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sábado, 12 de abril de 2014

La melancolía argentina en el Barça



Los argentinos solemos tener eso que resulta muchas veces inexplicable para nosotros mismos. Eso que nos hace caminar por cualquier lugar del mundo sin complejos y al rato, a los pocos momentos, una añoranza que basta un clic en la mente para que aparezca, una cuestión sentimental.

Aquella imagen de Carlos Gardel en la proa,  con los nubarrones, tras un éxito rotundo y la fama en lo más alto pero deseando “volver”. “Errante en la sombra, te busca y te nombra”.

En el Barcelona, mucho de eso está ocurriendo ahora mismo. Los problemas institucionales de calado (el caso del fichaje de Neymar y la rauda salida de Sandro Rosell de la presidencia, el conflicto por el fichaje de juveniles del exterior con la FIFA, la lesión de Víctor Valdés y Gerard Piqué sin haber previsto un mayor recambio, un referéndum para renovar el Camp Nou llamado por una comisión de transición) han desbordado al plantel, y especialmente al entrenador argentino Gerardo Martino.

Johan Cruyff, gurú del Barcelona y una de las figuras de más peso en su historia, no tiene un pelo de tonto. Sabe cuándo hablar y qué decir y a quién pegar. Y apareció en esta semana para señalar algo que no es nuevo, pero que ahonda el problema futbolístico. Dijo el holandés que Martino “no manda porque desde hace cuatro años nadie manda en el vestuario, porque lo maneja la directiva”.

Y ese es, en lo futbolístico, el nudo gordiano de la melancolía del Tata. No por nada, alguna prensa catalana estudió (parece demasiado rebuscado pero se entiende el sentido) en los ojos del rosarino cuando apenas al terminar el partido en el Vicente Calderón, dio una entrevista al borde del campo de juego con el cronista del canal de la TV con derechos y éste le preguntó por el ambientazo y su similitud con las canchas argentinas. Se le iluminaron de otra manera, pocos días después de que dijera en una conferencia de prensa que en la Liga Española “se habla poco de fútbol así que cuando vuelva me voy a callar por todo lo que decía en Argentina”. Cuando vuelva….

Martino está desbordado porque Barcelona no es Newell’s Old Boys y tiene una imagen hacia el mundo y en particular en la Argentina (ahora algo dañada pero no como para perderla) que no es la que tiene internamente, en especial en los últimos dos años, que va carcomiendo sus cimientos.

Por empezar, tiene un presidente (Josep Bartomeu) que hace todo lo que puede y con bastante oficio, pero que no es el que fue votado en elecciones y que junto a otros directivos bien podría saltar también por el Caso Neymar en la Justicia. Y aún así, llaman a un referéndum para remodelar el Camp Nou, acude poco menos de 40.000 socios sobre más de 150.000 y se lo llama “éxito de convocatoria”.

Ya bajando en la estructura, hay un director deportivo como Andoni Zubizarreta que no previó situaciones como lesiones de Valdés o Piqué, sin recambio, que habiendo siendo arquero internacional, presentó un informe sosteniendo que Thibaut Courtois no reunía las condiciones (sic) para jugar en el Barcelona o no recomendó fervientemente que Oier Olazábal jugara un poco más para no estar en la situación de hoy.

Martino ve como todo se desbarranca, como no es nada de lo que le contaron, que las cosas son diferentes con la dirigencia, el club, la Federación, la FIFA y hasta la prensa. Y entonces, no es como se imaginó en aquel vuelo apurado para hacerse cargo del equipo con toda la ilusión.

A Martino le fue muy bien en todos lados hasta aquí. En Newell’s, de pelear por no descender hasta ser uno de los mejores campeones de los últimos años, dejando huella, un estilo. Antes, con otro sistema, llegó lejos con Paraguay, en el Mundial, en la Copa América, en la clasificación mundialista. Y antes de Paraguay, le fue excelente en el Libertad.

Cierto, Barcelona es distinto, es Europa, pero el problema no parece estar allí sino en el interior del club y al mismo tiempo, en un intento tal vez demasiado profundo, de cambiar algunas cosas en el sistema de juego, a sabiendas de que el paso de los años va desgastando lo que tanto deslumbró y todo ciclo se renueva a tiempo o se apaga (si al Tata le gustara Vox Dei, que imaginamos que sí por ser de nuestra generación, recordaría aquello de “todo tiene un final, todo termina”).

Y el Tata quiso agregarle contragolpe a un equipo que no usaba este concepto desde hacía años, que cuando un jugador se adelantaba al resto, esperaba la compañía para generar una nueva posesión de balón. Quiso agregar el saque largo desde el arquero. Imposible. Es 4-3-3. Quiso probar jugando con cuatro “jugones” de visitante. Es que es 4-3-3. Quiso jugar con Messi, a veces, por la derecha, para generar más llegadas de otros. Imposible, es 4-3-3 y Messi de “falso nueve”. Quiso…..imposible. 4-3-3. Aquí es 4-3-3.

Y comenzó a suceder que ya no era tan claro a qué jugaba el Barcelona. Y coincidió, por si fuera poco, con un año extraño, excepcional, para Lionel Messi, el mejor jugador del planeta por sideral distancia con respecto a todos los demás.

“Ha habido algún momento o algún gesto con el que he pensado “éste nos hace ganar hoy”. Te cruzas una mirada, lo miras y te dices: lo gana. Él ha de estar convencido de que vamos bien para sentirse así”, dice Josep Guardiola  en un párrafo del notable libro “Messi”, de Guillem Balagué, de reciente aparición en España. Y lo está diciendo todo. ¿Y si lo aplicamos a este Barcelona, o al partido de Valladolid, o el del Vicente Calderón?

Hoy, Messi no parece estar demasiado a gusto. Por los problemas citados, por su propio contrato interminable, por el caso Neymar, por notar el desmoronamiento del equipo, por el trato a su amigo José Manuel Pinto (a quien se le habría comunicado ya que no será tenido en cuenta para la próxima temporada y se iría a la MLS estadounidense), por estar separado de Andrés Iniesta en el juego.

Es, como dice muy bien Guardiola, que Messi necesita otro clima, otro juego y hoy, oh melancolía (como canta Silvio Rodríguez), eso lo encuentra en la selección argentina y más, en un año mundialista, su gran objetivo, su objetivo más preciado de la temporada y de los últimos años. Quien no entienda eso, no está entendiendo a Messi.

El periodista Rodolfo Chisleanschi lo escribió a principios de año 2014 en “El País” y rápidamente la usina salió a cazarlo, cuando tituló su artículo “Olvídense de Messi” y hoy, el genio, aún cuando está a pasos de los 40 goles en la temporada, añora esos momentos del mate en la concentración, las bromas con el Kun Agüero, el olorcito a asado, el clima premundialista.

Messi también tiene su melancolía, acaso no la del Tata sino la propia, distinta, pero a flor de piel.

Y eso es hoy este Barcelona adentro de la cancha. Un equipo que se queja del césped del Calderón. Sin recambio, sin haber mantenido tampoco el mejor esquema posible para su juego, sin claridad de conceptos y sin manejo de las situaciones.

En el Calderón había que ganar ante un equipo como el Atlético que le había encontrado la vuelta en los cuatro partidos anteriores. Era claro que con cuatro volantes y mucho toque, sería inofensivo para un conjunto aguerrido, que tiene como fuerte el agruparse atrás y marcar. Había que abrir esa defensa y una de las mejores fórmulas para eso, de acuerdo al manual, son los extremos. Era para Pedro y para Alexis. Una vez más, fue para Cesc y Neymar.

El Barcelona comenzó a perder el partido allí, y en lo de decir la palabra “fracaso” de manera reiterada, aunque sea por la negativa. Ya le pasó a Ricardo Lavolpe (una máquina de hacer lo posible para perder) en aquel increíble paso por Boca Juniors en 2006. Le pasa ahora a un Tata desconcertado.

La melancolía argentina es parte importante de este Barcelona, que se debate ahora cómo salir de este atolladero y no terminar en seco una temporada demasiado compleja.

 

 

 


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