El japonés
Shinzo Kanakuri, considerado el padre del Maratón en su país, fue protagonista
de una increíble historia olímpica que comenzó en los Juegos de Estocolmo en
1912 y terminó cincuenta y cinco años más tarde en la misma ciudad, cerrando el
círculo de una serie de hechos fantásticos.
Kanakuri, nacido
el 28 de agosto de 1891, apareció en el mundo del atletismo en el momento justo
y en el lugar adecuado. Fue cuando el educador japonés Jigoro Kano, considerado
el “Padre del Movimiento Olímpico” en su país y entonces director de la Escuela
Nacional Superior de Tokio (actualmente la Universidad de Tsukuba) desempeñó un
papel crucial en la promoción del judo.
En
reconocimiento a sus logros en el campo educativo fue que el Barón Pierre de
Coubertin, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), le propuso a
Kano, en 1909, que fuera el primer miembro asiático del organismo y el nuevo
dirigente fundó la Asociación Deportiva Japonesa y organizó una clasificación
para los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912, que consiguieron dos atletas, el
velocista Yahiko Mishima y el maratonista Shizo Kanaguri. Era la primera vez
que una delegación japonesa iba a participar de los Juegos Olímpicos.
Kanaguri era
considerado como uno de los grandes favoritos para ganar la competencia
olímpica porque llegó el dato de que en esa clasificación de noviembre de 1911
consiguió un tiempo de 2 horas 32 minutos y 45 segundos, que era récord
mundial, aunque no hubo una medida oficial y algunos sostenían que su marca
había sido sobre 40,23 kilómetros y no sobre los 42,16 necesarios.
Lo cierto es que
Kanakuri y Mishima (1886-1954) fuero los dos únicos atletas que representaron a
Japón en Estocolmo, y recibieron una considerable presión para cumplir con una
buena performance por parte del ambiente deportivo y la prensa.
El viaje a
Estocolmo, en aquel tiempo, no fue nada sencillo. Primero tomaron un barco y
luego un tren en dos semanas que utilizaron para mantener su forma física
haciendo ejercicios donde podían dentro de los transportes e incluso
aprovechando cada parada para bajar y correr los minutos que se pudieran.
En ese viaje,
Kanakuri también tuvo que asumir otro deber que no estaba previsto cuando
Mishima cayó enfermo, mientras continuaba con sus ejercitaciones, siempre,
además, con el prurito de no beber demasiado porque se consideraba que la
transpiración era sinónimo de cansancio.
En aquel maratón
del 14 de julio de 1912 se impuso el sudafricano Kennet McArthur, con una marca
de 2 horas 36 minutos y 55 segundos, que fue registrada como nuevo récord
olímpico a pesar de que la distancia de la carrera era casi dos kilómetros
menor a la de los Juegos de Londres en 1908, y participaron 68 atletas de los
que sólo 35 llegaron a la meta, debido a que la temperatura era muy alta, unos
32 grados.
Kanakuri había
decidido llevar unas zapatillas de tela japonesa tradicional llamada “Tabi”, e
intentó reforzar su calzado con una tela rugosa, pero que fue ineficaz para
proteger a sus pies de las piedritas y desechos que se fue encontrando en todo
el camino del maratón.
A esto, al
atleta japonés se le sumó aquella idea de no beber mientras corría para no
transpirar, sumado a que en algunos casos se ingerían pequeñas dosis de
estricnina. Se desconoce por cuál de las causas, pero Kanakuri se desvaneció en
la mitad de la competencia y terminó asistido en una casa de una familia
acaudalada, que le dio de beber y le ofreció ropa.
Al cabo de una
hora, ya recuperado, desistió de continuar compitiendo, por lo que abordó el
tren y encontró un hotel en el que se hospedó hasta dar con el barco que lo
llevó de regreso a su país, desde donde envió a sus huéspedes suecos un pergamino
con una extraña escritura japonesa como agradecimiento, algo que la familia
guardó por siempre como un tesoro.
Entre los
corredores que no llegaron a la meta en esa competencia, hay que contar al
portugués Francisco Lázaro, que murió a la mañana siguiente luego de permanecer
inconsciente a 8 kilómetros del final y con una temperatura corporal de 42,1
grados con evidentes síntomas de deshidratación, y luego se descubrió que había
recubierto todo su cuerpo de cera para luchar contra el golpe de calor,
Kanakuri se
sintió avergonzado por haber tenido que renunciar a seguir compitiendo, al
punto de que nunca informó a los responsables olímpicos acerca de su abandono
ni tampoco comunicó que había regresado a su casa, por lo que su ausencia fue
denunciada a la Policía –que hizo un rastrillaje- y desde ese momento figuró
como desaparecido.
Aún seguía en el
mismo status pese a haber participado, representando a Japón en los Juegos de
Amberes 1920 (en los que fue decimosexto con un tiempo de 2 horas 48 minutos 45,4 segundos) y en los de
París 1924 (no pudo terminar la competencia) y hasta debió estar también en
Berlín 1916, pero este evento fue suspendido por la Primera Guerra
Mundial. Por 50 años, Kanakuri siguió
siendo un desaparecido en los archivos suecos.
Tras su regreso
de la frustrada experiencia sueca, Kanakuri fue un divisor de aguas. Fue
severamente criticado en algunos medios y él mismo llegó a escribir en un
diario hasta qué punto sentía vergüenza por lo ocurrido. Sin embargo, recibió
elogios de otros sectores por haber sido capaz de correr con los mejores del
mundo pese a la mala preparación y los obstáculos del viaje (él tenía en ese
entonces 20 años y se preparó un año).
Finalmente, se
convirtió en un personaje clave en las carreras de larga distancia en Japón y
jugó un papel fundamental en el desarrollo de la carrera de relevos “Ekiden”
desde Tokio a “Hakone College”, diseñada para estudiantes a la que se le
atribuye la popularización de las competencias de larga distancia en Japón, por
lo que a Kanakuri se lo reconoció como “El padre del Maratón”.
Cuando se retiró
en 1924, se convirtió en profesor de geografía, pero desconocía que al mismo
tiempo, en Suecia, se había convertido en una leyenda urbana, conocido como “el
maratonista desaparecido”, hasta que en 1962, un periodista sueco descubrió que
aún vivía y se lo comentó a las autoridades del Comité Olímpico Sueco y en
1966, la “Sverige Television” (Televisión Sueca) lo rastreó nuevamente yendo a
buscarlo hasta Tamana, en la prefectura de Kumamoto. Tenía entonces 75 años y
disfrutaba allí de su retiro.
Cuando el Comité
Olímpico descubrió en 1967 que su nombre aparecía en un listado de hombres de
negocios que buscaban fondos para enviar a los atletas suecos a los Juegos de
México 1968, sus dirigentes idearon un plan: ¿por qué no dejar a Kanakuri
terminar de recorrer aquella maratón inconclusa en 1912 delante de los medios
del mundo entero y de paso, llamar la atención y buscar sponsors para la causa?
Lo invitaron a Suecia con el pretexto de participar en los festejos de
conmemoración de los 55 años de los Juegos de 1912. Y el japonés aceptó, pese a
la rareza de la propuesta, feliz de regresar a Suecia.
Recién cuando
Kanakuri puso los pies en el país, los responsables le informaron de la “trampita”
y de lo expandido de su leyenda -incluso se decía en Suecia que seguía
corriendo por tantos años por no encontrar la meta, una especie de “Forrest Gump”
japonés-.
El 20 de marzo
de 1967, a los 76 años y con el estadio repleto, Kanakuri corrió frente a las
cámaras e hizo el sprint de los últimos cien metros, bajo una ovación. Al
finalizar, los representantes del Comité Olímpico Sueco suministraron el tiempo
total de su recorrido, desde los inicios en 1912,a hasta su final en 1967, y se
lo entregaron a la prensa: 54 años 8 meses 6 días 5 horas 32 minutos y 20,3
segundos, y lo invitaron por si quería decir unas palabras por haber marcado el
récord del maratón más lento de la historia.
Kanakuri pensó
un instante, se arrastró como pudo hasta el micrófono debido al cansancio, y
dijo: “Fue un largo viaje. En el camino me casé, tuve seis hijos y diez
nietos”. Falleció el 13 de noviembre de 1983 a los 92 años y fue uno de los dos
atletas que sentaron el precedente para la participación de Japón en los Juegos
Olímpicos, en los que ocupa el histórico undécimo lugar en las posiciones, con
439 medallas obtenidas hasta los Juegos de Tokio que se llevan a cabo
actualmente.
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