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viernes, 9 de diciembre de 2016

El hastío de Tévez habla más de la Argentina que de él




Y Carlos Tévez se cansó. Hace tiempo que su hastío se refleja en su conducta, sus declaraciones y, lo menos imaginado, en algunos momentos hasta en los campos de juego.

Lejos está ya julio de 2015, cuando abandonó la Juventus para regresar a su amado Boca Juniors en una opaca operación económica en la que nunca se reflejó exactamente cuánto es lo que el club argentino tuvo que erogar por un pase que bien pudo haber sido gratis un año después, cuando quedaba libre por finalizar su contrato con la entidad italiana, con jugadores juveniles de mucho futuro, como parte de pago.

Aquel regreso por anticipado de un Tévez aún joven (31 años) a mediados de 2015, 
vino acompañado de toda la pompa, los intereses electorales (sirvió para que Daniel Angelici cambiara el eje de su cuestionada presidencia de Boca hasta entonces, a pocas semanas de la escandalosa eliminación ante River en aquella noche del gas pimienta por la Copa Libertadores) y para que una cadena de TV tuviera todos los privilegios para la transmisión de su re-debut y para que a partir de entonces, un gran diario argentino titulara todos los éxitos del equipo con méritos del Apache, cuando lo mereció y cuando no también.

Desde ese aterrizaje de Tévez en el fútbol argentino fue carteles en las calles, y fue protagonista de cuanta publicidad apareció por radio y especialmente de TV, hasta parecer omnipresente.

Y ese Tévez comenzó a saturarnos pero más que todo, a saturarse. Como él mismo manifestara en la conferencia de prensa del jueves 8 de diciembre, tal vez mala semana para manifestarlo pero siempre dentro de su sinceridad a prueba de micrófonos, grabadores y centros a la cabeza del gran porcentaje de la prensa vernácula, ésta que él encontró tras once años en el exterior, no es la Argentina que había dejado.

A Tévez le ocurrió lo que a tantos argentinos que tuvieron la suerte o la posibilidad de emigrar, entre ellos, este mismo cronista. Y entonces, encontró un país mucho más embrutecido, más violento, más insatisfecho, más resignado, más corrupto, más mediocre, menos ilustrado, menos esperanzado, más realista, demasiado materialista, efectista.

Y en ese contexto, como no podía ser de otra forma, Tévez encontró un fútbol muy degradado, el del 38-38, el de la violencia sin fin, en el que los partidos pueden no terminar, en el que la violencia no cesa ni aún cuando los hinchas visitantes no pueden acompañar a su equipo aunque canten “yo te sigo a todas partes”. En el que se inflan los operativos policiales para sacar unos mangos más, en el que los ídolos son usados políticamente por los Gobiernos (no olvidar el tironeo por él entre sus amigos y compañeros de fulbito Mauricio Macri y Daniel Scioli en las elecciones presidenciales del año pasado) y por su propio club, o en el que en las conferencias de prensa se puede llegar a preguntar lo mismo por cuarta vez, o alguien prefiere tirarle un chiste o que muchos se rían a carcajadas ante la primera ironía dicha con timidez desde el micrófono.

Un Tévez que jugó en la Premier League y en clubes como Manchester United o Manchester City, en la Serie A en la Juventus, tuvo que quejarse por algunas instalaciones en el club, y especialmente le costó entender los sistemas tácticos utilizados especialmente por sus directores técnicos Rodolfo Arruabarrena y su ex compañero Guillermo Barros Schelotto para un equipo grande como Boca, demasiado defensivos, tomando enormes precauciones (hasta en condición de local), algo que no había ocurrido una década atrás, cuando todavía vestía esa camiseta.

Este Tévez “europeo”, acostumbrado a una vida disipada, a jugar al golf , a una educación de primer nivel para sus hijos, se encontró con que ganar (y de cualquier modo) es lo único importante, que no podía darse el lujo de tener un pronunciado bajón como en el peor momento, en el final de la ansiada Copa Libertadores, con un periodismo justificador del resultado y demasiado pendiente de cada movimiento, sin la privacidad necesaria fuera de la práctica del fútbol y un contexto enfermo que hizo que su entorno se replantee todo y “recalcule” el futuro, sea en China (con una oferta muy difícil de resistir aunque ya la rechazó hace medio año) o para retirarse.


Por todo esto, el hastío de Tévez no habla tanto de él mismo. En todo caso, habla mucho más de esta Argentina de este tiempo.

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