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viernes, 17 de septiembre de 2010

El Arsenal inglés está demasiado lejos (Jornada)



Desde Londres,

Al regresar del nuevo estadio del Arsenal, el Fly Emirates, en el corazón de Londres, la sensación más profunda no tiene tanta relación con lo impactante de su arquitectura o todo lo que involucró su construcción (desde el Feng shui hasta el césped traído desde Holanda, o un sistema de riego japonés), sino la de la enorme distancia que existe hoy, en todos los sentidos, entre la Premier League y el fútbol argentino.

La primera extrañeza aparece ni bien llegar con el metro Piccadilly Line a la mismísima estación “Arsenal”, que conduce, en muy pocas cuadras, al nuevo estadio, estrenado en 2006, separado por pocos metros del anterior, templo de las grandes hazañas del equipo hasta el 7de mayo de ese año. Allí, para poder acceder a la calle, habrá que atravesar un pasadizo a cuyo costado hay un enrejado que en los días de partido agiliza el paso de los que no tienen que ver con el fútbol o separa a los transeúntes de cualquier posibilidad de violencia. Es decir, ya de movida hay previsiones.

Pero queda lo mejor. En la parte oeste, en la puerta S, y tras pagar 15 pounds (90 pesos al cambio), cada media hora, un jovial David Duncan, dirigente del club en camisa de manga corta y corbata, liderará un tour impresionante por el estadio, al que acceden grupos de cerca de cuarenta personas.

Duncan nos cuenta que el principal motivo del cambio de estadio en 2006, tuvo que ver específicamente con la escasa capacidad que tenía Highbury y que entonces Fly Emirates permite recaudar el doble de dinero y aún más, porque buena parte de los palcos permiten acceder a Internet, a champagne y a comidas de excelente nivel que los camareros traen directamente desde el sofisticado restaurante de la mole.

Las cifras que recauda un Arsenal a estadio completo no sn posibles ni siquiera de pensar en la Argentina, pero no queda allí. Duncan relata entonces que más allá de que buena parte del estadio es techada, los arquitectos lo diseñaron de tal forma, que puede llover entre cuatro y cinco días y no sólo no embarrarse el césped de primer nivel, sino que en los techos hay unas canaletas especiales que se encargan de recoger el agua y utilizarla para un drenaje especial.

Pero eso no alcanza. El entrenador del equipo, el francés Arsène Wenger, quien dirige al equipo desde el 30 de setiembre de 1996 (en estos días se cumplen catorce años en el cargo, y aún está lejos del escocés sir Alex Fergusson, que lleva veinticuatro en el Manchester United), participó en la construcción del estadio como asesor en materia futbolística y con nociones de psicología y de Feng shui, que aprendió en Japón.

Wenger, que habla seis idiomas (entre ellos el japonés), asesoró para que los jugadores rivales deban atravesar una zona en la que aparece grande el escudo del club y entre otras inscripciones, una que dice “respect the referee” (hay que respetar al árbitro), y el vestuario local, un auténtico lujo con todo tipo readelantos, tiene forma ovoide para que el técnico no necesite levantar la voz para que todos los jugadores lo puedan escuchar desde donde estén, a partir de dos nociones que consideró claves: “concentración y comunicación”. De todos modos, la taquilla del capitán, el jugador más joven en ponerse la camiseta del Arsenal en su historia, el catalán Francesc Fabregas (Cesc, campeón mundial con España en Sudáfrica), está justo en la línea directa al entrenador en el momento de la charla técnica.

Desde ya que los jugadores se sientan sobre unos cojines especiales, que logran acomodarlos para que la madera no termine con sus energías.

Todo está absolutamente pensado, y el propio Wenger, en corbata, aparecerá con la misma serenidad que en los partidos, para contarle al grupo visitante, por la TV, su idea y darle la bienvenida en nombre del club.

Wenger, a esta altura, es considerado uno de los grandes hombres de los “gunners”, sólo comparable a su mejor dirigente y al hombre que hizo grande no sólo al Arsenal sino al fútbol inglés, Herbert Chapman.

Desde ya que se podría escribir enciclopedias completas con la historia del club, y apenas entrar al nuevo estadio, pueden verse gigantografías de sus grandes ídolos, como Tony Adams (quien llegó a participar en Champions League de tres décadas distintas hasta principios de los 2000), el goleador Charlie George, un exquisito como Liam Brady, o los más recientes Thierry Henry, Robert Pires o Dennis Bergkamp.

Pero basta observar al final lo que es el museo, o pasar por la tienda de compras, con vestimenta de todo tipo, e increíble merchandaising (hasta botines del club con pelotas de chocolate en el zapato, o un puzzle con el estadio), o por una sala de prensa que bien podría llegar a utilizarse en el Mundial 2018 (si Inglaterra consigue la sede) y que fue votada como la mejor de la Premier League, para entender la grandeza del club pero también, en todos los sentidos, lo lejos que está el fútbol argentino de todo esto.

La sensación final es la de estar hablando, casi, de otro deporte.

1 comentario:

Román dijo...

Una pena que no tomemos ese modelo como ejemplo del trato al público, a la prensa y a los propios jugadores. Aunque sea, para intentar acercarnos un poquito.