miércoles, 28 de marzo de 2018

Un cachetazo previsible para un equipo sin Plan B (Jornada)




En enero de 1947, San Lorenzo de Almagro, brillante campeón argentino del año anterior, con aquella fantástica delantera de Imbelloni, Farro, Pontoni, Martino y Silva, goleaba sin piedad a la selección española (tercera en el Mundial de Brasil 1950), en una gira por el país ibérico, 7-5 y 6-1, con marcadores que parecen más de tenis que de fútbol.

Era la época dorada del fútbol argentino, cuando los españoles nos temían y admiraban ese juego tan creativo, alegre, desinhibido, desafiante, cuando el equipo albiceleste dominaba en los torneos sudamericanos aunque tenía pocas posibilidades de cotejar con los europeos.

Hoy, es el mundo al revés. La selección argentina no sólo fue derrotada anoche en el nuevo estadio Wanda Metropolitano del Atlético Madrid por 6-1 ante una España de gran porte, solidez y brillantez en sus ejecutantes, sino que fue humillada a menos de ochenta días para comenzar al Mundial dando una imagen irreversible de su juego colectivo y la sensación de que desde ahora, todo depende casi exclusivamente de lo que su genio ausente ayer, Lionel Messi, pueda generar desde sus pies.

Si el director técnico Jorge Sampaoli –que bien pudo presentar su renuncia porque un resultado como este con una selección como la argentina es decididamente saca técnicos- tiene cierto sentido de realidad, seguramente tomará debida nota de lo ocurrido ayer y que no se trata sólo de confeccionar una lista de veintitrés jugadores para el Mundial de Rusia sino de pensar un sistema que tenga ejecutantes a su altura y no lo que él desearía sino lo que pueda ser posible.

La selección argentina se dio anoche ciertos lujos que no puede darse con este presente. Que Messi se lesione es algo que puede ocurrir, en tanto humano –aunque a veces no lo parezca, ante tanta genialidad- pero que no haya Plan B, que en este caso es claramente un Paulo Dybala que ni siquiera fue citado, y ante uno de los tres mejores equipos del mundo, ya es una temeridad, y lamentablemente no sólo el resultado sino lo ocurrido durante el partido, lo corroboran.

Este equipo argentino es un mar de dudas. Apenas garantiza cierta posibilidad de llegada si en la cancha tiene a Messi, y puede juntarse con Sergio Agüero y Ángel Di María (ambos otra vez ausentes por nuevas y preocupantes dolencias), mientras que Gonzalo Higuaín, seguramente por razones psicológicas, no convierte con esta camiseta los goles que sí consigue con las de sus equipos.

Pero la salida desde atrás no parece firme (salvo por Nicolás Otamendi), los dos laterales –Fabricio Bustos y Nicolás Tagliafico- dejaron mucho que desear, y el mediocampo es un enorme signo de pregunta tanto en rendimientos individuales como en lo colectivo.

Sampaoli probó con cinco mediocampistas, unos más adelantados que otros, para tratar de quitarle la pelota a uno de los equipos que no sólo mejor la administran como España, sino que al ser corto, se refuerza en cada parcela y ejerce superioridad numérica o ejerce una presión insostenible.

Se entiende que Sampaoli haya pensado que de meterse todos atrás, la goleada vendría seguro. Pero ahora comprobó que de salir jugando, ante semejante rival, también. No por nada hay tanta diferencia de años de trabajo (unos doce) y en muchos puestos de la cancha, de calidad técnica, todo lo contrario que en aquellos años cuarenta.

Para la selección argentina, ahora, llega el momento de leer bien la realidad. Es un equipo con poco trabajo, con algunos caprichos, en el que los jugadores mandan excesivamente, en el que algunos ya han cumplido un ciclo (como Javier Mascherano, demasiado lento en sus movimientos), que  tiene cracks en algunos pocos puestos, y que está muy lejos de las grandes potencias.

Y conste que si citamos los que faltaron en Argentina, no hemos señalado aún que en España no estuvieron el mejor cinco del mundo, Sergio Busquets, y uno de los mejores creativos, David Silva.

Desde estas líneas hemos afirmado el pasado lunes que el compromiso que valía de verdad era el de ayer. Y quedó claro dónde está parada la selección de Sampaoli. Y cada vez aparece más Messi-dependiente. Pero es hora de pensar en Planes B y en apuntar a determinar a qué se quiere jugar, como sí lo sabe desde hace rato España, como lo sabían aquellos jugadores argentinos de los 40.



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