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miércoles, 30 de octubre de 2013

El fútbol en la Ley de Medios

Con la histórica decisión de la Corte Suprema de Justicia de ayer, se cierra una etapa de impresionante concentración de medios por parte del Grupo Clarín y se abre una nueva que si bien incluye muchas incógnitas, también genera muchas ilusiones por la puerta abierta a la pluralidad y diversidad, lo cual constituye un claro triunfo de la Democracia en la Argentina.
Es en este momento cuando resulta pertinente recordar el rol que cumplió el fútbol durante este largo y nefasto período que acaba de finalizar y que da paso al período de “Adecuación” ya en manos del AFSCA.
El fútbol, y especialmente la AFA, desde ya que con la absoluta anuencia del Estado, cómplice y actor concreto en aquel momento, permitieron, desde 1986, el crecimiento de la empresa Torneos y Competencias (TyC) hasta la creación de TRISA (Tele Red Imagen SA) en 1991 y con ella, la llegada del monopolio de las transmisiones de los partidos en la Argentina por TV de una manera aberrante y que no se replicó de esta manera en ninguna parte del mundo.
No sólo resultó una aberración desde el punto de vista de la minimización de los minutos de fútbol en sí (los hinchas de muchos equipos que no eran los “grandes” directamente contaron con algunos segundos en el programa central de los domingos, “Fútbol de Primera” por Canal 13, y los goles no se repetían una vez concretados, en algunos casos, hasta dos o tres días después de producidos, ni siquiera en noticieros) sino que progresivamente, el fútbol resultó la herramienta principal del monopolio futuro, al ser utilizado para comprar canales de TV por toda la extensión del país, para luego ahogar a la competencia.
Aunque hoy parezca la prehistoria, hay que recordar que desde 1991, quienes por ejemplo eran hinchas de algún equipo “chico” y su partido se jugaba el viernes por la noche, en el caso de no llegar a verlo, ya no tenían acceso a las acciones ni los goles de ese equipo hasta el domingo a las 22 en “Fútbol de Primera” en el que apenas se televisaban segundos, debido a que el programa era de fútbol en general, y se centraba en los equipos “grandes”.
En el trayecto del fin de semana, ningún canal, bajo ninguna circunstancia, podía transmitir acciones de los partidos hasta llegar al domingo a las 22 por Canal 13, llegando a situaciones como que un noticiero mostrara imágenes de las tribunas, los vestuarios, pero no lo ocurrido durante los noventa minutos de cada partido.
Este dislate se complementaba los domingos con transmisiones desde los canales de TV cable de jornadas enteras de torneos de fútbol mostrando sólo las tribunas para comentar lo que ocurría en el campo de juego. Muchos recordarán a Carlos Bilardo y compañía con muñequitos o pizarrones para tratar de “simular” la jugada.
No sólo eso: como muchos de esos partidos sólo podían verse por TV de pago (canal TyC Max), mediante abonos o pagos por partido (sistema Pay Per View), el no poder hacer frente a esos pagos determinaba la humillación de tener que quedarse con las simulaciones de los canales sin partidos, que de esta manera, siendo de los mismos dueños del canal del PPV, generaban la necesidad de comprar:
Por ejemplo, ustedes podían sintonizar TyC Sports media hora antes de comenzar el partido que pretendían ver, observar las tribunas, el clima, la salida de los equipos a la cancha, los vestuarios, pero cuando iban a mover desde el medio para comenzar el partido….se cortaba la imagen y le quedaba la única opción de pagar o tragarse la simulación hasta que llegaran las 22 y Canal 13 le diera el “pedazo” de partido que más quisiera, y editara como quisiera. No había otra opción.
Siempre dentro de esta aberración comunicacional, que duró un cuarto de siglo, nada menos, también hubo lugar para la manipulación conceptual del fútbol desde el mismo relator que paradójicamente sigue hoy con el sistema abierto y el fútbol que llega a todos por los canales abiertos.
Algunos aprovecharon el monopolio del fútbol para hundirlo con conceptos futbolísticos que fueron forjando una forma de pensarlo y de sentirlo ligados al eje “éxito-fracaso”, típico de los años noventa en la Argentina neoliberal. Todo valía si era en pos de ganar. No importaba la forma. Hasta el discurso fue bajando de nivel con palabras soeces, que a fuerza de ser repetidas, especialmente por los niños y jóvenes, se hizo común.
Es en esos años en los que se profundizó la necesidad de jugar sin punteros, achicar en el campo de juego fue, por años, “un homenaje a Don Osvaldo Zubeldía”, había que “tener cuidado” contra todo rival, había que “reventar” la pelota (término que no casualmente usan los relatores jóvenes, formados en aquel período), a la pelota “se le entra”, ya no se la patea o acaricia, son “partidazos” los que tienen muchos goles…¡y expulsados! Y tantas otras cuestiones que fueron generando una pérdida de noción de la técnica de juego en desmedro de cuestiones cercanas al negocio, ni hablar de especulaciones concretas sobre arreglos de partidos y corrupciones varias.
Pero seguimos quedándonos cortos. También hubo edición de imágenes, y el público comenzó a especular con torneos arreglados para tal o cual, se enfatizó hacia la gloria de tal y hacia el fracaso de cuál, muchos protagonistas del fútbol se quedaron sin aire por un cuarto de siglo y fueron “mala palabra” por decisión suprema, avalada por la AFA, y festejada por el Estado.
Eran tiempos en los que el presidente Carlos Menem se hacía acompañar por protagonistas e ídolos del deporte para mirar los partidos en pantalla gigante desde su Residencia de Olivos.
Carlos Avila, amo y señor de aquellos tiempos de la TV, aunque aliado al Grupo Clarín (ahora derrotado en la Corte), ahora anuncia su presentación como candidato a presidente de River Plate para las elecciones de diciembre, lo cual puede ser legal, pero a todas luces resulta extraño siendo que supuestamente era neutral en aquellos años monopólicos, algo que no parece ser tema de interés a la prensa deportiva actual, como si lo pasado ya fuera “pisado”.
Siguiendo con la imposibilidad de ver partidos sin pagar, llegamos a lo que fue, más allá de todo lo citado anteriormente, el tema principal durante estos años. Porque si fue grave en Buenos Aires y alrededores, el mal llamado “Interior” del país lo pagó con creces, llegando a situaciones increíbles, propias del realismo mágico.
Porque desde fines de los ochenta, el Grupo Clarín fue comprando canales de TV cable en cada pueblito, en cada ciudad, hasta llegar a totalizar más de doscientas licencias (cuando la ley ahora permite 24, es decir que deberá desprenderse del resto) y aunque en muchos casos, compitió con los canales de cada ciudad, el hecho de disponer de los derechos del fútbol hizo que lo usufructuara en cada lugar para ahogar a su rival hasta destruirlo y a su vez, recomprarlo o dejarlo morir.
Esto aumentó a su vez la monopolización en todo el país y unificó el discurso aberrante, y generó que en todo el interior hubiera que comprar la mayoría de los partidos, o ir a algún bar con TV y pagar una consumición para poder verlos, siempre, claro, con la única voz que se los contaba, con el resultadismo a ultranza.
Así ocurrió, por ejemplo, que muchos argentinos jamás (literalmente) hayan visto a la selección argentina de Marcelo Bielsa o José Pekerman, por lo que su opinión pasaba por la de sus amigos, o los comentaristas de radio o TV, o los periódicos o revistas, pero no por sus propios ojos. Por no poder pagar los cánones que exigía la TV monopólica.
Y por supuesto. No sólo sirvió para cobrar por el fútbol en todo el país (que fue el gran negocio), ni siquiera para esclavizar a los clubes, obligados a firmar por una AFA que por un cuarto de siglo trabajó cómplicemente para los dueños del negocio (aunque ahora se tenga el discurso contrario), y necesitó en cada entidad de algún dirigente que les respondiera y que firmara los contratos a ojos cerrados (muchos dirigentes no conocían siquiera párrafos enteros de los contratos que habían firmado con la TV y llegaron a gastar hasta tres partidas futuras de pago, dejando pesadas herencias a sus sucesores).
El fútbol sirvió, que fue muchísimo peor, para unificar también el discurso político, para presionar al poder político, para que los televidentes no tuvieran demasiada escapatoria y tuvieran que sintonizar los canales del multimedio forjado en los noventa, cuando se le adaptó el artículo 45 para acceder a la TV desde los medios gráficos y la radio, y en los 2000, cuando se le autorizó a la fusión entre Cablevisión (que ya se había tragado a VCC) y Multicanal.
Todo aquello tuvo ayer su último capítulo, cuando la Corte Suprema determinó que habrá que recular y que el Grupo Clarín, que fue torciendo el brazo de cada canal del interior, que impidió ver a la selección argentina en tantos puntos del país, que manipuló y formó opinión a partir de una situación de privilegio, deberá adecuarse como uno más y cumplir con la ley como cualquier hijo de vecino.
Cuál será la política de Estado a futuro, si será equitativa o no, si las licencias serán otorgadas a los que las merecen, si habrá la pluralidad declamada, si habrá suficientes oferentes, si la calidad informativa o mediática será la buscada, son todos temas a debatir desde hoy, pero en todo caso, son otros temas.
Lo claro, lo nítido, es que la decisión de la Corte Suprema de ayer le abre las puertas a una mayor democracia en la Argentina y se hizo Justicia a un hecho largamente esperado: la democratización de los medios de comunicación. Y por eso, el de ayer fue un gran día.

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