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sábado, 2 de agosto de 2014

El “milagro alemán”: autocrítica y proyecto (Revista Nueva)


Gary Lineker afirmó en una oportunidad, en los años ochenta, que el fútbol consiste en un juego de once jugadores por lado y una pelota, en el que siempre ganan los alemanes. No es del todo así, pero es cierto que algo hay y que no es casual que ya hayan conseguido cuatro Copas del Mundo, uno menos que Brasil, el que más títulos ha cosechado en la historia.

Nada de esto es casual. No lo fue en el llamado “milagro de Berlín”, cuando Fritz Walter, mítico capitán, llevó a ganar el primer Mundial en Suiza 1954, cuando consiguió vencer a la gran Hungría de Ferenc Puskas en la final por 3-2, luego de recibir ocho goles ante el mismo equipo en la fase de grupos y nadie pagaba dos centavos por su suerte.

La historia del fútbol alemán está ligada al trabajo, la autocrítica y la existencia de proyectos a partir de todo esto y más allá de los Mundiales de 1974 y 1990, historias muy conocidas, con grandes jugadores pero con una gran dinámica colectiva, el éxito de Brasil 2014 comenzó mucho antes, exactamente catorce años atrás.

En el año 2000, el fútbol argentino sufría la falta de un crack como Diego Maradona y se lamentaba por casi una década sin títulos cuando la selección alemana fue eliminada, sin pena ni gloria, de la Eurocopa que acabaría ganando la Francia de Zidane, Deschamps y Trezeguet.

Tampoco los alemanes tenían un crack y no habían hecho un gran Mundial en Francia 1998, pero en la Eurocopa tocaron fondo y ni siquiera consiguieron marcar un solo gol en el torneo. Fue entonces que clubes, federaciones locales y jugadores (algo impensable en nuestro país, caracterizado por el unicato) se reunieron para buscar una mayor competitividad y decidieron que la prioridad sería cerrar el torneo a estrellas extranjeras y crear una base de jóvenes para brillar diez años después.

En lugar de gastar fortunas en refuerzos, los clubes gastaron hasta mil millones de dólares para crear escuelitas de fútbol de manera obligada y hoy el país cuenta con 366 centros de entrenamiento para menores, empleando treinta mil entrenadores para que veinticinco mil niños prueben suerte en este deporte. Thomas Müller o Phillip Lahm fueron algunos de ellos, pero también abrieron la posibilidad de integrar a hijos de inmigrantes, un símbolo de la nueva Alemania unificada, que ya había mostrado otra cara cuando organizó su Mundial en 2006, un torneo de exposición de la diversidad cultural.

Así es que Mesut Özil es de padres turcos, Sami Khedira, de tunecinos, Miroslav Klose y Lucas Podolski nacieron en Polonia, Jerome Boateng, de familia ghanesa y Shkodran Mustafi es de Kosovo.

Otra medida fue la de congelar los precios de las entradas a los estadios, mientras que uno de los orgullos alemanes de estos años fue la prohibición de que empresarios extranjeros adquirieran clubes como sí pasaba en España, Francia, Italia o Inglaterra.
Entonces, no puede ser casual que hoy la Bundesliga sea el torneo más rentable de toda Europa, con el mayor promedio de asistencia de público del continente (45 mil por partido), y el único en el que todos los clubes permanecen en una situación financiera estable.

Pero no termina allí. Desde hace años que el fútbol alemán apostó por la estética. Tomó la idea de España, del brillante Barcelona de Josep Guardiola, y tras caer derrotado ante ella en la final de la Eurocopa 2008 y en la semifinal del Mundial 2010 de manera ajustada, entendió que había que persistir en el proyecto pero agregarle el toque de dinamismo propio.

Una vez más, mientras el fútbol argentino fue retrasando sus líneas y buscando un modelo pragmático, tratando de amoldar a sus jugadores a un mercado europeo supuestamente más táctico y en el que supuestamente no hay quien pare la pelota (sin un armador de juego), España primero y España después, fueron generando una contracultura de varios armadores y de jugadores de buen pie.

Aquellos jóvenes que se destacaban en las escuelitas creadas para terminar con la crisis, y que siendo promesas recibían tratamientos VIP, hoy son los cracks que no dependen de un Maradona o un Messi, como Schweinsteiger, Kroos o los anteriormente mencionados, que, cabe recordar, ya eliminaron a Argentina en los cuartos de final de 2006 y 2010 (en éste, por 4-0) y en la final de 2014, por tercer Mundial consecutivo.

Pero hay dos modelos que son los hegemónicos, como en cualquier competencia. Son los del Bayern Munich, el club más rico del país, y el Borussia Dortmund, que por ninguna casualidad protagonizaron en 2013 la final de la Champions League, considerada por la mayoría como la mejor de los últimos tiempos y para algunos, tal vez, la mejor de la historia.

El Bayern Munich lo había ganado todo en la temporada 2012/13 con Jupp Heynckes como entrenador, pero no se conformó y quiso perfeccionar su juego, su estilo, y rumbear hacia un fútbol más estético y así fue que apostó nada menos que por Guardiola.

El Borussia, de la mano de Jürgen Klopp y jugadores como Götze, Lewandowski, Reus o Hummels, encontró una dinámica espectacular, que la colocó entre los mejores equipos de Europa, que se entrena con una máquina para perfeccionar los pases a un toque y para triangular el juego.

De los 134 clubes europeos, el Bayern Munich es el que más jóvenes formó. 18 de los jugadores del seleccionado que participó en el último Mundial, salieron de esta escuela, pero también son reconocidas las escuelas del Schalke 04, reconocido como formador de arqueros (cinco de la Bundesliga se iniciaron allí, entre ellos el propio titular de la selección y elegido el mejor del torneo, Manuel Neuer).

Alemania no dejó librado nada al azar. Ni siquiera el lugar de concentración, que decidió construirlo con sus propios arquitectos. Nada de contratar predios con algunos requisitos a su gusto. Todo a la medida de lo que el equipo necesitaba, según declaró el presidente de la Federación, Wolfgang Niersbach, quien antes de comenzar el Mundial dijo, con una claridad pocas veces tan manifiesta, que la Mannschaft, como se conoce a la selección germana, estaba “preparada para ir a ganar la Copa”. El dirigente explicó entonces que el secreto “es haber trabajado mucho para llegar a ser ahora uno de los favoritos”.

Trabajo significó, por ejemplo, el uso de la tecnología SAP, un programa desarrollado por una empresa especializada en determinadas aplicaciones que analiza con riqueza de detalles el desempeño de cada uno de los jugadores del equipo propio y del adversario, desde kilómetros recorridos, pases acertados o errados o remates al arco.

Por ejemplo, al terminar el impactante 7-1 ante Brasil, el entrenador Joakim Low comentó que el programa le había indicado que la defensa de Brasil tenía problemas cuando era atacada en velocidad. Hans Flick, el auxiliar de Low, relató que ellos contaban con un equipo de observadores. “Hicimos un minucioso trabajo de scouting, como por ejemplo, 40 estudiantes de Ciencias del deporte que analizaban a cada uno de los adversarios con los programas que les dimos”.

Alemania fue campeón por decantación, por la prepotencia de la autocrítica, el trabajo y la planificación, muy lejos de depender de un supercrack. Un modelo demasiado lejos del argentino.

Los alemanes, antes de “cintura dura”, como se les decía de este lado del Océano Atlántico, ahora eran los que tocaban y jugaban. Los argentinos, aquellos de la gambeta y el engaño, eran ahora los que corrían tras los germanos, cansándose de ver pasar la pelota.

Pese a los siete minutos que separaron a los albicelestes de una definición por penales, el triunfo alemán parece lógico.  La consecuencia de un largo ciclo desde que en 2000, se sentaron a trabajar sin excusas de ninguna clase. Aquí están los resultados.




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