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martes, 8 de marzo de 2016

La gran idea de Cardenio (Un cuento de Marcelo Wio)



Las grandes ideas, proponía Platón, suelen surgir de momentos mínimos, de indicios exiguos que desatascan una vía de razonamiento que, tienendo todos los elementos necesarios, por un entrar en una resonancia monomaníaca, no podía progresar en ver lo que ante los ojos ya se le insinuaba.

De donde nacen las grandes ideas, advertía el filósofo, también suelen nacer otras que, fingiéndose tales, conducen por caminos muy distintos de aquéllas. Suelen darse en sujetos que no disponen de los ingredientes de la razón necesarios para desempeñarse correctamente en el área que ejercen.

Este último, era el caso de Cardenio Pliego Mancebo. Cardenio había deambulado por la vida como director técnico de fútbol. Había dirigido en la mayor parte de los pequeños equipos de la estepa patagónica, disimulando su ineficencia a base de kilómetros, areniscas y falta de comunicación entre las varias ligas que entonces había por allí. Llegaba portando un currículum mentido que hablaba de experiencias europeas y porteñas.

Así anduvo años, de un lado a otro, durando en un equipo lo que tardaban en desengañar a directivos y público los resultados, y a los jugadores sus métodos – o, más bien, la falta de éstos -. Viajaba en un DeSoto S8 de color marrón, bastante castigado.

Fue en esos interminables viajes entre la última decepción y la siguiente oportunidad, que, surcando esas inmensidad de nadas, se le ocurrió el método. Su método. Una ganzúa para entrarle a la posteridad del fútbol por donde menos se lo imaginara.

El fútbol, comenzaron a andar y aparearse sus razones o lo que fuera que habitaba en el intelecto de Cardenio. Se refería, pues, que esos elementos del raciocinio, fueron coagulando una idea: el fútbol era una cuestión de espacios, de saber usufructuarlos, de manejarlos, de administrarlos. 

El fútbol era como el Go, se dijo en un arranque de lo que tomó por genialidad, mientras orinaba al costado de la ruta, protegido del viento por el De Soto, y dibujaba, con el chorro tembleque, una “c” sobre la arenisca. El fútbol era territorio: posesíón y defensa del terreno, de zonas, regiones. Pero, conjeturó, si uno entrena en estas canchas mínimas en las que se dirime el partido, jamás podrá llegar, ya no sólo a aprehender la noción territorial del juego, sino que no podrá adqurir las condiciones físicas y técnicas que se requieren para jugar al fútbol como hay que jugarlo.

En su camino – hubo de adentrase hacia la región pampeana, pues no quedaban muchos clubes que hubiesen prescindido de sus servicios - se cruzó un pueblo al que le habían puesto el nombre del equipo de fútbol que fundaron sus primeros pobladores – de hecho, dicen sus vecinos, que el pueblo vino después, que unos viajantes se cruzaron con otros en la ruta y se desafiaron (o ya venían desafiándose de hace años) y jugaron allí un partido y vaya a saber cómo, o por qué (la versión más extendida dice que luego del partido descubieron acuerdos y fraternidades y esas cosas que seguramente llegaron por mediación de algún brebaje, y que para festjar) fundaron el Atlético Coincidencia. A medio kilómetro del pueblo un cartel que desafiaba el ridículo, anunciaba: Coincidencia.

Hacía años que el equipo no tenía entrenador. Así que a todos les pareció razonable lo que pedía Cerdenio (incluso, visto el currículum que traía, lo juzgaron un pingüe acuerdo) – que se había acostumbrado a requerir un cuarto y dos comidas al día -. Sólo tenía una exigencia (nueva) que no admitía discusión: precisaba utilizar una gran porción de algún campo razonablemente plano. Quería trazar un terreno de juego unas dos veces mayor que el reglamentario para entrenar física, técnica y tácticamente a los jugadores, en el uso, utilización y ocupación del espacio, del terreno y el balón.

Al tiempo comprendió que para que los jugadores tuvieran una visión más acabada de su idea, había que ampliar, nunca mejor dicho, los horizontes. Trazaron las líneas de cal que delimitaron un campo de juego unas cinco veces mayor que el reglamentario. 

Los jugadores deabulaban en soledades incomprendidas. El balón, un elemento inútil, impotente. Quien cree haber tenido una idea brillante – y cuando esta es la última carta que le antepone al destino -, es difícil, o imposible, caerse del lecho que ésta ofrece. 

Así, a todo contratiempo, Cardenio sólo veía como solución una huída hacia adelante: aumentar los límites, aumentar la idea. Cada vez fue trazando líneas que contenían un territorio mayor. Hasta el momento en que fue incapaz de regresar al pueblo – norte y sur eran conceptos ridículos en esas inmensidad monótona. 

Hacía días que no veía a ninguno de los jugadores (no lo sabía, Cardenio, pero hacía días que ninguno de los jugadores tampoco veían a ningún otro miembro del equipo: absurdos, ora caminaban, ora se sentaban sobre el pasto rudo, dormitaban, ensayaban algún trote, desesperados, ya no por regresar al pueblo, sino por controlar terreno).


Tuvo Cardenio la tentación de pensar que había fracasado antes de quedar dormido. 

Pero no cayó en ella. Antes bien, alcanzó a vislumbrar (más sueño que reflexión), que en realidad no había encontrado un método, meramente, sino el juego absoluto, que se juega toda la vida con uno mismo.

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