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viernes, 30 de diciembre de 2016

Leicester, Glasgow y Twitter, o sobre la importancia del fútbol como campo de estudio social (Por Marcelo Wio)



                                             
                                                   Parte 1



La consecución de la Premier League inglesa por parte del Leicester City Football Club ha traído consigo no lo solo el lógico festejo de sus seguidores, sino una repercusión mayor, más allá del mero asombro mediático: muchos se identificaron con la victoria del club “chico”, conseguida a base de muchísimo esfuerzo,  sacrificios y pasión – de esa que uno, a veces, cree desterrada del ámbito profesional -. Su logro fue sentido como el triunfo de esa esperanza pequeña que todos tenemos, de ganarle al “grande” no sólo un partido, sino la partida: es decir,  poder hacer acopio de los elementos necesarios poder seguir creyendo que modestos presupuestos, aún pueden presentar algo más que una batalla digna pero sólo transitoria; que pueden ganarla.

Como todo hecho que contradice la monotonía de ricos campeones y de rutinas impuestas casi como reglas, también ha estimulado la rememoración de gestas  pretéritas similares. Y, como se trata de un suceso que en muchos casos, y de manera inevitable, ha hecho repensar cómo se ha llegado a las desigualdades que conforman un monólogo de los “poderosos”, también ha estimulado el recuerdo de otras cuestiones ligadas al fútbol.

Así, el sociólogo y periodista argentino, Sergio Levinsky, recordaba en su cuenta de Twitter (@sergiole), que la Monfort University, vecina al estadio del club inglés, es una de las instituciones donde se estudia al fútbol desde las ciencias sociales.

Y ello conduce a resaltar la relevancia del estudio del fútbol desde las ciencias sociales, y también, su importancia para detectar y comprender eventos sociales: su estudio no sólo permite comprender lo que sucede dentro de dicho ámbito, sino, antes bien, ofrece una herramienta para abordar cuestiones sociales que el fútbol pone en evidencia o que exacerba.
Así, la “violencia en el fútbol” sería una  manifestación social que evidentemente excede al ámbito deportivo – aunque muy a menudo se refiere a la misma como si se tratase de un suceso cuya causa es el propio fútbol (como si fuese un compartimento aislado), sin relación alguna con ningún aspecto social -.

De ahí, la necesidad de ahondar más en su estudio y, sobre todo, en la su difusión de las conclusiones y hallazgos de éstos, para que tanto políticos, funcionarios de seguridad, sociólogos y periodistas, no tengan la coartada burda del “desconocimiento” para seguir culpando al mensajero, para seguir “tratando al síntoma como si fuese la enfermedad”.

Quizás, uno de los rasgos sociales más estudiados en, y a través, del fútbol, sea el de la identidad. Así pues, intentaremos presentar cómo el fútbol deviene en elemento conformador de identidad, y cómo ésta, también termina por invadir el ámbito del fútbol con elementos extradeportivos.


Identidad

La definición más sucinta de identidad se puede encontrar en el diccionario de la Real Academia Español: “Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás”.

Pero iremos más allá de esta definición. Así,  Émile Meyerson, según explicaba José Ferrater Mora, en su Diccionario de Filosofía, hablaba de la identidad como de una inevitable tendencia de la razón a reducir lo real a lo idéntico, esto es, a sacrificar la multiplicidad a la identidad con vistas a su explicación. Y, podría agregarse, a explicarse uno mismo, a reducirse a una mera partícula o porción de un todo que da significado: coincidir con uno y con los demás (con el grupo cercano). “Ser” es todo un desafío: afirmar el sujeto, el atributo. Como se ve, hay mucho más detrás de este concepto.

De hecho, el filósofo alemán Ludwig Feurbach (Das Wesen des Christentums) decía: “La vida interior del hombre es la vida en relación con su especie”. Es decir, el hombre, así, sería más que el “yo”; o, más bien, precisaría más que el “yo” para ser: algo que lo ligue a la sociedad; es decir, la identidad. Y, al punto es tan importante la identidad, que ésta es “el centro de dos acciones indispensables para el equilibrio psíquico de la persona. La primera consiste en darse una imagen positiva de sí misma; la segunda, adaptarse al entorno donde vive la persona. Es lo que se denomina funciones de la identidad: una función de valoración de sí mismo y una función de adaptación” (El concepto de identidad, en Vivre ensemble autrement, dossier pedagógico perteneciente a una iniciativa de la Secretaría de Estado para la Cooperación al Desarrollo de Bélgica).

Pero lo identitario no si limita a lo personal, al “yo” imbuido de unos rasgos compartidos que ofrecen una cierta seguridad en la sensación de pertenencia. Así, Gilberto Giménez, investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (La cultura como identidad y la identidad como cultura), afirmaba que los los conceptos de cultura e identidad son conceptos estrechamente interrelacionados e indisociables en sociología y antropología. Y decía:

“En efecto, nuestra identidad sólo puede consistir en la apropiación distintiva de ciertos repertorios culturales que se encuentran en nuestro entorno social, en nuestro grupo o en nuestra sociedad. Lo cual resulta más claro todavía si se considera que la primera función de la identidad es marcar fronteras entre un nosotros y los “otros”… La identidad no es más que el lado subjetivo (o, mejor, intersubjetivo) de la cultura, la cultura interiorizada en forma específica, distintiva y contrastiva por los actores sociales en relación con otros actores”.
Y, claro, un hecho social que delinea fronteras respecto de un “otro/s”, suele servir muy bien como coartada o medio para ciertas pulsiones, a las dota de “justificación”, de cierta “legitimidad” ante los pares. Y en esa confusión o abstracción en que se transforma la identidad, se delegan las responsabilidades de los individuos en el conjunto: el ser detrás de la apariencia, del catálogo de gestos e idiosincrasias compartidas; un ser indistinguible y, por tanto, inimputable.

Precisamente, Giménez sostenía que “muchos de estos significados culturales (aquellos que son compartidos y relativamente duraderos en términos generacionales) compartidos pueden revestir también una gran fuerza motivacional y emotiva (como suele ocurrir en el campo religioso, por ejemplo). Además, frecuentemente tienden a desbordar un contexto particular para difundirse a contextos más amplios”.


Es decir, que podría afirmarse que el fútbol es un campo en el cual aquellos significados son revestidos de una mayor fuerza emotiva. Así, el fútbol brinda un contexto “ideal” para la manifestación de ciertos problemas sociales, dándoles una visibilidad que, de otra manera, acaso no tuvieran  - y, que en más de un caso, no se quisiera darle -. Es decir, lo que sucede en un campo de fútbol, es indisociable de la cultura a la que pertenecen, de la que surgen, los sujetos que lleven a cabo la acción.

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