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jueves, 12 de febrero de 2015

Ceremonia en la intersección (Por Marcelo Wío)


Sus padres supieron, desde la primera vez en que los vieron mirarse, con un deseo que aún a esa edad dejó mostrar sus filamentos entre los párpados. Supieron que nada, que absolutamente nada torcería ese entramado de afinidades, complicidades, pulsiones, voliciones que entre ella y él se tendía como una red de seguridad o una trampa de obligaciones y compromisos – entones, nadie se animaba a colegir destinos. La única certeza unánime es que aquellos dos, más temprano que tarde, terminarían por arrimar sus ansias por el otro.

La idea fue del padre de ella, y más fruto de la resignación – al parecer, ésta es un dudoso privilegio para el padre de la novia, la chica, la mujer en cuestión – que de cómputos y ambiciones futuras.

El padre de él sólo asintió. Marcial Santorini, el verdulero del pueblo, dijo que el padre de ella intentaba envolver lo telúrico – lo carnal, qué tanto -, con un aura de ceremonia, es decir, de sacralidad. Pero – sentenció -, eso no quita que a la nena se la van a hacer mujer… Por su parte, Abelardo Troncoso, el almacenero, opinó que todo seguía una lógica inapelable: con la pasión que esos dos vienen acumulando desde que se vieron, se midieron, y se infestaron de ganas, y las coordenadas atinadas en las que se pretende llevar a cabo la cuestión… qué quieren que les diga – les dijo a los parroquianos del bar Los Coliflores -, el éxito de la operación está asegurado.

El asunto estaba en boca de todo el pueblo porque ello fue imprescindible: la cuestión… el acto amatorio, debía llevarse en la vía pública; más precisamente, en la intersección de dos calles. Para ello, era preciso cerrar las calles en las cuatro esquinas anteriores a esa intersección, y asegurar un perímetro razonable de intimidad. Perinelli, el alcalde sugirió rodear la intersección de las calles, ese cuadrado de asfalto y alquitrán, con sábanas. La idea fue votada por mayoría absoluta en el consejo deliberante.

Así pues, ella y él, habitados de nervios e impaciencia, se encaminan al territorio delimitado por ese círculo imperfecto de sábanas de diversos tonos de blanco, donde algún considerado ubicó un colchón. Ella y él, temblando de emoción y juventud hacia la intersección de Messi y Mascherano.

Él viene caminando por Mascherano, ella por Messi. En las esquinas equidistantes, no sólo sus padres, sino el pueblo, mascullan la esperanza de que de ese encuentro largamente anunciado, en esa encrucijada que se estima favorable, surja el nombre que ubique a al pueblo en el mapa – en el que sea -, piensan unos; que nos saque de la miseria y de este pueblo, anhelan los padres de los jóvenes.

Mucho peso para dos espaldas tan nuevas en eso de cargar expectativas.

Ella y él hacen los que anduvieron imaginando, anhelando, codiciando… Torpes y obsequiosos, temblando de nervios y de fogosidad. Olvidados de las sábanas, de las esperanzas de los padres, de las jaculatorias del pueblo, ella y él hacen sin pensar en los nombres quietos en los carteles que indican las calles. Hacen lo que tantos  han hecho antes, lo que tantos harán después: sin misterios ni magias, puras ganas de darse.

Y quizás, con un poco de suerte, las células de uno y una anden entreverándose en una dialéctica de acuerdos que confluyan en la creación de la próxima estrella de la selección nacional de fútbol. Pero así como están ellos, a saber la cantidad de esfuerzos horizontales que están ocurriendo en toda la geografía de camas, automóviles, ascensores, baños, oficinas, descampados y demás escenarios; lo que disminuye las posibilidades para ella y él de que el hijo etcétera, a la vez que aumenta las probabilidades de la selección de tener un nuevo crack en unos dieciocho y veinte años.


Como sea, ella y él, tienen mucho que agradecerles a Messi y a Mascherano. O al concejal al que se le ocurrió nombrar las calles con esos nombres.  Lo que hubiera sido un drama familiar en casa de ella, se ha convertido en un rito propiciado y aplaudido…

Quizás, después, de todo, esta intersección tenga algo… peculiar, dice él, transitado de sudor y sobrecogimiento; ella sonríe y le revuelve el pelo: quizás…

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