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viernes, 27 de febrero de 2015

La invención de las mujeres de Tioman (Un cuento de Marcelo Wío)



Cuando los primeros humores sobrevenían a las muchachas de la isla de Tioman, comenzaban un aplicado período de adiestramiento en las artes de la concupiscencia carnal para satisfacer los apuros masculinos. Las habilidades eran tan exquisitas e hipnóticas, que pronto una mujer advirtió el poder de tales artes: el control absoluto de los hombres y del devenir de la isla.

El concilio de mujeres condensó algunos de los saberes – estimaron prudente omitir los secretos trascendentales, que se transmitían oralmente - en un libro. Se dice que el comerciante hindú Sutra, que fue empujado a las costas de Tioman (alrededor del 235 d.C.) por una conspiración de vientos e impericia, robó un ejemplar y lo llevó devuelta consigo a la India, donde se convirtió en un éxito editorial.

A instancias de Soo, las mujeres fueron susurrando, en los momentos  oportunos, la imposición de su voluntad. Gradualmente, los hombres fueron relevados de sus cargos y relegados a posiciones de decorativas e intrascendentes, obnubilados por el poder retórico y persuasivo del erotismo experto femenino.

La sucesora de Soo, Gavintra, se percató que ese estado de cosas no podía durar mucho tiempo: cada vez era más el tiempo que las féminas debían dedicar (malgastar) a mantener a los varones en ese estado de resignada docilidad. Gavintra pertenecía a una generación de funcionarias que no habían pasado por los trances del adiestramiento sexual; en su lugar, había sido educada en las artes de la política, la conspiración y la manipulación. 

No resulta extraño, pues, que fuera ella quien inventara el sistema para mantener a los hombres absortos en lo irrelevante – de una forma más general, masiva y simultánea. El erotismo quedaría reservado, en lo sucesivo, a situaciones primordiales puntuales.

Gavintra denominó a dicho sistema, Obat bius. La mujer lo había diseñado de manera minuciosa: un juego en el que un equipo enfrentaba a otro durante noventa minutos (sin descanso). Cada equipo formado por once hombres, uno de ellos (por equipo, se entiende), encargado de impedir que se anotaran puntos rivales en su meta (un semicírculo con una red). 

Los otros diez, defendían y atacaban, según el momento del juego, utilizando sólo sus pies. Gavintra, conocedora de la psicología de los machos, sabía que el sistema terminaría atrayendo más a los espectadores que a los propios jugadores. Para ello, dispuso un torneo en el que participaban siete equipos. Durante el primer año, la demanda sexual masculina disminuyó en un veinte por ciento. Al quinto año (con un torneo, o liga, como comenzaron a llamarla, de 12 equipos), los requerimientos sexuales habían disminuido en un setenta y tres por ciento.

Un aventurero pagado por la dinastía china Qin para buscar novedades allende el territorio imperial, llevó noticias al continente de este método de control de masas. Los funcionarios, siguiendo las descripciones del enviado, e introduciendo algunos cambios que, dijeron, se adaptarían mejor a las idiosincrasias locales, crearon el Cuju.

Mucho tiempo después, durante las llamadas guerras del opio (vaya ironía), un soldado inglés se familiarizó con el Cuju. En una misiva a un amigo – fechada en 1839 -, el cabo le explicaba detalladamente el juego. A partir de ahí, esa confabulación femenina nacida en una pequeña isla asiática se extendió favorecida por la ignorancia y el descuido de los hombres. 

No se confunda quien crea que el juego está dirigido, controlado, por hombres. Aquellas mujeres siguieron cultivando – y acrecentando - las artes amatorias. Son ellas las que, entre espasmos, convulsiones y clímax, instalan una orden musitada, que no requiere de largos enunciados – la maestría del decreto sucinto es uno de los secretos no incorporados al compendio de técnicas por parte del concilio de mujeres.


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