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lunes, 24 de agosto de 2015

Boca gana por los jugadores pero no por su juego


Un seguidor del fútbol desprevenido se imagina yendo a la Bombonera a observar un partido demasiado fácil para el local. Un Boca puntero, con una millonada de dólares invertidos en figuras, y renovadas cada medio año, contra un Godoy Cruz mendocino pobre, que tuvo que desprenderse de sus mejores valores y que es dirigido por Gabriel Heinze sin título habilitante, que ni siquiera puede sentarse en el banco de suplentes.
No hay parangón, como casi no lo hay entre los grandes, los chicos, y los recién llegados por el antojadizo torneo de 30 equipos que nació en un despacho de la Casa Rosada.

Y sin embargo, las cosas comienzan a enrarecerse ni bien Saúl Laverni pita el inicio del partido, porque para sorpresa de este ilusorio simpatizante, es Godoy Cruz el que domina mejor la pelota, el que llega con más peligro, el que obliga a arrojos del arquero Guillermo Sara o que el “Cata” Díaz saque de cabeza en la línea una pelota que entraba y hasta un dudoso penal no cobrado para los mendocinos.

¿Y Boca? Nada. O muy poco. Porque depende casi exclusivamente de lo que haga el recién llegado Carlos Tévez, un jugador de una calidad superior a la de casi todos los que hoy participan del torneo argentino, pero que es bastante desaprovechado por el director técnico Rodolfo Arruabarrena.

En verdad, Arruabarrena no sabe aún lo que quiere, a la altura de la fecha 22, la próxima, sobre 30 posibles. No lo supo cuando contó con Daniel Osvaldo, que también estaba para marcar la diferencia, y no lo conoce ahora tampoco, porque Boca va siendo demasiado para sus conocimientos y experiencia, aunque le cueste todavía admitirlo.
Entonces gana el temor, o la idea estructural que Boca “es meter” antes que “jugar”, como si al fútbol se pudiera ganar sin llegar al arco rival o enhebrar jugadas que clarifiquen, para lo cual se necesita atacar.

Pero Arruabarrena, que quiere y necesita ser campeón, por la urgencia que genera este muy buen tiempo de su rival River Plate, planifica partidos de local con un solo delantero puro, Sebastián Palacios, acompañado de un “falso nueve” o segunda punta, que es Jonathan Calleri. Demasiado poco, y por eso ambos dependen de que cual Lionel Messi en anteriores selecciones argentinas, Tévez baje cada vez más al medio a buscar la pelota y llevarla, entre golpes y roces, hacia las cercanías del área contraria, pero allí levanta la cabeza y ve que no hay nadie.

Porque Arruabarrena prefiere resguardarse con cuatro defensores, de los que apenas Gino Peruzzi por derecha puede proyectarse con alguna que otra limitación pero cierta velocidad, y con una inexplicable línea de tres volantes con funciones más de lucha y roce que de fútbol, con un Fernando Gago que opta por el lujo antes que por el aporte colectivo, salvo en contadas excepciones, en vez de buscar más variantes ofensivas.
Y si se necesita un revulsivo, el entrenador echa mano a Nicolás Lodeiro, volante con llegada, para sacar…a Palacios, el único delantero neto.

¿Puede Boca salir campeón así? No parece fácil, pero todo puede ocurrir porque jugadores, tiene, si bien muchos de ellos se van limitando en sus funciones por no encontrar un sustento colectivo. San Lorenzo parece más sólido y River, pese a estar en “otra cosa”, tiene la chance, como local, de ponerle un pie, y aún quedan Racing Club y Rosario Central.


Más que nunca, Boca depende mucho más de sus jugadores que de equipo. 

¿Alcanzará?

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