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jueves, 3 de octubre de 2013

Catorce años después (Por Fernando Vara de Rey)



Como suele suceder en las relaciones entre enemigos íntimos, los momentos de esplendor de uno coinciden con las agonías del otro. Así, si el Atlético vio desde el recodo triste de la segunda división y en los puestos más grises de la primera las tres Champions en color que alzó su vecino, el presente nos depara un fulminante cambio de hegemonía.
 
En un presente con rabiosa vocación de ser historia, allí habita el Atlético de Madrid. Llegó Simeone y fue capaz de construir un bloque rocoso, un clon multiplicado por once de su actitud fiera en los terrenos de juego. Llegó la estabilidad que nunca anclaba en el río Manzanares, llegaron los futbolistas que ya no estaban de paso, llegó la afición que al fin pudo dejar de vivir en el sobresalto. Llegaron los títulos, dos trofeos en Europa y uno en España donde más y cuando más se necesitaba. En el Santiago Bernabeu, frente al eterno rival, después de catorce años de carestía.

 El Real Madrid vive entretanto en la zozobra de una temporada que empieza tan accidentada como concluyó la anterior. El adiós de Mourinho suponía el adiós de un entrenador de carácter que fue sepultando sus virtudes en una inaudita querencia para el embrollo. Se contrato entonces a Ancelotti, infinitamente más templado, al que se llegó a comparar con el estoico Del Bosque. Pero no tardaron en llegar los líos y asuntos como la suplencia de Casillas o la venta de Özil, así como las dificultades para imponerse ante equipos recién ascendidos como Elche y Villarreal, generaron las primeras muecas de descontento.

Llegó entonces el derby, que ya se antojaba oportuno para los unos e impertinente para los otros. Las apuestas seguían favoreciendo a los locales, al eco del mantra de que la calidad es más poderosa que la intensidad. Los visitantes aguardaban, sacudiéndose el tradicional fatalismo con los goles inacabables de Diego Costa y Miranda en una no muy lejana noche de mayo.

En verdad aguardaron poco, pues desde los primeros minutos el fútbol de los rojiblancos atenazó a su rival. La obra maestra de Simeone supone un equipo solidario en el esfuerzo y en los movimientos, una escuadra que se mueve como un solo hombre y que aniquila a su rival a base de anticipación. El Real cambió la velocidad mental de Özil por el juego de piernas de Isco, ambos formidables pero acaso el alemán más dotado para solucionar situaciones como éstas. Benzema no llegaba y ya casi nadie espera que pueda llegar, y faltaba Xabi Alonso con sus certeros envíos a la espalda de los defensas. Quedaba el recurso de siempre, el guante de plomo de Cristiano Ronaldo, pero tampoco encontraba huecos ni aliento en la maraña atlética.

Mientras tanto el Atlético tejía su red y de vez en cuando lanzaba virutas de arsénico sin compasión. Para eso cuenta con Diego Costa, un delantero mortífero, el único capaz de empatarse con Messi en la tabla de goleadores. Y su socio Koke, máximo asistente de la Liga, que busca en todas las acciones la anatomía de su compañero. Se equivocó Di María y robó Filipe Luis, Koke tocó en corto, Diego Costa salió disparado y burló a su tocayo con un tiro preciso a la red: 0.1

No fue la única ocasión rojiblanca. Tiago pudo marcar de cabeza, Diego Costa de nuevo en carrera anduvo cerca de sentenciar. Siempre Diego Costa, frenético en sus acciones y en sus decisiones. En una ocasión se enzarzó con Diego López tras una patada de éste, en aquélla desafió al árbitro y sólo la ira de otro genio como Arda Turan le salvó de una doble tarjeta. Así ruge el temperamento en que el Cholo baña a sus jugadores, en un equipo en el que incluso los llamados a ser más inconstantes se baten sin remedio.

Entretanto el Real fue sucumbiendo a los minutos y a su propia ineficacia. Un solo disparo, escasa personalidad, y no demasiado arrojo. El luso-brasileño Pepe protagonizó un bonito duelo con el hispano-brasileño Costa, todo entre casi-compatriotas. Las líneas blancas jugaron con timidez, la entrada de Bale en su debut en el Bernabeu no dejo más que un disparo en complicada situación, los minutos de Morata dejaron entrever una ambición capaz al menos de espolear los ánimos de una afición de costumbre severa con los suyos.

Siete jornadas y siete triunfos para el Atlético, una hazaña de por sí que abre el debate de si cuenta con plantilla suficiente para permanecer arriba y disputar con solvencia las tres competiciones en liza. Vencer por segunda vez en el Bernabeu en cuatro meses tras catorce años sin hacerlo es un acicate para un Atlético que se sabe formidable. Estar por encima de su vecino dulcifica cualquier Temporada, pero entre estas y aquellas alegrías cunde el ánimo de otras quimeras y de otros sueños.


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