor Veira en 1997, pero fue Bianchi el que terminó con todo aquello y dio lugar al equipo que ganó todos los títulos y fue protagonista mundial entre 1998 y 2004. En este tiempo, los jugadores twittean y suben por facebook fotos de lo que pasa a cada momento en el grupo, o informan cualquier situación conflictiva a los “periodistas amigos” y hasta les mandan mensajes de texto a sus teléfonos móviles durante programas de radio y TV. Imposible mantener esos vestuarios cerrados. También cambió la etiología del futbolista, cada vez menos interesado en el mundo que los rodea y mucho más en el glamour, el fashion. El futbolista, extrañamente y salvo raras excepciones, no es fanático del fútbol sino apenas alguien que juega bien, que tiene algunas (o muchas) destrezas con la pelota, pero que una vez que abandona su rol, prefiere ser visto como futbolista más que sentirse tal. Por eso mismo, tanto como en muchos otros vestuarios, en el de Boca, club siempre ligado a lo sentimental e identificación con la camiseta, la historia y una filosofía ganadora, no aparecen líderes de peso como sí hubo en los tiempos gloriosos del entrenador. En cambio, en esta etapa tuvo que enfrentarse a situaciones, como las de Orión-Ledesma, o Riquelme-Orión o tantas otras, que ocuparon las primeras planas de un periodismo que, Bianchi lo habrá notado, cada vez habla menos de fútbol y más de lo farandulero del ambiente.

3)    Contexto profesional: Por distintas razones, Bianchi no cuenta en esta etapa con los profesionales que conformaron exitosos cuerpos técnicos con él en el pasado. Si se recuerda a Osvaldo Piazza, Carlos Ischia, Carlos Veglio o Julio Santella, por citar algunos casos, hoy no parecen tener un correlato de ese nivel. Sea real o no, a Bianchi se lo ve más solo en las decisiones, como si no pudiera descansar en ningún otro parte de su poder, en tiempos, como se citó más arriba, en los que los vestuarios no pueden cerrar sus puertas como el entrenador quisiera.

Enumerados todos estos puntos, y volviendo a lo estrictamente futbolístico, Boca juega muy mal. Parece que Bianchi pretende blindarse ante la requisitoria periodística en las conferencias de prensa sosteniendo que por momentos “Boca juega bien” o argumentando que hubo muchas lesiones, o que el rival tuvo fortuna, pero los hechos son irrefutables.

Boca juega muy mal ahora, con los ocho refuerzos a disposición del entrenador, como jugaba bastante mal cuando contaba con menos refuerzos pero con Riquelme, cada tanto, en la cancha. Es decir que no es un tema que pase estrictamente por la falta de tiempo para trabajar con los nuevos.

Ni Fernando Gago ni Agustín Orión, dos recientes mundialistas y que ahora Boca pelea para que no sean convocados para el amistoso contra Alemania (como si en Boca fueran tan fundamentales en este momento), se potenciaron o mostraron su distancia con el resto de los jugadores del fútbol argentino (cómo sí en buena manera lo demostró Maxi Rodríguez en Newell’s Old Boys), ni el equipo genera situaciones de gol que no se efectivizan por la mala suerte o por fallas en la definición, sino que el andar es rústico, sin confianza, sin peso en ninguna de las dos áreas, superado por la mayoría de los equipos en el trayecto, aunque no siempre sea así en el resultado.

Boca sale a trabajar los partidos. Los sufre, no los juega, no los disfruta. Los choca, los acomete, los presiona, los fuerza, pero no los juega. No sale suelto a cada partido, sino que cierra los ojos y va. Y así, resulta muy difícil.

Es cierto que se ha ido Riquelme, pero Boca tiene al chico Acosta, y no juega. Y no sólo no juega sino que gasta fortunas en traer otros jugadores para otras posiciones, y así termina justificando un innecesario 4-4-2 porque la mayoría se ampara en la falta de wines, de punteros. Y si bien casi nadie hace el esfuerzo por volver a fabricarlos, Boca, que los tiene o los pudo tener (se desprendió de Sebastián Palacios, cedido a Arsenal y antes a Unión, tiene a Juan Manuel Martínez, nunca se interesó por la suerte de Ricardo Noir), en lugar de apostar al 4-3-3, o al 4-2-1-3 (¿si no es Boca, cuántos más, en la Argentina podrían animarse?), juega también a un rústico 4-4-2.

La gente de Boca quiere a Bianchi. No sería lógico que no fuera así. Representa parte de lo mejor de la historia del club, pero esta etapa parece muy difícil de remontar. A fin de año hay elecciones y esta comisión directiva ya no tiene más tiempo para ganar algún torneo.

Eliminado de la Copa Argentina en la primera fase por Huracán (hoy en el Nacional B),  tres puntos muy magros sobre nueve posibles en el Transición, parece jugarse casi todo a la eliminatoria ante Rosario Central, en pocos días, por la Copa Sudamericana.

Una derrota ante los rosarinos haría insoportable la situación y dejaría todo para remontar en el campeonato.


Boca tocó fondo.

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